PALADÍN.
Escrito por: HeRSHeL GoLDSTeiN [email protected]
Gawol se levantó de su cama fatigado. A través de los
cristales de la ventana se divisaba el gris techado de las nubes en el
horizonte. Sus ojos se acostumbraron rápidamente al ambiente pues reinaba una
penumbra a la que era fácil acostumbrarse. Vestido con grises y flexibles
ropas, Gawol saludó a la abierta calle que le esperaba. Deambuló entre los
altos edificios buscando algún vendedor de armas, legal o no. Tenía prisa,
tenía trabajo que hacer y su cliente actual no aceptaba retrasos. Es difícil
vivir en un ambiente en el que la escena política está acaparada por un
gobierno centralizado. Es difícil moverse en unas calles constantemente
patrulladas por seguratas de mil facciones políticas y rebeldes emergentes. Es
dificil ser un asesino de masas en el 2350.Gawol volvió a pensar en los motivos
que le impulsaban a exterminar a aquella gente consumista y frívola, a aquella
sociedad que había sido absorbida en una mente fascista y totalitaria; una
sociedad amante de la comodidad y enganchada a una Red cuyo único contenido
eran sexo, violencia, virus informáticos y un montón de basura que no servía
para nada, pero que era altamente adictiva. Gawol revisó sus motivos. Estaba el
dinero, por supuesto, le pagaban muy bién por asesinar a gente, sobre todo si
era gente importante, pero su motivo fundamental eran sus ideales. En otro
tiempo y en otro lugar, Gawol sería un idealista aceptado por la sociedad, con
unos ideales válidos, e incluso factibles. Pero los tiempos habían cambiado,
ahora gawol era un rebelde, un inconformista, un asesino, incluso un hereje.
Pero ¿por qué un hereje? ¿Simplemente por ser cristiano? ¿Simplemente por
seguir una religión obsoleta y muerta? ¿Por marcar la punta de sus balas con
símbolos paganos de cruces y peces? No, por eso y mucho mas, porque la gran
masa zombificada por La Red y los medios de comunicación le trataban de
sectario, por matar a aquel rebaño de ovejas sin cerebro ni ambiciones que
esperaba un salvador, por creerse ése salvador. Gawol revisó sus motivos. Y
mientras se perdía en la inmensidad de las aguas de sus pensamientos una
patrulla de seguratas perteneciente al Partido Por La Liberación De La Red que
estaba en aquella zona se le acercó, avisando de su presencia con sirenas y
disparos. Marcando claramente el territorio que estaban evangelizando.
“Evangelizando”, si, Gawol disfrutaba de la ironía de la palabra; antes usada
refiriéndose a expandir una religión, ahora sinónimo de arrasar un barrio hasta
que sus ocupantes supliquen de agonía, para obligarles a votar a un nuevo
gobierno que continuará la política del anterior aunque cambie de nombre. Las
campañas publicitarias son solamente de política, los partidos políticos no se
molestan ya en desarrollar ideologías ni movimientos, simplemente pagan a un
buen publicista, a una bonita modelo y el resto es cuestión de fuerza bruta.
Las únicas salidas a la política son alistarse en el ejercito, doblegarse ante
el sistema y fundirse en La Red. Gawol no deseaba hacer ninguna de esas cosas,
él era ya famoso. La primera noticia realmente interesante de la década. El
primer asesino de masas desde el 2085. Revisemos la historia. En el 2085 se
había producido “La Unificación”, un acto sin parangón por el cual todas las
naciones del mundo se habían unido y habían conformado el “parlamento” actual.
Casi se murió de risa. Parlamento, si, claro. Ese organismo que los ricos
mandatarios utilizaban para manipular al presidente mundial. No importa la
ideología, no importa la política, lo único que cuenta es el poder, y no hay
mayor poder que el del presidente mundial. El destino de millones de personas
pendientes de las decisiones de un viejo. De un viejo sostenido por La Red. La
Red, sí, aquel gran organismo viviente. Evitó dos calles concurridas. Se
escabulló entre los escombros que abundaban en los barrios bajos y recordó,
recordó que esta ciudad no terminaría nunca, gracias a la Reforma del año 2236,
una hábil maniobra en la cual, a lo largo de los años (y aún continuando hoy en
día) la ciudad estaría en perpetuas obras hasta alcanzar el tamaño del globo.
Hasta ocupar con acero, cristal y cemento lo que una vez fueron campos, árboles
y paisaje, simplemente para extender la miseria y la opresión por todo el suelo
del planeta. Gawol odiaba ésta despreocupación, odiaba a los partidos
“ecologistas” pues una vez llegaran al poder harían lo mismo que los demás. No
había que matar a los dirigentes de los partidos, había que matar a los
miembros del parlamento. Y eso era lo que iba a hacer. Le habían pagado muy
bien por aquel trabajo. Le habían pagado por matar a los miembros del
parlamento. Los noticiarios ya poco hablaban de política, ya sólo hablaban de
los asesinatos, sólo quedaba un parlamentario. Sólo uno, de los siete que
había, esa semana había sido prolífica, hoy acabaría el trabajo, le pagarían
bien y liberaría a la sociedad de aquellos seres horribles. Pronto Gawol llegó
a la parte de atrás de una furgoneta, dónde se estaban vendiendo armas. Un tipo
espigado, con ropas austeras, una colilla apagada en los labios y aspecto de
mecánico (por los grandes lentes, como los de un aviador, que llevaba en su
gorro) estaba discutiendo con otro individuo, éste más bajo, rechoncho, con el
pelo mas largo, cara de pocos amigos y sobre todo con aspecto más desaliñado.
Se detuvo a escuchar la conversación, hasta averiguar que el más alto se
llamaba, o se hacía llamar, “Tool”, mientras que el más bajo era nombrado como
Charlie, simplemente. Comenzó a llover, la lluvia era espesa y de deslizaba
lentamente, con una textura parecida al aceite o al petróleo, debida quizás a
que esos eran en parte sus componentes.
-Buenos Días- Saludó Gawol.
-Buenos.- Respondió “Tool”.
-¿Qué tenéis para vender?- Preguntaba Gawol mientras
removía las armas y examinaba la mercancía- me interesan éste fusil de largo
alcance, éste silenciador, ésta mira telescópica nocturna y cinco cargadores de
ésta munición explosiva...
-Venga, tío, ni que fueras a matar a alguien.-
Replicó Charlie- No serás uno de esos asquerosos mercenarios de los políticos,
¿verdad?
-Veamos, cuánto me vas a cobrar por toda esta
chatarra.- Gawol hacía caso omiso de los sarcásticos comentarios del rechoncho
hombre.
-No le hagas caso, Charlie siempre es así, temiendo
una redada de los seguratas.-
-No es sólo eso, también está ese loco, el de la
Justicia Divina, que mata gente para redimirlos de este mundo... cómo se llamaba...
-Gawol, Gawol St.Avon.- Dijo Gawol.
-Pagan 100.000 créditos por él- Intervino “Tool”.
-Vaya... y ¿cuánto pides tú por estas armas?- Bromeó
Gawol. “Mi cabeza ya vale 100.000 créditos.” Pensaba. “no sabía que se había
encarecido tanto.” Con 100.000 créditos una persona podía vivir toda una vida
sin complicaciones toda una vida. Una persona y sus hijos. Y si se administraba
bien, incluso los hijos de sus hijos. Un montón de dinero por una persona.
-Son 50 créditos. Es material caro.- Informó Charlie.
-¿50?
Gawol no se lo creía. Pero de todas formas sacó la
tarjeta falsificada que contenía su dinero y su falsa identidad, pasándola por
la ranura de la máquina que cambiaba la información allí grabada, información
inofensiva y falsa, por dinero real. En todas partes había máquinas de
aquellas, conectadas a La Red, La Red viviente que controlaba la información,
la economía, las comunicaciones y que se autogobernaba. La misma Red que
reclamaba y zombificaba cada vez a mas ciudadanos para sus oscuros fines. La
conexión de “Tool” y Charlie, por supuesto, era pirata; pero La Red no entendía
de política ni de legalidad. Y aquella situación favorecía tanto a los piratas
informáticos como a los políticos y parlamentarios. Todo el mundo tenía
negocios ilícitos, Todos eran corruptos. La Red era un dios. El dios de la
nueva religión impuesta desde el gobierno. Gawol caminó hasta el centro de la
urbe, el sitio más transitado de toda la ciudad. Se colocó cómoda y
pacientemente en la ventana de una oficina con una vista especialmente
adecuada. La había alquilado bajo un nombre falso unas semanas antes, así como
el piso superior e inferior, para que, pese al silenciador y la insonorización
que realizó en la oficina, nadie le oyera. Sacó las balas y el rifle, limpió y montó
cuidadosamente éste, la mira y el silenciador. Sacó las balas y con un cuchillo
especialmente preparado fue marcando cruces en la punta de cada una de ellas,
sin dejar ninguna sin marcar, era la hora. Esperó, apuntó, apuntó y sintió un
escalofrío, un escalofrío que le recorría la espalda. Blanco. Luz. Frío. ¿Qué
es esto? ¿Quién está aquí? Lo sentía. Sentía su presencia. Su presencia en sus
huesos, el tiro dio en el blanco. El parlamentario murió de un disparo en la
cabeza. Lo sintió en su alma. Lo estaban observando. 100.000 créditos. Había
matado a más de 3.000 personas, 3.037 con la de aquella tarde. 3037, y esos
siete eran los siete gobernantes del mundo, los siete parlamentarios. LO sentía
en su alma. Lo sentía en sus huesos. Lo estaban observando. Lo sentía. Blanco.
Frío. Calor. Luz.
Muerte.