ARMARIO
La vida privada del homosexual o el homosexual privado de vida
Dejar de ser un armario no es difícil, basta con dejar en el aire
estas palabras: Papá, soy un armario.
Ser un armario es, en el mejor de los casos, una triste ironía,
una paradoja divertida, la contradicción de estar siempre a cuatro patas
y ser impenetrable
(Urri Oriols. Mobiliario. De un Plumazo. nš 4)
Un
término para designar lo inexistente
Estar dentro del armario o salir del armario han venido
a constituirse, y no de manera casual, casi en las expresiones emblemáticas
y más características del vocabulario que los gays y las lesbianas
han tenido que inventarse para dar cuenta de su propia realidad. En efecto,
que existen modismos, giros, expresiones que en un momento dado sólo
la población homosexual entendía, pero que, poco a poco, por muy
diversos motivos, van pasando al lenguaje corriente, es un hecho. La necesidad
de crear dicho lenguaje responde, cómo no, a la marginalidad, cuando
no a la marginación, de la que la homosexualidad ha sido objeto en una
sociedad mayoritariamente heterosexual. Ésta sólo ha sido capaz
a lo largo de su dilatada historia de producir términos peyorativos,
irónicos, ofensivos, ridiculizantes, condescendientes o divertidos, en
el mejor de los casos, para referirse a nosotros y a nuestro modo de vivir.
De ahí, y ello es un buen síntoma, el surgimiento de un lenguaje
privado capaz de vehicular realidades, sentimientos, situaciones, vivencias
en primera persona y libre de la mofa, el escarnio y la risa que nuestra vida
parece provocar a cierta gente y que se cristaliza en multitud de palabras y
expresiones hirientes, pero que todo el mundo utiliza sin darles mayor importancia.
O lo que es peor, perfectamente conscientes de la carga de profundo desprecio
que palabras como maricón, bujarrón, machorra,
etc., a menudo portan en su seno.
Decíamos que, no por azar, esta frase es de las primeras cosas que se
aprenden nada más entrar a formar parte de la comunidad gay o al más
mínimo contacto que se tenga con ella, que se trabe amistad con alguno
de sus miembros. Enseguida saldrá, casi sin motivo, la palabra armario.
Y lo dicho, ello no responde al azar. Como tampoco es casual tropezarse con
la enigmática pregunta de : ¿entiendes? y el uso tan
característico que gays y lesbianas hacen de este verbo. Antes de proseguir,
y pidiendo retóricas excusas para quienes saben demasiado bien qué
es eso de estar en el armario, no podemos pasar sin aclarar un poquito
para el resto a qué se hace referencia con este vocablo que, a primera
vista, nada o muy poco tiene que ver con los gays y lesbianas. Armario
ha venido a traducir en nuestro país la expresión de habla inglesa
to be in the closet, tan enigmática como puede resultar la
nuestra, y que designa a la lesbiana o al gay que mantiene en secreto su opción
sexual, que no hace pública su homosexualidad y guarda silencio o la
desmiente cuando es preguntado por sus amigos, su familia, en el trabajo, en
el colegio o donde sea. Entonces accede a esta categoría tan popular
y extendida de los homosexuales que están en el armario,
o bien, más corto y adjetivando el término, de las lesbianas
armarias o de los gays armarios o, más simplemente
todavía, de los armarios y armarias sin más.
Gente que guarda su homosexualidad bajo llave y la tiene bien oculta en el fondo
de su armario a prueba de cualquier registro indiscreto, cuando no se meten
ellos mismos dentro del armario y cierran por dentro.
Y volvemos a lo del azar. Porque es triste que se haya tenido que inventar una
expresión que cada día oímos, utilizamos, vivimos o sufrimos
para dar cuenta justamente de una situación tan desagradable. Situación
que nos obliga, nadie o casi nadie se ha salvado de pasar en su vida por esta
etapa, a llevar una doble vida, a hacer encajes de bolillos para hacer de heterosexuales
la mayor parte del tiempo y según con quién, y concedernos ratos
de esparcimiento y reencuentro con nosotros mismos en ámbitos donde damos
rienda suelta o, más bien, un respiro, para que no perezca de asfixia,
a nuestra personalidad. Es triste y significativo que hayamos tenido que inventarnos
lo del armario porque había una cierta urgencia por ponerle un nombre
a una experiencia vital que los lingüistas y literatos, haciendo de portavoces
de toda la sociedad, no habían considerado relevante, desconocían
o preferían ignorar. Se le pone nombre a las cosas importantes y, además,
ya había un nombre, marica o bollera reprimida: un nombre
que parecía portar, o bien un reproche nacido de la propia comunidad
contra quienes no exteriorizaban su homosexualidad; o bien una tajante conminación
de la sociedad bienpensante a mantener oculto lo que jamás debería
salir a la luz, lo que para siempre debería permanecer bajo el imperio
de una inquietante tautología: marica = reprimida.
Por una parte, y viendo la alternativa, algo se ha ganado y podemos confesar
sin echar por tierra nuestra dignidad que estamos en el armario y hasta es moneda
corriente preguntar: ¿Tú estás todavía en
el armario? y no sorprenderse por obtener una respuesta afirmativa, sino
intentar ayudar. Porque comprender y entender a quien se declara armario es
algo que ocurre siempre. Además, no es lo mismo ser una armaria
que una reprimida. Para empezar, porque la represión
se presta a demasiados malentendidos, ya que es un término clínico
del psicoanálisis, disciplina cuyos practicantes se han portado regular
con nosotros, sólo que muy vulgarizado. Y cuando se dice de alguien que
está reprimido se mezclan excesivo número de cosas: se lo está
llamando enfermo, neurótico, angustiado, infeliz, muerto de miedo y casi
se le está recomendando que acuda a algún especialista. Estar
reprimido parece querer volcar toda la responsabilidad y algo tan grave como
la culpa sobre el individuo en cuestión, al que se lo aplasta más
todavía si cabe. Estar en el armario nos abre hacia una realidad mucho
más compleja y donde se dan cita múltiples factores que conducen
a esa situación. Y, sobre todo, estar en el armario no tiene nada que
ver con ninguna realidad clínica ni con ninguna psicopatía o enfermedad
mental y mucho menos con la culpa. El armario apunta hacia una realidad muy
distinta: la reclusión, el encerramiento, la disimulación ante
unas circunstancias externas tan hostiles que se prefiere no hacerles frente
directamente y capear el temporal como mejor se pueda. Hasta cierto punto, depende
de si fuera caen o no chuzos de punta, la culpa no está en quien se mete
en el armario, sino en quienes lo obligan a ello, en una sociedad represiva
que manifiesta sin tapujos su animadversión por los homosexuales.
Fondo de armario
Ya va siendo hora de que pasemos a analizar las consecuencias y el significado
del armario menos anecdóticamente, aunque lo anedótico para nada
es secundario y a veces dice más verdad que las grandes generalizaciones.
Sólo que estar en el armario en absoluto puede reducirse exclusivamente
a casos o vivencias particulares, personales e intransferibles. El hecho de
que toda lesbiana o todo gay casi sin excepción haya pasado una temporadita
viviendo en su interior obliga a considerar el armario como una verdadera institución
opresora promovida, controlada e instigada por la propia sociedad: éste
es el fondo del armario, lo que el armario es en el fondo. No es, por tanto,
una casualidad en la vida del homosexual. Más bien parece un trago amargo
ineludible el tener que entrar en el armario -a menudo siendo empujados dentro
sin saber bien cómo ni por qué- para luego tener que salir de
él. Es el peaje que la sociedad nos obliga a pagar a todos nosotros.
Un rito de iniciación del que se sale con mayor o menor éxito,
pero que, en principio, está diseñado para que sea lo más
difícil posible superarlo. Lo que hemos llamado el armario
responde a una estrategia de exclusión y reclusión impuesta desde
fuera, que no nos la hemos inventado nosotros porque en absoluto nos divierte,
como es de suponer.
Hacer el amor en el armario es una experiencia muy poco satisfactoria. Uno se
da muchos golpes, no hay luz, el aire se enrarece pronto. Hay escaso espacio
para el deseo. El armario es una verdadera estrategia, una verdadera instutición
de represión, persecución, control, invisibilidad y conminación
al silencio: el armario está pensado para borrarnos de la sociedad robándonos
la palabra y el acceso a la vida pública. Estamos ahí, es algo
contra lo que no se puede hacer nada, pero, si consiguen meternos al mayor número
posible dentro del armario, no haremos ruido, no se nos notará, parecerá
que la homosexualidad no existe o es algo marginal, despreciable, no digno de
consideración. Si cada vez que se organiza un acto público, una
manifestación, una reivindicación la mayoría se queda en
casa, en el armario, la lucha por nuestros derechos no pasará de lo meramente
anecdótico y lo que podría haber sido una reivindicación
masiva se quedará en unos cuantos exaltados reclamando a gritos no se
sabe qué por una calle medio vacía.
La eficacia del armario es múltiple: condena al gay y a la lesbiana a
llevar una vida esquizofrénica, causándole un desdoblamiento de
personalidad a lo Dr. Jeckill y Mr. o Mrs. Hide; provoca la extraña sensación
de que el recluido se considere un ser único en el mundo, convencido
de que quizás sea el único gay o la única lesbiana sobre
la tierra; a veces, si la situación es particularmente desastrosa y hostil,
da lugar a un sentimiento de culpa por parte de la víctima que acaba
sintiéndose la única responsable de su encierro; las estadísticas
sobre los índices de suicidio en adolescentes homosexuales muestran que
la tendencias suicidas de éstos es mucho mayor que la de los adolescentes
heterosexuales; la autoestima, el amor propio quedan heridos de muerte y por
lo mismo han de ser depositados en otros aspectos de la personalidad que sustenten
un mínimo de orgullo por ser uno mismo; por otra parte, más allá
del nivel de destrucción personal, el armario elimina e impide cualquier
posibilidad de que se forme un colectivo fuerte y bien organizado que pueda
pedirle cuentas al gobierno y a las instituciones; erradica la posibilidad de
que surjan y se promocionen, al mismo nivel que la heterosexualidad, modelos
de vida positivos llevados a cabo por gays y lesbianas que permitan una estructuración
básica de la personalidad necesitada de referentes válidos, cuando
no de la simple posibilidad de identificarse con o admirar personajes de la
escena pública que no se correspondan en absoluto con la propaganda prejuicial
de la marica enferma e infeliz; dificulta asimismo el establecimiento de una
identidad personal y comunitaria capaz de emitir un discurso autorreferencial
en primera persona que contrarreste o venga a matizar los desmanes de tantos
estudios, tantas opiniones y pronunciamientos en tercera persona acerca de la
homosexualidad tomada como curioso y extraño objeto de experimentación
científica; conduce a la consolidación de un discurso pacato,
victimista y lastimero dentro de amplios sectores conservadores del propio movimiento
homosexual, el cual, incapaz de reivindicar, no sabe más que implorar
a través del llanto, la conmiseración y la súplica, negociando
derechos a cambio de no escandalizar y seguir metidos en el armario, consiguiendo
únicamente con ello perpetuar la reclusión, llamándose
ahora el armario tolerancia y permisividad; lleva también a la paradoja
de que los homosexuales, como colectivo, hemos salido del armario hace muchos
años, sólo que individualmente hay mucha gente que todavía
permanece dentro. Una especie de Internacional Proletaria fantasma donde sus
miembros, tomados en conjunto, sí fueran proletarios, pero individualmente
no. Con el problema añadido de que cada vez que se convoca una asamblea
general, al ser sus miembros fantasmas, no va nadie. Y, sin embargo, están
ahí, deben de estar por ahí, en alguna parte, por todos lados.
Reducidos por el armario a una mera presencia invisible e inquietante que en
ocasiones se hace efectiva. Como sucedió en el concurso de Eurovisión
del año 98. Sorprendentemente, los medios de comunicación, al
ser la primera vez que el público podía emitir su voto directo
para decidir quién ganaba, achacaron la victoria de Dana Internacional
al voto rosa, también internacional. Los niveles de paranoia resultan
indescriptibles. Están ahí. Los hemos metido en el armario, pero
nos han boicoteado el concurso. Que los homosexuales existan colectivamente,
pero no individualmente, es algo que provoca estupor y un cierto miedo al resultar
ilocalizables. Parece que es preferible pensar cualquier aberración de
este tipo antes que contemplar la posibilidad de que Dana hubiera ganado gracias
al voto heterosexual. Todo menos pensar que los heterosexuales hayan podido
concederle una pizca de gloria a una transexual. Todo menos pensar que la voz
y la música de Dana triunfaron porque aquello, a fin de cuentas, tenía
un cierto ritmillo, era pegadizo como todas las canciones ganadoras de ese concurso.
Lo más sintomático de todo fue poder comprobar que, ni aun estando
en el armario, la amenaza homosexual les parecía estar suficientemente
conjurada y neutralizada. No sé qué nos ven, pero el discurso
del miedo y de la amenaza social resurge tristemente de cuando en cuando. Haya
contribuido o no el voto rosa a cambiar el resultado de un acontecimiento tan
puntual, nosotros no caeremos en la paranoia equivalente de pensar las atrocidades
-mucho mayores que la de ganar Eurovisión- a las que haya podido conducir
el voto heterosexual internacional en el presente y a lo largo de la historia.
Y es que, Dana Internacional y contadas excepciones aparte, la sociedad, a través
de un sinnúmero de procedimientos que van desde el rechazo puro y duro,
la condena más explícita, la ironía, el chiste ofensivo,
el escarnio, la promoción de discursos científicos, religiosos,
éticos, sociológicos descalificadores de la homosexualidad hasta
la educación en la cuna, en el pupitre, en la universidad, en el cine,
en la iglesia, en la salita de estar, consigue aislar y excluir al gay y a la
lesbiana del espacio público y del ámbito político. La
única esfera aceptable para la homosexualidad es la privacidad y la intimidad.
El ocultamiento como forma de ser y como forma de vida. O, en su defecto, acceder
a lo público sólo para el goce, el disfrute y la hilaridad de
un público heterosexual que se divierte contemplando un reguero de plumas,
una marica estereotipada, obscena y grotesca que les hace reír. Un beso,
una caricia, cogerse de la mano no son comportamientos ni socialmente aceptados
ni siquiera sociales en el caso de los gays y las lesbianas. No pertenecen a
la sociedad como tampoco los sujetos que llevan a cabo tales prácticas.
La homosexualidad es sólo un asunto sexual, es sólo sexo y, por
tanto, no tiene por qué ocupar un espacio en la vida pública.
La vida del homosexual es exclusivamente vida privada. Ser homosexual no ha
de tener ninguna implicación de puertas para afuera. En cambio, la heterosexualidad
sí que tiene implicaciones públicas y políticas: un beso
heterosexual alegra un parque en un atardecer de primavera; una pareja heterosexual
cogida de la mano camino de alguna parte consolida la familia y un montón
de buenos valores y sentimientos; una boda heterosexual es una promesa de futuro
y estabilidad social, un regocijo para muchísimos televidentes y una
magnífica cuota de pantalla caso de ser retrasmitida en prime time. La
heterosexualidad sí sale fuera de casa e incluso va a sitios inverosímiles
como un supermercado en domingo y se pasa horas buscando aparcamiento.
No se trata de renunciar a la intimidad del hogar y de la vida privada o desvalorizarlas,
sino de caer en la cuenta de que, en el régimen del armario, la privacidad,
la discreción y la intimidad no son un derecho o una opción, sino
una imposición, una obligación. No responden a lo que se entiende
normalmente por tener derecho a una vida privada o a no mezclar la vida privada
con otros asuntos o al hecho de convertir aquélla en comidilla de la
prensa del corazón. Responde a una distinción radical entre lo
que se considera público o publicable, lo decible, lo admisible socialmente
y lo nefando, lo que no debe salir a la luz, lo indecible, aquello cuyo solo
nombre produce espanto, indignación, escándalo o es capaz de corromper
la estructura social y las buenas costumbres. Responde a una estrategia de silencio
impuesto de los modos más diversos, con los mayores grados de sutileza
y menos sutilmente otras veces.
Hasta tal punto se considera denigrante el hecho de ser homosexual que decir
públicamente que alguien es gay o lesbiana, o sea, sacarlo del armario,
se considera un insulto, una calumnia, desde luego, un grave ataque contra la
dignidad de la persona de la cual lo único que se ha dicho es que es
homosexual. Y si encima es un personaje público, no digamos. Hasta ahora
nadie se ha irritado ni ha llevado a nadie a juicio porque su heterosexualidad
se publique a los cuatro vientos. La heterosexualidad no tiene nada de nefando,
ni siquiera es posible, es casi absurdo e impensable considerar noticia la confesión
pública de heterosexualidad de nadie. Es algo que se presupone, que es
normal, que cae claramente dentro del ámbito de lo decible y que se encuentra
a años luz del régimen del armario y de la conminación
al silencio. Si hay algo realmente público, quizás sea la heterosexualidad.
Indecible por evidente. Verdad de Perogrullo tan invisible como la luz que nos
alumbra. Pero no nos extenderemos más sobre esta cuestión porque
al outing y a las salidas forzadas del armario ya le hemos dedicado otro artículo.
Del otro lado del confesionario
Recluirse en el armario, si bien puede ser una solución y una estrategia
para protegerse y defenderse, debe ser también, y mientras las cosas
sigan como están y no alcancemos el ¿paraíso? en el que
heterosexuales y homosexuales tengamos los mismos derechos, una medida temporal
y transitoria. Porque tampoco es que las cosas estén tan mal como para
justificar un encierro de por vida. Ni tan bien como nos las pintan. Es frecuente
que suceda que, al salir del armario, el heterosexual que ha sido objeto de
la confesión, se asombre y diga: ¿Acaso creías que
te iba a comer, a insultar o que me iba a levantar, a dejarte de hablar para
siempre y negarte el saludo?. Y acto seguido añada: Enhorabuena,
te felicito por tu valentía. Seguro que ha sido muy difícil para
ti. Es como si por el mero hecho de haber presenciado una salida del armario
-o coming out- el testigo se sintiera de repente miembro de la comunidad opresora,
hiciera un breve repaso en segundos de las veces que hubiera bromeado malintencionadamente
sobre los homosexuales, le invadiera un peculiar sentimiento de culpa y necesitara
darse un baño de buena conciencia: Si yo no tengo nada en contra
de los homosexuales no comprendo por qué me lo ha ocultado todo este
tiempo. Alguna bromilla que todo el mundo hace no justifica esta falta de confianza.
Será cosa suya. Entonces, la sorpresa viene del otro lado al recibir
las felicitaciones: Si tan absurdo le parecía mi silencio, ¿a
qué viene darme la enhorabuena y llamarme valiente? Si sabe lo difícil
que ha sido para mí, ¿por qué no me lo ha puesto más
fácil cuando pudo y no obligarme a este derroche de valor?.
Es curioso, se va estando un poco harto y siempre deja perplejo, que siempre
nos llamen valientes o algo por el estilo cuando salimos del armario.
Si ello no es un reconocimiento explícito de culpa o de que algo pasa,
no sabemos a qué responde. Desde luego, no puede ser un comentario predeterminado
genéticamente en los heterosexuales. Más bien puede ser la resultante
de que a nadie en su sano juicio le guste saberse partícipe de una mayoría
intolerante y llena de prejuicios para con los homosexuales y que, en ese repaso
de breves segundos por la propia vida, siempre asome algún trapillo sucio
que les deje en mal lugar ante el gay o la lesbiana que, desde hace breves instantes,
saben que tienen en frente. En adelante constituirá una diversión
o un cansadísimo ejercicio de tolerancia, esta vez por nuestra parte,
ver cómo se muerden la lengua ante determinadas situaciones quienes antes
no se la mordían. O ver cómo piden perdón ante meteduras
de pata que nunca habían sido advertidas previamente. Y ver el esfuerzo
de hipervigilancia al que les obliga sentirse observados por un amigo, un colega
o un familiar homosexual. Pero esto es otra historia.
Lo más curioso de una salida del armario es lo no dicho, las implicaciones
y connotaciones que circulan en esas absurdas conversaciones entre heterosexual
y lesbiana o gay cuando uno de estos últimos se declara abiertamente
tal. Nunca hubiera creído que eras marica. Jamás lo hubiera
dicho. Es que no se te nota nada. Una buena respuesta tal vez podría
ser: Eso es porque tus prejuicios sobre los maricas te hacen buscar una
realidad que no existe y, por supuesto, que, si no te lo digo, nunca te habrías
dado cuenta porque tu búsqueda se centra exclusivamente en muñecas
dislocadas, voces agudas, rostros maquillados y demacrados, y toda otra serie
de prejuicios adquiridos culturalmente que denostan a los homosexuales y que,
coincidiendo aquí y allá con la realidad, no se pueden generalizar
en un estereotipo. Y tú los compartes uno por uno. El marica soy yo,
no lo que tú piensas, ni siquiera lo que tú piensas que soy, ni
siquiera, dada tu sorpresa, creo que te vayas a enterar de nada hasta dentro
de mucho tiempo. Ahora seguirás buscando una esencia oculta, me someterás
a vigilancia y comenzarás a hacer un catálogo de señas
de identidad maricas nuevas o las viejas que ya tenías, para poder catalogarme
y no llevarte más sorpresas con nadie. Y te estrellarás de nuevo.
Ser marica es no cumplir, romper con las expectativas de todo el mundo: no ajustarse
a ningún patrón predeterminado, a ninguna esencia ni rasgos definitorios,
y mucho menos atribuidos desde el exterior. Ser marica es algo que está
lejos del alcance de cualquier heterosexual, no sólo el hecho de serlo,
sino la posibilidad misma de llegar siquiera a arañar el concepto.
Esta desmentida inicial que suelen verbalizar los heterosexuales cuando se sale
del armario en su cara: Nunca hubiera dicho que eres homosexual
no responde sino al cariño que en el fondo nos tienen. Traducida sería
así: Nunca hubiera dicho que eras uno de esos depravados grotescos,
degenerados, afeminados y pintados de voz chillona en los que estoy pensando
[Que nada tienen de malo ni de criticable, por otra parte. Pero aprender esta
enseñanza le cuesta al heterosexual algo más de tiempo]. Jamás
hubiera pensado que estabas tan cerca de la prostitución, la droga y
la delincuencia. Para nada te correspondes con mis prejuicios. Te quiero tanto
que cómo iba yo a pensar tan mal de ti.
Es el momento del bloqueo mental en el que una chispa de racionalidad salta
como por azar en el cerebro heterosexual asediado por una confesión inesperada:
¿Es que las maricas pueden ser como mi mejor amigo, como mi hermano,
como mi hijo, como mi sobrino, como mi marido? ¿Tan normales, tan agradables,
tan cariñosos, tan educados, tan listos, tan admirables? ¿Es que
es posible que yo sienta afecto por una marica y que sea una parte tan importante
de mi vida? Y comienzan a cuestionarse el prejuicio. A veces no es todo
tan horrible, hay heteros estupendos. Con frecuencia el prejuicio no se discute
porque es firme, tan firme, que la persona querida, por ser marica y caer en
el prejuicio, es odiada y denostada y despreciada ipso facto. Otras veces el
prejuicio se pone entre paréntesis y ya no se habla más del tema.
No se lo echa de casa, pero se corre un tupido velo que ni el telón de
acero. O sea, que el prejuicio también permanece, pero se suprime su
vertiente represiva, condenatoria y de castigo. Otras veces se hace una excepción
en el prejuicio sólo con la persona querida, con el amigo, con el hermano,
con el hijo. Pero todos los demás maricas siguen siendo unos depravados.
El novio no puede ir a casa, ni los amigos. La colectividad sigue estando marcada,
pero mi hijo es diferente, aunque se pinte y se ponga minifalda, es muy digno.
Se ha educado en casa. Luego, hay esfuerzos mayores que rozan lo políticamente
correcto. Y siempre hay mucha buena gente que ni reacciona porque no tenía
prejuicios.
Cómo
salir del armario sin patetismos: entre la ironía y la revolución
Salir del armario implica el hecho del saber sobre el sexo, sobre
la vida privada. Salir del armario supone proponer un insólito tema de
conversación: hablemos de sexo. En lo que toca a la opción sexual
contraria, no se trata de hacer una confesión puntual, sino que hay que
mantener todo el tiempo informada a la sociedad acerca de nuestra heterosexualidad,
o sea, paradójicamente, no hay que decir nada. Cuando se dice algo es
para desmentirla. Acceder al discurso acerca del sexo, la única vez que
se habla de sexo con los padres de nuestra generación, es cuando se es
marica y se cuenta. Por lo demás, la heterosexualidad es silenciosa.
No necesita confesarse un buen día: Papá, soy heterosexual. Lo
más probable es que al padre en cuestión le diera un sofoco por
no localizar el significado preciso de la palabra a tiempo. Para romper con
la dinámica de la confesión (que siempre es penosa por lo que
tiene de antiguo y culpabilizador y lo mal que se pasa), lo mejor es un buen
ataque. Al salir del armario hay que procurar siempre abrir la puerta violentamente,
con fuerza, y darle con la misma puerta en las narices a quien estaba fuera
esperando una confesión victimaria. Una salida del armario no ha de ser
pusilánime y autoinculpatoria. Hasta puede ser todo un acto reivindicativo
y político. Los heteros (y perdón por generalizar como algunos
de ellos lo hacen cuando hablan de las maricas o de los homosexuales o de las
lesbianas) se ponen nerviosísimos ante una marica agresiva saliendo del
armario atacada y como una loca, dando portazos en la cara a diestro y siniestro.
Hay que quitarle la iniciativa al que escucha, cortarle todas las salidas, devolverle
invertidas todas las preguntas, hacerle ver que hasta la fecha no se está
seguro de su heterosexualidad porque nunca ha alcanzado el nivel discursivo,
y mucho menos el de una confesión. No es lo mismo situarse frente a un
armario y que de él salga la cenicienta, tímidamente, primero
asomando su sucia naricilla, luego un dedo, luego toda la manecita, luego un
pie, pedir permiso con un hilillo de voz, y decir tan bajito que casi no se
oye: soy lesbiana, soy gay, soy homosexual,
etc., a que salga una especie de Chewbacca enfurecido con todos sus rubios pelos
de punta mascullando no se sabe muy bien qué, pero dejando bien a las
claras que lo suyo no es hacer concesiones. Si no haces esto último,
estás muerta y entregada y presta a ser degollada, o lo que es peor,
a que te traten con condescendencia, comprensión, consuelo, babitas y
que te hablen flojito ellos también.
Cuando se sale del armario no sé por qué los heteros siempre empiezan
a hablar flojito, muy flojito. Como quien acaricia a un perrillo asustado para
tranquilizarlo y darle confianza. Nada, nada. ¿Para qué darles
ventaja? Hay que salir del armario a lo Van Damm, a lo Rambo o a lo Demi Moore,
a lo Juana de Arco, a lo marine (no se me ocurre nada más obsceno, ineducado
y violento). Formando una escandalera de la hostia. No hay que abrir la puerta,
sino derribarla a patadas y que tengan cuidadito fuera con las astillas, y salir
hecho una alimaña, metralleta en mano, pantalones de camuflaje, y pintura
negra bajo los ojos, que siempre impone mucho (al fin y al cabo nos gusta travestirnos
y pintarnos ¿no?); o tipo el monstruo de Alien. ¿Qué pasa?
Soy bollo y a ver si te voy a partir la cara. Al fin y al cabo, son ellos los
que nos han metido en el armario y el cabreo es comprensible. Es una liberación,
es salir de la cárcel y para ello no hay que pedir permiso. Es un acto
revolucionario. Nada de contemplaciones con el carcelero ni con quienes silenciaban
nuestra prisión, la incentivaban o promovían como fuera. El factor
sorpresa es fundamental. Para romper el hielo es suficiente. Luego, poco a poco,
sin bajar nunca la guardia, se puede ir llegando a un tono de conversación
más habitual, sin perder la naturalidad ni la espontaneidad nunca (a
estas alturas convendría haberse quitado ya el disfraz de Rambo). Y sin
mostrar flaquezas, debilidades, ni miramientos. Hay que demostrar -o fingir-
que la reclusión en el armario no nos ha afectado para nada. Nos metieron
allí para ver si nos curaban o si cambiábamos de idea y al salir
hay que dejar bien clarito que las prácticas de reclusión son
contraproducentes y que salimos más maricas que entramos, más
cabreados, para no volver a entrar nunca y para luchar por la destrucción
de una práctica tan salvaje, el armario perpetuo: algo que atenta contra
los derechos del niño, del adolescente, del joven, del adulto y del anciano,
porque puede durar toda la vida. Dan mucha pena los niños en las cárceles,
pero a nadie se le cae una lagrimita por los niños y adolescentes metidos
en el armario. En fin, la hipocresía de siempre.
Otra estrategia posible si no se quiere poner en práctica esta salida
del armario que puede resultar un tanto ridícula y sobreactuada, o si
nos sienta fatal el disfraz de marine de los EE.UU., es eso que ahora se da
en llamar la política de hechos consumados. A saber, pasar de la confesión,
pasar de tener que decirlo, que verbalizarlo. Si ellos no lo hacen, nosotros
tampoco. De pronto el hermanito viene con la novia a casa o con la revista porno
que le descubre mamá debajo del colchón. Pues nosotros le plantamos
al novio un beso en los morros en medio del salón y nuestros chulos impresos
a todo color debajo de la cama, como todo hijo de vecino. Tratamiento de shock.
La contraofensiva puede ser brutal. Pero, si se está alerta y con todo
lo necesario en la trinchera para arrasar al enemigo, no hay nada que temer.
Siempre te pueden echar de casa. Pues tú vas y te quedas. Que llamen
a la policía. Si no te dan de comer, saqueas la nevera. Si no te dan
dinero, lo robas o vendes el televisor. Si no te compran ropa, te pones la de
mamá. Y no dejes de llevar a tus amigos a casa. Convierte la salita de
estar en una manifestación diaria. Un heterosexual no puede vivir en
un estado de cabreo permanente, pero una marica es marica las veinticuatro horas
del día. Y ser marica, de por sí, ya es una lucha. Sin que haya
que hacer nada del otro jueves. La gente se cansa de estar cabreada, pero una
no se cansa nunca de ser maribollo. Ésa es nuestra ventaja. Que papá
sólo de vernos se pone hecho una fiera y le sube la tensión y
nosotras tan relajadas con las piernas cruzadas viendo cómo se va poniendo
rojo y se le hinchan las venas del cuello, mientras le damos un educado: Buenos
días, ¿quieres café?. Lo importante es no perder
nunca la compostura ni enzarzarse en absurdas discusiones. Y sobre todo no dialogar.
No dialogar nunca. ¿De qué hay que dialogar o discutir? ¿De
qué hay que dar explicaciones si lo más probable es que una misma
no las tenga ni le importe? Pregúntale a tu padre por qué él
es heterosexual. Te asombrarás de las tonterías que dice. No tiene
explicación. No sabe explicarlo. Lo más racional que dirá
es: Pues porque sí, porque es lo normal, como todo el mundo, como
mi padre, vaya pregunta. Este niño, además de maricón,
es idiota. Tranquilo, aunque te insulte, tú ya lo has dejado en
ridículo y en adelante no tendrás que respetarlo como solías
y habrás comenzado a destruir la imagen idílica que de él
tenías. Si quiere recuperarla, tendrá que demostrar que se merece
tu cariño y tu respeto. Aunque hay padres que pierden a sus hijos como
pierden paraguas, uno cada invierno. Les fastidia, pero no parece pasar de ahí.
Hasta que se quedan sin más hijos que perder, transidos de dolor por
su intransigencia. Hasta que se quedan sin más inviernos. El problema
es que hay más inviernos que hijos. Pero es su problema.
HOMOGRAFIAS
Ed. Espasa, 1999
Francisco Javier Vidarte
Ricardo Llamas