Akhy - Egipto
Akhy-Egipto
Creaciones
Por Amenofhis III
Cuando Djeser reinó en las Dos Tierras
Existió un reino, tan extenso como hermoso, cuyos habitantes vivían felizmente tanto en el Alto como en el Bajo País. Su extensión era enorme, pues arrancaba desde el principio de la tierra hasta los pilares del cielo eterno. Los reinos vecinos adoraban a su protector, pues la fuerza de los dioses acompañaba al faraón en sus gestas, derrotando a todos los enemigos que codiciaban a la Tierra Negra.
El faraón estaba orgulloso, pues su Doble País progresaba al ritmo de las crecidas del Nilo. Su enorme brazo acogía a todo su pueblo, su firme mano sujetaba con ardor el cetro de poder. Las gentes que lo rodeaban gozaban de su magnificencia. Djeser no era un hombre hostil, ni un hombre de tiranía. Era, realmente, un verdadero y único padre con todos y cada uno de sus hijos.
Entre éstos, sus amados, aparecían Kanefer, el "Jefe de las Obras del Alto y el Bajo País", su hijo Imhotep, sabio y sacerdote del santuario sagrado, y el noble Hesyre, que era el "Maestro de las Naves del Rey".
Realmente, eran muchos más los personajes que admiraban, loaban y amaban al rey, pero fueron éstos en concreto quienes se involucraron en una gesta para liberar de una tragedia a las Dos Tierras.
Desde los albores de los principios, el Padre Creador RA había derramado sus lágrimas para así crear a la humanidad. Egipto había sido rico y poderosa y terriblemente bello. Pero, inexplicablemente, un día el Nilo dejó de abrazar los campos del País, y sus crecidas se murieron a manos de las orillas. El hambre y el fantasma de la muerte moraron en Egipto durante siete largos años, desde el Delta hasta la frontera de Nubia. Las reservas de alimento eran ya escasas, y el faraón había agotado la larga lista de ruegos a Ra, que año tras año continuaba negando a su amado Egipto el limo negro que tan necesario era.
Djeser, abatido y desolado en su trono de Luz y poder, permanecía impotente ante el exterminio de sus hijos. Entonces, un día faraón reunió a sus magos y sacerdotes y les preguntó:
-¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué el río, el que serpentea, ya no cumple su función divina? Vosotros, que sois peraltes de sabiduría de Ra, ¿por qué no lográis encontrar el veneno que está matando a las Dos Tierras?
Los sacerdotes deliberaron, y tras una larga meditación se dirigieron a la Sala de los Archivos de Ptah, pero no lograron hallar allí nada, pues nada semejante había sucedido en la antigüedad.
Con todo esto, se hallaba sumido en un profundo dolor el joven Imhotep, que al igual que su padre era arquitecto, y además dominaba las artes de la magia y la curación. Poseía el título de "El Mayor de los Videntes", pues no en vano su sabiduría le permitía ver y discernir la obra divina en la naturaleza. Él, sabio entre los sabios, tampoco lograba hallar la simiente que Seth había plantado en le Doble País. Los días transcurrían y ya pronto sería fecha de otra crecida que no llegaría.
Djeser, hombre sabio e inteligente, que había escrito un libro destinado a los futuros faraones, en el cual relataba como debían ser las grandezas de un gran rey, el hombre que simbolizaba el equilibrio entre lo divino y lo humano, se encontraba al borde de una decadencia, pues sería necesario entregar el cetro de poder a un hombre que, sin duda alguna, los dioses habían elegido como sustituto.
Nadando en un mar de lágrimas estaba Imhotep aquella noche mientras la luna iluminaba un Nilo hermoso que se había convertido en la más bella cara de la muerte. A la luna se dirigió Imhotep, y con sus ojos rebosantes de tristeza clamó:
-¿Por qué, Ra, has abandonado a tus hijos? ¿En pro de quién abanderas nuestra destrucción?
Entonces, la luna se movió en el firmamento, y tomando forma de ave, bajó a la tierra. La luna fue posarse sobre la ventana de Imhotep, y con su cuerpo humano y su cabeza de ibis, le habló Thot:
-¿Por qué tú, Imhotep, al que yo he otorgado sabiduría, te rindes ante lo desconocido? ¿Por qué tú, dominador de los misterios, intrigante de la magia, no has buscado en el lugar que corresponde a la solución del problema? Deja de lamentarte, sabio Imhotep, ó harás que me arrepienta de haberte bañado sobre el mar de conocimiento que viaja por el Universo.
Y así, habiendo abandonado Thot el mundo mortal, se dirigió Imhotep hacia Hermonthis, y buscó en la Sala de los Archivos de Thot. Y allí, Thot volvió a hablar a su joven discípulo.
Cuando el Padre Creador Ra hubo renacido de entre el reino de Osiris, llegó el joven arquitecto a Menfis y se dirigió al palacio real. Cuando se hubo hallado ante el faraón Djeser, le reveló los misterios que Thot albergaba en su corazón.
-¡OH, tú, Señor de las Dos Tierras, Netherykhet Djeser, agraciado en sabiduría y amor!, hallase una ciudad en medio de las aguas llamada Elefantina. Como morada de Ra, es una ciudad importante, y aquí el Nilo al desbordarse copula como un muchacho ardiente que fecunda a una mujer, para convertirse en un amante de ardiente corazón. Este renacimiento depende de Jnum, cuyas dos sandalias están colocadas en el agua. Si Jnum no las coge, no se libera, y el río no rejuvence, y el valle está condenado.
Los allí presentes, no dieron crédito, y el faraón, visiblemente rebosante de felicidad dijo a Imhotep:
-Tú, Imhotep, hijo de Kanefer y Shunef-ra-neret, tú que has logrado desvelar el misterio, serás el encargado de ofrecer a Jnum sus preciadas sandalias para que así el Valle vuelva a ser preñado de vida.
Djeser ordenó purificar los santuarios en honor a Jnum, organizó procesiones en su nombre y le dedicaba ofrendas. Mientras tanto, Imhotep instó a Hesyre en la construcción de un buque, pero no un buque cualquiera, sino una nave construida plenamente con materia divina, desde la quilla hasta el palo de la vela. Así, llegaron cedros del Líbano, que fueron llevados en procesión, y así bendecidos por Jnum. De países extranjeros llegaron plantas de incienso que fueron fundidas con el barniz que protegería la nave.
En dos meses, el buque zarpó del puerto de Menfis, con destino hacia las sandalias de Jnum. A bordo del hermoso navío, adornado con dos gigantescas estatuas de Djeser adorando a Ra y Jnum, una en proa y otra en popa; el faraón miró al horizonte, con la esperanza de que al llegar a Elefantina y hacer entrega de las sandalias, el río volviese a crecer.
Así, cuando hubieron llegado, Jnum tomó las sandalias que el faraón le ofreció, y le hubo rendido Djeser a Jnum una gran fiesta, donde la cerveza, el vino, la carne y frutas de todas clases le fueron ofrecidas en un santuario. Así también el faraón le consagró la región que rodeaba Aswan y Tacompso.
Así ocurrió, y así lo reflejo en ésta estela, en ésta roca que se encuentra al sur de la isla de Sehel, en Elefantina. Así llegará esta realidad a las generaciones de los nietos de los hijos de mis hijos, sabiendo que un día aquí en Egipto, reinó Djeser, quien supo aplacar la ira de Jnum, y por quien las flores volvieron a crecer, la abundancia regresó a las Dos Tierras, se alejó el fantasma del hambre y la alegría retornó a los corazones de los hombre que vivían en el Doble País.
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