Súplica de un hijo a su padre

 

Padre, tú que has de pulimentar mi alma y modelar mi corazón

compadecete de mi fragilidad.

No me mires con ceño adusto, 

si no soy como tú quieres todavía, ten paciencia.

Piensa que soy un hombre en  formación.

No te molestes por mi bulliciosa alegría, compártela.

No me enseñes las cosas superfluas.

Enseñame lo verdadero, lo útil, lo bello.

¡Lo bello! Padre, que mis ojos aprendan a ver

y mi alma a sentir.

Desentrañame la belleza de cuanto nos rodea

y hazmela gustar.

Trátame con dulzura, ahora que soy pequeño;

quien sabe los dolores que me tiene deparada la vida,

y en ellos, el recuerdo de tu benevolencia bien orientada

será bienechor estímulo.

No me reprendas injustamente; averigua bien la causa de mi falta

y verás casi siempre atenuada mi culpabilidad.

Amame, como un buen padre, que yo también,

aunque no sepa demostrártelo te amaré mucho,

mañana más que hoy.

Si me reprendes con amor, sabré aceptarlo

de lo contrario no podré comprenderlo nunca.

Cultívame, como el jardinero a las florecillas 

que le dan encanto y aroma,

yo también perfumaré tu existencia

con el incienso perene de la gratitud.

Yo he de ser tu obra maestra, procura enorgullecerte de ella.

Padre, mi buen padre, que has de dar a luz a mis ojos,

aliento a mi cerebro, bondad a mi corazón, belleza a mi alma,

verdad a mis palabras, rectitud a mis actos; no desoigas mi súplica.

                                                                            Atentamente, tu hijo

 

 

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