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debemos amarnos unos a otros. Es una conclusión muy importante, que recoge al mismo tiempo, la quintaesencia del mensaje de Jesús. En su descripción del juicio final, el Señor designa al Amor como criterio definitivo de salvación. De aquí la bella máxima de San Juan de la Cruz: "En el atardecer de la vida seremos juzgados por el Amor". El cristianismo es Amor No creemos que es superfluo insistir en ello. Todos, absolutamente todos, necesitamos periódicamente revisar nuestras actitudes más profundas y nuestros modos de pensar y de obrar. Si bien muchos estamos convencidos de que somos cristianos, no siempre hemos captado la esencia de ser cristianos. Fácilmente nos habituamos a un cristianismo ritual, que no deja de ser periférico. Otras veces nos contentamos con "no hacer pecados graves" o en el mejor de los casos "no hacer daño a nadie". Sin embargo el cristianismo es mucho más. El Hijo de Dios, Jesucristo, no ha venido al mundo simplemente par no cometer pecados. Ha venido para revelarnos el Amor del Padre, haciendo el bien a todos hasta dar la vida por nosotros. En un mundo donde la palabra Amor se ha hecho ambigua, corriendo el riesgo de ser prostituida, es preciso que los cristianos mostremos con nuestras obras el verdadero significado del Amor. Frente a las civilizaciones de la muerte, de la violencia, del erotismo y de la ambición, que, utilizando inescrupulosos medios de comunicación social, tratan de pervertir la conciencia colectiva de la humanidad, los cristianos, unidos a todos los hombres de buena voluntad, tenemos la urgente e importante tarea de hacer que el Amor siga animando el curso de la historia. La civilización del Amor no se reduce al ámbito privado o familiar, por importante que sea. El Amor debe encarnarse también en las estructuras sociales y políticas, combatiendo la injusticia y la corrupción. Para que no sea un mero romanticismo, el Amor debe transformarse en un compromiso solidario con todos los que sufre y de manera especial con los pobres y oprimidos que luchan contra la injusticia en forma pacífica, buscando así simultáneamente la liberación de los mismos opresores, esclavizados por la ambición. En esa tarea liberadora no estamos solos. El Amor no es simplemente un vocablo o una virtud humana, sino que es el mismo Espíritu de Jesucristo, muerto y resucitado, que se nos ha dado de manera explícita a los que creemos en Él e implícitamente a todos los que trabajan por una sociedad nueva. Por ello la Iglesia en los umbrales del tercer milenio cristiano no vacila en proclamarla civilización del Amor, como contenido esencial de la "nueva evangelización", como único impulso que puede salvar a la humanidad.
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