Akhy - Egipto
ANTIGUO EGIPTO
Personajes de Egipto
Por Amenofhis III
Los grandes egiptólogos
El afortunado Victor Loret
Victor Loret llega a Egipto en 1881, con Maspero. Desde el principio, se queda impresionado con el Valle de los Reyes, y con la momias del escondrijo de Deir el-Bahari. y más aún cuando es puesto a la cabeza del Servicio de Antiguedades.
Loret es un arqueólogo al que podemos considerar como el amante del Valle, pues es a Loret al que le están reservados algunos de sus más íntimos secretos.
Victor es un conocedor de Egipto, y de sus gentes. Tras lo ocurrido con la familia Abd el-Rassul y Maspero, prefiere conservar la "amistad" con el clan, y éstos a su vez han aprendido que es mejor vender una información que aventurarse a los destinos de las prisiones.
En una de éstas conversaciones, el "arqueólogo" Mohamed Abd el-Rassul le informa de la existencia de una morada de eternidad desconocida en el Valle. Sin perder un segundo, Loret ordena a un inspector del Servicio de Antiguedades Hassan Hosni, que comience a sondear el extremo meridional del Valle, al lado de otras moradas ya descubiertas. Victor Loret se marcha a Aswan, pero el 12 de febrero regresa a Luxor, y el 20 de febrero de 1898 ya está excavando en el Valle.
A la morada de eternidad se puede acceder desde el interior del Valle ó bien por el camino que procede de Deir el- Medineh. Se halla a diez metros del suelo, y el paso apenas tiene un metro de ancho. Finalmente llegan a la entrada, y de ésta sale un olor fortísimo a cedro. Tras diez días de trabajo intenso, los cascotes son retirados, y ante Victor se halla una puerta de 2.04 metros de alto y 1.35 de ancho. El primer corredor tiene diez metros, que lleva a una escalera que conduce a otro corredor de nueve metros, interrumpido por un pozo de 4.15 por 3.96 metros. Cuando Loret lee el cartucho, no se lo puede creer, Tutmosis III.
Los artesanos de Tutmosis han hecho un estupendo trabajo, los corredores están perfectamente tallados, las decoraciones son excelentes, y las setecientas setenta y cinco divinidades allí representadas dejan asombrado al arqueólogo. Desgraciadamente, la morada ha sido violada, pero en ella se halla un gran tesoro: El libro de la Cámara Oculta. Hay también osamentas de toro, huesos de babuino, jarras y estatuas rotas y dos momias de época tardía. Emblemas, símbolos reales y restos del banquete fúnebre son los modestos vestigios de lo que debió ser un ajuar funerario grandioso.
En tres días, Loret vacía la morada, pero mientras esto sucede, no se deben detener el resto de los trabajos, y no se sabe si es la suerte de Victor Loret ó el talento de los Abd el-Rassul, pero el equipo de arqueólogos se halla excavando cerca de la morada de eternidad catalogada como la número 12, y al pié de una terraza unos cascotes llaman la atención, y tras haber despejado el terreno, aparece la entrada aun hipogeo.
El 9 de marzo de 1898,, Loret halla un uchebti con el nombre de Amenhotep II... no puede ser, primero el padre, y luego el hijo. Loret , en cambio, está triste, pues sabe que numerosos uchebtis con el nombre de Amenhotep II han circulado por los mercados de antigüedades, por lo que la morada debe estar casi vacía.
El primer corredor tiene una altura que oscila entre los 2 y los 2.30 metros. El ancho del pasillo también es gradual, entre 1.55 y 1.64 metros.
A la luz de las velas, Loret va discerniendo la escasa decoración que hay en la sala, que está adornada con dos pilares. En el suelo hay restos de grades barcos de madera de cedro. De repente, su sangre se hiela y su corazón da un brinco. Ante él, una figura, sin duda del Más Allá, de pié sobre uno de los barcos. Por unos instantes está apresado por el pánico y no sabe si huir ó avanzar. Finalmente, pausado comienza a acercarse para descubrir una momia, totalmente martirizada. Era el príncipe Ubensnnu, superior de los Caballos del Rey, al cual los desvalijadores habían mutilado el cuerpo en busca de joyas.
Al igual que la morada de su padre, la de Amenhotep II está repleta de fragmentos de alfarería, osamentas y los últimos alimentos que fueron tomados en su honor. El sarcófago está situado en un hueco excavado en el suelo. Es de gres , cubierto con revoque rojo brillante. No se hace un examen del sarcófago, pues al igual que los otros, Loret supone que está vacío. Por esto, su atención recae en los bajorrelieves y los textos que narran los episodios del Amduat y el Libro de la Cámara Oculta. Cuando llega la hora de mirar al sarcófago, Loret se queda patitieso al comprobar que Amenhotep II está presente en su última morada. En su cuello un collar de flores, un ramo de mimosas sobre su corazón y a sus pies una corona de hojas.
El hipogéo de padre e hijo son muy similares, pero una de las cuatro estancias pequeñas está cerrada con bloques de caliza calcárea, lo cual llama la atención. Su sorpresa es mayúscula cuando, tras haber quitado los bloques, haya nueve sarcófagos con nueve momias reales. Allí descansan Tutmosis IV, Amenhotep III, Merenptah, Seti II, Sitptah, Sethnakht, Ramsés IV, Ramsés V y Ramsés VI. Pinedyem I había dispuesto el escondrijo, asegurando así el bienestar de sus antepasados.
Loret está extrañado, pues la morada está violada, de eso no hay duda alguna, pero ¿por qué los saqueadores no la emprendieron con la momia de Amenhotep II y sus invitados reales? Llega a la conclusión de que los desvalijadores son los propios sacerdotes que efectuaron el traslado de las momias.
1898 es un año espléndido para Loret, lleno de revelaciones. En el invierno de 1899, Victor Loret está listo para una nueva campaña, y Egipto le está esperando.
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