Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

 El Nacimiento del Rey

 

Amenemhat había sido juez antes que Visir. Era un hombre conocedor de las leyes, y un amante de la justicia. No importaba el tiempo que fuese necesario para esclarecer un caso, pues lo único importante era la Justicia. Amenemhat, como todo juez, no permitiría jamás que la Mentira habitase en boca de la Verdad, aunque en ello se le fuese la vida.

   En aquellos años, Amenemhat  era un juez de Tebas, y ante él llegó el complicado caso de un hombre, acusado de apropiarse indebidamente de una ternera procedente de las ganaderías del rey. El caso, era extremadamente  difícil, ¿pues cómo demostrar que la ternera en cuestión era del rey Mentuhotep IV, si no llevaba marca que así lo atestiguase?

   Sucedió que, la ternera, hallándose preñada, se dispuso a dar a luz a su becerro, y así Amenemhat vió la ocasión de esclarecer el misterio.

    En aquellas fechas, los obreros del faraón trabajaban en la cantera, extrayendo la piedra con la que se construiría el sarcófago de Mentuhotep IV, y allí llevó Amenemhat a la ternera. Colocó al animal en un corredor, que solo tenía dos direcciones. En frente, la piedra madre que los trabajadores intentaban extraer de las entrañas de la tierra, y tras suya, un lecho de paja seca, donde allí podría alumbrar tranquilamente a su cría.

   Todos estaban expectantes, incluido Mentuhotep IV, que no entendía que clase de tejemaneje se traía entre manos el juez de Tebas. Y cuando el alumbramiento hubo comenzado, se puso nerviosa la ternera, y vaciló un instante.  Miró al frente, y luego a su espalda, finalmente se postró sobre la piedra, y allí alumbró a su becerro. Amenemhat, al fin, había resuelto el misterio, pues la ternera, poseedora de un sentido excepcional, sabía perfectamente que el faraón era su verdadero propietario. Así pues, siendo el faraón de carácter divino, y la piedra estando destinada a  inmortalizar a la divinidad, ¿no resultaba más lógico que la ternera se entregase a la protección  de la piedra mágica? Además, resultó ser que la piedra en cuestión, estaba destinada a ser la tapa del sarcófago del faraón Mentuhotep IV.

   Cuando hubieron pasado algunos años, hubo fallecido el Visir del Alto y del Bajo Egipto. Y el rey, no dudó ni un instante en elegir a su sucesor. Así, con toda la calidad de máximo  mandatario, después del faraón, llevó Amenemhat la justicia a todo Egipto.

   Y cierto día, apareció Mentuhotep IV a las puertas del hogar de Amenemhat, y tan honrado se sintió el Visir, que postró ante Su Majestad su tesoro más preciado, un cuenco de oro en el cual ungió y lavó los pies de su faraón. Fue aquel mismo día, cuando Mentuhotep IV nombró al Visir Amenemhat como corregente al trono de las Dos Tierras.

   -¡Hijo mío -le dijo-, los dioses no me hann otorgado hijo varón que me suceda en el trono, y es por ello que yo, en calidad de Señor del Alto y del Bajo Egipto, te elijo como sucesor cuando la hora de mi muerte haya llegado!

   Y le dijo Mentuhotep, que no existía en toda la tierra del Nilo, un hombre con la calidad de sucederlo. Y así fue como, tras un breve tiempo, el trono de Egipto fue ocupado por el primero de los Amenemhat.

   Pero la corte se mostraba recelosa. Los ministros allegados al nuevo faraón, no acababan de aceptar que un hombre de carácter no divino ocupara el trono real, y por ello, a espaldas del monarca, murmuraban contra él.  Y este hecho no era desconocido por Amenemhat I, el cual con su corazón encogido por la tristeza, no hallaba la forma de hacerse respetar en su corte. Hubiese podido el rey solucionar el problema usando la fuerza, pero, ¿acaso eso sería justicia? Amemenhat,  hombre sabio y conocedor de los textos más antiguos, se hallaba sumido en una profunda tristeza.

   Y los días transcurrían, y el orden del faraón no se había asentado en el palacio real, pero halló por fin la manera de solucionar tan desagradable situación...

   Habiendo sido juez, su único tesoro era su corazón, limpio como el Nilo. Siendo Visir, su segundo tesoro era su cuenco de oro, con el que había lavado los pies al faraón Mentuhotep IV. ASí pues, hizo fundir el cuenco y transformarlo en una imagen de Amón, el Señor de Tebas, y lo hizo colocar al pié de su trono real.

   Y por la mañana, citó a sus consejeros, los cuales al ver la imagen de Amón,  la saludaron con una plegaria. Y Amenemhat halló en ello satisfacción.

    En la mañana siguiente, citó Amenemhat I a su corte, los cuales al pié de la estatua de Amón, se arrodillaron con respeto y veneración. Y les dijo Amenemhat I:

   -¡Observad bien esa imagen que adoráis,&nbbsp; mis fieles consejeros, pues no es más que el cuenco de oro donde yo lavé un día los pies de Mentuhotep IV! ¡Yo mismo he hecho fundirlo, para así transformarlo en una imagen divina, y lo mismo le ha sucedido a mi corazón, que antes era servidor, y ahora merece ser servido!

   Atónita la corte del rey, observaron la imagen de Amón, y luego convencidos de su error, mostraron su total respeto hacia el rey que, para ellos acababa de nacer: Amenemhat I, cuyo nombre significa "Amón está al frente de los nacimientos".

 


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