Sonrió agradecido y halagado a la vez y entró en el local.
Ya en la barra, pidió un trago de tequila y se sorprendió
al ver que la cantina estaba casi vacía. Al preguntar al regente
del establecimiento donde estaban sus compadres, éste le informó
que aquella mañana no había venido nadie, excepto aquel al
que todos llamaban irónicamente "Toro Sentado", el indio con pocas
luces que solía sentarse en una mesa apartada.
Observó que este, se hallaba como de costumbre embebido en su
mundo, hablando con un acompañante imaginario.
Pasado un tiempo que a él le pareció eterno, pagó
su consumición y se dispuso a partir con el perro pegado a sus talones.
Al salir, volvió a ver al ayudante del Sheriff que bajó
el ala de su sombrero en señal de saludo.
No había avanzado tres pasos cuando sintió un dolor inmenso
en la espalda. Luego todo se volvió negro para él.
Sobresaltado por los disparos. "Toro Sentado" salió corriendo
y se encontró con el terrible espectáculo: un hombre mal
herido y un perro que aullaba como un coyote.
Intentó auxiliar al herido pero se desangraba en sus brazos.
Pidió ayuda a gritos y se topó con la sonrisa sardónica
de Porfirio ávila así, que para evitar crearse problemas
dejó al hombre y al perro en la misma plaza en que los había
encontrado y aguardó la llegada de la noche.
Toro Sentado cargó al muerto en su grupa y se lo llevo a casa
del sepulturero. A pocos metros, le seguía el perro que parecía
entender la oración apache que el indio iba murmurando.
Depositó el cadáver frente a su puerta junto a unas cuantas
monedas. Sabía que no eran gran cosa pero serían suficientes
para proporcionarle un entierro digno. Luego, golpeó la puerta y
se marchó corriendo como alma que lleva el diablo.
Aquella noche, cuando el sepulturero abrió la puerta se topó
de bruces con el fiambre. Miró a todos lados en busca de la persona
que había dejado el bulto y suspiró con resignación
al darse cuenta que había huido. De la cantina, llegaban cánticos
de borrachos pero la calle, estaba desierta. Así pues, cogió
las monedas del suelo y arrastró el cadáver por los pies.
Había echado la primera palada de tierra cuando se preguntó
por la identidad del difunto y llegó a la conclusión que
quien quiera que fuese, no debía tener buenos amigos a juzgar por
las heridas de bala que tenía en la espalda. Ni viuda, ni hijos,
absolutamente nadie había venido a despedirle. Sólo el extraño
que había huido dejándole ante su puerta y el perro color
canela que lloraba sin consuelo. Para evitar el sufrimiento del animal,
le pegó un tiro, colocó luego al animal al lado de su dueño
y comenzó a verter tierra sobre ambos cuerpos.
Hacía frío. Una sensación de mareo y un vómito
amargo le vino a la boca. Intentó inútilmente incorporarse.
¿Dónde estaba?. ¿Qué había pasado?.
A aquellas horas, Guadalupe estaría esperándole, tan bonita
como de costumbre, con un plato humeante de fréjoles. ¡Lupe!.
¡Su felicidad!.
¿Dónde estaba él?.
Un peso enorme le oprimía el pecho y por más que abría
los ojos sólo conseguía ver oscuridad.
Estaba en un cubículo estrecho, de espaldas, sobre algo húmedo.
Lo sabía porque no podía ponerse de costado, ni panza arriba
y no podía levantar excesivamente los brazos.
De pronto, tropezó con algo gélido, con esa rigidez que
sólo tiene la muerte. Dio un alarido de terror inmenso y sintió
que la boca se le llenaba al instante de tierra..
Era demasiado terrible para ser verdad.
¡Le habían enterrado vivo junto a un cadáver!.
La idea de morir asfixiado en aquel lugar hizo que perdiese por un
momento la poca cordura que le quedaba. ¡Tenía que salir de
allí cuanto antes!.. Tal vez Guadalupe se extrañase por su
tardanza y llamase al Sheriff. Debía tranquilizarse pues y esperar
que alguien viniese en su auxilio.
De nuevo los nervios le asaltaron al pensar que tal vez no sería
tan fácil. Rebobinó en su mente lo sucedido. Aquella tarde,
había saludado a Porfirio ávila y había entrado en
la cantina. Una vez allí, había pedido tequila y se había
sorprendido porque sus amigos no habían acudido a la cita. Luego
había salido del local seguido de su perro y le había dicho
nuevamente adiós a Porfirio. Sólo había tres personas
en aquella aciaga tarde que podían haberle hecho aquello. Uno, era
el regente de la cantina, un buen hombre al que conocía desde hacía
muchos años, el otro, un hombre perturbado pero incapaz de hacerle
daño a nadie. Había un tercero, el nuevo ayudante del Sheriff
y eso significaba que estaba perdido.
¡Sáquenme de aquí!. Gritó con ojos desorbitados.-
¡Por favor auxílieme!. ¡Estoy aquí!. ¡Aquí
abajo!.
Pronto llegó a la conclusión que por mucho que gritase
no le oiría nadie.
Escarbó con las dos manos y lo dejó de pronto emitiendo
un aullido: se había partido una uña. El dolor era inmenso
aún así, con las uñas llenas de arena mojada y sangre
seca, no cejó en su empeño.
-¡Un poco más!.- se decía cuando veía sus
fuerzas flaquear.
A través del pequeño agujero se veía un trozo
de cielo oscuro. Escarbó y escarbó con fuerzas renovadas
pensando que ahora no era un buen momento para rendirse.
Y no se equivocaba. Había tenido razón al pensar que
no había tanta tierra como parecía, sin duda, el sepulturero,
había dejado el trabajo a medias para acabarlo al día siguiente.
-¡Bendito sepulturero!.- Se dijo.
Fuera hacía calor. Pasó sigiloso ante la cantina. Su primera
idea, fue acudir a su casa, entre otras cosas para poner sobre aviso a
Guadalupe que tal vez corría un grave peligro. ¿Qué
oscuros motivos habrían movido a disparar a Porfirio ávila?.
No lo sabía.
¿Dinero?. ¡No lo tenía!. ¿Tierras?. ¡Tampoco!.
Podía tratarse también de un ajuste de cuentas pero no conocía
a nadie a quien debiese dinero.
De pronto, al ver la puerta entreabierta de la hacienda, se le vino
a la mente el recuerdo del perro. Su perro, siempre salía a recibirle
cuando llegaba a casa. Se dio cuenta entonces, que iba acompañándole
pero:
¿Dónde estaba ahora su perro?.
Decidió que ya le buscaría. Antes, debía buscar
a Lupe y contárselo todo. Aquella misma noche, cogerían su
viejo Chevrolet y cruzarían la frontera. Tenía amigos, buenas
influencias, le debían algunos favores.
La puerta de la casa estaba entreabierta y en el piso de arriba había
una luz encendida. Su mujer, solía acostarse bastante temprano y
apenas leía por las noches. Le sorprendió también
escuchar música del viejo tocadiscos.
Pensó que su amada, preocupada por la tardanza, habría
ya dado cuenta a las autoridades y no podría conciliar el sueño.
Una ráfaga de aire tórrido le golpeó la cara.
El viento, agitó las cortinas de la casa y en el piso de arriba,
alguien se apresuró a cerrar la ventana.
Subió con sigilo las escaleras y se detuvo en el último
tramo para recobrar el aliento. Desde allí, le llegaba la voz ronca
de un mariachi:
-Te vas porque yo quiero que te vayas.- Decía la canción.
Y entre medias se oía a una Guadalupe llorosa.
Pensó en abrir la puerta y sorprenderla con un beso, yacerían
juntos toda la noche y calmaría así la inquietud de una mala
noche. Estaba cubierto de barro y tenía un aspecto deplorable pero
no había nada que no pudiese arreglarse con una buena ducha. Luego
se lo contaría todo. O mejor no. Esperaría otro momento.
Quizás mañana con los primeros rayos del Sol, cogerían
el viejo Chevrolet y cruzarían la frontera.
-Le quiero.- Decía ella entre llantos.- ¡Le quiero¡
Su felicidad no le cabía en el pecho. Cuando abrió la
puerta, el viejo tocadiscos seguía sonando. Al ver la cara del hombre
que yacía con Guadalupe la sonrisa se le quebró en mil pedazos.
Allí mismo les mató a los dos y cuando toda la cama y
las paredes se mancharon de su sangre se detuvo para contemplarse en el
espejo.
Se había convertido en un animal, ya no era un hombre.
A la mañana siguiente, encontraron junto a los amantes el cadáver
de un perro cosido a balazos.
© 2001 Rosa Estrada Díaz