MI ELOGIO AL VINO

 

Desde la aurora del mundo en que vivimos
la sangre de la vid, néctar de Dioses
se ha convertido en suculentos vinos
de rico aroma y exquisitos goces.

Sabroso vino, que en barrica vieja
se añeja y al salir del alambique
en su sabor que la madera deja
no existe para el gusto fin ni dique.

Vinos de aroma seductor y puro
que deleitan el gusto consabido
y que al salir del bodegón oscuro
en las copas sedientas se han vertido.

Copas para brindar, que han escanciado
aquellos que por sed, tristeza o gozo
al llevarla a los labios han brindado
y han disfrutado su bouquet sabroso.

Y no puede negarlo ni el abstemio
que una copa de vino rebosante
es sin lugar a dudas justo premio
para otorgar a exhausto caminante.

Porque hay en su sabor algo divino
cual bálsamo que envuelve y acaricia
¿no toma en cáliz el prelado el vino?
¿acaso no lo bebe con delicia?

¿O qué, no dijo Dios? con justo acierto
(Muy próximo a su trágico destino)
¡comed mi pan, porque coméis mi cuerpo
y mi sangre bebed... EN ESTE VINO!

Es el vino el elíxir que consuela,
y al alegre le da más alegría
y mitiga el dolor al que le duela,
el alma inerte por la pena impía.

Y es además la fuente de trabajo
de millares de manos productoras
en el verde viñedo por destajo,
en la solemne fábrica por horas.

Del vino sacan pan, miles de hogares
y de él depende su sustento diario
aquí y allá, por diferentes lares
rinde frutos el vino milenario.

Por eso el vino se merece elogio;
y si no puedo darle más preseas
le brindo mi poema cual sufragio
y le digo; ¡salud... bendito seas!

1973

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