CUENTITO

 

Tan cansado estaba el planeta de tanto cemento, que comenzaron a crecer árboles en lugares insólitos. Poco a poco, se fue cubriendo la ciudad de un manto verde. En las calles, en vez de circular autos como hormigas, un árbol al lado de otro entorpecían el tránsito, cual marcha de silencio. La naturaleza, había dado su escándalo, pacíficamente.

Los niños, gordos y entumecidos, aprendieron a trepar árboles y olvidaron paulatinamente la tv y los videojuegos.

De cada árbol se desprendían frutas de delicioso sabor, terminando con la desnutrición y dibujando una sonrisa en el rostro de cada persona, donde antes había solo desesperación.

Las frondosas copas protegían del clima a todos aquellos que como único lecho, conocieron el duro y frío suelo.

De a poco, aquella gente triste y débil fue recuperando la voz y la fuerza en su cuerpo y alma, y sucedió lo inevitable. Se levantaron con el peso de cada hora de sus vidas a cuestas, con mucha realidad acumulada y esos millones de personas, que no sabían escribir ni mucho menos de La Bolsa, unieron sus voces en un solo eco que exigía igualdad de oportunidades para cada habitante del planeta.

Los señores gobernantes, interrumpieron su banquete exaltados, sin comprender lo que sucedía. Intentaron silenciar los reclamos ofreciendo alimento con sonrisas de plástico y llenándose la boca de falsas promesas, pero demasiado tarde para acordarse del pueblo. Qué capacidad para engañar tenían...

Pero eso ya quedó atrás. Hoy, ninguna nube rosada podrá tapar el cielo gris y convencer a una humanidad completa que oyó la risa cruel de estos señores en la cara de la desolación ajena. Antes, Gobierno significaba unos pocos que se revolcaban en la riqueza ajena y bicicleteaban al pueblo, pero ahora, el pueblo es el único que verdaderamente tiene el poder.

M.CH. (Río Negro - 20 años).

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