Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
El Desafío de los Magos
Se llegó a escribir en el libro sagrado de su religión, el desarrollo de los hechos que sucedieron en la capital del Delta. La historia los había expulsado del lugar, arrastrándolos a través del desierto, abanderados por un sueño que jamás llegarían a alcanzar, porque el sueño había quedado muy atrás, de allí de donde habían partido. Cuando ya nadie quedó para contar la verdad, los descendientes de los condenados al exilio, relataron a su guisa unos hechos que realmente sucedieron, pero no como ellos lo escribieron muy, muy posteriormente.
Corrían los últimos días de la estación de Shemu, y el trigo dorado como el propio sol había brotado incesantemente hacia los cielos, garantizando así un nuevo año de prosperidad y riqueza en la tierra de Egipto.
Las Dos Tierras eran el país más rico y poderoso que habitaba la faz de la tierra. Antaño, tan solo los egipcios gozaban de la magnificencia que les garantizaba Su Majestad, el Faraón. Con el transcurso de los años, y en pro de la hermandad entre los pueblos, los faraones habían ido acogiendo entre sus brazos a todos y cada uno de los extranjeros que, una vez llegados a Egipto, se rendían a la verdad: realmente, Egipto era la hija de la Luz.
Quiso el destino, con la ironía que lo caracteriza, que el rey más significativo de la Historia, el vencedor de los pueblos tenebrosos, acogiese en su reinado a aquel pueblo de nómadas, llegados más allá de las fronteras del desierto, allí donde solo habitaba la miseria y la muerte.
Aquel pueblo ayudó a levantar la capital, Pi-Ramsés, bajo el mandato de Su Majestad Usermaatre Ramsés, aclamado como "El Grande". Había llegado a ser el Horus del Horizonte, era la imagen viviente de Harmakhis; era en uno, los dos leones Aker que dominan el este y el oeste, el ayer y el mañana.
Quiso el faraón que aquel pueblo viviese en su capital, y les otorgó un barrio entero destinado a su uso, con casas hechas de ladrillo de adobe, cada una con su terraza y las tejas pintadas de color turquesa. Quiso Ramsés que en la plaza mayor del barrio, fuese levantado un Santuario en honor al dios al que se debía el pueblo extranjero.
Llegando a ser un hombre culto, conocedor de los misterios de la palabra y el verbo, Moshé era un altivo joven , de origen hebreo, que había sido acogido bajo el techo de Amenihotep, escriba real de Su Majestad, cuando siendo muy niño, su madre había fallecido. Como Moshé no había llegado a conocer a su padre, la imagen de Amenihotep se convirtió en el ideal paterno que imitó, sobre todo, en lo aprendido en la Casa de la Vida.
Pero llegó el día en que aquel pueblo quiso ser la propia ley que rigiese su destino, rechazando toda lealtad hacia el brazo que los había acogido en la tierra de los dioses. Embriagado ante el poder que le ofrecía su pueblo, Moshé inició un levantamiento contra la ley de Su Majestad, lo cual profirió en el cuerpo del rey, una herida dolorosa.
Ante Ramsés fué conducido Moshé, y frente al rey, en la Sala de la Verdad fue juzgado por la rebeldía de sus actos, ante la mirada atenta de Thot, el señor de las palabras y Anubis, el guardián de las Dos Puertas.
Debido a la íntima relación que unía a Ramsés y Amenihotep, quiso ser piadoso el faraón, y decidió resolver el problema de una forma pacífica, pero severa a un tiempo. Dar un escarmiento a la osadía, sin atentar contra la vida de los sublevados.
Tras haber oído las acusaciones que contra él se proferían, se declaró Moshé inocente de todo cargo. Mientras el Visir del Alto Egipto, el juez que allí se hallaba y los escribas que tomaban nota del juicio, no salían de su asombro, Ramsés permanecía con su rostro sereno.
-¿Consideras pues, que tus actos son indiggnos de reproche, y que ser el instigador de una revuelta no es motivo de castigo? -preguntó Ramsés.
-¡Mi corazón sirve a la ley de Su Maajestad, la cual proclama desde lo alto del cielo, pero mi alma se debe a mi pueblo, el cual solo exige un derecho que por ley les pertenece!
Ramsés se levantó del trono. Tan solo vestido con un faldellín plisado, sus sandalias doradas descendieron los dos escalones que lo separaban del suelo.
-¡La ley de Egipto es una ley justa,, pues el propio Amón-Ra la dictó en los orígenes! Ningún hombre, sea rico ó pobre, sea egipcio ó extranjero es privado de ella. Existe un gran santuario donde el pueblo hebreo puede adorar a su dios con total libertad, pero ello no les permite rechazar la ley, y mucho menos levantar para su dios estatuas que lo inmortalicen en piedra.
-Entonces, Su Majestad, ¿dónde reside la iigualdad del hombre, que Egipto proclama a los vientos? ¿Acaso solo los dioses egipcios son dignos de ser inmortalizados en la piedra?
Ante el estupor de la sala, Ramsés no perdió en ningún momento su tranquilidad, ante lo que a todas luces era una ofensa al Señor de las Dos Tierras.
-¿Acaso supones que los dioses que habitann el Alto y el Bajo Egipto son equiparables, en modo alguno con el dios que tu pueblo idolatra?
Moshé fue consciente que cuando el faraón le había hablado como "tu pueblo", acababa de quitarle la calidad de poder hacerse llamar a sí mismo egipcio.
-¿Acaso supones -continuó Ramsés-, que tu dios ha preñado los campos de vuestro país con el grano de la vida, que os ayudase a paliar el hambre que os devoraba antes de llegar a Egipto? ¿Ó tal vez afirmas que el poder de vuestro dios es comparable al poder de Amón-Ra? Es incomprensible, Moshé, que en todos estos años no hayas aprendido nada.
-He aprendido, Su Majestad, que vuestro pooder es solo igualable a la magia que la piedra emana en todo Egipto, pero que igual de poderosa y mágica es la fuerza que habita en nuestro dios.
Ramsés se mostró pensativo unos instantes, y luego sentenció:
-¡Si tan poderosa es la fuerza de tu dios,, que ante mi se descubra su propia imagen, y yo mismo construiré con mis propias manos, la más hermosa imagen tallada en la roca más dura de Egipto; pero si en el plazo de dos semanas, tu dios no se ha manifestado, tú y tu pueblo seréis expulsados de Egipto!
Así llegaron, de más allá de Elefantina, las lluvias que convertían el Nilo en el fecundador de Egipto. Llegaron unas lluvias, con una fuerza tan poderosa, que ninguna amante podría haber resistido semejante ardor. Las aguas bajaron turbias, con el color rojizo que caracteriza a la tierra arcillosa de Nubia. Y llegó la crecida al país de Ramsés, y los corazones egipcios se atormentaron al ver que las aguas de su amado Nilo no eran puras como el cielo, sino más bien impregnadas de sangre. Y el terror sucumbió, mientras el rumor de que el dios hebreo había castigado la osadía de Ramsés, corrió de orilla en orilla.
El hijo primogénito del faraón, Khamwaset, era un poderoso mago, considerado por los sabios de la corte real como la identidad que Thot había elegido para vivir sobre la tierra. Al igual que Moshé, era el hijo del rey, conocedor del secreto del Verbo, y se desplazó Khamwaset a la biblioteca real, en busca de una respuesta ante tal extraño suceso. Efectivamente, tal y como había sospechado, cuatro veces había acontecido en la antiguedad el hecho, cuya explicación fue de agrado a los oídos de Ramsés, que tras hablar con su hijo, explicó a su gente:
-¡Nada debéis temer, puesto que el propio Amón-Ra ha hecho que el río de desborde con una feroz agresividad. La crecida será tan buena, que incluso los campos que no eran bañados por el agua, hoy se verán preñados de la tierra negra. No es otra, sino la tierra arcillosa de Nubia la culpable de que el agua tenga este color tan rojizo. En dos días, el río recuperará su pureza.
Y antes de que el plazo dado por Ramsés hubiese concluido, su capital se vió invadida por ranas, que subieron a la tierra. El faraón consultó con su corte de sabios, y el hecho era certero: debido a la impureza del río, las ranas lo habían abandonado, y tan solo regresarían a él cuando éste hubiese recuperado su transparencia. Y fue Ramsés quien ofreció incienso, aceites y perfumes al dios de la crecida, Hapy; y a Heki, el dios que controlaba las ranas. Durante la noche, el Nilo había recobrado su tranquilidad, y las ranas habían regresado a él.
Pronto la fiesta se vio turbada, pues ante el estupor del faraón, una plaga de piojos comenzó a asolar Pi-Ramsés. Nuevamente, los rumores circularon por las calles y en los mercados. Fue el inspector de higiene quién halló prontamente, a los culpables de la plaga. Una caravana de beduinos, que había llegado de las montañas del Sinaí, había descuidado en su totalidad una necesaria higiene. Sus ropas fueron quemadas, y tanto los beduinos como toda la ciudad fueron debidamente desinfectados. Gracias a su rápida intervención, el inspector de higiene había salvado a Pi-Ramsés de una terrible desgracia.
Realmente, Moshé todavía no había realizado ningún hechizo mágico. Los más ancianos de su pueblo, se habían recogido en oración para que su dios se manifestase ante Ramsés, pero él mismo había comprobado que los recientes acontecimientos nada tenían de sobrenatural. Ramsés y su hijo, habían sido muy astutos y hábiles al actuar con tanta rapidez. Así que decidió que había llegado la hora de actuar. Sin duda, tendría que ser astuto, más si cabe que Khamwaset, y éste hecho le era constantemente recordado por los cabecillas hebreos, que deseaban apoderarse de aquella parte de la ciudad. El plan, forzosamente, tendría que ser ejecutado con precisión, puesto que el futuro de su gente se hallaba en el otro lado de la balanza.
Así, Moshé, preparó un hechizo que extendería en varios campos del Delta. Condenaría así, a que aquella tierra se volviese infértil, y con todo lo que ello conllevaba. Todo lo que viviese, y de ella se alimentase, perecería en pocas horas. Aves, animales e incluso peces, estaban condenados a la destrucción.
Así lo hizo, aquella misma noche, y extendió los polvos venenosos en un sin fin de campos, situados cerca de la capital. Al amanecer, los campesinos aterrorizados, acudirían al faraón, el cual no sabría explicar lo sucedido.
El amanecer llegó, y con él llegó un gran alboroto a la ciudad de Pi-Ramsés. Cientos, miles de escarabajos peloteros habían invadido la ciudad, provocando el caos en la población. El faraón acudió a la plaza principal del palacio, en la que un auténtico ejército de escarabajos se había reunido allí, arrastrando sus pelotas de estiércol y tierra. Moshé llegó también, y señalando al faraón dijo:
-¡He aquí el poder de mi dios, el cual se ha revelado contra Su Majestad, tomando la figura de Khepri, el propio Ra en su resurgir matinal! Permítele a mi pueblo gozar de sus exigencias, y todo volverá a la normalidad.
Aunque el plan de Moshé no había resultado como había previsto, igualmente de exitoso prometía ser, puesto que la inesperada invasión, sin duda era un golpe de fortuna. Tan ilusionado estaba Moshé, que no vio llegar a Khamwaset. Ramsés miró a su hijo, y con la mirada le incitó a averiguar lo que estaba ocurriendo. Un escarabajo, arrastrando una gran bola de estiércol, llegó hasta los pies de Khamwaset, y tras depositar ante él su pelota, dio media vuelta y desapareció entre los suyos. Khamwaset tomó la pelota, y entró en palacio. A las pocas horas, convocó Ramsés a Moshé, en la Sala de Audiencias. Llegó Moshé, y vio la preocupación en el rostro del faraón.
-¿Realmente has creído que conseguirás tus propósitos usando un hechizo tan vil? -preguntó Ramsés.
Moshé reaccionó tal y como Faraón había esperado. Su rostro palideció y sus primeras palabras se hicieron incomprensibles.
-¡Has envenenado los campos del Delta, Moshé, y al contrario de lo que hubieses creído, el propio Ra, tomando su forma de escarabajo, ha recogido todos los granos de tierra envenenada, y los ha traído ante mí, su hijo, para que así puedas comprender su grandeza!. ¿Aceptas ya el fracaso de tu plan?
Moshé no salía de su asombro, y realmente, se preguntaba por qué no había sido detenido ya por la guardia real. La respuesta era clara, puesto que Ramsés era un hombre de Ley, su palabra era sagrada y la mantendría hasta que el plazo fijado tocase a su fin.
Así, salió Moshé del palacio real, maldiciendo a Khamwaset, que había desenmascarado su plan. Puesto que el tiempo se le escapaba, debía actuar con rapidez.
Habían pasado dos días, y un hecho insólito ocurría en las ganaderías de Egipto. Las reses del Delta se estaban muriendo, sin causa aparente. Los ganaderos acudieron a ver al faraón, rogando actuase con rapidez, ante lo que ellos denominaban la ira del dios hebreo.
Ramsés habló a su hijo.
-¡Parto de inmediato a Saqqara, Khamwaset!! El ganado se muere y solo hay una forma de detener ésta destrucción.
Ramsés debía pedirle al Toro Apis su inmediata actuación. El Sagrado Toro Apis, el que proporcionaba la fuerza a los faraones, para que así pudiesen dirigir con buen criterio al pueblo de Egipto. Como un pastor cuida de su rebaño, el Toro Apis acabaría con aquellas muertes.
Ramsés llegó a la necrópolis del Santuario del Toro Apis en Saqqara, el Serapeo. Atravesó la avenida de las esfinges que conducía a la entrada del Santuario, y por un corredor accedió a las cámaras que flanqueaban el pasillo, en el cual se hallaban los sarcófagos de los toros Apis. Allí permaneció Ramsés, recogido toda la noche en oración.
El amanecer llegó a Pi-Ramsés y el faraón no había regresado aún de Saqqara cuando allí, ante el palacio real, se apareció un enorme toro. Khamwaset atónito, pudo comprobar las 29 marcas que lo convertían en un Toro Apis, entre ellas que tenía una mancha en forma de buitre sobre su lomo, otra en forma de escarabajo en su lengua, que sus patas eran de color blanco al igual que su vientre, que su cola estaba partida en dos y con pelos dobles y que en su frente tenía una mancha blanca en forma de triángulo.
Supo así Khamwaset que su padre había triunfado, y que el sagrado Toro Apis había puesto fin a la muerte de las reses de ganado del Delta.
Nuevamente vencido, Moshé urdió un nuevo plan de ataque. Para él comenzaba a no ser una cuestión de poder, sino una cuestión de supervivencia. Así, Moshé produjo una infección de úlceras y sarpullidos que, inmediatamente Khamwaset erradicó. De nada le sirvió a Moshé invocar a la cólera de Seth, porque en cuanto el poderoso dios comenzó a arrojar relámpagos fogosos sobre la tierra de los faraones, con la misma rapidez Ramsés imploró a Shu, que con su forma de gran ventisca, alejó la tormenta hacia el norte.
Tan solo faltaba un día para que el plazo dado por Ramsés concluyese. Moshé y su pueblo, por su osadía y cobardía se verían obligados a abandonar Egipto, con rumbo a un incierto y oscuro futuro. Pero antes de ello, Moshé vería como su venganza alcanzaba al primogénito del faraón, Khamwaset.
En el palacio real, todos vivían con la tranquilidad de saber que Ramsés era un dios viviente. Era un protegido de su padre Amón-Ra, así que, nadie pudo ver la sombra que se deslizaba suavemente por los pasillos de palacio, albergada por la protección que la noche le ofrecía. Moshé había encantado a una cobra hembra, y el objetivo era aquel mago que había condenado el futuro de Moshé.
La unión que enlazaba el cielo y la tierra, consagraba la unión que unía a Ramsés con su hijo, y así el rey supo que algo terrible había acontecido, cuando un terrible dolor estalló en su corazón. Cuando Ramsés llegó junto su hijo, éste ya se estaba entregando a la protección de Anubis. Pero, jamás sospechó Moshé que un Faraón era mucho más poderoso que cualquier hechizo diabólico, incluso mucho más poderoso que toda la magia unida en un solo sortilegio. Así pues, Ramsés tomó a su hijo en brazos y lo depositó en su carro, y guiado por sus dos caballos, "Victoria en Tebas" y "La diosa Mut está satisfecha", llevó Ramsés el cuerpo de su hijo a Abydos, la ciudad de Osiris, el señor del Más Allá. Cuando hubo llegado, Khaemwaset apenas si respiraba, y el faraón lo introdujo en el Santuario que su padre Seti I había levantado en honor a Osiris. Allí dentro, con la magia que emanaban los hermosos jeroglíficos sagrados, se confabulaban las fuerzas de Seth y Osiris, los dos hermanos. Se daban cita allí, todos los misterios del cosmos, encargados de dirigir el universo de la vida. Ramsés posó a su hijo frente a las estatuas de Isis, Osiris, Horus, Ra-Horakhty, Amón y el propio Seti I. Miró a los ojos a la estatua que convertía a su padre difunto, en un ser poderoso regenerador de vida, y a él encomendó el alma de su hijo. Partió Ramsés hacia su capital, donde convocó a Moshé y su pueblo en cuanto el sol comenzase a despuntar.
El plazo había finalizado, y Ramsés había cumplido su palabra. Ahora, tocaba ejecutar la sentencia.
-¿Dónde está el poder de tu dios, Moshé?/span>
El tono del rey era severo, y sus ojos emanaban una fuerza tan brutal, que nadie se atrevió a mirarlos so pena de caer fulminados ante tal poder.
Pero Moshé se sintió fuerte al ver la ausencia de Khamwaset. Sin duda, el primogénito había muerto y era el momento de actuar. ¿Acaso no cedería el faraón ante el peligro de una nueva muerte?
-¡El hijo de Su Majestad ha fallecido bajoo la cólera de mi dios! ¿Acaso no es una prueba de poder? Mi dios ha demostrado ser más fuerte que todo el Alto y el Bajo Egipto. ¿No es eso una prueba de la grandeza del dios hebreo?
Ramsés miró fijamente a Moshé, el cual había dejado a los suyos totamente atónitos. ¿Realmente el hijo del faraón había muerto?
-¡Está bien, Moshé, tú ganas -dijo Ramsés--! Tu pueblo podrá levantar las estatuas que pide.
Moshé sonreía, mientras su gente manifestaba un júbilo que no contenía pudor alguno.
-¡Pero no en Egipto! -gritó una voz a sus espaldas.
Sin dar crédito a la voz que hablaba tras de si, Moshé casi se desmaya al comprobar que allí, erguido como un gigante de piedra, estaba Khamwaset, el hijo del faraón.
-¡Tú, engendro maligno, que has urdido los más horribles hechizos, tú que has convocado a la muerte bajo la tierra de Egipto! Yo, Mi Majestad os expulso de las Dos Tierras, y ni tú ni tu pueblo volveréis jamás a pisar suelo egipcio, y quiera tu dios que vuestro destino sea doloroso, pues bajo su nombre habéis osado desafiar la Ley de Egipto.
Y en aquel mismo instante, las puertas de la ciudad se abrieron a la par, y el pueblo de Moshé fue expulsado de la tierra de Egipto.
Y vagó Moshé y su gente durante largos años por los desiertos, sin hallar lugar alguno donde formar un hogar. Llegó a ser tan grande la ofensa, que jamás se volvió a pronunciar el nombre de Moshé, ni del pueblo hebreo, para sí asegurarse de que nunca entrarían a formar parte de la historia de la Tierra de los Faraones.
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