Luis Buñuel

Hasta que en España estalla la Guerra Civil la carrera

cinematográfica de Luis Buñuel (1900-1983) es tan significativa como parca.

Su carrera empieza con La Edad de Oro (1928 ) y Un perro andaluz (1930), que hincan sus raíces en su biografía, en sus señas de identidad, y son a la vez muy universales al ser muy elitistas, muy intelectuales, muy vanguardistas, la expresión poética de un surrealismo en el que provocación e ideologia se combinan seductoramente con una cierta ingenuidad muy juvenil.

Las Hurdes o Tierra sin pan (1932) demuestran cómo Buñuel es capaz de girar imprevistamente de dirección -lo haría a menudo en su carrera, desconcertando a tirios y troyanos-, al rodar un documental combativo ideológicamente, radical, pero también profundamente sentimental y poético.

Finalmente la década de los 30 concluye con otro giro, al producir y supervisar las películas del recién constituido estudio Filmófono, en el que debutaron cineastas como Saénz de Heredia, películas sinceramente populares, costumbristas, como Don Quintín el amarguo.

Después vino su tormentosa estancia, tras exiliarse derrotado por la Guerra Civil, en Estados Unidos, en la que se frustró su relación con Hollywood. De ese Proyecto profesional sólo se tiene una muestra tardía, La joven (1960).

Buñuel se traslada a México en los 40, donde inicia sus trabajos alimenticios con El gran casino (1946), una tarea en la que aprende a moverse dentro de un sistema de producción, en el que es capaz de darnos obras tan personales como Los Olvidados (1950), La vida criminal de Archiboldo de la Cruz (1955), Él (1952).

Tres maneras de ver el mundo, la realidad, desde la indignación por la pobreza o la curiosidad indagadora por el alma del corazón humano.

Cuando parece que, tras el grueso de su producción mexicana de los 40 y 50, el naturalismo prende en su obra, Buñuel es capaz de rodar tras Nazarín (1959) Viridiana, en la que

funde surrealismo y naturalismo de raíces morales y políticas, una

experiencia que repite con Belle de Jour (1966), entreverando,

inesperadamente, esa joya, esa obra maestra, inexplicable salvo

poéticamente, plenamente surrealista, que es El Ángel exterminador (1962), al que debe sumarse, pese a ser una obra truncada, Simón del desierto (1965) para concluir su carrera casi justo donde la comenzó merced a La Vía Láctea y la trilogia final, El discreto encanto de la burguesía (1972), El fantasma

de la libertad (1974) y Ese oscuro objeto de deseo (1977).

Un giro radical, juvenil y libre, que ocurre justo tras rodar un

testamento hermoso y melancólico sobre su idea de España, Tristana (1970), como con la cultura francesa había hecho con El diario de una camarera (1964).

Junto a su biografía -hay pocos cineastas tan profundamente atados a su biografía corno Buñuel-, la columna que vertebra su obra incluye el casticismo, que siempre llevará consigo -con el remake de Don Quintin el amargo (1951)-, así como su aproximación a Galdós -Viridiana (1961) y Tristana (1970)-, y el humor, en las películas de Buñuel hay continuos momentos de humor y la diversión entrevero cualquier severidad de tono,

lo que se hace patente incluso en películas como la mencionada La Vía Láctea (1969).

Ésta es una herencia que en Buñuel hay que rastrear, tanto en su gusto por el sainete y su estructura dramática de personajes y situaciones -una suerte de melodrama popular con convenciones e imágenes de género bien codificadas- como en la ruptura de narrativa y lugares comunes que pervivió con su leal adscripción al surrealismo.

Luis Buñuel es un misterio insondable, un ateo atormentado con la religión, un puritano obsesionado por el sexo, un vanguardista que dirige como un clásico, un español que se exilia de lo que le alimenta creativamente, un misógino que nos lega los más conmovedores retratos femeninos, los más liberados, los más modernos.

Un hombre del siglo XIX que es consustancial al XX, un poeta que se expresa en prosa, un cervantino cuya rima es Góngora, un Quevedo con el estilo delicado de Garcilaso. Un hombre, un artista, atrapado en la contradicción, ser libre sabiéndose esclavo.

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