|
|
EL PIRQUINEROEste relato va a referirse a un acontecimiento muy especial e inolvidable ocurrido en mi vida de estudiante, cuando cursaba los primeros años en la Escuela de Minas de Copiapó. El caso ocurrió allá por Diciembre de 1961. Terminado el año escolar, feliz y orgulloso por las excelentes notas obtenidas en las pruebas finales, tomé el bus en dirección a Vallenar. En esa bella ciudad, de los ricos caldos de los pajaretes y de los célebres camarones del río Huasco, resídian mis padres. Disponía de una semana para gozar de mis vacaciones junto a los míos. Después me esperaba una dura faena. Me tocaba hacer - por primera vez - la práctica de estudio en el "terreno mismo". Era el momento de aplicar en la realidad los conocimientos teóricos. Como la región esta rodeada de importantes yacimientos mineros, tenía la facilidad de escoger la que más me agradara. Por ejemplo la de "El Algarrobo", la de mayor volúmen de la zona con una capacidad extractiva de más de tres millones de toneladas al año. Huelga nombrar la de "Huantemé" y otras de relativa importancia que integran el grupo de la gran mayoría. Sin embargo, por un capricho romántico tal vez, llevado del espíritu aventurero de la juventud, me sentía atraído por conocer la vida real y cruda del pirquinero. El pirquinero es un término estrictamente criollo, nuestro y se aplica - según el diccionario - al que trabaja sin leyes, sin seguros sociales, ni goza de garantías de ninguna clase. Es el paria de la economía chilena, abandonado a su suerte y a un destino sin horizontes. En medio de la vastedad del desierto, de las montañas desnudas, donde domina la desolación y la aridez, allí donde no germina una sola planta ni donde no se atreve a incursionar el más atrevido de los animalejos, allí en el lugar más inaccesible, más inhóspito, allí encontraréis al pirquinero. El héroe anónimo de la riqueza extractiva del país. Yo los conocí; los veía en los corredores de la Enami (Empresa Nacional de Minería). Siempre se los veía esperando. En sus ojos tranquilos y humildes reflejaban su carácter aquietado y paciente. Pasaban días, semanas sin poder cobrar la paga de sus esfuerzos, añorando el paisaje abierto y transparente de sus querencias, el balar alegre de sus cabras y más que todo eso, la acción productiva del trabajo. Ellos no podían comprender la maraña burocrática. Solo comprendían que tenían que seguir esperando. Era con ellos que yo quería comenzar mi vida de práctica minera. Averiguando como podría localizar a alguno de ellos me encontré con don Bruno. Minero viejo y conocedor de todos los pirquineros del área. Cuando le comenté mi sentir a don Bruno, me miró extrañado, me preguntó si yo sabía lo que estaba pidiéndo, que si había sopesado las consecuencias que era vivir en un lugar como esos, apartado de toda civilización por días, semanas, solo, con el cielo y las montañas como testigos. Le contesté resueltamente que sí, que solo sería por los meses de verano y que por favor me ayudara a conseguir ese anhelo, que él no alcanzaba a comprender. Un día me comunicó que en uno de sus viajes a las minas se acordó de mi petición y habló con un pirquinero a quién le tiene gran estimación - Don Polo - que así es su nombre, se mostró sorprendido de que alguien joven y lleno de vida quisiera en sus vacaciones pasar metido entre rocas y polvo, pero aceptó tenerme de huésped por ser don Bruno quién se lo pedía. Quedó todo arreglado para partir en el próximo viaje de don Bruno a las minas. El horario señalado de nuestra partida sería a las 5:00 a.m. Los día anteriores eran de febril actividad, preparando todas las cosas necesarias que precisaba llevar para tan largo viaje. La ansiedad a lo desconocido me dominaba y sabía que una experiencia así, pocas posibilidades tendría de volver a vivir. Presentía que algo subyugante me esperaba, mi sentido de aventura no tenía límites. Llegó el día de la partida y don Bruno fué puntual, creo que se sorprendió al verme listo y dispuesto - creo que esperaba un arrepentimiento de última hora. Emprendimos el camino polvoroso entre cerros y quebradas, la vista era magnífica, era la naturaleza en su pleno apogeo, montañas majestuosas dibujaban sus picos elevados hacia el firmamento. El sol despuntaba timidamente y cada rayo al atravesar por esos rincónditos lugares parecía que los despertaba con una tenue luz como no queriendo pertubarlo de sus sueños. Estaba en estado de total contemplación, tanta belleza para ser admirada y tan pocas veces tenemos la oportunidad de hacerlo. Así pasaron las horas y cuando ya estaba sospechando que don Bruno se había olvidado de mi destino, viró de pronto por un sendero apenas señalado que seguía bordeando un pequeño otero. Cuando chirrió el golpe de freno comprendí que había llegado. Pero nada aparecía antes mi vista. La montaña desnuda, el frío y la desolación. No podía dejarme abandonado en un lugar tan inhóspito. Cuando me señaló que era ahí donde debía bajarme sentí que un extraño escalofrío me subía de los pies a la cabeza. Ha llegado Ud. a su casa - dijo con una mirada astuta y taimosa, como si la intención de la burla pudiera decidirme a cambiar de parecer. Yo, aunque debilitado en mi entusiasmo, le indiqué mi resolución inquebrantable. Me dió algunas instrucciones, me recordó que cada Viernes a esa misma hora pasaba por ese lugar por si quisiera mandar carta o mensajes a mis familiares, luego se despidió con un cordial apretón de mano con un amable: Que le vaya bien, saludos de mi parte a don Polo...siga ese sendero, no puede perderse, chao.... Sentí el ruido del motor en marcha que, al poco rato, apenas se escuchaba cuando el camión se perdía entre una cortina de polvo. Era la expresión última de la vida civilizada y superior que se alejaba. Valor!!, me decía infundiéndome animosidad y coraje. El frío y la obscuridad me rodeaban belicosamente. Enarbolé me pesada mochila cargándola al hombro y partí decidido a enfrentarme a mi expectante destino. Penosamente fuí trepando por el curvilíneo sendero de cabra entre piedras y guijarros, sentía cansadas las piernas y la espalda me dolía por el peso. Al fin, luego de sortear una enorme mole de piedra me topé - de súbito - con una visión deprimente. Ahí estba un ranchito de techo de totora, circundado de un patio amplio de tierra, y no había nada más. Aunque estaba preparado para encontrarme con la pobreza y lo misérrimo, la presencia de ese cuadro me comprimía dolorosamente el corazón. Me acerqué al rancho sigilosamente - casi con miedo - no se sentía ruido alguno. Un silencio total y dominante. La obscuridad cubría con su negra densidad el paisaje lugareño. No se podía ver a mayor distancia que la de contados metros. Me temí que fuera un rancho abandonado. Inspeccioné el sitio, junto, pegado al débil muro de barro del rancho había un cuadrado de pirca donde, sobre el piso de tierra, estaba formada una hornalla. No tenía ni puerta ni techo. Descubrí que las cenizas tapaban unas brasas que apenas conservaban su calor. Me alegré tanto ante la evidencia manifiesta de la proximidad de un semejante, de un ser humano. Iba a seguir curioseando cuando el ruido de pasos cercanos detuvo mis movimientos inspectivos. Un momento después y apareció en persona una figura encorvada por el peso de un grueso atado de leña. Después de deshacerse del molesto bulto se apercibió - sorprendido - de mi presencia. Buenas noches don Polo! - me apresuré a saludarlo Buenas noches caballero! - respondió lanzandóme una mirada interrogante. Entré en explicaciones. Mientras me escuchaba, sus ojos me estudiaban inquisidores y atentos. Cuando comprendió que mi intención era la de quedarme a trabajar con él, no pudo ocultar la lucha desarrollada en su mente sencilla. Su rostro barbado se movía dubitativamente. Se hizo un silencio pesado y embarazoso. Luego su voz sonó como una grata música triunfal. Caballero, puede Ud. quedarse. Vivo muy pobremente. No tengo nada que ofrecerle. Lo que hay aquí apenas puede contener mi flaco continente. Tosió con un tos ronca y seca, luego continuó. Vea Ud. y acomódese como pueda. Lástima que el rancho sea tan chico...- No importa don Polo - me apresuré en responder comprensivo y con gratitud en la inflexión de voz. Espera dejéme encender la lámpara. Arrastrando las alpargatas se metió en el rancho cubierto por la obscuridad. No demoró mucho rato en volver, bailando en su mano una lámpara a gas de carburo. Chirriaba el pequeño y débil haz de luz que emergía temeroso de apagarse ante el más leve soplo del viento. Pesqué mi mochila y seguí en pos de don Polo hacia mi futuro hogar. yo esperaba encontrar una habitación miserable y fría, sin embargo me alegré al hallarme en una pequeña pieza, limpia y aseada. Una cama de bronce exhibiendo gruesas y buenas frazadas ocupaba gran parte de la minúscula habitación. Un mueble, colocado a la cabacera, oficiaba de velador y biblioteca. Fué una grata sorpresa encontrarme con un verdadero literario: Oscar Wilde, Hipólito Taine, Pablo Neruda, Ortega y Gasset, Arturo Aldunate Ph., Andrés Sabella, Perez Galdós, Shakespeare, Cervantes y otros tan buenos e importantes. Era un encuentro feliz y prometedor para las largas horas ociosas después de la faena, y a la vez me complacía descubrir el alto nivel cultural de mi anfitrión, quién - desde la cocina - hacía llegar la fragancia invitadora de la cebolla friéndose en la sartén. Qué inefable satisfacción invadió todo mi ser al contacto de un mundo nuevo, distinto, sencillo, despojado de todo bagaje ritual y mundano. Con una rapidez increíble para su edad, mejor dicho para su físido de apariencia enfermiza y débil, preparó y sirvió una frugal pero exquisita comida, colocada sobre una lustrosa mesita. Me invitó a sentar en la única silla de cuero que disponía. El lo hizo sobre el borde de la cama. Mientras comíamos nuestras miradas se cruzaban. Nos estudiabamos recíprocamente. Su frente se enseñaba amplia, sus ojos hundidos tenían el color del café tostado. Las mejillas, a pesar de su frondosa barba que le cubría todo el mentón, se mostraban morenas, quemadas por el sol. Quería precisar su edad, la aproximé a los cincuenta y cinco años. Estudiándolo, analizando sus palabras - aunque escasas - sus actitudes y maneras de comportarse conmigo, comprendí que las leyendas que se habían tejido sobre él eran productos de la ignorancia de la gente. La idea un tanto confusa de una personalidad esóterica, indócil y tétrica que me había formado se iba trocando en un sentimiento de simpatía y respeto. Por el momento me había acogido y brindando su hogar. Compartí la comida preparada por él. Nada en él demostraba contrariedad o disgusto por la intromisión en su vida sencilla y silenciosa.. En mí todo era gratitud. Confiaba en que mis días por esos recónditos lugares no sería tan sacrificados como había presumido. Esa noche no hubo sobremesa. Estábamos cansados. El por el esfuerzo de acarrear leña y yo por el largo viaje que me había molido los huesos. Al día siguiente desperté cuando el sol hirió mi rostro con sus rayos quemantes. Era muy entrada de la mañana. Me vestí apresuradamente y salí en busca de don Polo. No lo veía por parte alguna. Lamenté que tuviera que formarse una idea falsa de mí, que me tomara por un haragán cualquiera. Me sentí avergonzado, prometiéndome no volver a reincidir. El cambio de clima, la tranquilidad y el cansansio fueron causa de que durmiera con tanto gusto. El día era bellísimo y claro. Sentía un vivo entusiasmo por el trabajo, por la acción. Necesitaba gastar energías, la plenitud de mis fuerzas físicas inactivas espoleaba mi espíritu alegremente. No quise esperar más y salí a buscar el camino de la mina. Fué fácil encontrar las huellas características de las alpargatas de don Polo. Además, el sendero estaba notablemente marcado por el constante trajinar. A no más de cien metros, en una pequeña hondonada, estaba la boca de un túnel de pequeña abertura. Una amplia terraza hecha de piedra loza rodeaba la entrada del túnel. Había allí depositado un gran acopio de mineral realizado. Así viendólo al impacto de la luz solar parecían flores de extraña belleza. Que fascinante espectáculo!! Es el cobre, el sueño mágico de los mineros. Sus distintos matices salpicaban los ojos de alegres coloridos. Absorto me encontraba en esta contemplación, cuando sentí los pasos lentos y pesados de don Polo que, sudoroso y resoplando, salía del negro socabón, trayendo sobre su espalda combada un capacho de cuero crudo, y ajado por el uso, lleno hasta los bordes del verde metal idéntico a lo acopiado. Una vez que se deshizo de su carga se enderezó en un doloroso esfuerzo. Tosió, con un arrugado pañuelo secó el sudor que le corría por los ojos, ya descansado, me preguntó amablemente: Como amaneció el estudiante, durmió bien? Si, gracias señor, quedé pegado a las sábanas.... Es natural - respondió comprensivo - el clima aquí invita al descanso y al sueño. Estoy a su disposición, estoy enfermo de ganas de trabajar - le repliqué lleno de optimismo y entusiasmo Quise hacerme cargo del capacho, pero me advirtió que ahora no resultaba necesario pués se limitaría a enseñarme la mina. Don Polo me precedía con su lámpara de carburo enseñándome el camino dentro del obscuro túnel. Un grato frescor surgía de dentro de esa negra cueva, cuya suave fuerza peligraba la débil llamita de gas carburo. Me costaba acostumbrarme a la obscuridad. El techo, muy bajo, nos obligaba a caminar agachados. El largo de esta galería la iba midiendo con los pasos, se aproximaba a los sesenta metros, allí nos encontramos con una amplia e inmensa bóveda. Daba la impresión de estar dentro de un templo. A cada costado de este enorme espacio se abrían galerías que la escasa visibilidad no dejaba ver la dirección que tomaban. Donde las llamas iluminaban aparecían grandes manchones de verde. La presencia inconfundible del cobre. Entusiasmaba encontrarse ante tanta riqueza, expuesta allí con tanta generosidad. Me aproximé a un frontón, muestra evidente de laboreo. También se acercó don Polo iluminando de cerca al centro de la ancha veta. La masa metalizada se notaba potente y firme. Después me condujo por uno de los corredores que iba a terminar en la boca cuadrada de un pique que enseñaba su fauce negra y profunda. La saliente de un grueso madero indicaba que cumplía la labor de una escalera. Son las usuales escaleras de patilla muy corriente en las faenas minera. Consiste en un palo grueso y largo con hendiduras que permite trepar exigiendo un gran equilibrio. Cuando me tocó descender a mí lo hice con un cuidado extremo ya que bajo mi peso se pandeaba peligrosamente. Allá abajo parecía estar en la boca del lobo. Resultaba increíble que se pudiera trabajar en condiciones subhumanas, como los topos, con el peligro constante de desprendimientos de algunas masas de piedras colgadas y sueltas como suele ser frequentes, por desgracia. Allí, en un nuevo nivel, había un avance a "cuerpo de cerro". Era un trabajo recién iniciado. Vea Ud. este punto - me indicó don Polo, esperando observar mi reacción ante la magnitud y calidad de la pasta que se exhibía en una preciosa combinación de colores llameantes de verde y turquesa. Es pura pinta...!! - exclamó entusiasmado y sus ojos se ensanchaban como queriendo abarcarlo todo. Fantástico...!! exclamé contagiado por su espontánea euforia. Este trabajo lo ejecuto de tiempo en tiempo. Sin apuro. Es muy pesado la tirada para apirear. Lo conservo como reserva. Es mi caja de fondo. Se notaba la satisfacción que se manifestaba en una leve sonrisa. Me gustaba escucharlo hablar, que manifestara su inquietud, que se desbordara. Como estábamos en tren de conocimiento encontré natural que me enseñara la otra galeria, la opuesta. Mucho tiempo me costó comprender lo demudado que se puso entonces. Fué como un golpe aleve en pleno rostro. No dijo nada. Quedó serio y silencioso, más, luego de sus labios brotó un NO! rotundo - después como para suavizar añadió: Es muy peligroso esa parte, ha habido derrumbes. Es preferible evitarla. Habia terminado la visita e inspección. Presentada la mina, hicimos el viaje de regreso repitiendo el mismo camino y tomando las mismas precauciones. Pasaron los días gratos y veloces. Me gustaba esa vida libre y despreocupada de toda exigencia mundana. Trabajamos complementándonos en el mismo punto de laboreo. El, experto y paciente, manejaba el barreno haciendo los hoyos para las cargas de explosivos. A mi me tocaba "apirear"el metal en el capacho. Cuando teníamos una buena carga depositada en la cancha, nos sentabamos sobre el piso de piedra y realizamos la selección del metal con martillos adecuados y livianos. Era la oportunidad en que desarrollabamos nuestra vida social. Siempre era yo el que llevaba y conducía el sentido de los temas de conversación. El se limitaba a escuchar. Generalmente tomaba un aire ausente, como si nada de este mundo le importara. Personalmente había ganado mucho con la experiencia realizada junto a un minero tan completo como don Polo. Fué para mí el mejor profesor. Me enseñó de todo, sin omitir nada. Desde el manejo del barreno para las horadaciones - colocación de la dinamita a lo que va embutado el fulminante y este a la guía - hasta el conocimiento de los rumbos de las vetas, pasando por hacerme distinguir lo que son las pastas cuando vienen combinadas con atacamita, axulita o malaquita. Cuando son sulfuros y cuando son solubles. Todos mis conocimientos se aclaraban formaban una nueva imagen, completa y cierta. A la vez que desarrollaba y perfeccionaba mi acervo minero, en otro centro, en el del sentimiento, se enriquecía un venero más rico y más valioso - el de la amistad - . La convivencia con aquel ser semi-ermitaño, compartiendo un mismo techo y la misma mesa, me hizo conocer el gozo sencillo y depurado de una vida clara y transparente. Admiraba esa personalidad cuya fuerza espiritual está latente y vinculada a todas sus acciones. Viviendo en ese medio, en la desolación, con la sequedad impreganda en los elementos, entre cerros y rocas, con un apaisaje agresivo e inhóspito, su existencia era como de milagro, como un accidente en la amplitud de ese silencio cósmico. Sentía una creciente admiración por este extraño hombre que rodeado de lo estático y de lo inerme conservaba, fortalecido, un corazón lleno de inmensa humanidad. Poco a poco fuí conquistando su amistad. Nuestras sobremesas - después de comida - se dilataban en conversaciones en que él se mostraba más atento e interesado. Le seducía la lectura pero se condolía de que sus ojos ya no le respondiera. A veces le leía a sus autores predilectos. Se entusiasmaba con las descripciones maravillosas de Hipólito Taine sobre la vida de los griegos; le atraía el preciosismo del estilo de Wilde; y gozaba como un escolar ante los pintorescos pasajes de Don Quijote. Eran veladas amenas y coloridas que coronaban nuestro día de trabajo. Don Polo era un hombre enfermo, se notaba que una secreta enfermedad lo estaba consumiendo. Cada vez que regresaba de la mina, después de las fatigosas subidas a través de escaleras y planos empinados, necesitaba aspirar mucho aire, que lo hacía ruidosamente. Además era sintomático la constante tos que lo debilitaba. Una noche fuí despertado por el ruido sordo y explosivo de un acceso de tos interminable. Me asusté por la forma desesperada en que se debatía. Me levanté, prendí la lámpara y ahí lo ví al pobre hombre recostado, casi sin energías para defenderse del mal. Tenía el rostro demudado de un color granate obscuro, los ojos teñidos en sangre. Daba pena verlo!! Ese roble macizo y enhiesto se veía derrumbado, despedazado. Recordé entonces que cuando niño mi madre me aplicaba unos emplastos calientes de sal y sebo sobre el pecho afectado de bronquitis. De inmediato salí afuera a hacer fuego en la destechada cocina. Un frío helado se me metía en los huesos. Un silencio absoluto, escalofriante imperaba en todo el ancho ámbito del paisaje dormido. No sé si el calor y cualidades curativas del emplasto, o la fatiga y el sueño incidieron para que el enfermo se quedara dormido profundamente. Me tranquilicé... la crisis había sido superada. Al día siguiente despertó muy tarde. Atento y solícito no me alejaba de su lado sino para preparar un liviano almuerzo y un té de boldo. No tosía con frecuencia, pero cuando eso ocurría pareciera que iría a despedazarse. No le quedaba fuerza para nada. Para que pudiera tomarse el té debía ponerle la tasa junto a sus labios. Varios días hubo de quedarse en cama postrado. Yo, en cambio, seguí trabajando en la mina en las horas que el enfermo se dormía. Quería demostrale que ya podía arreglármelas sin ayuda. Me sentía un minero auténtico. Una ola de orgullo hinchaba mi pecho. Fué así como una tarde me entró una irresistible curiosidad por ir a conocer la galería que don Polo se había negado, categóricamente, a enseñarme. Me había advertido del peligro de los derrumbes. Al fin me decidí a la aventura y, provisto de mi lámpara elétrica, me introduje en la galería prohibida. Caminé sigilosamente, como lo haría un vulgar ladrón. Descubrí huellas bien estampadas en el cerroso piso. No había forma de equivocarse, eran las huellas dactilares de las alpargatasde don Polo. Una tensión nerviosa se apoderó de mí ante este descubrimiento. Seguí caminando con la imaginación abierta a la especulaciones más antojadizas. Qué motivo tendría don Polo para que me ocultara ese lado de la mina? Y si cualquiera fuese la razón que tuviera, qué derecho me asistía a mí para violar ese "status"que él deseaba para sí solo? Ideas encontradas se encendían en la mente, la conciencia y la curiosidad batallaban con sus pesadas artillerías.. Terminaron pronto estas elucubraciones cuando la galería finalizaba frente a un muro de piedra. Resultaba tan extraño desde que no se veía ningún lugar de laboreo ni la presencia de alguna veta de interés. De súbito me topé con unos maderos en forma de tapado. Como cerrando el paso al desborde algun viejo trabajo. Hallé sin embargo que en un extremo colgaba un pesado cándado de bronce. Las huellas de las pisadas también terminaban ahí. Una atmósfera de suspenso se adueñó de mi espíritu. Sin duda alguna era la puerta de entrada. Asustado y con la concienca golpeándome por la acción punitiva, opté por alejarme prestamente. La convalescencia de don Polo duró poco tiempo. Su espíritu habituado al trabajo lo empujaba a la acción. Arreglé con él para que aquellos trabajos de peso y de fuerza los realizara yo y él atendiera a lo más sencillo y liviano, como la de chancar los metales afuera, al aire libre. Su mayor tormento era no poder fumar. Sufría una enormidad por esta cruel privación. Con todo lo ocurrido, las noches en velas pasadas juntos, esa constante proximidad, hizo posible que nuestras relaciones cobraran una magnitud de gran cariño. Ahora me trataba con un sentimiento paternal y encontraba en sus ojos un cálido destello que iba más allá del afecto. Por mi parte sentía el paso grato de un sentimiento que me hacía condolerme el pensamiento de que ya se acercaba la fecha de mi regreso. Como dejarlo solo en esa enorme desolación??.. Había sido tan bueno conmigo! Me había brindado, desde el primer momento, el estímulo necesario para que pudiera sorportar el rigor de esa horrible soledad. Me había acogido - yo un desconocido cualquiera - en su hogar, brindándome su tibio calor humano y social. Me había enseñado a amar su mundo, construído por él mismo. El era dueño absoluto de todo, de ese paisaje que bañaban sus ojos con el cambiante matiz del sol y la luna. Del viento que parloteaba como aves invisibles entre las quebradas y los socavones, De las montañas que en las alboradas doraban sus repliegues en plasticidad artística de lo inmenso e inmortal. En este ambiente gozaba de la plenitud de una libertad distinta, real. La potencia de su albedrío conjugaba el verbo de los vientos derramados en todas las direcciones de su liberado espíritu. Nadie que lo atara al yugo humillante de ley alguna. En el concepto social él era un "Pirquinero". Había dedicado toda la vida a la minería. Ningún secreto escondían para él esos cerros, por más áridos y agresivos que fueran. La picadura de su herramienta había quedado marcada en el rostro de esas montañas. Le gustaba catear cuando joven. Encontró centenares de puntos ricos que otros los trabajaron después. Llevaba en la sangre su vocación minera. Ahora ya viejo, destrozado y sólo veía claramente la proximidad de un pronto final. Eso me manifestó una noche cuando - en nuestra habitual sobremesa- conversamos sobre la situación de su enfermedad. Estoy muy debilitado - me decía preocupado, estoy tosiendo más seguido, la silicosis me está royendo los pulmones. Es la venganza de la mina. Estamos pagados, yo desmenuzé sus entrañas y ella minó mi cuerpo con su proyectil de polvo. Ella, es siempre la vencedora. Me queda poco tiempo... Sus palabras caían sobre mi corazón como violentos martillazos. Recurrí a todas las razones para convencerlo de la necesidad imperiosa de que fuera a someterse a un médico a la ciudad. Que su enfermedad era fácil de sanar contando con todas las medicinas modernas y avanzadas de esta época maravillosa. Todas mis palabras resultaron vanas. Chocaban contra su negativa rotunda de separarse de su "mundo". No, no puedo - aquí me quedaré y aquí moriré. Protestaba intransigentemente. Después se encerraba en un hermetismo total. La fecha de mi regreso se aproximaba con una celeridad que me alarmaba. Se me partía el corazón pensando en la suerte de don Polo, en mi ausencia. Vivía quebrantado por esta idea. Decidí esperar un momento oportuno para volver a la carga y romper su criminal obstinación, pués dejarlo así sería dejarlo en brazos de la muerte. Los primeros días de Marzo fueron fríos y húmedos. La Cordillera de Los Andes, cuyo lomo elevado y blanquizco, se veía tormentoso, dejaba escuchar, a ratos el rugido poderoso de sus truenos. En los atardeceres, el fulgor de sus rayos elétricos cubría de blancos resplandores todo el ámbito infinito. El verano, y con él las vacaciones, se sumergían lentamente en el horizonte inexorable del ocaso, del fin. Don Polo solía referirse a la belleza subyugante del lugar cuando en el invierno, toda la montaña adyacente, las quebradas y el llano se cubrían de blanco. "Es una poesía de lirios", decía usando tan expresiva metáfora, que yo se la celebraba ruidosamente. En esa época - me informaba - los caminos se hacían intransitables y, por más de tres meses, quedaban cortadas todas las comunicaciones con el mundo civilizado. Eso ocurría siempre en ese período. Estaba acostumbrado. Formaba parte de la naturaleza. Así como él son miles los pirquineros que corrían igual suerte. Pasando penurias y sacrificios inaúditos, todos en aras y dominados por el flujo magnético del verde metal cuprífero. Había terminado de saborear el rico café, calentito y dulce, y me disponía a escribir una corta esquela para que lo recibiera don Bruno en su pasada habitual de los Viernes, cuando noté que don Polo carraspeaba intencionadamente. Una gruesa bufanda cubría su cuello. La noche helaba y un viento fuerte jugaba majaderamente con la puerta. Se hacía evidente que algo quería decirme y le costaba decidirse. El haz de luz de la lámpara se curvaba ante la fuerza del viento que traspasaba la rendija de la puerta. Yo desimulaba la espera. Prolongaba la acción de cerrar el sobre. El momento se hizo inminente. Sentía el peso inflexible de su mirada. Al fin, después de toser, llevado más bien por los nervios, rompió su silencio espectante: Escucha hijo - comenzó en un tono de voz paternal y cadencioso - ha sido una gran cosa para mí que haya llegado hasta aquí a mi pobre ranchito. Le confieso que le he agarrado cariño. A veces hasta he pensado que podía haber sido mi hijo - con una mirada como lejana agregó - en estas soledades se piensan y dicen muchas cosas que carecen de sentido. Es por este cariño, que supo despertar en mí y por lo que le estoy agradecido, que quiero confiar en Ud.- Necesito confiar en Ud. - se puso grave, serio y transcendental - Sé que me será leal, verdad? - su ser endeble y disminuído se volvió todo un signo interrogante, tenía la figura de un ultimatúm. Confíe en mí don Polo, nunca se arrepentirá, Ud. se merece todo y haré lo que me pida - no había duda, mi respuesta era franca, sincera. Le voy a confiar un secreto que solo Dios y yo sabemos. Nadie más.. Se detuvo como queriendo medir el impacto de sus palabras en mi rostro impávido. - - Si he tomado esta determinación extrema de revelar mi secreto es porque sé que Ud. cumplirá con lo prometido y por que ya me queda muy pocos días. Dudo de que pueda volver a ver la nieve sobre la planicie y las montañas de estos lugares que me son tan queridos. La reserva de mis fuerzas son ya tan escasas. En mi lámpara ya queda muy poco carburo. Sé que me estoy acabando. Era mucho esfuerzo hablar todo de una vez, descansó un breve rato. Me estoy acabando - continuó - présteme atención, no se le olvide nada de lo que le voy a decir. Acérquese más, me cuesta hablar - una vez que me acerqué casi tocando su cabeza prosiguió: No recuerdo ya en que año, de eso hace tanto tiempo, cuando terminé mis estudios de humanidades, se me presentaba un futuro bello y prometedor. La universidad, llegar a ella era mi mayor sueño y el deseo ferviente de mis padres. Querían tener un hijo profesional. Mi padre era dueño de varios yacimientos mineros. Trabajaba bien y nuestra vida familiar se desarrollaba en un ambiente de bienestar y felicidad. Yo era hijo único. El destino es caprichoso y artífice de los más extraños jeroglíficos. Bien dice el refrán que "el hombre propone y Dios dispone". A fin de efectuar las tramitaciones de matrícula y conocer el terreno estudiantil me fuí a Santiago. Allá residí en casa de un hermano de mi padre. El tío era una excelente persona, me trataba con gran cariño al igual que la tía. Tenían dos hijas, una más bella que la otra y ambas muy simpáticas, dulces y alegres. Les gustaban las fiestas. Yo caí bien. Pasamos una temporada inolvidable. En una de estas fiestas fué que conocí a Lorena - Cuando pronunció este nombre no pudo proseguir. Fué necesario una pausa. En su garganta algo le impedía continuar. Se hizo un silencio respetuoso, al fin superando su emoción continuó - cuando la ví con su belleza glamorosa y espectacular, como que irradiaba una luz que encandilaba mis ojos, desde ese momento me sentí su esclavo. Me enamoré perdidamente de ella. Fué como que si se metiera en mi cuerpo, en mi alma, en todo mi ser una extraña, violenta y dominante enfermedad. Yo no pude vivir sin ella. Por su amor me sentía capaz de las acciones más temerarias. Y ya no me separé más de ella. Nos amamos con una pasión divina. Cuando mis padres supieron que yo solo anhelaba estar al lado de mi novia, de la mujer de mi vida, hicieron todo lo posible por alejarnos. Todo fué inútil El amor es poderoso soberano y su fuerza es capaz de lo imposible. Cada vez nos queríamos más. Estaba escrito que nuestras vidas se unirían para siempre. Pero el destino había cincelado su macabro signo. Mi Lorena, mi dulce Lorena estaba marcada con el estigma de un mal incurable. Se había recurrido a todos los mejores médicos de la época y todos tenían solo palabras de consuelo: Tenga fé en Dios.. Hizo una pausa, y llevado por el calor de sus palabras prosiguió. Entonces, desafiando todo y a todos los consejos y reprimendas, me casé con ella. Como necesitaba de aire puro, de oxígeno, sol y tranquilidad, la traje aquí. Hice construir una bella choza allá a los pies de este cerro. Ella estaba feliz, vivíamos el uno para el otro, sin separarnos jamás. Su vida era como la de un pajarito alegre y cantarín. Trataba de ocultar su enfermedad. Corría por la quebrada llenando con su risa argentina de dulces ecos todos los rincones. Toda la casa se impregnaba de la dulzura de su tierno carácter. Una caravana de recuerdos poblaban su mente exitada en la reconstitución de escenas tan queridas y lejanas. Pero ella era una lánguida y efímera flor de primavera. Su paso por la tierra fué como una estela que en su raudo vuelo solo dejó el recuerdo de su bello resplandor. La cuidé con el mimo y la ternura con que se cuida a un frágil niño. La llené de todos los cuidados. Hubiera dado mil veces mi vida por un solo segundo de la de ella, por prolongarla un instante más. Una noche de invierno, en pleno Agosto, cuando todo el lugar se había llenado de nieve, su débil vida se extinguió. Un beso de despedida quedó suspendido en sus labios. Antes de morir, antes de irse, me pidió que nunca la dejara sola. Balbucearon apenas aquellos labios ese pedido y se cerraron para siempre. El viejo no pudo contener un flujo de llanto. Gruesas gotas le caían surcándole las mejillas para enjugar las enblanquecidas barbas. Cuando logró serenarse retomó el hilo de su narración. Perdone hijo, estoy tan débil para resistir estos recuerdos... ahora te contaré la parte final. Lorena, mi Lorena está aquí conmigo. La tengo guardada en una de las galerías de la mina. En esa parte que te prohibí que la conocieras. Ahí está ella. Generalmente todas las tardes, después de las horas de trabajo, suelo ir a acompañarla, a estar a su lado, conversamos, sé que ella me oye, y nos sentimos tan acompañados... Aquí se detuvo me clavó los ojos - aún húmedos pero firmes - y tomándome del hombro - acentuando dando fuerza a su voz dijo imperativamente - Le he pedido un favor hijo, debo reclamarlo ahora quiero que cuando cierre los ojos al final de mi vida me lleve ud. junto a mi Lorena, entiérreme cerca de ella, así seguiremos juntos, siempre juntos...y por favor entiérreme con estos versos que escribí para ella... Es la hora de partirtengo las alas desplegadases mi destino siempre irpero ahora al lado de mi amada.Te amo, siempre te amaréTu ausencia castiga mi tristezaTus besos son gajos desprendidosde tus ojos que humedecen los míosMis manos tiemblan entre las tuyasasustadas por las campanas del tiempoHay tanta ternura en tu frente altiva,oh Amada mia!Y tantas lágrimas en el alma mía después detu partida.Espérame Amada....Me llevo tu pañuelo humedecidoy dejo el mío de amor encendidoYo quedé imposibilitado de decir una sola palabra. Hay silencios que valen más que cualquier palabra. Tan emocionado me hallaba que las lágrimas corrían libremente por mi rostro y no podía ocultar mi emoción. El sentimiento de admiración que ya le profesaba a don Polo crecía cada vez más, sí, él podía estar cierto que cumpliría con su pedido, lo haría descansar en paz al lado de su amada para que juntos prosiguieran el camino a la eternidad.
|