Akhy - Egipto

 

Akhy-Egipto

 

Creaciones

Por Amenofhis III

Cartas al Más Allá

 

El jarrón de alabastro fue a estamparse contra la pared de la cocina. El mueble que albergaba la vajilla de cerámica tembló bruscamente, dando brincos hasta que se desplomó sobre el suelo de tierra batida. El estruendo que los platos hicieron al quebrarse, lo despertó súbitamente, y aterrorizado contempló el horrible espectáculo.

   Sedjem, oficial de alto grado militar, ya retirado, había pasado mil y una penurias bajo las órdenes del faraón, pero esto superaba  su límite de resistencia, y con su corazón hecho un nudo abandonó su hogar.

   Aunque esta no era la primera vez que sucedían los extraños actos, jamás habían sido tan violentos. Así, se dispuso a poner los hechos en conocimiento del único ser humano que podía librarlo de aquella pesadilla.

    Así, Sedjem relató los hechos a Suti, y también los ocurridos las noches anteriores. Suti y Sedjem eran amigos, aunque más que amigos eran realmente como hermanos. El hecho de que sus destinos hubiesen sido diferentes, jamás se habían separado. Así, Sedjem llegó al Santuario de Ptah, donde Suti, como el Primer Profeta de Ptah, gobernaba los dominios del dios de Menfis. Tras oír lo relatado por su amigo, Suti se acarició su calva cabeza, y con un gesto de preocupación se introdujo en uno de los anexos de la sala principal, saliendo al rato con un cofrecillo de madera, adornado con bellísimos jeroglíficos y dijo a Sedjem:

    -He aquí éste presente que te entrego, hermano mío. Mi sospecha se une a la tuya, pues sin duda es el alma de tu difunta esposa  la que te atormenta. Pero no creo que ella te culpe por su muerte, sino más bien, que no ha sabido hallar el camino de vuelta a su morada de eternidad. Así, con éste incienso que yo te entrego en nombre de Ptah, y la fórmula para Salir al día y regresar a la morada, la luz volverá a iluminar tu hogar.

   Y partió Sedjem hacia su  casa, y tras admirar el destrozo ocasionado horas antes, volvió a ordenarlo y limpiarlo todo. Luego, purificó cada rincón de su hogar, recitando la fórmula mágica en honor de su difunta esposa Anjiri.

    Y llegó la tranquila noche. Al límite del desierto, un chacal aulló a la luna, que se hallaba en plenitud. El corazón de Sedjem estaba relajado y  tranquilo, pero fue durante la noche, que el cofrecillo hermosamente adornado con jeroglíficos dio un salto y fue a golpear el reposacabezas de Sedjem. El impacto, aún no siendo brusco, delató la situación de Anjiri, y por un instante, pudo percibir su mirada. Su corazón se detuvo, y su vello se erizó cuando sintió el contacto de aquella helada bocanada de aire. Su respiración se entrecortó y una fuerte opresión ahogó su pecho, más poderosa a cada instante.  Como si realmente hubiese golpeado a alguien, sus brazos atravesaron el  vacío del aire, y salió huyendo.

   Ante el  Santuario de Ptah, Sedjem lloró y sollozó. El hombro de su amigo Suti fue como el más robusto de los sicomoros, pues soportó todo el torrente de lamentos.  Suti, mientras  su hombro soportaba el declive de aquel hombre, meditó profundamente e invitó a Sedjem a introducirse en el Santuario, y allí le ofreció un rollo de papiro y una paleta de escriba. La paleta estaba adornada con hermosos relieves, y el cálamo tenía forma de papiro abierto en un extremo. Y Suti dijo a Sedjem:

   - Si realmente es tu esposa la que ahoga lla luz de tu vida, deberás escribir una cata en éste papiro, y depositarla luego ante su morada de eternidad. No debe ser una carta de protesta ni de condena, pues de tus palabras será testigo la Eneada de Occidente, pero sí de reproche y promesas, Sedjem, pues sin duda, tu esposa difunta cree que su nombre ya no es recordado.

   Así llegó Sedjem ante la morada de eternidad de Anjiri. Tomando posición de escriba, extendió el papiro sobre sus rodillas. Miró a la entrada del sepulcro, y escribió:

     “Al espíritu de Anjiri:

    ¿Qué acto reprobable he realizado contra ti, que justifique el que cargues tu mano contra mí, sin que yo haya cometido ninguna maldad? No me quejo a ti, pero te ruego, en nombre de la Eneada que reside en Occidente, que con mis palabras, que te expreso en ésta carta, puedas formarme un juicio.  Te tomé por esposa cuando eras joven, y viví siempre contigo. Haremos nuestra vida juntos, te prometí. Es necesario que se emita un juicio, sobre tú ó yo, para que se pueda distinguir lo verdadero de lo falso. Cuando era instructor de los oficiales del faraón, los hacía venir a nuestro hogar y postrarse ante ti, y te ofrecían regalos. No permití jamás que te faltase de nada, no puedes acusarme de haber sido grosero ó tener un comportamiento delicado contigo. Nunca he cortejado a ninguna otra mujer. Cuando el faraón, nuestro rey, me destinó a un nuevo puesto, no te faltó alimento ni vestidos, y tu trato siempre fue el correcto. Cuando el faraón me llevó con él, al sur, y me llegó la noticia de tu enfermedad, llamé al jefe de los médicos y te atendió como a la más noble dama real. Cuando llegó la noticia de tu muerte, pasé ocho meses sin apenas probar alimento. De vuelta a Menfis, solicité un permiso al faraón, me dirigí a éste lugar donde reposas, y aquí mismo planté una acacia y te lloré.  Envié telas del sur  para tu momificación. En cada una de las vendas se escribieron los textos para que pudieses salir al día. En cada vuelta de lino, se depositó un amuleto de oro para tu protección. Ahora que el faraón me ha eximido de mis funciones he regresado a casa, pero llevo ya tres años sumido en la tristeza. No me he vuelto a casar, y tú sabes que ningún hombre está obligado a comportarse así. Es éste un acto de amor hacia ti. Pero tú no distingues el bien del mal. Es pues, necesario que la Eneada de Occidente emita un juicio sobre mí ó sobre ti. Yo, aún no he conocido a ninguna otra mujer, puesto que mi corazón está contigo."

    Sedjem ni siquiera leyó el papiro, lo enrolló y lo ató con una cinta, colocó sobre él una mimosa y lo colgó de la acacia, que estaba junto a la entrada. Luego, regresó a su hogar.

   Aquella noche, Sedjem se había dormido plácidamente, con su corazón en paz. Llevando poco tiempo dormido, un susurro lo despertó. No se sobresaltó, ni movió su cabeza. Pero sí notó los dedos sobre su cabello, pudo percibir el contacto de las caricias, y su cuerpo se relajó. Cuando el cálido aliento lo envolvió por completo, Sedjem supo al fin que la Enada que reside en Occidente había juzgado, y emitido su veredicto.

 


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