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LA IRA El sueño llevó a Berta de regreso a su infancia, la voz de su padre golpeaba en sus oídos como el rugido del torrente de agua de las crecientes, produciéndole aquel miedo que la paralizaba. Tenía la espantosa impresión de que todas las quejas convertidas en sonido sólido, la envolverían y la harían desaparecer. Estaba atrapada y no podía escapar de sus palabras cargadas de ira y resentimientos. Es verdad que ál había sufrido y que no fue fácil hacerse cargo de Berta cuando su madre, incapaz de soportarlo, los abandonó siendo ella muy pequeña. Aun así, ¿de qué arcilla estaba hecha aquella alma, que no tenía ni un rincón para el perdón o el amor?. Pobre hombre sin paz donde refugiarse, anestesiando su oscura soledad con el alcohol para soportar su propia existencia estéril. La despertó el grito furioso exigiendo bebida, mientras tirado en la cama se espantaba inexistentes bichos. Lo había soportado durante años sin enfrentarlo, viendo como cada día trabajaba menos y bebía más. No había dejado atrás su infancia, cuando tuvo que trabajar para llevarle algún dinero que ayudara con los gastos de la casa y sobre todo del alcohol. Esa mañana no quedaba ni un vaso de bebida y eso provocó su furia. Comenzó a arrojar cuanto objeto estaba a su alcance, mientras gritaba insultando e intentaba alcanzarla con la cuchilla de la cocina. Ante el llamado de los vecinos, acudió la policía primero y luego la ambulancia del neuropsiquiátrico y entre forcejeos lograron controlarlo. Lo ataron en la camilla y partieron. Aliviada, veía alejarse el vehículo y a medida que la distancia aumentaba, aumentaba su sensación de libertad, casi podía escuchar como el miedo se derretía y corría por su cuerpo, para terminar derramándose dejándola vacía.
Natalia regresó de la escuela y se sorprendió, tanto de la ausencia de su abuelo, como de la presencia de Berta, que a esa hora normalmente estaba en su trabajo. Sin pensar, se sintió contenta porque podría compartir un rato tranquila con su mamá y contarle sus cosas. Con la sencilla alegría, de la que son capaces los niños, pasaba de la maestra a la compañerita de banco y de ahí a los juegos del recreo. Al advertir que ella parecía no escucharla, preguntó por el viejo primero y por el trabajo después. - Callate un rato, no hacés más que decir estupideces. _ fue la áspera respuesta de Berta mientras llenaba nuevamente el vaso. Andá cambiate y limpiá la pieza, y apurate que hoy tenés que preparar la cena, yo ya la hice demasiadas veces._ le gritó, al tiempo que se servía otro trago. _ Tendé bien esa cama y no te hagas la tonta, que no pienso aguantar avivadas_ y siguió diciendo quien sabe que cosas entre dientes, dando rienda suelta a amargo rencor, entre trago y trago. La niña cumplía las órdenes tratando de ocultar su llanto, silenciosa se movía casi como una sombra, para no desatar nuevas iras en su madre, hasta que por fin llegó la noche y se refugió en su lecho. Era como si el silencio y la oscuridad pudieran borrar al menos momentáneamente la realidad. Pero ella pensaba en su madre y se preguntaba ¿de qué arcilla estaba hecha aquella alma, que no tenía ni un rincón para el perdón o el amor?. |