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CHAÑAR QUEMADO II

Distintas versiones llenaron la atmósfera social del capamento. La imaginación de los mineros exaltaron el hecho de una manera insólita. Se le confirió a Cabrera poderes mágicos. Desde entonces el prestigio a su rara personalidad cobró una suerte de respeto e idolatría. Empero, no faltaron los que empezaron a especular de manera maliciosa. Había un motivo. Desde que llegara a la mina, ni una sola vez Cabrera había bajado a la ciudad. Era su mujer la que se se encargaba de los viajes a las oficinas en Vallenar, para cobrar a fin de mes su jornal y de proveerse de las vituallas necesarias en la pulpería. Yo no había otorgado ninguna importancia a este detalle que sirvió de base para que los maliciosos crearan verdaderas leyendas. Algunos aseguraban tener conocimiento de que "nuestro hombre" era un pez gordo buscado por la justicia, otros presumían - llegaban hasta jurar - haber oído de un criminal que había buscado refugio en una de las minas de la zona. Indudablemente lo individualizaban a Cabrera. Eran suposiciones que a fuerza de ser comentadas cobraban visos de veracidad.

Cabrera, ajeno a todo este clima de encontrados sentimientos - simpatía por un lado y de tendenciosa sospecha por otra -, proseguía su existencia tranquilamente. Más que eso , se lo veía feliz y confiado, tanto que una mañana cuando íbamos subiendo el cerro en dirección a los puntos de trabajo nos encontramos caminando uno junto otro. Nos saludamos, seguimos caminando otro trecho, tosió, era una tos provocada, lo miré, entonces habló:

Perdóneme Patrón, quiero pedirle un favor...

Diga no más Cabrera - respondi de buen ánimo y con la mejor disposición de ser útil

Quisiera que me entregara la libreta del seguro, mi mujer necesita ver al médico.

Es que está enferma?- pregunté interesado por su salud.

No... no. - un rubor coloreó su rostro como un niño pillado en una picardía

Parece que va a ser mamá..

Que bien !- respondí con viva satisfacción - Los felicito

Gracias..., - dijo tratando de ocultar su turbación

Mañana le tendré todo arreglado, pase a buscarlo por la oficina después de las tres....

Gracias Patrón.. - y diciendo esto se alejó por otra senda camino a su terraza de trabajo.

La noticia me dejó pensativo y con un dulce sabor en el espíritu. Por mucho rato la idea me cosquilleaba la mente. Me sentí alegre, la naturaleza en su mandato inexorable imponía su tributo genético.

Es costumbre que cada Sábado los mineros viajen a la ciudad a cobrar los "suples" y a adquirir mercaderías que les son necesarias. Cada minero projectaba sus compras, su fiesta de desquite después de tantos días de privaciones y de dura trabajo. Se despertaba en ellos un mundo de color y se comportaban como niños durante la Pascua....El bullicio, el entusiasmo, otorgaban un ambiente amable a los barracones cuyas paredes de calaminillas vibraban al conjunto de tan extraordinaria agitación.

Un día como ese fué que marcó un recuerdo imperecedero en mis reminicencias de una época que felizmente quedó muy atrás pero que la influencia de su sombra aún llega a impacientarme dolorosamente.

Fué el último Sábado antes de semana Santa. Como al mediodía llegaron los camiones que debían transportar a los mineros a Vallenar. Fuí a controlar la salida. Reinaba un bullicio alegre. Los mineros se veían de otra manera limpios y aseados con sus mejores tenidas, adoptaban actitudes urbanas. Daba gusto verlos. Los choferes impacientes por partir, majaderamente insistían en bocinazos cuyas estridencias despertaba una lluvia de protestos de parte de los mineros, que acuciados por el tiempo llegaban corriendo a ocupar sus lugares. Cuando fuí a dar la venia para que partiera al camión que ya había completado su carga humana encontré instalada en la cabina junto al chofer, a la señora de Cabrera. Como siempre iba sola. Nos saludamos cortésmente con un leve movimiento de cabeza. Cuando hubo subido el último minero, los camiones partieron con gran ruido de escape, uno detrás del otro, dejando una espesa estela de polvadera. En breve momento el campamento quedó completamente vacío, salvo el sereno y yo que esperaba que vinieran a buscarme.

Muy tarde ya llegó el Jefe de Mina a buscarme. Traía el genio malo. Su camioneta había sufrido una panne. Yo en cambio me sentía contento. La idea de volver a integrar el mundo de ciudad, ese ambiente mundano y novedoso, mezclarse dentro de la corriente vital del progreso, donde la sociedad realiza sus funciones superiores de convivencia. Todo eso me alegraba y predisponía mi espíritu a una saludable aventura. Durante el trayecto, en medio del desierto arenoso, me sumergía en deliciosas ideas programando el tiempo para aprovechar mejor las pocas horas de asueto en Vallenar. Esta pequeña pero completa ciudad tiene de todo. Ubicada en lo que fuera mucho tiempo atrás el lecho del Rio Huasco, representa la ciudad típica minera. Debido a sus grandes yacimientos de hierro y no menos rico en cobre y oro, ha ido ganando un lugar de inequívoca importancia en la provincia de Atacama. De un aspecto moderno impresiona por la elegancia de sus edificios de líneas audaces, por la limpieza de sus calles y sus cálidos atardeceres. Es alegre y pintoresca. Los fines de semana, en víspera de días festivos, cientos de mineros de todos los rincones bajan a la Capua nortina a solazarse y encontrar digno desquite a los torturosos días atrapados entre montañas y polvo. Los Sábados especialmente, la ciudad cobra un ritmo de fiesta. De todas las minas bajan los mineros a las oficinas a cobrar los "suples" y luego se vuelcan a las tiendas de la transitada calle Pratt que ostentan vitrinas con mercancias coloridas y tentadoras. Hay plata en los bolsillos y muchas ansias de gastarlo. Los bares y cantinas rebosan de una clientela abigarrada y bulliciosa. Potentes parlantes desparrama por el ambiente música de sones alegres e invitadores. Todo es fiesta, color y risa. Cada minero revienta en deseos de gozar y desquitarse. Es tan bello el deseo de vivir y la posibilidad de disfrutar generosamente. Es delicioso presentir en la billetera el inconfundible volumen de los billetes! Se despierta el deseo de gastarlo, de sentir su mágico poder de trocar los anhelos y sueños en algo real, tangible. Gran cosa es el dinero pero cuanto nos cuesta ganarlo...

Muy tarde me desocupé de la oficina, ya las luces de las calles estaban prendidas. La noche había llegado con el sortilegio fascinante de promesas aventureras y romántica. Ya en la calle me sentí libre. Respiré hondo, un sentimiento inefable de placer me llenaba el alma. Me mezclé entre el vaivén del gentío que albergaba la calle principal. Recordé que tenía una lista de compras que hacer.  Despacio, gozando a todo pulmón la vida de ciudad, caminé en busca de la tienda "La Rosa Chilena". Era inconfundible, pués un grandioso letrero de material acrílico iluminaba como un sol su nombre. Siempre efectuaba allí mis compras. Su dueño, era un libanés de trato amable y y jovial, con el arte de saber ofrecer, como la mayoria de los descendientes de libaneses, los Baraqui, Nehme, Galeb, Zalaquet, en fin todos eran dueños de las diferentes tiendas de la zona. Una nutrida clientela llenaba el local. Me acerqué como pude al mostrador. Todos pedían algo, reinaba una entusiasta confusión. Por aquí una mujer se probaba alguna prenda de vestir; otra, más allá, se miraba al espejo para comprobar la belleza de unos aros. Un minero devolvía unos zapatos que le apretaban, otros pedían que le envolvieran el sombrero adquirido. Había una total confusión en medio de un frenético entusiasmo. Las niñas que ayudaban al paisano no podían contener la lluvia de pedidos. Me deleitaba mirar ese espectáculo movedizo de la avidez humana. Me distraía. De pronto, entre esa muchedumbre, descubrí a la señora de Cabrera quien, ensimismada en su compra, observaba con dulce interés una blusita de niño. Junto a ella se exhibía pañales, gorritos, baberos, cintas, y otras prendas diminutas para recién nacidos. Naturalmente ! - pensé - con generoso pensamiento - que el matrimonio Cabrera recibiría pronto la visita de la cigüeña. Es una escena conmovedora ver a una mujer eligiendo el ajuar para su bebé. Con que amorosa mirada acariciaba cada objeto que sus manos aprisionaban con suave ternura!! súbitamente levantó la cabeza y nuestras miradas se encontraron. Un rubor intenso coloreó sus mejillas. Había penetrado en su mundo íntimo. Guardé el recuerdo de aquella mirada. No sé porqué, hubo algo de intenso y de sugerente. Entonces no valoré aquel leve incidente. A fin de evitarle mayor confusión preferí salir a buscar en otra tienda lo que necesitaba.

Ese día, cuya fecha marca un acontecimiento vinculado a un gratísimo sentimiento romántico, 13 de Agosto, decidí celebrarlo con algunos amigos de la oficina de la compañia minera Dan, en uno de los bares mejores atendidos "El Diana".. Invité al Chico Garnicah, Capataz de la mina San Francisco, célebre por su excelente capacidad para el trago y al Pata Ancha - Alvaro Flores - prestigiado jefe de la mina "Sosita" y famoso entre los mineros por el enorme tamaño de sus piés. Todas las mesas se veían repletas de botellas rodeadas de mineros ruidosos. Una máquina parlante de monedas dejaba escuchar música de la nueva ola. Las garzonas se movían con habilidad entre las mesas. Me gustaba ese ambiente lleno de luz y de vida. Por fin ubicamos una mesita. Pedimos una botella de tinto, del mejor. Comenzaron los brindis y se abrieron de par en par las compuertas de a cordialidad. Se habló de todo animadamente, sin descuidar que los vasos estuvieran siempre llenos. Había un desafío al cacho por la comida y los tragos. Estabámos demasiado apretados jugando, conversabámos gritando, cada uno de nosotros tenía algo que contar y una impaciencia contagiosa nos llevaba a hablar a todos al mismo tiempo. Sin duda que nuestro magnífico vino chileno tenía mucho que ver en esta euforia delirante. Esta era la diversión de todos los Sábados de todos los mineros. Humedecer la garganta resecada por el polvo negro o rojizo del hierro y soñar brevemente en la dicha de un mundo venturoso. Vidas simples y conformadas. Intrascendente y generosa. Una noche les basta para colmar la frágil copa de sus ansiedades.

Antes que me olvide - me dijo de pronto el Pata Ancha - Tengo un recado para Ud. de la oficina. Es sobre un minero que trabaja con Ud. un tal Cabrera, los Carabineros lo andan buscando, hay una orden de captura.

Debe ser un hombre peligroso..!!- acotó con ampulosidad.

Cabrera? - Yo que estaba un tanto distraído envuelto en la dulce embriaguez del ambiente, pregunté tratando de ocultar mi sorpresa.

"Nuestro minero Cabrera ? - interrogué incrédulo

Sí.. Manuel Cabrera, tal vez a estas horas ya esté a mil kilómetros de su mina, estos bichos huelen de lejos.

No pude responder. El impacto de la sorpresa me dejó confuso. Realmente le había tomado gran simpatía y esta noticia me dolía íntimamente. Mi pensamiento abarcó en un instante toda la desgraciada vida de aquella pareja. Volví a recordar la mirada triste y tímida de la mujer cuando compraba las prendas para el fruto de su amor difícil. Ante mi vista interior tenía la imagen de Cabrera y su mujer huyendo por el desierto arenoso, seco e inhóspito. Sin esperanzas. Que futuro para aquel hijo que esperaba en el vientre la luz del mañana. Sentí inmensa pena, la alegria que hasta entonces reinaba en mi corazón se trocó en amargura.

Es la vida - me decía a mi mismo - mientras unos sufren y huyen, otros como nosotros pasamos buscando sensaciones.

Qué le pasa que se ha puesto pálido - me interrogó el Chico Garnicah

Será el trago que le ha hecho mal, con el estómago vacío ? - preguntó y acto seguido llamó a la garzona para pedir de comer.

No, no me pasa nada!! - protesté fastidiado...

Los dos comensales , pidieron de todas maneras un suculento causeo. No podrían desaprovechar la oportunidad de la invitación.

En el escenario de la imaginación veía la sufrida pareja, caminando bajo la tortura de la persecusión, por las sábanas de arena, sin rumbo, con aquel hijo en la entraña. Me apretaba la pena como si estuvieran ligada su suerte a la mía. Reaccionaba de esta idea para tranquilizarme; pero es difícil superarse cuando se actúa en comunidad y la unidad humana conforma el grupo social lo que involucra una responsabilidad a cada integrante de ella.

Quise ahogar en vino esta rebeldía ante la suerte injusta del destino que con su poder atávico señala rutas dolorosas a seres predestinados.

Bebí con la sed desesperada del alcohólico. Traté de embotar mis sentidos. Ser otro, que importa lo que suceda al mundo, pensé con la lógica del escéptico. Mis compañeros de mesa habían atravesado ya la frontera de la saturación para sumergirse en un terreno de somnolienta y forzada conversación. Varias botellas vacías formaban un verdadero bosque sobre la mesita adyacente que se había agregado.

La música sincopada nos trastornaba y nos empujaba a un ciego entusiasmo. Algunos mineros pretendían bailar con las garzonas; pero, éstas de una u otra manera esquivaban la invitación. Divertirse, tomar y gozar eran las razones imperativas. Nada debía turbar tan sagrados designios. La hora avanzaba acercándonos al fin de esta fiesta que no será otra cosa que el principio de la otra vida que ahora queremos olvidar. El ambiente estaba cargado de humo y de borrachos. Ya se había bebido mucho y el sueño me estaba amodorrando..Era más de media noche, las luces de los fluorescentes cansaban mis párpados. Tenía deseos de algo indefinido bajo la influencia del trago y de una alegría malograda. Fué una noche falsa. Además, recuerdos de lejanas épocas poblaron mi mente. Me volví sensitivo. Sin embargo, allá en el fondo del remolino de ideas y de recuerdos afloraba de tanto en tanto la imagen de Cabrera. Tenía ganas de salir de allí y respirar aire puro. Llamé a la garzona pidiendo la cuenta. Garnicah, que apenas podía sostenerse, tenía ganas de seguir bebiendo. Flores, que estaba casado, debería llegar temprano a su casa, no insistió. En ese momento fué que llegaron el compresorista de la mina "San Francisco y un chofer del camión aguatero. Los conocía de vista. Traían unas caras de borrachos asustados. Tal vez venían huyendo de los Carabineros - pensé de primera intención. Cuando nos vieron nos hicieron señas dándonos a entender que nos estaban buscando.

El Pata Ancha, que apenas podía sostenerse, les espetó tallero:

Qué les pasa que vienen más serio que perro en canoa??

Sin saludar, y con la inflexión de voz propia del que está bajo el peso de una terrible emoción, contestó el compresorista de la mina San Francisco, con el rostro demudado dijo dirigiéndose a mi
- A Ud. lo estaban buscando, veo que no sabe nada .

Qué cosa ? - respondí intrigado

Acaba de pasar una tragedia, un accidente horrible! - El camión que llevaba a la gente de regreso a su mina - Chañar Quemado - perdió la dirección al llegar a la quebrada del Sauce y cayó en la quebrada que da frente a la mina Sosita. No se sabe cuantos muertos hay, se presume que son varios. La ambulancia y varios camiones partieron para allá, dentro de un rato traerán a los heridos al Hospital.

La noticias me dejó petrificado. Nos miramos unos a otros presos de dolorosa confusión, sin saber qué decir. El Pata Ancha quiso saber más e interrogó llenando de preguntas a los recién llegados. Era poco lo que podían agregar. Pude saber finalmente que un minero que saliera ileso del accidente, tuvo que caminar hasta la mina Huantemé, de la Cia. Santa Barbara, y de allí avisaron por telefóno a la estación ferroviaria de Maitencillo para que a su vez lo hicieran a la estación de Vallenar. Todo eso en un lapso largo de varias horas, considerando la distancia que media entre el lugar del accidente y Huantemé. Aproximadamente unos seis kilometros por camino de cabra, atravesando cerros en medio de la noche. Más o menos dos horas de viaje, calculé. Entonces dominó el escenario de mi pensamiento la mujer de Cabrera, quien viajaba en el camión accidentado. Un presentimiento funesto emergió con fuerza. Una terrible interrogante. Me senté, pretendí serenarme. Pensé tantas cosas mientras mis compañeros junto con los otros bebían con frenético entusiasmo. La idea de la muerte acosa al espíritu conduciéndolo a la reflexiones profundas. La suerte del minero es de por sí triste y mísera, su trabajo inclemente y pesado ofrece pocas satisfacciones. Su vida está en constante riesgo. Un bolón de piedra, un pedazo insignificante, desprendida de lo alto basta para acabar con su existencia. Eso ha ocurrido repetidas veces.. El minero y la fatalidad van tomados de la mano. A cuantos he visto morir aplastados por el traicionero mineral. Es el destino, sencillo y determinante, intrascendente y generoso.

Salimos del bar más tarde de lo que esperaba, ya afuera, en contacto con el aire fresco, sentimos reanimarnos. Garnicah era el único derrotado en la batalla de las copas. Caminamos en dirección de la oficina. Se adueñó del grupo la conciencia de la tragedia. Apuramos el paso, como sí de pronto nos urgiera una fuerza misteriosa.

Cuando llegamos al patio de la Oficina había un montón de gente y de Carabineros. esparcidos por el suelo se veía distintas clases de cajas destrozadas, cajones, sacos que por medio de las roturas dejaban ver su carga comestible. De entre esas cosas distinguí de pronto, las ropitas de niño que había estado comprando con tanto cuidado y cariño la señora de Cabrera. Un nudo se me formó en la garganta. No atinaba a nada, me daba miedo que se confirmaran mis sospechas. Tuvimos que esperar un buen rato frente a las oficinas. Cuando apareció el primer camión todos nos acercamos impulsados por saber quienés fueron las víctimas. Carrasquito, el chofer del camión compresor, bajó del vehículo y no quiso decir palabra antes de hablar con el gerente de la compañía, que en ese momento no se encontraba por ningún lado. Al fin dió rápido detalle de lo pasado. Entre la lista de muertos estaba el nombre de la señora de Cabrera.

Sentí una terrible sensación de dolor. No podía ser!. Quedé aplastado por esa realidad aterradora. Recordé su sugerente mirada cuando compraba el ajuar para su bebé. Con qué amor había acariciado aquellas prendas de niños; del niño que nunca habría de nacer. Pensé en Cabrera y su desventurado destino. La tragedia nunca llega sola.

La pregunta brotó con incredulidad e inmenso temor

Está seguro, que la señora de Cabrera murió? - insistí si..murió, la llevaron a la morgue. - Fué la respuesta seca que repercutió en todo mi ser como una explosión terrible - Quedé perplejo, aplastado por esa realidad aterradora. Me acerqué junto a las diminutas prendas abandonadas en el suelo. Eran los trofeos inútiles de un amor malogrado. Levanté en mis manos una camisita de lana y al sentir su contacto me acometió un deseo loco de llorar y desahogar la amarga pena que me enbargava. Pensé en Cabrera y su desventurado destino. La tragedia nunca llega sola... Pobre hombre!!!

El Lunes, cuando llegué a la mina, lo primero que hice fué ir a buscar a Cabrera para estar con él y hacerle partícipe de mis sentimientos a tan terrible desventuranza. Ahí estaba su ruquita que fuera nido de su amor y el bello símbolo del hogar para todos los que vivimos con la soledad de sentimientos en nuestros corazones. No había humo en su chimenea de tubo de calaminilla. Ni ropa tendida en la cuerda extendida y desolada. Cabrera parecía un muerto en vida incrédulo, a tan tamaña tragedia que le había apartado de un porrazo a lo que más quería y con ella al fruto de su amor.

Respeté el dolor de este castigado ser y un día de mañana fuí hasta el punto donde trabajaba Cabrera. Ahí estaba ahogando su dolor mientras manejaba la perforadora que metía un ruido infernal a medida que horadaba la dura piedra y una cortina de polvo se levantaba oblicuamente bañando totalmente al operador. Sus compañeros me saludaron y detuvieron su trabajo. Inspeccioné el material extraído. Cabrera avisado por los compañeros paró la máquina y dirigiéndome una mirada triste esbozó un saludo en posición de espera para seguir - una vez terminada mi visita - perforando. Sentí una honda pena ser portador de una noticia que llevaría la zozobra a ese hombre tan castigado ya por el destino. Le hice seña de que bajara pues estaba sobre una elevación del terreno. Nos alejamos unos pasos del grupo, desde dónde nadie podría escucharnos, y tratando de ser lo más llano posible le dije:

Mire Cabrera.., lamento traerle una noticia desagradable...

A medida que le iba diciendo noté que el rostro de Cabrera tomaba un color pálido intenso, continué:

A la oficina llegó una citación judicial.. en buenas cuentas parece que le andan buscando. Los carabineros fueron a requerir de Ud. y tal vez vengan a buscarlo hasta aquí. Ud. sabrá lo que tiene que hacer.

Es difícil captar los pensamientos y las resoluciones que pasan a través de la mente del hombre, especialmente cuando el látigo del destino lo ha flagelado imnumerable veces y el rostro, espejo del mundo subjectivo, ya no acusa con la sensibilidad habitual esas reacciones subterráneas; sin embargo intuí que en el fondo del ser de este hombre algo se había quebrantado definitavamente.

Le agradezco Patrón - dijo sin ocultar su gratitud emocionada - Ya estaba esperando que ocurriera esto hace mucho tiempo. No me queda otro camino que seguir huyendo.

Todo resulta triste y lamentable - dije, interrumpiendo su diálogo para que no se sintiera en la necesidad de informarme del motivo de la persecución.

Pase luego por mi habitación. Le proporcionaré algunos alimentos enlatados que pueden serle útil en su viaje - agregué. Retomé mi camino dejándo con sus pensamientos a ese pobre hombre marcado con el terrible fuego de la desgracia.

El sol se estaba poniendo en el horizonte. Las altas montañas marcaban su perspectiva sobre el cielo azulado. El viento fresco sucedía a la atmósfera cálida del día. Los mineros volvían silenciosos en busca del descanso. En mi habitación la luz a gas de carburo iluminaba con el leve ruido de la ignición. La noche nos iba envolviendo inexorablemente con su manto de misterio. Recostado en mi acostumbrado diván leía las últimas páginas de una maravillosa y conmovedora novela de Ghoete Vherter cuando se dejaron oír unos llamados muy quedos en la puerta.

Quién es ? - pregunté sin abrir

Soy cabrera Patrón - contestó con apagada voz el hombre perseguido.

Pase - dije abriendo la métalica puerta de calaminilla.

Su aspecto daba lástima. Se notaba el efecto de la inmensa lucha interna, la desesperación y el miedo. Sus manos le temblaban levemente. Le costó iniciar la conversación. Le alargué un cigarrillo que lo tomó con gusto. Al prender la cerilla de fósforo, el temblor de su mano se acentuó visiblemente. Aspiró con evidente satisfacción una buena bocanada de humo que lo expelió con fuerza. Le acerqué

una silla. Se sento; recorrió con una mirada el perímetro de la habitación. Llegó el momento de hablar, lo inició diciendo:

Patrón Ud. se ha portado harto bien conmigo... La emoción le apretaba la garganta.

Nunca nadie me ha tratado como lo ha hecho Ud. - No sé que decirle, quiero agradecerle.. no tengo palabras.. - Yo me voy ahora..., no sé donde.. - Su voz se rompía en un tono dolorido y triste. - Antes de irme quiero contarle lo que me sucedió. Hubo una pausa, apagó el cigarrillo consumido e inició su narración:

Estuve en la Argentina, en Perú y en Bolivia. He tenido mucho dinero. Un día vivía como rey, tenía de todo; pero luego volvía a pasar las mil y una para salvar el pellejo. Mi vida fué una aventura constante y peligrosa de la fortuna, de la grandeza a la persecución, el terror y el miedo. Huyendo, escondiéndome de un lugar a otro, siempre con el peligro de ser capturado.

Notó que lo miraba como indagando cual era el tipo de su trabajo, continuó:

He adquirido una extraordinaria maestría para hacer cambiar de dueño a opulentas billeteras y para abrir cualquier tipo de cerradura, aún de las más complicadas combinaciones de cajas fuertes. - He efectuado golpes interesantes...

Guardó silencio como queriendo memorizar y retomando el hilo de su narración prosiguió - Fué en una de esas tal vez la más importante, la que marca el comienzo de una vida terriblemente angustiosa, desgraciada y fatal.. Mi vida, desde entonces, está empeñada, vendida a una suerte tenebrosa. Detuvo su forzada locuacidad para preguntarme si podía seguir escuchándolo.

Naturalmente respondí interesado en saber donde iría a llegar este personaje novelesco. Esbozó una sonrisa de satisfacción al mostrarme atento a su relato y prosiguió:

Preparé un golpe "del uno". Me resultó bien, y de ahí parte la última etapa de mi vida. Le contaré como fué. En Arica tomé un cuarto en el elegante y céntrico hotel Ritz. Ahí llegan pasajeros adinerados de todas partes, especialmente de Santiago, La Paz y Tacna. Vienen a comprar los más diversos articulos llegados de todas partes del mundo. Arica gracias a su carácter de puerto libre, se había convertido en una gran atracción por los precios bajos. Además el casino de juego obraba como un imán sobre la gente deseosas de emociones. Arica brillaba en su momento de apogeo. Era un inmeso bazar con sus vitrinas atestadas de sederías francesa, nylon americano, porcelanas alemana, radios de transistores del Japón, whisky del más puro escocés, encajes italianos y un sinfín de articulos de los más finos y variados. La gente enloquecía comprando en las ferias, tiendas y kioskos. Era una fiesta permanente. Daba gusto salir a la calle solamente para ver los rostros de las personas recién llegadas ante la visión de esta verdadera caja de pandora, con la diferencia de que esta caja estaba llena de las más bellas creaciones del arte y la sutileza humana. El dinero se tiraba a manos llenas. El contrabando se convirtió en una de las industrias más lucrativas. Aviones y más aviones llegaban cargados de turistas comerciantes que regresaban com maletas repletas de estas tentadoras mercaderías que las vendían con lucrativas ganancias para volver de inmendiato en el primer avión a efectuar la misma operación. Se ganaba millones. Justamente en el Hotel Ritz es donde se hospedaban la mayoría de este tipo de gente. Realmente me resultaba fácil operar en medio de tanto trajín y fué este mi mejor "cuarto de hora". Fué una época feliz, tanto que hasta pude comprarme un auto europeo, un Simca. En el hotel me trataban como a un acaudalado hombre de negocios. Cada fin de semana pagaba puntualmente, daba propinas exageradas a los mozos y camareras, lo que me permitía ganar simpatias en este gremio importante a mis actividades, ya que por ellos me enteraba de la calidad de los pasajeros y ubicar a los que me ofrecían mejores perspectivas. Fué entonces que conocí a la que fué mi mujer. Era jefa de las camareras. Me gustó desde que la conocí. Era una mujer extraordinaria. Sabía manejar a la gente de servicio, muy hacendosa y formal. No sé como fué que se enamoró de mí, cosas de la vida, fué su desgracia... No pudo evitar que un lánguido suspiro brotara involuntariamente del fondo de su ser. Luego retomó el hilo de su desconcertante narración:

Nos enamoramos de golpe, podría decir a primera vista, desde un principio fuímos felices, estabamos hecho el uno para el otro, y desde entonces no nos separamos más. Al principio le oculté el tipo de mi trabajo, pero cuando comenzamos a intimidar más y sabía cuanto calzaba en su corazón le conté todo. Se sorprendió terriblemente, pero la consolé asegurándole que cambiaría de vida, que sería otro y de que juntos llevaríamos una vida honrada y decente. Le aseguro patrón - dijo dirigiéndome sus palabras - que ese era mi deseo más ferviente. Me propuse hacer que mi promesa se convirtiera en realidad. Su presencia, su amor me inspiraban los mejores sentimientos y me sentía distinto. Sin embargo necesitaba dar un último golpe para tener el dinero necesario para comenzar la vida que estaba deseando. Y en tren de intimidad tampoco le oculté a Sandra - ese era su nombre - este postrer anhelo de una vida que pasaría a la historia. Ella se opuso tenazmente a estas pretenciones, sin embargo la trabajé con tan sutil tacto que al fin no solamente la convencí sino que la hice prometer que me ayudaría, eso sí, le hice la más formal promesa que sería la última vez. Esos días fueron de terrible exitación y de inquietantes sueños. Pasábamos pendientes en estudiar a cada pasajero que llegaba al hotel. Mi observación comenzaba en el comedor. Me fijaba en su manera de vestir, el estilo del terno, la calidad del casimir, el menú que solicitaba, el cigarrillo que fumaba, la propina que dejaba sobre la mesa y en general todos aquellos detalles que acusan al hombre de dinero. Cuando alguien llenaba las condiciones ideales, el control del sujeto era más rígido. Le seguía sus pasos muy de cerca; vigilaba sus compras, si cancelaba con cheque, en efectivo o en moneda extranjera. Además avisaba a Sandra para que ella a su vez hiciera el registro adecuado en su cuarto toda vez que pudiera, en caso contrario se las ingienaba para investigar por mediación indirecta - o sea por camareras a su servicio - sin que ellas se dieran cuenta de la importancia de las informaciones que ofrecían.

Una noche en que no podía contener su excitación - Pobrecita! - me contó que había llegado al hotel un matrimonio boliviano. Les había descubierto el alhajero rebosante de valiosas joyas, monedas de oro, tambén había billetes, que ella no distinguía de que países eran. Pesaba como cuatro a cinco kilos. - Era bien pesado - decía contenta por haber encontrado el punto de partida de nuestra soñada felicidad.

Quedaba de mi cuenta estudiar el golpe. Ella me conseguiría la llave del cuarto. Todo aparentemente iba a resultar fácil. Decidimos efectuar la faena la noche siguiente. Nos dominaba una sensación de alegría, sin preocuparnos para nada del peligro ni de las consecuencias que podría sobrevenir.

Sus ojos cobraban una vivacidad entusiasta, como si estuviera dispuesto a repetir aquel momento histórico, en su azarosa vida de punga.

Maduré bien el golpe - prosiguió con mal escondida satisfacción de orgullo profesional - Medí todos los pasos, tomé todas las precauciones. Como primera medida, cambié de hotel. Por su parte Sandra - siguiendo el plan trazado - dió aviso de que se iría. Explicó que contraería matrimonio y se dedicaría a su nuevo hogar. Como siempre nos veían juntos resultaba normal que así fuera. Todo estaba preparado, solo faltaba que llegara la hora propicia. Llegó la noche. Vestí mi mejor terno. A la hora de comida fuí al mejor restaurant donde me obsequié unos buenos platos. - Nunca se puede saber lo que puede ocurrir ! - La cita estaba fijada a las 23.00 hrs., momento en que el matrimonio boliviano estaría jugando en el casino. Eso ocurría todas las noches y regresaban cerca de las 2:00 a.m. Sobraba tiempo, así que nos fuímos al cuarto de ella. Hicimos hora acariciándonos. Los nervios nos comía. Nuestros projectos tomaban formas fantasmagóricas. Teníamos miedo y, sin embargo, nos sobraba audacia. Al fin llegó el momento supremo. Los camareros y garzones se habían retirado. Quedaba el nochero que pegado al mostrador de la portería infaliblemente se dormía. Nos despedimos en silencio junto a la puerta. Nuestros corazones nos golpeaba el pecho como martillazos. Me alejé de allí despacio pero seguro. Se oía el rítmico ronquido del nochero como un anuncio feliz. Trepé a grandes zancadas la escala que conducía al paraíso esperado, a la cueva del tesoro escondido. Todo estaba desiero y en calma. Con entera tranquilidad abrí la puerta, la volví a cerrar. Iluminé la habitación con una linterna de bolsillo y fuí directamente al lugar señalado por ella. Fúe tan fácil. Estaba dentro de una valija sin llave, escondido detrás de unas ropas blancas el fabuloso alhajero. Lo tomé, su peso resultaba impresionante, aunque su tamaño era reducido pude esconderlo dentro de mi paletó. Abandoné el cuarto tal cual entré. Nadie me vió ni me sintió. El nochero seguía durmiendo aunque había cambiado de posición. Apenas golpeé la puerta del cuarto de Sandra, sentí que saltaba de su cama. Cuando nos encontramos, nos confundimos en un abrazo violento y nervioso; luego más calmados, le alargué la caja de caoba que encerraba todo nuestro porvenir. La abrimos con manos temblorosas. No se puede contar lo que había allí. Una fortuna, anillos de brillantes hermosos, uno mejor que el otro, collares de perla, aros que brillaban como el sol; prendedores cubiertos de pedrerías. Como si todo fuera poco encontramos una piedra de brillante fabulosa, de tal belleza que opacaba cualquiera otra, también habían más de sesenta monedas de oro mejicanas y dos mil trescientos dolares en efectivo en billetes de cien. En toda mi vida, ni en película había visto tanto oro y pedrerías.

Ahí comenzó nuestro calvario, era el comienzo de nuestra vida de prófugos. Todo esa riqueza en nuestro poder y no podíamos disponer de ella pues sería letal para nuestra libertad, despertaríamos sospechas si las tratabamos de vender. Huímos de Arica al comenzar el alba, nos vinimos al norte chico, para no despertar sospechas. Ya han pasado un par de años, hemos vivido de mina en mina sobreviviendo con mi salario de minero. Esperabamos que cuando nuestro hijo naciera podríamos comenzar a tener el hogar soñado usufrutuando de los lucros de nuestro botín, haciéndose realidad nuestros planeados sueños. El resto ya es historia, de que me sirve todo el oro del mundo, si nunca más podré recobrar al ser que más quería y mi libertad tiene las hora contadas. Soy un reo de mi propia cárcel. Gracias una vez más patrón por haberme escuchado, pero era una deuda que tenía con Ud. Ahora tengo que seguir mi camino y pido a Dios que me perdone por todo el daño que causé a Sandra y a nuestro hijo por nacer. Me merezco todo lo que me sucede y tengo que pagar por ello.

Acto seguido se levantó y desapareció en la inmensidad de la noche. Yo estaba perplejo, creía que esas historias solo se veían en el cine, pero no en la vida real. Una profunda inquietud me agitaba rememorando cada detalle de la historia de Cabrera. No podía dormir, había sido confidente de un hombre astuto, audaz que no supo medir las consecuencias de sus actos, desencadenando una tragedia de proprociones terribles. - Que Dios se apiede de su alma Cabrera - pensé mientras cerraba los ojos tratando de sumirme en un sueño.

A primera hora del día siguiente fuí a buscar al pobre Cabrera, para darle comida enlatada y asi pudiera emprender su fuga. Me salió al paso el cantinero.

No pierda el tiempo Jefe - dijo con un aire de gravedad en el rostro

Cabrera se fué al clarear el alba, me pidió que le entragara esta carta y este paquetito. Quise detenerlo, pero no hubo caso.. Me pidió que le dijera que le agradecía por todo lo que había hecho por él. Tomó el camino que va a la Coquimbana. Pobre hombre fué grande su desgracia!

Si, es grande su desgracia - contesté haciendo eco de sus palabras. Miré hacia la Coquimbana y desde el fondo del alma le dije ádios pidiéndole a Dios que guiara sus pasos y le diera la paz de conciencia que tanto necesitaba.

Preferí abrir la carta en la intimidad de mi ruca. Lo hice recostado en mi camastro con evidente nerviosidad, todavía podía sentir la presencia de Cabrera en el ambiente. La carta decía lacónicamente:

"Mi Jefe : Gracias a Ud. he vivido un tiempo, aunque corto, feliz e inolvidable. No sé como pagarle el privilegio que me dió para formar mi hogar aquí en su mina. Ahora todo lo he perdido. Aquí le dejo un recuerdo por el que he pagado muy caro y es el motivo de mi persecución. Consérvelo Ud. y que pueda darle mucha suerte y felicidad. Atentamente suyo. M. Cabrera."

Con manos temblorosas abrí el pequeño paquetito. Dentro de una cajita y envuelto en un paño negro apareció una piedra de brillante que refulgía como un sol, el diamante más bello que se podía contemplar.

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