Amalio Venegas Venegas te presenta los siguientes relatos:

 

La historia de Puerto Hurraco es tan antigua como el hombre Caín y Abel, los Izquierdo y los Cabanillas, llevaban treinta años porfiando por un quítame allá esas pajas. El rencor hizo lanzas de las pajas, y el calor, un 26 de agosto, las arrojó calle abajo. Luego se hizo el silencio.

Bien lejos están aquellos tiempos genesíacos, pero todos recordamos el día en que fue creado Adán, padre de hombres y del primer asesino: '28 de octubre, a las de la tarde', según las cuentas del muy ilustre Userio, obispo de Meath, arzobispo de Armagh y canciller mayor de la catedral de San Patricio.                                                   

Mas ningún sabio ha sabido determinar certeramente ni el móvil ni  el arma del crimen cainita. El despecho por una joven, al decir de unos, o la envidia de la prosperidad agropecuaria del hermano, al decir de los otros. ¿Una quijada de asno, como defiende la Biblia? ¿Una espada, como defiende Crisóstomo? ¿Una guadaña, como defiende Prudencio? ¿O sus propios dientes, como defiende el minucioso padre francés Mersenne? Estamos ante un crimen tan cacareado que sirvió, como observó el mismísimo De Quincey, para que la gente comenzara por fin a darse cuenta de que en la composición de un bello crimen intervienen algo más que dos imbéciles,                   uno que mata y otro que es asesinado, un cuchillo, una bolsa y una callejuela oscura, si bien de todas estas especulaciones sólo se desprende que Caín actuó en un lugar caluroso de ámbito rural.

Machado acertó a vislumbrarlo en el poema 'Por tierras de España', situándolo en                                      

altiplanicie ibérica, ' ... un trozo de planeta / por donde cruza errante la sombra de Caín'.

En la anochecida de un funesto 26 de agosto, festividad de los santos Ceferino y Simplicio, la calle Mayor de Puerto Hurraco se encendió como la boca de un infierno. Dos hermanos labriegos eran la Némesis. Dispuestos a aplacar con sangre la memoria de su pasado, merodearon por el páramo maldito, que parecía embrujado, hasta que, como ogros fantásticos en una pesadilla, surgieron de una esquina del pueblo donde el vecindario acostumbraba a sentarse al abrigaño. Nubes  estridentes de moscones voraces se acumulaban en los lamparones callejeros. Los vecinos sólo oyeron los estallidos fatales. Los vecinos sólo vieron los hocicos de las armas y los ojos de pedernal de los recién llegados. En aquel remolino de muerte, muchos no tuvieron otra oportunidad que dejarse matar como perros. Los demás, anonadados, gateaban. Y se hizo el silencio.                                              

La matanza conmocionó a una nación que de la Ilustración únicamente ha hecho suya la idea diderotiana de la consideración del arte cristiano, en tanto que arte sangriento, como el más apto para provocar emociones estéticas, y el cuadro de Puerto Hurraco, con su autenticidad espantosa, tenla que ver más con los desolladeros de Ribera que con los prados y salones de Puvis de Chavannes propuestos por los convencionalismos cenitales de la posmodernidad.

Frente al crimen cosmopolita -carente de psicología- del ajusticiamiento, y el crimen hombre a hombre -privado, incanjeable de la civilización mediterránea, los españoles contemplaban en Puerto Hurraco un crimen rural, que es el crimen de un ancestro, y la prensa, único pesebre cultural de la nación, se dividió en dos convulsivas escuelas literarias: la lombrosiana, de los discípulos del positivismo y la celiana, de los discípulos del tremendismo de Cela. 

Los lombrosianos enumeraron en sus relatos los estigmas distintivos del monstruo criminal como tipo inferior, atávico y degenerado: frente huidiza, superdesarrollo de los arcos supraciliares, asimetrías craneales, fusión de los huesos atlas y occipital, superdesarrollo de los pómulos, orejas en forma de asa, tubérculo de Darwin...

Los celianos, por su parte, hicieron hincapié en los aspectos más sobrecogedores del caso sin ahorrarnos ni una sola gota de sangre, en ese afán inmoderado de realismo que haría babear de gula a los caníbales. Pero por el tremendismo, que, de creer a Cela, es la una voz para uso de sacristanes, supimos que el rencor ancestral que inspiró el crimen de Puerto Hurraco tenía su asiento, treinta años atrás, en la disputa por un arado entre labriegos, los Cabanillas y los Izquierdo, que porfiaban por lindes.

Un Izquierdo mató a un Cabanillas. Pasaron cinco lustros, y la madre de los Izquierdo pereció en un incendio. Pasaron cinco años, y llegó el domingo 26 de agosto, festividad de los santos Ceferino y Simplicio, 'para vengar la muerte de mi madre': esas fueron las únicas palabras que pronunciaron los Izquierdo en la noche funesta, según atestiguaciones de los vecinos que lograron esquivar los puñados de postas. Postas aplastadas,  como monedas, al pie de la pared. Los hombres de ojos de pedernal mataron y se lamieron, pero el odio público se enroscó en sus hermanas, sospechosas de todas las sugerencias lupinas.

De Luciana, la mayor de ellas, el rumor evocaba su despecho por un antiguo amor no correspondido con el primer Cabanillas muerto. 'Ella es muy mala y tiene muy mala lengua', dijeron a coro las vecinas. Sagrada de terrores como una cabra negra, Luciana temblaba de fiebre sólo con oír el nombre del Demonio, de los Cabanillas y de la Guardia Civil. Y de aquí “El séptimo día”. En Villa Julia a inicios del verano del año de MMIV.

 

Este va del Cura y el guardia civil,

Al lado de la puerta del Sol y a tan sólo dos pasos del callejón del Gato, con el arma reglamentaria mató un guardia civil a un cura en una pensión de la calle de la Victoria, donde se despachan los billetes para ir a los toros.

Calentaba el sol de España que deslumbra a los turistas de la puerta del Sol. Los mozos de espadas del pupilaje dormían la siesta de España, que en España toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Más una casada infiel danzando la danza de España, un cura enclenque y amador esperando ser eterno por sus pecados y un guardia civil celoso como un turco buscando el pañuelo bordado y moteado de fresas que perdió a Desdémona.

La tragedia de Arturo, Lanzarote y Ginebra coreografiada por Tamayo para sus Festivales de España.

El crimen de la calle de la Victoria fue, literalmente, una kermesse como manda el reglarnento. “Tu es sacerdos in aeternum”. Pero el catolicismo, decía Heine. Que el cielo la juzgue.

Un sacerdote con malos hábitos, una casada infiel y un guardia civil cornudo bailaron en una pensión de la madrileña calle de la Victoria esa danza macabra que consta de tres movimientos simples: adulterio, celos ominosos y disparo en el corazón.

Los periódicos titularon: 'Un guardia civil mata de un disparo a un sacerdote en un hostal madrileño.' Y añadieron: 'E] agresor, que disparó al corazón de la víctima, se entregó a las autoridades inmediatamente tras el crimen. Se cree que el homicidio estuvo motivado por celos'.

¡Celos! Valga para nuestra prensa lo que Gautier pensaba de nuestro arte, y era que nunca lleva la ilusión material tan lejos como quisiera en un afán de realismo que lo hace muchas veces traspasar el límite que separa la estatuaria del gabinete de figuras de cera de Curtius.

La necesidad de la verdad, aunque ésta sea repugnante, constituye un rasgo característico del periodismo español. Julio Camba, periodista veraz y compañero de tute de la Guardia Civil, creía que para un guardia civil no había nada en el mundo más que el reglamento, y si el reglamento le mandaba sacrificar al amigo, al hijo o a la mujer, los sacrificaba, y en paz.

Y contaba cómo un día, en una de sus partidas de tute, se evocó sin saber por qué el nombre de Guzmán el Bueno, y alguien, al recordar su hazaña, la comentó en términos que tenían muy poco de respetuosos:

-Ustedes dirán lo que quieran -exclamó-, pero eso de que Guzmán el Bueno ofreciera su propio cuchillo para que le degollaran al hijo, francamente, a mí me parece una barbaridad.

-¿Y qué iba a hacer el hombre? -dijo entonces el cabo de la Guardia Civil-. Seguramente su reglamento no le dejaba otro camino.

El catolicismo es una religión muy voluptuosa, decía Heine. Omnia amor vincit. El misticismo y el instinto de gozar constituyen el fondo del carácter español, por lo que nuestros curas libertinos -descreídos y enamorados- suelen darse más aire a Casanova que a Talleyrand, que también era cura.

'No conozco pueblo más lleno de prejuicios que éste -anotó en sus 'Memorias' el caballero Casanova, que dedicó a España cinco capítulos de su Tomo VI-, pues el español no es solamente celoso por temperamento, sino por cálculo y orgullo.

La galantería es sombría, inquieta en este país, porque tiene como finalidad placeres que están absolutamente prohibidos.

En cierto modo, esto contribuye a que los placeres sean más vivos y más picantes, porque el amor se rodea de misterio.

Rodeado de misterio llegó el amor un día de septiembre a la calle de la Victoria. Con una mujer casada, desde las montañas del norte hizo el camino aquel cura a Madrid, soñando que Madrid tendría para él una divina música de minués, besos y madrigales.

'Dame castidad y continencia, pero todavía no', dicen que rezaba a Dios San Agustín en su mismo caso. La mujer casada había pretextado una necesidad de ropas para viajar a Madrid, y el marido, un guardia civil, recelando de su esposa, resolvió seguirla secretamente.

Con razón había advertido Madame de Sevigné a su amiga Madame de Grignan: 'Basta con estar en España para que se te quiten las ganas de construir castillos en el aire.'

Presentóse el marido a la hora de la slesta en la hostería, y pregunntó al hostelero por la mujer. A sabiendas de que la mujer se encontraba en un aposento con otro hombre, comprendió muy pronto el hostelero que había algún mal recado de por medio, y con la diligencia que la ocasión requería, previendo la desgracia, hizo un intento de aviso para poner en cobro a los descuidados amantes, mas todo fue en balde.

Cuando el cura, sin camisa, abrió la puerta, el guardia civil lo mató de un balazo en el pecho.

Y así terminó la carrera amorosa del cura, que murió sin tiempo siquiera de pedir confesión y sin otro consuelo que el de los juicios de los huéspedes sobre la débil resistencia que oponen las mujeres a los hombres emprendedores.

Las beatas rezongarían luego que más le habría valido retirarse a morir a la sombra pagana de su higuera, y un testigo declaró: 'A la media hora de haber escuchado los disparos, desde el salón de mi casa observé cómo unos inspectores sacaban a un hombre alto y a una mujer joven, por cierto, de buena apariencia”.

Buenas leyendas y buenos relatos para este verano del MMIV en Villa Julia.

 

 

 

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