VAMOS
A SEGAR
VERANO (1ª PARTE)
Ponemos en marcha la máquina del tiempo y rebobinamos hasta llegar a los años “70”. Voy a narrar y en diferido los quehaceres de aquellos años. Una forma de vida y de trabajo llena de sacrificio, penurias y fatigas pero aún así llena de sentimientos y romanticismo donde la gente sentía la necesidad de ayudarse unos a otros. Donde el cartero iba a caballo y en cada casa había un horno para cocer el pan que cada cual amasaba o traía el panadero de Sahugo en un carro cubierto y tirado por un caballo, donde apenas había bicis, la carretera y las calles eran de tierra, no había agua corriente ni teléfono y para ir de fiesta a otro pueblo había que ir andando o en burro. Por supuesto sin olvidar las obligaciones del siguiente día. Donde las abuelas hilaban la lana, hacían jerséis, calcetines, sombreros, sogas y aguaeras. Donde el terreno estaba dividido en mil pedazos y esparcidos. Donde los gitanos eran nómadas y nos visitaban durante el verano.
Las palabras usadas para nombrar las cosas, hoy ya en desuso, no dejan de ser curiosas y se reproducen tal y como se pronunciaban.
De San Juan de Robleda al Cristo de Martiago. Ya las guindas pintean y los tordos comienzan a cosecharlas. Los campos van tomando un tono amarillento-dorado. El centeno está casi apunto.
Ya se han sembrado los garbanzos y las patatas una a una con el escriño. Se ha picado la guadaña sobre la bigornia para guadañar los praos. Se prepara la cuerna con la piedra de afilar y se cuelga del cinturón. Se corta la hierba en baraños, se le da la vuelta para que se seque, se hacen montones y ya tenemos el heno listo. Con una tornaera larga de dos ganchos de hierro se carga en el carro ataviado con seis pinchos. A veces se ensancha tanto que no entra por el hueco de los postigos. Se aprietan las sogas y se peina. Las vacas, que apenas se les ve, lo transportan para el pajar. Por el bocín asoma la persona que se encarga de colocarlo y acalcarlo. El polvo y el tufillo del heno le entrara por la boca, la nariz, los ojos y se le pegará en la sudorosa cara. De vez en cuando saca la cabeza por el bocín para respirar y no asfixiarse.
De madrugada se cogen
las algarrobas, aún con rocío, para que no se desgranen. Medio agachados, uno tras otro y surco por surco, los garroberos,
con un hocino las van levantando y arrancando del suelo.
Se mantienen en la tierra amontonadas, mientras se seca la magarza,
hasta que se acarrean.
A la par o acto seguido, se siega el centeno, la avena y la cebada. No se para, la jornada es de sol a sol.
Por San Pedro, que es fiesta de guardar (29 de junio), se cogen los pastores, el cabrero, el vaquero el porquero y los jornaleros para la siega. Estos solían ser “jurdanos” que cruzaban la sierra en busca de dinero donde casi no lo había. Este día se parten las eras para trillar.
El terreno esta dividido por “hojas”. La hoja de Bargalindo, de Carramolino y la hoja de las Alberquillas. Todo el trigo del pueblo, el plato fuerte, se sembraba en una hoja cada año, dejando así la tierra en reposo (barbecho), este año la de Carramolino.
El Sr. Cura daba permiso para trabajar los domingos y trasladaba la misa al oscurecer.
Los campos dorados como la miel esperan a ser cortados. Los segadores ya están listos, las hoces de corte afiladas y los burros aparejados. Se toman una copa de aguardiente y una perronilla y se disponen a salir. Cogen la hoz, los mangos, el sombrero de paja, la chaqueta y escarrapichados en los burros inician el camino. Aunque saben lo que les espera, tienen ganas e ilusión de empezar. Unos ganaran un jornal y otros recogerán la cosecha, pero ambos, como las hormigas piensan en el invierno.
Varias cuadrillas se juntan en el camino:
-
¿Pa’ onde vais, donde tenéis el corte?
-
Pa’ las navas.
- Nosotros pal castillo, que esta más seco.
En el prao se separan.
Ya en el lugar, les quitan la cabezada, la albarda y los aparejos a los burros y los atan, por una mano, con una soga en un camino, regato, lindón o gavia para que coman hierba.
El amo inicia la siega abriendo el corte por la orilla izquierda y tira de la cuadrilla. Detrás los jornaleros y demás componentes de la familia. Avanza con dos surcos a la vez. Corta el primer manojo y el segundo, llavea y repite la secuencia. Detrás de sí y con las espigas mirando a la izquierda, coloca la primera “gavilla”. Sobre ésta van colocando sus manojos los demás que le siguen.
Se avanza doblados, arrastrando los pies por el vado y la cabeza enfundada en el sombrero bajo las espigas que miran al suelo. El ritmo ha de ser continuo a la par que se siega. No se habla.
Al llegar a la punta, un respiro, y se continua por la otra orilla. Así una hora y otra sin parar. A la cuarta “surca” ya se ha hecho brecha y se echa el primer trago de agua del barril. Con el moquero se limpia el sudor. El sol ya en lo alto calienta las espaldas. A las ocho de la mañana, el ama, que se quedo en casa terminando de hacer los oficios y echándole a las gallinas, a los cerdos, ordeñando las cabras y después de sacarlas, aparece montada (sentada) en otro burro con las viandas en las alforjas de tiras y las cántaras de agua en las aguaderas hechas de berceo. No falta el chorizo, el jamón, el vino, los torreznos y los ingredientes para el gazpacho (el poleo se coge en el mismo campo). Productos de la tierra y del cebón que se han aguantado en la despensa para estos meses de gran esfuerzo. El resto del año se comía tocino y morcilla.
A medio-día, ya después
de comer, sobre el suelo, debajo de un roble, se echan la siesta.
Los cuerpos están baldaos: ni
las moscas, los cardos, las piedras y ni el canto estridente e incesante de la
chicharra les molesta. El sol en lo
más alto proyecta a lo lejos la canícula.
En el cielo azul y desierto se ve la estela blanca y recta de un avión
que se pierde en el infinito. Los pájaros,
en silencio, se protegen del fuerte calor entre las matas de rebollos.
La siega continua y las surcas se suceden a lo largo de la tarde. Ya se dejan ver las gavillas alineadas a lo largo de la tierra. El bálago con sus espigas (el trigo) va sucumbiendo al esfuerzo de los segadores: ---“a ésta le metemos mano ésta tarde”.
El ama hace el gazpacho aprovechando los regojos del pan duro del día antes y después de la merienda se marcha para casa a preparar la cena, hacer los oficios de la tarde y echarle a los marranos (cebones y camperos), meter las cabras, tapar el albañal para que no entre la zorra a desplumar el gallinero........... y un montón de cosas más. Antes pasará por la fuente de Bartibañez para llevar una carga de agua para beber. Al llegar a casa, ira a por más agua, menos potable, para el resto de necesidades, al palancal, a la herrumbrosa o al ribero, pues la de la fuente grande a esas horas ya estará saqueada.
Me contaron que había una familia, que a la hora de merendar, un chorizo le duro todo el verano. A la pregunta del amo: -“¿quién quiere chorizo?” De los presentes sólo el jornalero contestaba que él si. A lo que contestaba el amo: -“pa’ uno sólo no se empieza” así todas las tardes de verano.
El sol va bajando hasta que desaparece entre los robles de posadillas. La cuadrilla recoge los aperos y aparejos. Los burros están sedientos y medio enroscados en una barda. Han atoconao el lindón. Solo han dejado las gatuñas y lo han llenado de “cagajones”. Se aparejan y se cinchan y sobre ellos se deshace el camino de vuelta. En la laguna de los Barreros, los burros, beben agua.
Los segadores llegan a casa ya oscurecido, dónde la cena les espera. Después de sacudirse las pergañas de las albarcas se lavan en la palangana y se sientan en el escaño o en la tajuela para cenar. Sobre la mesa una fuente con patatas compuestas y tocino, agua de la tinaja y vino de la damajuana (dama- Juana). El pan no falta. En la lumbre el puchero de barro con agua caliente para fregar y el caldero colgado de las llares con el berbajo para los marranos.
Al finalizar, charlan un rato, sacan la petaca de tabaco y el librillo para liar un cigarrillo. El ama friega la loza, recoge la cocina y apaga con un poco de agua los tizones.
Consumido el cigarro, los jornaleros se van a dormir al pajar sobre el heno, después de darse las buenas noches y mear en el corral.
A al mañana siguiente, por el cuarterón entre abierto de la ventana, entra una luz tenue del alba. El canto del gallo coincide con el amanecer. Es la hora de partir.
Ya en el corte,
unos continúan con la siega y otros empiezan a atar las gavillas.
Juntan éstas y con habilidad y destreza, entrelazan un puñado se
espigas para hacer el vencejo y atar los haces. Posteriormente éstas
se juntan en hacinas de 15 a 20 haces.
Al terminar de segar esta tierra, sin perdida de tiempo, hay que empezar otra y así durante casi un mes, hasta que se termina.
¿Dónde están los “dagales” de 10 a 15 años en ésta siega? También van al corte: siegan las esquinas, juntan gavillas, juntan los haces, van a por el agua a la fuente más cercana, van con las ovejas, van de “dua” con las vacas, con los burros, con los cerdos o rutean los pájaros que comen las espigas de abuelo. El que más o el que menos fue Rabadán de alguien.
Los juegos y los enreos hay que aplazarlos hasta la próxima fiesta (Santiago Apóstol). Enrear era todo: jugar al fútbol, a los pistoleros, a los conejos, a los boches, al escondite, al galedón, a las esternillas, ir a por nidos, bañarse en el río ....................Pequeños y mayores aprovecharan para remudarse, para descansar, eurear o tomarse varios medios de vino en la taberna , vino sacado directamente del pellejo o de la cuba.
Por éstas fechas más o
menos todos intentaban haber terminado, para el 26 de julio empezar con la “acarrea”.
Los jornaleros se despiden : se les paga y se les da algo para la vuelta ( una morcilla, unas tajás de tocino y un trozo de pan)
Continuará “la Acarrea”
Octubre de 2004 Plácido