Antichavismo y Estupidez Ilustrada
Para quienes no han podido comprar
este libro...
BREVE ACOTACION SOBRE LA OBRA Y LA ESTUPIDEZ
Cuando me propuse titular este trabajo, actuó en mí una deformación profesional:
sobrevivo haciendo publicidad. Entiendo que el título de un libro es como el de
un aviso: debe ser atractivo para el público. Después de discutir con algún
amigo, se nos ocurrió la frase “Antichavismo y estupidez ilustrada”. Es bastante
fuerte, así que dude mucho para decidirme. A mi favor jugaron dos
circunstancias. Por una parte, tres conocidos autores no han tenido empacho en
llamar idiotas a una gran cantidad de latinoamericanos. Fíjese usted en la
diferencia: cuando alguien es llamado idiota no le dejan alternativas, es una
definición de principios. Pero cuando se habla de estupidez, no se le está
diciendo a nadie estúpido, ya que todos cometemos, de vez en cuando,
estupideces. Si usted miente alguna vez, no significa que sea mentiroso. De otro
lado, me estoy acogiendo a la tercera acepción de estúpido que registra el
Diccionario de la Real Academia Española (edición de 1970, que es la que
conservo): “Estupefacto, poseído de estupor"; de donde derivo Estupor: "Asombro,
pasmo". No otra cosa le ocurre a ciertos sectores ilustrados venezolanos ante el
proceso de transformaciones que vive Venezuela. Están como pasmados, llenos de
estupor y, en ese sentido, de estupidez. Hecha esta aclaratoria en nombre de la
decencia, paso a resumir las líneas generales del ensayo.
El trabajo quiere preocuparse, sobre todo, por la contemporaneidad, pero para
ello está obligado a mirar hacia atrás. Trata, pues, de escudriñar en el pasado
para entrever los orígenes históricos del pensamiento ilustrado venezolano.
Desde esas penumbras avanza hacia el presente, donde ensaya la disección de
alguna parte del cierto pensamiento ilustrado actual en Venezuela, de cara al
proceso político que se vive. Plantea lo que considero un problema ideológico
básico: el enfrentamiento universal entre dos grandes tendencias, cada una con
sus bemoles, corrientes y versiones: el individualismo y el colectivismo. Es,
por supuesto, un libro para el debate que no pretende contener verdades
definitivas, pues además soy de los que piensan tercamente que el futuro no ha
sido escrito. De manera que espero sólo contribuir con mi trabajo al avance de
lo que considero las propuestas más sanas y viables hacia una situación que
signifique mayor bienestar y un poco más de felicidad para las mayorías. Esa es
mi principal intención. Si pudiese siquiera acercarme a lograrlo, me daría por
satisfecho.
Néstor Francia
SOBRE RAZONES Y HOMBRES
Parece mentira que muchos hombres cultos mantengan aun criterios que suponen la
eternidad de las formas que asume la conducta humana. Por ello no debe
sorprender que otros insistan en proponer lo que tendría que ser una
perogrullada: los comportamientos sociales humanos dependen casi completamente
del desarrollo cultural de las sociedades, de los principios establecidos por la
imposición de ideas, en un proceso más o menos largo, a partir de posiciones de
poder. Sobre la base de algunas características naturales e instintos humanos,
se levanta el edificio del pensamiento, de la cultura, que en su alta
dependencia de factores políticos y económicos van conformando el universo
ideológico de la gente. Se dice que hay constantes, temas perdurables, y
ciertamente podemos encontrar, en distintas épocas y civilizaciones, algunas
cuestiones que sirven de trasfondo a las mitologías, al arte, a la literatura:
el origen o la esencia del mundo, el individuo, el alma, el amor, la muerte.
Pero la manera de abordar la mayoría de estos asuntos y de intentar resolverlos
ha variado según la constitución de las sociedades y según quiénes los abordan,
en el sentido del origen social de los individuos y grupos. Las ideas no escapan
al eterno movimiento, a la ininterrumpida transformación de lo que existe.
Resulta fácil comprobar cómo desde los albores de la humanidad la relación con
el medio y con los otros fue moldeando el ser que hoy conocemos bajo el nombre
genérico de "hombre": hubo una vez un ser salvaje que se alimentaba
exclusivamente de frutas y que comenzó a articular un lenguaje. Empezó a pescar,
inventó el arco y la flecha, inició la caza, descubrió el fuego y pudo hacerse
alfarero. Fue descubriendo las posibilidades de la naturaleza y pudo usarlas.
Sus pasos no eran marcados por ideas de consumo ni riqueza, sino por la cruda
necesidad. Necesidad de sobrevivir, en primer término, y de crear los
instrumentos útiles para proveerse del medio. Necesidad, también, de explicarse
el mundo, de conocer, de nombrar las cosas y los fenómenos. Necesidad de relatar
los hechos, verídicos o no, generados por la realidad. Necesidad de aprehender
el mundo, de tipificarlo y recrearlo con síntesis para expresarlo y cambiarlo.
Todo ello en un proceso de relación directa con sus acciones y con el ambiente:
el hombre asumía la cultura de su colectividad a través de un método natural de
educación participativa, espontánea, donde se involucraba toda la comunidad, por
medio de la incorporación al trabajo y a las demás actividades del grupo, cuyo
interés de sobrevivir y perdurar era la principal motivación. Desde el
principio, pues, el desarrollo de la cultura dependió de los intereses y
necesidades del colectivo, de su trabajo, de sus convenciones. Nunca ha sido ni
será un proceso individual.
Ha sido necesario irnos tan lejos y plantear estas obviedades porque de lo que
se trata en este trabajo es de poner en su debido lugar el pensamiento de
algunos sectores ilustrados venezolanos en el actual momento histórico que vive
nuestro país. Saliéndole al paso a cualquier idea sujeta a la existencia de
valores inmutables en la cultura y la sociedad humana, damos por sentado que el
pensamiento político, económico, social y cultural de tales sectores tiene
orígenes históricos y responde a intereses particulares de clase y de ubicación
dentro de un sistema cultural específico. Presentar tales orígenes e intereses
es la razón fundamental de ser de nuestro ensayo.
SOBRE EL RIGOR Y LA VERDAD
Es conveniente declarar que no somos historiadores, por lo que no pretendemos
que esto sea una investigación histórica, sino más bien una aproximación a los
hechos desde el punto de vista sociocultural. Deberemos, sin embargo, echar
mano, someramente, a hechos históricos para darle sustento temporal a nuestras
tesis. En tal sentido, usaremos términos que han sido manejados por
historiadores, más allá de la bondad o no de los mismos. Las denominaciones, en
este tipo de trabajo, mientras más consagradas estén por el uso, mucho mejor.
Estamos conscientes de que la manera de nombrar los períodos históricos y las
corrientes que a ellos acuden suelen ser fruto de la convención y muchas veces
no son del todo felices. No nos queda más remedio que aceptar las más
universales, pues queremos sobre todo que se nos entienda, en la medida en que
no somos originales. Más bien adaptamos a las necesidades de este momento
nacional, en los albores del siglo XXI, propuestas históricas y socioculturales
ya presentadas por muchos antes que por nosotros. Creemos estar prestando un
servicio a la comprensión del presente, y en tal sentido no somos descubridores
sino organizadores de pensamientos. Del mismo modo pediremos disculpas por las
probables inexactitudes y distanciamientos de la verdad. Muy lejos de nosotros
la intención de pretender, como lo hacen muchos historiadores o ensayistas
demasiado preciados de sí mismos, algún excesivo rigor científico en algo tan
evasivo como lo es el conocimiento de la cultura humana. Establecidas estas
premisas, avancemos.
SOBRE EL HUMANISMO
El pensamiento humanista contemporáneo se termina de conformar en sus elementos
fundamentales con el triunfo de la Ilustración y de la burguesía, teniendo como
hito histórico principal la Revolución Francesa. Es por ello que muchos
historiadores hablan, sin que nos parezca del todo descaminado, de "humanismo
burgués" para identificar la corriente cultural y de pensamiento dominante hasta
nuestros días. Sin embargo, tal vez el adjetivo sea redundante, ya que, como
trataremos de asomar, el humanismo es una corriente ideológica típicamente
burguesa. No existe un "humanismo feudal" ni un "humanismo proletario" (tal como
lo planteó Anibal Ponce). En ese sentido, la expresión "humanismo marxista" fue
criticada por Althusser, que la considera un "asalto de la ideología burguesa al
marxismo". Sin embargo, se ha hablado de otros humanismos. Para Sartre el
existencialismo era un humanismo, mientras que Jacques Maritain habló del
"humanismo integral". Por otra parte, el término "humanismo" se ha vulgarizado,
de manera que cuando se habla de una persona humanista, para significar que
posee sentimientos solidarios o positivos hacia los otros, no se está haciendo
referencia a una corriente de pensamiento, sino a una significación secundaria,
y por lo demás del todo aceptable y comprensible en el lenguaje coloquial,
cotidiano. El humanismo, por supuesto, tiene su historia y su desarrollo
posteriores a la Revolución Francesa y también sus raíces, de las cuales las más
cercanas se hunden en la Edad Media. Y que nos perdone también el lector esta
digresión: el humanismo es una corriente que surge básicamente en Europa, aunque
tiene muchas similitudes con otras corrientes ideológicas supremacistas que se
encuentran en todas las sociedades del planeta divididas en clases. La razón de
esto último es clara: donde hay clases dominantes y dominadas, existe
supremacismo clasista. Pero vamos hacia atrás, hacia el medioevo.
SOBRE LA ESCOLASTICA
Seguramente nuestros lectores conocen bien los principales rasgos y sucesos de
la Edad Media. No obstante, haremos el ejercicio de ubicarnos de manera general
en ese período, en cuyas agonías habremos de encontrar las raíces cercanas del
humanismo. En la Edad Media domina el modo de producción feudal, con la Iglesia
Católica organizada en torno a una estructura jerárquica que tenía como centro
la figura del papado, que ejerció por mucho tiempo el dominio de las tierras de
Europa gracias a su poder diplomático y sobre la administración de justicia. Sin
embargo, es necesario salirle al paso a las teorías que ven en la Edad Media
sólo oscurantismo y atraso. Eso no es verdad, pues las épocas históricas no son
oscuras ni claras. Son más bien complejas, con distintas fuerzas en lucha. Como
cualquier cosa en la vida, la historia es el producto de contradicciones
diversas, que en su encuentro, crisis y resolución generan el movimiento, el
cambio. En efecto, ya en la alta Edad Media, que podemos ubicar más o menos
hacia la mitad de ese período, Europa conoce importantes evoluciones. Habían
llegado a su fin las constantes invasiones y el continente experimentaba un
crecimiento notable y el asentamiento definitivo de su población, lo cual se
reflejaría en desarrollos muy positivos, como lo fue el avance de la vida
urbana, del comercio a gran escala y de una cultura innovadora. En el siglo XII,
por ejemplo, se sintió con fuerza la influencia de las traducciones de Bagdad y
la transmisión, por ende, de importantes conocimientos a través de España,
Sicilia y Bizancio. Bajo el reinado de Alfonso X el Sabio, la corona de Castilla
desarrolló una cultura de síntesis entre elementos cristianos, musulmanes y
judíos, que tuvo su principal expresión en la Escuela de Traductores de Toledo.
Es relevante aquí constatar como esta decisiva gestión cultural de Alfonso X fue
acompañada por una no menos importante gestión jurídica, que terminó de
introducir en el reino el Derecho Romano, así como por una gestión económica
modernizadora, que facilitó el comercio interior en su territorio con la
concesión de ferias a numerosas villas y ciudades, además de establecer un
sistema fiscal y aduanero, y reconocer jurídicamente al Honrado Consejo de la
Mesta, que aglutinaba los intereses de la ganadería trashumante del reino.
Como se sabe, la forma de pensamiento dominante principal de la Edad Media lo
constituyó la Escolástica, que imperó por mucho tiempo en las universidades y
otros centros de conocimiento medievales. La Escolástica supeditó todo
aprendizaje secular al texto bíblico, considerándolo como una mera preparación
para la comprensión de la Biblia. Asignaba un mayor grado de verdad a la
revelación divina que a las certezas de la razón humana, lo cual consagró el
dominio de los teólogos en el campo del saber. Claro que esa supremacía de la
escolástica siempre estuvo íntimamente vinculada a los asuntos del poder
temporal. Los escolásticos eran los intelectuales del régimen, para cuyos
jerarcas fungían a menudo de consultores sobre los más diversos temas, además de
que no dejaban de detentar a veces cargos políticos o diplomáticos. Es justo
reconocer, no obstante, que los escolásticos jugaron un importante papel en la
investigación y transmisión de importantes conocimientos, que más tarde serían
útiles a los adalides del pensamiento humanista e ilustrado.
SOBRE EL PRIMER RENACIMIENTO
A la sazón, la sociedad continuaba su avance. Algunos historiadores hablan del
siglo XII, cuando florecen las grandes escuelas catedralicias, como "el primer
renacimiento". Ya las letras antiguas comenzaban a ser reinterpretadas por
hombres como Bernardo Silvestre y Juan de Salysbury (note el lector que usamos
el término "reinterpretadas" y no "rescatadas", como lo hace Ludovico Silva.
Ello porque, a decir verdad, los estudiosos escolásticos conocían la obra de los
clásicos de la antigüedad, sólo que la interpretaban según sus propios intereses
y puntos de vista). Aunque esta llama opacó su brillo al poco tiempo, no mucho
después sería reencendida por la llamada "Tríada Canónica" de poetas italianos
(Dante, Petrarca y Bocaccio). En el siglo XIII se sintetizaron muchos logros de
siglos anteriores, mientras la Iglesia se consolidaba como la gran institución
europea. A la par, las relaciones comerciales integraron a Europa y se
acentuaron las actividades de los banqueros y comerciantes italianos, que se
extendían por Francia, Inglaterra, los Países Bajos y el norte de Africa: se
fortalecía poco a poco lo que sería el germen del capitalismo y la burguesía. Es
muy significativo que simultáneamente (a finales de la Edad Media) Dante,
Bocaccio y Petrarca, marcaran el inicio del movimiento humanista que tanta
importancia cobraría en el futuro inmediato. Ellos contribuyeron al
redescubrimiento y conservación de las obras clásicas, de tan destacado rol en
el Renacimiento (no podemos dejar de señalar que los primeros humanistas fueron
a menudo censurados, anatemizados y perseguidos por el poder eclesiástico).
También durante este siglo hubo el impacto de varias innovaciones de origen
chino, como el papel, la pólvora, la imprenta y la brújula. La Alta Edad Media
se ve coronada por los logros de la arquitectura gótica y por la obra de Tomas
de Aquino.
SOBRE LAS DISIDENCIAS EN LA IGLESIA
La llamada baja Edad Media, el ocaso del período, fue plena de turbulencias y
conflictos. En la medida en que se desarrollaba la expansión económica y
mercantil, nuevas fuerzas sociales en formación encontraban estrecho el espacio
regentado por la Iglesia, los nobles y los señores feudales. En la década de
1340 Europa es devastada por la peste negra. Ya antes comenzaron a manifestarse
disidencias en el seno de la propia Iglesia, dándose allí mismo las primeras
manifestaciones más o menos fuertes de las tendencias individualistas que
avanzaban en la sociedad, en contraposición a la masificación opresora de los
dogmas religiosos impulsados por las jerarquías católicas. Muchos emprendieron
la lectura personal de la Biblia, realizando sus propias interpretaciones y
acudiendo a experiencias místicas enteramente personales. Otros plantearon la
necesidad de regresar al desprendimiento y la sencillez de los primeros
cristianos y denunciaron la corrupción y la opulencia de los jerarcas. Después
de la peste negra, que incrementó la miseria entre los desposeídos, se
multiplicaron los grupos de penitentes y flagelantes. Surgieron nuevos líderes,
muchos de ellos con propuestas mesiánicas y la unidad eclesiástica comenzó a
resquebrajarse. Todo esto condujo a la Reforma protestante y sentó las bases
para las transformaciones revolucionarias que vendrían pronto en Europa.
SOBRE LA REFORMA
Uno de los hitos principales desde donde se desarrollará el pensamiento
humanista lo constituye la reforma protestante, no tanto por las ideas del
principal reformador, Martín Lutero, sino sobre todo por la polémica que
desataría en una época de importantes convulsiones sociales. Lutero asumió
algunas posturas que lo identificaban tibiamente con una corriente progresista
para entonces: el individualismo. Se opuso a la distinción entre ocupaciones
sagradas y seculares. Según él, los seres humanos trabajaban para sí mismos y
para el mundo sin importar cuáles fueran sus ocupaciones. Todos son instrumentos
de Dios, que trabaja en el mundo a través de ellos. Sin embargo, Lutero asume
una posición conservadora, más bien retrógrada, ante uno de los preceptos
fundamentales del nuevo pensamiento de la época: el libre albedrío. Para el
reformador alemán, el libre albedrío atentaba contra la omnipotencia divina:
"Dios prevé, dispone y lo opera todo según su voluntad inmutable, eterna e
infalible. Este anatema anula y aniquila por completo el libre albedrío". La
contraparte de estas ideas de Lutero la representaron Erasmo de Rotterdam y
Melanchton, quienes se opusieron abiertamente al reformador y defendieron la
existencia del libre albedrío humano. En este combate de posiciones, justo es
decir que pensadores como Erasmo y Melanchton representan con mayor propiedad
que Lutero el espíritu de la época. De hecho, Alemania asimila el renacimiento
al margen del pensamiento luterano, más que todo con los descubrimientos
científicos de Copérnico y de Kepler. Por su parte, Lutero condenó sin ambages
el impulso que adquirían entonces las ciencias de la naturaleza. Juzgaba a la
razón como causa de ofuscación y de error para quienes aspiraban a la salvación.
Para él, la grandeza y la libertad prometidas al creyente son meramente
espirituales. Exigía la sumisión del individuo al Estado, al cual consideraba
una institución divina y religiosa. Afirmaba que era "injusto que un subordinado
se rebele contra un tirano. No hay nada tan diabólico como un hombre en
rebeldía". De manera que también en el sentido político, el pensamiento alemán
de avanzada se alejará de Lutero. Los filósofos del derecho alemanes profesaron
un individualismo que excluía cualquier sometimiento incondicional al poder
establecido. De modo que Martín Lutero se transformó en un defensor
incondicional de ese poder y se vio enfrentado a los principales representantes
del humanismo, del individualismo y de todas las ideas sobre las cuales se
sustentaba la floreciente burguesía en su lucha por un nuevo orden. Como vemos,
la discusión que se da en torno a la reforma no es para nada despreciable. Se
debatían allí los asuntos principales atinentes a la transformación que se
estaba gestando en el seno de la sociedad, coincidiendo con la creciente
influencia de la burguesía. El paulatino advenimiento de la sociedad
capitalista, cuyo motor fundamental era esta nueva clase social, se expresaba
también en el enfrentamiento ideológico entre los humanistas, aliados de la
burguesía, y los representantes del pasado.
MAS SOBRE EL HUMANISMO
Ludovico Silva da noticia de que los griegos "no tenían una palabra para
designar lo que conocemos como 'humanista'. Los latinos tampoco la tuvieron,
aunque Cicerón y Varrón usaron mucho la voz 'humanitas', que luego fue vertida
al griego de la patrística como anthropotés, que significa 'humanidad, genero
humano'." (1) Igualmente refiere que A. Campana, en su estudio The origin of the
word "Humanist", asienta que la palabra umanista fue introducida por primera vez
en Italia hacia 1538. Nótese que el nacimiento del término es contemporáneo con
el ascenso de los sectores mercantiles que originan a la burguesía. El
"Humanista" se dedicaba a los studia humanitatis. Lo que distingue a estos
estudios, en lo fundamental, es la reconsideración de la tradición clásica
antigua. La idea renacentista del humanismo significó una ruptura con la
ideología medieval. Dentro de este concepto, se concedió la mayor importancia a
los estudios clásicos y se consideró a la antigüedad clásica como la pauta común
y el modelo a seguir por los intelectuales y los artistas. La tradición
artística griega se recuperó en el arte y en la arquitectura renacentistas. El
realismo, el sentido de la proporción y los órdenes arquitectónicos griegos
empezaron a aparecer en el arte europeo. ¿Es acaso casual esta mirada que se
torna hacia los clásicos? En absoluto. Lo que los humanistas buscan en los
clásicos es sobre todo el sustento ideológico que apuntale los conceptos que
comienzan a bullir, con fuerza revolucionaria, en conjunción con la decadencia
de la escolástica y del régimen feudal reinantes en la Edad Media. Según Werner
Jaeger "la importancia universal de los griegos como educadores, deriva de su
nueva concepción de la posición del individuo en la sociedad. Si consideramos el
pueblo griego sobre el fondo del antiguo Oriente, la diferencia es tan profunda
que los griegos parecen fundirse en una unidad con el mundo europeo de los
tiempos modernos" (2) . Por otro lado, el arte griego se fundamenta en la
representación naturista de la figura humana, no sólo en el aspecto formal, sino
también en la intención expresiva del movimiento y las emociones. La impronta
naturista se encuentra presente, de manera poderosa, en la filosofía de los
antiguos griegos. A partir del siglo V a.c., bajo la influencia de los sofistas
y de Sócrates, aparecerá una reelaboración intelectual del papel de la educación
en la sociedad, que culminará con la aparición de las escuelas filosóficas, como
la escuela de Isócrates, la Academia de Platón y el Liceo de Aristóteles. En
estas últimas instituciones ya no importa solamente la formación del ciudadano y
su dominio de técnicas retóricas, sino que la enseñanza y la educación se
realizarán en función del ideal intelectual del conocimiento de la verdad. Es en
esos aspectos individualistas, naturistas y científicos (en el sentido de
búsqueda de la verdad en los hechos) donde los humanistas del renacimiento
hurgan para extraer alimento ideológico destinado a nutrir la concepción del
mundo que está en la base de la ideología burguesa. La vuelta a los clásicos por
parte de los humanistas es un hito en la marcha hacia la reivindicación
ilustrada del interés por la naturaleza, el individualismo, el rechazo a la
autoridad, la valoración de la historia, el interés por la cultura y el saber.
SOBRE EL RENACIMIENTO
La historia no es, como muchos interesadamente tratan de establecer, una ciencia
objetiva. La historia es una construcción interesada, una de las armas
ideológicas que son utilizadas por quienes mantienen el dominio cultural, en
cualquier época, para impulsar sus ideas e imponerlas a la sociedad. Por eso es
que una de las más significativas rupturas renacentistas con la tradición
medieval se encuentra en el campo de la historia. La historia era considerada,
en la Edad Media, como una rama de la teología. Los pensadores renacentistas
trataron de sacarla de esa prisión cultural y de acercarla a otras
manifestaciones intelectuales, como la literatura. Los historiadores
renacentistas rechazaron la división medieval cristiana de la historia, que
partía de la Creación, seguía por la encarnación de Jesús, y desembocaba en el
ulterior Juicio Final. Por su parte, la visión renacentista de la historia
contaba también tres fases, pero muy diferentes: la antigüedad, la edad media y
finalmente la edad de oro, que así llamaban al propio renacimiento. Esta
precisión es muy importante, porque el pensamiento ilustrado contemporáneo
cuenta la historia a su manera, y eso lo veremos más adelante de forma cruda
cuando hablemos de esa historia contemporánea. La revisión de la historia, pues,
fue una de las principales señales del pensamiento renacentista. En ese sentido
de revisión de la historia se abordó el pasado, y más concretamente la
antigüedad clásica. No se trata de que fuese una visión más o menos objetiva que
la visión medieval, ese no es el asunto principal. Se trata, antes que nada, de
que fue una visión interesada, una visión que representaba nuevos intereses, los
intereses de las fuerzas del cambio. Esa visión del pasado grecorromano clásico
y su arte se inició, sobre todo, en la Italia del siglo XIV y se difundió en
Europa durante los siglos XV y XVI. Y se corresponde con el período de
transformación progresiva de la sociedad feudal -caracterizada por una economía
predominantemente agrícola y el dominio ideológico de la Iglesia Católica- en
una sociedad de economía urbana y mercantil. Así como surgieron en Grecia, en la
antigüedad, instituciones como la Academia y el Liceo, surgen en Europa las
sociedades científicas, como la Academia de Lincei (1603), la cual aun perdura,
y a la que pertenecía Galileo, y la Royal Society en Londres (1662). Es de
notar, igualmente, que el renacimiento italiano fue un fenómeno urbano que se
hizo presente sobre todo en Florencia, Ferrara, Milán y Venecia, ciudades que se
desarrollaron en el período de gran expansión económica de los siglos XII y XIII.
Los comerciantes medievales italianos desarrollaron técnicas mercantiles y
financieras como la contabilidad y las letras de cambio y dominaron el comercio
y las finanzas de Europa. Esta actividad mercantil contrastaba con la sociedad
rural medieval, y su estructura era menos jerárquica y más preocupada por
objetivos seculares. Los humanistas del renacimiento no eran precisamente
mansos. Atacaban y condenaban a la cultura medieval y a sus concepciones del
mundo, estigmatizándola como ignorante y bárbara.
El renacimiento fue una época de duro cuestionamiento a las ideas establecidas y
de ebullición intelectual, sin duda el principal antecedente inmediato de los
sucesos que generaron la Ilustración, la Revolución Francesa y la ciencia
moderna.
SOBRE EL ORIGEN DE LA ILUSTRACION
El siglo de las luces, la Ilustración, fue un movimiento intelectual que
precedió a la Revolución Francesa, en el siglo XVIII. Precisamente, el nombre de
"siglo de las luces" revela ya el contenido de enfrentamiento ideológico que
marcó esta etapa: era la reacción contra lo que se consideraba un período de
oscuridad e ignorancia, la entrada a una nueva edad iluminada por la razón y la
ciencia. La Ilustración no sólo es el origen de la ideología que domina el mundo
actual en casi su totalidad. Más precisamente, se trata de esa misma ideología,
que con algunos desarrollos, se sostiene en sus principios fundamentales tal
como fue planteada en el siglo XVIII. En ese sentido, el pensamiento burgués
ilustrado contemporáneo, que se precia de moderno, es en realidad culturalmente
dieciochesco.
El movimiento de la Ilustración fue clave en el declinar del poder eclesiástico.
Así mismo en él se originan muchos de los modelos sociales rectores del mundo de
hoy, tal como el llamado liberalismo político y económico. La Ilustración no fue
una simple evolución académica o filosófica, sino sobre todo la manifestación de
las luchas políticas. En tal sentido, muchos hombres de la Ilustración tuvieron
a bien definirse como miembros del "partido de la humanidad" e imprimieron y
divulgaron gran cantidad de panfletos, folletos y periódicos contestatarios. Y,
por supuesto, las clases dominantes respondieron con violencia y persecuciones.
En la primera mitad del siglo XVIII se dio una ardua lucha de los líderes de la
Ilustración contra las fuerzas dominantes. Muchos sufrieron cárcel y sus ideas y
escritos fueron censurados, sin faltar, por supuesto, las descalificaciones y
condenas de parte de la "Santa Madre Iglesia", que ha sido a menudo, sin duda,
una de las madres más dañinas que conoce la humanidad. Sin embargo, las nuevas
ideas se expandieron y se materializaron en hechos revolucionarios concretos,
como la guerra y la declaración de independencia de los Estados Unidos.
Como todo el mundo sabe, la clase social que impulsará la Ilustración, la
burguesía, proviene de la incipiente clase media que floreció en el siglo XVII,
en las ciudades europeas (los burgos, de allí su denominación). Estos ciudadanos
no eran ni siervos ni nobles. En principio fueron comerciantes y artesanos, y
luego muchos se convirtieron en banqueros y empresarios. A medida que se
desarrollaban las ciudades, esta clase fue ganando importancia socio-económica.
De hecho, al comenzar la burguesía a tomar conciencia de sí misma, de sus
intereses y del poder que iba generando, empezó a organizarse como sector de
presión y a agruparse en corporaciones y gremios que defendían sus intereses
ante los grandes propietarios y terratenientes. Fue, pues, la burguesía el motor
principal de la revolución inglesa del siglo XVII y de las revoluciones
estadounidense y francesa del siglo XVIII. Estos movimientos revolucionarios
promovieron nuevos derechos políticos, así como las libertades individuales en
cada uno de estos países. Otros derechos completaban ese cuadro programático,
tales como el derecho a la propiedad y la libertad de mercado, una clara muestra
de como tras los planteamientos políticos se nota la presencia de intereses
económicos de clase.
SOBRE LA IDEOLOGIA ILUSTRADA
Ahora resumiremos las principales premisas sobre las cuales se construye la
ideología de la Ilustración. El primer corpus conceptual importante de la
ilustración fue, sin duda, la Enciclopedia. Según Diderot, alma y motor de la
obra, la Enciclopedia se proponía "examinar todo, remover todo sin excepción y
sin reservas". Nótese el radicalismo de la propuesta, propio de las épocas
revolucionarias, aunque muchos se empeñen en desconocer este carácter casi
natural de las revoluciones. De hecho, el talante revolucionario de Diderot ya
se había expresado en numerosos panfletos filosóficos. La Enciclopedia tuvo su
origen en París y se editó entre 1751 y 1772. En ella colaboraron numerosos
autores y fue concebida como un compendio de todos los conocimientos. Se
convirtió pronto en motivo de polémica, pues siendo sobre todo una obra
inspirada por necesidades políticas, defendía sin ambages las posiciones de la
Ilustración y atacaba a sus oponentes. Su contenido antirreligioso no deja lugar
a dudas, así como su inclinación a colocar en el conocimiento, en la razón, en
la libertad de pensamiento y en el hombre mismo la posibilidad real de la
felicidad. A la Enciclopedia siguieron otras importantes obras donde se
expresaba el pensamiento de la Ilustración, como el Contrato social de
Jean-Jacques Rousseau, donde se exponen los argumentos de la libertad civil y se
prepara también el terreno ideológico para la Revolución Francesa. Pero toda
este movimiento del pensamiento no fue el resultado de la labor aislada de unos
intelectuales soliviantados. Respondía a las necesidades que engendraba la
prédica sobre el libre comercio y la competencia económica. En esos derroteros
mundanos se incuban la defensa del individualismo, de la empresa privada y de la
libertad. Sobre esos tres principios se montaría muy pronto la feroz competencia
entre capitalistas, la lucha por eliminarse unos a otros tratando cada uno de
hacerse más rico y de construir inmensos monopolios sobre los huesos de los
obreros y aun de otros burgueses. Esos principios, que se levantaron en una
situación específica y de acuerdo a los intereses de una clase social renovadora
en su momento, fueron degenerando a medida en que se iban acomodando más y más a
los intereses exclusivos de los sectores dominantes, hasta llegar a la situación
actual, donde cada día se empobrecen en el mundo 40 familias más. Es decir, cada
día hay menos individuos libres y menos propietarios. Pero de esto hablaremos
más adelante. Volviendo a nuestro asunto de este capítulo, vemos como la
Declaración de los Derechos del Hombre, documento programático por excelencia de
la Ilustración y de la Revolución Francesa, coloca el derecho a la propiedad
privada en lugar prominente. Sin embargo, poco después de su promulgación en
1789, la misma burguesía revolucionaria publica un decreto prohibiendo la
organización colectiva de los obreros. Comienza a quedar claro a qué derechos y
a qué hombres se refería la nueva clase dominante. Otro componente ideológico
fundamental de la Ilustración reside en su concepción del papel de la ciencia.
Esta actitud se relacionaba de manera directa con la necesidad que sentía la
nueva clase emergente de desatar las ligaduras que la Iglesia había puesto al
conocimiento científico y poder impulsar así el desarrollo tecnológico que le
permitiera consolidar y expandir su poderío económico y social. Doy importancia
a este señalamiento porque los intelectuales ilustrados contemporáneos afirman a
menudo que somos reduccionistas quienes atribuimos tanta relevancia a la
división y a la lucha de clases, cuando ocurre más bien lo contrario, ya que se
pretende establecer, con el pretexto de que "ha fracasado el marxismo" (teoría a
la cual se le asigna, erróneamente, haber planteado la tesis de la división de
la sociedad en clases, cuando más justo es atribuírselo formalmente a Adam Smith)
que los avances en la investigación científica son básicamente el producto de
características humanas innatas y de mentes individuales brillantes. Lejos de
nosotros el tratar de desconocer el papel que juegan la naturaleza humana y los
individuos, pero nunca el papel del individuo es independiente del conjunto de
la sociedad o superior a la acción social de conjunto. El individuo y la
colectividad son dos entidades del cuerpo social, pero es la colectividad y las
relaciones entre sus integrantes lo que posibilita y condiciona la acción de los
individuos, y no al revés. El individuo como ente independiente o superior a la
sociedad no es más que una entelequia, un absurdo fácil de desmontar para
cualquier mente abierta que quiera reconocer la realidad.
Fueron muy importantes, en la conformación de la ideología ilustrada, las
academias de ciencias, de las cuales nombramos dos más arriba, de origen
europeo. En Estados Unidos, un club organizado en 1727 por Benjamin Franklin se
convirtió en 1769 en la American Philosophical Society, y en 1780 se constituyó
la American Academy of Arts. Sin embargo, el desarrollo de la ciencia ha
constituido para la burguesía más una herramienta que un principio en sí mismo.
La tecnología ha sido utilizada para profundizar el dominio social de los
grandes poderes económicos mundiales, para provocar la apoteosis de la empresa
privada, que no es otra que la formación de los grandes monopolios
multinacionales.
Los principios fundamentales de la Ilustración son el individualismo y la
propiedad privada. Los derechos del hombre fueron concebidos desde el comienzo
como los derechos del hombre burgués, tal como lo revelarán algunos hechos de la
Revolución Francesa que veremos más adelante. Y aunque esto pareciera una verdad
de perogrullo a la luz del estudio de aquella época, hay gente muy bien formada
que parece confundirse al abordar los principios de la Ilustración. Un ejemplo
es el inteligente ensayista Massimo Desiato, quien en un artículo de la revista
Imagen, plantea que "...afirmar que el impacto de la ciencia sobre la forma de
vida de los individuos ha sido hasta la actualidad mínima, equivale a decir que
la cultura humanística, privilegio de unos pocos, no ha logrado distribuirse
como era de esperarse. La pregunta es ¿por qué? ¿Cuál ha sido el proceso que ha
impedido la realización de los ideales ilustrados? (3) Lo que parece no haber
comprendido Desiato es que nunca se planteó la ilustración que la ciencia y la
cultura fueran el patrimonio de todos. Muy por el contrario, desde muy temprano
las acciones y las palabras del nuevo poder y de sus intelectuales dejaron muy
en claro que los conceptos de "libertad" y "derechos de los ciudadanos" no se
aplicaban a la inmensa mayoría de los individuos. Del mismo modo, la ciencia y
la cultura se pusieron desde un principio al servicio de una nueva minoría
dominante. De hecho, y como lo afirma el mismo Desiato, en cierto modo el
científico sustituyó al sacerdote. Si antes éste era el elitesco dueño de la
verdad por la revelación divina, ahora aquél era el amo de esa verdad gracias a
los designios de la razón. Ahora bien, aun cuando el pensamiento ilustrado
privilegia inicialmente el papel de la razón, lo cual conducirá a la actitud
positivista, de ningún modo se amarra a este papel como su fundamento
ideológico. De hecho, aunque veía a la iglesia como la principal fuerza que
había esclavizado la inteligencia, la mayoría de los pensadores ilustrados no
renunció completamente al pensamiento religioso. De manera que cuando surge, por
ejemplo, el romanticismo a principios del siglo XIX, con su inclinación por la
intuición y la experiencia subjetiva, no lo hace desde un cuestionamiento
principista de la ideología ilustrada. Más bien, en algunos casos, se percibe
una aplicación extrema del individualismo como criterio de vida. Con la marcada
influencia de Rousseau, a finales del siglo XVIII, el sentimiento y la emoción
comenzaron a competir, dentro de la misma ideología de la ilustración, contra el
reino del positivismo y la razón. Movimientos como el romanticismo y el
simbolismo van a jugar un papel determinante en el surgimiento europeo de las
vanguardias literarias y artísticas, a principios del siglo XX. Las llamadas
vanguardias van a reflejar contradicciones entre sectores de las élites
intelectuales ilustradas. De hecho, algunas de ellas, como el existencialismo,
el dadaísmo y el surrealismo llegan a representar modalidades realmente feroces
del individualismo. Sin embargo, al enfrentarse al dominio ideológico de las
tendencias positivistas, las vanguardias abren brechas en el pensamiento
ilustrado y generan algunos movimientos sociales, como el movimiento beatnik, el
movimiento hippie y otros movimientos libertarios aluvionales, que intentan
rescatar confusamente los ideales libertarios iniciales de la burguesía,
pisoteados hasta la saciedad por ella misma, en la medida en que consolidaba su
poder y se enriquecía abrumadoramente sobre el hambre de las mayorías. Del mismo
modo, muchos representantes de las vanguardias jugaron un papel en el despertar
de pensamientos y opiniones que cuestionaban los privilegios y errores de sus
metrópolis con relación al mundo mayoritario y colonizado. Inclusive, las
vanguardias van a promover en las metrópolis un nuevo interés por el
conocimiento de las culturas exóticas y de religiones y cultos orientalistas.
Sin embargo, las vanguardias literarias y artísticas siguen siendo
representantes de la ideología ilustrada y en general mantienen el mismo
pensamiento elitesco y supremacista de otras corrientes del pensamiento burgués.
SOBRE EL DOMINIO DE LA ILUSTRACION
No se crea que estamos imaginando el derrumbe inmediato del pensamiento
ilustrado o que algún sector de la sociedad está libre de su influencia y su
dominio. Muy por el contrario, la superación de la ideología ilustrada será un
proceso de siglos, precisamente porque su dominio es muy poderoso y
generalizado, a pesar de que cada día es más patente su fracaso como fórmula
para regular la sociedad y para acercar a los hombres a la justicia social y a
la generalización del bienestar material y espiritual. Acompaña, por supuesto,
todos los males del capitalismo, del cual es alma y sustento. La ideología
ilustrada es dominante entre los ricos y los pobres, entre los revolucionarios y
los contrarrevolucionarios, entre los comunistas y los fascistas, entre los
hombres y las mujeres, entre los europeos y los latinoamericanos. En ese
sentido, todos padecemos de la estupidez ilustrada que en algún momento
desmenuzaremos en su patética miseria. Esto es así porque la ideología ilustrada
es el fruto de la acumulación secular de formas de vida y pensamiento que han
ido calando profundamente en el alma de los hombres. Desde que el hombre
convirtió a su congénere en esclavo, se dio inicio al largo camino que ha
conducido a la conformación y al establecimiento de la Ilustración. Es el
resultado de una evolución del pensamiento clasista generado en los albores de
la historia humana. Y aunque en algún momento, en las formas que asumió,
representó un avance en la marcha hacia la comprensión, por parte de la
sociedad, de sus posibilidades, hoy representa el pensamiento de quienes se
oponen a que esa comprensión alcance escalones más altos. El surgimiento de una
ideología basada en el equilibrio de los intereses colectivos e individuales,
con predominio final de los sentimientos colectivistas, altruistas que anidan en
los hombres, no puede ser fruto de un proceso puramente ético o intelectual. La
única posibilidad de que surja una ideología de ese tipo pasa por la
construcción de sociedades que paulatinamente vayan recortando la brecha entre
los más ricos y los más pobres, promoviendo la equidad, la educación, el
crecimiento armónico y el dominio de las ideas colectivas y colectivistas por
encima de las ideas individuales e individualistas. Esto no puede ser sino un
camino larguísimo, difícil, frecuentemente doloroso, con marchas y
contramarchas. Pero es el único camino. Cualquier otro llevará a la humanidad a
su destrucción.
DIGRESION EN TORNO A SAVATER
La fuerza y el poder del pensamiento ilustrado se hacen patentes en muchos
ámbitos de la vida social, pero no podemos abarcarlos todos en este modesto
trabajo. De modo que tendremos que conformarnos con ver hacia algunos pocos
espacios. Tomemos, por ejemplo, algunas ideas de uno de los representantes más
conspicuos del pensamiento ilustrado, individualista y defensor de la propiedad
privada que se han conocido en el mundo contemporáneo, particularmente en
Venezuela, hasta el punto de que hasta el Presidente Chávez lo ha citado:
Fernando Savater, inteligente pensador español, idolatrado por casi todos los
intelectuales venezolanos. Sus dos libros más leídos constituyen una defensa
sostenida de la ideología ilustrada. Busquemos en esa fuente, para mejor
entender:
"El sistema político deseable tendrá que respetar al máximo (...) las facetas
públicas de la libertad humana: la libertad de reunirse o de separarse de otros,
la de expresar las opiniones y la de inventar belleza o ciencia, la de trabajar
de acuerdo con la propia vocación o interés, la de intervenir en los asuntos
públicos, la de trasladarse o insertarse en un lugar, la libertad de elegir los
propios goces de cuerpo y de alma, etc." (4) En esto creo que podemos todos
estar de acuerdo. Pero hasta aquí Savater no propone nada nuevo: son, en
general, las mismas propuestas que hacía la burguesía en su época de auge, el
concepto de los derechos del hombre. Pero veamos hacia donde deriva esta
declaración de principios de manos de Savater:
"Lo único que puedo garantizarte es que nunca se ha vivido en Jauja y que la
decisión de vivir bien la tiene que tomar cada cual respecto a sí mismo, día a
día, sin esperar a que la estadística le sea favorable o el resto del universo
se lo pida por favor" (5)
Este tipo de contenidos abundan en Savater. Fijémonos primero en el argumento
manipulador que pretende justificar el fondo injusto del planteamiento: como
nunca el mundo ha sido una maravilla, podemos ser socialmente irresponsables, ya
que la bondad del mundo no depende de nosotros. Los afanes colectivos no tienen,
entonces, sentido. Vivir bien o mal es una decisión personal, individual. ¡Vaya!
Es decir, que los niños de la calle de América Latina viven mal porque les da la
gana. Seguramente son unos irresponsables que viven esperando por la estadística
o que Savater les pida el favor, probablemente vía Internet. De ningún modo el
drama de esos niños es una responsabilidad colectiva ¡Que vivan mal si les da la
gana! ¿Cómo es posible que los latinoamericanos podamos aceptar y hasta celebrar
estas ideas? Esto no es más, debo repetirlo, que la iteración de los conceptos
más rancios y tradicionales de la ideología ilustrada, que encuentra en
intelectuales como Savater nuevos defensores, que generalmente terminan, como lo
hiciera Lutero, condenando las rebeliones de la gente contra el orden
establecido e injusto que domina el mundo. Pero Savater no quiere aparecer tan
descaminado, y generosamente concede la posibilidad de que algunos no pudieran
aplicar sus brillantes ideas sobre la libertad individual:
"Bueno, admito que para lograr tener conciencia hacen falta algunas cualidades
innatas (...) y supongo que también serán favorables ciertos requisitos sociales
y económicos, pues a quien se ha visto desde la cuna privado de lo humanamente
más necesario es difícil exigirle la misma facilidad para comprender lo de la
buena vida que a los que tuvieron mejor suerte. Si nadie te trata como humano,
no es raro que vayas a lo bestia...pero una vez concedido ese mínimo, creo que
el resto depende de la atención y esfuerzo de cada cual" (6)
Savater admite, supone y concede desde el trono de su inteligencia. Admite que
para vivir bien hay cualidades innatas: depende de si naces inteligente o bruto
según alguna decisión divina, o de si tu madre pobre y analfabeta, que vive en
un rancho insalubre del barrio La Dolorita de Petare, decidió irresponsablemente
salir embarazada mientras sufría de avitaminosis. Supone (¡!) que para decidir
vivir bien, la gente probablemente debería primero poder comer, vestirse, tener
un techo, educarse. Es que hay gente, según Savater, que tiene mala suerte. Los
que viven bien son gente suertuda, los miserables simplemente tienen mala pata.
Finalmente concede "ese mínimo", el resto depende de la atención y el esfuerzo
de cada cual. Con qué sutileza despacha Savater las enormes y evidentes
injusticias y desigualdades sociales, de qué manera las ubica en un plano del
todo secundario, en favor de sus ideas individualistas ¡Pero es que a veces se
va mucho más atrás de la Ilustración, en su incurable insensatez ilustrada!
"Sólo quien ha nacido para esclavo o quien tiene tanto miedo a la muerte que
cree que todo da igual se dedica a las lentejas y vive de cualquier manera" (7)
Quisiéramos solicitarle a todos los intelectuales que celebran a Savater en
Venezuela que se olviden de la política, la economía y la sociedad. ¿Para qué
pensar en eso? Al fin y al cabo, si la mayoría de los venezolanos se dedican a
las caraotas (que probablemente son más plebeyas que las lentejas) es porque
nacieron para esclavos o porque le temen demasiado a la muerte. De manera que no
es responsabilidad de ustedes si ellos viven de cualquier manera. Además, si la
mayoría de los venezolanos vive mal seguramente es porque son libres, pues
"...no somos libres de no ser libres, ya que no tenemos más remedio que serlo"
(8)
Los hambrientos, los olvidados, los desheredados, los engañados, los humillados,
todos son hombres libres. Hay quien piensa, inclusive, que cuando muchos de
ellos salieron a saquear Caracas el 27 de febrero de 1989, fueron perfectamente
libres. Pero esto último debe ser cosa de comunistas o de "perfectos idiotas
latinoamericanos", al gusto de Vargas Llosa.
Como vemos, de muchas maneras, a través de vericuetos, retruécanos y demasiado
comercio de la palabra, comercio de piratas, pero comercio al fin, se defiende
con inteligencia la estupidez ilustrada, con perdón del oximoron. Pero en fin,
no es Savater nuestro tema. Debemos seguir adelante.
SOBRE LA REVOLUCION FRANCESA
Después de lo que puede describirse como una digresión, dedicada parcialmente a
Savater, trataremos de acercarnos en algo a uno de los hitos fundamentales en el
triunfo definitivo de la burguesía moderna sobre el feudalismo medieval: la
Revolución Francesa. No es nada fácil abreviar conceptos en torno a un hecho tan
complejo, tan difícil de despachar, tan exigente, para su cabal comprensión, de
una investigación profunda, larga, especializada, que nosotros no hemos hecho.
Son tantas sus contradicciones y tan fecundo fue su acontecer cotidiano,
político y social, que confunde inclusive a historiadores profesionales ¡Qué
quedará para los investigadores amateurs, como nosotros! Inclusive, muchos de
estos historiadores burgueses y enjundiosos llegan a decir que el desencadenante
principal de la Revolución Francesa no fue la lucha de clases, sino una
conjunción de condiciones y factores políticos, culturales e ideológicos. Que
gente estudiosa pueda decir semejante incongruencia sólo demuestra una de dos
cosas, o las dos a la vez: que la historia, repetimos, está hecha según el
cristal con que la ve quien la recrea, y que estamos ante un hecho de difícil
comprensión por la cantidad de datos que concurren a ella. Pero si de algo no
puede haber dudas, es que la Revolución Francesa fue una síntesis extraordinaria
de una lucha de clases sociales intensa, que en algunas de sus manifestaciones
se prolonga hasta nuestros días. La Revolución se produce después de crisis
económicas periódicas y de frecuentes revueltas populares. Si fuese necesario
escoger un momento detonante definitivo de la Revolución Francesa, éste debería
ser la celebración de elecciones nacionales en la Francia de 1788, a lo cual
accedió Luis XVI, después de que se generalizara el reclamo de que se convocarán
los Estados Generales, la asamblea formada por representantes del clero, la
nobleza y el llamado Tercer Estado, y que tenía más de un siglo sin reunirse. Es
importante definir la conformación del llamado Tercer Estado, que supuestamente
representaba al pueblo, pero que en realidad era expresión de las clases
emergentes que constituirían la burguesía. De hecho, los miembros del Tercer
Estado eran elegidos en reuniones de los delegados provinciales propuestos por
los contribuyentes de cada pueblo o ciudad, es decir por los propietarios. Es
interesante saber que, si bien los miembros del Tercer Estado solían ser
abogados y funcionarios, con más frecuencia que terratenientes o comerciantes,
eran sobre todo éstos últimos quienes los elegían y aquellos eran realmente sus
representantes. El hecho es que durante el proceso de elecciones de 1788,
circularon en Francia un gran número de panfletos y escritos que difundían las
ideas de la Ilustración. Desde ese momento las grandes contradicciones de clases
no hicieron sino multiplicarse en un proceso que generó una verdadera vorágine
de posiciones y enfrentamientos. Los intereses de la burguesía se vieron
favorecidos, por ejemplo, con las disensiones entre el clero y la nobleza, lo
cual influyó en el llamado a la Asamblea Nacional Constituyente, en medio de
amenazas de intervención militar extranjera y de insurrecciones populares, entre
ellas los disturbios del 12 de julio de 1789, cuando el pueblo de París se
rebeló en las calles hasta desembocar, dos días después, en la toma de La
Bastilla, símbolo del despotismo borbón. Es fundamental determinar que estas
insurrecciones populares, que incluyeron revueltas campesinas contra la nobleza,
no sólo alarmaron a los monárquicos, sino también a los mismos burgueses. De
hecho, la burguesía parisina estableció un gobierno provisional y organizó a la
Guardia Nacional, entre otras cosas como una manera de controlar a las
multitudes populares y frenarlas. A este período insurreccional se le llamó
entonces el "Gran Miedo". Las clases populares más bajas, aliadas en ese momento
a la burguesía, presionaron y catalizaron el desarrollo de los acontecimientos.
El 4 de agosto de 1789, el clero y la nobleza renunciaron a sus privilegios ante
la Asamblea Nacional Constituyente. La Asamblea decretó la abolición del régimen
feudal y señorial, suspendió el diezmo y eliminó la exención tributaria de los
estamentos privilegiados, introduciendo así cambios de gran envergadura en la
convulsionada sociedad francesa. Poco después se produce otro acontecimiento de
grandes proporciones históricas, cuando la Asamblea se dispuso a redactar la
nueva constitución, cuyo preámbulo fue la Declaración de los Derechos del hombre
y del ciudadano, donde se plantearon los principales ideales revolucionarios,
que luego se sintetizarían en tres palabras: "Liberté, Egalité, Fraternité". La
Constitución ilegalizó los títulos hereditarios y modificó los fundamentos de la
legislación francesa. Se impusieron importantes restricciones al poder de la
Iglesia Católica, que incluían la confiscación de los bienes eclesiásticos. El
grueso de las medidas apuntaba claramente contra los privilegios de las clases
decadentes, representadas por el clero y la nobleza. Pero al mismo tiempo la
burguesía, en esa misma constitución, dejó en claro los límites de la revolución
y la calidad de los hombres a quienes amparaban preferiblemente los "derechos
humanos": el electorado, según la carta magna, quedaba reducido a las clases
medias y altas, ya que establecía el requisito de la tenencia de propiedades
para acceder al voto. Esto motivó gran descontento en las clases populares, que
no tardaron en radicalizarse. Las contradicciones en el campo de los
revolucionarios comenzaron a multiplicarse. Fue a partir de allí que se
generalizaron en Francia los clubes radicales de los jacobinos y los cordeliers.
De ahí en adelante, las mencionadas contradicciones dominaron el escenario de la
Revolución Francesa, con la pugna entre distintas facciones radicales y
moderadas: los sans-cullottes, los feuillants, el grupo del Llano, los
girondinos, los montagnards, iniciaron un período de cruentas y sangrientas
luchas, donde el pueblo desposeído siempre tuvo una participación determinante y
entregó la mayor cuota en sangre y sacrificios. Este período fue acompañado de
un escenario de convulsión internacional que tenía a Francia y a su revolución
como punto de referencia, debido sobre todo a la oposición que hacía la
aristocracia europea a la legislación revolucionaria y a sus efectos e
influencias en el resto del continente y en las colonias americanas, donde no
faltaba la convulsión política y social. Hay que destacar, por otra parte, que
las tendencias radicales, como los jacobinos, siempre contaron con el apoyo
mayoritario de las clases populares de Francia, que atizaban el radicalismo,
desde su miseria, su hambre y su discriminación por parte de todas las clases
dominantes, incluida la misma burguesía. Inclusive, el pueblo de París llegó a
favorecer en algún momento al ala más radical de los jacobinos, liderada por
Pierre Gaspard Chaumette, en detrimento del sector centrista encabezado por
Robespierre. A la larga, las rebeliones populares fueron sofocadas por los
conservadores que llegaron a dominar la Convención Nacional y hubo feroz
represión contra los jacobinos y los sans-culottes. Poco a poco la burguesía y
su revolución iban marcando distancia de las clases desposeídas. La nueva clase
dominante empezaba a demarcar claramente los territorios del poder. Y aunque la
mayoría de los líderes jacobinos fueron desapareciendo, siguieron siendo los
preferidos de los desheredados en esta etapa histórica.
La Revolución Francesa introdujo significativas transformaciones en la vida
política, económica y social. Abolió la monarquía absoluta en Francia y acabó
con los privilegios de la aristocracia y del clero. Eliminó los fundamentos del
feudalismo: la servidumbre, el derecho feudal y los diezmos. Redistribuyó la
propiedad de la tierra e introdujo la distribución equitativa del pago de
impuestos. Pronto Francia pasaría a ser el país europeo con mayor proporción de
propietarios independientes: era el triunfo de la propiedad individual, del
incipiente capitalismo, de la floreciente burguesía, de las ideas de la
Ilustración.
SOBRE LOS ESCRITORES Y LA COMUNA
Tal como hemos dicho, la burguesía no tardó en apartar de su lado a los
trabajadores y campesinos que constituyeron el verdadero combustible social de
la Revolución Francesa. Igualmente acabamos de señalar que en la Europa pos
feudal floreció el pensamiento burgués, las ideas concebidas por el movimiento
de la Ilustración. Esas ideas sirvieron de marco al desarrollo conceptual del
mundo intelectual pos revolucionario. Nace, a partir de los hechos de fines de
la centuria dieciochesca, el intelectual moderno, cuya constitución ideológica
fundamental permanece hasta nuestros días. Es por eso tan iluminador estudiar un
hecho que acaeció casi un siglo después del triunfo burgués, y que asume
destacada relevancia, y en el cual tuvieron singular presencia los intelectuales
y escritores de entonces. Nos referimos a la Comuna de París. La Comuna fue una
experiencia de gobierno popular directo, implantado por el pueblo de París
durante la Guerra Franco-prusiana. El 1 de septiembre de 1870, Napoléon III se
rindió a los prusianos en la batalla de Sedan. Los republicanos de París se
insurreccionaron y proclamaron la III República dos días después. París capituló
ante Prusia tras cuatro meses de asedio. La Asamblea Nacional debía decidir si
se firmaba la paz con los prusianos según las condiciones del armisticio. La
mayoría asambleísta era monárquica y partidaria de la restauración de la
monarquía y se mostró de acuerdo con los términos de paz planteados por el
canciller de Prusia, Otto von Bismarck. Pero los republicanos y socialistas,
opuestos a esos términos, votaron por la continuación de la guerra. En este
contexto, los parisinos se levantaron contra el gobierno el 17 y el 18 de marzo.
Los insurrectos establecieron un gobierno denominado Comité Central de la
Guardia Nacional y eligieron un concejo municipal el 26 de marzo. Este concejo
fue conocido como la Comuna de París y sus miembros como los communards. Los
comuneros eran seguidores de Louis Auguste Blanqui y de Pierre Joseph Proudhon y
contaban con el apoyo de la Asociación Internacional de Trabajadores, cuyo
secretario era, a la sazón, Carlos Marx. La Comuna se orientó a lograr medidas
para favorecer a los trabajadores desposeídos. El grueso del pensamiento y la
fuerza de la burguesía se opuso al experimento. Durante la llamada Semana
Sangrienta, entre el 21 y el 28 de mayo, las fuerzas gubernamentales dieron
muerte a más de 30.000 trabajadores, detuvieron a cerca de 37.000 y condenaron a
más de 13.000, antes de reducir y liquidar a la Comuna de París. Como afirma
Paul Lidsky en su excelente libro Los escritores contra la Comuna, estas cifras
hablan del pánico que vivió la "gente decente" ante el poder de aquellos
"bárbaros" desposeídos ¿Cuál fue la actitud de los intelectuales ante la Comuna?
Es muy aleccionador detenernos en este punto, puesto que aquí encontraremos una
sorprendente coincidencia entre los argumentos de entonces y muchos de los que
analizaremos después en la actual situación venezolana. Claro, tal como el gato
único y eterno de Schopenhauer, los intelectuales burgueses del siglo XX son
básicamente los mismos del siglo XVIII, como iremos demostrando. Estas actitudes
siempre se harán patentes en momentos de convulsión y de transformaciones. Lo
que normalmente se encuentra oculto, sumergido en la cotidianidad, brilla
inocultable cuando la rutina social se rompe. Las máscaras se caen y cada quien
comienza a ser lo que realmente es. Entre los escritores franceses de entonces,
los únicos que asumen una posición de simpatía hacia la Comuna o que al menos
condenan la represión en su contra, son Vallès, Rimbaud, Verlaine, Villiers de
L'isle-Adam y Victor Hugo. Todos los demás se le oponen, la mayoría de manera
virulenta. Muchos de estos escritores habían tenido participación en la
revolución de 1848, para luego caer en una larga época de desilusión y acomodo
al régimen burgués. Cualquier parecido con numerosos intelectuales venezolanos
contemporáneos no es mera coincidencia. En su confrontación con las masas, los
intelectuales franceses no podían sino manifestar su supremacismo y su desprecio
por los desposeídos, la "masa inculta". Alguna vez Leconte de Lisle fue casi
lapidado por la multitud, durante los levantamientos populares de 1848, y
después de huir por una ventana, espetó: "¡Qué ralea sucia y asquerosa es la
humanidad! ¡Qué estúpido es el pueblo! Es una eterna raza de esclavos (N.A.: ¿remember
Savater?) que no puede vivir sin albarda y sin yugo. No será, pues, por él por
quien sigamos combatiendo, sino por nuestro sagrado ideal. ¡Que reviente de
hambre y de frío, ese pueblo fácil de engañar que pronto comenzará a sacrificar
a sus verdaderos amigos!" (9). Y un año después, en una carta a Louis Menard:
"¿Es parecida a la suya la lengua que hablan? ¿Cómo puede vivir, él que era el
hombre de las emociones delicadas, de los sentimientos refinados y de las
concepciones líricas, en medio de esas naturalezas rudas, de esos espíritus
escamonados a hachazos, cerrados a toda claridad de un mundo superior?" (10).
Aquí se impone detenernos para analizar las últimas palabras citadas. Vemos en
ella algunos aspectos que habremos de analizar más adelante, cuando nos
concentremos en la situación venezolana actual. Uno es el del lenguaje. de Lisle
es harto sincero, cuando se plantea que los intelectuales y las clases
desposeídas manejan lenguajes diferentes. Sobre esto volveremos, pues esta
diferenciación por el lenguaje es una de las marcas clasistas más evidentes en
la Venezuela contemporánea. Luego está la consideración de la calidad de las
emociones, de los sentimientos, de las concepciones. El intelectual burgués, de
entonces y de ahora, se considera humanamente superior a los desposeídos.
Piensa, de verdad, que sus emociones son más delicadas, sus sentimientos más
refinados y sus concepciones más líricas que las del pueblo trabajador. Y esta
ficción es una mercancía muy fácil de vender mientras las revoluciones
antiburguesas no amenazan. Una vez que éstas lo hacen, no hay mayor dificultad
para conocer la verdadera catadura de estos personajes. Sus emociones se
muestran como un hervidero de odio y desprecio, sus sentimientos destilan
mezquindad, pequeñez y sus concepciones pasan a enseñar todo el contenido del
individualismo que les es propio: ironizan en torno a lo colectivo, defienden lo
establecido, el pasado, se convierten en intelectuales formales, esquemáticos,
que se repiten unos a otros como loros en su decisión de defender el orden y la
ideología decadentes tratando de que encuentren nuevas formas y caminos para
sostenerse y perpetuarse. ¿Que no? Sigamos adelante, citando a los franceses,
que más adelante veremos como hablan hoy los intelectuales burgueses en nuestro
país.
También durante los acontecimientos de 1848, Tocqueville demuestra comprensión
de lo que ocurría: "Lo que la distinguió de todos los acontecimientos de este
género que se han sucedido desde hace sesenta años entre nosotros es que no
tenía como objeto cambiar la forma de gobierno, sino alterar el orden de la
sociedad. No fue, a decir verdad, una lucha política (en el sentido que hasta
entonces habíamos dado a esta palabra), sino un combate de clase" (11). Es de
destacar que muchos escritores se sintieron materialmente amenazados por los
levantamientos populares del 48. Temieron perder sus propiedades y sus
privilegios. Este fue el caso de Vigny, el de Flaubert, el de du Camp, el de los
hermanos Goncourt, el de Renan. A partir de 1848, la mayoría de los escritores
franceses reconocen con claridad la diferencia que hay entre sus intereses y los
de las clases desposeídas, lo cual los aleja de la acción política. Se acomodan
poco a poco al orden existente, comienzan a granjearse puestos burocráticos y a
cobrar pensiones del Imperio. Unos tras otros, buscan los honores, la gloria y
la consideración de las élites gobernantes. El Imperio creó, inclusive,
oportunidades para que los escritores se alinearan a él, mientras guardaban
cierta apariencia de independencia y hasta de oposición. Uno de estos medios de
absorción fue el Salón de la princesa Mathilde, sobrina de Napoleón III, en la
rue de Courcelles o en Saint-Gratien. Allí los escritores se oponían tibiamente,
con bromas e ironías de importancia secundaria, en nada comparables a la
violenta oposición que hacían a cualquier intento de subversión verdadera del
régimen. He aquí lo que asienta Edmond de Goncourt en su Journal: "¡Ah,
princesa! No sabéis el servicio que habéis prestado a las Tullerías, cuántos
odios y cólera ha desarmado vuestro salón, hasta qué punto habéis sido la
almohadilla entre el gobierno y los que manejan una pluma. Flaubert y yo, si no
nos hubieseis comprado, por decirlo así, con vuestra gracia, vuestras
atenciones, vuestras muestras de amistad, hubiésemos sido, ambos, los críticos
más sangrientos del Emperador y la Emperatriz" (12). ¿Cuántos salones, cuántas
princesas Mathilde no hemos conocido en Venezuela, en los tiempos en que campeó
a su antojo el régimen betancourista?
Es interesante transcribir la siguiente reseña de Lidsky: "cuando Gautier,
Banville, los Goncourt, Flaubert, Renan, etc., se sublevan contra el burgués, no
es contra el orden económico de la sociedad burguesa, sino contra las
costumbres, la bajeza, el utilitarismo, la trivialidad y el conformismo del
"modo de vida" burgués (...) los escritores consideran que las fuerzas sociales
que se oponen a la sociedad burguesa son todavía más peligrosas" (13). Es
imposible no establecer una comparación con la oposición que hicieron muchos de
nuestros intelectuales burgueses al régimen betancourista. La crítica formal a
los vicios de ese período, nunca consideró realmente la posibilidad de cambios
profundos. Una vez que el peligro de extinción del betancourismo se hizo real
ante la irrupción del proyecto liderado por Hugo Chávez, su defensa del régimen
betancourista se hizo particularmente más insistente e incisiva, como veremos
más adelante.
La actitud existencial del intelectual burgués es muy nítidamente expresada por
Flaubert: "Yo sostengo, y esto debe ser un dogma práctico de la vida del
artista, que hay que dividir la existencia en dos partes: vivir como burgués y
pensar como semidios: las satisfacciones del cuerpo y de la cabeza no tienen
nada en común" (14). Creerse un semidios es una postura típica del intelectual
burgués, para lo cual requieren esa separación artificial entre "el cuerpo" y
"la cabeza". Mirando a los demás desde las alturas de su "alma escogida" y de su
"cabeza superior", considera con desprecio ( a veces abierta, a veces
solapadamente) todo lo que huela a pueblo "bajo", a pueblo llano. Pero su alma y
su intelecto no resisten la necesidad de que su cuerpo disfrute los privilegios
económicos y egóticos que les confiere y les permite el modo de vida burgués.
Louis Chevalier, en su libro Classes laborieuses et classes dangereuses, cita
numerosos textos de Eugène Sue, de Jules Janin, de Auguste Barbier, de Hugo para
constatar la presencia en los mismos de todo un vocabulario discriminador: "
'Bárbaros', 'salvajes', 'nómadas', estas expresiones generalmente empleadas por
Sue y por Hugo, y que evocan unas y otras una raza primitiva, que viviera al
margen de las personas civilizadas, no designan únicamente los habitantes de los
bajos fondos y de la "gran caverna del mal", sino un porcentaje elevado de la
población parisiense" (15). Baudelaire es cruel cuando celebra el apaleamiento
que le propina un guardia a un republicano en un motín: "Pega, pega un poco más
fuerte, pega más, municipal de mi corazón...porque en ese supremo apaleamiento
te adoro y te juzgo semejante a Júpiter el gran justiciero. El hombre a quien
apaleas es un enemigo de las rosas y de los perfumes, un fanático de las
herramientas; es un enemigo de Watteau, un enemigo de Rafael, un enemigo
encarnizado del lujo y de las bellas letras, iconoclasta jurado, verdugo de
Venus y de Apolo...Apalea religiosamente los omóplatos del anarquista" (16). Por
su parte, Heinrich Heine, en su libro Lutece, consagrado a París, describe con
angustia la amenaza que percibe de parte de los desposeídos: "Con sus manos
callosas romperán sin merced todas las estatuas de mármol de la belleza tan
caras a mi corazón, destruirán mis bosques de laurel para plantar en ellos
patatas...Las rosas, esas novias ociosas de los ruiseñores, tendrán la misma
suerte; los ruiseñores, esos cantores inútiles, serán expulsados, y ¡ay!, mi
Libro de los cantos servirá al tendero para hacer cucuruchos en los que echará
el café y el rapé para las viejas del futuro. ¡Ay!, preveo todo esto, y me
acomete una tristeza indecible al pensar en la ruina con que el proletariado
vencedor amenaza mis versos, que perecerán con todo el antiguo mundo romántico"
(17). Además de que las palabras de Heine nos hacen recordar la "tristeza"
repetidamente expresada por intelectuales como Luis García Mora, Germán Carrera
Damas, Rafael Arráiz Lucca o Alberto Barrera Tiszka ante el difícil proceso de
transformaciones que vive Venezuela, debemos destacar el prejuicio exclusivista,
supremacista, que establece que sólo la intelectualidad burguesa es capaz de
producir o de generar arte o poesía, y para los trabajadores desposeídos quedan
reservados las patatas, el café y el tabaco. Por cierto ¿de dónde, del trabajo
de quién, creería Heine que provenían las patatas que él mismo comía, o el café
y el tabaco con los que probablemente matizaba su labor intelectual? Esos
prejuicios los manifiesta Renan sin cortapisas: "Es necesario un centro
aristocrático permanente, que conserve el arte, la ciencia, el gusto, contra el
beocismo democrático y provinciano" (18). Renan justifica estas afirmaciones con
uno de los prejuicios más arraigados en el pensamiento clasista que anida en los
hombres desde que la sociedad se dividió en clases: que la belleza, el amor, lo
humanamente sublime están reservados para algunos elegidos en detrimento de una
mayoría vil e inferior: "¡Convertir unos tras otros, uno por uno, los dos mil
millones de seres humanos que pueblan la tierra! ¿Puede creerse esto posible? La
inmensa mayoría de los cerebros humanos es refractaria a las verdades por poco
elevadas que éstas sean...No tenemos la culpa de que así sea. El objeto de la
naturaleza, hay que creerlo, no es que todos los hombres vean lo verdadero, sino
que lo verdadero sea visto por algunos y se conserve su tradición" (19). No hay
diferencia esencial entre estas expresiones y la matriz que trata de crear una
parte de la intelectualidad burguesa venezolana, en el sentido de que hay en
nuestro país un pequeño sector pensante y una mayoría que no piensa.
Un par de citas clarificadoras más, antes de entrar de lleno en lo que fue la
actitud de los escritores ante la Comuna. Drieu la Rochelle habla de las manos
de una muchacha hermosísima: "Cuando yo veía sus pies y sus manos, bendecía la
crueldad de su familia, que desde hacía tres siglos oprimía a los indios para
asegurar la perfección del ocio en unos dedos tan delicados y firmes" (20). De
tal manera que en este concepto, la "Belleza" y el "alma sublime" que la
percibe, son superiores a todos los hombres. Renan, por su parte, afirma: "El
gran número debe pensar y gozar por delegación...La masa trabaja, algunos
desempeñan por ella altas funciones de la vida; he aquí la humanidad...Algunos
viven por todos. Si se quiere cambiar, nadie vivirá" (21). Este pensamiento
clasista, supremacista, elitesco, sigue siendo el manejado por las élites
intelectuales, particularmente en Venezuela en la actual circunstancia
histórica. Por supuesto que el lenguaje ha cambiado, se ha adaptado para poder
seguir diciendo lo mismo pero con nuevos subterfugios y a través de nuevos
vericuetos. Eso lo vamos a demostrar más adelante. Por ahora asentaremos que
este pensamiento de los intelectuales franceses es digno heredero de la
ideología ilustrada, de la ideología burguesa, que fundamentándose en los
criterios de los derechos individuales ciudadanos, se planteó desde un principio
que el título de individuo concernía sobre todo a los propietarios, es decir a
las élites. Es desde este pensamiento que los escritores franceses de aquel
entonces se ensañan contra la Comuna de París, como veremos de inmediato.
MAS SOBRE LOS ESCRITORES Y LA COMUNA
Para un gran número de escritores franceses la Comuna no fue un movimiento
social y político engendrado en las diferencias de clase y en la explotación y
miseria de los desposeídos, sino una manifestación de barbarie y anarquía
protagonizada por la "canalla", por el "populacho", por la "chusma". Este
criterio lo manifiesta con claridad Maxime du Camp: "Más tarde, cuando se vea en
su conjunto toda esta Comuna...se reconocerá que la política no intervino en
nada. Los que la inventaron la impusieron a París y no retrocedieron ante ningún
crimen para prolongarla, se llamaban republicanos: no eran más que unos
ambiciosos enamorados de sí mismos y ebrios de poder" (22). Fíjense en la
perspectiva conservadora, tan parecida a la que campea en la Venezuela
contemporánea: los obreros revolucionarios no se levantaron contra las
imposiciones de la burguesía, sino que por el contrario le impusieron a ésta una
revolución que era un "crimen", además no por razones políticas legítimas, sino
por ambición de poder. No obstante, la lucidez también anida en el
conservadurismo. Es así como Edmond de Goncourt sí detecta el fondo del asunto:
"Lo que ocurre es sencillamente la conquista de Francia por el obrero y el
avasallamiento bajo su despotismo del noble, del burgués, del campesino. El
gobierno se escapa de las manos de los que poseen para ir a las manos de los que
no poseen, de los que tienen un interés material de conservación de la sociedad
a aquellos a quienes no interesa en absoluto el orden, la estabilidad, la
conservación" (23). Fijémonos en estas últimas frases del aserto. Se habla allí
de un sector conservador, identificado con los propietarios, que son quienes
tienen un interés material de conservar la sociedad, y por otro lado un sector
de desposeídos, que son quienes no tienen nada que conservar, pues no poseen
nada; quienes no defienden ningún "orden", pues han vivido siempre en el
obligado desorden de la miseria; quienes no se preocupan por la "estabilidad",
pues sus vidas, llenas de violencia cotidiana, penurias y carencias, es cada día
inestable. Este fue el fondo político de la Comuna, y también es parte del fondo
político del intenso proceso de lucha de clases que se desarrolla actualmente en
Venezuela y cuyo futuro inmediato no es posible prever. También Taine define el
carácter político de la Comuna: "En cuanto a la insurrección actual, es en el
fondo socialista: 'El patrono, el burgués, nos explota, y hay que suprimirlo' "
(24). Ernest Feydeau, lleno de odio, parece que hablara como hablan muchos hoy
acerca del pueblo chavista, sin embargo define el carácter clasista del
alzamiento parisino: "...A los señores obreros, por el solo hecho de que
acariciaban más la botella que el trabajo, y se lavaban muy poco las manos, por
no tener tiempo para hacerlo, se les ha metido en la cabeza que todo se les
debía y les pertenecía sobre la tierra, y que sabían acerca de ello lo bastante,
no habiendo aprendido jamás sino cada uno su propio oficio, para sustituir con
ventaja a todos los gobiernos de los pueblos civilizados (...) la experiencia,
el trabajo, la ciencia, la reflexión, la meditación no son nada, ni sirven para
nada, que basta con ser grosero, mal educado, apestar a grasa y a tabaco, y
tener todo el tiempo la injuria y la pipa en la boca, para estar considerado
como un superior" (25). Dos afirmaciones de este párrafo desnudan el cuerpo
ideológico que maneja Feydeau. Uno, los obreros son borrachos, sucios, groseros,
mal educados y además culpables de levantarse contra la explotación y exigir que
la sociedad les cancele la deuda que tiene con ellos. Dos, los trabajadores
carecen de experiencia, no quieren trabajar, y lo que es peor, no reflexionan ni
meditan (no piensan), pues la reflexión y la meditación (el pensamiento) son el
privilegio de unas cabezas bien peinadas, inteligentes, superiores, que coronan
cuerpos rozagantes, adecuadamente vestidos y acaso perfumados. Este criterio es
una de las marcas de fábrica del intelectual de la Ilustración, que está vivo y
coleando, por más que traten de disimularlo, en la intelectualidad reaccionaria
venezolana.
El caso del poeta parnasiano Catulle Mendès es patético. En un principio
reconoce la justeza de los reclamos de la Comuna y reseña que hay alegría en el
acontecimiento del cual participan no sólo obreros, sino también unos cuantos
comerciantes y pequeños burgueses parisinos aliados a los trabajadores: "No son
únicamente federados de Montmartre o de Belleville, se reconocen bajo los quepis
caras apacibles de burgueses y de comerciantes; muchas manos son blancas, no
manos de obreros. Marchan en buen orden; van tranquilos y resueltos; se adivina
que esos hombres están dispuestos a morir por una causa que creen justa" (26).
Afirma que hay en la Comuna fuerzas vivas y nuevas que acaso haya que tomar en
cuenta. Hasta abril del 71 la Comuna es para él una revolución. A partir de allí
la define como un motín: "¡Ah! Al fin abrimos los ojos...no habíais endosado
nuestras opiniones sino para engañarnos, del mismo modo que unos truhanes
revisten la librea de una casa para penetrar en la habitación del amo y robarle
su dinero. Os vemos tales como sois...no sois más que unos revoltosos cuyo
objeto principal es entregarse al saqueo a favor de la confusión de la noche"
(27).
Emile Zola azuza al poder constituido para que emplee la violencia contra los
comuneros (no otra cosa llegó a plantear Luis García Mora en uno de sus
virulentos artículos con relación a la situación venezolana): "Que mañana se dé
una satisfacción al orgullo legítimo de París, que se le devuelva la libertad y
la confianza de la nación, y ya veréis a París, al verdadero París, arrojar de
sí la sedición, para volver a ser la gran ciudad de la sensatez y del
patriotismo" (28). Más adelante veremos la variedad de voces que reclaman una
restauración en Venezuela de la democracia betancourista, claro, llamándola
eufemísticamente "verdadera democracia", "libertad", "sensatez", "patriotismo",
etc. Finalmente, el caballero Zola celebraría los 30.000 muertos de la Comuna
como necesarios: "El baño de sangre que (el pueblo de París) acaba de recibir
era quizá de una horrible necesidad para calmar algunas de sus fiebres. Ahora
vais a verlo crecer en sabiduría y esplendor" (29).
Para George Sand los communards son un "partido de exaltados", el "reino de los
más furiosos". Esta condena se hace en nombre de la paciencia, la sensatez y la
razón. Para ella, la Comuna es "el resultado de un exceso de civilización
material que ha arrojado su espuma a la superficie, un día en que la caldera no
tenía vigilante...son las saturnales de la locura" (30).
También Anatole France condena duramente a la Comuna. Para él se trata de un
"comité de asesinos", un partido de "bribonzuelos" y un "gobierno del crimen y
de la demencia". Nótese como en Sand y France aparece el concepto de la locura y
la demencia. Para el intelectual burgués los revolucionarios son locos, en la
medida en que no responden a "la razón", que en su lenguaje hay que asimilarla
al formalismo social, al pensamiento establecido, a la consideración de los
prejuicios, las deformaciones y los códigos lingüísticos de la ideología
ilustrada como leyes naturales inconmovibles, tal como los escolásticos pensaban
sobre la revelación por la fe.
Aun escritores opuestos a la Comuna, como Zola, tuvieron que reconocer la
valentía y la entrega con que los comuneros la defendieron, aun con su vida. En
esa historia de coraje jugaron un papel particular las mujeres. La Comuna es
quizá la primera insurrección popular donde las mujeres reclaman y obtienen un
espacio amplio en el liderazgo y en el combate. Por supuesto, el pensamiento
ilustrado reaccionario no escatimó calificativos para estas mujeres desposeídas
y decididas. Alejandro Dumas hijo se niega incluso a emplear la palabra mujeres
para nombrarlas: "No diremos nada de sus hembras por respeto a las mujeres a
quienes se asemejan...una vez muertas" (31). Catulle Mendès habla de "las
amazonas de la Comuna": "Un extraño entusiasmo se apoderó de las mujeres a su
vez, y he aquí que éstas caen también en el campo de batalla, víctimas de un
execrable heroísmo...Nada las impresiona, nada las desalienta (...) ¿Qué furor
es, pues, éste que arrastra tales furias? ¿Saben lo que hacen, comprenden por lo
que mueren?" (32). Es natural que para el pensamiento de estos burgueses las
luchadoras de la Comuna no fueran mujeres, sino hembras ¿No habían tildado, más
de una vez, a sus hombres de animales? Es natural, también, que Mendès se
extrañe de que estas "hembras" puedan comprender lo que hacen, pues forman parte
de la humanidad que no reflexiona, que no medita, que no piensa. Por supuesto
que el furor de los desposeídos, según esta visión, no puede ser explicado por
razones de pensamiento o convicción, sino que responde más bien a la estupidez,
la insania o alguna enfermedad demoníaca del pueblo. Las mujeres de la Comuna, a
todas luces, fueron el primer contingente femenino que se alzó junto a los
hombres para exigir sus propios derechos como ciudadanas. En ese sentido, los
movimientos feministas tienen que buscar en la Comuna sus precursoras. Para los
reaccionarios, las comuneras eran enfermas, promiscuas, poseídas, tal como lo
expresa sin tapujos Maxime du Camp: "El sexo débil hizo hablar de él (...)
Hicieron esas mujeres algo más que echar los pies por alto, lo echaron todo. Las
que se entregaron a la Comuna -y fueron numerosas- no tuvieron más que una
ambición: elevarse por encima de los hombres exagerando sus vicios. Fueron
perversas (...) Subidas en los púlpitos de las iglesias convertidas en clubes,
se descubrieron, y con su voz chillona (...) pidieron 'su lugar al sol, sus
derechos de ciudadanía, la igualdad que se les niega' y otras reivindicaciones
indecisas que ocultan el sueño secreto que ponían de buena gana en práctica: la
pluralidad de los hombres (...) Para quien ha estudiado la historia de la
posesión, no es posible equivocarse: casi todas las desdichadas que combatían
por la Comuna eran lo que el alienismo llama 'unas enfermas' " (33). Por su
parte Gobineau opinaba: "Estoy profundamente convencido de que no existe un
ejemplo, en la historia de ninguna época ni de ningún pueblo, de la locura
furiosa, del frenesí fanático de estas mujeres" (34). Locura, fanatismo. No
habría pues razones políticas y sociales en la entrega apasionada de las mujeres
comuneras: La revolución es una enfermedad, una insania.
Maxime du Camp en su historia de la Comuna, desconoce todas las medidas
revolucionarias del gobierno de los comuneros. Y así como la ilustración
venezolana acusa a la transformación en marcha de regresar al siglo XIX, du Camp
afirma que la Comuna regresa a la Edad Media: "He aquí ahora a la Comuna que
vuelve a plena Edad Media. ¡Es definitivo! ¡La cuestión de los alquileres, en
especial, es algo espléndido! El gobierno modifica ahora el derecho natural;
interviene en los contratos entre particulares. La Comuna afirma que no se debe
lo que se debe y que un servicio no se paga con otro servicio. ¡Es algo enorme
de inepcia e injusticia!" (35) Como vemos, du Camp no está preocupado por ningún
asunto espiritual: está defendiendo intereses concretos de los propietarios y de
los comerciantes, únicos poseedores, que ahogaban a los parisinos con alquileres
desmedidos y deudas usureras. El terror del propietario amenazado lo encontramos
de nuevo en Edmond de Goncourt: "Un anuncio color de rosa invita a los
ciudadanos a apoderarse de los cuarenta mil millones que pertenecen a los
imperialistas... ¡Este anuncio revela el fondo oculto del programa de la Comuna!
¿No estoy viendo ya a sus hombres sentados con sus esposas en mi bulevar y
diciendo en voz alta mientras contemplan nuestras villas: 'Cuando se establezca
la Comuna, estaremos muy a gusto ahí adentro' " (36).
Por su parte Zola asume la defensa de la empresa privada, molesto porque la
Comuna prohibe por decreto el trabajo nocturno de los tahoneros. Según él, esto
no era de la incumbencia de la Comuna: la explotación de los desposeídos sería
un asunto exclusivamente privado y no público: "Uno de sus miembros, una cabeza
sana extraviada en Charenton, ha declarado en vano que lo mejor era que los
obreros y los patronos se entendieran entre sí" (37). Igualmente se burla de un
decreto que concede igualdad de derechos a los hijos naturales: "Esto es del
cómico más absurdo, y se creería que esos señores han sembrado los bastardos en
su juventud, para que así confíen a la patria el cuidado de dar una madre a su
numerosa progenitura" (38).
La llamada Semana Sangrienta, cuando la Comuna es aplastada en un baño de
sangre, nos aporta también notable material. Edmond de Goncourt celebra la
melodía del genocidio: "El toque de guerra resuena en todo París, y pronto, por
encima del tambor, por encima del clarín, por encima de los clamores, por encima
de los gritos: ¡A las armas! (...) ruido siniestro que me llena de júbilo y que
es para París el de la agonía de la tiranía odiosa" (39).
Conmueve la imagen que presenta Mendès de los comuneros preparándose para
resistir: "Todos esos hombres tienen unos rostros ardientes, decididos, bravíos.
Hablan poco, no gritan" (40). El sereno heroísmo de los desposeídos contrasta
aquí con la histeria criminal del refinado Goncourt. Sin embargo, Mendés muestra
de nuevo su verdadera catadura cuando circulan falsos rumores de que los
comuneros han incendiado el Louvre y Notre-Dame: "Eróstratos de arrabal.
Sardanápalos ebrios de vitriolo" (41). Y Taine: "¡Miserables. Son lobos
furiosos!" (42). Leconte de Lisle se siente aliviado por la represión: "En fin,
terminó todo. Espero que la represión será tal que nada volverá a moverse, y, en
cuanto a mí, desearía que fuera radical" (43). El periodista Francisque Sarcey
no es menos fervoroso: "Aunque hubiera que ahogar esta insurrección en la
sangre, aunque hubiera que sepultarla bajo las ruinas de la ciudad incendiada,
no hay compromiso posible. Si el cadalso llega a suprimirse sólo habrá que
conservarlo para los que levantan barricadas" (44). Y Anatole France: "Al fin,
el gobierno del crimen y de la demencia se pudre a la hora actual en los campos
de ejecución" (45). Inclusive hay algunos, como Flaubert, que se quejan de
alguna debilidad de la represión: "A mi parecer, hubieran debido condenar a
galeras a toda la Comuna y obligar a esos imbéciles sangrientos a desescombrar
las ruinas de París, con la cadena al cuello, como simples forzados. Pero eso
hubiera herido a la humanidad. Somos compasivos con los perros rabiosos, y no lo
somos con aquellos a quienes han mordido" (46).
Estos intelectuales, que reclamaban para sí el privilegio de la sensibilidad, de
la belleza, de la poesía y del pensamiento, se transformaron fácilmente en
perros de presa de la burguesía dominante, en incitadores de atroces crímenes de
guerra. Debemos agradecerles, sin embargo, la oportunidad que nos dan para
desmontar toda la mitología erigida por el pensamiento ilustrado en torno a sus
representantes, que pululan en las academias, en las columnas de opinión, en los
estantes de las librerías, en los cocteles literarios.
Es asombroso constatar como la reacción de estos intelectuales después de la
semana sangrienta, se parece tanto a la que asumieron sus congéneres venezolanos
después de los sucesos del 27 de febrero de 1989. Los golpes de pecho, las
tibias críticas, las recomendaciones conducentes, por cierto, a apuntalar al
régimen triunfante sobre la sangre de miles de desposeídos. Dumas hijo declara
que la prueba por la que Francia atravesaba resultaría en mayor bien y habla de
la necesidad de austeridad y sacrificios a fin de rehacer la unidad del país,
liberándose de la demagogia y de los intereses particulares y egoístas. Añade
Dumas: "Ahora la cuestión se plantea de manera distinta y precisa. Hay de una
parte: los que poseen, los que trabajan, los que saben. Hay de la otra parte:
los que no poseen, los que no trabajan, los que no saben. Es preciso que los que
poseen acudan en ayuda, por todos los medios, de los que no poseen. Es preciso
que los que saben informen, instruyan, eduquen a los que no saben" (47). ¡Dios,
como se parece esto al discurso de la pléyade de opinadores profesionales que
pasaron uno tras otro por los programas de televisión los días subsiguientes al
Caracazo!
Otra reacción interesante después de la Comuna fue la de algunos intelectuales
que se envalentonaron con la victoria oficial y exigieron prever males futuros a
través de conculcar ciertos derechos. He aquí la voz de Flaubert: "El primer
remedio sería acabar con el sufragio universal, vergüenza del espíritu humano.
Tal como está constituido, un solo elemento prevalece en detrimento de todos los
demás: el número domina al espíritu, a la instrucción, a la raza y hasta al
dinero que vale más que el número (...) Yo valgo muy bien veinte electores de
Croisset" (48). También leamos a Goncourt: "¡Qué imprevisión! ¡Qué imbecilidad!
La sociedad se muere a causa del sufragio universal (...) Por él gobierna la
ignorancia de la vil multitud" (49). En la situación venezolana actual, a muchos
ilustrados les gustaría endosar estas opiniones de Flaubert y Goncourt. Recuerdo
otra vez a García Mora, y lo citaré en su momento: en una de sus columnas
dominicales lamentaba la supremacía del voto mayoritario sobre los votos del
"sector pensante". Toda la palabrería democrática de estos personajes se viene
al suelo cuando la democracia es ejercida por los desposeídos. No importa que la
inmensa mayoría haya votado, en los tiempos recientes, por las propuestas de
Hugo Chávez. Siempre considerarán esas decisiones como ilegítimas, porque la
minoría "pensante" no es la que está decidiendo el futuro. Pero hay que
reconocer que el pensamiento ilustrado burgués ha aprendido, ha sabido irse
adaptando y sobre todo ha logrado expresar los mismos criterios supremacistas,
individualistas y exclusivistas de una manera más sagaz, disfrazando al monstruo
con trajes de seda. Cuando abordemos la situación venezolana actual, haremos la
disección del discurso de unos cuantos intelectuales del patio. Será un placer
desnudarlos y dejarlos expuestos a la consideración de los lectores en toda su
dimensión de pensadores dieciochescos y verdaderos enemigos de todo lo que huela
a cambio real de protagonistas y perspectivas.
SOBRE LAS VANGUARDIAS
El pensamiento burgués nació, por supuesto, en medio de grandes contradicciones,
como todo lo que nace. En la dirigencia de la Revolución Francesa, tal como
afirmamos más arriba, hubo multitud de fracciones y este carácter contradictorio
no amainó en los años posteriores. Por otra parte, podemos decir que la
tendencia positivista fue dominante en los albores de la ideología burguesa. La
adoración de la razón humana como única fuente confiable del conocimiento y la
felicidad se convirtió en norma corriente. Sin embargo, pronto el modelo
racionalista comenzó a convertirse en una especie de camisa de fuerza para
algunos representantes de la filosofía, la literatura y el arte. En mi opinión,
el surgimiento en tales circunstancias del pensamiento romántico puede ser
explicado, entre otras razones, por una lucha en torno al poder ideológico entre
tendencias con el mismo origen. Sin embargo esta lucha se centró sobre todo en
el terreno del conocimiento y su caracterización. Recordemos que los científicos
y racionalistas pasaron a ser los sustitutos de los sacerdotes en esta especie
de nueva religión que conformaba el positivismo, aun imperante en muchos
sentidos. Recordemos, también, que la burguesía no tuvo descanso una vez que se
convirtió en clase dominante. Las revueltas obreras y populares se multiplicaban
por doquier. Una parte de la intelectualidad europea, que había participado del
entusiasmo ilustrador, comenzó a sentir los latigazos de la decepción, sobre
todo aquellos sectores vinculados al pensamiento poético: la revolución que
había venido para salvar el mundo, la panacea que llevaría a la humanidad a una
utopía de igualdad, justicia y progreso, enseñaba desde el principio la cola de
su terrible iniquidad estructural. De hecho, Sturm und Drang, el movimiento
literario alemán considerado como precursor del romanticismo, es contemporáneo
con la Comuna de París. Pero hay que señalar como hecho importante el que Sturm
und Drang tiene un claro antecedente en una reconocida voz de la Ilustración,
como lo fue Jean-Jacques Rousseau. Sturm und Drang comenzó a enseñar la
preocupación por la emoción subjetiva y la espontaneidad del acto creativo que
serían luego dos de los rasgos distintivos del romanticismo.
La corriente romántica se difunde por Europa a finales del siglo XVIII y a
comienzos del XIX. Su oposición a algunas ideas iniciales de la Ilustración no
puede ser confundida con una insurgencia contra la ideología burguesa, sino como
una nueva manifestación de ésta. El romanticismo permanece fiel al rasgo
principal de esa ideología: el individualismo. No otro fundamento tiene su
predilección por la más intensa experiencia personal. El romántico propone una
especie de huida temporal, hacia adelante, y plantea la utopía de la búsqueda de
un porvenir divino que espera en el devenir de la humanidad. En ningún modo
concibe alguna forma de rebelión fáctica contra la profunda explotación del
naciente capitalismo que esquilmaba a las mayorías desposeídas. En tal sentido,
el debate romántico frente al positivismo debe ser entendido como manifestación
de contradicciones entre facciones del pensamiento burgués. Sin embargo, también
hay que considerar que el romanticismo abre las puertas al surgimiento de
diversas vanguardias filosóficas, literarias y culturales del siglo XX que han
contribuido a generar respaldo a múltiples movimientos libertarios que han
venido haciendo aportes a la conformación de un pensamiento colectivista
moderno. En cierto modo, el romanticismo, al igual que el marxismo, que
significó un cuestionamiento aun más radical y pragmático a la ideología
burguesa, fue uno de los gérmenes de la transformación cultural y colectivista
futura. No se trató de un movimiento colectivista, como sí lo fue básicamente el
marxismo, pero su defensa de lo irracional, lo vital, lo emotivo ante el
cientificismo positivista, que se convirtió en la tendencia predilecta del
capital, mantuvo despierta una llama de rebeldía humana ante la crueldad
inhumana de los poderes explotadores. El planteamiento del problema del
conocimiento por parte de los románticos es lo que confiere a esta tendencia su
carácter histórico más notable. El romanticismo afirmó que la intuición y la
imaginación eran vías tanto o más válidas que la razón para conocer la realidad
y acercarse a ella. La importancia de esta acción ideológica es fundamental. Al
asignar a la razón y al conocimiento científico la exclusividad sobre la captura
de la realidad, el positivismo creaba una barrera elitesca para favorecer todo
conocimiento académicamente adquirido, sólo accesible a la clase dominante. Pero
por otra parte, desconocía algunas de las armas más poderosas de la sabiduría
popular, como por ejemplo la intuición y la imaginación. De manera que los
románticos pusieron sobre el tapete una discusión de importancia cardinal, y por
eso mismo su influencia positiva se extiende hasta nuestros días, ya que si el
positivismo hubiese reinado sin obstáculos (cosa que por lo demás hubiese
resultado de todas formas imposible) probablemente avanzaríamos sin remedio a un
mundo de soluciones mecánicas, deshumanizadas, sometidas al arbitrio sin remedio
del individualismo más feroz, donde la sociedad, manejada por mentes
"brillantes" y aisladas, marcharía como un mecanismo de reloj, tan previsible y
tan inorgánico. También fueron los románticos precursores de una apertura del
universo intelectual europeo hacia culturas milenarias consideradas marginales y
al mismo tiempo sintetizadoras de una sabiduría ancestral, acumulada a lo largo
de una experiencia colectiva de larga data o enraizadas en una relación directa
del hombre con su medio originario. De ese modo, los románticos contribuyeron a
extender los horizontes del pensamiento occidental, dotándolo de nuevas y
valiosas herramientas.
En los albores del siglo XX, comienza la eclosión de distintas vanguardias que
son ramales por donde toma senda la ideología individualista. De alguna manera
son la prolongación de las inconformidades que expresaron numerosos pensadores
ilustrados del siglo XIX, quienes sin plantear una real ruptura con el
pensamiento burgués, trataron de desarrollarlo para intentar, en la mayoría de
los casos, la realización de la libertad individual como un acto separado del
devenir colectivo. De hecho, la mayoría de las vanguardias, por más que algunas
tuvieron escarceos con el socialismo marxista, muestran en su origen una visión
pesimista del entorno asumida como razón ontológica y casi todas apuntan hacia
una consideración de cualquier expectativa de salvación futura sólo con relación
a la realización individual. Justo es decir que una característica de las
vanguardias intelectuales del siglo XX es la insubordinación formal contra los
valores de la sociedad burguesa, pero esas diferencias pocas veces se referían a
los principios económicos o sociales del capitalismo. Se trata, más bien, de una
evocación de la mencionada máxima de Flaubert, de vivir como un burgués pero
pensar como un semidios. A principios del siglo XX insurge con buena fuerza el
existencialismo, en la figura de Martin Heidegger, aunque él mismo llegó a negar
su relación con esa corriente filosófica. Sin embargo sus planteamientos están,
sin duda, en la línea de influencia que recogerán otros pensadores como Jean
Paul Sartre. Es clara la contraposición que establece Heidegger entre el ser
individual y el ser colectivo, privilegiando al individuo, dándole la
prominencia en el sentido del ejercicio de la libertad, planteamiento típico del
pensamiento ilustrado. La confrontación con la muerte y el "sin sentido" de la
vida, es lo que puede conducir al individuo al sentido del ser y la libertad.
Para Sartre esta consideración del "sin sentido" se expresa en el axioma "la
vida es una pasión inútil". Este asunto del sentido de la vida es asaz
interesante. Es natural que la concepción individualista termine por desconocer
un sentido para la vida. Esto se debe a la distorsión, a modo de espejo, del
énfasis puesto en lo individual sobre lo colectivo, lo que genera una imagen
invertida de la existencia. La sola observación natural de las especies
orgánicas bastaría para concluir que en toda existencia social, el ser colectivo
representa un interés superior al que es representado por el ser individual.
Precisamente, no tiene ningún sentido pensar lo contrario.
Otros movimientos de la primera mitad del siglo XX como el dadaísmo y el
surrealismo, apuntan, en líneas generales, en la misma dirección de dar puesto
capital al individuo sobre la colectividad, de modo que prolongan la esencia del
pensamiento burgués, a pesar de mostrar una rebeldía, que sigue el camino de la
rebelión romántica contra el positivismo y que ha servido de caldo de cultivo a
movimientos más o menos transformadores que se acercan más al ideal del
colectivismo. En la segunda mitad del siglo XX recibieron algo de esa influencia
contestataria burguesa el movimiento hippie, el movimiento beatnik, las luchas
antiraciales, el feminismo, los combates ecologistas y de otra índole civil. De
modo que en cierto sentido, y a despecho de que en lo fundamental siguen
representando la ideología burguesa, las vanguardias del siglo XX jugaron
también un papel de avanzada.
La ideología individualista burguesa busca hoy, como hemos dicho antes, nuevas
maneras de perpetuarse y de resistir ante el evidente embate del colectivismo, y
sobre este tema volveremos. Por ahora asentemos que todo el pensamiento
postmodernista y también las ideas sobre el fin de la historia y de las
ideologías, entre otras, no son sino manifestaciones de esa intención de
posponer el paulatino sucumbir del individualismo como concepción de la vida
humana.
SOBRE LA ILUSTRCACION Y LA INDEPENDENCIA AMERICANA
Es hora de hacer un breve y ligero sobrevuelo al escenario de la independencia
latinoamericana y la presencia en él de la ideología burguesa proveniente de la
Ilustración. Durante el período colonial, América, incluyendo por supuesto a
Venezuela, había seguido las pautas políticas y económicas dictadas por la
metrópolis española. Sin embargo, bajo las peculiares condiciones de los
territorios coloniales se desarrolló una conformación local particular, que
generó sus propios caminos nacionales y sus propias clases y estamentos
sociales. Es en estas particularidades donde se cuece el caldo de cultivo de las
ideas independentistas. Junto a la evolución de tales especificidades, se
produce la influencia del pensamiento progresista europeo, aunque debemos
reconocer que las ideas de la Ilustración llegan a lo que hoy es la América
Latina con bastante retraso, de la mano de patriotas hispanoamericanos que
vivieron en el viejo continente. De hecho, durante los años de la guerra de
independencia suramericana, las ideas revolucionarias europeas se hicieron
sentir sobre todo en el campo del pensamiento político. Según el arzobispo
realista Narciso Coll y Prat, la independencia promovía la creación de una
"imaginaria grande Nación venezolana", gracias a la "nefasta influencia" de los
libros franceses "sembrados por todas las casas y tiendas públicas, y leídos
hasta del sexo devoto". Pero entre los años que van de 1810 a 1830 se nota en
Venezuela una gran ausencia de pensamiento teórico propiamente dicho, salvo
aquél que se vincula directamente a la guerra libertadora. Con la excepción del
trabajo de Andrés Bello y una que otra obra menor, no se cuenta en ese período
con textos propiamente filosóficos o literarios. Lo que sí hay, según la precisa
observación de la investigadora Alicia Ríos, es un amplio corpus constituido por
proclamas, discursos, arengas, cartas, diarios, historias, decretos, proyectos,
leyes y constituciones que estuvo determinado más por la necesidad de acción que
de reflexión orgánica. Según Ramón J. Velásquez "En la guerra interminable,
Venezuela se ha acostumbrado a asociar el nombre de los nuevos generales con el
gobierno de la república que se está formando, y nace una clase militar y
política que será directora del nuevo país. Sustituyen a los juristas y letrados
de 1811, dispersos y aniquilados en los primeros años de la guerra larga (...)
Al asumir Simón Bolívar en 1813 la jefatura de la revolución, cambia su signo y
la convierte en una causa popular (...) Busca entenderse con esos nuevos jefes
campesinos que explican su presencia en la guerra en forma muy distinta a la que
utilizan los letrados de la capital" (50).
Como hemos dicho, la ideología de la época tuvo sobre todo influencia francesa,
originada en los enciclopedistas e ideólogos de la Ilustración. Desde ese punto
de vista adquiere valor especial la edición del Contrato Social de Rousseau
realizada en 1810 en Argentina, por obra de Mariano Moreno. Sin embargo esta
influencia, como hemos mencionado, se hará sentir fundamentalmente en el terreno
político, proporcionando tesis y directivas para la actividad revolucionaria. La
irrupción del pensamiento ilustrado se da con mayor fuerza en América alrededor
de un siglo después de la Revolución Francesa, y se asume en un principio con la
modalidad positivista como dominante. En la segunda mitad del siglo XIX se da en
América una notable renovación en el campo de las ciencias y se fundan una serie
de instituciones positivistas: en México, la Sociedad de Historia Natural
(1868), la Comisión Geográfico-Exploradora (1877) y la Comisión Geológica
(1886); en Argentina, el Observatorio Astronómico (1882), el Museo de Ciencias
Naturales (1884), la Sociedad Científica Argentina (1872), el Observatorio de
Córdoba (1870) y la Academia de las Ciencias de Córdoba (1874); En Brasil, la
Escuela de Minas de Ouro Preto, el Servicio Geológico de Sao Paulo y el
Observatorio Nacional de Río de Janeiro. Mención especial merece en este sentido
la Escuela de Recife, una corriente renovadora del pensamiento brasileño surgida
por esa misma época. Según Silvio Romero, se trataba de "un grupo de ideas
nuevas". El movimiento de Recife era claro representante del positivismo, el
evolucionismo y el materialismo cientificista. Llama la atención el hecho de que
años después le saliera a Brasil su propio "anti-positivismo", expresado sobre
todo por la obra de Tobías Barreto, quien propició el retorno a la metafísica y
evitó el monopolio del positivismo en el gran país del sur. La Escuela de Recife
es considerada por algunos estudiosos como la primera manifestación orgánica y
evidente del proceso de aburguesamiento social y económico proyectado en la
esfera cultural y como la primera expresión coherente, en el campo filosófico,
de una ideología burguesa en el Brasil. Según Agustín Martínez, el criticismo
cientificista de la Escuela de Recife coincidió y fue compatible con el "ascenso
de la burguesía y el predominio del espíritu urbano sobre la mentalidad
vinculada al gran dominio rural". Es decir, se reproduce en América, con sus
peculiaridades, la lucha entre el campo y la ciudad, entre lo rural y lo urbano,
entre el feudo y el burgo, entre el latifundio (versión del feudo) y el
capitalismo. América Latina accede, en el último tercio del siglo XIX, al
proceso de modernización socioeconómica y a su correlato de modernización
cultural. En cuanto a Venezuela, no escapa a este proceso, aunque se desarrolló
con cierto retardo con relación a países como Argentina, México, Chile, Uruguay
y Brasil. Sin embargo, ya en 1867 se funda la Sociedad de Ciencias Físicas y
Naturales de Caracas, por iniciativa de un alemán que hizo vida en nuestro país,
Adolfo Ernst. Este retraso de las ideas ilustradas para imponerse en el
continente americano, al sur del Río Bravo, tiene claras explicaciones de índole
económico y social. Aun a principios del siglo XIX la América Latina es parte de
un régimen semifeudal, basado en el latifundio, donde trabajan esclavos de
derecho o de hecho. La transformación política que sigue a la emancipación no
postula ningún cambio profundo en la estructura social de los nuevos estados. La
guerra de independencia es más una revolución política que socioeconómica. La
administración de Páez en Venezuela, por ejemplo, fue catalogada de oligárquica.
En la constitución de 1830 la categoría de ciudadano se limitaba según la
capacidad económica y se consideraba conveniente mantener la esclavitud y la
pena de muerte por delitos políticos. Recordemos incluso que cuando en Europa se
dictaban las primeras legislaciones protectoras de la clase obrera industrial,
en la segunda mitad del siglo XIX, en Venezuela apenas se decretaba la abolición
de la esclavitud. Mientras en Europa se eliminaban por obra de las reformas
agrarias los restos del sistema feudal, en Venezuela se mantenían situaciones
parecidas en la forma de los manumitidos semi-libres y de los jornaleros o
peones, siendo el campo el sector principal de la producción mercantil. Por otra
parte, pervivieron grandes conflictos sociales en los años inmediatos después de
la independencia. Entre 1830 y 1858, durante las presidencias de Páez, Soublette,
José Tadeo y José Gregorio Monagas, se multiplicaron los asaltos a haciendas y
hatos, la fuga de esclavos, las cimarroneras y las guerrillas. Precisamente,
esta constante lucha de clases, sobre todo en el campo, será el caldo de cultivo
de la Guerra Federal, así como el propósito de liquidar aquellos factores de la
sociedad colonial que aun subsistían. La Guerra Federal, sin embargo, confirmó
básicamente el estado de cosas anterior, en el ámbito socioeconómico. En la
constitución de 1858 se establece la independencia de las provincias,
instaurándose un sistema federal, es abolida la pena de muerte y se alcanzan
algunos importantes avances en el campo de las libertades políticas: libertad de
tránsito, de prensa y de pensamiento, inviolabilidad del hogar, derecho de
residencia a voluntad del ciudadano, inviolabilidad de la propiedad, libertad de
cultos, libertad de expresión. Desaparecido en combate el General del Pueblo
Soberano, Ezequiel Zamora, el triunfo de la revolución federalista es cobrado
por Juan Crisóstomo Falcón y Antonio Guzmán Blanco y siendo éste último
presidente de la Asamblea Nacional Constituyente, se promulga la Constitución de
1864, con lo cual se sigue avanzando en el lento proceso de modernización
política de Venezuela.
Cuando se introduce con fuerza el positivismo en América, entre 1870 y 1900, se
instalan también las primeras formas de economía capitalista. Se considera
entonces que el progreso económico impulsará automáticamente cualquier otro
progreso, y surgen los primeros gobiernos fuertes identificados con el naciente
capitalismo y con el positivismo, como los de Porfirio Díaz en México y Guzmán
Blanco en Venezuela. Este último, desde su primer gobierno, se orienta a
favorecer a la nueva burguesía comercial y a dirigir la economía en el camino de
apuntalar a incipiente capitalismo nacional.
SOBRE EL AUGE DEL CAPITALISMO EN AMERICA
En los albores del siglo XX se fortalece el capitalismo en Latinoamérica. Surge,
en el terreno intelectual, el auge de la corriente modernista. El modernismo
coincide con un rápido y pujante desarrollo de ciertas ciudades del
subcontinente, que se tornan cosmopolitas y generan un comercio intenso con
Europa, llegándose a comparar con las urbes norteamericanas, y producen un
movimiento de ideas favorable a la modernización de las viejas estructuras
heredadas de la colonia y las guerras intestinas. En ese momento se había dado
inicio a la fiebre capitalista en la América Latina. La sociedad se torna
profundamente materialista, en el sentido del afán de lucro como móvil social
casi único. Ocurre entonces algo muy parecido, desde el punto de vista del
mecanismo sensible e intelectual, a lo que fue la reacción de los románticos
ante el positivismo y el racionalismo en Europa. Los escritores de estos lares
parecen volver la espalda a ese mundo lleno de valores puramente materiales. Tal
como lo hicieron los románticos, los modernistas se oponen al positivismo
cientificista que había llegado a reinar en América. Por ello tienden a ubicarse
en los linderos del antirracionalismo, glorificando el sentimiento y el
instinto. Pero, emulando una vez más a los románticos, esta diferencia
intelectual no es precisamente una renuncia a los valores de la ideología
burguesa que ya se había impuesto claramente en nuestros países, de mano del aun
tímido, pero creciente capitalismo. Los modernistas se constituyeron en una
especie de aristocracia intelectual, compuesta por una minoría elitesca y
selecta, identificada con los valores del individualismo. Piensan en su patria y
en el alma de su patria, pero se comportan como estetas puros, aspirando a la
belleza formal y al dominio de lo simbólico. Dejan como legado, en la
literatura, una obra que fue considerada renovadora en su momento y con una
influencia inusual en las letras españolas, que se alimentan del verbo y el
planteamiento de Darío y otros escritores modernistas del nuevo mundo. Sin
embargo, y sin entrar a enjuiciar aquí la herencia literaria que hayan podido
dejar a la posteridad, los modernistas no pasaron nunca de ser una típica élite,
una ínfima minoría que igualmente contó con privilegios, dádivas y cargos
obtenidos en la consabida ronda del intelectual burgués por los rincones del
poder.
En los años de la primera postguerra del siglo XX, el intelectual
latinoamericano se hace presente de una manera más protagónica en la lucha
política, levantando casi siempre las banderas de la democracia, la justicia
social, la libertad de expresión y la identidad cultural nacional de sus países.
Desde distintas latitudes se movilizan estos sentimientos que acompañan a las
luchas populares por la democratización de las instituciones y la ampliación de
los espacios de participación política. Surgen entonces importantes obras
literarias que plantean problemas referidos a la identidad cultural
hispanoamericana, de lo cual son ejemplo el Facundo de Domingo Faustino
Sarmiento o el Ariel de José Enrique Rodó. Se inicia una época de oro para la
clase media ilustrada latinoamericana, que pasa a jugar un papel de liderazgo en
las luchas democráticas de los pueblos. Estas actitudes se vinculan, sin duda, a
la irrupción de las ideas socialistas y marxistas, que prenden en buena parte de
esa intelectualidad, que era testigo, además, del fracaso de modelos políticos
absolutistas, militaristas y antidemocráticos. Aquellas luchas, es necesario
decirlo, no se plantearon nunca la transformación del modelo capitalista, sobre
todo porque este modelo era aun incipiente, en comparación con el extenso
proceso de industrialización que se había producido en Europa. En Venezuela, por
ejemplo, las relaciones capitalistas de trabajo habían surgido a partir de
inversiones extranjeras, que trajeron moderna tecnología en las áreas de
ferrocarriles, telégrafos, tranvías, teléfonos, electricidad. Había también
ciertos gérmenes de capitalismo nacional, pero que se traduce en inversiones más
bien reducidas en fábricas textiles, imprentas, zapaterías que están diseminadas
en el territorio nacional y cuyo crecimiento es limitado y lento. Es por ello
que las luchas democráticas de postguerra, como las de la generación del 28,
presentan un alto contenido antiimperialista y una marcada intención de
transformación política. Por otra parte, antes de la irrupción del petróleo, la
economía venezolana seguía siendo marcadamente agrícola, con una amplia
población campesina, y donde persistían, inclusive, algunas formas de trabajo
semiesclavo, sin paga. En fin, estas posiciones de los intelectuales se ubican
sobre todo en el terreno de las luchas contra el neocolonialismo, por la
modernización de las instituciones y por la ampliación de los derechos políticos
ciudadanos.
En pleno desarrollo de estas luchas democráticas del pueblo y los intelectuales,
surge un hecho cardinal, que cambiará de manera abrupta el destino del país: la
conversión de Venezuela en país petrolero. El lento proceso de conformación de
una economía capitalista se acelera bruscamente con el inicio y la expansión de
la industria petrolera, que genera la aparición de un proletariado petrolero
numeroso y altamente concentrado, así como la extensión de los barrios pobres en
las grandes ciudades y el comienzo del llamado éxodo rural. Por otra parte, y
según lo asienta la investigadora Dorotea Melcher:
"…los ingresos petroleros, en permanente crecimiento, sirvieron, si necesario,
para mantener la estabilidad del régimen frente a la clase obrera: el empleo de
más de 40.000 obreros en obras públicas, entre enero y mayo de 1936, el salario
considerable (en aquel entonces) de 5 bolívares diarios, sirvieron para aplacar
el movimiento espontáneo del pueblo después de la muerte de Gómez" (51)
El advenimiento casi milagroso del petróleo divide en dos la historia política,
económica, social y cultural de Venezuela. Es como una bendición que les llega a
las clases dominantes, pues Venezuela se convierte en un país rentista, con una
economía de débil estructura, improductiva, monoproductora, pero al mismo tiempo
alimentada por este negro maná que nos fue entregado desde las entrañas de la
tierra. Cuando Eleazar López Contreras, el sucesor de Juan Vicente Gómez, deja
la presidencia en 1941, se han echado las bases del Estado capitalista moderno
en Venezuela, cuyo posterior desarrollo sufrirá las deformaciones propias de un
proceso que no fue evolutivo, sino aluvional, y en el cual el estado se
convirtió repentinamente en gran monopolista de la riqueza nacional y en
beneficiario de los inmensos ingresos petroleros. En esta circunstancia, las
organizaciones políticas que tuvieron sus antecedentes en las luchas de la
generación del 28, con Acción Democrática, el partido de Rómulo Betancourt, como
principal factor, sumaron a sus planteamientos programáticos la propuesta de un
desarrollo económico industrial, pero manteniendo como principal elemento
diferenciador el planteamiento de un sistema político democrático y
representativo. Luego, durante el gobierno de Isaías Medina Angarita, se produjo
una apertura democrática, con el ejercicio de partidos políticos, incluido el
libre funcionamiento del proscrito Partido Comunista, cambios jurídicos,
libertad de prensa y libertad sindical, voto directo y popular para la elección
de los diputados y voto de las mujeres. Las luchas populares de cerca de dos
décadas, por estos derechos, daban así sus frutos. Pero aun no podía hablarse de
que tales conquistas fueron estables. La inestabilidad de las instituciones
quedó demostrada con la serie de hechos violentos y golpes de estado, que
tuvieron su primera expresión destacada con la revolución de octubre de 1945, un
golpe victorioso encabezado políticamente por Rómulo Betancourt. Finalmente,
precedida de una gran convulsión política y militar que dio al traste con las
conquistas políticas de los venezolanos, se estableció, en la década de los 50,
la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, a la cual algunos adjudican algunos logros
económicos y de infraestructura, pero que prácticamente todos coinciden en
señalar como un período de conculcación de las libertades políticas, de abusos
contra los derechos humanos y de absolutismo presidencial. Desde el punto de
vista económico, se siguió desarrollando el capitalismo monopolista de Estado,
fundamentado en la renta petrolera, e igualmente cierto capitalismo privado,
alimentado por la asistencia del Estado y en realidad con poca inversión
productiva, concentrada más que todo en la construcción, en la manufactura de
algunos productos de consumo masivo y en el comercio, con muy poco desarrollo de
la producción industrial a gran escala.
SOBRE EL REGIMEN BETANCOURISTA Y LA IRRUPCION DE HUGO CHAVEZ
Antes de que entremos a analizar los contenidos ideológicos que maneja la
intelectualidad burguesa contemporánea en Venezuela, nos pasearemos por el
espacio que ha generado más privilegios de todo tipo para esa intelectualidad y
cuya defensa asume una parte importante de sus representantes: el régimen
betancourista, al cual llamo así en honor a su principal ideólogo y líder,
Rómulo Betancourt. El pensamiento ilustrado al cual me refiero ha usado muchos
argumentos de diverso tipo para defender esa dudosa versión de la "democracia" y
para trabajar, abierta o solapadamente, voluntaria o involuntariamente, por su
restauración. En tiempos recientes se han manejado dos argumentos falaces: uno
es que la degradación del régimen betancourista se produjo únicamente en sus
últimos veinte años, debido a la actuación desacertada de algunos dirigentes,
pretendiendo así dividir esa época en un período brillante, dorado, y otro
oscuro y decadente. El otro argumento plantea que la razón de esa decadencia fue
el surgimiento de la corrupción y el clientelismo, frente a lo cual ubican como
positivo los "grandes logros" de la "democracia". Uno de nuestros objetivos es
salirle al paso a esos argumentos.
El análisis de los primeros años del experimento betancourista nos ayuda a
demostrar irrevocablemente que todos los vicios y horrores de ese período tienen
su origen en el país que prefiguraron Rómulo Betancourt y su entorno político en
los primeros tres años del gobierno de Betancourt que van desde 1958 (ya antes
de ser electo Rómulo, su proyecto comenzó a asomarse) hasta 1961, cuando es
proclamada la penúltima constitución venezolana. La caída de Pérez Jiménez se
produce gracias a una combinación de descontento popular, rebelión militar y
negociación política. Uno de los ejes de esa negociación fue Rómulo Betancourt,
como máximo líder de Acción Democrática, el principal partido de la oposición
antiperezjimenista. Ya en el exilio se prefigura el posterior Pacto de Punto
Fijo, que es un acuerdo de gobernabilidad firmado por un liderazgo emergente, y
que por cierto excluye de entrada al Partido Comunista. Esto último es
importante señalarlo, ya que Betancourt trae ya desde los Estados Unidos la
decisión de someterse a los designios de la potencia del norte, en el sentido de
asumir plenamente sus conveniencias geopolíticas y sus esquemas con relación a
lo que debería ser el desarrollo político en el "patio trasero". Esto le granjeó
el irrestricto apoyo de Estados Unidos y en general de las potencias
occidentales para darle apariencia de legalidad y democracia a todos los
desmanes que pronto señalaremos.
Al caer la dictadura de Pérez Jiménez se constituye rápidamente una Junta
Militar. Mientras tanto, el pueblo está volcado a las calles, castigando con
linchamientos a los esbirros de la Seguridad Nacional y exigiendo elecciones
democráticas y justicia social. La Junta Militar es presidida por el
Contralmirante Wolfgang Larrazábal y la integran los coroneles Pedro José
Quevedo, Carlos Luis Araque, Abel Romero Villarte y Roberto Casanova. Estos dos
últimos, sin embargo, son identificados como parte del estamento militar
perezjimenizta, lo cual desata las protestas populares, que exigen el ingreso a
la junta de gobierno de los miembros de la Junta Patriótica, organismo civil que
dirigió la lucha interior contra el dictador, presidida por un joven periodista,
Fabricio Ojeda, militante de Unión Republicana Democrática. Pero Casanova y
Romero Villarte fueron reemplazados por una ostensible representación de la
burguesía, con los nombres de Eugenio Mendoza y Blas Lamberti. Aquí comienza a
asomar la política de exclusiones que se impone en las altas esferas del
liderazgo triunfante, y que persigue aislar a aquellos factores capaces de darle
un impulso aun mayor y una orientación más radical a la participación popular en
la época pos perezjimenizta. Antes de las elecciones se firma el pacto de Punto
Fijo, donde hacen frente común los factores políticos en ese momento
comprometidos con las propuestas programáticas de Betancourt, Caldera y Jóvito
Villalba, quienes son los signatarios de este acuerdo donde se comprometen a
respaldar al régimen que surja de las elecciones nacionales. De esta manera se
da estabilidad a la propuesta política que posteriormente dirigiría a Venezuela
en las próximas cuatro décadas. El pacto de Punto Fijo es la partida de
nacimiento de la partidocracia que terminará secuestrando, para su propio
beneficio, las conquistas democráticas del pueblo venezolano. En este sentido,
hay que salirle al paso a la conseja de que ese pacto fue tan sólo un acuerdo
partidista que se rompería poco después, con la salida de URD. En realidad, el
pacto fue una herramienta política de Rómulo Betancourt para legitimar su
proyecto de país. La confirmación de esta orientación la veremos más tarde, al
aprobarse la constitución del 61. Por otra parte, una vez que Betancourt asume
la presidencia, comienza a perfilarse otra característica permanente del
régimen: la violación persistente de los derechos humanos, en sus distintas
variantes, así como la represión despiadada y criminal que se tradujo en
centenares de víctimas, desaparecidos y torturados. Para tener una idea de cómo
la intelectualidad burguesa es capaz de tergiversar la historia, a fin de asumir
la defensa del régimen betancourista, veamos el siguiente aserto de Rafael
Arráiz Lucca: "Pero nada más lejos que un lecho de rosas para Betancourt que su
presidencia: la derecha atenta contra su vida y la izquierda le declara la
guerra a muerte" (52). Quien lea esta afirmación de Arráiz de manera
desprevenida, concluirá que hubo una "declaración de guerra" unilateral de parte
de la izquierda, y que Rómulo no tuvo mucho o nada que ver con la espiral de
violencia que se vivió en los 60. Veamos los hechos a la luz de otra manera de
contar esta historia. Ya dijimos que la decisión excluyente de apartar al
Partido Comunista y a otras fuerzas de la Junta Patriótica de cualquier acuerdo
se traía desde los Estados Unidos. El Partido Comunista, a partir de la caída de
Pérez Jiménez, se había convertido en una fuerza política muy importante, como
se deduce de su alta votación en las elecciones del 58. El respeto popular por
sus líderes se tradujo en el apodo de "Cantaclaro" para Gustavo Machado. El
discurso algo más radical de ese liderazgo, así como las pruebas de heroísmo de
los militantes comunistas durante la resistencia, le granjearon a los rojos la
simpatía de amplios segmentos populares, sobre todo en las áreas urbanas.
Igualmente hombres como Fabricio Ojeda lograron gran respaldo popular. Pero
Betancourt y los Estados Unidos le temen a esas fuerzas, y la decisión de
segregarlas se impone por encima de ese apoyo popular, que ha debido expresarse,
en buena lid, con una mayor participación en los acuerdos de gobierno, ya que
tales fuerzas fueron también forjadoras del mismo, y en el programa de cara a
las exigencias populares. Es cierto que las fuerzas restauradoras del
perezjimenizmo lanzaron en 1960 acciones rápidamente controladas y que no
representaron sino escaramuzas sin éxito, como el golpe de Castro León, en
abril, y el atentado de Los Próceres en junio. Recordemos que la declaración de
lucha armada por parte del PCV y el MIR se produce en 1962. Ya antes el régimen
betancourista había inaugurado un período de provocaciones y represión
desmedida. El 4 de agosto de 1959 Betancourt, a tan sólo pocos meses de
inaugurar su gobierno, ordena disolver a plomo limpio una manifestación pacífica
de desempleados en la plaza La Concordia. Allí mueren asesinados Juan Francisco
Villegas, Rafael Simón Montero y Rafael Baltazar González, además de quedar
heridos más de 60 trabajadores, "algunos de los cuales vivieron para siempre en
sillas de ruedas", tal como señala Doris Francia en su libro Los silencios de la
derrota. El 11 de enero de 1960 una nueva manifestación de desempleados se
congrega en La Concordia. En su marcha de protesta hacia el Palacio de
Miraflores, es abaleada con el resultado de cinco muertos y numerosos heridos.
Después de estos hechos, Rómulo Betancourt lanza su grito criminal, la verdadera
declaración de guerra: "Disparar primero y averiguar después". Esta frase es la
total negación de la democracia y la justicia, es violatoria de los derechos
humanos más elementales, es delictiva, es provocadora y cerraba, por supuesto,
los caminos pacíficos de la protesta popular. Y lo peor es que no fue una mera
metáfora política, sino una orden para la acción policial, que ya se estaba
cumpliendo y que se cumpliría con eficiencia por parte de las policías del
régimen betancourista. De manera que la violación de los derechos humanos no fue
una actitud aislada de funcionarios irresponsables, sino una política expresa
del régimen. El libro de Doris Francia que hemos mencionado es, entre otras
cosas, un inventario espeluznante de lo que fue la aplicación de esta política.
La lista de desaparecidos, torturados y asesinados por la democracia
betancourista cuenta centenares de casos, sin sumar masacres como la del 27 de
febrero de 1989. La inmensa mayoría de esos crímenes permanecen sin castigo. Si
agregamos esos muertos a los centenares de miles de víctimas producidas por el
hambre, la ignorancia y la violencia que esas plagas desatan, todas ellas efecto
de la desidia, la negligencia y la institucionalización de la injusticia del
régimen betancourista, no hay duda de que sus dirigentes están incursos en
flagrante delito de genocidio.
También muy pronto definirá Betancourt el carácter partidocrático, excluyente,
clasista de su proyecto, cuando afirma, en 1960, lo siguiente, en su mensaje al
Congreso Nacional: "es falaz y demagógica la tesis de que la calle es del
pueblo...el pueblo en abstracto es una entelequia que usan y utilizan los
demagogos de vocación o de profesión (...) en las modernas sociedades
organizadas que ya superaron desde hace siglos su estructura tribal, el pueblo
son los partidos políticos, los sindicatos, los sectores económicos organizados,
los gremios profesionales y universitarios" (53) . Es esta posición lo que
impide la organización popular por la base, no sólo en función política, sino
como vía para participar activamente en la solución de sus propios problemas
económicos y sociales. Esta posición genera, sin duda, el paulatino aislamiento
de las élites con respecto a las mayorías, así como el clientelismo y la
corrupción. No podía ser de otra manera, si se considera que el pueblo, según
esa peregrina declaración, comenzó a ser AD y Copei, la CTV, Fedecamaras, los
colegios de médicos, de ingenieros, etc. El pueblo son las élites, lo demás es
la masa informe que sólo merece ser dirigida y, en el mejor de los casos,
representada. Se trata de un concepto muy parecido al manejado después de la
Revolución Francesa, en el sentido de que el pueblo eran los ciudadanos
propietarios, mientras que el populacho, la canalla, no era nada. Aquí me
gustaría contraponer el interesante concepto de pueblo manejado por Hugo Chávez
en su discurso ante la Asamblea Nacional Constituyente, el 5 de agosto de 1999:
"No todos los tiempos hay pueblo, no basta que vivan veinte millones de
habitantes en un territorio (...) para que haya pueblo. ¿Cuáles serían las
condiciones necesarias, esenciales, para que un grupo humano pueda ser
considerado un pueblo? Al menos dos condiciones esenciales pudiéramos traer aquí
a esta Asamblea (...) Una de ellas es que ese conglomerado tenga y comparta
glorias pasadas, que comparta las glorias de su pasado conociéndolas (...) pero
al mismo tiempo -y es la segunda condición a la que quiero referirme para que
una muchedumbre sea pueblo- en el presente debe tener una voluntad común que lo
una" (54). Según este concepto de Chávez, un pueblo, para poder existir como
tal, debe tener una memoria, de manera consciente, así como un proyecto común.
Creemos que nuestro pueblo aun no posee del todo ninguna de estas dos
condiciones, pero es que esa posesión no se decreta. En nuestro actual proceso
de transformaciones se intenta marchar hacia ese desiderátum, hacia la
recuperación del pueblo como existencia real y participativa, para que pueda
sumarse a las ingentes tareas que apenas comienzan y cuya realización no depende
de ningún hombre ni partido en particular, sino del desarrollo positivo de un
camino iniciado, que se presenta como la única propuesta política coherente en
la Venezuela de hoy y que en medio de las naturales imperfecciones de lo que
nace, apunta en la dirección correcta, tal como analizaremos mas adelante y a lo
largo de este mismo trabajo.
Indudablemente, la Constitución de 1961 expresa el programa político del régimen
betancourista, con su excesiva prominencia de lo partidista y su carencia de
caminos que permitiesen abrir de inmediato las puertas a la participación
popular, ambas fallas ampliamente superadas en la Constitución de 1999. Por
cierto que el mismo día en que Betancourt le puso el ejecútese a la Constitución
del 61, el 23 de enero de ese año, su gobierno dictó un decreto de suspensión de
garantías. Así quedó marcado el estigma represivo del régimen betancourista.
Después de lo aquí dicho, resulta chocante como el pensamiento ilustrado que le
es afecto defiende al régimen betancourista como una era de tranquilidad.
Fernando Egaña sostiene que "Se echaron las bases de una democracia que, a pesar
de los pesares tiene en su haber eso que Teodoro Petkoff llama la "cultura
democrática", gracias a la cual (...) hemos realizado 18 elecciones populares
para decidir quien manda y quien no, en cívica paz" (55). Por su parte, y
asumiendo la misma defensa, Manuel Caballero apunta: "...la democracia es menos
un conjunto de instituciones gubernativas, elecciones, partidos políticos,
prensa libre que esa liberación del miedo" (56) y también: "...el significado,
la validez y la utilidad de la democracia no provienen de un gobierno 'bueno'
sino de un pueblo, de una sociedad sin miedo" (57). Bastaría con señalarle al
señor Caballero, sin duda uno de los adalides del pensamiento ilustrado burgués
en Venezuela, que su "democracia" sin miedo terminó por convertirnos a todos en
presos, encerrados tras rejas y casetas de vigilancia, impuestos de un toque de
queda permanente, en medio de fines de semana que producen verdaderos partes de
guerra con las víctimas del hampa. Sin embargo, nos seguiremos refiriendo a la
cruenta y antidemocrática represión política que signó estos oscuros años, la
cual debería conocer muy bien este caballero, porque alguna vez fue parte de la
izquierda y algún amigo debió tener que fuese asesinado, desaparecido o
torturado por aquella tiranía. En el gobierno de Raúl Leoni, que muchos señalan
como ejemplo de paz, se instituyó la figura del desaparecido político,
adversarios apresados y cuyo paradero o destino en muchos casos aun se
desconoce. En ese quinquenio se produjeron varias muertes de prisioneros
políticos por causa de torturas atroces, como es el caso de Alberto Lovera,
quien después de morir por torturas fue lanzado al mar encadenado a un pico,
tratando de desaparecerlo. Para vergüenza del régimen, el cadáver de Lovera
apareció flotando en las costas de Lecherías. Según la documentada contabilidad
de José Vicente Rangel, quien es citado por Doris Francia en su libro, "cerca de
doscientas cincuenta personas desaparecieron, luego de ser apresadas en la etapa
de Leoni". Sin embargo, el ex-contralor Eduardo Roche Lander, otro de los
defensores de aquellos años vergonzosos de régimen betancourista, es capaz de
afirmar que "fuera de la democracia no hay sino degradación y sólo dentro de la
democracia es donde podemos encontrarnos con las posibilidades de lo civilizado
y esencialmente humano" (58). ¡Caramba, señor Roche, qué civilizado, qué humano
debe ser el hallazgo de un cadáver flotando en el mar con un pico atravesado y
señales de múltiples torturas!
Resulta asqueante, por decir lo menos, la superficialidad y el desprecio por las
víctimas de esa represión brutal y de esa miseria del pueblo que produjeron
aquellos años, que caracterizan el tratamiento que otorga a este asunto el señor
Manuel Caballero. Veamos y analicemos estas perlas del cinismo y la
manipulación: "Si me pongo a echar cuentas, en estos cincuenta últimos años he
pasado mas sustos y he echado más carreras, he absorbido más gases lacrimógenos
y llevado más coscorrones, he huido de más plomazones, tanto absoluta como
relativamente, que en los diez años de gobiernos militares. Pero una vez pasado
el apuro, me he echado a dormir tranquilamente. No porque el o los gobiernos no
quisieran ponerme mano o algo peor, sino porque eso no me asustaba sino en su
momento; pero no era ese el terror difuso, impalpable, cotidiano que se siente
bajo una tiranía" (59). La absoluta superficialidad de este párrafo no debe
sorprender en el señor Caballero, quien siempre ha sido un superficial sin
remedio. Tampoco la perspectiva del análisis: juzga los hechos históricos según
su situación personal, y no con la asistencia de los datos que provienen de la
realidad del colectivo. Por una parte, Caballero minimiza, sin ambages, la
represión de la democracia betancourista proponiendo una comparación con la
dictadura perezjimenizta, en una especie de concurso macabro que establece
preferencias según la cantidad de los muertos y la calidad de la represión.
Luego asume la tranquilidad de una sociedad según sea el carácter de su descanso
personal. Mientras el señor Caballero duerme tranquilamente, lo cual puede hacer
pues es un privilegiado del oprobioso régimen que defiende de mil maneras, la
inmensa mayoría de los venezolanos ve como languidece su miserable vida en medio
de la pobreza atroz, de la violencia cotidiana, de la ignorancia, del más
terrible abandono que se produjo en medio de un festín de riquezas que
disfrutaron unos pocos, entre ellos este funesto personaje que sólo la
mediocridad de cierta intelectualidad venezolana puede ensalzar como lo hace.
Fijémonos en esta otra perla de Caballero: "No es infrecuente que, puestos a
echar números y, como se dice, pelo a pelo, un gobierno democrático llegue a
exhibir como triste condecoración más presos, más apaleados o más muertos que
una dictadura. Eso es porque llegado un momento la tiranía no necesita ejercer
la coerción física para ser obedecida: con la sola amenaza de emplearla logra
paralizar la sociedad" (60). Si leemos bien esta frase, notaremos que establece
que son más aceptables los asesinatos y las torturas en una "democracia" que en
una dictadura. ¡Caramba, se diría que alguien que se tilda de demócrata debería
pensar todo lo contrario! Porque los asesinatos y las torturas son propios de la
dictadura, pero constituyen una negación patente de la democracia. Una
"democracia" con 250 desaparecidos no es una democracia, ni aquí ni en ningún
otro lugar del mundo. Usando su lenguaje cínico e irrespetuoso hacia las
víctimas, señor Caballero, le diré que "puestos a echar números" y "pelo a
pelo", esas frases suyas no son más que unas cuantas canalladas.
Estos defensores del régimen betancourista son ahora feroces en su
enfrentamiento al "militarismo" del gobierno de Chávez. Pero olvidan la gran
militarización que caracterizó a esa época, y que tuvo su corolario en la
masacre del 27 de febrero de 1989, cuando las Fuerzas Armadas liquidaron a miles
de venezolanos desarmados. Las Fuerzas Armadas fueron utilizadas todo el tiempo
como perros de presa, como garantes del latrocinio, la iniquidad y el genocidio
que caracterizaron a ese período. En el gobierno de Raúl Leoni, por ejemplo, se
permitió que los militares hicieran de las suyas en los Teatros de Operaciones,
atentando inclusive contra población civil no involucrada en el conflicto
armado. Los grandes jefes militares favorecidos por el entorno político
dominante, ejercieron en distintos grados la misma corrupción y las mismas
jugarretas políticas de las cúpulas civiles. Por eso la insurgencia de jóvenes
oficiales en 1992 no fue un golpe de estado contra una "democracia", sino una
rebelión militar de signo popular contra los desmanes de una tiranía de la cual
formaban parte muchos generales de las Fuerzas Armadas. El gobierno
"militarista" de Chávez no sólo ha impulsado a buena parte de la Fuerza Armada a
colaborar para comenzar a pagar la inmensa deuda social heredada por el Estado,
sino que ha inaugurado en todas las academias y escuelas militares una Cátedra
de Derechos Humanos, hecho realmente trascendente en la historia de esa
institución.
Otro de los argumentos recientes es el de los "grandes logros" del régimen
betancourista. Estos "logros" se contabilizan sobre todo en universidades,
escuelas, hospitales, obras de electrificación, infraestructura y vialidad. La
manera más simplista de despachar este argumento es decir que eso es lo mínimo
que podía hacerse en un país petrolero que vivió años de supuesta bonanza. Pero
el análisis tiene que llevarnos a consideraciones más profundas. La "obra" más
visible del régimen betancourista es la producción de 80 % de desposeídos, la
mitad de ellos en situación de pobreza atroz, además de la paulatina liquidación
de la clase media. Todo ello se traduce en incultura generalizada, en mil
maneras de violencia y miseria humana. Veamos, no sin horror, estas cifras de
1998: 2.900.000 familias en situación de pobreza, 40.000 niñas en prácticas de
prostitución, 15,30% de desempleo, 80 de cada 100 familias habita en
asentamientos urbanos y rurales al margen de los servicios básicos, 600.000
hogares carecen de agua potable, 1.400.000 hogares carecen de aguas servidas, 60
de cada 100 familias habita en zonas de alto riego geológico, el 41% de la
población vive en ranchos. Por otra parte, un alto número de las tan cacareadas
escuelas del régimen betancourista quedaron en situación de coma, en condiciones
deplorables por la falta de mantenimiento y el abandono en que se dejó a la
educación. Las cifras de repitencia y deserción escolar alcanzaron muy altas
cuotas que nos colocaron por debajo de países como Tailandia, y la calidad de la
educación es penosa. En cuanto a la salud, los hospitales públicos son una
vergüenza donde la gente va más a morir que a sanarse, el Seguro Social se
convirtió en un supernegocio para los empresarios de la corrupción y los índices
de mortalidad infantil se hicieron espeluznantes. El régimen betancourista creó
un país de miserables, de enfermos, de gente dominada por la violencia, la
desesperanza y la muerte. Hirieron a Venezuela y la dejaron postrada, con una
"democracia" de pura fachada, una verdadera dictadura donde unos pocos
disfrutaron el festín petrolero a causa del sufrimiento de la mayoría. Fueron
violados los derechos humanos más elementales de todos los sectores, pero sobre
todo de los más vulnerables, los niños y los ancianos. El régimen betancourista
es una era trágica para Venezuela y así será reconocido por la historia que
nosotros, los intelectuales de estos nuevos tiempos, trasmitiremos a las
generaciones futuras. Las obras de infraestructura se emprendieron de manera
anárquica, a menudo dependiendo de la conveniencia de grandes negocios. En un
desarrollo sin planificación real, sin proyecto de largo aliento, sin metas
claras, terminamos siendo un país sin ferrocarriles, sin industria, sin sistemas
de riego. Nos legaron un rancho destartalado que a duras penas podemos mantener
en pie. Por eso la obra de recuperación de Venezuela es gigantesca y no puede
ser realizada a corto plazo, y requiere de un esfuerzo titánico, sostenido, con
heroicas dosis de constancia, de paciencia, de ensayo y error, de búsqueda
colectiva de caminos y soluciones. Ahora, por primera vez, en muchos años,
tenemos la oportunidad de enfrentar el futuro con un proyecto específico, pero
de ello hablaremos luego. Por lo pronto es necesario poner muchas cosas y a
muchas personas en su lugar, y tratar de dotar al proceso de transformación de
Venezuela de un espacio de debate y pensamiento, ubicado desde el punto de vista
de los intelectuales que somos afectos a ese proceso y en arduo enfrentamiento
ante los representantes de la ideología de la Ilustración, de la ideología
burguesa y del régimen betancourista. Sobre estos temas volveremos luego, ahora
sigamos adelante.
Frente a la "democracia" formal del betancourismo, se levanta ahora la
posibilidad de erigir un "Estado de derecho y justicia", como reza la
Constitución de 1999. Ese estado se parecerá más a lo que el español Marcos
Vásquez llama el "Estado social": "El Estado social (…) supuso una evolución
frente al Estado liberal, precisamente por consistir en una crítica al
formalismo de las garantías formales, la libertad y la igualdad de los
individuos sin promoverlas, de forma que cada uno tenía que procurarse los
medios para efectivamente ser libre e igual. Pero partiendo de situaciones
desiguales, difícilmente se puede llegar a resultados iguales o igualitarios;
por eso precisamente, los teóricos del Estado social defendieron que el Estado
no podía limitarse a una función garantista, sino que debía tener una misión,
una función prestacional o distributiva" (61). Igualmente, frente a esa
"democracia" formal, que se llena de declaraciones rimbombantes mientras somete
a la mayoría a la miseria, habrá que levantar el concepto bolivariano de que "El
sistema de gobierno más perfecto es el que le proporciona a su pueblo la mayor
suma de seguridad social, la mayor suma de estabilidad política y la mayor suma
de felicidad posible". Pero para estos pensadores ilustrados, defensores del
régimen betancourista, las meras formalidades son lo que constituye la
democracia, así el "demos" se muera de hambre. Veamos esta joya de Germán
Carrera Damas: "Más recientemente se ha confundido la democracia -es decir, un
sistema sociopolítico- con un sistema de equidad social, es decir, una modalidad
de organización socioeconómica. Es más se ha querido hacer prevalecer este
último sentido, extensivo, sobre el primero, limitativo" (62). Este párrafo
falaz y cantinflérico de una de las vacas sagradas de la manada intelectual
burguesa, es tan endeble que se cae por sí solo. ¿De dónde saca Carrera Damas
que la equidad social es una "modalidad de organización socioeconómica"? La
equidad social, señor Carrera, es una norma de la convivencia humana original.
Al haber sido violentada esta norma por la sociedad dividida en clases, se han
ido desarrollando los ingentes desequilibrios que han llevado a las sociedades,
a lo largo y ancho del mundo, a la dramática y peligrosa situación en que se
encuentran. Si usted dice que la democracia es un sistema sociopolítico, está
reconociendo en ella un componente social, a menos que usted desconozca los
significados de los términos que usa. Pero es que la necesidad de ese componente
social en la democracia, en tanto ésta responda a su origen etimológico de
"gobierno popular", es su principal componente. De modo que su estilo a lo
Cantinflas, con eso de lo "extensivo" y lo "limitativo", no es más que verborrea
para decir que no importa que la gente se muera de hambre, lo importante es que
haya elecciones cada tantos años y que los políticos como usted, hablen a
diestra y siniestra sin aportar reales soluciones a los problemas de la
sociedad. Lo cierto es, señor Carrera, que su "sistema sociopolítico" es el
culpable de que 130 millones de latinoamericanos carezcan de vivienda y otros
tantos vivan en soluciones habitacionales en condiciones de alto riesgo. Tal
como señaló Julián Salas Serrano, Director de la Cátedra de Cooperación para el
Desarrollo de Asentamientos Humanos de la Universidad Politécnica de Madrid, "Lo
que ocurre en Centroamérica (y en Venezuela, añadimos hoy) es que hay muchos
millones de seres humanos que no alcanzan el título de ciudadanos, son
únicamente supervivientes. Supervivientes cotidianos que cada día, con o sin
huracán, se la juegan con barajas que tienen demasiados arcanos de muerte" (63).
Refiriéndose a los estragos de un huracán en Centroamérica, Salas Serrano nos
habla también de Vargas: "Son barrios que se han generado desde la informalidad
y la ilegalidad, pero con la permisividad de los gobiernos que han dejado el
tema de la vivienda al albur del mercado. La gran mayoría de los muertos y
desaparecidos pertenecen a familias que se apropiaron de un terreno en las zonas
menos codiciadas y menos vigiladas: quebradas con grandes pendientes y alto
riesgo, basurales, márgenes inundables de ríos, depósitos de relaves mineros,
bajo líneas de alta tensión, laderas de volcanes…" (64). Ya refiriéndose a
Venezuela y a las nuevas políticas de vivienda del gobierno de Chávez, continúa
Salas Serrano: "Unos 13 millones de venezolanos –más del 50% de la población-
viven en ranchos, por lo que el gobierno se planteó como principal objetivo de
la política nacional de vivienda ‘…saldar la deuda social con las personas de
bajos ingresos que, sin mayor asistencia por parte del Estado, construyeron una
parte sustantiva de las ciudades venezolanas y padecen las deficientes
condiciones de los barrios donde residen’. El plan propone ‘duplicar el aporte
de la nación a la solución de la vivienda, urbanizando plenamente, a lo largo de
15 años, 84% de los barrios del país’ " (65). Si el proyecto que ha inaugurado
Hugo Chávez no salda, al menos en buena parte, la deuda social, no podrá
hablarse de democracia, así haya referenda y elecciones y juntas parroquiales y
defensoría del pueblo y poder moral, etc. Porque como termina diciendo Salas
Serrano en el artículo que hemos venido citando: "Democracia política en
Venezuela, sí, sin dilación ni adjetivos. Pero también desarrollo y justicia
social, para que alguna vez pueda romperse el maleficio que golpea a América
Latina, y que de forma magistral expresa Carlos Fuentes: ‘Los estados
democráticos en la América Latina están desafiados a hacer algo que hasta ahora
sólo se esperaba de las revoluciones: alcanzar el desarrollo económico junto con
la democracia y la justicia social’ " (66). Así es, señor Carrera: desarrollo
económico, democracia y justicia social son tres afluentes de un solo río que
ninguna perorata académica interesada podrá desviar.
Otro de los argumentos que ha usado a menudo el combo de intelectuales que
defiende el régimen betancourista, es que ésta fue una época donde se
privilegiaba el "acuerdo" y el "consenso", frente a una supuesta promoción del
odio de clases en la circunstancia actual. Andrés Sosa Pietri pinta así esta
fantasía: "Nos ufanábamos, los venezolanos, de haber construido una sociedad, si
bien llena de males y problemas, al menos "igualitaria"; una nación en la que
habíamos borrado las diferencias, las clasificaciones, las divisiones por razas
y por castas; una sociedad en la que nos asociábamos y expresábamos con toda
libertad y nadie nos insultaba por tener pareceres contrarios. Y ahora viene
usted, Señor Presidente, a dividirnos entre "patriotas" y "realistas"; a
resucitar ese monstruo, tan peligroso como devastador, del odio; del odio de
clases y de razas; del odio hacia el que opina de manera distinta; del odio
hacia el que exhibe algún bienestar material..." (67). No voy a referirme, no me
parece necesario después de todo lo dicho hasta ahora, a esta afirmación de que
los venezolanos habíamos construido una sociedad "igualitaria" (¡!). Más bien
voy sobre este asunto del odio de clases. Es absolutamente necesario partir de
un hecho que debe ser aceptado sin ninguna discusión: durante el régimen
betancourista se profundizaron notablemente las diferencias de clase que ya
existían. Es lo que se ha llamado "la ampliación de la brecha entre ricos y
pobres". Esta realidad pretendía ser ocultada tras la figura del "consenso", es
decir de la negociación política de trastienda entre las élites del régimen, con
total exclusión de la mayoría de la sociedad. ¿Significa esto que no existía la
lucha de clases? Por supuesto que sí existía. Un buen ejemplo de ello fueron los
hechos de la semana del 27 de febrero de 1989. Es claro que esta rebelión no fue
producto de un acto políticamente consciente de los desposeídos. Pero es ese
mismo carácter lo que la dotó de un contenido profundamente clasista. La masa de
pobres que bajó a saquear, a "cobrar la factura", lo hizo con la profunda
convicción de que tenía derecho a ello, puesto que el país había sido
impunemente saqueado por las élites. Saquear fue concebido por los miserables
como un acto natural, propio de su situación de clase, justo para los pobres,
injusto para los otros saqueadores, que genéricamente algunos señalan como los
ricos, tal vez con algún error, ya que los venezolanos no suelen señalar a la
empresa privada, sinónimo de "ricos" en muchos países, como responsables
principales del desastre nacional, sino a la élite de los políticos, los que se
enriquecieron con el erario público, o al menos permitieron ese supersaqueo por
medio de las típicas componendas y "consensos" que marcaron esa época nefasta.
De manera que bastaría con recordar tal rebelión de los pobres para afirmar que
en Venezuela existe, desde hace mucho tiempo, una exacerbación de la lucha de
clases, del enfrentamiento clasista. Pero es que la respuesta de las élites ante
esos hechos es aun más reveladora de ese odio clasista. A la élite gobernante no
le tembló el pulso para enviar a la calle una feroz contraofensiva armada hasta
los dientes, con tanques y fusiles automáticos ligeros, armas mortíferas, y así
aplastar a sangre y fuego el alzamiento. Aquí no hay para donde coger: aquellos
hechos fueron la expresión patente del desprecio de las élites betancouristas
hacia el pueblo. Sería porque, total, según Betancourt el pueblo no existe. Si
se le mata a mansalva, no se estaría matando a nadie. Es importante la muerte de
un ingeniero químico a manos del hampa, pero que mueran abaleados, a manos de
una fuerza militar infinitamente superior en armamento y organización, miles de
descamisados que se están llevando televisores y mantequilla, no es más que la
"legítima defensa de las instituciones". Porque en aquel entonces a la mayoría
de los intelectuales no les pasó por la mente que había que juzgar a Carlos
Andrés Pérez y a Italo del Valle Alliegro por genocidio, tal como es propio
juzgar al hampón que asesina al ingeniero. Aquí es fundamental entender que en
esta posición de cierta intelectualidad se esconde una definida posición
clasista y de defensa de aquel régimen. Es exactamente, aunque con variantes
sobre todo formales, la misma actitud que tomaron muchos escritores ilustrados
ante la masacre que acabó con la Comuna de París. Es la defensa de una
institucionalidad caduca, que es responsable tanto por las causas como por los
efectos de lo ocurrido el 27 de febrero y los días subsiguientes. El régimen
betancourista provocó la rebelión con treinta años de represión y miseria, y
luego decidió su fin en dos o tres días masacrando a los desposeídos: he ahí lo
que puede llamarse odio, violencia y lucha de clases. Ahora bien, también el
proceso que lleva a Chávez a la presidencia de Venezuela tiene su origen en la
lucha de clases. Cuando ocurre la rebelión militar del 4 de febrero de 1992,
quedó claro muy rápidamente que ese alzamiento fue visto como representativo de
sus intereses por parte de los desposeídos de Venezuela. El apoyo popular a
Chávez y a los militares bolivarianos se manifestó de inmediato con una
ebullición popular que comenzó a cambiar el rostro político del país, y también
a producir un novedoso fenómeno cultural. En los carnavales de ese año,
inmediatamente después del 4F, numerosos hijos del pueblo bajo lucían sus
disfraces de "Chávez". Espontáneamente comenzaron a proliferar, de manera
silvestre, los grafittis que daban vivas a la nueva referencia política de los
venezolanos. El 10 de marzo del 92 se produce una acción popular de amplias
repercusiones: el "cacerolazo", que luego no ha podido ser imitado con éxito.
Desde días antes, circularon volantes llamando a la protesta: "el 10 a las 10,
vete ya Carlos Andrés". La convocatoria comenzó a regarse de boca en boca: una
nueva fuerza popular estaba apareciendo. La efervescencia era tal, que el pueblo
venezolano no pudo esperar hasta las diez de la noche. Ya una hora antes, una
atronadora algazara de cacerolas, gritos y cohetes retumbó en todo el territorio
nacional. Se produjo, inclusive, una tácita alianza de clases: las damas de La
Lagunita Country Club armaron su escándalo tal como las señoras de la popular
barriada del 23 de Enero. Esa protesta aceleró los hechos que llevaron a la
defenestración de Carlos Andrés Pérez. La alianza clasista entre las clases
medias y desposeídas se expresó nuevamente en las elecciones de 1993, donde dos
candidaturas ajenas a las de AD y Copei, las de Rafael Caldera y Andrés
Velásquez, acapararon más del 50% de los sufragios. Por primera vez, desde 1958,
los dos principales partidos puntofijistas sufrían una derrota electoral, aunque
es necesario aclarar que Rafael Caldera es uno de los representantes más
conspicuos de ese pacto, pero en ese momento se había separado de Copei, y
realmente accedió a la presidencia en buena parte gracias a su discurso a raíz
de los hechos del 4 de febrero. El pueblo bajo y algunos sectores medios
interpretaron que ese discurso se sumaba a la corriente de protesta radical que
había sido detonada por la rebelión comandada por Chávez. Entre tanto, algunos
errores cometidos por el mismo Chávez y por el grupo de militares que lo
acompañaba, se tradujeron en cierta pérdida de popularidad para ese movimiento.
Cuando la oposición del pueblo al gobierno de Caldera comienza a incrementarse,
la alianza espontánea y parcial de clases entre desposeídos y algunos sectores
medios encuentra expresión en una corriente de respaldo a las aspiraciones
presidenciales de Irene Sáez, la joven Alcaldesa del Municipio Chacao. El pueblo
consideró que Sáez representaba entonces sus incontenibles deseos de cambio, una
mujer joven, independiente, con una gestión exitosa y un discurso de cambio. A
todas éstas, Hugo Chávez es puesto en libertad por el gobierno de Caldera. El
joven militar, ya en la calle, comienza a actuar en la tarea de desarrollar su
movimiento político. Aquí es absolutamente necesario decir que su trabajo de
masas empieza a desarrollarse con fuerza en el seno de las clases más
desposeídas, aunque no dejó de estar presente en cuarteles y universidades, por
ejemplo. Pero su caldo de cultivo fundamental fueron los barrios urbanos y los
campos, donde languidecía el pueblo abandonado y empobrecido. Chávez irrumpe en
el escenario electoral con un lenguaje radical de cambio, atacando sin cuartel a
las cúpulas del régimen betancourista y proponiendo un programa revolucionario,
con la oferta de impulsar una Asamblea Nacional Constituyente para redactar una
nueva constitución, así como de instaurar un régimen enfrentado a la corrupción
y capaz de generar un nuevo concepto de país. Y también, y esto es muy
importante, el discurso de Chávez comienza a poner énfasis en la situación de
pobreza que vive Venezuela. Con vertiginosa velocidad, las capas desposeídas
comienzan a voltear su mirada hacia este líder carismático y encendido.
Alejándose de Irene Sáez, los sectores más pobres que la apoyaban encuentran en
Chávez una referencia mucho más creíble y confiable: un hombre que se parece a
ellos, que habla su mismo idioma y comprende sus problemas: Chávez se transforma
en un candidato clasista, en el candidato de los desposeídos. Esta situación
pone en alerta a los representantes del régimen betancourista. Acción
Democrática y Copei mueven todo su poder y sus recursos para enfrentar la
ascendente candidatura de Chávez. Las élites puntofijistas se dan a la tarea de
satanizar al nuevo líder. Es rápidamente estigmatizado como un dictador, un
enemigo de la propiedad privada, un comunista. Se rumorea que si Chávez gana,
impondrá un régimen de terror y los pobres bajarán de los cerros para apoderarse
de las quintas y los carros de la clase media. Los sectores más altos de la
clase media comienzan a sentirse amenazados y rompen en bloque la alianza
espontánea que se había generado en torno a Irene Sáez. También buena parte de
la intelectualidad burguesa ilustrada comienza a asumir la defensa abierta o
solapada, voluntaria o involuntaria, del régimen betancourista y a oponerse con
ferocidad a la candidatura de Chávez. Por primera vez desde 1958, el dilema
electoral comienza a plantearse como una ruptura real del régimen y como una
confrontación clasista. Manuel Caballero llega a afirmar que "...he dicho y
repetido privadamente a quienes han querido oírme que si realmente la única
oposición posible fuese entre Acción Democrática y el Polo Guerrerista, mi
escogencia no tendría duda, aun si eso significara votar por Alfaro" (68).
Cuando Acción Democrática, intentando mantener su amenazada vigencia, lanza la
propuesta de un "pacto nacional", dentro de la manida tesis del "consenso" con
la que solía protegerse el régimen betancourista, Arráiz Lucca escribe: "El
comunicado de Acción Democrática publicado el 23 de enero llamando a un Acuerdo
Nacional es un hecho que no puede dejarse pasar por debajo de la mesa. Además de
correctamente escrito, la mayoría de las proposiciones y el diagnóstico son
difícilmente rebatibles. Centrar la dilucidación de la candidatura adeca sobre
la adhesión previa a un programa de gobierno, que a su vez responda a las
expectativas de un pacto, es una posición seria" (69). En el mismo artículo,
Arráiz habla de "los disparates reaccionarios que Chávez asoma cada vez que
opina". Como se puede ver, las posiciones de Caballero y Arráiz son un sola,
representan lo mismo. A propósito del entusiasmo de Arráiz ante la propuesta
"consensual" de Acción Democrática, me gustaría señalar una atinada reflexión de
Ibsen Martínez: "La palabra 'consenso' proferida en Venezuela suena demasiado a
Copre, a Alfaro y Caldera jugando dominó en la trastienda" (70).
Desde que la candidatura de Chávez se asume como la opción de los desposeídos,
el fenómeno clasista-electoral ha permanecido inmutable: entre los más pobres,
Chávez capta el 70% de las preferencias electorales, mientras que la proporción
se invierte cuando vamos a las clases más favorecidas. Pero además, la atmósfera
política se ha impregnado de gran beligerancia clasista también porque hasta
ahora el gobierno de Chávez, con su impronta social, ha favorecido de manera
directa a amplios sectores de los desposeídos. El Plan Bolívar 2000 y otros
mecanismos oficiales atendieron, en el primer año del gobierno de Chávez, a
cerca de seis millones de personas -casi la mitad de la inmensa legión de
pobres- de manera directa, por medio de consultas médicas y odontológicas,
intervenciones quirúrgicas, asesoría legal, mercados populares, recuperación de
barrios y otras áreas. Esta acción, más la identificación política de los
desposeídos con su líder, ha mantenido la popularidad presidencial a niveles muy
altos. Por otra parte, las clases medias ilustradas muestran todo tipo de
resistencias al proceso de cambios, por causas diversas. Desde la incomprensión
de las características propias del camino emprendido -tema que abordaremos más
adelante-, pasando por el hecho de que la crisis económica sigue golpeando con
fuerza a las clases medias, hasta llegar a prejuicios de índole clasista y
racial: Chávez es un zambo que se ha definido a sí mismo como un "pata en el
suelo" (lo que Tulio Hernández ha llamado ingeniosamente "el antichavismo
estético"), y el MVR un partido de pobres y de negros (recordemos que a los
adecos del 45, cuando AD se convirtió en un partido de masas, los llamaban
despectivamente los "chancletúos"). Fausto Masó define con claridad el ambiente
clasista que reinaba, por ejemplo, durante la campaña del referéndum aprobatorio
de la Constitución Bolivariana: "...en las urbanizaciones de clase media ganaba
el "no", en las zonas populares era una curiosidad (...) Un mal enfermaba al
"no": el narcisismo. La mayoría de los que votaban por el "no" se miraban el
ombligo, era un proyecto de clase media alta dirigido a la clase media. Los
mensajes, las actitudes, los voceros, representaban una parte del país" (71).
Por otra parte, El País Digital, de España, señalaba en un reportaje: "La
jerarquía católica, los partidos socialdemócrata y democristiano, que gobernaron
durante 40 años, la mayoría de los profesionales, medios de comunicación,
empresarios y sindicalistas agrupados en los partidos argumentan abiertamente
contra el proyecto constitucional del chavismo, al que atribuyen un contenido
militarista, estatista, autoritario o alejado de los nuevos tiempos. Esa cerrada
descarga del sector más poderoso no parece haber hecho mella entre el
conglomerado social que apoya a Chávez, ese 80% de los 22 millones de
venezolanos sumido en diferentes grados de pobreza" (72). Este dato no nos
sorprende. Para muchos la supervivencia de la popularidad del gobierno es casi
un misterio, después de lo que este medio español llama "cerrada descarga"
contra Chávez. El mismo reportaje indica que "De acuerdo con el canal privado
Venevisión, el espacio concedido al no en la prensa escrita audiovisual ha sido
de ocho contra dos en el caso del sí. 'Casi no puedo encontrar un artículo
favorable al sí para equilibrar la crónica' exageraba un corresponsal
extranjero". Algunos podrán argumentar que el misterio se devela cuando se
observa el uso de cadenas y programas propios de radio y televisión por parte
del Presidente Chávez. Pero es que en la campaña presidencial de 1998 pasó
exactamente lo mismo, cuando el candidato Chávez se vio en absoluta desventaja
mediática. En una sola noche pudimos constatar que estaban en el aire, en prime
time, seis cuñas diferentes contra Chávez, y ninguna de quien todavía no era
presidente. Pero tal vez nos ayude a develar el misterio el referirnos a una
encuesta que llegó a nuestras manos en noviembre de 1998, en la cual se
investigaba por qué razones los electores votarían por determinado candidato. La
encuesta revelaba que los electores de los demás candidatos argüían sobre todo
razones económicas, del tipo "para que mejore la situación económica del país",
mientras que los votantes de Chávez presentaron fundamentalmente razones
políticas: "cambio radical"; "Constituyente"; "desalojar a adecos y copeyanos
del poder". Por primera vez en mucho tiempo, los desposeídos están asumiendo una
posición de consciencia política y apoyando una visión política determinada de
país, a pesar de las grandes dificultades que aun persisten y persistirán por
algún tiempo.
También resulta revelador ver, por ejemplo, cuál ha sido el comportamiento de
los usuarios de Internet en los últimos tiempos en Venezuela. Durante la campaña
del referéndum aprobatorio de la nueva Constitución de 1999, Ibsen Martínez
reseñó el pintoresco caso de un internauta que proponía, por medio de un e-mail
que envió indiscriminadamente, esta singular visión clasista de la agitación
política en favor del "no": "vístanse de manera que no choque al público a quien
van a entregar los volantes, llevándolos a comentar o pensar que ustedes no
tienen nada que ver con ellos. Al entregarlos, mírenlos a los ojos, sonrían sin
falsa adulación (sic) y entreguen. Si tienen preguntas, respondan honestamente y
con seguridad". Esta visión clasista rayaría en lo cómico, si no revelara el
profundo desprecio que cierta clase media siente por los desposeídos. Una de las
expresiones más clásicas del supremacismo de cierta clase media ilustrada es la
que se refiere a la consideración del lenguaje como factor diferenciador. Para
referirme a este tema quiero comenzar citando esta perla de la periodista
Milagros Socorro: "...el estilo cerril del gobierno, y el discurso portuario del
Presidente, manifestaciones de arrabal, cuya natural consecuencia debería ser la
discordia de la nación y su cortadura en dos gajos. Si del centro del poder
emanan mensajes propios de la periferia de las galleras, lo natural sería que la
nación, encrespada por mandatos de odio hormonal, se escindiera en dos facciones
compactas azuzadas por las consignas botiquineras que enuncia el sector oficial"
(73). En verdad, uno de los elementos que le han valido el éxito entre los
desposeídos a Hugo Chávez es el uso de un lenguaje directo, frontal, sin
subterfugios, plagado de frases y giros que suena mal a los oídos refinados de
las élites, pero que establece una alta sintonía con los más pobres, que siente
que está hablando uno de los suyos. Pero analicemos todo lo que puede
desprenderse del agresivo párrafo de Socorro: en primer lugar, asimila con
desprecio el lenguaje presidencial a expresiones que refieren, todas, a los
lugares frecuentados por los pobres, a las plazas de la miseria y el abandono:
"cerril": propio de los cerros donde habitan los descamisados; "portuario":
propio de los puertos, se refiere al lenguaje que usan los obreros, los
estibadores de los puertos; "manifestaciones de arrabal"; "de la periferia de
las galleras": se refiere a los sitios donde asiste el pueblo a divertirse con
las peleas de gallos: "consignas botiquineras": se refiere a los botiquines,
donde los pobres beben cerveza y ron, a diferencia de los bares del este de
Caracas, donde Milagros Socorro bebe whisky con gente que habla muy bien, muy
cultivadamente, y por lo tanto, según ella, debe ser gente mejor. No hay duda,
señora Socorro, que estamos en un país en "discordia", lamentablemente cortado
en "dos gajos". Pero es que su "odio hormonal" por el lenguaje de los
desposeídos está lleno de antecedentes, porque sin duda la diferenciación por el
lenguaje ha sido permanente en las sociedades clasistas. En la antigua Grecia
era común el uso de dos lenguas, una culta, como en el caso del dialecto ático,
reservado a las clases dominantes, y otra popular. Más tarde existió una "koiné"
culta y otra vulgar. En el siglo XIX se dio una lucha entre los que promovían la
expansión del dialecto popular, el demótico, y quienes se oponían a esta
"vulgarización", defensores del kazarévusa, que eran básicamente académicos y
letrados. El kazarévusa pervivió como lenguaje dominante hasta 1917, cuando
finalmente se impuso el demótico como lengua oficial. Uno de los detonantes de
la rebelión del 4 de mayo de 1919 en China fue la existencia de dos lenguas bien
diferenciadas, la lengua escrita y la lengua hablada. La lengua escrita se usaba
tanto en la literatura como en lo administrativo y su conocimiento estaba
reservado a los letrados, privilegiados de la cultura a la usanza feudal, de
manera que la lucha por imponer la lengua hablada (kuan joa o pai joa, que
significa "lenguaje claro" o "lenguaje diáfano") era una lucha antifeudal.
Apenas en el siglo XX, las reformas lograron imponer la lengua hablada en la
redacción de los textos administrativos y literarios. En la Edad Media europea
la lengua culta era el latín, cuya escritura estaba reservada a los letrados. En
la época en que dominó el imperio romano, en las colonias se fueron
generalizando dialectos vulgares del latín, cada vez más diferenciados de la
lengua imperial original. Estos dialectos seguramente "cerriles", "portuarios",
"de arrabal" dieron origen a las lenguas romances, el español, el francés, el
italiano, el portugués, el rumano, el sardo, el catalán, el gallego, el
mozárabe, el romanche, el ladino, el friulano. Estas lenguas, nacidas en los
empobrecidos vecindarios del habla popular, dieron origen a una familia
lingüística a la que pertenecen hoy cerca de 500 millones de seres humanos. Esto
es una demostración palpable de que el habla de los desposeídos no es en
absoluto inferior al lenguaje de los académicos y los ilustrados, sino que más
bien constituye una poderosa fuerza creadora que a menudo termina por imponerse
sobre los usos elitescos de la palabra. Erasmo de Rotterdam, refiriéndose a
estas diferenciaciones lingüísticas, refirió alguna vez que "muy pocos
cristianos conocen el cristianismo, como si la verdad de la religión estuviera
reservada a los teólogos y monjes. Pero el Cristo ha hablado para todos y es
necesario que todos lo puedan escuchar". Cornejo-Polar nos da noticia de que
"dos decenios después de la independencia del Perú, el ingenio aplebeyado de
Manuel Ascensio Segura se burlaba de que en las solemnes honras fúnebres del
mariscal Gamarra se hubiera utilizado el túmulo que antes sirvió para rendir
homenaje póstumo a virreyes y otros dignatarios coloniales, pero escarnecía
especialmente, que los epitafios hubieran sido escritos en griego y en latín,
idiomas incomprensibles para casi todos los participantes en las exequias. En el
fondo, si bien se mira, lo que irrita a Segura no es tanto la reiteración de
ornamentaciones coloniales cuanto la persistencia de una discursividad que se
dice a sí misma y no considera para nada su comunicabilidad a los asistentes"
(74).
En América Latina, por cierto, ha existido de hecho una lengua escrita
inaccesible a la mayoría, por los altos índices de analfabetismo absoluto o
funcional. Además, los materiales culturales como libros o entradas a
espectáculos tienen un costo prohibitivo, a la vez que se impone toda una
subliteratura y una subcultura mediática destinada a mantener a los desposeídos
en la incultura.
A estas alturas del debate en torno al párrafo de Socorro, debo recurrir una vez
más a la agudeza de Ibsen Martínez: "Lo que los ricos, las pervivencias del
régimen de Punto Fijo, los politólogos madrugadores e "independientes", los
frailes del 12 de marzo como el padre Velazco, los voceros de ese empresariado
criollo que cree en las leyes del mercado sólo si puede designar al ministro de
Fomento y Comercio Exterior y las matronas de ambos sexos que conducen los
programas de opinión le exigen a Chávez no es en realidad que "modere" el
lenguaje "violento" y "pugnaz" (...) lo que en verdad quisieran es que no se
nombre la soga en casa del ahorcado, quisieran apartarnos a todos de un estado
de consciencia que ya venía ganando terreno y que definitivamente potenciaron
los resultados electorales y la catástrofe natural. Un estado de consciencia que
cobra expresión en el aserto de que sí somos un país pobre e irremisiblemente
dividido" (75). Creo que con esta visión incontestable de Martínez podemos dar
por cancelado este segmento de la discusión.
El discurso de Chávez mantiene, por supuesto, su índole clasista, ya que su
proyecto tiene como objetivo principal el combate a la pobreza, y los pobres son
su sustento social y su principal apoyo ante las múltiples maniobras y
manipulaciones opositoras, y los evidentes signos conspirativos que exhiben
algunos. Su frase de campaña de las elecciones del 2000 es elocuente: "con
Chávez manda el pueblo". ¿Significa este carácter clasista que el gobierno
comandado por Chávez tiene que ser excluyente con la clase media y aun con los
ricos? Por supuesto que no. La lucha de intereses entre las clases es inevitable
mientras existan clases superiores e inferiores desde el punto de vista
socioeconómico, pero al mismo tiempo dentro de las condiciones de Venezuela y
mundiales es igualmente conveniente ir marchando hacia una alianza de clases que
sólo puede ser producto de un proceso que en la medida de su éxito vaya
desbrozando los prejuicios y obstáculos que se oponen a la unidad mínima de
intereses entre las clases, para contribuir a que el país salga del foso donde
fue hundido, y además para evitar que la lucha de clases degenere en
enfrentamientos violentos. Pero que el combate de clases sea violento o
pacífico, no depende tan sólo de los sectores afines a los cambios. La lucha de
clases es promovida insistentemente por los enemigos de esos cambios, los que
embozadamente apuestan a la restauración del régimen betancourista, a veces con
una virulencia francamente provocadora. Para muestra, leamos esta declaración de
Rhona Ottolina: "Me declaro la primera subversiva contra el régimen comunista de
Chávez. Lo combatiré de frente (...) Sólo hay dos formas de devolver la
institucionalidad al país, a través del voto y con la sangre. Lamentablemente
tendremos que ir a un enfrentamiento sangriento, si no logramos recuperar el
orden con las elecciones" (76)
La aspiración restauracionista del régimen betancourista que se detecta en las
opiniones de Ottolina, cuando habla de "devolver la institucionalidad" y de
"recuperar el orden", se hace patente en diversos sectores de la oposición al
nuevo régimen, y refuerza la necesidad de mantener la índole clasista del
proyecto liderado por Chávez, para garantizar su defensa. En la Declaración de
los Obispos de Venezuela ante las elecciones, la jerarquía católica habla de la
tarea de que "las instituciones democráticas recuperen su credibilidad y
capacidad de acción honesta y eficiente" (77). Por su parte, el jesuíta Michel
De Viana afirma: "El principal responsable de este caos perturbador (...) es
Hugo Chávez. En los últimos años, en Venezuela se han quebrado todas las normas
y todas las instituciones, y el proceso revolucionario ha servido para
justificar un nefasto régimen de transición que supone que las reglas no existen
y que cualquier cosa es posible. Pues bien, lo que ha terminado imponiéndose
aquí es la ley de la selva, la ley del más fuerte, la ley de guerra (...) El
camino hacia la restauración de las reglas de juego y la sana convivencia
democrática es complicadísimo...y casi nunca pacífico" (78). Y también Joaquín
Marta Sosa, glosando un artículo de Carrera Damas: "Los rasgos que deben
conquistarse o recuperarse para que esa marcha (de la democracia) continúe y
supere los atascos críticos, serían los que siguen: que la clase política
recupere la habilidad para reformular y mejorar lo logrado..." (79). Continuamos
con la lectura de una declaración de Francisco Arias Cárdenas (El Universal,
26/6/2000), quien fuera el candidato emblemático del betancourismo en las
elecciones presidenciales del 2000 (y quien es, sin duda, un renegado, ya que
participó en la rebelión militar del 4F contra el régimen betancourista): "La
única forma que tenemos para rehacer un sistema de libertades y de democracia es
verdaderamente el voto". Finalmente, el Capitán de la Guardia Nacional Luis
Eduardo García Morales, quien se convirtió en un recurso desesperado del
antichavismo en las elecciones del 2000, y que fue sacado con pinzas de la misma
estructura militar, se responsabilizó por una declaración de una supuesta "Junta
Patriótica Venezolana" donde se propone la conformación de una Junta de Gobierno
y se afirma que "...la misión primordial de la Junta de Gobierno es la
restauración del régimen irrevocablemente democrático y sus instituciones" (80).
La intención restauradora, que es de origen clasista en cuanto aspiración de
sectores beneficiarios del régimen derrocado, puede verse acompañada de amenazas
de violencia, como en las declaraciones de Ottolina y De Viana. Este aspecto de
la lucha de clases es insoslayable. Hasta el momento de redactar estas líneas,
la violencia ha podido ser conjurada. Que el actual proceso transformador pueda
continuar desenvolviéndose en paz depende, en mucho, de que mantenga la impronta
clasista y que los desposeídos lo sigan apoyando y defendiendo, ojalá que con
una mayor incorporación de otras clases y sectores, a medida que la situación
avance. Por supuesto, el análisis de la conformación de las clases sociales y de
las luchas de intereses entre las clases no puede ser visto de manera dogmática
ni sujetos a ninguna receta pre-fabricada. Pero es igualmente inaceptable que se
atribuya la incidencia de la lucha de clases a la voluntad de un hombre, o que
se piense que la lucha de clases es algo del pasado, un invento del marxismo o
de Hugo Chávez, mucho menos en un país como Venezuela, donde las diferencias de
clase son abismales, hasta el punto de que todo el mundo sabe que hemos estado
al borde de un nuevo estallido social. Tal vez las clases dominantes deban más
bien agradecer a Hugo Chávez que no se hayan desbordado las aguas hasta ahora.
Que buena parte de las élites culturales beneficiarias del régimen betancourista
lo defiendan y aspiren a su restauración no debe sorprendernos. En el área de la
administración de la cultura se han sentido con apreciable precisión los
conceptos elitescos y excluyentes propios de ese régimen oprobioso. Por
supuesto, muchos hombres de cultura, queriéndolo o no, han asignado diversos
méritos a la política cultural del betancourismo. Tulio Hernández expresa que
"si en algún campo el sistema democrático creado en 1958 ha sido revolucionario
y ha dotado al país de instituciones y de servicios que antes sencillamente no
existían, ese ha sido el campo cultural (...) Buena parte de la
institucionalidad cultural moderna: fundaciones, orquestas, museos, premios,
televisoras educativas (...) que existen en el país ha sido creada en estos
últimos 41 años" (81). De manera que Hernández asigna carácter revolucionario a
la creación de instituciones y servicios culturales, a pesar del carácter de los
mismos, que el mismo autor señala: "...en la Constitución del 61 se manifiesta
una idea de la cultura asociada a una idea difusionista y patrimonialista de la
gestión cultural, hoy absolutamente superada (...) El "fomento" y la
"protección" eran las ideas tradicionales que, para la época, se tenían sobre
las responsabilidades del Estado" (82). Lo cierto es que el concepto de la
gestión cultural del betancourismo no tiene nada de revolucionario. Repitiendo
los esquemas tradicionales, esa gestión promueve una cultura excluyente y al
mismo tiempo mediatizadora, en primer lugar del mismo hacedor de cultura. En ese
sentido, las instituciones culturales se transformaron en una verdadera molienda
de las conciencias críticas. Tal como afirma Arráiz Lucca "De acuerdo al sueño
de Betancourt, Caldera gana las elecciones de 1968 (...) Desde allí inicia una
política de pacificación (...) el programa es un éxito y comienza la izquierda
cultural venezolana a integrarse paulatinamente al sistema que tanto
combatieron" (83). La institucionalidad cultural del betancourismo actuó como un
factor político, como una manera de complacer a un sector de la sociedad que en
los primeros años del régimen había resultado al menos incómodo. Pero por otra
parte, la gestión cultural betancourista reafirmó y profundizó la tendencia
excluyente en el arte propia de la sociedad clasista. En un interesante
artículo, el crítico venezolano Perán Erminy enuncia algunas de las claves que
permiten comprender nuestra aseveración: "La negación más completa de la
democracia y la libertad en el arte venezolano es la que se produce
permanentemente con la aplicación masiva y generalizada del principio de
exclusión. Se trata de la misma exclusión que todo el mundo entiende y que
muchos lamentan cuando provoca el fenómeno creciente y alarmante que es la
marginalidad económica" (84). Y también: "La marginalidad artística está
constituida por las artes y los artistas excluidos del sistema artístico
oficial, ortodoxo, que impera hegemónicamente en el país (...) Tal vez lo peor
de este principio de exclusión es que se emplee todos los días en todas partes.
Lo aplican sistemáticamente de un modo deliberado y consciente, todos los museos
ateneos, escuelas de arte, críticos, investigadores, artistas, curadores,
promotores culturales, funcionarios del arte, instituciones culturales, etc. Y
lo aplican con la mayor severidad y rigor. O, mejor habría que decir: con toda
la ferocidad posible y con la mayor inhumanidad. Sin que nadie proteste nunca,
ni oponga la menor reserva" (85). En estas últimas palabras vemos como de manera
evidente el concepto social que se maneja para el arte y la cultura padece de
las mismas carencias y deformaciones propias de todas las ejecutorias del
régimen betancourista: elitismo, exclusión, representatividad ilegítima y
sectaria, autoritarismo. Definitivamente, en el área cultural, para el
betancourismo, el pueblo no existe. Lo peor es que, según lo establece Erminy,
no se trata de una actitud aislada de los dirigentes culturales, sino de una
conducta asumida como natural, cotidianamente, por todos los circuitos e
instituciones que gerencian o ejecutan las políticas culturales. Tal como el
hombre del pueblo bajo se apropia del individualismo burgués, lo hace suyo y lo
ejercita dentro de su ámbito particular, sin darse cuenta de que de ese modo no
hace más que alimentar su propia esclavitud, también el artista y el gestor
cultural hacen suyos los criterios excluyentes y elitistas y los defienden como
cosa natural e inevitable: el arte sería un privilegio particular de las élites,
pues los desposeídos carecerían de sensibilidad humana. O se pretende que los
pobres son incultos, lo cual suele ser verdad. Lo malo es que la actitud
elitista a secas no hace sino contribuir a que esa incultura del pueblo se
prolongue, haciéndose así menos factible una de las grandes posibilidades del
arte: dignificar, sublimar la vida humana y elevar su calidad espiritual. Cuando
el artista o el hombre de cultura aceptan pasivamente los criterios excluyentes,
o los defienden con argumentos clasistas, apelando a supuestos valores o
condiciones eternos que hablan de "espíritus privilegiados", no hacen sino
contribuir, consciente o inconscientemente, a prolongar la tiranía espiritual
que oprime a los hombres desde hace miles de años. La vinculación entre las
premisas del betancourismo y sus políticas culturales también se asoman en las
palabras de Moisés Moleiro: "El clientelismo hace la gestión cultural
dependiente de los cenáculos partidistas y ello entraba la organización de los
esfuerzos y perturba los indispensables aspectos formativos que dicha gestión de
la cultura tiene (...) Por ser en exceso respetuosa (la gestión cultural) de los
privilegiados y sus fueros, éstos se llevan la parte del león en los subsidios y
"aportes" otorgados" (86). Clientelismo, dependencia de la partidocracia,
reparto del botín petrolero entre una élite privilegiada, con la figura del
subsidio: ¿se trata o no de un aparato y una gestión culturales claramente
identificados con el régimen betancourista? Igualmente la tragedia del arte y la
cultura en Venezuela ha tratado de ser ocultada bajo e manto de la supuesta
"democracia". Veamos esta interesante opinión de María Luz Cárdenas: "Quizás en
ese espacio de preguntas se establece nuestra primera falacia: la del aparente
acceso de todos para todo, la de pensar inocentemente que todos tenemos acceso a
todo lo que los artistas fabrican porque todo puede ser visto, exhibido y
vendido, independientemente de su 'mayor o menor interés y calidad' cuando, en
realidad, no sucede así porque el verdadero acceso del público -la anhelada
"mayoría democrática"- a la obra arte y a lo que él mismo decida como arte, se
encuentra absolutamente pre/determinado, reglamentado y dominado hegemónicamente
por los mecanismos burocráticos de administración cultural -incluyendo a la
crítica de arte y los circuitos expositivos- y los mecanismos de aceptación en
el mercado (...) ¿realmente es posible hablar de 'decisiones libres' por parte
de un público (...) que debe pasar por una cantidad de instituciones mediadoras
a la hora de construir sus propios gustos con respecto a lo que quiere como
arte?" (87). Sin duda una de las grandes falacias del régimen betancourista es
la de la "democracia" en el sentido de las supuestas decisiones libres de los
ciudadanos. Cuando vamos a las realidades, como en este caso del arte, la tan
cacareada "libertad" no es más que una apariencia, una ilusión, que ni siquiera
se hacía realidad cada cinco años cuando la gente iba votar, pues es sabido que
los partidos y los políticos betancouristas se hicieron expertos en la trampa
electoral y en el escamoteo de votos para amañar sus elecciones. Sólo la
irrupción de un líder de gran arraigo popular, en una situación de crisis
generalizada, y con el apoyo de las Fuerzas Armadas, hicieron posible superar la
tiranía del "acta mata voto" y desalojar al betancourismo del gobierno. A
regañadientes, el puntofijismo aceptó la victoria de Chávez, con la esperanza de
que la oposición radical, el saboteo a la gestión y la probable merma de la
popularidad del nuevo presidente los restauraría tarde o temprano en las riendas
del Estado. Estas intenciones del betancourismo no han amainado. Su resistencia
será larga y tratarán de inventar cada vez métodos nuevos para dar al traste con
el proceso transformador. Uno de sus enclaves principales, hay que decirlo, es
la cultura y, sobre todo, algunos sectores ilustrados burgueses que libran una
batalla casi cotidiana contra el nuevo régimen. Como afirma Ibsen Martínez: "Hay
un poeta caraqueño que provee un acabado "textbook case" que ilustra la regla:
antes de noviembre del 98, su articulismo nos brindaba un acusado interés por
Emily Dickinson, Ida Gramcko, Derek Alcott o Angel Miguel Queremel. nuevas
aproximaciones a los poetas de la generación del 18. O tersas impresiones de sus
muchos viajes como gerente cultural de varias administraciones del antiguo
régimen. Ahora el hombre se nos ha vuelto un feroz hagiógrafo de Rómulo
Betancourt, un constitucionalista hecho en casa y deprisa y que
característicamente chilla su becario "¡no!" desde el extranjero. Si el
articulista suele redondear sus piezas de opinión con emplazamientos
dilemáticos, con desencanto del pueblo, con pronósticos apocalípticos y mucho
civilismo heroico, si cita con frecuencia a Pocaterra y pone de ejemplo a
Carnevali, puede afirmarse sin temor a errar que es un damnificado de la Cuarta
República" (88). Por supuesto, el régimen betancourista tuvo el tino de generar,
para sus artistas subsidiarios, toda una red de exposición mediática, toda una
farándula cultural, con sus premios y sus periodistas y sus vitrinas, de manera
de reproducir aquel salón de la princesa Mathilde, donde los intelectuales de la
burguesía francesa vendían razonablemente su alma al diablo. He aquí lo que nos
dice Gabriel Zaid: "Lo importante de la presentación de libros es la
presentación, no la lectura. Lo importante es el montaje teatral de un acto que
sirve para adquirir presencia en la vida social, pagando anuncios y generando
noticias en los periódicos, la radio y la televisión" (89). Y además: "Si el
texto maravilloso se publica sin ningún ruido social, no es noticia para la
prensa (...) Por el contrario, un texto decepcionante, pero firmado, publicado,
presentado, por personas e instituciones con poder de convocatoria social, sale
en los periódicos y en la televisión" (90). Y, para terminar con Zaid: "El
periodismo cultural se ha vuelto una extensión del periodismo de espectáculos"
(91). De manera que la cultura del betancourismo y sus gestores han convertido
todo esto en una especie de mueca, en un asunto de mercadeo más que de arte. En
un ambiente tanto o más fatuo que el del "starsistem", se decide qué es arte y
qué no lo es, qué se lee y qué no se lee. Se trata de la socorrida fórmula de
las roscas y los centros de poder, de un sistema profundamente antidemocrático,
hipócrita y dañino.
Este panorama que hemos presentado del arte y la administración cultural en
Venezuela no es particular de nuestro país. Es un fenómeno mundial, que deriva
precisamente de un concepto determinado de sociedad, de la ideología
individualista y supremacista de la burguesía, de la mercantilización
capitalista de todas las relaciones y actividades humanas, incluidos el arte y
la cultura. Como dice Perán Erminy "más grave aun es el funcionamiento de las
roscas de Nueva York, capaces de imponerle un tipo de arte a los Estados Unidos
y, peor aún, al mundo entero, con muy pocas protestas y controversias" (92). De
manera que esta concepción manipuladora, dictatorial de la cultura, es otra
deformación de la tan elogiada globalización, aunque de este monstruo hablaremos
más adelante. Es digno de notar como estas mismas deformaciones se reflejan en
el campo de la ciencia: "¿No es cierto acaso que en esos centros de desarrollo
científico se habla cada vez más de las mafias de las citas, las cuales
practican, por ejemplo, el emblemático 'tú me citas y yo te cito'? ¿No es verdad
también que los esquemas numerológicos de cierta complejidad se han prestado
aquí para torcer en algo los números de manera de ser consecuentes con las
relaciones de amistad, parentesco y otras? ¿Por qué no instauramos entre
nosotros normas jerárquicas de más simple y honesta aplicación, más acordes con
nuestro grado de desarrollo?" (93).
La degradación de la cultura en el régimen betancourista y sus signos clasistas
y supremacistas no son sino la consecuencia natural de la ideología que
representaba ese régimen, la ideología individualista y supremacista de la
burguesía. Ahora nos tocará presentar ante los lectores cómo estos contenidos
ideológicos se manifiestan diáfanamente en la intelectualidad burguesa
venezolana de índole betancourista.
SOBRE EL INDIVIDUALISMO
Para remitirse a la base del pensamiento burgués contemporáneo, vamos a recurrir
primero que nada a uno de sus principales ideólogos de habla hispana, el español
Fernando Savater, verdadero gurú de la intelectualidad burguesa criolla, que
adora y promueve sus ideas individualistas en torno a la ética y la política. No
es de extrañar, ya que el individualismo es el concepto más caro a las clases
dominantes venezolanas y a los intelectuales favorecidos por ellas, quienes han
asumido el modelo de pensamiento norteamericano y europeo de mayor cariz
burgués, y lo han hecho suyo, de modo desembozado o con distintos subterfugios.
Esta primera frase de Savater que voy a transcribir valdrá la pena analizarla en
detalle: "La idea básica del capitalismo no es el servicio a otros hombres
privilegiados (todos somos iguales) ni al conjunto social, sino el interés que
mueve a cada cual a procurar su propio provecho para sí mismo y para los suyos.
Pero al buscar cada cual ganancia para sí, las sociedades se enriquecen en su
conjunto de modo notable; el afán de ganancia se ha demostrado un estímulo para
el desarrollo de las industrias, favorece las nuevas invenciones que hacen el
trabajo más productivo y la vida más cómoda, mientras que la competencia entre
los productores aumenta la cantidad de lo producido, abarata su precio y
sofistica la calidad" (94). Vamos por partes: en primer lugar, debo agradecer a
Savater la ayuda que me presta cuando da por sentado que la idea básica del
capitalismo es el individualismo, ya que esto, dicho por mí, seguramente sería
catalogado como un "dogma" por algunos dolientes del propio individualismo. Pero
como quien lo dice es Savater, para la mayoría de ellos deberá ser santa verdad.
Luego Savater convierte al individualismo en una premisa de la riqueza de las
sociedades, con toda seguridad confundiendo la riqueza de unos pocos, muy pocos
hombres en el mundo, con la pobreza de la mayoría, la inmensa mayoría de los
hombres. Hablar de "riqueza social" así, sin más ni más, es propio de los pocos
privilegiados que disfrutan tal "riqueza". Muy por el contrario, durante el
capitalismo es verdad que se han desarrollado grandes inventos y avances
tecnológicos de gran magnitud, así que todos deberíamos vivir mucho mejor. Pero
no es así, precisamente porque ese desarrollo tiene como fundamento la
competencia atroz entre capitalistas por explotar mejor los recursos del mundo,
incluidos los eufemísticamente llamados "recursos humanos", y aprovecharlos para
el enriquecimiento personal, de modo que este aspecto supuestamente positivo del
capitalismo, se contradice con la situación de casi toda la humanidad, donde
campean el hambre, la incultura, la violencia, la infelicidad y la muerte.
Claro, probablemente Savater compara las economías clásicas capitalistas, como
la norteamericana o la japonesa, por mencionar sólo dos, con las ineficientes
economías del capitalismo de estado que, bajo el nombre de "socialismo", se
apoderó de las repúblicas del este de Europa, tema que trataremos después. De
todas formas, en todas estas sociedades contemporáneas, se libra la lucha entre
el individualismo y el colectivismo, entre el absurdo mundo burgués y la
aspiración a mundos mejores. Cuando el mismo Savater afirma que los movimientos
y luchas sociales han evitado que las condiciones laborales sigan siendo las
mismas de hace ciento cincuenta años, lo dice como halando esa sardina para el
sartén de la burguesía, como si no supiera que la mayoría de esas luchas han
sido enfrentamientos, precisamente, contra las condiciones que impone el orden
burgués, y muy a pesar de ese orden, que no vacila en masacrar a los desposeídos
si las cosas se les ponen muy difíciles de controlar. Las luchas sindicales,
étnicas, femeninas, raciales, anticoloniales forman parte de un movimiento
natural de la humanidad hacia el concepto lógico del colectivismo, que es el
camino a recorrer, claro que paso a paso, y no a saltos. Un movimiento desde el
capitalismo hacia el real "socialismo real", y no el falso "socialismo real" que
se apoderó de los primeros experimentos revolucionarios que emanaron de los
planteamientos iniciales contra el individualismo burgués, a fines del siglo XIX
y principios del XX. No es de extrañar, por otra parte, que Savater exponga de
esa manera su concepción del mundo, porque también, al igual que otros
pensadores burgueses, mide la libertad individual según su situación particular,
como si él fuera el único individuo sobre el planeta, o el semidios de Flaubert,
o la medida de todas las cosas. Según Savater "los individuos tenemos dos
maneras de formar parte de los grupos sociales, que suelen darse por separado,
pero a veces se dan juntas (...) Podemos pertenecer al grupo y podemos
participar de él" (95). Esta supuesta libertad de los individuos para escoger su
relación con el grupo la fundamenta el pensador español en otra falsa premisa:
"El individuo participa en un grupo porque quiere y mientras quiere, no se
siente obligado a la lealtad y conserva la suficiente distancia crítica como
para decidir si le conviene o no seguir en ese colectivo" (96). Como cualquiera
puede ver, el "individuo" aquí tiene un nombre y una vida muy precisa: se llama
Fernando Savater y es un escritor español que es invitado frecuentemente a
dictar conferencias que le son bien pagadas y a las cuales él puede ir o no, ya
que es libre de pertenecer o no, de ser leal o no y de comer shashimi o no.
Usando los argumentos de Savater, tendríamos que concluir que el joven Johnatan
Fernández, que vive en el barrio Los Canjilones de La Vega y vende coca en los
alrededores del mercado de San Martín, donde ha sido hecho preso hace dos horas,
no es el "individuo", ya que no debe creerse que pertenece al grupo de los
detenidos de paso en los calabozos de la cárcel de Cotiza porque quiere, o que
es medianamente capaz de decidir si le conviene o no seguir en ese colectivo.
Ahora bien, invierta usted el espejo y mire la realidad tal cual es: Johnatan es
tan individuo como Savater, pero son dos individuos muy diferentes, ya que no
existe tal "individuo" en abstracto, tal entelequia como la que nos pretende
vender el pensador español. Todo individuo es una persona de carne y huesos, con
una situación particular, vinculada siempre a una relación específica con la
sociedad. De esa relación depende su grado de "libre albedrío" (recordemos a
Lutero y a Erasmo); Savater es un buen burgués y Johnatan un descamisado.
Savater es un universitario y Johnatan un analfabeta. Savater es profesor y
Johnatan drogadicto; Savater nació y creció en una nación europea y Johnatan en
esta especie de traspatio que ha sido Venezuela. El individuo Savater es Savater,
allá él y lo felicito. El individuo Johnatan es un esclavo de cuna, un individuo
sin opciones, un condenado por la sociedad injusta donde nació y creció. Claro
que no es libre, así que no cabe en la categoría de "individuo" de Fernando
Savater. Los "individuos" son por naturaleza creativos, capaces de crecer y
aprender y ser razonablemente sanos. Pero no son absolutamente libres jamás,
sino que dependen siempre de las condiciones de la vida colectiva. No es que el
colectivo no dependa también, en cierto grado, de cada individuo, pero lo hace
de una manera infinitesimal, en una relación inversamente proporcional a la
dependencia contraria. Es sintomático que Savater y otros pensadores como él se
empeñen en que el gran debate ideológico contemporáneo lo protagonizan el
individuo y el Estado: "Los dos grandes protagonistas del torneo político
moderno: el individuo y el Estado" (97). Esto es otra falacia. El verdadero y
profundo debate se da entre el individualismo y el colectivismo, y muchas veces
también entre el individuo, como categoría, y la sociedad, y sobre ello
volveremos más adelante con más razones. Por ahora baste con decir que,
precisamente, el Estado atrofiado, opresor, omnipotente es una de las
manifestaciones más evidentes del dominio clasista, ya que un Estado fuerte ha
sido utilizado desde hace siglos, de diversas formas, para que una parte de la
sociedad pueda establecerse como superior a los otros componentes sociales y
oprimirlos por medio de la fuerza de ese Estado. Pero al igual que sucede con
las diferencias sociales, el Estado no puede ser borrado de un plumazo. Para
Savater, pues, la sociedad no existe. Existen sólo individuos aislados,
solitarios, de un lado, y el Estado del otro. Pero creo que esta deformación de
la realidad no es inocente. Al final el retruécano se aclara: "...ahora yo
quedaría muy bien si te dijera que lo deseable es buscar un perfecto equilibrio
entre individuo y Estado, dando a cada cual lo suyo y no permitiendo abusos, y
así todos contentos, amén. Pero ya te advertí al comienzo que no pienso ser
neutral, de modo que (...) tomaré partido. A favor de...a favor del individuo,
claro" (98). Savater casi acierta al principio, tal vez falla por uno o dos
palmos. Ya que en realidad la existencia de los individuos (nos gusta más así,
en plural) y la del colectivo (la sociedad) deberían marchar hacia un punto de
equilibrio, donde ambas manifestaciones de la humanidad ocuparan el espacio que
les corresponde, con prominencia, por supuesto, de lo colectivo. Pero ahí están
los dos palmos de error para Savater: ningún equilibrio es perfecto y la lucha
ideológica es entre individualismo y colectivismo, y no entre individuo y
Estado. Entre nosotros, los mismos pensadores que le temen y se oponen con rabia
al proceso de cambios que está en marcha en Venezuela, suelen ser adalides en la
defensa del individualismo. Germán Carrera Damas sale a batirse a favor de
"...el ejercicio individual de la soberanía, que sólo es compatible con la
libertad individual, o sea la esencia irrenunciable de la democracia" (99). No
vamos a seguir discutiendo si la "libertad individual" es o no la esencia de la
democracia, lo interesante ahora es señalar la esclarecedora coincidencia de
este equipo mundial de ideólogos burgueses. He aquí Arráiz Lucca cumpliendo su
parte: "Queda claro que la creación de un Estado liberal se funda sobre la base
de los derechos individuales, en contraposición a las pretensiones del Estado
absolutista, y, así como el Estado liberal surge a expensas de la erosión del
poder del monarca, las ideas del estado mínimo frente al Estado máximo tienen,
hoy en día, una total vigencia" (100). Por supuesto que al hablar de "Estado
mínimo", Arráiz se refiere a la economía de "libre mercado" (donde sólo son
"libres" los grandes monopolios transnacionales) y la vincula, qué más puede
esperarse, a los "derechos individuales" que ubica como base del "Estado
liberal". Los eufemismos de Arráiz no pueden ocultar de ninguna manera sus
coincidencias con Savater, Carrera Damas, Norberto Bobbio y tantos otros de la
misma cofradía del pensamiento individualista burgués, defensores a rajatabla de
la llamada "economía de libre mercado", es decir de esta versión contemporánea y
atroz del viejo capitalismo que se impuso al declinar la sociedad medieval.
Pensadores dieciochescos he dicho. Lo cierto es que el concepto de "libertad
individual" disfraza el egoísmo que está en la base de la cultura burguesa. El
hombre egoísta, cuyas metas en la vida son el éxito individual, la fama y los
privilegios personales, trata ferozmente de acarrearse todos estos "bienes"
juntos, o algunos de ellos al menos. Y es éste el hombre que es útil y necesario
al gran capital internacional, sépanlo o no quienes sustentan el tipo de
pensamiento que hemos descrito.
SOBRE EL SUPREMACISMO
He dicho que el gran fundamento de la ideología burguesa es el individualismo.
Es, si se quiere, su marca de fábrica. Aunque los individuos siempre han
existido y existirán, es en la sociedad dividida en clases donde comienza a
perfilarse la deformación especular que va cediendo el papel dominante, en la
esfera ideológica, al individuo, en detrimento del rol dominante que cumple, en
la realidad, el colectivo social. Esta deformación alcanza su máximo grado con
el advenimiento del capitalismo y de la sociedad burguesa, que se declara,
abiertamente, individualista. Pero he aquí que la ideología individualista
refuerza otros usos de pensamiento que les son propios a las clases dominantes
de siempre. Uno de los más importantes es el supremacismo intelectual, la
creencia de que los intelectuales y técnicos burgueses constituyen un estrato
superior de la sociedad. Dicha "superioridad" se la daría el uso privilegiado de
la razón, la inteligencia y el pensamiento. Como vimos claramente en el análisis
del pensamiento burgués en Francia frente a la Comuna de París, el pensador
burgués desprecia profundamente a los desposeídos, quienes según su criterio son
irracionales, escasos e ignorantes. En este último término juega la común
confusión entre conocimiento académico y conocimiento en general. Es decir, la
falacia de que el único conocimiento posible es aquel que es provisto por la
razón formal y por la educación universitaria o técnica, en detrimento de otras
vías de conocimiento igualmente válidas, como la experiencia vivencial, la
intuición y la imaginación. El supremacismo de las clases dominantes, heredado
por la burguesía, es tan antiguo y está tan expandido, que los propios dominados
y despreciados suelen asumirlo y sentirse inferiores. En situaciones
revolucionarias como la que vive Venezuela, los desposeídos comienzan a tomar
consciencia de sí mismos, de su fuerza, de su independencia social, y a
liberarse del cepo ideológico de las clases dominantes. Se recrudece entonces la
lucha de clases en la sociedad y las diferencias de clase se hacen evidentes.
Muchos de quienes cantaban loas al pueblo adormecido durante el régimen
betancourista, y que después de cada proceso electoral ensalzaban el "civismo" y
la "madurez democrática" de los venezolanos, ahora tildan al pueblo de
irracional y no pensante. Este prejuicio supremacista tiene, por supuesto, sus
representantes en las grandes metrópolis occidentales, quienes son admirados y
difundidos de manera activa por los pensadores burgueses del patio. Veamos, y
analicemos, esta joya de uno de los grandes gurús contemporáneos del pensamiento
individualista, Norberto Bobbio: "Me limito a llamar la atención sobre la
frecuencia, intromisión e insistencia de las manifestaciones de masas en las que
el individuo pierde la propia personalidad y se identifica, se pierde, se anula
en el grupo: en lugar de hablar, grita; en lugar de discurrir, insulta; en lugar
de razonar, expresa el propio pensamiento en el estilo primitivo del eslogan; en
lugar de actuar, se agita y hace gestos rítmicos con el brazo extendido" (101).
Desmenucemos este canto: lo primero es que las manifestaciones de masas son una
"intromisión". Lo que Bobbio llama "masas" no es más que la mayoría de los
hombres, los que no tienen voz. De manera que, en todo caso, quien se entromete
en lo que hacen los hombres es Bobbio. Pero para el burgués la medida de las
cosas es él mismo, su individuo, y cuando mucho su clase social. ¿A cuenta de
qué va el señor Bobbio a establecer que su estilo de vida acomodado, "moderado",
refinado es el correcto? Luego afirma Bobbio que en las manifestaciones masivas
el individuo pierde la propia personalidad y se anula en el grupo. La respuesta
a esta falsedad debe ser vinculada a otra afirmación del pensador italiano,
según la cual es condenable que los manifestantes griten e incluso insulten,
voceen consignas y muevan sus brazos rítmicamente. Tilda todo ello de
"primitivo". En cuanto a esto último, tendría razón, si no fuese porque con toda
seguridad el cognomento de "primitivo" tiene en su boca connotaciones
despectivas. De hecho era común que los guerreros tribales tuviesen cánticos y
gritos diversos que los ayudaban a mantener coherencia grupal en la batalla, así
como a darse ánimos o convocar a los dioses para ser más fuertes y arrojados
ante el enemigo. No es muy distinto lo que hacen los pueblos oprimidos
contemporáneos. El señor Bobbio omite, no puede sino omitir, el hecho de que los
pueblos oprimidos normalmente carecen de voz. El señor Bobbio, el individuo
Bobbio, tal vez puede darse el lujo de no gritar (¡quién sabe como será en su
casa!), porque es un escritor europeo, cuyos libros son publicados de a miles,
es invitado a charlas y tiene seguidores que multiplican su voz y escriben
artículos laudatorios. Pero el individuo, pongamos, Jefferson Rodríguez, que
vive en Los Flores de Catia, en el paupérrimo oeste de Caracas, tiene una sola
manera de hacerse oír: juntarse con otros individuos como él, armar berrinche,
gritar consignas, lanzar al aire, eventualmente, más de un insulto y mover
rítmicamente sus brazos para darle más fuerza a su voz y a su grupo. No lo hace
para anularse, sino todo lo contrario, lo hace para existir, para tener voz,
para ser escuchado, para influir en la política y en la vida de la sociedad. No
tiene otros canales ni otra manera, no le han dejado otras opciones. Lo más
seguro es que si algún día existiera en Venezuela una democracia participativa,
verdadera, aun así de vez en cuando Jefferson tendría que juntarse con otros
Jeffersons y gritar. Y si alguna vez la "masa" se equivoca, pues tiene derecho a
hacerlo, tal como lo tiene, y lo usa ampliamente, el señor Bobbio, a quien nadie
debe impedirle escribir, a pesar de que a menudo describe el mundo al revés. En
Venezuela, las manifestaciones de supremacismo burgués han abundado en los
últimos tiempos. Veamos que nos dice Luis García Mora, en referencia al
referéndum de diciembre del 99: "El voto del "no" aunque no gane, por ser el
voto cualitativo, del sector pensante (el sector que mueve los países), seguirá
presente, y no puede ser excluido" (102). De manera que en la perspectiva
democrática de García Mora hay dos tipos de voto: uno es el voto "cualitativo"
(que se refiere, por supuesto, al voto de él mismo). Este voto "cualitativo"
sería mejor, más valioso, tendría más calidad, que el voto cuantitativo, es
decir el voto de la mayoría, que por supuesto sería un voto inferior, puesto que
esa mayoría es inferior, ya que de hecho, según García Mora, no piensa, pues él
habla claramente de la existencia de un "sector pensante". Este periodista, que
reedita las lamentables ideas de los escritores ante la Comuna, se vende a sí
mismo como un adalid de la democracia y contra el totalitarismo. Sin embargo, su
pensamiento clasista es totalitario, fundado en la falacia de que una élite
minoritaria no sólo es la única que piensa, sino además la que "mueve los
países". ¿Sabrá el señor García Mora que la barra donde reposa el whisky que se
bebe es el producto del trabajo de millones de hombres, de madereros,
carpinteros, trabajadores de la industria química, transportistas, constructores
y un larguísimo etcétera? ¿Sabrá García Mora que los conocimientos humanos no
son sino el producto de la acumulación de una extensa experiencia que viene
desde los hombres de las cavernas? ¿No es esta clasificación del voto algo muy
parecido a aquello que se impuso, inmediatamente después de la Revolución
Francesa, de que sólo los propietarios eran ciudadanos y tenían derecho a
sufragar? Para García Mora, el "sector pensante" es el que piensa como él, y el
que no piensa como él, pues no piensa en absoluto. Si unimos cabos notaremos
fácilmente que eso es lo típico del individualismo burgués: la medida del mundo
es el "individuo", y el individuo soy yo. Tal pensamiento atiza la lucha de
clases, la alimenta, la promueve, mucho más, en mi opinión, que cualquier
discurso de Hugo Chávez. Otro pensador de este combo, José Luis Falcón Guzmán,
se refiere al hecho de que el discurso "antillano" de Chávez "...Obedecerá
probablemente a un frío cálculo electoral de ganarse a los descamisados a la
causa del "sí", ya que quien critica el proyecto es básicamente cierta élite
pensante del país" (103). Otra vez la "élite pensante" frente a la mayoría
irracional, compuesta por unos animales incapaces de articular pensamientos. El
inefable Manuel Caballero nos sigue dando argumentos: "Hay quienes dicen que los
venezolanos no quieren un dictador, sino un gobernante con autoridad. Pero es
muy difícil que ese matiz, de un fino academicismo, pueda ser percibido por la
mayoría, y sobre todo por la mayoría engolosinada hoy con su nuevo caudillo
(...) el autoritarismo es un instinto y la democracia una cultura" (104). Ya
pudimos conocer en otro segmento de este libro la catadura de la "cultura
democrática" del señor Caballero, pero vemos como aquí trata de crear una
contradicción entre instinto y cultura. Lo primero que habría que defender es al
instinto como hermosa y utilísima facultad humana. Aquí Caballero, no obstante,
asimila el instinto popular a cierta animalidad, a la supuesta irracionalidad de
una masa carente de "cultura democrática". Mi instinto me dice que Caballero se
refiere a la cultura "democrática" betancourista, a la cultura autoritaria de la
exclusión y la represión. Quirós Corradi no se queda atrás en esta segmentación
que ahora ocupa importante centimetraje en las columnas de estos opinadores de
oficio: "La emergencia de un nuevo liderazgo joven de la sociedad civil,
básicamente de la clase media, nos permite apostar a que, en un futuro no muy
lejano, podrá convertir el voto emocional de la mayoría de hoy en un voto
pensante y racional. Esperanza que se fortalece al saber que entre la clase
media el "no" triunfó con 56% de los votos contados" (105). El mérito de este
párrafo de Quirós reside en el establecimiento de una clara tendencia clasista.
Quirós está diciendo lo mismo que García Mora y Caballero, pero de una manera
más franca. El "sector pensante" sería la clase media profesional, especie de
élite que podrá lograr en el futuro, según Quirós, el milagro de que la masa
ignara piense y sea un poco racional, de manera que comience a votar como la
clase media, tal como lo hacía en el pasado. Da por cierto este columnista el
supuesto de que el voto de las mayorías venezolanas, en los años recientes, es
meramente "emocional". Pero resulta ser que el voto por Chávez en el 98 fue el
voto más racional, en la medida en que fue el voto más expresamente politizado,
el único que respondía a la aceptación de una plataforma política específica. El
voto antichávez tuvo pocos componentes racionales, fue un voto "anti", un voto
negativo, un voto sin propuestas. Eso lo demuestra el hecho de que el principal
beneficiario de esa votación irracional, Henrique Salas Römer, desapareció del
protagonismo político, junto a su partido, inmediatamente después de las
elecciones. Habría que decirles a estos voceros de las élites que sus galimatías
y retruécanos mentales, usados para defender la ideología burguesa y la
restauración del régimen betancourista, son sin duda pensamiento, pero no
pensamiento superior ni mucho menos: están muy lejos de serlo. Es más bien
pensamiento anacrónico, atrasado en por lo menos dos siglos yendo para tres.
Siguiendo con esta ofensiva clasista que se dio en medio de la campaña electoral
referendaria de la nueva Constitución de 1999, vemos como en la versión digital
del diario conservador español El País se traduce la fuerte tendencia
supremacista que se hizo sentir en Venezuela: "El grueso de sus votos (de
Chávez) radica en los pueblos y barrios marginales de las ciudades. Los sondeos
anticipan que el voto de "cantidad" se impondrá al voto de "calidad" (106). Y
también "Los análisis críticos sobre su proyecto no llegan a la población de
ingresos más bajos (...) su precaria formación les impide comprender los
elaborados razonamientos empleados por economistas, políticos o académicos
invitados a desarrollar su posición favorable al no" (107). Si leemos con
cuidado ésta última aseveración del diario español, notaremos como se deja colar
la sutil manipulación, en el sentido de que los "elaborados razonamientos" de
las élites intelectuales seguramente eran atinados pero los desposeídos estaban
impedidos para comprenderlos debido a su "precaria formación". Sin embargo, El
País ignora que este texto constitucional fue ampliamente difundido y que era
común ver a la gente del pueblo leyéndolo en el Metro, en las busetas, en las
esquinas. El pueblo venezolano pudo discernir que esta Constitución es
básicamente excelente, y por supuesto imperfecta, y que la oposición de las
élites no era constitucionalista ni "racional", sino más bien de índole
política, una nueva manifestación del antichavismo aberrante de esas élites.
Como todos sabemos, el 15 de diciembre de 1999 llovía a cántaros en
prácticamente toda Venezuela, presagiándose la dolorosa tragedia que enlutó
nuestra Navidad. Quiero cerrar estas reflexiones sobre el supremacismo
excluyente de los ideólogos individualistas, con una nueva cita de nuestro amigo
Ibsen Martínez: "La mañana del miércoles, un número indeterminado de "sifrinos
por el no" descorrió sus cortinas y, al ver que el cielo seguía cayéndose a
mares, dieron en telefonearse los unos a los otros.
-¡Los "cerruchos" seguro que se rascaron anoche y no van a ir a votar porque
está lloviendo!
(...) La "corrida" telefónica del miércoles en la mañana estaba en congruencia
con las manifestaciones más características que la Internet pudo ofrecer a un
estudioso de nuestro proceso político en los días inmediatamente anteriores al
referéndum (...) En especial para un estudio de las actitudes excluyentes,
supremacistas, egoístas y negadoras de la realidad de esas capas que, no se sabe
por qué, se ha convenido en llamar las 'elites' nacionales" (108).
La superioridad de los intelectuales burgueses es uno de los grandes mitos
creados en el esquema de dominación ideológica. Ningún hombre es superior a
otro, en ningún sentido, porque haya estudiado más. Esto último tal vez pueda
incidir en que el hombre sea particularmente útil a la sociedad en trabajos de
índole especializada. Del mismo modo, una mayor formación cultural puede
contribuir a que el hombre amplíe sus horizontes existenciales, pueda comprender
mejor algunos procesos ontológicos y humanos, pero no necesariamente será así.
Mucho más importante para la sociedad es un hombre que respalde las opciones
políticas y sociales de avanzada, así no sea culto, que un especialista
reaccionario, opuesto a las transformaciones y hundido en sus atrasados
prejuicios de clase. Es más sabio y más útil a los hombres, a la sociedad, al
futuro, un obrero consciente, que comprenda las características de un momento
histórico y actúe en consecuencia, que un intelectual burgués estancado,
narcisista, amarrado a su mezquino mundo de abstracciones, obstruyendo los
cambios y promoviendo el conformismo y el retroceso.
SOBRE EL ECONOMICISMO
Otro tema que ha sido martillado una y otra vez en Venezuela para atacar el
proceso de cambios, es el económico. Bandas de sesudos economistas recorren los
canales de televisión pontificando sobre la necesidad de planes económicos. Son,
en general, partidarios declarados o vergonzantes de la economía de "libre
mercado" y agitan el fantasma de la globalización como quien muestra al niño la
palmeta. Son también, muchos de ellos, conocidos beneficiarios del antiguo
régimen, donde fungieron en cargos públicos o como "asesores". Otros,
simplemente, tienen años dictando recetas que a todas luces no han funcionado.
Casi todos, con contadas excepciones, gritan "¡comunismo, populismo, estatismo!"
cada vez que alguien menciona, vinculándolos a la planificación económica, los
términos redistribución de los ingresos, inversión social y regulaciones
estatales. A todos se les puede repetir la afortunada frase de Savater: "Lo que
me preocupa es sospechar que los economistas saben de economía pero lo ignoran
casi todo sobre soluciones" (109), o esta otra de José Luis Vethencourt: "Detrás
de la racionalidad del dinero -y en general de la economía- se esconde con gran
frecuencia la más brutal de las irracionalidades" (110). Nosotros no somos
expertos en economía, pero como la cohorte de intelectuales burgueses que hemos
nombrado en estas páginas se empeña cada vez más en hacerle coro al combo gris
de los economistas mediáticos, repitiendo como loros lo que sospecho no conocen
muy bien, nos sentimos autorizados a emitir algunas humildes opiniones,
respaldadas por experiencias reales, computables -no por teorías- que hemos
podido conocer a través de algunas lecturas de gente bastante neutral y
autorizada.
Lo primero que cabría decir es que la economía venezolana fue dejada en estado
de postración por el régimen betancourista, a pesar de los ingentes recursos que
éste manejó. No solamente por los altos índices de desempleo y de pobreza atroz,
por la debilidad de nuestro signo monetario, por la profundidad y extensión de
la recesión y la crisis generalizada, sino sobre todo por la angustiante
situación de un país que carece de la infraestructura mínima para su despegue,
por lo cual la recuperación económica no va a ser cosa de pocos años. Por
ejemplo, el tejido industrial venezolano cuenta con poco más de 12.000
establecimientos manufactureros, lo cual es menos de la mitad de países como
México y Colombia: somos reos del petróleo. A pesar de la existencia de planes,
desde 1970, que hubiesen permitido dotar al país de una infraestructura de
riego, imprescindible para la salud de la agricultura, hoy tan sólo contamos con
200.000 hectáreas con sistemas de riego. De manera que para que haya
recuperación de la agricultura, habría que levantar primero esa infraestructura
de riego. En cuanto al transporte, no ha sido posible acelerar la construcción
de una red ferrocarrilera, que haría nuestra economía mucho más competitiva y
capaz. Tampoco se han aprovechado las grandes posibilidades del transporte
fluvial. En fin, como en todo lo demás, el régimen betancourista dejó esta otra
gran cicatriz de una economía no sólo altamente trastornada, sino además en
condiciones muy difíciles para su recuperación. Sin embargo, los genios de la
economía mediática insisten en sus mismos esquemas, refiriéndose a soluciones
que siempre ponen el acento en las posibilidades del "libre mercado" y dejando
en la cola, casi como una concesión, los asuntos atinentes a lo social, como
son, por ejemplo, la redistribución del ingreso, la salud y la educación. Pero
el error estriba en que no puede haber recuperación económica primero y
recuperación social después, sino que se trata, necesariamente, de un proceso
simultáneo. En un interesante artículo de Francisco Rodríguez, profesor de
economía de la Universidad de Maryland, se afirma que "Justamente el éxito de
los países asiáticos fue el de solucionar los problemas distributivos a través
de verdaderas reformas agrarias en los años sesenta, sólo a partir de ese
momento fueron capaces de experimentar las altas tasas de crecimiento que le
ganaron el nombre de "el milagro asiático" (111). Justamente por ello hay que
decir que el anuncio de una Ley de Tierras y la lucha contra el latifundismo que
libra el actual gobierno venezolano, son medidas correctas que apuntan a
favorecer la necesariamente lenta recuperación económica. En esto último hay que
insistir, pues los genios de la economía y la oposición impenitente a Chávez,
reclaman del gobierno lo que no es posible en ningún caso: recuperación
económica en uno, dos o tres años. En lapsos tan breves sólo es posible que
veamos signos de que se marcha en la dirección correcta. El gobierno ha estado
enviando varias señales en ese sentido, con su honda preocupación por lo social,
su responsabilidad en responder a la deuda laboral, su reconocido esfuerzo en el
área de la educación, donde llegó a acuerdos salariales con los maestros,
después de muchos años de conflictividad, y generó, sólo en el primer año de
gestión, un aumento en la matrícula escolar contabilizada en 600.000 niños.
En apoyo a la opinión del profesor Francisco Rodríguez, queremos referirnos a un
importante artículo que lleva las firmas de Nancy Birdsall, Vicepresidenta
Ejecutiva del Banco Interamericano de Desarrollo, quien fuese directora del
Departamento de Investigación de Políticas del Banco Mundial, y de Bernardo
Kliksberg, Coordinador del Instituto para el Desarrollo Social del BID, y quien
se desempeñó como director del Proyecto Regional de las Naciones Unidas para
América Latina de Modernización Estatal y Gerencia Social. Estas dos voces
autorizadas plantean en su trabajo una comparación entre las economías del
Sudeste Asiático y América Latina, donde destaca el importante papel que jugaron
las políticas redistributivas y educativas en el lanzamiento de esas exitosas
economías asiáticas. A tal respecto, los autores afirman que "La visión de la
educación como un factor definidor en el crecimiento de la productividad
nacional y de las posibilidades de participación competitiva exitosa en los
mercados internacionales, enmarcó en toda su trayectoria los esfuerzos de los
países del Sudeste Asiático. Los resultados y la experiencia creciente a nivel
internacional, indican la certeza de dicha visión. La educación es una forma
fundamental de acumulación de capital" (112). Quisiera que los genios criollos
de la economía tomaran nota de esta última afirmación: "La educación es una
forma fundamental de acumulación de capital" (113). Quisiera que la próxima vez
que hablaran de los planes económicos de Venezuela, hicieran una pausa en sus
predicciones tan apocalípticas como interesadas, y recordaran la cifra que ya
dijimos: 600.000 nuevas matrículas en apenas un año, una gran inversión,
fundamental, hacia la acumulación de capital, hacia la recuperación económica de
Venezuela, o la de 500 escuelas bolivarianas fundadas en 1999 y otras 1.500
planificadas para arrancar en septiembre del 2000. Claro que los mencionados
autores también asignan importancia a la conformación de condiciones
macroeconómicas estables, lo cual tampoco es fácil en la Venezuela de hoy, pero
que marcha también por caminos alentadores, con avances en la disciplina fiscal,
con intentos, que deben ser intensificados, para aumentar la eficiencia en la
recaudación, con una asertiva política monetaria, aun en medio de los grandes
desequilibrios heredados. Pero siguiendo con el planteamiento del artículo
mencionado, tenemos que, siempre refiriéndose a aquellas economías asiáticas:
"El esfuerzo ha tenido un carácter universalista, ha ido hacia el conjunto de la
sociedad tratando de dar un 'salto nacional' en la materia. En el conjunto del
sistema educativo han priorizado fuertemente los niveles de educación primaria y
secundaria en las asignaciones de recursos públicos con relación al nivel
superior (...) Corea invierte en educación actualmente cerca del 10% del
Producto Nacional Bruto" (114).
Por otra parte, leemos en el artículo de Birdsall y Kliksberg esta afirmación:
"Según lo demuestra la experiencia de los "tigres", un alto grado de equidad en
la distribución del ingreso es favorable para el crecimiento porque el
crecimiento debe generarse desde abajo" (115). Nuevamente un aserto que deben
aprender nuestras cabezas parlantes de la economía: "el crecimiento debe
generarse desde abajo", porque como siguen diciendo estos dos autores: "El
crecimiento debe basarse en parte en el ahorro y la inversión de las familias
pobres y en el aumento de la productividad de sectores y trabajadores de un
nivel bajo de productividad" (116). Como vemos, esto es muy difícil de lograr en
Venezuela, pero por ahí es el camino, aunque sabemos que tardará unos cuantos
años. Las políticas crediticias y el control de las tasas de interés bancarias
que viene impulsando poco a poco el gobierno venezolano, son ejemplos de medidas
que apuntan en esa dirección acertada. Por supuesto: "Esto fue más fácil de
lograr en Asia Oriental -donde el grado de desigualdad en el ingreso era bajo-
que en América Latina, donde la desigualdad en el ingreso es muy notable" (117).
No es éste asunto de la desigualdad, en ningún modo, un aspecto menor o
secundario dentro de la planificación hacia una economía recuperada y fuerte:
"En el centro del 'milagro asiático' se hallan procesos que han ido en dirección
a la reducción gradual de los desniveles sociales" (118). Si vemos los caminos
de las políticas públicas de la Venezuela de hoy, podemos notar como es falso
que no marchemos en una ruta atinada de recuperación económica, si nos
comparamos con lo ocurrido en Asia: "Las distancias entre el 20% superior y el
20% inferior de la estructura de distribución de los ingresos son del orden de
4.3 a 1 en Japón, 7.9 a 1 en Corea y de 3.6 a 1 en Taiwán. Esto se produjo a
través de diversos instrumentos como la reforma agraria, los programas de
vivienda pública, la inversión en infraestructura rural, y una educación básica
difundida de alta calidad. Un eje central fue una política activa de promoción
de empleo, y de apoyo a las exportaciones intensivas en empleo. Diversas
políticas públicas se concentraron en crear oportunidades para la mejora de la
productividad de los pobres, y su integración a la economía" (119). Por supuesto
que en Venezuela tendremos que encontrar caminos propios, pues debemos atender a
nuestras peculiaridades. En el caso del empleo, por ejemplo, sucede que hay un
amplio sector de los desempleados que prefieren seguir dedicados a la economía
informal, de índole básicamente comercial, por dos razones: los salarios son muy
bajos, por lo que se gana más vendiendo destornilladores y condones en una
esquina de Caracas, y se han acostumbrado a no depender de jefes ni de horarios.
La mayoría de los buhoneros viven tan bien o mejor que cualquier obrero no
calificado. No es fácil, pues, incorporar a una gran fuerza como ésta al trabajo
industrial, productivo. En todo caso "Los resultados corroboran los múltiples
cuestionamientos actuales a la idea que vinculaba estrechamente mayor
desigualdad con ampliación de la acumulación y aumento del crecimiento (...) La
sensación de 'crecimiento compartido' que surgió del mejoramiento de la equidad,
estimuló fuertemente las tasas de rendimiento laboral. Los avances para el
conjunto de la población en educación, salud y nutrición, potenciaron la
productividad global de la economía" (120).
La confusión, intencional o no, de inversión social con "populismo", es una de
las armas que manejan los genios del "libre mercado" para atacar las políticas
sociales del Estado. El populismo se fundamenta en las dádivas, el subsidio, la
caridad social. Entretanto, la inversión social es reproductiva, como en el caso
de la inversión del Estado en salud y educación. A este respecto nos dicen
Birdsall y Kliksberg: "Uno de los consensos básicos que ha generado la
experiencia de los países del Sudeste Asiático, es la creencia colectiva en la
necesidad nacional de dar alta prioridad a los gastos dedicados a potenciar el
capital humano de la sociedad, como educación, salud y nutrición. Si bien hay
cambios en ese sentido y América Latina está reconociendo la importancia de
responder a estas necesidades, ha tenido alta difusión en la región la visión
del gasto social como un "consumo" sin tasas de retorno claras (...) Esta visión
de la intervención social como consumo, no es concorde con lo que se sabe
crecientemente sobre su papel multiplicador en términos de desarrollo. Los
programas de educación, salud y nutrición bien administrados son inversiones en
las habilidades, productividad y futuros ingresos de las personas" (121).
Los funestos personajes que gritan "¡comunismo, populismo, estatismo!" cada vez
que se habla de inversión social, no sólo están equivocados, que sería lo menos
grave, ya que casi todos tienen años diciendo lo mismo y la mayoría de los
venezolanos les ha dado la espalda. Lo peor es que estos personajes tienen
influencias en círculos de inversionistas, tanto nacionales e internacionales.
Su actitud acomplejada, que hace que se tapen el rostro y volteen hacia Europa y
los Estados Unidos cada vez que huele a pobre y a políticas sociales, causa
mucho daño a Venezuela y retrasa nuestras posibilidades de recuperación.
Olvidan, o quieren olvidar, la oscura realidad que nos obliga a una política del
Estado que, además de ejercer la natural, necesaria y conveniente acción
reguladora, dirija gran parte del gasto público al fomento de planes de
vivienda, de salud, de educación y de nutrición. No hay ninguna posibilidad de
crecimiento en medio de la atroz desigualdad en la cual vivimos: "Se ha visto
que una de las claves del desarrollo del Sudeste Asiático fue la reducción de
las brechas de desigualdad, que favoreció la estabilidad política y económica, y
trajo múltiples impactos positivos para el crecimiento. América Latina en cambio
fue aumentando las brechas y se presenta actualmente como la región del mundo
con los mayores niveles de desigualdad (...) La desigualdad latinoamericana
supera incluso a la de Africa y es marcadamente mayor a la asiática" (122). En
este mismo sentido, el director de la División de Desarrollo Social de la CEPAL,
Rolando Franco, declara que "América Latina tiene la peor distribución regional
de la riqueza del mundo" (123). Calcula que en la región un 25% de la población
acapara un 70 ó 75 por ciento de la riqueza. Agrega Franco que la pobreza en
nuestros predios aumentará si los gobiernos no preparan educativa y técnicamente
a la población. "Si las naciones de la región no ofrecen educación adecuada,
probablemente la globalización no cree oportunidades de salir de la pobreza"
(124). De manera que la fórmula que presentó Hugo Chávez apenas inaugurado su
gobierno, y que definió como S2E (una molécula de economía y dos de políticas
sociales), es básicamente correcta, más allá de la metáfora química. Esta
orientación del gobierno tiene que mantenerse, en medio de las correcciones y
replanteamientos a que haya lugar, ya que no hay otra vía posible para la
recuperación económica de Venezuela. Pero hay que señalar además, que esa
propuesta del gobierno ha contribuido enormemente a la paz social en el último
año, otra condición necesaria a la recuperación. Tal como afirma el profesor
Francisco Rodríguez "Los logros de este gobierno en mantener la situación social
bajo control han sido nada menos que milagrosos. Las recientes iniciativas del
gobierno -la compra de terrenos invadidos para repartirlos a familias sin
vivienda y el anuncio de un plan creíble para pagar los pasivos laborales- han
demostrado capacidad de atender a las demandas de los sectores más pobres,
evitando la exacerbación de los conflictos distributivos. Lo que es más, el
gobierno ha sido capaz de atender estas demandas al mismo tiempo que ha
mantenido disciplina fiscal y ha logrado una baja sustancial en la inflación. Es
justamente la credibilidad ganada a través de estas iniciativas la que le
permite mantener bajo control los aumentos salariales sin generar una ola de
protestas populares" (125). Deberemos sumar a estas precisiones de Rodríguez, el
hecho de que el Plan Bolívar 2000 ha atendido directamente, en un año, a más de
4 millones de venezolanos ubicados en los segmentos más pobres de la población.
No hay duda de que la orientación económica fundamental del gobierno de Chávez
se enmarca dentro de los conceptos que convirtieron a los países del Sudeste
Asiático en economías fuertes. Oigamos al presidente: "Contra el monopolio de la
riqueza como dogma, enfrentemos la democracia económica, un concepto de
igualdad, de libertad, de justicia, de empleo, de seguridad social, para cubrir
las necesidades básicas del ser humano. Eso es lo más importante de un modelo
político, de un modelo económico" (126). Y, de manera acertada y terminante,
agrega en otro lugar: "Si no hay revolución en la educación, no hay revolución
en nada" (127).
La visión neoliberal de la economía, que pretende minimizar el papel del Estado
hasta situarlo casi en una posición de "juez de línea", juez de segunda, y
maximizar el papel del mercado, no es sino una versión de la ideología burguesa
aplicada al pensamiento económico. La lógica del capital, que confunde
acumulación de riquezas con crecimiento económico, lleva a plantear un esquema
según el cual, de manera errónea, se pretende que el desarrollo económico es una
condición para acabar con la desigualdad, puestas las cosas en ese orden. Por lo
tanto, el resultado de esas políticas, que ha sido el de ampliar las brechas
entre países ricos y países pobres, y entre seres humanos ricos y seres humanos
pobres, es presentado como positivo porque los indicadores macroeconómicos de
ciertos países muestran cifras de crecimiento, del todo engañosas en cuanto a la
resolución de los problemas mundiales, pues tal crecimiento es sólo aplicable a
la exigua minoría rica o acomodada, mientras los desposeídos aumentan en número
y aumenta el hambre y la miseria, así como las guerras intestinas y la
conflictividad en general. Pero a esta ideología económica, el destino del
colectivo no le quita tanto el sueño, como la permanencia de las fórmulas que
esa misma ideología aplica y defiende. Uno de los ejemplos más palpables de cómo
la burguesía y sus ideólogos, a nivel mundial, asumen la defensa de esas tesis
fracasadas y decadentes, es la deificación de la llamada globalización.
SOBRE LA GLOBALIZACION
La globalización es el fenómeno económico, social y cultural generado por la
expansión mundial de los grandes monopolios económicos transnacionales, ligado a
rápidos avances tecnológicos, sobre todo en las áreas del transporte, la
informática y las telecomunicaciones, que ha tendido al establecimiento de un
mundo donde las fronteras y circunstancias nacionales particulares están cada
vez más inmersas dentro de la acción y el devenir de la humanidad planetaria. El
fenómeno de la mundialización de la sociedad humana es inevitable, pero resulta
que ese proceso se ha desatado en medio de una situación mundial crítica signada
por graves desequilibrios causados por la manera en que el capitalismo
internacional concibe esa globalización. Todo lo que ha sido la consuetudinaria
actitud de los monopolios en las naciones, no hace sino reproducirse, como un
hongo venenoso, en lo que podríamos llamar "la nación planetaria". Así pues,
vemos como la globalización, hasta ahora, no ha hecho sino ahondar las brechas
entre países ricos y países pobres, y entre unos pocos, muy pocos, seres humanos
ricos y una abrumadora, aterradora mayoría de seres humanos pobres, sobre todo
en países ubicados en América Latina, Africa y Asia, precisamente los que más
han sufrido la dominación colonial y neocolonial en los últimos siglos. Lo
cierto es que mientras en Venezuela, por ejemplo, 8 de cada 10 ciudadanos viven
en la pobreza, muchos de ellos en el límite de lo que se llama pobreza atroz, un
centenar de corporaciones acaparan el 75% del comercio global, y cinco
transnacionales (General Electric, Ford, Royal Dutch/Shell, General Motors y
Exxon) ganaron 670.900 millones de dólares durante 1999. Cerca del 44% de ese
capital no fue facturado en sus países de origen. Lamentablemente, las
extraordinarias posibilidades que la globalización puede ofrecer a la humanidad,
están siendo acaparadas para su beneficio por factores políticos, económicos y
culturales privilegiados de la sociedad capitalista, individualista, para seguir
dividiendo a los hombres en seres riquísimos y seres pobrísimos, al tiempo que
intentan generalizar una cultura decadente, excluyente, llena de atentados
diversos contra la dignidad y los valores humanos más necesarios hacia la
búsqueda del verdadero bienestar de los hombres. Es la globalización neoliberal
que tanto defiende la intelectualidad burguesa contemporánea. Afortunadamente,
ya se levantan importantes corrientes mundiales que no están dispuestas a
aceptar pasivamente el secuestro de las actuales posibilidades de comunión
humana por parte de un sistema social y cultural individualista que se siente
fuerte, pero que en el fondo está condenado a muerte, como si fuera un musculoso
fisioculturista que comienza a ser consumido por el cáncer. Es otro mundo, el
mundo de los 50.000 manifestantes que se reunieron el 30 de noviembre del 99 en
Seattle para protestar contra la globalización monopolista, de las
manifestaciones de enero del 2000 en Davos, Suiza, de las concentraciones del 16
y del 17 de abril frente a la Asamblea del Fondo Monetario Internacional en
Washington. Es el mundo de los bloques regionales de naciones, que buscan hacer
contrapeso contra la intención de establecer la hegemonía de una sola potencia
en el planeta. Es el mundo de las luchas sur-norte, de la unidad de las naciones
pequeñas y expoliadas para impedir ser aplastadas por el concepto de dominación
que los monopolios pretenden imponer. Es parte del actual terremoto mundial que
conducirá a la construcción de sociedades donde prive el interés colectivo, y
donde las grandes potencialidades que viven en cada individuo, se pongan,
principalmente, al servicio de las colectividades, y no de minorías o individuos
aislados. Es parte del largo camino, seguramente de siglos, hacia la
transformación cultural que echará finalmente por tierra el mito de que los
hombres somos individualistas por naturaleza, y de que nuestra libertad
individual es más importante y necesaria que nuestro compromiso colectivo. Y es
precisamente en el ámbito cultural donde los intereses ocultos en la versión
neoliberal de la globalización, se hacen más terribles por ser menos
discernibles. En un excelente artículo publicado en Le Monde Diplomatique con la
firma de Ignacio Ramonet, titulado sugestivamente "Un delicioso despotismo", el
autor afirma que "Se domina mejor si el dominado permanece inconsciente. Los
colonizados y sus opresores saben que la relación de dominación no se basa
únicamente en la supremacía de la fuerza. Pasado el tiempo de la conquista llega
la hora del control de los espíritus. Por este motivo, para todos los imperios
que desean permanecer, la apuesta a largo plazo estriba en domesticar las almas"
(128). Refiriéndose a este afán de dominación cultural de los Estados Unidos y
su cultura individualista, continúa Ramonet: "En el plano geopolítico, Estados
Unidos se encuentra ubicado en una situación de hegemonía, como ningún país ha
conocido jamás. No solamente es la primera potencia nuclear y espacial, sino
también marítima. Es el único Estado que posee una flota de guerra en cada uno
de los océanos y en los principales mares del globo y que dispone de bases
militares de reavituallamiento en todos los continentes" (129). Bien, suponemos
que esto tranquiliza bastante a nuestros intelectuales burgueses que, no sabemos
si por sinverguenzura o por ignorancia, viven cantando loas a la globalización
capitalista, en un armónico coro dirigido por gente del talante de Mario Vargas
Llosa, este aristócrata que a menudo rumia su frustración política escribiendo
artículos altaneros y dirigiendo dardos a diestra y siniestra contra los
intereses de los latinoamericanos. Entre tanto, sus propios intereses parecen
estar bien cuidados, por ahora, por las flotas de guerra norteamericanas
dispersas en el mundo y dispuestas a bombardear los campos planetarios, o al
menos a disuadir con la vitrina de su fuerza, allí donde esté amenazada la
"democracia" de los monopolios. Según Ramonet, el Pentágono dispone de unos 31
millardos de dólares únicamente a título de investigación militar, más de 6
veces el presupuesto de defensa de España. Sus fuerzas armadas, además, pueden
identificar, seguir y oír todo en cualquier medio, en el aire, en la tierra o
bajo el agua. Así mismo, los Estados Unidos cuentan con una vasta red de
agencias de información y espionaje, con la Central Intelligence Agency (CIA),
la National Security Agency (NSA), la National Reconnaissance Office (NRO), la
Defense Intelligence Agency (DIA). Esta red emplea a más de 100.000 personas y
sus espías están presentes todo el tiempo y por doquier, y no roban solamente
secretos diplomáticos y militares, sino también industriales, tecnológicos o
científicos. Y también mantiene la superpotencia del norte un peso decisivo en
las instancias multilaterales como la ONU, el G-7, el FMI, el Banco Mundial, la
Organización Mundial del Comercio, la Organización de Cooperación y Desarrollo
Económico (OCDE), la OTAN y otras. Pero por si fuera poco, los Estados Unidos se
han asegurado también la dominación en el campo científico y succiona cada año a
decenas de millares de cerebros del resto del mundo que acuden a sus
universidades, laboratorios o empresas. Igualmente reinan en las finanzas. Su
PIB representa casi 60 veces el de España, el 83% de las transacciones de
divisas se hace en dólares. El poderío económico norteamericano intimida a todos
los agentes de la esfera económica mundial y son comunes sus amenazas
permanentes a otros países con restricciones económicas, bloqueos y sanciones.
Sin más ni más, la globalización tal como se ha concebido hasta ahora transcurre
bajo la égida totalitaria y autoritaria de una superpotencia y de un grupo de
supercorporaciones monopolistas. La globalización, tal como existe, es la vía
para que se siga imponiendo un imperio sobre el resto del mundo, al que sólo le
queda resistir de múltiples maneras para que este tiburón no se engulla
finalmente a todos los peces. Ignacio Ramonet, al constatar que Estados Unidos
es también la primera cyberpotencia, que domina las innovaciones tecnológicas,
las industrias digitales, la Web, que posee los gigantes de la información
(Microsoft, IBM, Intel) y los líderes de Internet (Yahoo, Amazon, AOL), se hace
una pregunta y él mismo se responde: "¿Por qué no suscita mayores críticas o
resistencias una superioridad militar, diplomática, económica y tecnológica tan
aplastante? Porque, además, Estados Unidos ejerce su hegemonía en el campo
cultural e ideológico" (130). Y continúa, en tal sentido, el articulista
francés: "En innumerables campos, Estados Unidos se ha asegurado el control del
vocabulario, de los conceptos y del sentido. Obliga a referirse a los problemas
que crea con las palabras que él mismo propone. Suministra los códigos que
permiten descifrar los enigmas que él mismo impone. Y dispone a estos efectos de
una gran cantidad de instituciones de investigación y de "depósito de ideas"
(think tanks), en los que colaboran miles de analistas y de expertos, que
producen información sobre cuestiones jurídicas, sociales y económicas en una
perspectiva favorable a las tesis neoliberales, a la globalización y a los
medios de negocios. Sus trabajos, generosamente financiados, son mediatizados y
difundidos a escala mundial" (131).
Ramonet lanza una importantísima advertencia al mundo y desnuda el cuerpo
tenebroso de la globalización imperial. Advierte, por ejemplo, que mientras los
Estados Unidos no compra en el extranjero más que 1% de las películas que
consume, inunda al mundo con producciones de Hollywood, telefilms, dibujos
animados, videoclips, comics, para no hablar de los modelos vestimentarios,
urbanísticos o culinarios: "El templo, el lugar sagrado en el que se desarrolla
el culto a los nuevos iconos es el mall, la galería comercial, catedral erigida
a la mayor gloria de todos los consumos. En este lugar de fervor comprador se
elabora una misma sensibilidad a través de todo el planeta, fabricada por
logotipos, stars, canciones, ídolos, marcas, objetos, carteles, fiestas (...)
Todo esto acompañado de una retórica seductora de la libertad de elección y de
la autonomía de los consumidores, machacados por una publicidad obsesiva y
omnipresente" (132).
Por otra parte, otro gran mito quiere ser construido en medio de la adoración a
la globalización capitalista: el mito de la "democracia de Internet". Nuevamente
debo citar a Arráiz Lucca, quien en uno de sus artículos dominados por la
obsesión antichavista, hace esta evaluación absolutamente superficial de la red
(Internet): "...el emblema de esta nueva etapa histórica, de la que estamos
viviendo su infancia, es la red. Y ésta es, como espacio simbólico, un sitio
naturalmente democrático. Su trama es la confluencia de millones de líneas que
entran en contacto unas con otras y entran y salen de infinitos centros de
distribución. Más aun, cada punto integrante de la red es un centro, y cada
punto es un destino (133). Hay dos evidentes falacias, o errores, que adornan
este párrafo. La primera es aquella que afirma que la red es un espacio
naturalmente democrático, confundiendo potencialidades con realidades. La otra
es la que se refiere a una mutiplicidad de centros. Esta segunda falsedad se
sustenta en la primera: como Internet es por naturaleza un espacio democrático,
pues cada terminal es un centro: yo sería, por ejemplo, desde mi limitado correo
electrónico (ya que no poseo página Web) tan poderoso, tan "centro", como Yahoo.
Ahora bien, el asunto no sólo estriba en el hecho de que los pocos usuarios de
Internet no estamos incorporados a una distribución realmente democrática de la
información por ese medio, sino que hay otras precisiones: por ejemplo, en 1999
más de una cuarta parte de los estadounidenses usó la red, mientras que en el
sur de Asia lo hizo apenas el 1% de la población. Tal como opinan con justeza
Robert O. Keohane y Joseph S. Nye Jr. en "Foreing Policy": "La mayoría de las
personas del mundo de hoy no tienen teléfonos; cientos de millones viven como
campesinos en aldeas remotas, con apenas ligeras conexiones con los mercados
mundiales o de flujo global de ideas. En realidad la globalización viene
acompañada por brechas crecientes, en muchos aspectos, entre ricos y pobres.
Esto no implica ni homogeneización ni equidad" (134). A decir verdad, de los
6.000 millones de habitantes del planeta, sólo 400 ó 500 millones disponen de
Internet, es decir menos del 10%, y la inmensa mayoría de esos usuarios están
ubicados en países del llamado primer mundo. Por otra parte, el 80% de los que
tienen Internet pertenecen al sector socioeconómico medio y alto. Pero además
vemos como el flujo fundamental de la información que circula en Internet es
controlado una vez más por las corporaciones y portales de índole comercial, que
dirigen sin duda ese tráfico, además de que igualmente intervienen aquí los
laboratorios de información, contrainformación y generación de ideología que
tienen su sede, principalmente, en los Estados Unidos. El investigador francés
Dominique Walton opina: "Todos dicen que Internet es un espacio de libertad.
Que, gracias a ella, gracias a todo lo que podemos comunicar con ella,
lograremos una especie de emancipación. Y, en realidad, la única lógica en
Internet es la del comercio" (135). Pero veamos qué interesante para nuestro
estudio resulta esta otra afirmación de Walton: "Con Internet hay un cambio
técnico evidente, pero el modelo cultural de comunicación en el que se inscribe
existe desde el siglo XVI, y es el modelo individualista. Internet es
simplemente un progreso de este modelo" (136). Esto me parece asaz importante,
porque le sale al paso a esas ideas que adjudican cualidades "naturales" a la
Internet, como si ésta fuera una especie de animal que apareció de repente,
incontaminado, desde las profundidades de la tierra o desde las alturas del
cielo. La Internet nace y se está desarrollando bajo el dominio de la cultura
individualista, y tiene muy poco de "democrática". Lo que pasa es que una vez
más nuestros pensadores burgueses adjudican a la democracia valores
absolutamente formales, separados de las realidades humanas más llanas y
contabilizables. Viven pensando en sus abstracciones más bien inhumanas, a veces
por mezquindad, a veces por conservadurismo irremediable, a veces por crasa
ignorancia.
La Internet es, obviamente, un gran avance tecnológico. No abrigo ninguna duda
de que es y será de gran utilidad para la humanidad. Pero no será nunca una
herramienta democrática mientras el mundo no acceda a una real democracia en
todos los órdenes. La Internet no será democrática mientras la mayoría de los
hombres esté sometida al yugo del hambre y de la ignorancia. No será democrática
mientras no derrotemos, después de un largo proceso que tenemos todos por
delante, que implicará a nuestros hijos, a nuestros nietos, a nuestros
bisnietos, a nuestros tataranietos, mientras no derrotemos, digo, al capitalismo
como sistema político y económico, y al individualismo como ideología y
fundamento de la cultura. El proceso indetenible de unidad planetaria pasará,
sin duda, por el tamiz de las grandes batallas que libra y librará la humanidad,
con el norte que señalarán los liderazgos transformadores y los desposeídos, por
un mundo colectivista y verdaderamente democrático.
SOBRE EL SOCIALISMO
La lucha por transformar la sociedad capitalista en sociedad socialista y a la
cultura individualista en cultura colectivista ha pasado por demasiados
altibajos, equivocaciones, dogmatismos, injusticias, derrotas. Esto ha
envalentonado a los ideólogos individualistas burgueses, que imaginan la
eternidad de su decadencia. Su ecuación es simple: se derrumbó el socialismo,
así que el capitalismo es el fin del cuento. De ahora en adelante crecerán los
monopolios, el "libre" comercio hará a los hombres felices, después, digo yo, de
que salgamos de un buen número de pobres gracias a los milagros de la
desnutrición y las guerras. ¿Es esto cierto? ¿Qué nos está demostrando la
realidad?
Lo primero que se debe establecer es que hay mucha confusión acerca de lo que es
el socialismo, sus orígenes, su desarrollo, su experiencia y su situación
actual. Antes de referirme a la vinculación, muy estrecha, entre socialismo y
colectivismo, voy a tratar de contribuir a la dilucidación de algunas
interrogantes en torno a la cuestión del socialismo.
Muchos, erróneamente, ubican el origen del socialismo en las ideas marxistas.
Sin embargo, el mismo Marx señala como primer recuerdo de una tendencia
socialista a Tomás Moro (siglo XVI), con su reino de Utopía, la isla donde todos
trabajan, la tierra es de pertenencia colectiva y la tolerancia está
generalizada (aunque, paradójicamente, existe la esclavitud). Hay incluso
quienes opinan que el cristianismo, en sus inicios, fue una tendencia
socialista. A fines del siglo XVIII, en Francia, durante los años inmediatamente
posteriores a la Revolución Francesa, surge el "babuvismo", en honor a su gran
representante, François Nöel Babeuf, quien defendía la colectivización de la
tierra y de los bienes, así como la absoluta igualdad económica de todos los
ciudadanos, y que además propuso la supresión de la propiedad privada mediante
la confiscación y la abolición del derecho de herencia. Babeuf fue fusilado en
1796, después de participar en la fracasada Conjura de los Iguales tratando de
derrocar al Directorio, el órgano ejecutivo del gobierno republicano francés
creado en 1795. A pesar de que conozco las propuestas de Babeuf sólo por
referencias, y no dejo de sospechar el anacronismo de sus planteamientos en tal
época, no me cabe duda de que, en lo esencial, éstas eran ideas de índole
socialista, ya que planteaban la socialización de los bienes. Poco después, a
principios del siglo XIX, algunos intelectuales radicales provenientes de la
Ilustración comienzan a usar el término socialismo, dentro de una actitud
crítica ante la Revolución Industrial. Ejemplos de ello son Saint-Simon, que
profesó una doctrina igualitaria, y Charles Fourier, quien propuso una
organización cooperativista de la sociedad. Un caso interesante es el del
empresario británico Robert Owen, quien es considerado por muchos el padre del
cooperativismo y que llegó realizar ensayos limitados de sus ideas
colectivistas. A todos ellos los unía la convicción de que el capitalismo era
esencialmente injusto e ineficaz, pues enriquecía cada vez más a los ricos y
empobrecía cada vez más a los pobres, así como la opinión de que la fuerza y la
unión colectiva podían llevar al mundo hacia un verdadero bienestar para todos.
Owen llegó a plantear conceptos que hoy tienen absoluta vigencia, como el de que
con mejores condiciones de vida de los trabajadores, las empresas se hacen más
productivas. Todos se opusieron al criterio capitalista de dar prioridad a los
logros individuales y a los derechos privados en detrimento del bienestar
colectivo.
Finalmente surgieron, en la segunda mitad del siglo XIX, Carlos Marx y Federico
Engels, quienes le dieron una alta estatura política e histórica a las ideas
socialistas. Su planteamiento político central se fundamentaba en que la
sociedad está dividida en clases y que el enfrentamiento entre las clases es el
principal motor de los cambios sociales. En la era del capitalismo, proponían,
la lucha de clases principal se libraba entre la burguesía capitalista y el
proletariado industrial. Estas clases alcanzarían alianzas con otras clases
sociales, pero serían ellas quienes liderarían la batalla, que conduciría
inexorablemente a la dictadura del proletariado. Es con estas ideas que se ha
identificado principalmente el socialismo, sobre todo después de que en la
primera mitad del siglo XX, los partidos marxistas jugaron gran protagonismo
político mundial y hubo revoluciones marxistas exitosas en importantes países,
como por ejemplo Rusia (que conformó después la Unión Soviética) y China. Es por
lo tanto comprensible que muchos piensen que socialismo es lo mismo que
marxismo, lo cual no es verdad. Y no lo digo porque no sienta un gran respeto
por Carlos Marx, quien fue un erudito, un hombre positivo para la humanidad, que
entregó su vida a sus ideas y que no se limitó a escribirlas y a difundirlas,
sino que luchó en la calle tratando de defenderlas e impulsarlas (algunas de
esas ideas, por cierto, conservan vigencia, otras son anacrónicas). Lo digo
porque el socialismo no es una doctrina, ni una filosofía, ni siquiera un
movimiento político. El socialismo es una tendencia socioeconómica mundial, con
múltiples variantes y componentes, muy dinámica y en el seno de la cual se ha
librado un largo debate propio de todo aquello que busca los caminos para
acelerar su concreción frente a lo que comienza a dar muestras de caducidad. La
tendencia socialista propone, en los términos más generales, que la sociedad
debe enrumbarse hacia formas de propiedad que den primacía a lo colectivo, de
manera que, de forma paulatina, todos los hombres se conviertan en propietarios,
es decir que todos accedan a los bienes que la sociedad produce. El proceso que
puede conducir a este resultado, y en esto coincido con Marx, sólo puede ser
producto de la combinación de varios factores entre los cuales juegan decisivo
papel los cambios en las relaciones de producción, el desarrollo de las fuerzas
productivas y las transformaciones culturales e ideológicas. Es decir, los
cambios en la manera en que se relacionan los hombres que trabajan en la
sociedad (lo cual es fundamental para definir la forma de distribución de los
bienes), el desarrollo de los recursos y herramientas de trabajo, de manera que
la sociedad sea capaz de producir bienes masivamente a costos razonables, y las
transformaciones en la manera de concebir el mundo, y el papel de la sociedad y
de los individuos en él.
De manera que el socialismo es, en resumidas cuentas, una tendencia
colectivista, enfrentada al capitalismo, el cual representa una tendencia
individualista. Está demostrado que estas dos tendencias no son químicamente
puras y que las fronteras que las separan no pueden definirse con alambres de
púas. En el seno de ambas tendencias, en sus manifestaciones orgánicas, se
expresan también las tendencias contrarias. No hay en la actualidad ningún
partido o grupo político importante que sea cien por ciento colectivista, así
como no hay ninguno que sea cien por ciento individualista. El modo de
producción predominante, no obstante, es el capitalista, así como la tendencia
mundial predominante es la socialista.
Volviendo al desarrollo del socialismo como tendencia histórica, vemos como ya
en la Primera Internacional fundada en Londres en 1864, se presentan las
primeras diferencias notables en el pensamiento colectivista de la época, al
enfrentarse las ideas de Marx con las del anarquista ruso Mijail Bakunin. Casi
todos los partidos de tendencia socialista asumieron entonces el planteamiento
marxista, con importantes excepciones como el movimiento laborista de los países
anglosajones, y también otras como las de algunas organizaciones anarquistas que
se asentaron en España e Italia y posteriormente en Sudamérica. Otros partidos
que se declararon socialistas, aunque no marxistas, fueron apareciendo, como el
Partido Socialista Obrero Español (PSOE), que fue fundado en 1879. Es
interesante constatar como después de la Segunda Internacional Socialista, en
1890, los socialistas plantean, por una parte, objetivos estratégicos,
básicamente vinculados a las propuestas de Marx y del Partido Socialdemócrata
Alemán, referidos a la toma revolucionaria del poder pero también objetivos
socialistas susceptibles de ser alcanzados dentro del capitalismo, a fin de
hacer avanzar la consciencia socialista en los ciudadanos. Es interesante
conocer algunos de estos objetivos parciales, como por ejemplo el sufragio
universal, que se oponía por tanto al planteamiento individualista del voto
excluyente, reducido a los propietarios. Otro objetivo era la igualdad de
derechos de la mujer, que favorecía la ampliación de la participación humana
tanto en los beneficios como en el destino de la sociedad. También se proponía
la lucha por reivindicaciones laborales, como la jornada de ocho horas y la
libertad de asociación. En el futuro, los socialistas tomarían caminos
diferentes. Por un lado florecieron los partidos marxistas, por el otro los
partidos socialistas no marxistas, como el Partido Laborista inglés, fundado en
el año 1900, el cual adoptó algunos años después un programa favorable a la
propiedad colectiva. Coincidiendo con los albores de la revolución bolchevique
en Rusia, surgieron en Europa otros partidos laboristas, como en los Países
Bajos y Noruega, partidos socialdemócratas en Suecia y Alemania, partidos
socialistas en Francia y en Italia, Partido Obrero en Bélgica. En casi todos
estos países se fundaron también partidos comunistas. Los partidos socialistas
no marxistas jamás renegaron de sus objetivos socialistas como solución final,
pero decidieron convertirse en partidos reformistas, dentro del planteamiento de
ir logrando reivindicaciones y cambios dentro del capitalismo para evolucionar
hacia estructuras con prominencia del colectivismo, aun dentro del sistema
burgués. No se plantearon la revolución violenta, como lo programaron muchos
partidos marxistas, sino la evolución social hacia situaciones de justicia.
Estas reivindicaciones incluían los sistemas de protección social, que hoy
funcionan con bastante tino en casi toda Europa, ya que fueron asumidos
inclusive en los programas de partidos conservadores y demócratacristianos.
Igualmente, los socialistas no marxistas le dieron gran importancia al papel
regulador y supervisor del Estado en la economía, así como al control de los
servicios públicos. Por otra parte, los gobiernos europeos dirigidos por
partidos socialistas no marxistas se alinearon con los Estados Unidos durante
los años de la Guerra Fría (también lo hicieron durante la Segunda Guerra
Mundial, pero de esta alianza también participó la Unión Soviética), básicamente
por dos razones: las económicas, ya que sus economías estaban muy vinculadas
orgánicamente a la de la potencia norteamericana, y las políticas, pues
favorecían las normas de la democracia liberal, como el pluralismo político, la
libertad de asociación política y la independencia de los poderes públicos. Sin
embargo, importantes minorías dentro de esos partidos sostuvieron posiciones
contrarias a los Estados Unidos y a sus propios gobiernos, sobre todo en temas
atinentes a la relación con los llamados países en vías de desarrollo. También
hay que recordar el movimiento de apertura política que comienza a cobrar
fuerza, a fines de los años 60, en los partidos comunistas europeos, el llamado
eurocomunismo, que comienzan a distanciarlos de la hegemonía soviética sobre
este tipo de organizaciones. Por otra parte, la mayoría de los partidos
socialistas europeos han concluido en la necesidad del desarrollo de formas de
economía mixta, sin abandonar el papel regulador del Estado. Inclusive está en
boga la llamada Tercera Vía, la cual, al margen de cuál vaya a ser su futuro,
lanza a una buena parte de los partidos laboristas, socialistas y
socialdemócratas de Europa por un camino declarado hacia un mayor colectivismo.
Entre tanto, en Asia, Africa y América Latina, la tendencia socialista ha
desarrollado cierta fuerza, en muchos casos ha sido claramente dominante, como
en China, Vietnam, Camboya, Argelia, Angola, Cuba y otros países, o ha estado al
frente de movimientos de independencia nacional como en el caso del Congreso
Nacional Africano de Suráfrica. En América Latina, los partidos socialistas más
fuertes, tal vez exceptuando a Cuba, donde el Partido Comunista ha gobernado por
más de cuarenta años, han sido los partidos socialdemócratas. El pensamiento
socialista dirigió en nuestros países, también en Venezuela, las luchas por las
reformas democráticas, las libertades políticas, el sufragio universal, los
derechos de la mujer. América Latina no escapó a la presencia del pensamiento
socialista en medio del proceso particular de modernización capitalista tardía
que se desarrollo por acá. Sin embargo, muchos logros de estas luchas fueron
conculcados por un estamento político que hizo de la corrupción y el
clientelismo su bandera definitiva, alejándose paulatinamente de los ideales
socialistas. En ese sentido, se utilizó la bandera del papel del Estado como
regulador de la actividad económica y como administrador de las empresas y
servicios públicos, en función del enriquecimiento de las castas políticas y
empresarios beneficiarios de esos manejos. Mientras los partidos socialistas no
marxistas gobernantes en países de Europa lograban importantes logros en el área
social e impulsaban a toda la sociedad, inclusive a sectores conservadores, por
esos derroteros, a pesar de la persistencia de muchos problemas, en América
Latina el Estado se convertía en la gallina de los huevos de oro para una clase
política que traicionó los ideales de justicia social propios de las tendencias
socialistas y provocó situaciones de injusticia y de conculcación de los
derechos humanos verdaderamente intolerables. Cada vez más, los partidos
socialdemócratas latinoamericanos se convirtieron en promotores pragmáticos de
un individualismo feroz, de las formas más primitivas del capitalismo, que en
Venezuela se reflejaron en la frase sarcástica de "a mí no me den, a mí pónganme
donde haiga". Como vemos, el panorama de las tendencias socialistas, desde su
nacimiento, es muy complejo, muy difícil de atrapar en ningún dogma, en ninguna
fórmula. No hay duda de que es el camino principal por donde transita la
humanidad, pero es un camino lleno de espinas, nada fácil de recorrer. No lo ha
sido en el pasado, no lo es en el presente ni lo será en el futuro, sobre todo
porque las formas del capitalismo y las ideas del individualismo aun campean en
la sociedad. Esta contradicción entre el capitalismo y el individualismo como
estructuras establecidas dominantes y el socialismo y el colectivismo como
tendencias humanas dominantes generan grandes conflictos de todo tipo en todo el
planeta, cuyos desarrollos no es posible predecir. Lo único que puede
establecerse es que sólo quedan dos caminos: o se imponen paso a paso el
socialismo y el colectivismo, o la humanidad será destruida por la anarquía, el
caos y la insustentabilidad que producen el capitalismo y el individualismo.
Pasemos ahora a un punto álgido de esta discusión: ¿qué pasó en aquellos países
del llamado "socialismo real"?
SOBRE EL SOCIALISMO REAL
La primera revolución de tendencia socialista victoriosa fue la Revolución de
Octubre en la Rusia postzarista. Lenin y los otros líderes revolucionarios rusos
trataron de hacer realidad los postulados marxistas e instaurar un régimen que
pusiera en práctica la dictadura del proletariado. Para ello se apoyaron en dos
formas de organización que en principio son contradictorias: por un lado, un
partido político, el partido de los bolcheviques, férreamente centralizado en
sus instancias de dirección, a pesar de que manejaron el concepto del
"centralismo democrático" que sugería la discusión por la base de los
lineamientos, pero al mismo tiempo su cumplimiento obligatorio una vez que
fuesen aprobados por la dirección partidista. La otra forma de organización eran
los comités de obreros, campesinos y soldados, los soviets, una fórmula con
marcado carácter socialista y uno de los primeros intentos para que los
ciudadanos desposeídos tuviesen organismos capaces de influir en las decisiones
públicas. Se me antoja que estas dos formas de organización, aun conviviendo,
son contradictorias porque todo partido político es sectario por naturaleza.
Esto no significa que un partido político no pueda ser necesario o útil, y hasta
imprescindible en algunas circunstancias, pero el partido siempre representa los
intereses de un segmento específico de la sociedad, nunca los de la sociedad en
su conjunto. Es necesario establecer que ese tipo de contradicciones existen, y
merecen ser atendidas de manera que las estructuras partidistas no ahoguen el
desarrollo democrático de las formas directas de poder que puedan construir los
ciudadanos. En la medida en que los partidos políticos se abroguen el papel de
sustituir la acción de los ciudadanos, en lugar de servir como expresión
política de tendencias sociales, no será posible avanzar hacia formas estables
realmente socialistas y colectivistas. Lo cierto es que el socialismo
ruso-soviético alcanzó grandes logros en sus primeros años, permitiéndole a la
Unión Soviética (fundada, realmente, en 1922) recuperarse de los efectos de las
guerras y convertirse, a la sazón, en la segunda potencia económica y militar
del planeta. Sin embargo, la contradicción entre el papel del partido de
gobierno y el de las organizaciones sociales poco a poco fue resolviéndose a
favor de la estructura partidista y perpetrándose el secuestro de la sociedad y
todas sus instancias políticas por parte del partido comunista. A esto
contribuyó la particular situación mundial. En primer lugar, la Unión Soviética
fue colocada en aislamiento por las poderosas fuerzas del capital internacional
que dominaban el resto del mundo, y luego acaeció la Segunda Guerra Mundial, que
obligó a los soviéticos a establecer una economía de guerra y generar una
situación política acorde, lo cual favoreció la concentración de poder en las
cúpulas del partido. Poco a poco, la jerarquía soviética fue degenerando hacia
la conformación de una burguesía monopolista, enriquecida a partir del dominio
sobre un poderoso Estado esencialmente capitalista, en la medida en que el grupo
en el poder comenzó a acaparar todos los beneficios de la producción económica,
mientras se deterioraba la situación de los trabajadores desposeídos. Este
grupo, además, al no contar con contrapesos políticos visibles en la sociedad,
se sostuvo por mucho tiempo sobre la base de una represión selectiva y
despiadada que aplastaba cualquier signo de oposición. Sin más ni menos, el
Estado soviético se convirtió en una de las manifestaciones más salvajes e
injustas del capitalismo contemporáneo. Finalmente, la restauración capitalista
se consumó cuando las políticas de apertura que planteó Gorbachov, respaldadas
por el pueblo soviético opuesto al monopolio del Partido Comunista, poco a poco
fueron desembocando en el régimen capitalista de Yeltsin, el cual, por cierto,
no tardó en mostrar los típicos conflictos de este tipo de régimen. Justo es
decir también que como potencia mundial, Rusia ejerció una dominación
semicolonial no sólo con relación a las naciones que conformaban la URSS, sino
también hacia los llamados países del Este, principalmente Alemania Oriental,
Bulgaria, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Rumania (Yugoslavia siempre mantuvo
cierta independencia, aun cuando era aliada de la URSS), donde existían
igualmente cúpulas degeneradas que se beneficiaban de las prebendas de la
potencia imperial que sojuzgaba a sus países. En todos estos países, como por un
efecto dominó, fue restaurado el capitalismo. Las lecciones que pueden ser
extraídas del fallido experimento soviético son fundamentalmente las siguientes:
1. El socialismo no es un proceso mecánico atado a ningún dogma, doctrina o
esquema en particular. Se trata más bien de una tendencia colectivista, que
necesita aprender de sí misma, de la gente, de los intrincados procesos sociales
donde se desenvuelve, para encontrar sus caminos en cada circunstancia
específica.
2. El futuro del socialismo y el colectivismo no debe fundamentarse en el
predominio absoluto y hegemónico de un partido político, mucho menos de sus
cúpulas jerárquicas.
3. El alimento principal del socialismo es la participación directa de los
ciudadanos, y no su representación por un grupo más o menos esclarecido de
"revolucionarios profesionales". La representatividad es necesaria, pero
reducida a sus propios límites y no como camisa de fuerza de la sociedad.
4. Las tendencias socialistas están intrínsecamente obligadas a respetar y
defender los derechos humanos y las libertades políticas.
5. El socialismo no es una materia concreta que usted puede moldear y poner en
un lugar y olvidarse del asunto. Por mucho tiempo convivirán en el mundo el
capitalismo y el socialismo, el individualismo y el colectivismo, con marchas y
contramarchas, avances y retrocesos. Es una situación de lucha, de encuentro
entre opuestos, que genera circunstancias nuevas a cada momento. En esta lucha
nada está escrito, nada es definitivo, nada es certeza, salvo el carácter último
y esencial de las dos corrientes del pensamiento humano que se enfrentan: el
individualismo y el colectivismo.
Todas las tendencias y experiencias socialistas están en proceso embrionario y
de aprendizaje. La experiencia soviética, y su fracaso, fue como una escuela.
Otras escuelas, para sus protagonistas como para todos los demás, han sido
experiencias como la cubana y la china, por citar dos ejemplos. Cada error, cada
fracaso particular, no significa ni significará la definitiva derrota de las
tendencias socialistas. Muy por el contrario, estas tendencias están vivas y
rozagantes, y se expresan de mil maneras, sobre todo en el avance de la
participación directa de los ciudadanos en los asuntos públicos y en las luchas
que se libran por doquier contra el neoliberalismo y el capitalismo monopolista
transnacional. En cuanto a la participación de los ciudadanos, las formas que
asume son diversas pero no hay duda de que se encuentra en franco crecimiento.
Un buen ejemplo de ellos son las Organizaciones No Gubernamentales (ONG’s), que
han crecido 20 veces desde 1960 al nivel internacional. Sólo en los Estados
Unidos hay dos millones de ONG’s, de las cuales 70% se ha fundado en los últimos
30 años. Las ONG’s proliferan en todos los países. En la India, por ejemplo, más
de un millón de grupos independientes participan en proyectos de desarrollo. Por
todas partes surgen grupos de interés, grupos de electores, asociaciones
civiles. El reclamo de mayor participación política es una de las
reivindicaciones más frecuentes por parte de los ciudadanos. De manera que son
claros los signos de que las tendencias colectivistas se están fortaleciendo y
constituyen una fuerza que hará sentir su impronta en la historia universal de
los años por venir.
SOBRE EL COLECTIVISMO Y LA SITUACION VENEZOLANA
En el proceso político venezolano actual, irrumpen de manera desordenada,
aluvional, las fuerzas colectivistas, en una situación donde predomina esta
tendencia ideológica. Y así como no debe confundirse socialismo con marxismo,
igualmente es erróneo confundir el proceso de cambios con lo que se ha dado por
llamar, genéricamente, "el chavismo". En todo caso, vayamos a lo que queremos
denominar como los tres puntos de ruptura a partir de los cuales se crean las
condiciones para que se aceleren las transformaciones políticas que estamos
viviendo: el punto de ruptura económica, cuyo momento álgido puede ubicarse en
el llamado Viernes Negro, en 1983. El punto de ruptura social, cuyo momento
definitorio acaece el 27 de febrero de 1989, y el punto de ruptura político, que
se asoma el 4 de febrero de 1992. Estos son los tres momentos de eclosión de la
crisis que venía incubando el régimen betancourista. El hecho de que el punto de
ruptura económico anteceda en varios años a los otros dos puede tener como
alguna explicación que en el país no había, para el momento del Viernes Negro,
ninguna expresión social ni política capaz de capitalizar la evidencia de la
crisis en función de cambios reales inmediatos. Casi todo el tramado social y
político estaba copado por el betancourismo, con sólo mínimas expresiones
orgánicas de la oposición verdadera, la oposición en función de la ruptura del
régimen. Los principales partidos políticos, los sindicatos, los gremios, las
cúpulas empresariales, los poderes públicos, todo hacía posible que, a pesar del
descontento popular que seguía incubándose, el régimen siguiera mostrándose muy
fuerte en los escenarios político y social. El 18 de febrero de 1983 sobreviene
el Viernes Negro, que dejó al desnudo el artificio montado en torno a la
economía venezolana. Los desequilibrios fiscales, la insolvencia del Estado, la
debilidad de la moneda, la inorganicidad de la economía, los críticos índices
macroeconómicos, todo quedó al descubierto y el país entró en una etapa de
profundización acelerada de la crisis económica, que no hizo desde entonces sino
desarrollarse y catalizar las contradicciones, unido ello a la simultánea crisis
moral donde cada vez más se destapaban los estragos de la corrupción y del
clientelismo. En 1988 gana las elecciones, para un segundo período, Carlos
Andrés Pérez. Este sería el penúltimo gobierno electo del betancourismo. El
régimen excluyente y represivo que había dominado en los últimos 40 años
comenzaba a hacer aguas de manera acelerada. Es en esa situación que hace
explosión, el 27 de febrero de 1989 y los días subsiguientes, la crisis social
represada. El hambre, la miseria, la violencia, el abandono de años cobra cuerpo
en ese hecho, extraordinario por varias razones. En primer lugar, el estallido
de los desposeídos se produce sin ningún liderazgo político que lo encauce. Se
trata de un desbordamiento clasistamente puro, una factura que pasa el pueblo
pobre venezolano de manera directa, sin gestores ni representantes. Es un "¡Se
acabó, esta vaina es mía!". Desde el punto de vista del desarrollo de la crisis,
el 27 de febrero es un fenómeno de alta calidad, pues a partir de allí el pueblo
venezolano, como han dicho muchos, toma la calle para no regresar. El carácter
de las manifestaciones reivindicativas de los sectores más desfavorecidos cambia
totalmente, imponiéndose nuevas formas de lucha, como las tomas masivas de
locales oficiales, la frecuente interrupción del tránsito vial con presencia de
masas, el desafío enardecido y callejero que derrota al miedo. Sin embargo, la
irrupción de esta fuerza social a partir de la eclosión del 27 de febrero, no
termina de obtener una referencia política: no se percibe un camino ni un
liderazgo para el cambio. Las luchas de los desposeídos son conculcadas por las
mismas voces de siempre, desde los sectores conservadores que pretenden
adelantar cambios gatopardianos creyendo que de esta manera podrían conjurar los
peligros del "perraje" rebelde, pasando por cierta izquierda intelectual más
bien acomodaticia, cuyo paradigma es Teodoro Petkoff, hasta llegar a la
ultraizquierda políticamente inepta que frecuentemente se convierte en
abortadora de las posibilidades populares. Entretanto, y ante el desconocimiento
de la mayoría de los venezolanos, se producen movimientos en el seno de las
Fuerzas Armadas, donde las tendencias colectivistas han tenido cierta fuerza
desde muchos antes. De hecho estas tendencias se manifestaron de distintas
maneras a partir de la muerte de Gómez: en el gobierno de Medina Angarita, en el
derrocamiento de Pérez Jiménez, en la incorporación de muchos oficiales a la
fallida lucha armada contra el betancourismo, en el Porteñazo, en el Carupanazo.
La expresión más fuerte de este sector, durante los años finales del
betancourismo, es el llamado Movimiento Bolivariano Revolucionario 200,
comandado por un grupo de oficiales donde destacan, entre otros, Hugo Chávez
Frías y Francisco Arias Cárdenas. Es desde este movimiento de donde habría de
surgir la chispa que produjo el estallido de la crisis política. Algunos
olvidan, o no quieren recordar, lo que era Venezuela antes del 4 de febrero de
1992. Aquel país aletargado, desesperanzado, latoso, con un pueblo rumiando su
inconformidad pero sin ninguna vía para encauzar sus deseos de una
transformación radical. En la madrugada del 4 de febrero todos nos vimos
sorprendidos por la rebelión militar. El pueblo venezolano pasó del estupor a la
exaltación. Y ahí está una de las claves de aquel acontecimiento: derrota
militar, victoria política. La referencia política popular, el canal para los
cambios radicales había nacido. En apenas tres breves minutos, y en las palabras
de un jefe militar derrotado, preso y fatigado, los desposeídos de Venezuela
reconocieron al nuevo líder que estaban esperando. Sólo sería cuestión de tiempo
para que este nuevo liderazgo, en medio de aprendizajes y fluctuaciones,
culminara su victoria política de esta etapa con el ascenso de Chávez a la
presidencia de la República, el 2 de febrero de 1999. ¿Qué significa esta
victoria? ¿Qué está ocurriendo en Venezuela?
Las fuerzas del cambio, las verdaderas, en el sentido de aquellas que se han
venido oponiendo al régimen betancourista a fondo, y no aquellas otras que sólo
han planteado cambios formales y no conceptuales, están actuando en Venezuela
desde antes de la irrupción de Chávez en el escenario. La acción de estas
fuerzas, con todo y que estaban desorganizadas y atomizadas, había obligado a la
introducción de tímidos cambios en la estructura del Estado, aunque siempre
mediatizados y adaptados a la conveniencia del poder. Es el caso de la
descentralización. La intención de generar diversas instancias de poder local
elegidas directamente por los ciudadanos, refleja sin duda un avance de las
tendencias colectivistas de la sociedad. Sin embargo, la descentralización en
Venezuela se convirtió de inmediato en la vía para la creación de nuevos feudos
de poder, de nuevas roscas y tribus, ahora multiplicadas por centenares. Es
indicativo de esto la creación de nuevos municipios que no tienen ninguna
posibilidad actual de autofinanciarse. Otro hecho significativo es la escasa
participación popular en tales instancias locales. Durante la campaña electoral
del 2000, uno de estos típicos opinadores de profesión se quejaba de que al
separarse las elecciones, y dejar aparte la selección de los organismos
municipales y parroquiales, se produciría una abstención record en esos comicios
locales. Este real desinterés de los ciudadanos por lo que tendría que ser tan
importante para ellos, como son los órganos colectivos en municipios y
parroquias, no hace sino decirnos que estos organismos, que esta
descentralización, sólo representan hasta ahora cambios formales, y que en
ningún modo los ciudadanos tienen más poder, sino que, en general, la
descentralización iniciada por el betancourismo ha generado aun mayor corrupción
e ineficacia, porque ahora tenemos pequeños reinos, incapaces de unirse para el
desarrollo de proyectos nacionales, sin desmedro de los intereses locales
particulares. Sin embargo, el triunfo electoral de Chávez en el 98 significó la
primera gran victoria política de las tendencias colectivistas en la época
contemporánea. Esto por varias razones que entramos a detallar. La principal se
refiere al programa del régimen que lidera Hugo Chávez.
El planteamiento central de Chávez, desde el punto de vista político, se refería
al proceso constituyente, una de cuyas fases principales es la Asamblea
Constituyente. Las asambleas constituyentes generan, en realidad, programas que
se plasman en las constituciones. Ese programa define el carácter del poder
público, el destino de los derechos humanos individuales y colectivos, el tipo
de relaciones económicas que se promueve. Muchas veces se dijo que en la
Asamblea Constituyente de 1999 se reproducían vicios del pasado, lo cual es
cierto, ya que ello resulta inevitable. Ese es el sentido que tiene la palabra
"proceso", aunque la misma no sea del agrado de nuestro amigo Ibsen Martínez.
Según la escueta y fundamental acepción que le otorga el diccionario, un proceso
es la "serie de fases de un fenómeno" o "la evolución de una serie de
fenómenos". La concreción de un proyecto político, la renovación de las
estructuras y, sobre todo, de la ideología y la cultura ciudadana de una
sociedad no dependen de decretos. La pervivencia de algunos vicios del régimen
betancourista seguirá siendo parte de lo que ocurre, al igual que la incidencia
de la ideología individualista en factores del nuevo poder. En el nuevo poder
también hay corrupción, personalismos e incluso estupidez. No se puede evitar.
Por eso resulta inútil juzgar lo que pasa al nivel de la chismología política,
con el método de la mirada puesta en el pie de la montaña y no en su cima. Por
ello es importante remitirse al documento programático, que es donde se plasma
la esencia del proyecto político. Que ese programa se realice o no dependerá de
muchos factores, pero es él quien define el carácter de la propuesta. El
análisis de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es lo que
define la tendencia liderada por Chávez como colectivista y, por lo tanto,
insertada dentro de las expectativas y los caminos de la verdadera modernidad
política mundial. Aquí se hace necesario acotar que no existe el programa
perfecto, así que seguramente la nueva Constitución presentará inconsistencias,
imperfecciones y contradicciones. De nuevo es necesario apuntar al corazón, a la
esencia del asunto: lo cierto es que en sus lineamientos fundamentales y en el
espíritu presente en la inmensa mayoría de su articulado, estamos en presencia
de un documento con extraordinarias incorporaciones de índole colectivista.
Fijémonos en la Constitución del 61, cuyos postulados y espíritu se corresponden
con la concepción de democracia impulsada por sectores del socialismo moderado
mundial, hay también elementos colectivistas, muchos menos que en la nueva Carta
Magna, pero los hay. El problema es que ese programa no sólo no se cumplió, sino
que sus aspectos menos convenientes, aquellos que servían para apuntalar la
partidocracia, el clientelismo y la exclusión, fueron los que se llevaron
fundamentalmente a la práctica. En todo caso, si comparamos las definiciones del
Estado en ambas constituciones, percibimos ya los avances del nuevo texto en
cuanto a sus planteamientos colectivistas. La Constitución del 61 expresa, en su
artículo 3, que "El gobierno de la República de Venezuela es y será siempre
democrático, representativo, responsable y alternativo". La Constitución del 99,
en su Artículo 2, establece que "Venezuela se constituye en un Estado
democrático y social de Derecho y de Justicia" y luego en el Artículo 6: "El
gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y de las entidades políticas
que la componen es y será siempre democrático, participativo, electivo,
descentralizado, alternativo, responsable, pluralista y de mandatos revocables".
Aquí es clave la definición del Estado como democrático y social, pues se agrega
un cognomento definitorio del carácter colectivista del proyecto, que establece
una gran diferencia entre el Estado democrático liberal, con la democracia
formal, y el llamado Estado de bienestar, que implica la lucha por la democracia
social, por el Estado de derecho y de justicia, que es el aspecto principal de
la democracia. Y lo mismo puede decirse de los calificativos del tipo
"participativo", "descentralizado" y la posibilidad de revocar los mandatos.
Otros muchos artículos de la Constitución del 99 conservan ese espíritu, como el
62, que se refiere al protagonismo popular, o el artículo 70, donde hay
referencias específicas a instancias como el referendo, el cabildo abierto, la
asamblea de ciudadanos y ciudadanas, la autogestión, la cogestión, las
cooperativas, la empresa comunitaria. O el artículo 124, que garantiza y protege
la propiedad intelectual colectiva de los pueblos indígenas. Es importante
constatar que en cuanto a las formas de organización colectiva, la Constitución
no sólo reconoce su pertinencia, sino que además prevé su fomento y su
protección.
De alguna manera, las luchas del pueblo venezolano en el futuro inmediato tienen
que fundamentarse en la necesidad de que el programa expresado en a Constitución
del 99 se realice. En el momento en que estamos por concluir la redacción de
este trabajo se ha producido la contundente victoria del proyecto liderado por
Chávez en las elecciones del 2000, donde ha sido relegitimado el presidente para
un período de 6 años y los factores políticos que lo respaldan se han puesto al
frente de 15 gobernaciones de Estado y de la Alcaldía Metropolitana de Caracas y
de otras importantes como la del Municipio Libertador de Caracas, e igualmente
han logrado mayoría en la Asamblea Nacional y en la mayoría de los Consejos
Legislativos Regionales. Con esta relegitimación entra el proceso de
transformaciones en una nueva etapa, que deberá caracterizarse por el impulso de
realizaciones que vayan dando cumplimiento paulatino al programa del nuevo
régimen. Dos elementos asoman como fundamentales para que se avance en esa
dirección. Por una parte, la aceleración de las políticas sociales y económicas
que tiendan hacia la recuperación en estas áreas. Las bases para ello se han
venido adelantando en los primeros dieciocho meses de gobierno. Muchos hechos
así lo señalan: el incremento de la cesta petrolera venezolana; la creación del
Fondo de Estabilización Macroeconómica, excelente iniciativa, que le permite al
Estado venezolano, por primera vez en muchos años, contar con un notable ahorro
de recursos que pueden utilizarse ahora en el fomento de planes de inversión
social y reproductiva; el aumento de sueldos para los trabajadores en un
promedio de 44%, lo cual apunta en la dirección correcta de ir disminuyendo la
brecha en la distribución del ingreso, sobre todo porque se ha dado junto a un
efectivo control de los índices inflacionarios; el control del gasto público; el
aumento de las reservas internacionales; el movimiento positivo de las tasas de
interés, que ha incidido en la baja de la tasa de morosidad crediticia; el
sensible aumento del Producto Interno Bruto; los logros en asistencia social del
Plan Bolívar 2000 y otros programas; el incremento, en 300%, de los créditos
agrícolas; el aumento en los sistemas de riego, calculado en un 10%. Desde este
piso mínimo que ya está construido, se requiere el despegue de la Constituyente
Económica, que es la propuesta más importante que surge de la primera cadena
nacional de Hugo Chávez en su nuevo mandato, realizada el 2 de agosto. Algunos
han querido minimizar la importancia de este proceso de consultas, y hasta lo
han ironizado. Señalan, por ejemplo, que es una exageración la intención de
realizar 500.000 encuestas en tal sentido. Pero es que esta propuesta interpreta
cabalmente el espíritu de la Constitución. Además, la experiencia de países como
Japón testimonia la justeza de esta vía. En tal sentido, Nancy Birdsall y
Bernardo Kliksberg, expertos del BID, del Banco Mundial y de las Naciones Unidas
informan que el proceso de consultas en ese país fue estratégico para el milagro
económico, añadiendo: "Las estrategias de largo plazo, orientadoras, devinieron
en el Japón en amplios debates en los que participaron el gobierno, las empresas
privadas industriales, los bancos, las universidades, los medios de difusión,
los trabajadores la pequeña y mediana empresa, los consumidores. Personas de las
más diversas disciplinas y experiencias estuvieron englobadas en esos debates
(...) Se podrá argüir que los costos implicados pueden ser altos, y que el
tiempo insumido puede ser significativo. Estos hechos reales parecen de limitada
importancia frente a los logros obtenidos en términos de claridad en la agenda
nacional, concertación de grandes sectores, bases sólidas para una acción
conjunta y visión común de metas" (137). A la luz de esta experiencia, la idea
de una Constituyente Económica es el anuncio estratégico más importante en esta
nueva etapa del proceso de transformaciones. Otros anuncios, por supuesto,
complementan la intención, como los que se refieren a la concreción de los
fondos de pensiones mixtos, la inversión de 500 millones de dólares para la
creación de cooperativas productivas en las ciudades y campos, cajas de ahorro y
asociaciones de comunidades (otro hito en la realización del programa
constitucional), el programa especial de financiamiento a la agricultura, el
plan de desarrollo turístico, el programa de concesión de activos del Estado,
las medidas de incentivo fiscal para empresas que generen empleos, el programa
temporal de comedores populares y la creación de zonas especiales de desarrollo,
entre otros. El otro elemento fundamental de esta etapa es el que se refiere a
la necesidad de profundizar los aspectos democráticos, sobre todo aquellos que
se refieren a la participación ciudadana, el fomento de las redes sociales y las
acciones asociativas y autosugestionarais de la población. Uno de los grandes
peligros del proceso de cambios es que sea secuestrado por nuevas cúpulas
políticas, que ya empiezan a asomar en el seno de algunos de los factores
organizativos que respaldan ese proceso. En una nota aparecida en el semanario
Quinto Día, hay una referencia al sociólogo alemán Roberto Mischels, quien
formuló la "ley de hierro de la oligarquía", según la cual toda organización
política tiende a caer en manos de un pequeño grupo de personas,
independientemente de su orientación ideológica. El estudio de la historia de
los partidos políticos parece confirmar esta teoría. Sin embargo, no es posible
negar que los partidos ejercen una función importante en el ajedrez político,
sobre todo por su capacidad para expresar concentradamente las tendencias que
actúan en la sociedad. En el actual proceso de transformaciones de Venezuela han
jugado un papel insoslayable organizaciones como el MVR, el MAS y el hoy venido
a menos PPT, entre otras. Pero, como se sabe, todo partido político es
necesariamente sectario, en el sentido de que, precisamente, representa
intereses sólo parciales de la sociedad. Dentro de la posibilidad de un futuro
socialista, colectivista, el partido político no puede colonizar la sociedad,
como ha sido la costumbre. En buena parte, los fracasos de algunos experimentos
socialistas se deben al sectarismo de los partidos rectores, y a la tentación de
convertirse en muro insalvable que separa al Estado de los ciudadanos. De modo
que el gran apoyo popular que mantiene el proyecto liderado por Chávez, debe
convertirse en organización popular estructuralmente independiente de los
partidos de gobierno, aunque no es posible, por ahora, pensar que los partidos
no ejerzan su influencia en las mismas. Es por ello que la llamada Constituyente
Económica y el fomento de cooperativas, asociaciones, cajas de ahorro y otras
formas de organización económica popular han de jugar también un papel político,
en el avance hacia formas colectivistas de poder y de acción.
El proyecto que está al frente de la Venezuela contemporánea significa un gran
cambio cualitativo en el país. Sigue avanzando en medio de grandes dificultades.
No sólo las inherentes a la terrible situación económica y social heredada, sino
sobre todo las de carácter político, en un escenario donde actúan fuerzas
restauradoras del viejo régimen, muchas de ellas con intenciones
obstruccionistas, o agazapadas soñando con una salida violenta e inclusive
planificándola. El señor Carlos Andrés Pérez ha dicho, en una entrevista
reciente realizada por el periodista Carlos Croes que "En Venezuela, con Chávez,
la solución tiene que ser violenta; en Venezuela, desgraciadamente, habrá
sangre" (138). Acotemos que allí habla un experto en esto de derramar sangre.
Está también la incomprensión de muchos sectores ilustrados, por varias razones
que pueden actuar en conjunto o aisladamente: algunos de estos sectores son,
sencillamente, "viudas" del antiguo régimen, otros están impedidos de comprender
y compartir lo que ocurre porque sus cabezas piensan con los mecanismos de la
ideología individualista y supremacista de la burguesía, aun otros no son tan
cultivados como pretenden o lo son de manera caótica, por lo cual desconocen los
desarrollos de las tendencias históricas y no pueden ver en perspectiva, sino
que actúan en base a mitos atávicos o a detalles secundarios.
Al no existir ningún dogma capaz de dirigir los pasos de la sociedad, nos
encontramos en una situación de expectativas y de caminos aun no desbrozados.
Hay quienes han querido ver en la definición del proceso liderado por Chávez
como bolivariano, un estigma dogmático. Si interpretamos este asunto con la
visión que se manejó, por ejemplo, en la aplicación del marxismo, caemos en
error. Con el marxismo se pretendió establecer una receta para el socialismo, un
esquema de validez universal, muchas veces completamente extraño a la
idiosincrasia de los pueblos. En el caso del bolivarianismo, creemos que se
trata más bien de una impronta moral, de una figura de la cual se rescatan sobre
todo valores morales y éticos como la constancia, el trabajo, el espíritu
indomable de lucha, la aspiración integracionista continental, la capacidad de
entrega total a un objetivo y a una esperanza. Una figura que constituye un mito
nacional mayoritario, incorporado inclusive a la iconografía religiosa del
pueblo. Una referencia histórica, más que un sistema de ideas, aunque parte de
su pensamiento conserve alguna vigencia, así como, naturalmente, otra buena
parte es anacrónica. Bolívar es para los venezolanos el equivalente de Guillermo
Tell para los suizos o Juana de Arco y Napoleón Bonaparte para los franceses.
Pero si aun aceptáramos la conveniencia de una discusión sobre la figura de
Bolívar y la conveniencia de convertirlo en el símbolo de las transformaciones,
éstas mantendrían su propiedad y su valor histórico.
También es necesario reconocer que en Venezuela no se ha instaurado, con Chávez,
un sistema socialista. En las actuales condiciones de Venezuela y del mundo, no
es posible romper de manera abrupta la organización capitalista de la economía,
a menos que se pretenda asumir una vía de violencia e incertidumbre. El
pensamiento socialista contemporáneo acepta la posibilidad de la evolución
pacífica, paulatina y a largo plazo de las formas socialistas y colectivas de la
organización social. Acepta también un criterio de expansión del colectivismo en
el cuerpo social, de una metástasis cuyos desarrollos no pueden ser enteramente
previstos. Algunos sectores extremistas de izquierda critican la intención del
gobierno de Chávez de establecer acuerdos con el gran capital nacional e
internacional, a fin de acelerar la recuperación económica. Estas posturas
dogmáticas olvidan que existen formas del capital en Venezuela capaces de asumir
actitudes patrióticas, en el sentido de contribuir a una mayor justicia social y
al logro de una mejor realidad económica para el país. Y también que en el mundo
globalizado se han generalizado las alianzas donde participa el capital
transnacional, ya que la mundialización de la economía no sólo lo permite, sino
que además lo recomienda, sin necesidad de que esto signifique una merma de la
soberanía. Ya se sabe que el mundo no transcurre en blanco y negro, sino que
presenta innumerables colores. Por tanto es bueno aclarar que cuando nos
referimos a una lucha esencial entre individualismo y colectivismo, estamos
hablando menos de política que de la naturaleza de la sociedad humana. El
egoísmo y el altruismo son dos fuerzas básicas que actúan en todos los hombres.
La búsqueda de un equilibrio, por cierto naturalmente contradictorio, entre esas
dos fuerzas, de manera que se complementen y se enriquezcan mutuamente, es el
gran desafío de la humanidad contemporánea.
El pensamiento colectivista venezolano apoya mayoritariamente el proceso de
cambios liderado por Chávez, y respalda este liderazgo. El deber de los
intelectuales que evaluamos esta situación en positivo incluye la actitud
crítica y vigilante. Nada está garantizado, ya que el futuro no existe sino en
potencia. Tenemos un pasado que es necesario reconocer y un presente lleno de
aristas, fuerzas en pugna, inconformidades, pensamientos en ebullición y en
formación. Estamos en una etapa sumamente creativa de nuestra historia, llena de
movimientos cotidianos. Nada está escrito. Pero la mayoría de los venezolanos
está apoyando al único proyecto de país capaz, por ahora, de sustituir al
régimen odioso que está en trance de muerte. Una propuesta colectivista, justa,
inteligente está sobre la mesa. El deber de la crítica es perfeccionarla, pero
también defenderla de sus enemigos y sus detractores.
NOTAS
1) Silva, Ludovico. "Sentido del humanismo marxista" en Clavimandora. Academia
Nacional de la Historia. Caracas, 1992.
2) Jaeger, Werner. Paideia. FCE. México, 1971.
3) Desiato, Massimo. "La contrailustración como forma de vida" en revista
Imagen, Nº 30, feb-mar 1998. Caracas
4) Savater, Fernando. Etica para Amador. Ariel. Bogotá, 1998.
5) Ibid.
6) Ibid.
7) Ibid.
8) Ibid.
9) Lidsky, Paul. Los escritores contra la comuna. Siglo XXI. México, 1971
10) Ibid.
11) Ibid.
12) Ibid.
13) Ibid.
14) Ibid.
15) Ibid.
16) Ibid.
17) Ibid.
18) Ibid.
19) Ibid.
20) Ibid.
21) Ibid.
22) Ibid.
23) Ibid.
24) Ibid.
25) Ibid.
26) Ibid.
27) Ibid.
28) Ibid.
29) Ibid.
30) Ibid.
31) Ibid.
32) Ibid.
33) Ibid.
34) Ibid.
35) Ibid.
36) Ibid.
37) Ibid.
38) Ibid.
39) Ibid.
40) Ibid.
41) Ibid.
42) Ibid.
43) Ibid.
44) Ibid.
45) Ibid.
46) Ibid.
47) Ibid.
48) Ibid.
49) Ibid.
50) Velásquez, Ramón J., en "Recuento" en Historia mínima de Venezuela.
Fundación de los Trabajadores de Lagoven. Caracas, 1993.
51) Melcher, Dorotea. Estado y movimiento obrero en Venezuela. Academia Nacional
de la Historia. Caracas, 1992.
52) Arráiz Lucca, Rafael en "Las tareas de la imaginación" en Comprensión de
nuestra democracia. Contraloría General de la República. Caracas, 1998.
53) Citado por Doris Francia. Los silencios de la derrota. Edición del autor.
Caracas. s/f.
54) Chávez, Hugo. Discurso ante la ANC. Caracas, 5/8/99
55) Egaña, Fernando en "El comandante en su laberinto". El Nacional. Caracas,
23/12/99.
56) Caballero, Manuel en "Carta a un joven desilusionado que detesta la
democracia" en Comprensión de nuestra democracia.
57) Ibid.
58) Roche Lander, Eduardo en "A manera de presentación" en Comprensión de
nuestra democracia.
59) Caballero, Manuel. Ibid.
60) Ibid.
61) Vaquer, Marcos en "La garantía constitucional de la autonomía de la cultura"
en Cultura, democracia y constitución. Monte Avila/CONAC. Caracas, 1999.
62) Carrera Damas, Germán en "La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la
democracia: doscientos años y un balance alentador" en Comprensión de nuestra
democracia.
63) Salas Serrano, Julián. "Muertes y soluciones anunciadas" en El Nacional.
Caracas, 6/1/2000.
64) Ibid.
65) Ibid.
66) Ibid.
67) Sosa Pietri, Andrés. "¿Por qué No?" en El Universal. Caracas, 4/12/99.
68) Caballero, Manuel. "El dilema del votante adeco" en El Universal. Caracas,
22/11/98.
69) Arráiz Lucca, Rafael. "El pacto" en El Nacional. Caracas, 1998.
70) Martínez, Ibsen. "De doctores y plebeyos" en El Nacional. Caracas, 8/1/2000.
71) Masó, Fausto en "El método del discurso" en El Nacional. Caracas, 18/12/99.
72) El País Digital. Madrid, 14/12/99
73) Socorro, Milagros. El Universal. Caracas, 11/12/99.
74) Cornejo-Polar, A. en "La literatura hispanoamericana del siglo XIX" en
Esplendores y miserias del siglo XIX. Monte Avila/Equinoccio. Caracas, 1994.
75) Martínez, Ibsen en "Marronier". El Nacional. Caracas, 26/12/99
76) El Nacional. Caracas, 23/06/2000.
77) Declaración de los Obispos de Venezuela ante las elecciones. Caracas,
21/5/2000.
78) El Nacional. Caracas, 21/5/2000
79) Citado por Marta Sosa, Joaquín en "Sin Estado la gobernabilidad democrática
es imposible" en Comprensión de nuestra democracia.
80) Quinto Día. Caracas, 30/6 al 7/7/2000.
81) Hernández Tulio en Cultura, democracia y constitución.
82) Ibid.
83) Arráiz Lucca, Rafael en "Las tareas de la imaginación" en Comprensión de
nuestra democracia.
84) Erminy, Perán en "Antidemocracia y poder contra el arte" en revista Imagen
Nº 100-120. Caracas, febrero 1997.
85) Ibid.
86) Moleiro, Moisés en "La indócil realidad cultural" en revista Imagen Nº
100-120. Caracas, febrero 1997.
87) Cardenas, María Luz en "Cada uno para sí y Dios contra todos: las falacias
de la libertad" en revista Imagen Nº 100-120. Caracas, febrero 1997.
88) Martínez, Ibsen en "La ira de Carrera Damas" en El Nacional. Caracas,
2/1/2000.
89) Zaid, Gabriel en "Organizados para no leer" en El Nacional. Caracas,
9/1/2000.
90) Ibid.
91) Ibid.
92) Erminy, Perán en "Antidemocracia y poder contra el arte" en Imagen Nº
100-120.
93) García Sucre, Maximo en "La historia dura dos siglos" en revista Imagen Nº
8.
94) Savater, Fernando. Política para Amador. Ariel. Barcelona, España, 1997.
95) Ibid.
96) Ibid.
97) Ibid.
98) Ibid.
99) Carrera Damas, Germán en "Oye, soldado, oye" en El Nacional. Caracas,
15/05/2000.
100) Arráiz Lucca, Rafael en "Norberto Bobbio, el sexagenario de la lucidez" en
El Nacional. Caracas, 14/1/2000.
101) Bobbio, Norberto. La duda y la elección. Paidós. Barcelona, España, 1998.
102) García Mora, Luis en "Al límite". El Nacional. Caracas, 12/12/99.
103) Falcón Guzmán, José Luis en "Política ficción: gana el No" en El Nacional.
Caracas, 13/12/99.
104) Caballero, Manuel. El Universal. Caracas, 19/12/99.
105) Quirós Corradi, Alberto en "El referéndum" en El Nacional. Caracas,
19/12/99.
106) El País Digital. Madrid, 14/12/99
107) Ibid.
108) Martínez, Ibsen en "Internet no sube cerro" en El Nacional. Caracas,
18/12/99.
109) Savater, Fernando. Política para Amador.
110) Vethencourt, José Luis en "Neutralidad ética de la economía" en Cultura
Universitaria, Nº 110.
111) Rodríguez, Francisco en "Por qué Chávez" en El Nacional, Caracas.
112) Birdsall, Nancy y Kliksberg Bernardo. "América Latina y el Sudeste
Asiático: notas para una reflexión abierta" en revista Asuntos Nº 3. PDVSA.
Caracas, mayo 1998.
113) Ibid.
114) Ibid.
115) Ibid.
116) Ibid.
117) Ibid.
118) Ibid.
119) Ibid.
120) Ibid.
121) Ibid.
122) Ibid.
123) "CEPAL: América Latina requiere de mejoras educativas" en El Nacional.
Caracas, julio 2000.
124) Ibid.
125) Rodríguez, Francisco en "¿Por qué Chávez?" en El Nacional. Caracas.
126) Chávez, Hugo. Discurso ante la ANC. 5/8/99.
127) Chávez, Hugo. Discurso ante el Encuentro Nacional de la Constituyente
Educativa. 4/12/99.
128) Ramonet, Ignacio en "Un delicioso despotismo", tomado de Le Monde
Diplomatique, publicado en El Nacional. Caracas, 25/6/2000.
129) Ibid.
130) Ibid.
131) Ibid.
132) Ibid.
133) Arráiz Lucca, Rafael en "La Red" en El Nacional. Caracas, julio 2000.
134) Keohane Robert O. y Nye Jr., Joseph s., en "El precio de la globalización
es la incertidumbre" en Foreing Policy, publicado por El Nacional. Caracas,
14/5/2000.
135) Página 12, Buenos Aires. Publicado por El Nacional. Caracas, 28/5/2000.
136) Ibid.
137) Birdsall, Nancy y Kliksberg Bernardo. "América Latina y el Sudeste
Asiático: notas para una reflexión abierta" en revista Asuntos, Nº 3. PDVSA.
Caracas, mayo 1998.
138) Quinto Día, Nº 1999. Caracas 4-11/8/2000.
INDICE
Breve acotación sobre la obra y l estupidez…………………………………………………2
Sobre razones y hombres…………………………………………………………………...3
Sobre el rigor y la verdad…………………………………………………………………...4
Sobre el Humanismo………………………………………………………………………..5
Sobre la Escolástica…………………………………………………………………………6
Sobre el primer Renacimiento………………………………………………………………8
Sobre las disidencias en la Iglesia…………………………………………………………..9
Sobre la Reforma………………………………………………………………………….10
Más sobre el Humanismo………………………………………………………………… 11
Sobre el Renacimiento…………………………………………………………………….13
Sobre el origen de la Ilustración…………………………………………………………..15
Sobre la ideología ilustrada………………………………………………………………..16
Sobre el dominio de la Ilustración…………………………………………………………21
Digresión en torno a Savater………………………………………………………………22
Sobre la Revolución Francesa…………………………………………………………… 25
Sobre los escritores y la Comuna………………………………………………………… 29
Más sobre los escritores y la Comuna……………………………………………………..37
Sobre las vanguardias……………………………………………………………………..46
Sobre la Ilustración y la independencia americana………………………………………..51
Sobre el auge del capitalismo en América………………………………………………...55
Sobre el Régimen Betancourista y la irrupción de Hugo Chávez…………………………59
Sobre el individualismo……………………………………………………………………94
Sobre el supremacismo………………………………………………………………….99
Sobre el economismo…………………………………………………………………..107
Sobre la Globalización…………………………………………………………………116
Sobre el Socialismo……………………………………………………………………123
Sobre el Socialismo Real………………………………………………………………130
Sobre el Colectivismo y la situación venezolana………………………………………134
NOTAS…………………………………………………………………………………147