A NUESTROS HIJOS

 

Cuántas noches pasamos, de quietudes serenas
de aquel hogar que hicimos con fantásticos planes
aspirando en el aire aroma de azucenas
y mirando, arrobados, florear los framboyanes.

Mirando las estrellas florecer en el cielo
las horas jineteaban en el lomo del viento
y fundiendo tu y yo nuestro límpido anhelo
hicimos de los dos un solo pensamiento.

Y una sola razón nos unió firmemente
y fueron nuestros pechos en amores prolijos
surgieron los deseos, brotaron libremente
bendiciendo las sienes de todos nuestros hijos.

De los amados hijos, que son flamas ardientes
de la votiva flama que nuestra vida alumbra
los que lejos se encuentran y los que están presentes
son fulgor sempiterno de la augusta penumbra.

Que bendito sea el cielo, por la inmensa alegría
de tener cinco hijos y una sola esperanza;
la de ver florecer de tu sangre y la mía
el amor, la lealtad, la virtud, la bonanza.

1980

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