Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Heredero
Faltaba muy poco para el amanecer, así que, arropado por la oscuridad de la noche, el hombre se adosó a la colina, tras la muralla del palacio real, y allí se dispuso a esperar. Casi de repente, un fulgor de vivos colores invadió el horizonte, y en cuestión de segundos el gran dios solar resurgió del inframundo, vencedor nuevamente de los peligros y de los demonios de la noche.
A pesar de la fresca brisa que recorría la soledad del Valle del Nilo, el sudor que corría por su frente resbaló sobre su rostro, y fue a caer sobre el mango de marfil, que sujetaba la cortante hoja de sílex. Realmente, hasta que el momento llegase, no sabía si su corazón estaba dispuesto a regocijarse en aquel baño de sangre, pero de ello dependía la supervivencia de Egipto, así que no cabía otra razón de ser, sino la completa exterminación del mal.
Él era tan solo un pobre aspirante a la tranquila vida del Santuario, apenas sí conocía los misterios del cosmos, pero la tajante orden que había recibido, de manos del propio Señor de Tebas, el dios Amón; no dejaba lugar a duda alguna. El dios le había revelado que en un futuro, no muy lejano, el hijo del Gran Amenhotep, a pesar de no estar vinculado con la línea de sucesión al trono, acabaría rigiendo los destinos de las Dos Tierras. Ése día sería el comienzo del fin. Sería el día en que el sol se teñiría de rojo, sería cuando los demonios de la noche ya no temiesen a los dioses protectores instalándose sin temor alguno sobre el verde del Valle. Sería cuando la violencia y la decadencia sustituirían a la paz y a la serenidad. Ya no habría justicia en todo Egipto, ya no habría ley. La llegada al trono de aquella horrible criatura vertería sobre las Dos Tierras una desgracia de fatídicas consecuencias. Era pues, el segundo hijo de Amenhotep el magno, llamado del mismo nombre que su padre, un cáncer que era necesario extirpar.
Llegar hasta el joven príncipe sería una fácil tarea, máxime siendo el señalado día que acababa de nacer, el día de la fiesta de Opet. Así, el faraón, su gran esposa real y el príncipe heredero al trono, acompañarían al dios Amón en su recorrido anual por Egipto. El príncipe Amenhotep jamás había aparecido en ningún acto oficial. Nadie contaba con él para ningún menester. Se rumoreaba que padecía una rara enfermedad que lo mantenía la margen de lo que sucedía a su alrededor.
Hubo llegado el momento, y los acontecimientos se desarrollaron según lo previsto, y hubo llegado para él la hora de actuar.
Los aposentos del príncipe Amenhotep se hallaban al otro lado de la muralla, en la parte superior del palacio. Una vez en lo alto de la muralla, fue saltando sobre los árboles frutales, hasta alcanzar el balaustrado de piedra que formaba un amplio balcón.
La puerta de acacia tenía una de sus dos hojas entreabierta y la sombra se deslizó hacia el interior. En su mente intentaba ordenar el plano que los sacerdotes de Amón le habían diseñado. Su nerviosismo era latente.
Efectivamente, el movimiento el la parte superior del palacio era mínimo. La práctica totalidad del personal se hallaba preparando los menesteres que el faraón necesitaría para su viaje, junto al dios Amón, a lo largo de Egipto, celebrando con todo el pueblo de las Dos Tierras la alegría que el acontecimiento producía en el pueblo llano.
Su corazón casi se detiene al comprobar que el príncipe Amenhotep no se hallaba en el lugar previsto. El pánico se apoderó de él, y en su mente, el hasta ahora intacto plano se convirtió en un gigantesco rompecabezas. Entonces, las vio llegar.
Dos jóvenes mujeres subían la escalinata principal. La más joven vestía un vestido de fino lino, que dejaba adivinar el precioso tesoro que se hallaba al otro lado. La otra, ligeramente más mayor, portaba un cofrecillo de madera y vestía un vestido blanco que colgaba hasta sus desnudos pies. Atravesaron el corredor de gres y se introdujeron en una de las dependencias del ala sur. Entonces la reconoció, era la médico Nutnefer, y que sin duda se disponía a tratar al príncipe Amenhotep... nada estaba perdido todavía.
Nutnefer hubo aplicado la cataplasma sobre la pierna enferma, y casi al momento el dolor se hizo menos intenso. Dio a beber al enfermo la mezcla de higos secos, corteza de sauce y miel. El dolor fue remitiendo. Tras despedir a las dos jóvenes, se postró sobre su cama y apoyó su nuca sobre el reposacabezas. Bastante desastroso había sido ya el que su hermano menor tuviese que sustituirlo en la fiesta de Opet. Aunque su hermano tan solo hubiese aparecido una vez en un acto público, también había sido debido a su atroz dolor en la pierna enferma, la cual había días que no le permitía ni levantarse... y éste era uno de ésos días. Se dispuso pues a descansar. Así, sus ojos se cerraron y no pudo advertir que la puerta se había abierto lenta y silenciosamente. Un seco dolor atravesó su pecho, la hoja de sílex desgarró la carne, astilló el hueso y se alojó en su corazón. Un horripilante alarido recorrió los pasillos del palacio de Malkkata.
El hombre había sido juzgado y condenado a muerte. Su forma de suicidio había sido el veneno. Habían transcurrido ya siete días, y el dolor era la única forma de vida en el seno de la familia real. Pero el príncipe Amenhotep estaba corroído por la ira. El asesino había sido identificado como uno de los iniciados del Santuario de Amón, pero estaba seguro de que un solo hombre no habría podido emprender semejante empresa. Existían pues, inculpados que se hallaban impunes, en la sombra. El príncipe Amenhotep estaba seguro de que, tras el crimen se ocultaban los profetas de Amón, que por algún oscuro secreto habían atentado contra la vida de su hermano. Pero, en cierta forma, eso no le preocupaba demasiado, puesto que ahora él era el heredero al trono de Egipto. Sería el futuro Faraón de las Dos Tierras, que reinaría con el nombre del cuarto de los Amenhotep. Sería el día y la noche de Egipto. Sería Juez y Visir de las Dos Tierras. Sería la ley única del Doble País, y de una forma u otra averiguaría quien y por qué había asesinado a su hermano Tutmosis. Toda la ira y la cólera del cosmos caerían sobre los culpables, fuese quien fuese... y más les valía a los profetas de Amón no hallarse en medio de la tormenta, cuando ésta estallase, y que sin duda, ya atisbaba por el horizonte.
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