LA INDIGNA

 

Me llenaste las manos de dulces ambrosías
y por lograr tu dicha, mi dicha la inmolé;
en ti solo forjaba las esperanzas mías
y por seguir tus pasos... de cristo me alejé

Sólo por ti vivía, por ti sólo soñaba
amando ilusamente mi vida te entregué
y amando así de intenso como yo te adoraba
¡jamás me comprendiste, ya ves... me equivoqué!

Al ver pasar el tiempo mi alma se resigna,
la herida que dejaste ya empieza a restañar;
al fin he comprendido que a mi amor fuiste indigna
pero el mal que me hiciste ¡lo tendrás que pagar!

Si sufriendo, algún día, recuerdas mi sufrir;
llorando algún amor que de ti se ha burlado
a pesar de tu orgullo lo tendrás que admitir
que igual ha de morir... ¡quien a hierro ha matado!

1953

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