SIN PAPELES
4 de Diciembre de 1998, El Mundo
La identidad de una persona no es el nombre que tiene, el lugar donde nació,
ni la fecha en que vino al mundo. La identidad de una persona consiste, simplemente,
en ser, y el ser no puede ser negado. Presentar un papel que diga cómo
nos llamamos y dónde y cuándo nacimos, es tanto una obligación
legal como una necesidad social. Nadie, verdaderamente, puede decir quién
es, pero todos tenemos derecho de poder decir quiénes somos para los
otros. Para eso sirven los papeles de identidad.
Negarle a alguien el derecho de ser reconocido socialmente es lo mismo que retirarlo
de la sociedad humana. Tener un papel para mostrar cuando nos pregunten quiénes
somos es el menor de los derechos humanos (porque la identidad social es un
derecho primario) aunque es también el más importante (porque
las leyes exigen que de ese papel dependa la inserción del individuo
en la sociedad). La ley está para servir y no para ser servida. Si alguien
pide que su identidad sea reconocida documentalmente, la ley no puede hacer
otra cosa que no sea registrar ese hecho y ratificarlo.
La ley abusará de su poder siempre que se comporte como si la persona
que tiene delante no existe. Negar un documento es, de alguna forma, negar el
derecho a la vida. Ningún ser humano es humanamente ilegal, y si, aún
así, hay muchos que de hecho lo son y legalmente deberían serlo,
ésos son los que explotan, los que se sirven de sus semejantes para crecer
en poder y riqueza. Para los otros, para las víctimas de las persecuciones
políticas o religiosas, para los acorralados por el hambre y la miseria,
para quien todo le ha sido negado, negarles un papel que les identifique será
la última de las humillaciones. Ya hay demasiada humillación en
el mundo, contra ella y a favor de la dignidad, papeles para todos, que ningún
hombre o mujer sea excluido de la comunidad humana.