
Y as� cre� la hierba que la hizo verde, fresca y suave. Viendo que era buena se anim� y cre� las flores dando rienda suelta a su imaginaci�n (�fig�rate lo que puede dar de s� la imaginaci�n de Dios!) y las hizo de todos los colores tama�os y formas.
Aqu� tambi�n qued� satisfecho, as� que pens� en avanzar un poco m�s y form� los arbustos y matorrales m�s duros y resistentes. Y cuando ya hab�a ensayado con el herbaje las flores y los arbustos, decidi� culminarlo todo con la obra maestra de los vegetales e hizo los �rboles.
Uno alto, espigado, con hojas peque�as y gruesas, y el tronco resinoso.
Era bonito, pero Dios quiso hacer otro mejor a�n, as� que puso todo su amor e hizo otro con tronco mucho m�s grueso, con unas ramas que se abr�an y bifurcaban infinitas veces formando ramas inmensas llenas de hojas. �Y qu� hojas!
Grandes, con forma de estrella, y de un verde, que al soplar el viento produc�an unos brillos de lentejuelas y un susurrar que calmaba al m�s esp�rico. Y todo ello sustentado por ra�ces tan grandes y fuertes que sobresal�an de la tierra. Y tal era el aspecto del nuevo �rbol que daba la impresi�n de que si no estuvieran ah� todo el �rbol subir�a a los cielos.
Era, con mucho, el m�s bonito de todo el Jard�n del Ed�n. Tanto era as� que los p�jaros, cuando todo estuvo creado, buscaban sus ramas para anidar, las ardillas buscaban las rugosidades de su corteza para cobijarse, todo tipo de animales buscaban sombra bajo sus ramas, se rascaban en su tronco. Todos estaban muy felices con ese �rbol tan bonito. Todos... menos �l.
Siempre estaba refunfu�ando y de mal humor.
Un d�a Dios le pregunt� el motivo de su enfurecimiento y �l le dijo:
- �Por qu� me has maldecido as�? �Qu� he hecho yo? No comprendo qu� afrenta te habr� causado para que me pongas estas ramas tan grandes y pesadas, que encima tienen que soportar estas infinitas y enormes hojas que son muchas m�s de las que puedo cargar. ��No ves que pesan mucho?!
El otro �rbol lleva con ligereza esas hojitas min�sculas que le has dado, pero yo debo cargar con semejante lastre. Me has hecho mal. �No quiero �stas hojas!
Dios, al ver su cerraz�n le dijo:
- De acuerdo, si crees que es lo mejor as� sea. A partir de ma�ana no tendr�s hojas.
El �rbol se qued� encantado ante la idea y esa noche durmi� feliz y esperanzado. Por la ma�ana se llen� de j�bilo al ver que todas sus hojas estaban secas en el suelo. Pero pronto su alegr�a se torn� en tristeza.
Ya nadie iba a acogerse bajo su sombra, las ardillas ya no correteaban por �l, los p�jaros ya no anidaban sobre sus ramas. Bien es cierto que antes eran un incordio con sus piares, sus ara�azos, su continua presencia no le dejaba descansar, pero estaba ahora tan solo, y pasaba tanto fr�o que empez� a llorar.
Tanto llor� que Dios se apiad� de �l y le dijo:
- Ahora te das cuenta de tu gran soberbia y comprendes que no hay nadie m�s sabio que Yo. Esas hojas que te di eran precisamente lo que te hac�a el ser el m�s deseado. �No compensaba eso con creces el peso de las hojas? �No te das cuenta de que ya te hab�a dado yo fuertes ramas para sujetar semejante follaje?
Voy a devolverte tus hojas, pero para que no se te olvide tu osad�a todos los a�os, en invierno te quitar� tus hojas, y para que compruebes Mi misericordia te las devolver� en primavera, y as� el resto de los animales podr�n volver a disfrutar de tu sombra.
Y as� fue. Y el �rbol, cada vez que apreciaba el peso de sus hojas se alegraba al pensar en la gran suerte que ten�a al llevar semejante peso. Y esto se transmiti� de generaci�n en generaci�n entre todas las familias de los �rboles descendientes de aquel �rbol. Y es por eso que a�n hoy hay �rboles a los que se les caen las hojas.
