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CHAÑAR CHICO 

Impresiones

Es díficil olvidar aquella impresión, la primera del viaje a la mina de Chañar Chico. Junto con otros dos mineros nos instalamos sobre el estanque de agua de unos cinco mil litros - ferréamente amarrado al desvencijado camión de modelo inmemorial. A medida que nos alejábamos de Vallenar, el paisaje se tornaba árido, seco y desnudo. El viejo camión escalaba con ruidoso esfuerzo la empinada carretera. A veces daba la sensacion que iría a detenerse incapaz de superar aquellas cuestas de aguda pendiente. En mi mente fueron cobrando movimiento una serie de recuerdos. "En adelante - pensaba - todo será nuevo, lo pasado con su cortejo de alternativas quedó sepultado para siempre. Es como nacer de nuevo". El camino estaba en condiciones lamentables. La alta calamina y las grietas eran pruebas muy duras para aquel vehículo que saltaba mal humorado sobre sus gastados neumáticos. Nosotros arriba hacíamos equilibiro para no tumbarnos. Cuando se detuvo la primera vez pensé que algo malo le había ocurrido al motor, pero como el chófer no se movía de su cabina quedé intrigado.

No es nada - me informó uno de los mineros que trabajaba mucho tiempo en aquella mina y conocía muy bien esas etapas del viaje. - Es Rodriguez que se está medicinando.

Está enfermo ? - indagué curioso

Sí - continuó el amigo de viaje. Su enfermedad es incurable. Brilló de picardía sus ojos pequeños - Está enfermo de sed...

El otro se echó a reír. Desde ese momento inicié mi amistad con los primeros mineros que conocía en mi vida.

Ahora nos internamos en el llano extenso. Un arenal rosáseo y caliente domina la superficie suave cruzado por distintos caminos donde se nota la huella de ruedas de pesados camiones. La cortina de polvo se eleva en una estela densa y alta que marca otra senda en el aire. Sobre la superficie del llano la refracción solar resplandece cual espejo de agua. Muy a lo lejos como extraviado de un destino mejor ostentan ergidos y espinosos quiscos su soledad fatal. A veces se dibuja la presencia de solitarias imágenes de tunas que con su cuerpo erecto, en posición siempre gótica, pareciera unos brazos extendidos pidiendo clemencia al cielo. La vastedad del desierto termina a lo lejos al encuentro de cadenas superpuestas de montañas que domina altivamente el horizonte por todos los costados las cuales se presentan inhóspitas, desoladas y terriblemente tristes. Ahi no hay vegetación, la aridez y sequedad se manifiestan en forma irritante. Nada verdoso que denote la presencia vegetal...Todo es soledad, arena e inmensidad pétrea. Ahí no cabe la vida, ni del peor animalejo. El cielo en cambio, es límpido y azul sin nubes. Es grato para los ojos el contraste y aún más para el espíritu que constreñido por la orfandad del paisaje encuentra en lo alto una expresión dulce y bella.

El pesado camión seguía trepando con enorme dificultad la última cuesta. El motor denunciaba con un ruido infernal el máximo esfuerzo. Los neumáticos se pegaban a la arena movediza que a cada giro lanzaba chorros de polvo que a la fuerza del viento se nos vino encima envolviéndonos completamente. Felizmente, de pronto, llegamos a la cumbre y nos dió la impresión que el camión resoplaba satisfecho... fué cuando el chófer detuvo el vehículo, abrió la puerta de la cabina, sacando la mitad del cuerpo hacia afuera, y dirigiéndose a nosotros, dijo:

Ese es Chañar Chico!!

Resultaba innecesario el aviso. Allá como metido en un pozo, entre una quebrada de pronunciado ángulo y la suavidad del faldeo de uno de los cerros que dominaba por su altura, se veían dos hileras de barracones. Eran como dos cajitas desteñìdas. La impresión resultaba chocante por la áridez del lugar, desnudo de vegetación, desolado y yermo.. Sentí un raro escalafrío. Ni un buho que rompiera la pesada monotonía; tan solo una alimaña, pero nada... El viento que momentos antes parecía cálido, ahora empezaba a helar. En ese instante, ante esa visión tétrica sentí como el peso de un tremendo golpe. Era el nuevo mundo que iría a descubrir; mi nueva vida, vida de minero. El cuadro de mi existencia retrospectiva pasó antes mis ojos como una lejana visión cinematográfica.

Bien - me dije - ya nos acostumbraremos...

El chófer, volvió a poner en marcha el camión aligerado del terrible camino que acabamos de dejar.

Llegamos al fin. Un recibimiento cálido de un quiltro tan flaco que para poder ladrar necesitaba apoyarse de la pared, pero suficientemente fuerte como para meter más ruido de lo que se podría esperar de un espécimen tan desnutrido.

Bajen aquí sus "monos" - dijo el chófer - iré a buscar al capataz..

Diciendo esto se alejó detrás del barracón de calaminilla, la que se nos presentaba ahora en sus reales proporciones.

Traté de hacerme amigo del quiltro que denotaba un miedo a ser golpeado, pues cada vez que intentaba acariciarle la cabeza se ovillaba mirando como implorando que no lo lastimara. Mi compañero de viaje encontró una piedra de asiento y allí se lo veía como un condenado en la espera de la setencia fatal... El sol se había perdido detrás de los cerros. Una lánguida claridad ofrecía menor resistencia al viento frío que subía de la quebrada.

Apareció por una de la puertas una mujer pequeña, de vestido harapiento y con sus cabellos greñosos, llevando un cubo. Fué con pasos cansados hasta el tanque de enorme panza. Abrió la llave y fluyó el líquido cristalino y fresco. Me dieron ganas de beber. Una vez que el balde se hubo llenado, logró con gran esfuerzo trasladarlo hasta la cocina. Era la cantinera. De esas sus manos negras de hollín saldría las comidas que en adelante nutrirían nuestro ser. Me dió asco. Me acordé que tenía sed. Me incliné, abrí la llave y sentí en los labios el grato frescor del agua. Después me pasé por la cara y por un rato dejé que el chorro me diera en las manos. Algo limpio y puro en ese ambiente pestilente me hacía muy bien.

Ahí viene el capataz - dijo mi compañero de viaje sin levantarse de su asiento. Efectivamente se veía descender por un caminito en zig-zag la figura de un hombre medio encorvado y de pasos tardos. Intenté figurarme la clase de persona que sería, su genio, el tono de su voz, etc. pero con el frío que cada vez acentuaba su intensidad deseché toda idea de analisis, además el hombre ya estaba ahí.

Cuantos son ? - preguntó sin entrar en saludos.

Somos dos - respondí ya que el otro parecía pegado y mudo en su lugar, sin moverse

Vengan aquí, les mostraré sus camarotes.

Le seguimos llevando a cuesta nuestro "monos". Cuando se halló frente a la fachada del largo caserón se detuvo.

Aquí hay una litera vacía - dijo dirigiéndose a mí.

Me daba lo mismo que fuera una u otra, sin embargo el otro minero hizo una mueca como lamentándose que no fueramos a estar juntos. Sentí lástima por él,

pero me agradó en lo íntimo que entre este ser extraño y yo se hubiera creado una secreta simpatía, un sentimiento de correspondencia. Me sentí feliz saber que ya no me sentiría solo. Sin decirnos nada, empujados por la fuerza de un atavismo caprichoso, nos sabíamos unidos en una amistad noble y reconfortante. Era tan importante saberse acompañado, asistido por alguien, no importaba quien fuera ni como fuera. No hay nada más lúgubre que la propia desolación. El hombre realiza su propio ser solamente en el ámbito social aunque el escenario sea un antro o una cueva. Por otra parte mi alegría sufrió un grato fortalecimiento cuando noté que el humilde y mísero quiltro buscaba amistosamente mi mano para lamerla en una exteriorización cálida y húmeda de su admirable amistad...

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