http://www.revistaprobidad.info/010/art13.html

La Corrupción como Fenómeno
Psicosociopolítico: el caso argentino

 

Leticia Marín
Psicóloga
Argentina
[email protected]

 

Se realiza un análisis de la corrupción en el contexto socio-político argentino.
En el marco de una sociedad caracterizada como anómica, se analiza la relación entre las estructuras institucionales, el modelo neoliberal y una cultura transgresora, como facilitadora de la extensión de las prácticas corruptas.
Se analizan los efectos subjetivos del fenómeno y su importancia para cualquier intento de recomponer las fuerzas éticas de la sociedad.

 

Hace pocos días, casi una semana antes de finalizar el mes de julio del corriente año, el suicidio del Dr. René Favaloro1 conmocionó a la sociedad argentina. No sólo por lo que esta persona representa para la ciencia médica, sino también por la humildad con que ejerció una profesión donde antepuso los valores humanitarios y la rectitud de sus acciones. Por qué una persona cuya trayectoria fue brindar ejemplos de vida, de lucha honesta, de perseverancia en el logro de objetivos, pudo en un acto absolutamente irreversible contradecir todos sus principios?. La respuesta a este interrogante es lo que nos golpeó, espero que profundamente, como sociedad y tuvimos conciencia de ello casi inmediatamente de ocurrido el hecho y entonces al dolor añadimos la culpa.

El suicidio del Dr. Favaloro fue un masazo sobre todo a las estructuras perversas frente a las que luchó sin lograr vencerlas, pero también a la sociedad que fue incapaz de interpretar su llamado a la cordura. Fue un suicidio altruista, en términos durkheimnianos, pues refleja un alto grado de integración y compromiso con la sociedad lo que cultivó laboriosamente a lo largo de su vida y con su muerte pretendió sellar. No desconocía los mecanismos de corrupción que atraviesan las estructuras de los organismos públicos y privados y condicionan las relaciones personales e institucionales en el país. Por el contrario los denunció y pidió un restablecimiento de los valores éticos, cada vez que le fue posible. Su muerte puede ser un símbolo de la irracionalidad, del absurdo que suele acompañar a la tragedia, pero sobre todo es un emergente de una sociedad anómica y en decadencia ética y moral, que se encamina hacia su propio suicidio, sino interpreta el mensaje de este ilustre ciudadano de la humanidad.

La corrupción en Argentina tiene ahora un mártir, la inmolación del Dr. Favaloro dejó al descubierto la indefensión de una sociedad frente a un fenómeno que prospera en el desequilibrio del sistema sociocultural. Un desequilibrio que en parte es producto de la imposición de políticas conservadoras que, entre otras cosas, polarizaron claramente a la sociedad argentina en ricos y pobres (estos últimos los llamados estructurales históricos a los que se suman ahora la extensa clase media en su mayoría empobrecida), modificando bruscamente las expectativas que regulaban las relaciones sociales. Pero también como consecuencia de una decadencia moral que sintetiza una historia de tolerancia frente a las transgresiones, cuando no una adhesión abierta o encubierta.

Pretendo dar un marco contextual a estas ideas y por ello voy a indagar algunos aspectos de la realidad argentina y de su historia, que aporten a la comprensión de un fenómeno con graves consecuencias no sólo en el plano económico sino fundamentalmente en el sociocultural y psicosocial. Para ello voy a retomar algunos análisis que realizara el año pasado sobre la corrupción desde una perspectiva psicosociopolítica (Marin,1999), para vincularlos con la problemática actual.

Un primer aspecto, que deseo tomar en este análisis, se relaciona con los cambios estructurales bruscos -de tipo político, económico y social- a los que se ha visto sometida la población de mi país, con la instrumentación de políticas de ajuste económico, producto de la globalización de un modelo neoliberal, de la que los poderes económicos internacionales hacen participar casi compulsivamente a cualquier Estado que sea deudor de la deuda externa.

Al respecto resultan relevantes las reflexiones de Pierre Bourdieu (1998) cuando objeta el discurso neoliberal, como teoría, a la que define como desocializada y deshistorizada y, también, como práctica, ya que le adjudica la destrucción sistemática de los vínculos humanos y de los lazos colectivos, que puedan obstaculizar la lógica del mercado sistematizada en un programa político. La nación, los grupos de trabajo y los grupos de defensa de los derechos de los trabajadores, la familia misma, sometida a las presiones cotidianas que la impulsan al consumo conspicuo. “El programa neoliberal (...) tiende globalmente a favorecer la ruptura entre la economía y las realidades sociales2 En estas palabras, pienso que Bourdieu sintetiza la esencia de su crítica al sistema. El sociólogo francés centra su esperanza en los sujetos colectivos, expectativa que comparto, pero justamente son los sujetos colectivos, al igual que los individuos, los que se encuentran desesperanzados y desmovilizados, frente a todo lo que esté más allá de lo próximo o inmediato. También le otorga un lugar especial a los Estados, tanto nacional como supra nacional, para contrarrestar la acción destructiva de los globalizados mercados financieros.

Sin embargo, actualmente resulta difícil diferenciar, al menos en los países sometidos a las directivas de los centros financieros internacionales, al Estado del propio gobierno. Mal puede actuar como contralor y antídoto de esa acción destructiva de las estructuras y redes sociales, un Estado mimetizado en su organización y fundamentación política y jurídica, con “... la destructiva utopía de un mercado perfecto”, en palabras de Bourdieu. Un Estado que se ha “alejado” de su función, que además, es permeable a dejarse penetrar por acciones corruptas que corroen las estructuras y las relaciones funcionales entre las mismas.

El Estado argentino, en los últimos diez años, perdió su capacidad regulatoria y su función de garante en el cumplimiento de las leyes, dejando a la población en una posición de indefensión frente a las agresiones permanentes, que derivan de la aplicación de políticas deshumanizadas. A pesar que el cambio reciente de gobierno en Argentina modificó las expectativas en relación a las políticas públicas, no es posible aún percibir cambios importantes que contradigan la impresión que todavía “ es más de lo mismo”. La creciente presión de los centros financieros internacionales ante la renegociación de la deuda externa del país, no permiten la reconstrucción del control político y social de la economía. En ese sentido poco importa el resultado de las elecciones, la realidad de nuestros países se construye afuera.

Lo que agrava el presente cuadro de situación tiene que ver con la fragmentación social -contraparte dialéctica de la globalización imperante- que caracteriza a la Argentina, como una expresión más de la debilidad con que hemos internalizado el concepto de Nación.

En este punto voy a tomar algunas ideas de Aldo Isuani (1996), en su análisis de la anomia social, que me permiten complementar y enriquecer las observaciones del fenómeno que me ocupa.

Nuestra representación de la Nación Argentina ha sido construida sobre la base de una historia de desencuentros, de enfrentamientos de intereses sectoriales, de instituciones atomizadas, de desprecio por las diferencias y de lo autóctono, de soberbias que nos aislaron de nuestros vecinos latinoamericanos y distorsionaron nuestra identidad mirando hacia Europa. Ello no nos ha permitido desarrollar un sentimiento de pertenencia nacional ni una posición clara hacia adentro ni hacia fuera del país. También los partidos políticos tienen su cuota de responsabilidad en esta fragmentación de la sociedad, ya que los mismos, no supieron generar colectivos fuertes de presión y de poder, capaces de articular intereses comunes en proyectos hegemónicos duraderos (Isuani, op. cit.).

Esta fragmentación social que debilita nuestra identidad nacional, se acentúa aún mas en la actualidad, cuando se produce a nivel mundial el desdibujamiento de dos ejes fundamentales de las sociedades occidentales modernas, que dan sustento a la construcción de nuestra identidad social y nacional, en tanto el Estado-Nación y el trabajo asalariado nos identifican como ciudadanos y como trabajadores respectivamente.

En la Argentina actual, hasta la justicia como institución ha caído en el descrédito y, amplios sectores de la población, manifiestan su desconfianza en los procedimientos y decisiones judiciales. No sólo hay jueces corruptos, algunos de los cuales han terminado presos luego que la prensa los expusiera y presionara públicamente, sino que la vida institucional del país estuvo durante muchos años teñida por los llamados “jueces del poder”, cuya complacencia con la voluntad del gobierno, generó un clima de absoluta impunidad, que no cabe dudas es el terreno fértil de la corrupción. El nuevo gobierno debió explicitar su independencia con el poder judicial y también con el legislativo, como una forma de marcar diferencias con el pasado inmediato. También dio señales positivas con la detención de algunos ex- funcionarios comprometidos en hechos ilícitos. Sin embargo la justicia no recobra aún la confianza pública y el gobierno sigue pegado a un Estado cuyos ajustes estructurales lo alejan más de las necesidades de la gente.

Un Estado que abandona su función reguladora y de protección de los derechos esenciales de las personas, que modifica sus estructuras para adecuarlas a las demandas de un proyecto económico-político que estimula el individualismo y el descompromiso; con instituciones atomizadas y permeables a todo tipo de transgresiones; una justicia dependiente que facilita la impunidad, una sociedad fragmentada socialmente, sin fuertes vínculos que reúna a sus miembros en torno a objetivos comunes, son factores más que propicios para que prospere la corrupción.

 

Una cultura transgresora en una sociedad anómica.

 

Una observación atenta de la vida cotidiana permite concluir que la sociedad argentina vive enfrentándose con transgresiones de diversa gravedad”, dice Isuani (op. cit), quien ilustra con el fenómeno de la corrupción vinculada a los funcionarios públicos, lo que parece tener una antigua presencia en la historia política y económica del país. Sin embargo, lo que resulta interesante en el análisis de Isuani, es el desarrollo de las ideas acerca de la disposición transgresora de los argentinos, como telón de fondo para comprender la expansión de la corrupción en los más diversos niveles de relaciones sociales. Transgresiones éstas que se reflejan en la violación u omisión en el cumplimiento de las leyes por parte de particulares que se mueven en el mundo de los negocios o en el de prestación de servicios, en el rubro alimentario, de salud, de transporte, etc. De modo que, en diversos sectores de la actividad social, se aumentan las ganancias de una minoría privilegiada a costa del bienestar y hasta de la vida de los otros que no gozan de privilegio alguno y solamente tienen obligaciones. Algunas adulteraciones de alimentos han llevado a la muerte a varias personas y, sin embargo sus responsables no han merecido una severa sanción penal, como así tampoco social, pues estos hechos, luego de pasado un tiempo, caen en el olvido.

En el plano de las costumbres cotidianas, también es posible observar comportamientos transgresores, que, por lo menos, reflejan una falta de consideración hacia el prójimo, aunque -en el fondo- trasmiten la falta de solidaridad, de integración social, de cultura comunitaria, de desprecio por lo público y lo privado que no sea lo propio. Así la mayor parte de las veces el perjuicio recae sobre el público consumidor de bienes y servicios, pero también este público suele ser parte activa de las mismas transgresiones cuando benefician su interés. Una de ellas, ligada a nuestro quehacer intelectual, es la práctica habitualizada de fotocopiar libros, violando abiertamente disposiciones legales y perjudicando a las editoriales que ven peligrar su existencia, lo cual conlleva que los autores no cobren sus regalías y se pone en juego la estabilidad y continuidad de una industria argentina que fue pionera en Hispanoamérica hasta mediados del Siglo XX. Otro ejemplo es forzar un teléfono público para que funcione sin el correspondiente cospel o moneda, lo cual facilita una llamada gratuita; o bien cambiar la etiqueta a un producto en una tienda para que nos cueste más barata. Como se puede deducir, la lista de transgresiones es interminable3 .

La escasa sensibilidad de la cultura argentina a sancionar la transgresión de las normas legales y de las costumbres de solidaridad inspirada en valores básicos, es lo que le permite a Isuani diagnosticar una situación de anomia en la sociedad argentina, con efectos desvastadores sobre las relaciones sociales, enmarcando su análisis en las ideas del célebre sociólogo E. Durkheim, cuyo pensamiento no puede obviarse cuando se trata este tema. Para Durkheim, la anomia, se produce cuando los individuos no encuentran expectativas de comportamiento adecuadas a los cambios bruscos y rápidos, por lo tanto pierden el límite de lo expectable (Durkheim, 1893:1973). En aquella época, como en la actual, los cambios súbitos son fundamentalmente de orden económico financiero y los individuos son expuestos crudamente a un nuevo orden para el cual no tienen un repertorio de respuestas adecuado con el cual reaccionar. La falta de regulación por parte del Estado de las relaciones laborales y del mercado; la indefención del individuo ante las exageradas y no siempre posibles de satisfacer demandas de la sociedad de consumo; la progresiva exclusión de amplios sectores de la población del mercado laboral y de la participación social y política, son hoy, importantes fuentes de anomia. Frente a ello, la corrupción es una forma de acceder rápidamente a los objetivos, al estilo del innovador en la tipología descripta por Merton, para aquéllos que se encuentran ubicados en lugares ventajosos de posibilidad y oportunidad, ya que son las mismas estructuras del sistema las que proveen inmunidad e impunidad.

Recordemos que para Merton la innovación es aquella conducta divergente que se refiere “... al rechazo de las prácticas institucionales pero conservando las metas culturales” y que permite describir funcionalmente el delito de cuello blanco que -obviamente- es el que más influencia tiene que ver en el tema de la corrupción. En tal sentido “... así como es importante identificar las fuentes de diferentes grados de anomia en diferentes sectores de la sociedad, así es oportuno examinar diferentes adaptaciones a la anomia y las fuerzas que actúan a favor de un tipo de adaptación y no de otro” (Merton, 1938:64). Cuando esta conducta desviada, actos corruptos en este caso, aumenta su frecuencia y “tiene buen éxito”, tiende a disminuir y. potencialmente, a eliminar la legitimidad de las normas institucionales para los demás individuos del sistema (ibid).

El éxito monetario, como un valor fundamental de aquélla sociedad norteamericana en que prosperó la teoría de la anomia descripta por Merton, es también un valor fundamental en esta sociedad argentina que ingresa al siglo XXI colgada al carro del “capitalismo salvaje”, para utilizar una expresión cargada de significado.

Al respecto, Merton rescata como oportuna la observación de Max Weber en el sentido que el impulso hacia la adquisición existe y existió siempre, que no tiene en sí mismo que ver con el capitalismo, “... fue común a toda clase de hombres en todos los tiempos y en todos los países de la tierra, dondequiera que existió su posibilidad objetiva” (op. cit. p. 175). En la sociedad norteamericana, la expectativa de éxito económico está socialmente definida y es promovida culturalmente, como lo observa el mismo Merton. El capitalismo no es sólo una forma de organización económica y de reglas de mercado, sino también una ideología que exalta valores-metas, aspirables para todos pero sólo alcanzados por unos pocos. Pero parece ser que las aspiraciones de algunos no tienen límites y es aquí donde prosperan las motivaciones desviadas. Para poder ser partícipe de los grandes hechos de corrupción es condición necesaria encontrarse vinculados a las estructuras de poder político y ocupar una posición estratégica en los niveles de decisión en el momento adecuado. De esa forma las habilidades y conocimientos que se recibieron en una formación profesional, por ejemplo, economistas, administradores, contadores, abogados, etc., son puestos al servicio de hechos ilícitos, en una clara transferencia de aprendizajes lícitos a la comisión de hechos desviados o claramente delictivos.

Es más probable que la oportunidad de realizar actos de corrupción la tengan quiénes se encuentran cobijados bajo las alas del poder o gozan de la inmunidad que brindan las estructuras públicas, cuando se han debilitado los controles de una sociedad desesperanzada y fragmentada. Una sociedad que asiste, por momentos, insensible al enriquecimiento desmedido de algunos con un fuerte exhibicionismo de sus riquezas, mientras que la mayoría se debate en la lucha cotidiana por la supervivencia o por encontrar la forma de “acomodarse a los nuevos tiempos”, en un “sálvese quien pueda” es, sin dudas, una sociedad condenada. Quizá, como dice Isuani, todo ello prospera en un trasfondo cultural que es tolerante a la transgresión, pero difícilmente pueda avanzarse hacia la recuperación de los espacios de solidaridad y cooperación en la defensa del interés común, si la dirigencia política no abandona sus ambiciones desmedidas que legitiman aún más el modelo de sociedad que se pretende presentar como la única alternativa posible desde los grandes centros de poder económico-financiero del Nuevo Orden Internacional.

 

La realidad objetiva y subjetiva de la corrupción

 

Una sociedad es una red de expectativas recíprocas y compartidas, al menos en aquéllas cuestiones esenciales que nos permiten mantener nuestra identidad y pertenencia. Toda sociedad alimenta su integración en la fe pública, en esa confianza de que cada uno de sus miembros hará, desde la función que le haya tocado desempeñar, aquello que los demás esperan que realice.

Cuando ésto no es así, cuando durante largos períodos de tiempo, que van más allá de las condiciones histórico políticas y de las particularidades de los gobiernos, el manejo de la cosa pública se ve teñida por la discrecionalidad, arbitrariedad y ambiciones personales, sobreviene una crisis de confianza, de credibilidad hacia los políticos, los legisladores, los sindicalistas, los magistrados y los dirigentes de niveles intermedios en general.

Un sentimiento de incontrolabilidad, como base de la impotencia política, se ha instalado en la sociedad argentina, frente a esta práctica oscura que prospera en el secretismo de acciones que deberían ser públicas por que involucran el interés general, pero que, sin embargo, forman parte del proceder idiosincrásico, privado, de quienes se amparan en los distintos ámbitos en que se distribuye el poder.

La corrupción tiene un efecto devastador en todos los niveles del ámbito social. En el nivel objetivo se liga al imperio de la pobreza, a la agudización de las desigualdades, a la polarización socio-económica y la disminución general de la calidad de vida de la mayoría de los habitantes, por cuanto se desvían ilegalmente importantes sumas de recursos que deberían cubrir políticas sociales, para las cuales siempre se dice -desde el hipócrita discurso oficial- que no existen fuentes genuinas para el financiamiento de las mismas.

En el nivel subjetivo, se generaliza un sentimiento de impotencia, indiferencia y descreimiento hacia los líderes de la comunidad, así como la convicción interna que las condiciones imperantes favorecen al deshonesto y no al que trabaja. Todo ello son expresiones del síndrome fatalista que tan bien investigara en la sociedad salvadoreña, nuestro apreciado amigo Ignacio Martín Baró (1987) que fuera víctima de la intolerancia y la prepotencia de uno de los tantos regímenes ilegítimos de América Latina. También estas manifestaciones fueron estudiadas por Seeman (1959) en térrminos de dimensiones de anomia psicológica como correlato subjetivo del estado de anomia de un sistema social incapaz de contener a sus miembros. Estas dimensiones representan sentimientos que experimentan las personas cuando se encuentran ubicadas en posiciones desventajosas para ejercer control sobre poderes reificados en el imaginario social. Esos sentimientos también refuerzan la convicción que sólo a través de comportamientos desviados es posible lograr los objetivos promovidos socialmente. Se produce una ruptura de la cohesión social y de la moral, que las personas experimentan como una falta de adhesión a las normas y una carencia de sentido a todo intento personal o colectivo por modificar las situaciones (Marin, y otros, 1993).

Por ello, todo intento de combatir las prácticas corruptas debería contemplar una transformación sociocultural en la que la sociedad modifique esta actitud fatalista que impregna la representación del fenómeno, “naturalizado” bajo la creencia rectora de su inevitabilidad. Es necesaria la recuperación del protagonismo, de los espacios de libre expresión pero, fundamentalmente, de nuestra conciencia histórica que nos devuelva el compromiso con el país, con la región, mas allá de los gobiernos que no siempre facilitan que la ciudadanía pueda ejercer control sobre los organismos y funcionarios públicos.

En tal sentido, resulta significativo el papel que ha asumido actualmente la prensa libre como fuerza movilizadora de la investigación de hechos de corrupción que han permitido el accionar de la justicia, siendo en este momento uno de los pocos espacios públicos creíbles

Cuando expreso mi interés por las consecuencias psicosociales de la corrupción, no lo planteo en el sentido lineal de causa efecto. Por el contrario sostengo que existe una relación dialéctica entre lo que se viene analizando como consecuencias, en términos de la resonancia subjetiva, y la acción facilitadora que estas dimensiones anómicas en los individuos ejercen en la extensión de las prácticas corruptas. Si predomina en la sociedad un sentimiento de incontrolavilidad, si se trivializa la ilegalidad y la inmoralidad, si la corrupción es inevitable porque siempre existió, se da en todos lados y por lo tanto se lo asimila casi a los fenómenos naturales; si no desarrollamos una mayor sensibilidad frente a la transgresión y al delito y rompemos con la ideología que nos lleva al quietismo como sociedad fatalmente entregada a su destino, entonces no tenemos futuro y el Dr. Favaloro sacrificó su vida en vano.

 

Notas:

1.       El Dr. René Favaloro desarrolló a partir del año 1967 uno de los mayores avances en el campo de la cardiología y la cirugía cardiovascular creando la técnica de bypass aorto-coronario, que actualmente se realiza en todo el mundo. En la la Fundación creada por él, se da atención médica y se realizan cirugías de alta complejidad, incluyendo trasplantes, a toda persona que lo necesite sin discriminaciones de ningún tipo. Tuvo importantes reconocimientos internacionales pero por sobre todas las cosas era una autoridad moral y una persona que gozaba del respeto y la estima de sus conciudadanos. Sin embargo cuando planteó la grave situación económica por la que pasaba la Fundación, producto en gran parte de la deuda de varios millones de dólares que tenían con ella las obras sociales, entre las más importantes PAMI de los jubilados del Estado (varias veces saqueada por los funcionarios de turno), no recibió respuesta. Las obras sociales en Argentina son el monumento a la corrupción.

2.       Bourdieu, Pierre (1998) Texto que originó su libro Contrefeux. De. Liber-Raisons d’agir, París, 1998.

3.       González Fraga en el Capítulo V del libro de Grondona (1993), también analiza el curro y la corrupción cotidiana entre los argentinos. “Carecemos de una cultura anticorrupción en lo cotidiano. La “viveza criolla” nos lleva a buscar siempre la ventaja sobre el vecino y a atropellar sus derechos”

 

Bibliografía

 

BOURDIEU, P.: “La esencia del neoliberalismo”. Revista Trespuntos, Buenos Aires, 2 de setiembre de 1998.

DURKHEIM, E.: El Suicidio. Editorial Schapire, Buenos Aires, 1966.

DURKHEIM, E.: De la división del trabajo social, Editorial Schapire, Buenos Aires, 1973.

GRONDONA, M.: La corrupción. Editorial Planeta, Buenos Aires, 1993.

ISUANI, E.: “Anomia social y anemia estatal. Sobre integración social en Argentina”. Revista Sociedad de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Buenos Aires, Nº 10, 1996.

MARIN, L. Y Otros: “Aporte metodológico al conocimiento de la alienación psicosocial”. Acta Psiquiátrica y Psicológica de América Latina, Vol. 39, Nº 3, 1993.

MARIN, L. : Una mirada psicosociopolítica de la corrupción. Revista de Psicología Política,

Nº 19, Noviembre 1999, 7-21. Valencia.

MARTÍN- BARÓ, I. : El latino indolente. En Montero, M. (Coord.) Psicología Política Latinoamericana. De. Canapo, Caracas,1987.

MERTON, R.: Teoría y Estructura sociales. Fondo de Cultura Económica, México, 1964.

RODRIGUEZ KAUTH, A. y otros, “Psicosociología de la corrupción desde la Psicología Política”. Cap. XI en Psicología social, Psicología política y Derechos Humanos. Editorial Universitaria San Luis y Editorial Topía, Argentina, 1992.

SEEMAN, M.: “On the Meaning of Alienation”. American Sociological Review, Nº 24, 1959.

 

__________

 

 

Leticia Marin es Profesora Asociada de Psicologia Social. Integrante del Proyecto de Investigación “Psicología Política”. Departamento de Psicología. Facultad de Ciencias Humanas. Universidad Nacional de San Luis.
Email: [email protected]

 


anterior | índice | siguiente
página principal | ediciones

Revista Probidad * décima edición * septiembre-octubre/2000
[email protected]

Hosted by www.Geocities.ws

1