Creencias religiosas
Einstein distingue tres estilos que suelen entremezclarse en la
práctica de la religión. El primero está motivado por el miedo y la mala
comprensión de la causalidad y, por tanto, tiende a inventar seres
sobrenaturales. El segundo es social y moral, motivado por el deseo de
apoyo y amor. Ambos tienen un concepto antropomórfico de Dios. El
tercero –que Einstein considera el más maduro–, está motivado por un
profundo sentido de asombro y misterio.
En una carta a la Asociación Central de Ciudadanos Alemanes de la Fe Judía, en 1920, les escribe:
Ni soy ciudadano alemán, ni hay nada en mí que pueda definirse como
"fe judía". Pero soy judío y estoy orgulloso de pertenecer a la
comunidad judía, aunque no lo considero en absoluto los elegidos de
Dios.
Einstein creía en «un Dios que se revela en la armonía de todo lo que
existe, no en un Dios que se interesa en el destino y las acciones del
hombre». Deseaba conocer «cómo Dios había creado el mundo». En algún
momento resumió sus creencias religiosas de la manera siguiente:
Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu
superior que se revela en los más pequeños detalles que podemos
percibir con nuestra frágil y débil mente.
La más bella y profunda emoción que nos es dado sentir es la
sensación de lo místico. Ella es la que genera toda verdadera ciencia.
El hombre que desconoce esa emoción, que es incapaz de maravillarse y
sentir el encanto y el asombro, está prácticamente muerto. Saber que
aquello que para nosotros es impenetrable realmente existe, que se
manifiesta como la más alta sabiduría y la más radiante belleza, sobre
la cual nuestras embotadas facultades sólo pueden comprender en sus
formas más primitivas. Ese conocimiento, esa sensación, es la verdadera
religión.
En cierta ocasión, en una reunión, se le preguntó a Einstein si creía o no en un Dios a lo que respondió: «Creo en el Dios de Spinoza, que es idéntico al orden matemático del Universo».
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