La caída de la URSS supuso,
para toda la izquierda, uno de los mayores golpes que hemos tenido que soportar.
La URSS era un modelo real -con todos sus defectos y virtudes- que había nacido
de una gran victoria de los trabajadores en la lucha de clases; se había
transformado en un referente para todos los que luchábamos en países cuyos
estados estaban dominados por la burguesía; todos los desheredados de la
Tierra, conscientes de su dominación, veían en el Ejército Rojo un muro de
contención al imperialismo; la clase trabajadora en el resto del planeta, se veía
fortalecida en sus luchas al sentirse apoyada por una fuerte retaguardia; el
capitalismo cedía ante nuestros empujes por miedo a la posibilidad real de una
extensión de la revolución, aceptando el estado del bienestar como un mal
menor... Desde entonces, hemos ido viendo como la derrota nos ha llevado a una
situación desesperada y angustiosa. Hemos perdido un modelo real que nos servia
de referente, los desheredados de la tierra buscan una salida en el
nacionalismo, el fundamentalismo religioso o el fascismo, la clase trabajadora
se ha visto tremendamente debilitada al perder su retaguardia y los capitalistas
han retirado las concesiones que nuestra posición de fuerza les había obligado
a realizar. Durante estos años hemos tenido que escuchar que habíamos llegado
al "final de la Historia", que ya no existían las ideologías, que
todas las opciones políticas eran similares, etc.
La realidad ha desvelado que no es así. La Historia no ha llegado a su fin por
que sigue habiendo lucha de clases, las ideologías, como consecuencia de ello,
siguen existiendo y por tanto, las opciones políticas también son diferentes.
En unos pocos años la Declaración Universal de los Derechos Humanos, se ha
transformado en un inmenso papel mojado, pisoteado por las ansias de dominio
económico del capitalismo que, bajo las premisas de un neoliberalismo
doctrinario, aplicado a rajatabla y sin ninguna concesión, ha transformado a
todas las personas del planeta en esclavos de una mercado que, lejos de ser
libre, está dominado por los grandes poderes económicos y financieros,
sustentados, política y militarmente, por el gobierno de los EEUU y sus satélites.
El vergonzante papel que la socialdemocracia ha tenido en todo esto, con su
abandono del marxismo y su aceptación del neoliberalismo como ideología, ha
relegado a la clase trabajadora occidental a un papel de comparsa y cómplice de
la dominación de todo el mundo y de su propia esclavitud. La vieja izquierda
europea se ha transformado en fiel guardiana del estado burgués, apostando por
la claudicación, al no reconocer que el pacto social existente era consecuencia
de la presión que el bloque soviético y los partidos comunistas occidentales,
capitaneando a la clase trabajadora, ejercían sobre el poder capitalista.
Las grandes derrotas del siglo XX no deben servir para rechazar lo realizado
hasta ahora, si no para afianzarnos en los aciertos. No debemos "rasgarnos
las vestiduras" cuando hablamos de la URSS, si no que debemos reivindicar
los elementos positivos que la existencia del bloque socialista tuvo para toda
la humanidad. Hay que pensar que mientras en la Unión Soviética se realizaban
purgas y se perseguía a los disidentes, en el mundo capitalista también se hacía
otro tanto. ¿O ya se nos ha olvidado la era MacCarty en EEUU y la existencia de
numerosas dictaduras como la de Franco y Pinochet? No podemos seguir negando que
la URSS fue un producto surgido de nuestras propias filas para combatir al
capital y que su existencia provocó cambios tendenciales muy favorables a los
desposeídos del mundo. El objetivo sería recuperar modelos conociendo los
errores del pasado para no repetirlos, pero también recordando los aciertos
para, reafirmándonos en ellos, reproducirlos. Todo el mundo quiere "hacer
leña del árbol caído" sin pensar que ese árbol tenía unas raíces
asentadas sobre la victoria de los oprimidos frente a los opresores aunque, en
algunas ocasiones -menos de las que se nos quiere hacer ver- sus frutos no
fueran lo suficientemente frescos. Desde que ese "árbol" fue talado,
como consecuencia de la victoria del capitalismo en la lucha de clases
desarrollada durante el siglo XX, todos nos hemos puesto a admirar el árbol del
vencedor, cuyas raíces se asientan en la dominación del capital sobre el
trabajo, del poder del estado burgués sobre los pueblos y que, aunque durante
un tiempo dio algún fruto sano, como el estado del bienestar, desde la caída
del muro no da siquiera frutos. Si bien, el árbol revolucionario fue cortado,
sus raíces siguen estando bajo la tierra, esperando ver surgir un nuevo retoño.
Las mismas causas que lo hicieron nacer, siguen existiendo y, conforme
transcurre el tiempo se abre, cada vez más, el espacio existente entre las
clases dominantes y las clases dominadas.
Debemos cuidar y regar esas raíces para que nuevamente resurja la esperanza. La
Recuperación de la Memoria Histórica, tratada desde el punto de vista del
Materialismo Histórico, tiene como misión la búsqueda de esas raíces, que
son la base para construir la nueva alternativa a la barbarie.
Si el marxismo revolucionario, la existencia del Partido y la lucha de clases
han servido para mejorar la vida de millones de personas ¿Por qué renunciar a
ello? Haber sido derrotados, no significa que la lucha de clases haya dejado de
existir, ni que el Partido ya no sea necesario, ni que el marxismo haya
fracasado. El Capitalismo sí que es el fracaso porque no es capaz de solucionar
los problemas de las personas, ya que ese no es su objetivo. El capitalismo sólo
quiere beneficios y las personas le dan igual. Haber sido vencedor momentáneo,
en la actual etapa de la lucha de clases, no significa que las sociedades que
produce sean modelos a seguir.
Entender positivamente la pluralidad de la izquierda, asumiendo que las
diferencias ideológicas no deben volver a zanjarse nunca mediante la eliminación
física, debe tomarse como base para la construcción de la izquierda del siglo
XXI. El reencuentro y la refundación deben tener como hilo conductor el respeto
y la acción política concreta. Escudarse en la existencia del estalinismo,
para borrar de "un plumazo" todos los elementos positivos y los logros
conseguidos, es un grave error que cometemos en la actualidad, transformando el
ejército anticapitalista en un sinfín de grupos heterogéneos, aislados y
enfrentados entre sí, viendo al resto como enemigos, incapaces de mostrar un
amplio frente de combate capaz de ser eficaz en la lucha. La aspiración debe
ser construir una gran trinchera, dividida en frentes y sectores de lucha,
basados en una unidad de acción concreta y cotidiana, ligados entre sí por el
Partido.
No podemos seguir tratando de construir pequeños grupos sectarios alrededor de
las viejas diferencias ideológicas del siglo XIX y XX para defender espacios de
poder que sigan fraccionando el movimiento. La reivindicación del marxismo y de
las aportaciones positivas realizadas por todos los teóricos que lo han ido
enriqueciendo, a lo largo de décadas, debe ser el germen para romper la actual
"sopa de siglas" que fracciona todo el movimiento. Hemos asumido todos
los elementos negativos del pasado mezclados con la asunción de muchas
actitudes del enemigo. El sectarismo se ha dado la mano con las ansias de
protagonismo individualista que propugna el neoliberalismo, transformando todo
el movimiento anticapitalista en una especie de "Operación Triunfo",
donde todos quieren ser estrellas, aupadas a la fama, sobre teoricismos estériles
o posibilismos absurdos que nada tienen que ver con la filosofía de la praxis.
Pero yendo más allá, tampoco podemos pasarnos la vida usando las "medias
tintas". La lucha de clases, no es una lucha entre partidos, sino entre
grupos sociales. Unos grupos son más poderosos y dominan a los demás, otros,
son más débiles y son dominados. El enfrentamiento entre dominantes y
dominados es lo que llamamos "lucha de clases". Esta lucha se da en
todos los órdenes de la vida y de la Historia. La dialéctica de los
enfrentamientos, produce que unos grupos sean derrotados por otros y esto, a su
vez, provoca cambios de tendencias sociales, políticas, económicas y
culturales. Como en toda lucha, en ésta, hay enfrentamientos, alianzas, etc.
Normalmente, aunque siempre hay diferencias internas, los grupos sociales
tienden a polarizarse y agruparse en dos grandes grupos: dominantes y dominados.
Lo que nos diferencia a los comunistas de otras fuerzas políticas de izquierda
es que no hemos renunciado al marxismo y, analizando la realidad, buscamos la
contradicción principal para saber, en cada momento que estrategias vamos a
utilizar, quienes son nuestros aliados y quienes nuestros enemigos. Nuestro
deber es aliarnos con el "Diablo" y los "Cuatro Jinetes del
Apocalipsis", si fuera necesario, cuando estos atacan lo que sustenta toda
el sistema de dominación: EL IMPERIALISMO. El enemigo nos domina, nos asesina
cuando considera que somos un estorbo y destruye cualquier intento emancipador
mediante el fuego y la mentira. Tenemos un profundo desconocimiento de la
Historia. Cuando hablamos de lucha de clases, hablamos de esclavos y amos. No
estamos hablando de algo inexistente, si no de una dominación real que se da en
todos los ordenes de la vida. No es lo mismo Espartaco matando patricios para
liberar a los esclavos, que Crasso crucificando rebeldes, en la Vía Apia, por
haber buscado la libertad. Todos admiramos y reivindicamos la figura del
gladiador rebelde, pero cuando aparece un nuevo Espartaco matando a los
patricios modernos y a sus lacayos , nos llevamos las manos a la cabeza y,
asumiendo el lenguaje del enem i go, lo llamamos atentado terrorista. ¿A que
estamos jugando? ¿Qué pretendemos? ¿Ser los "Pepito Grillo" de todo
el sistema de dominación para mantenerlo? Cuando el enemigo nos ataca dentro
del marco legal de estado de derecho, debemos defendernos de la misma forma,
pero si el enemigo ataca a sangre y fuego, nosotros no debemos llevarnos las
manos a la cabeza cuando la resistencia se lleva a cabo a sangre y fuego.
Estamos paseamos por la Historia, en la actualidad, tratando de "quedar
bien" con todas las partes, cuando lo que se trata es de liberar a una de
ellas: las clases dominadas y explotadas por el capital. El enemigo ya no
negocia con una pistola puesta sobre la mesa, si no con un ejercito imperial
dotado de millones de armas de destrucción masiva. Sin embargo, nosotros nos
empeñamos en obviarlo y nos sentamos a negociar sin darnos cuenta que, desde
hace varios años, no estamos negociando nada, si no sentándonos a la mesa del
amo para recibir, de forma sumisa, la notic! ia sobre la retirada de un derecho
o la aplicación de un nuevo deber. El pacto social que favoreció la existencia
del estado del bienestar quedó enterrado bajo las ruinas del muro de Berlín.
¿O es que aún no nos hemos enterado? Por que el enemigo si se ha enterado, los
sabe y se da perfecta cuenta de ello, cada día nos lo demuestra. Basta repasar
la pérdida de derechos sociales y políticos de los últimos años. La
propiedad privada se ha transformado en el derecho por excelencia y todos los
demás derechos quedan conculcados, supeditados y limitados por ella. Todo
derecho se está viendo como un servicio, es decir como un producto y, por lo
tanto, los medios para satisfacer necesidades humanas, reconocidas como
derechos, son vistos como un medio de producción susceptible de ser privatizado
y usado para la obtención de plusvalías.
La complejidad de la sociedad en que vivimos nos deja poco tiempo para pensar y
mucho menos para actuar. Sin embargo, esa dinámica vital en la que nos vemos
inmersos debe inducirnos a reflexionar, aunque todos sabemos que los miembros de
un ejercito derrotado, en muchos casos, tan sólo buscan, desesperadamente, una
tabla de salvación, incluso entregándose al enemigo y traicionando a sus
antiguos compañeros. Por eso, reflexionar no debe transformase en un mero
ejercicio mental, si no en la planificación de acción política, para
construir nuevas alternativas al modelo alienante e injusto en el que vivimos. A
medida que evoluciona la situación histórica, la teoría debe ser continua y
adecuadamente desarrollada y debe existir una relación dialéctica entre teoría
y práctica. Es decir, debemos analizar la realidad que vivimos, pensar como
actuamos para cambiarla y, bajo la experiencia de la acción diaria, volver a
teorizar para seguir avanzando, corregir errores y reproducir aciertos. Esto es
lo que Gramsci llamaba "filosofía de la praxis" y define como debemos
actuar, desde la izquierda, para que seamos capaces de vencer, en la lucha de
clases que va a desarrollarse en el nuevo ciclo histórico que hemos iniciado.
En primer lugar, debemos asumir que la Historia la hacemos las personas y que,
por lo tanto, no es algo que sucede al margen de nosotros. Son nuestras acciones
u omisiones las que la determinan. Por lo tanto, no vale ponerse mil excusas
para quedarse quietos ante la barbarie y tampoco sirve la teorización vana
sobre lo que ha de realizarse. La elaboración teórica debe implicar acción
sobre la realidad existente. Teniendo en cuenta que la Historia es el resultado
de la lucha entre fuerzas contrapuestas, tenemos que intentar ser la fuerza
determinante y, para ello, nuestra voluntad debe encarnarse en la sociedad
civil, en conquistar la hegemonía cultural entre las masas. Esta dialéctica
entre teoría y práctica es necesaria para no caer en planteamientos teóricos
ajenos a la acción política, ni en pragmatismos exentos de análisis teórico
que nos acerquen a ver la victoria de las clases dominantes como algo natural e
irreversible.
Hemos llegado a un momento histórico en que las fuerzas conservadoras, como
consecuencia de su victoria en la lucha de clases desarrollada en el siglo XX,
se han adueñado de muchos de nuestros conceptos y principios, desnaturalizándolos
y usándolos de forma reaccionaria. Para encubrir sus acciones utilizan, de
forma torticera, palabras tales como solidaridad, justicia, democracia, etc.
Incluso, han acuñado conceptos nuevos que, mezclando significados y adjetivando
sus propios conceptos, encubren sus viejos objetivos, por ejemplo: economía
social de mercado, guerra humanitaria, democracia representativa, etc. De esta
forma, no sólo usan la coacción cuando la necesitan, si no que también dan
dirección política y cultural a toda la sociedad usando el engaño y la
mentira o, para llamarlo mejor, las medias verdades. Esta dominación ideológica
está sirviendo a la actual clase hegemónica para crear una falsa conciencia en
las clases dominadas y evitar que aparezcan, de forma evidente, los conflictos
sociales existentes en una sociedad dividida en clases.
La lucha cultural pone en evidencia las contradicciones y confrontaciones
sociales. Esto pone sobre el tapete la importancia que el papel del mundo de la
cultura tiene en la sociedad. La posibilidad de desenmascarar la gran mentira
que se esconde bajo el manto de la guerra se vio tremendamente fortalecida por
la adhesión a la lucha de millares de intelectuales. Sin embargo, no es la
guerra la única contradicción o conflicto que existe. La guerra es la
manifestación más virulenta de la lucha de clases, su consecuencia más dramática
y constante, pero no su origen.
En los últimos meses hemos visto millones de personas ocupando las calles,
mostrando su inconformidad con las agresiones que los gobiernos imperialistas
ejercen contra los pueblos para dar satisfacción a las ansias de beneficios
económicos de las multinacionales, ganar ventajas en la competitividad y cubrir
objetivos geoestratégicos. Una vez terminada esta gran riada popular se
plantean una serie de cuestiones: ¿Cómo conseguir mantener la tensión en la
calle? ¿Cómo seguir dotándonos de los elementos de análisis necesarios para
seguir razonando y seguir movilizándonos ante cualquier injusticia?¿Sobre que
frentes de lucha vamos a construir el nuevo bloque histórico? ¿Cuál es el
objetivo de todo revolucionario consciente? Los frentes de lucha y el enemigo
están suficiente y claramente definidos. El neoliberalismo, la globalización
capitalista y la guerra son las tres grandes injusticias que combatir. El poder
imperial de los EEUU y sus satélites son el enemigo principal. Los ejércitos
imperiales, incontestables en estos momentos dada su capacidad de destrucción,
son la base sobre la que se sustenta todo lo demás. Cualquiera que cuestione
ese poder, aunque sea de forma coyuntural, se transforma, en ese preciso
momento, y mientras dure el enfrentamiento, en nuestro aliado. Esto define toda
una política de alianzas complejas, temporales y, en algunas ocasiones,
contradictorias.
El problema principal es como, de forma cotidiana, somos capaces de romper la
dominación cultural del enemigo, que trabajo político debemos desarrollar para
introducir cuñas en sus circuitos de dominación ideológica para romperlos.
En primer lugar, tenemos que diferenciar gobierno y poder. Quien controla el
poder controla el gobierno, sea éste del signo que sea. Luego nuestro objetivo
no es conquistar el gobierno, sino el poder del Estado. Ganar las elecciones sin
la complicidad de una fuerte base social no es conquistar el poder, si no
gobernar. Y gobernar, mientras que sigue controlando el poder el capital, sólo
tiene dos salidas: mantenerse firme y morir o claudicar traicionando nuestros
principios. Si desde la izquierda seguimos tratando de ver las elecciones como
la forma de llegar al poder, sin prestar atención a la construcción y
vertebración de nuestra base social, estamos abocados a la muerte o a la
claudicación. En una democracia burguesa representativa, las elecciones deben
ser, para la izquierda, no el medio para gobernar, si no una auténtica vara de
medir la situación social y una forma de poner en las instituciones a hombres y
mujeres capaces de expresar y apoyar las luchas populares. No podemos seguir
asentando las diferencias con la derecha en nuestra supuesta mayor capacidad de
gestión de lo posible. Si no somos capaces de elaborar propuestas que, en lo
cotidiano, nos acerquen a nuestro objetivo principal, no solamente no estamos
construyendo hegemonía, si no que estamos colaborando en la desarticulación de
nuestra base social. No es muy complicado realizar una análisis de cualquier
conflicto y ponerlo en relación con la contradicción principal para que las
propuestas de la izquierda provoquen cambios tendenciales en lo cotidiano; sin
embargo, seguimos asistiendo al espectáculo bochornoso de muchos de nuestros
candidatos jugando "a ver quien la tiene más grande" con el enemigo.
Sin una base social fuertemente articulada no hay posibilidad de hegemonía ni
contrapoder y, por lo tanto, los cargos públicos de la izquierda se transforman
en prisioneros de las instituciones burguesas. Para ser capaces de conquistar
verdaderamente el poder, debemos ser hegemónicos y, ganar hegemonía en la
sociedad supone sumar personas al proyecto emancipatorio. El factor humano es
fundamental en la construcción de una sociedad civil fuertemente organizada
capaz de conquistar y controlar el poder del Estado. El dilema está en que
tenemos que hacer, en lo cotidiano, para que, cada día, un mayor número de
personas tome consciencia y se involucre en actividades ajenas a la cadena de
consumo del sistema.
Fueron muchos los factores que determinaron la voluntad de las oligarquías españolas,
aliadas con los poderes económicos occidentales, el imperialismo, una parte del
ejército y la Iglesia Católica para que decidieran terminar con la II República
Española, pero hubo uno, en especial, que ponía en peligro todos sus
privilegios: la capacidad de construcción de sociedad civil que tuvo la
izquierda española durante todo el periodo republicano. Durante aquellos años,
raro era el barrio o la localidad que no contaba con una casa del pueblo, un
ateneo republicano o libertario, clubes y sociedades deportivas de todo tipo,
tertulias y cientos de elementos que producían una sociedad altamente
articulada.
Varios veteranos y veteranas de aquella época nos han apuntado, en entrevistas,
libros y testimonios, este elemento como fundamental para la transformación
social. Es más, tal como apunta Miguel Núñez en su libro de Memorias "La
revolución y el deseo", esa estructura social estuvo en el punto de mira
de la represión que los fascistas llevaron a cabo en este País. El juez que le
interrogó al acabar la guerra le dijo, refiriéndose a esta cuestión:
"...habéis ido demasiado lejos y vamos a enterrarlo todo..." La
represión tuvo como objetivo destruir a las personas que fueron capaces de
construir esa sociedad civil tan fuertemente estructurada y combativa por que
eso es lo que ponía en peligro los privilegios de clase del imperialismo, la
burguesía y sus aliados.
La articulación y vertebración social, es decir, la construcción de sociedad
civil organizada, es la base esencial para la transformación y, esto sólo se
puede conseguir defendiendo espacios de encuentro y trabajo social en los que
las personas se comuniquen y se informen, dónde se pongan en marcha iniciativas
sociales, culturales y solidarias. Espacios de libertad que rompan, en lo
cotidiano, el sistema de vida que tratan de imponernos provocando cortocircuitos
en toda su cadena de dominación. Y, cuando hablamos de espacios de encuentro,
no hablamos de entidades aisladas, si no de centros capaces de coordinarse y
extenderse como una gran red. No se puede seguir defendiendo, desde la
izquierda, la política del gran centro comercial como elemento de progreso
social. Nuestro objetivo principal es sacar a las personas de esos siniestros y
alienantes lugares, levantarlas del sillón y mostrar que el ocio no es pasear
mirando escaparates, ni permanecer sentados largas horas ante el aparato de
televisión. El sistema tiene como objetivo aislar a los hombres unos de otros y
incentivar la competitividad entre ellos para explotarlos más.
En la medida en que nos comuniquemos unos con otros, estaremos rompiendo sus
objetivos.
El establecimiento de proyectos de trabajo concretos, la planificación marcándose
objetivos a corto, medio y largo plazo, y la búsqueda de cauces de financiación
propios, buscando medios alternativos de autogestión, garantizarán la
posibilidad de construir una sociedad civil paralela e independiente del poder
del Estado. El compromiso con el proyecto es la garantía de consecución de los
objetivos. Los resultados no son siempre visibles de forma inmediata y existe la
posibilidad real de tener fracasos puntuales, pero todo esto no debe arredrarnos
si somos capaces de trabajar con el pensamiento y la tenacidad de los
"corredores de fondo". La revolución no la hará una sola persona, ni
una sola organización, la revolución la realizará el pueblo y será el
resultado de la suma de millones de pequeñas voluntades. Aprender a mirar los
avances de forma global como la suma de millones de pequeños exitos en la lucha
es una buena forma de no desmoralizarse. El viejo refrán castellano de
"que los árboles no nos impidan ver el bosque" es la representación
más clara de lo que supone el trabajo político.
En todo esto tiene mucha importancia el referente político y la existencia de
un "estado mayor" capaz de dotar de dirección política a todo el
movimiento. El Partido debe cumplir esa función. Y cuando hablamos de dar
dirección política no hablamos de que el Partido sustituya a la sociedad
civil, si no que aporte ideología y elabore propuestas para que ésta conquiste
el poder del Estado. Por eso, la labor de un militante es trabajar la base de la
sociedad y aportar propuestas que ilusionen a la gente de la calle para que se
sume a los proyectos. En eso se basa el concepto de la hegemonía, en la
capacidad de los militantes de izquierda para sumar cada vez a más personas al
proyecto emancipador, de ser dirigentes en los barrios, en los pueblos, en los
centros de trabajo, en definitiva, en cualquier lugar donde haya personas.
Existe una receta para hacer que la humanidad progrese y esa receta no se llama
capitalismo, sino socialismo. Hay un camino a la izquierda y debe construirse
con todos los elementos positivos del pasado adaptados a las realidades del
presente.
José Mª Pedreño Gómez