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El viejo Juan Rodriguez aspiraba con gustosa satisfacción su cigarrillo -Particular- sentado en un banquillo pegado al fogón donde delgadas leñas de rama de chañarcillo otorgaban calor y un aroma gratísimo. Habíamos comido la frugal comida y hacíamos la digestión o, mejor dicho la sobremesa - en la cocina donde el frío no alcanzaba a incomodarnos -. El corrillo de comensales que era habitual estaba con su quórum completo. El negro Gomez de pié recostado en un gran cajón que oficiaba de aparador. Junto a Juan Rodriguez, sobre un saco doblado se hallaba sentado Tapia el compresorista. El profe caminaba con pasos lentos dentro del escaso espacio de un lado a otro. Era su costumbre, no se sentaba nunca. Estas reuniones tenían un sabor familiar y servían para cambiar ideas, modificar las cosas malas del mundo y más que nada para sentirnos un poquito integrados al mundo. Se conversaba de distintos temas y, por lo general allí encontrábamos una válvula de escape a nuestras inquietudes y amargura. En el ambiente flotaban un clima de pre-elección. Los políticos sentían el peso de su amor humano despertado súbitamente ante el interés de las próximas votaciones. Descargaban todo tipo de propaganda de la que no escapaba ni si siquiera la más lejana y escondida de las minas. Los mineros habían recibido la visita de algunas figuras de campanilla que ofrecieron toda clase de soluciones a los -más urgentes problemas de la clase olvidada o desheredada -. Reinaba una atmósfera de excitación y las discusiones sobre doctrinas, partidos, programas, ect. se producían con bullicioso entusiasmo. Naturalmente, nosotros no estabamos ajenos a todo el vaivén de ideas desparramadas por los políticos visitantes y, ahí junto al fuego se aclaraban mejor los conceptos. Don Juan Rodriguez, minero viejo y experimentado, era uno de los verdaderos fundadores de la mina. Aquí la palabra fundador deber dar la idea que fué uno de los primeros en trabajarlo, nada más, pués no involucra patrimonio ni cosa por el estilo. Aquí le habían nacido sus hijos y había tenido la entereza de soportar las buenas y malas épocas de la compañia explotadora. Era él el que se dirigía como en consulta al profe. Oiga señor profe - yo tengo algunas dudas que a veces de pensarlo tanto no puedo dormir. La cosa es que tengo algunas dudas y quisiera aclararlas. - Casi me da verguenza decirlo, pero creo que será mejor encontrarle una salida a este problema. Se detuvo y, luego de vencer una especie de timídez, prosiguió: - Desde niño me enseñaron a rezar y a creer en Cristo nuestro Señor - cuando me prepararon para la primera Comunión leí el Catecismo con inmenso interés. Me hacía feliz saber que todos eramos iguales antes Dios. Me sabía de memoria todas las bellas historias de humildad y de nobleza de corazón de los Santos. Enseñé a mis hijos a amar a Dios y a rezar todos los días. Mi vida ha sido simple. No creo que tenga pecados mayores. Creo que he sido un buen cristiano. La cosa es que se habla tanto del Comunismo. Aquí la mayoría de los mineros son comunistas. Yo no entiendo que es ser comunista. Algunos me han explicado que es un partido político, como el liberal o radical, pero que así como aquellos partidos son de los ricos y poderosos, el comunista es de los pobres. Es un partido que se encargará de darnos todo lo que necesitemos, hará desaparecer la pobreza, el hambre la miseria. Dicen que no habrá mas diferencia sociales ni uno que sea más rico que otro. Tantas cosas bonitas que de ser tan bella parece imposible, pero aseguran que en Rusia existe ese mundo ideal que se espera que muy pronto será igual aquí en Chile y en el mundo entero. A mi me gusta todo eso, sin embargo dicen que el comunismo va contra nuestra religión, que son herejes, que repudian al catolicismo. Este es mi problema. Se es comunista y no se es católico, o se es católico sin poder ser comunista. No sé porqué nuestra religión va a prohibirnos de gozar una vida mejor, de que no haya más hambre, ni miseria, ni enfermedades.... Me gustaría saber señor profesor que piensa Ud. de esas cosas que mi poco alcance no me permite entender. Las palabras dichas por Rodriguez cayeron como pedradas sobre un techo de zinc, violento y metálico. El profe se sintió impresionado. Se detuvo frente a Rodriguez, sus ojos quedaron fijos en un lugar indeterminado, su frente se contrajo enmarcándose líneas severas y agudas como lechos de ríos diminutos. Su mano derecha cobró alas elevándose hasta más allá de su amplia frente, su pose característica e inició su respuesta. Realmente nuestra vida minera, observada desde la más viva y grosera realidad - dejó oir su voz el profe en medio de la discusión - es la síntesis del fracaso social. Aquí estamos encerrados en una cárcel invisible. Estos muros rocosos conformados por millones de toneladas de tierra, mineral y polvo nos separan del mundo libre y colorido, pero sobre todo eso hay algo más poderoso que nos hunde y nos inhabilita: la ignorancia y el vicio. No podemos hacer otra cosa que rascar la entraña dura y áspera de las montañas. Somos hábiles para manejar el chuzo, el macho y la guagua; sabemos abrir un pique y no necesitamos de elementos de precisión, niveles ni taquímetros para construir un túnel. Tenemos el instinto de lagartijas que saben arrastrarse entre resbaladizos peñascos, y más alas que águilas para colgarnos de los riscos más altos para perforar y luego destruir esos enormes bolones metálicos. Eso es mera literatura - acotó el negro Gómez malhumorado - lo cierto es que estamos embrutecidos y enfermos y no tenemos fuerzas morales ni espirituales que podrían acosarnos para revelarnos y subir a la superficie de una vida superior. Como que nó! - interrumpió el profe con decisión - tenemos a granel espíritu y una moral a toda prueba, a cada rato estamos presenciando ejemplos de una riqueza espiritual que asombra por lo extraordinario. No señor!!. lo que nos tiene postrado - como ya dije anteriormente - es la ignorancia y el vicio, ofrezcále instrucción y cultura a estas gente tenaces y sacrificadas y ya verá Ud. de lo que son capaces estos seres convertidos por injusticia del destino en harapos humanos. Naturalmente, que hay excepciones como el nuestro: Ud. y yo por ejemplo. La desgracia nos ha pegado hata quebrarnos, hasta destruirnos arrojándonos al charco obscuro del vicio...nos hemos dejado llevar, tal vez deseabamos este suicidio social... Ese es un punto de vista muy ideal, diría utópico -para enriquecer al hombre con el lujo de la instrución la cultura, se necesita tiempo, y el tiempo es equivalente a dinero. Pueden estudiar los ricos. Raros son los hombres que surgieron de los bajos estratos sociales para convertirse en arquetipos del éxito y del poder. Debe ser una suerte de genio, audacia y quijotismo extraordinario. Para que engañarnos. Somos casos típicos de hombres frustados, suena mejor así antes que decir fracasados. Al principio, cuando llegué por primera vez a esta mina a iniciarme a las tareas mineras, sentí asco de todo. La pestilencia de los camarotes se me metía al estómago hasta provocarme vómito. Después cuando comencé a quebrar las colpas con el macho que me pesaba más que mi propio arrepentimiento, sentí la asquerosidad del polvo que se pega a la piel transpirada. Ese maldito polvo que nos envuelve, nos baña, nos cubre como una negra maldición. Ni el agua puede después liberarnos de la costra que se pega a la piel hasta tocarnos los huesos. Nos damos cuenta que es inútil pretender vencer a la mugre y a la suciedad que llega a formar una película fina y gris sobre nuestra piel. Entonces nos damos cuenta de que con el color nuevo de nuestra epidermis, también nuestro continente subjetivo ha sufrido un cambio, una triste metamorfosis. Desde ese instante hemos matado todo germén de rebeldía que existía en nuestro espíritu enquistado u oculto, pero latente.. Así nos hemos ido posesionado de la filosófica resignación del buey, solo es capaz de trabajar cuando está atado al yugo de la carreta. Nuestro problema aquí es tan simple como grave: vivir. Lo que tememos es que en cualquier momento nos den el aviso de terminación de trabajo. Ese temor es de un efecto persistente y fatal para nuestro espíritu ya debilitado, entregado ya a todas las claudicaciones. Nuestra lucha es de subsistencia. Trabajar para vivir, vivir con miedo, con temor. No tenemos otro pensamiento, nos aferramos ciega y locamente a esta idea obsesionante y vital. Hemos recorrido mil caminos buscando un lugar seguro a nuestra tragedia de peregrino. Es terrible vivir al filo del hambre y de la desesperación de lo incierto. Nos invade una especie de vacío en el estómago, y de amarga ácidez en el alma. Nos acoge la aflicción, la congoja de la impotencia. Miramos; auscultamos el futuro, y vemos que el horizonte de nuestras esperanzas no son más que inútiles perspectivas de sueños febriles. Más allá solo hay aventuras trágicas. Entonces una tristeza pesada, con sabor a lejanía se adueña de nuestro espíritu y como niño perdido en laberínticos caminos, no sabemos donde vamos, ni que hacer... Sin embargo, todo es fugaz, todo es pasajero, el milagro de la luz y de la noche se produce en períodos matemáticos, inexorablemente, y mañana el sol llenará de alegría y color todos los rincones del mundo. La tragedia del ser, de una existencia, de unos mineros miserables como nosotros, no interviene en el proceso severo y rígido del cosmo. |