Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
La Sala de las Dos Almas
Egipto, Tebas Oeste.
Sekhet aat, "La Gran Pradera" (el actual Valle de los Reyes)
Año 1327 a.J.C.
No es mucho lo que recuerdo de aquel momento. El sol casi se había puesto, y yo estaba montado sobre mi caballo, "El preferido de Amón", y la silueta de Ankhsy, fina y delicada, levemente tapada con aquel vestido de lino, cubría casi por entero el disco solar, que se ocultaba lentamente hacia el Bello Occidente. Tan solo una vez aconteció ante mis ojos un espectáculo semejante, cuando siendo niño, en la Casa Dorada, el palacio del faraón Amenhotep, el rostro de la luna cubrió por entero el sol, durante varias horas.
Lo que a continuación sucedió, se me antoja como un tupido velo, que apenas permite ser atravesado por los más finos rayos de sol. Me hallé entonces sobre la arena del desierto, todavía caliente, y con mis ojos mirando hacia el cielo de Tebas, sobre el cual la hermosa Nut comenzaba a tejer su manto de estrellas.
Quería levantarme, pero no llegué a sentir mis piernas. Quise mirar a mí alrededor, pero mis ojos no se movieron. Tampoco de mis labios salió palabra alguna, acaso si mi aliento jadeante y entrecortado.
Escuché los cascos de la yegua de Ankhsy, que a una voz de su ama, se detuvo a escasos metros de mi. Ella desmontó gritando mi nombre en medio de sollozos... "Neb, Neb"... me rodeó con sus brazos, y sobre mi cabeza pude sentir el suave tacto de su piel. Pasó su vestido de lino por mi nuca, y al contacto con mi frente, adiviné que aquel viscoso líquido caliente era, sin duda alguna, mi propia sangre.
Ankhsy deslizó mi cabeza, suavemente en la arena del desierto, montó en su yegua y salió cabalgando velozmente hacia Tebas, pues nadie sabía de nuestra salida. ¡Vaya ocurrencia la nuestra! Huir de nuestras reales obligaciones, olvidarnos de nuestros problemas, al tiempo que Ankhsy y yo rendíamos tributo, una vez más, a nuestros deseos de juventud, haciendo el amor en pleno desierto, aquí donde la vida carece de significado. ¿Por qué ahora tenía yo la impresión de que la mía se me escapaba lentamente?
No se realmente el tiempo que transcurrió hasta que Ankhsy regresó al desierto, porque en un momento de la espera, un repentino dolor estalló en mi cabeza, con la intensidad de la furia de Seht, y mi conciencia se confundió con la noche.
Creo que mis ojos permanecieron abiertos en todo momento, puesto que no recuerdo haberlos abierto. Si recuerdo haberme despertado en mis habitaciones, rodeado de una penumbra casi absoluta. Recuerdo también la llegada de Yuya, la sirvienta de Ankhsy, la llegada de Sennefer, el médico real, y al rato, la llegada de Ay, mi más fiel consejero. He de decir que no recuerdo haberlos visto, pero sí oído, ya que entre la penumbra de las habitaciones, y la terca negativa que ofrecían mis ojos al movimiento, mi visibilidad era limitada, por no decir nula.
De todo este tiempo, poca cosa retengo en mi memoria, salvo el momento en el que se pronunció la palabra Muerte. En un instante, todo fue confusión y caos. Una nube oscura inundó mi mente. Entre gritos y sollozos, apenas el tiempo duró un susurro.
Cientos de pensamientos me asaltaron, sin apenas dejar un recuerdo. Akenatón, el gran rey fallecido tantos años atrás, y Nefertiti, la Señora de las Dos Coronas, la bella, la que había tenido que suplantar la figura de un hombre para continuar su linaje sobre el Sillón de Oro que regía los Dos Países. Tan solo su hija, mi dulce y preciosa Ankhsy, era hoy el fiel recuerdo de un hermoso sueño, traicionado por el corazón del hombre. Todo lo que había amado años atrás, clamaba mi nombre, y me invitaba a abandonar todo lo que hoy más amaba; y yo no pude apenas negarme.
Como un devorador de sombras, llegó repentino aquel estallido en mi cabeza, y aquel horrible dolor me hizo perder el conocimiento de nuevo.
Realmente, fue curioso el no recordar si habían pasado horas ó días desde mi último momento lúcido, hasta que aquel maravilloso olor llenó totalmente todos mis sentidos. Una extraña sensación me invadió por completo, y sin duda alguna, sabía en que extraño lugar me hallaba, era como si desde algún lugar del cosmos, mi corazón tuviese plenos poderes sobre lo que sucedía a mi alrededor. Pero, es que aquel maravilloso olor era la mezcla de los perfumes, los aceites y el incienso con el que habían ungido mi cabeza. A todas luces, éste hecho significaba que mi cerebro había sido extraído con un gancho a través de mi nariz, y que mis vísceras se hallaban ahora, tras haber sido lavadas y perfumadas, en cuatro vasos canopes.
Sin lugar a dudas, mi cuerpo había comenzado el proceso de la momificación, aunque yo no notase diferencia alguna. De lo único que tengo constancia, es de aquel maravilloso olor, que llegó a embriagarme por completo.
Lo que a continuación siguió, es bien sabido por cualquier buen egipcio que sea digno de llevar ese nombre con orgullo. Las alas de Osiris se confundieron con todo mi ser, y en un cálido abrazo, se fundieron nueve años vividos gratamente en mi amado Egipto, con toda la eternidad que me aguardaba más allá de la Sala de las Dos Verdades.
No fué un juicio común, sino que era a un Faraón al que Thot y Maat estaban juzgando. Y desde luego, mi corazón había sido mucho más ligero que la pluma de la verdad, puesto que mis actos no albergaron jamás la codicia, ni en mi boca había habitado la mentira.
Volviendo la vista atrás, ya no puedo sentir pena ni soledad, puesto que poco a poco, todos mis recuerdos han ido llegando a mi: mi dulce y bella Ankhsy, mi noble Ay, mi fiel Horemheb, y muchos de los que después de mi, llevaron el nombre de las Dos Tierras más allá de cualquier frontera conocida, incluso más allá de los cuatro pilares que sostienen el cielo infinito.
Que hermoso era vivir en el Bello Occidente, donde no existe la pena ni la tristeza... hasta aquel día, en el que súbitamente, tuve la sensación de que la mitad de mi ser me había abandonado. Mi alma se dividió en dos, y una de las mitades se esfumó con el Viento del Norte. Que extraña sensación de vacío me invadió por completo. La mitad de mis recuerdos se desvanecieron, como la noche se desvanece ante la llegada del Sol. Fueron muchos, muchos momentos de angustia, melancolía y sufrimiento. ¿Qué extraño delito se me imputaba en la Duat para aquel castigo tan horrible?
Ya he perdido la cuenta de los amaneceres, de los ocasos, de las crecidas del Nilo. Desde aquí, en la Gran Pradera, desde mi morada de eternidad, acudo sin falta, cada noche, esperando a contemplar como mi padre, el Creador Ra resurge de las sombras día tras día.
Hace ya algún tiempo que algo turba mi mente. Algo que a medida que transcurren las estaciones, se convierte en alegría, la de recuperar el trozo de alma que un día huyó de mi.
Todavía no ha amanecido, y sin embargo, desde el interior de mi morada de eternidad, puedo oír las voces de todos los faraones del pasado. Algún extraño suceso acontece más allá de las puertas de la Luz, algo extraño que parece acercarse cada vez más, al interior de mi lugar de descaso eterno... ¿Qué es lo que sucede, de donde proviene esa extraña luz?
¡Es ella, ha vuelto por fin a mí! Tras largos años de espera, yo, Nebkheperre Tutankhamón vuelvo a ser una estrella imperecedera. La mitad de mi ser ha regresado, y creo que ella se alegra tanto de volver, como yo de recibirla. ¿Por qué estás tan sucia? ¿Qué extraña lengua hablas? ¿En que lejanas tierras has estado, que tu aspecto ya no parece el mismo? No importa, hermano mío, la eternidad que ahora nos tocará vivir, no juzgará en absoluto tu aspecto. ¡Ven, coge mi mano, nuevamente, y permíteme que te lleve más allá del tiempo, donde los actos carecen de sentido, donde el hombre no existe, sino la bondad que en su corazón mora! No temas, tú que eres la mitad de mí ser, que aún hablando esa extraña lengua, llevando tan rara vestimenta, la diosa del Bello Occidente anhela conocer el significado de tu vida. Ahora que estoy nuevamente completo y lleno de vida, yo, Tutankhamón, en calidad de Señor de las Dos Tierras, a ti encomiendo mi alma y mi felicidad nuevamente, OH Diosa del Bello Occidente. ¡Ahora que mi morada vuelve a ser de Dos Almas Idénticas, permite que la eternidad me envuelva con su manto de amor y calor, que la inmortalidad del tiempo me conceda la bendición de los dioses de Egipto!
Ahora que la Luz ha regresado a mi, es hora de regresar también a mi morada de eternidad, a la Gran Pradera.
Egipto, Tebas Oeste.
El Valle de los Reyes.
5 de noviembre de 1922
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