Crónicas de Guaranpis


 


Muchas fueron las señales que mostraban por dónde iban a transcurrir los acontecimientos en el futuro próximo.

Siempre habían acaecido desgracias sobre algunos de los reinos del mundo de Guaranpis... Pero en el último año y medio guaranpino el mal había ido ganando terreno a zancadas.

Primero aparecieron rumores en el Norte y en el Sur de que algunos señores en esas tierras conocían un poderoso sortilegio que permitía alzar de la tierra cientos de cuerpos enterrados con dolor años antes, armarlos y hacerles partir al frente de batalla... Era un conjuro poderoso y arriesgado, nunca fue del agrado de aquéllos que no necesitaban apelar a las fuerzas de la oscuridad para conseguir sus objetivos.

Fue pocos meses después cuando algunos comprobaron sobre el campo de batalla que esos siervos del mal no iban a tener escrúpulos en multiplicar sus tropas y volcarlas con ira contra todo aquel que se cruzase en su camino.

Pero no fue suficiente. Una vez que se destapa la caja donde habitan la avaricia y la codicia, la ambición humana hace el resto. Los mismos señores que habían recurrido a tan malvados artificios no tuvieron reparo en utilizar otro conjuro, igual de poderoso que el anterior, y más peligroso aún si cabe. Aprendieron a abrir portales tan grandes como para permitir el paso de ejércitos enteros, y también tan potentes como para trasladarlos de un rincón del mundo a otro.

Y fue así como empezaron las Grandes Guerras. El primero de quien este humilde cronista tiene constancia fue Turambar, en la Península Ibérica Guaranpina. Apenas sin esfuerzo, fue acabando con todos los ejércitos que salían a su paso... Hasta que una Alianza de los reinos al alcance de su puño implacable y otros más lejanos decidió terminar con su orgía de sangre y fuego. Y así sucedió que fue derrotado, capturado y muerto... Pero las pérdidas entre sus adversarios fueron mayores de lo que hasta entonces jamás se había visto en Guaranpis.

En el Este, muy cerca de las tierras de quien escribe estas líneas, apareció una amenaza inquietante: Aquél a quien se conoció como Agente Smith difundió sus ideas por todo el mundo, no sé si esperando encontrar acólitos o seguidores a su causa, o si tratando de buscar reacciones... Siendo que al final encontró sobre todo esto último. Despertó la ira de Ajenatón, que le golpeó con tanta fuerza como sus ejércitos fueron capaces de generar. Hay quien dice que el mismo Ajenatón utilizó el sortilegio de los señores oscuros para añadir soldados a sus huestes y así acabar antes con su enemigo. Lo que es seguro es que si no lo hubiera hecho él, más de uno y más de dos estaban dispuestos a hacerlo sin miramientos. Agente Smith cayó prisionero de Ajenatón, y desapareció en la oscuridad de las mazmorras de su captor.

Y, por un breve período de tiempo, pareció que la paz volvería a reinar en el mundo, hasta que aparecieron los espectros: Tantarantan, Highlander, Bellcaire, Inmortal. Se daban a sí mismos el nombre de "La Hermandad", pertenecientes a la odiada estirpe de los Buggers, y habían atesorado el oscuro conocimiento de los que les habían precedido como candidatos a dueños del mundo. Y dotaron a sus numerosísimas huestes del más poderoso sortilegio conocido hasta entonces: aquél que es invocado con la fórmula "Vhak-Az-Yón!", que impide por medio de las artes más oscuras que ningún enemigo, por cargado de odio que esté su corazón o ira que lleve su espada en el filo, atacar a quien esté protegido por semejante hechizo.
Aparecieron en las tierras de mi señor Paris no hará más de tres meses, y, sin que se pudiera hacer nada para evitarlo, pusieron sitio a su gran castillo. Paris llamó entonces a la guerra a todos los que pudiéramos, y muchos acudieron: Antra, Morticia, Naitora, Yuth. Muy grandes eran sus ejércitos, y ondeaban al viento los emblemas de la Alianza. Algunos estábamos más alejados, pero mandamos hacia allí todas las tropas de que disponíamos en ese momento, sin importarnos dejar desguarnecidas nuestras propias tierras: Darkoscarius, Gwyn de la Croix, Corso y yo mismo.

Ludwig, el caballero de corazón musical, presenció la despedida de las tropas. Fue uno de los momentos más tristes que recordó haber vivido. Los hombres abrazaban a sus ancianos padres, besaban por última vez a sus amadas mujeres, y hacían vanas promesas de retorno a sus hijos. Todos y cada uno de ellos sabían perfectamente que no volverían a pisar el suelo de su hogar nunca más. Y estaban dispuestos a morir por defender en lo que creían y lo que amaban.

Con no más de veinte días de marcha a sus espaldas llegaron las primeras noticias: Paris y sus tropas habían conseguido escapar del sitio donde habían sido acorralados y se habían trasladado un poco más al Norte... ¡Aún había tiempo! Tan sólo había que apresurarse... Las tierras del vecino reino de Kyndeler quedaban ya atrás y se adentraban en territorio de Millah, que no puso condición alguna para su paso por allí.
Ni dos días habían agotado sus horas cuando de nuevo llegaron nuevas noticias: los ejércitos de Paris, Morticia y Corso habían sucumbido a las artes diabólicas de Highlander, un ejército tras otro, y habían sido totalmente exterminados. La desesperación hizo mella en los corazones de los soldados, incluso en los de los más aguerridos caballeros, y no encontraron fuerzas para continuar su camino ese día.
A la mañana siguiente, un mensajero a caballo se acercaba tan rápido como el cansado animal podía correr. Portaba las insignias de la baronía de Ludwig y el emblema de la Alianza. Habría un cambio de planes. El mejor arma contra la desesperación es la disposición a morir con honor. No acudirían a las tierras de Paris como en un principio su señor les había ordenado. Marcharían más al Norte, y se meterían directamente en la boca del lobo, pero se asegurarían de al menos hacerle daño: cuando reemprendieran la marcha su objetivo sería el feudo principal de Highlander, poblado por más de 53000 personas y defendido por un gran castillo. Por lo menos sabrían dónde iban a morir.

Ludwig contemplaba la enorme extensión de tierra verde y fresca que podía divisarse desde las almenas de la Torre del Homenaje, en dirección al Oeste. Allí habría de estar la salvación o la ruina del mundo, y lo sabía. Empezaba a refrescar, pues hacía tiempo que había atardecido. Bajó hasta su salón, se sentó al piano y empezó a tocar su propio réquiem.

Sólo el tiempo dirá si se equivocó.

 

 

Segunda Parte

 

 

Y no se equivocó. Su fin, y no sólo el suyo, sino el del mundo entero, estaba próximo. El réquiem tuvo una dimensión que superaba los límites de lo conocido hasta entonces, y extendía su lamento para cubrir la desgracia toda del expirar del Mundo Guaranpis. Pero sucedieron algunos importantes hechos hasta entonces:

Aunque un tirano caiga, el mal siempre busca y toma todos los recursos a su alcance para nunca desaparecer. Y fue por ello que la desaparición de uno sólo podía significar la aparición de otro.

Y así sucedió que, tras haber sido derrotado tiempo atrás, habitantes de todos los rincones de Guaranpis juraron haber visto un fantasma errar por las tierras de Hispania. Y los pocos que tenían el coraje suficiente como para afrontar sin miedo la aparición, se convertían en heraldos de terribles noticias, pues Turambar, incluso desde más allá del mundo de los vivos, juraba que haría caer su venganza sobre aquéllos que fueron su ruina. Pero las gentes pronto se olvidaron de él, y nadie volvió a tener noticias suyas.

De la Hermandad poco más se supo, hasta que tropas de Tantarantan, e incluso él mismo, aparecieron en tan diversos puntos del mapa, tan lejos como los oscuros conjuros que invocaban pudieron llevarles. El sitio a Paris continuó, pero, viendo la cantidad de amigos del emperador que habían llegado a socorrerle no se atrevieron a atacar, ni tan siquiera protegidos por su magia negra.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo sin que el Viejo Mundo Guaranpis se encontrara cara a cara de nuevo con los horrores de la guerra y la destrucción. En las frías tierras de Dinamarca, un trovador informó a Cleo de la extraña y repentina aparición de las tropas de un tal Lorentrar. Eran huestes numerosísimas, y se dirigían veloces hacia el Este, pero nadie salvo su señor conocía sus intenciones. Los exploradores informaron de que, por la velocidad a la que se desplazaban debían de ser jinetes, y miles, por cierto, pues el suelo temblaba bajo los cascos de sus caballos. No eran otra cosa que caballeros infernales, traídos al mundo por aquél que se hizo con la corona de la estirpe de los buggers. La Hermandad, los cuatro espectros que venían aterrorizando al mundo desde tiempo atrás, no era sino una minúscula sombra del poder y la crueldad de la nueva amenaza. Los caballeros infernales y sus grotescas monturas surcaron velozmente las tierras al norte de las posesiones de quien escribe estas líneas, y aniquilaron por completo las fuerzas de Ajenatón, haciéndolo prisionero. Como sucediera en el pasado con Agente Smith, Ajenatón corría su misma suerte y desaparecía entre los tormentos de los calabozos de Lorentrar.

Ningún reino tenía ya fuerzas suficientes para enfrentarse a esta nueva amenaza. Las armerías estaban vacías, las caballerizas desoladas, y en los campos de batalla se contaban ya por cientos de miles los caídos en las numerosísimas batallas que tenían lugar por doquier. Lorentrar atacaba a cualquiera que osara enfrentársele, y fueron algunos de los más poderosos los que lo hicieron fueron Morgoth, Bongarth y Sir Tuniche, pero ninguno de ellos pudo hacer nada contra las oscuras artes de este señor de la guerra. Fueron derrotados y sus fuerzas dispersadas o destruídas, alguno incluso cayó en las manos de su enemigo. Sólo quedaba esperar. Parecía que todos estábamos condenados a correr la misma suerte, uno tras otro.

El sol se puso ayer y hoy no ha amanecido. Y no amanecerá nunca más, porque la era que vivimos llega a término. Durante días no tuve noticia alguna de las tropas que envié al auxilio de Paris, hasta que un mensajero me relató lo que les estaba sucediendo, a ellos como al resto de fuerzas que había encontrado en su camino:

La Oscuridad ha llegado para todos. Los soldados se arrojan al suelo, se llevan las manos a la cabeza y gritan desesperados, sus monturas enloquecen y emprenden una huída sin rumbo, impulsados por una fuerza misteriosa. Los ejércitos desaparecen de la faz de la tierra, tragados por la oscuridad. Es el fin. En todos los reinos las gentes rezan desesperadas, implorando el perdón y la salvación. Los mercados permanecen cerrados, ha cesado toda actividad en las ciudades, que parecen ahoras desiertas y silenciosas.

No todo está perdido, sin embargo, os dice este humilde cronista. Porque el fin es siempre un principio, igual que el invierno que nos ve desaparecer será pronto destronado por una nueva y radiante primavera. Mi intención ha sido dejar constancia escrita de todo cuanto he podido conocer, para que nunca sea olvidado, lo malo y, sobre todo, lo bueno; la perfidia de los cobardes y el honor de muchos nobles hombres y mujeres; las ansias de poder y la ambición de quienes sólo buscaban sangre y destrucción, y el coraje y la determinación de quienes les salieron al paso.

Siendo así todo lo que he visto, mi última voluntad es la de que aquí quede, en la memoria de todos. Los "Últimos Días", como dijo una vez Willrow, han llegado, y todos debemos partir ahora. Que así se escriba y así se cumpla.

En 189-430, Baronía de Ludwig. Diecinueve de Diciembre del año Guaranpiniano 1009 de la Primera Era.

 

 

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