LIBRO SEGUNDO
DISPUTA PRIMERA
CAPTULO I
Examen de la definicin del orden

1. Pasados pocos das, vino Alipio, y despus de una esplndida salida del sol, la claridad y la pureza del cielo, la temperatura benigna para el rigor de la estacin invernal, nos convidaron a bajar a un prado que frecuentbamos y nos era muy familiar. Con nosotros tambin se hallaba nuestra madre, cuyo ingenio y ardoroso entusiasmo por las cosas divinas haba observado yo con larga y diligente atencin. Pero entonces, en una conversacin que sobre un grave tema tuvimos con motivo de mi cumpleaos y asistencia de algunos convidados, y que yo redact y reduje a volumen, se me descubri tanto su espritu que ninguno me pareca ms apto que ella para el cultivo de la sana filosofa. Y as, haba ordenado que cuando estuviese libre de ocupaciones tomase parte en nuestros coloquios, como te consta por el libro primero.

2. Estando, pues, sentados con la mayor comodidad en el lugar mencionado, dije a los dos jvenes:

-Aunque me mostr severo con vosotros, porque tratabais puerilmente de cosas tan graves, con todo, me parece que no sin orden y favor de Dios se emple tanto tiempo en el discurso, con que os quise curar de esta ligereza, obligndonos a aplazar el estudio de la cuestin hasta la venida de Alipio. Por lo cual, como le tengo ya bien informado de todo, as como de los progresos que hemos realizado, ests dispuesto, Licencio, a defender con tu definicin el orden segn tu cometido? Pues recuerdo que definiste el orden diciendo que es aquello con que Dios obra todas las cosas.

-Dispuesto estoy segn mis fuerzas-contest el interpelado.

-Cmo, pues, realiza Dios con orden todas las cosas? Est l mismo dentro del orden, o modera todo lo dems con exclusin de s mismo?

-Donde todas las cosas son buenas, all no hay orden-dijo-. Porque hay una suma igualdad que no exige orden.

-Niegas-le dije-que en Dios estn todos los bienes?

-De ningn modo-respondi.

-Luego ni Dios ni todo lo divino estn regidos por el orden. Hizo seales de aprobacin.

-Crees tal vez que todos los bienes no son nada?-le inst yo.

-Antes bien, ellos verdaderamente existen.

-Dnde est, pues, aquello que dijiste que todo est regido y administrado con orden, sin haber nada que se sustraiga a su jurisdiccin?

-Es que tambin hay males-respondi-, los cuales contribuyen al orden de los bienes; no slo, pues, los bienes, sino bienes y males estn regidos por el orden. Cuando decimos: todo lo que existe, no hablamos solamente de los bienes. De lo cual se sigue que todas las cosas que Dios administra se moderan con orden.

CUESTIN PRIMERA
3. Yo le apremi diciendo:

-Las cosas administradas y regidas, te parece que se mudan o son inmviles?

-Las que se hacen en este mundo, confieso que se mueven -dijo.

-Y las dems, niegas que se muevan?

-Todo cuanto hay en Dios es inmvil; lo dems, creo est sometido a la ley del movimiento.

-Luego-le arg yo-si todo lo que est en Dios es inmutable y lo dems se mueve, sguese que las cosas mudables no estn con Dios.

-Repteme lo que has dicho ms claro. Parecime que dijo esto, no para comprender mejor el argumento, sino para tomarse tiempo y resolver mi objecin.

-T afirmas-repet-que lo que est en Dios no se muda,, mientras todo lo dems se mueve. Luego si las cosas mudables fueran inmutables puestas en Dios, porque sigue su condicin inmutable todo lo que se halla en Dios, dedcese que estn fuera de Dios las cosas que se mudan.

Licencio callaba, pero al fin rompi el silencio diciendo:

-Parceme a m que, aun en este mundo, las cosas que permanecen sin mudarse estn en Dios.

-Eso no me interesa-le dije-. Porque equivale a decir que no todas las cosas que hay en este mundo se mueven. Luego hay cosas en el mundo que no estn en Dios.

-Lo confieso: no todo est con Dios.

-Luego hay algo sin Dios.

-No-respondi.

-Estn, pues, con Dios todas las cosas.

-No he dicho-continu vacilando-que no hay nada sin Dios, porque las cosas mviles no me parece que estn con Dios.

-Luego est sin Dios ese cielo que a los ojos de todos aparece movindose?

-De ningn modo admito eso.

-Por lo mismo, hay cosas mudables que estn con Dios.

-No acierto a explicar como quisiera mi pensamiento; pero lo que me esfuerzo por decir, penetradlo, ms que por mis palabras, con la sagacidad de vuestra mente. Porque sin Dios, a mi parecer, no hay nada, y lo que est con Dios creo que debe permanecer en un firme ser; pero no oso decir que el cielo est vaco de Dios, no slo porque creo que nada hay sin l, ms tambin porque, segn opino, el cielo tiene algo de inmutable, que o es Dios o est con Dios, aun cuando creo que gira constantemente.

CAPTULO II
Qu es estar con Dios.-Cmo el sabio permanece sin mudarse en Dios

4. -Define, pues, si te place-le dije-, lo que es el estar con Dios y qu es no estar sin l. Porque si se trata de una cuestin de palabras, fcilmente se disipa, con tal que convengamos en la realidad concebida por la mente.

-No me gusta definir-respondi.

-Entonces, qu vamos a hacer?

-Define t, te ruego, porque a m ms fcil me resulta combatir las definiciones ajenas que dar una propia exacta.

-Pues te dar gusto. No te parece que est con Dios lo que es regido y gobernado por l?

-No era sa mi idea al decir que se hallaba en Dios las cosas inmudables.

-Dime, pues, si se agrada esta obra definicin: est con Dios todo lo que entiende a Dios.

-Esa me gusta.

-Ahora te pregunto: el sabio, no te parece que entiende a Dios?

-S.

-Pues bien: los sabios no slo se mueven en su casa o ciudad, sino recorren vastas regiones peregrinando y navegando; entonces,  cmo puede ser verdad que todo lo que est en Dios es inmvil?

-Me has provocado a risa como si hubieses dicho que la accin del sabio est con Dios. Con Dios est lo que l conoce.

-Pues no conoce igualmente el sabio sus libros, su manto, su tnica, el mobiliario de su casa y todo lo dems que hasta los necios tambin conocen?

-Confieso que el conocer la tnica y el manto no es estar con Dios.

5. -He aqu, pues, lo que t dices: no todo lo que el sabio conoce est con Dios. Mas aquella parte suya que est unida a Dios, la conoce el sabio.

-Muy bien has explicado, pues todo lo que conoce por los sentidos no est con Dios, sino lo que percibe con su mente. Me atrevo an a decir ms: vuestra discrecin me confirmar o corregir. Quien se entrega a la percepcin de las cosas sensibles, no slo est alejado de Dios, mas aun de s mismo.

Aqu conoc por el semblante que Trigecio quera intervenir y hablar y se lo impeda la vergenza de meterse en campo ajeno; le di licencia para que, aprovechando el silencio de su compaero, manifestase su modo de pensar. Y dijo:

-Lo que pertenece a las percepciones sensoriales, yo creo que nadie lo conoce, porque una cosa es sentir, otra entender. Por lo cual creo yo que lo que conocemos se contiene en la inteligencia, y con ella slo puede comprenderse. Luego si suponemos hallarse en Dios lo que el sabio comprende con su inteligencia, ser necesario poner en Dios todos los conocimientos del sabio.

Habiendo aprobado esta observacin Licencio, aadi otra digna de consignarse:

-El sabio est ciertamente con Dios, porque tambin a s mismo se entiende el que lo es. Esta es una conclusin derivada de lo que t has dicho: que est con Dios el que lo abraza, con su inteligencia, y de lo que nosotros decimos, conviene a saber: que tambin est con Dios aquello que es objeto de la inteligencia del sabio. Mas por lo que se refiere a esta parte inferior por la que usa de los sentidos corporales-la cual creo no debe tenerse en cuenta cuando se habla del sabio-, confieso que no la conozco ni puedo conjeturar qu sea.

6. -Luego niegas t-le dije-que el sabio no slo consta de alma y cuerpo, pero aun del alma ntegra, pues locura sera negar que a ella pertenece tambin la porcin que usa de los sentidos. No son los ojos ni los odos, sino no s qu otra cosa la que siente por ellos. Y si la misma facultad de sentir no la ponemos en la potencia intelectiva, tampoco habr que ponerla en ninguna parte del alma. Y entonces habr que atribuirla al cuerpo, lo cual me parece ahora grave desatino.

-El alma del sabio-dijo l-, purificada con las virtudes y unida ya a Dios, merece el nombre de sabia, ni hay en ella otra porcin digna de tal calificativo; con todo, an militan a su servicio cierta como sordidez y despojos, de que se ha purificado, y como desnudado, retirndose dentro de s mismo. O si toda ella se ha de llamar alma, sirven esas cosas y viven sometidas a la porcin a la que slo conviene el nombre de sabia. En la parte inferior pienso que habita tambin la memoria, de la cual el sabio dispone, dndole e imponindole leyes como a siervo sumiso y amansado para que mientras utiliza la ayuda de los sentidos en las cosas necesarias, no ya al sabio, sino a ella, reprima todo mpetu y rebelda contra el seor, usando moderadamente de su caudal. A esta porcin inferior pertenecen igualmente las cosas transitorias. Pues para qu es necesaria la memoria sino para las cosas que se deslizan y huyen? El sabio, pues, abraza a Dios y goza de su ser eterno sin sucesin ni alternativa temporal, y por lo mismo que verdaderamente es, siempre presente. Y permaneciendo inmutable y en s mismo, cuida de los bienes de su esclavo, usndolos bien y conservndolos sobriamente, como fmulo morigerado y diligente.

7. Admreme de esta sentencia, recordando que yo tambin la haba dicho delante de l. Y sonrindome le dije:

-Da gracias a este siervo tuyo, que si no te sirviese algo de su caudal, no hallaras qu ofrecernos aqu. Pues si la memoria pertenece a aquella porcin que como esclava se somete a la jurisdiccin de la mente para ser regida, ella te ha ayudado, creme, ahora para decir lo que has dicho. Antes, pues, de volver al orden, no te parece que el sabio necesita de la memoria para estas disciplinas honestas e indispensables?

-Mas para qu quiere el sabio la memoria, si todo lo guarda y tiene presente en s mismo? Mira que no recurrimos a ella en cosas que tenemos o vemos delante. Qu necesidad, pues, tiene el sabio del uso de la memoria, teniendo todo ante a los ojos interiores de su entendimiento, esto es, teniendo a Dios, a quien abraza con una mirada fija e inmutable, y en l todas las cosas que el entendimiento ve y posee? A m, en cambio, para recordar las cosas que te he odo a ti me falla el dominio sobre el siervo; unas veces le sirvo, otras lucho para no servirle, aspirando a mi propia libertad. Y si algunas veces le mando y l me obedece, hacindome creer que lo tengo vencido, otras se me solivianta y caigo miserablemente a sus pies. Por lo cual, cuando hablamos del sabio yo no entro para nada.

-Ni yo tampoco-le dije-. Pero acaso el sabio puede abandonar a los suyos, o mientras vive en esta vida, donde trae ligado a este siervo, dejar su obligacin de favorecer a los dems a quienes puede y, sobre todo, de ensear la sabidura, lo cual principalsimamente se le exige? Y al hacer esto y ensear como conviene, con aptitud, frecuentemente prepara lo que ha de exponer y discutir con orden; y si esto no se encomienda a la memoria, necesariamente perece. Luego, o niega los oficios de benevolencia que debe cumplir el sabio, o confiesa que algunas cosas se manipulan en su memoria. O tal vez guarda en el depsito de aquel siervo algn bien necesario, no para s, sino para los suyos, para que l, como sobrio y puesto bajo la ptima disciplina de su dueo, slo tenga en custodia lo que para atraer a los ignorantes a la sabidura le ha ordenado que embolse?

-No creo que el sabio-dijo Licencio-encomiende nada a ste, porque siempre se halla engolfado en Dios, ya calle, ya hable con los hombres, y aquel siervo, bien instruido ya, conserva diligentemente lo que le ha de sugerir al dueo cuando disputa, porque de muy buen grado le presta su obediencia y sumisin, como a justsimo seor bajo cuya potestad vive. Y esto no lo hace como razonando, sino imperndole l con una ley y orden superior.

-No resisto-le respond-ya a tus razones, a fin de dar cima al plan que emprendimos. Pero convendr volver a este tema y tratarlo con esmero en otra ocasin, cuando Dios nos diere oportunidad con su orden, porque es interesante y requiere detenido estudio.

CAPTULO III
Si la ignorancia est con Dios

8. Se ha definido lo que es estar con Dios, y al decir yo que est con Dios todo lo que entiende a Dios, vosotros habis querido aadir ms, y es que tambin estn all las cosas que entiende el sabio. Y en este punto me sorprende mucho que hayis colocado la estulticia en Dios. Porque si con Dios estn las cosas que el sabio entiende y no puede evitar la estulticia sino despus de comprenderla, luego tambin se hallar esa peste en Dios. Y me horroriza decir eso.

Mi inesperada conclusin les sorprendi, y al cabo de un rato de silencio declar Trigecio:

-Celebraremos que intervenga aqu quien con su llegada ha trado un nuevo alborozo a estas discusiones familiares.

Entonces dijo Alipio:

-Quiera el cielo depararme ms agradables sorpresas. Conque para m se guardaba tan largo silencio? Se acab mi reposa Me esforzar por satisfacer a esta pregunta, con tal que antes me ponga en salvo para lo futuro, consiguiendo de vosotros que no me hagis ms preguntas.

-No es propio-le dije yo-, oh Alipio!, de tu benevolencia y humanidad negar la deseada cooperacin de tu palabra a nuestra conversacin. Pero sigue adelante y cumple lo qu has prometido; todo lo dems se desplegar segn el orden que se ofreciere.

-Justamente el orden-aadi-me hace concebir las ms bellas esperanzas, y para su defensa me habis querido substituir entre tanto. Pero, si no me engao, lo que te mueve a ti a poner la estulticia en Dios es la asercin de stos: Est con Dios todo lo que el sabio conoce. No me meto ahora en interpretar el sentido que debe darse a esta asercin; repara ms bien en tu raciocinio. Porque has dicho: si con Dios est todo lo que entiende el sabio, no puede evitar la estulticia, sino entendindola. Pero es evidente que ninguno antes de escapar de la ignorancia merece el nombre de sabio. Se dijo que las cosas que el sabio entiende, estn con Dios. Luego cuando para evitar la ignorancia se esfuerza por entenderla, no ha alcanzado an la sabidura. Y cuando ya es sabio, no se ha de enumerar la ignorancia entre las cosas que entiende. En conclusin: por hallarse unidas en Dios todas las cosas que el sabio entiende, sguese que est alejada de all la estulticia.

9. -Aguda, como tuya, Alipio-le dije-, ha sido la respuesta, pero como de quien ha sido metido en un aprieto ajeno. Con todo, como creo que t tambin te cuentas entre los ignorantes, lo mismo que yo, qu haramos si hallsemos un sabio para que generosamente nos libertase de este mal con su doctrina y discusin? Pues yo creo que lo primero que debemos exigirle es que nos declare la calidad, la esencia y las propiedades de la ignorancia. No va contigo esta afirmacin; pero en cuanto a m, es un estorbo y un impedimento que me detiene, mientras no sepa lo que es. Segn t, pues, aquel maestro nos dira: para ensearos esto debais haber venido a preguntrmelo cuando era un ignorante; ahora vosotros podis ser vuestros propios maestros, porque yo no conozco la ignorancia. Si as hablara aquel sabio, yo no tendra reparo en decirle que se hiciera compaero nuestro, e ira a buscar otro maestro para todos. Pues aunque no conozco plenamente lo que es la estulticia, sin embargo, esta respuesta me parece sumamente necia. Pero se sonrojar l tal vez o de dejarnos o seguirnos, y disputar con nosotros muy copiosamente acerca de los males que trae la estulticia. Y nosotros, ya advertidos, o bien oiremos cortsmente al que habla de lo que no sabe, o creeremos que l sabe lo que no entiende, o que la estulticia va vinculada a Dios, si nos atenemos a la opinin de tus defendidos. Pero ninguna de las dos hiptesis primeras me parece aceptable, y queda, por tanto, el extremo que a vosotros os desplace.

-Nunca te cre envidioso-dijo-. Pero si de estos amparados mos que dices hubiera recibido algn honorario, al verte a ti tan tenazmente adherido a tus razones, debiera devolverles lo que recib. Bsteles, pues, a stos el tiempo que, al entretenerme contigo, les he dado para discurrir; o si quieren atenerse al consejo de su defensor vencido, sin culpa alguna de su parte, dobleguen su parecer ante ti y sean en lo dems ms precavidos.

10. -No despreciar lo que Trigecio-le repliqu yo-deseaba proferir, como porfiando en favor de tu defensa, y lo har contando con tu venia. Porque tal vez no ests bien informado por tu reciente llegada, y as, quiero pacientemente escucharlos defender su propia causa sin abogado alguno, como haba comenzado.

Entonces Trigecio dijo (Licencio estaba ausente):

-Tomad como queris y burlaos de mi ignorancia. A m me parece que no debe llamarse inteligencia o inteleccin el acto de conocer lo que es la ignorancia, porque ella es el obstculo principal o nico del entender.

-No es cosa fcil rehusar lo que dices-le dije yo-. Aunque me hace fuerza lo que dice Alipio: que muy bien puede ensearse la cualidad de una cosa que no se entiende y los daos que acarrea a la mente que la desconoce, y mirando tambin cmo ha tenido reparo en decir lo que t dices (sindole conocida esta sentencia por los libros de algunos autores graves), no obstante, cuando considero los sentidos del cuerpo, que son instrumentos d que usa el alma, y me suministran algn elemento de comparacin con el entendimiento, no puedo menos que confesar que nadie puede ver las tinieblas. Por lo cual, si es a la mente el entender lo que a los sentidos el ver, y aunque uno tenga los ojos sanos, abiertos y puros, con todo, no puede ver las tinieblas, no habr ningn absurdo en decir que no puede entenderse la estulticia, porque ella forma las tinieblas de la mente. Ni har dificultad cmo pueda ser evitada la necedad sin haberla conocido. Pues as como con los ojos evitamos las tinieblas queriendo ver, de igual modo el que quiera evitar la necedad no se esfuerce por entenderla, sino aplique su atencin a las cosas que pueden entenderse y de cuyo conocimiento le priva la ignorancia y tngala como presente, no porque en ella se entienda ms, sino como un impedimento que le hace entender menos otras cosas.

CAPTULO IV
Si el hombre, haciendo mal, obra con orden. - Los males ordenados contribuyen al decoro del universo

11. Pero volvamos al orden, para que alguna vez nos sea restituido Licencio. Ahora, pues, os pregunto si todo lo que obra el necio se hace tambin con orden. Observad la trampa que hay en la pregunta. Una respuesta afirmativa tira por tierra vuestra definicin: el orden es por el que Dios hace todas las cosas, si tambin el necio obra con el mismo orden todo cuanto hace. Y si falta el orden en las cosas hechas neciamente, hay, sin duda, algo fuera del orden y ste no es universal; y ninguna de las dos cosas os agrada. Cuidad, os ruego, de no embrollarlo todo con pretexto de defender el orden.

Como Licencio estaba ausente todava, tom su vez Trigecio, respondiendo:

- Fcil me parece desbaratar tu objecin, pero no me ocurre ahora ningn smil para ilustrar mi pensamiento con ms fuerza y claridad. Yo expondr mis ideas y t las completars con la luz de tu ingenio. Pues gran servicio ha prestado la comparacin de las tinieblas para declarar lo que yo haba formulado oscuramente. Aunque la vida inconstante de los necios no se halla ordenada por ellos mismos, sin embargo, la divina Providencia la encaja dentro de un orden y la asienta como en ciertos lugares dispuestos por su ley inefable y eterna, sin permitirle estar donde no debe. Y as considerada en s misma con un espritu estrecho, nos ofende y asquea por su fealdad. Pero si levantamos y extendemos los ojos de la mente a la universalidad de las cosas, nada hallaremos que no est ordenado y ocupando un lugar distinto y acomodado.

12. -Cuntas ideas sublimes-respond yo-, cuntas verdades admirables me comunica por vuestra boca nuestro Dios, y no s qu orden oculto de las cosas, segn cada vez ms me inclino a creer! Porque me estis diciendo unas cosas que no s cmo pueden decirse sin haberlas intuido ni cmo las conocis. Tan altas y verdaderas me parecen! Y buscabas t un smil para dar resalte a tu pensamiento? A m me ocurren a granel, confirmndome en la verdad que has dicho. Qu cosa ms horrible que un verdugo? Ni ms truculento y fiero que su nimo? Y, sin embargo, l tiene lugar necesario en las leyes y est incorporado al orden con que se debe regir una sociedad bien gobernada. Es un oficio degradante para el nimo, pero contribuye al orden ajeno castigando a los culpables. Qu cosa mas srdida y vana que la hermosura y las torpezas de las meretrices, alcahuetes y otros cmplices de la corrupcin? Suprime el lenocinio de las cosas humanas y todo se perturbar con la lascivia; pon a las meretrices en el lugar de las matronas, y todo quedar envilecido, afeado y mancillado. As, pues, esta clase de hombres de vida desordenada se reduce a un vilsimo lugar por las leyes del orden. No hay tambin en los animales algunos miembros que mirados por s mismos, sin la conexin que tienen con el organismo entero, nos repugnan? Sin embargo, el orden de la Naturaleza ni los ha suprimido, por ser necesarios, ni los ha colocado en un lugar preeminente por causa de su deformidad, porque ellos, aun siendo deformes y ocupando su lugar, enaltecen el de los miembros ms nobles. Qu cosa ms atrayente, qu espectculo ms propio de una granja campestre, como la ria y contienda de los gallos mencionados en el libro anterior? Y con todo,  qu abominable nos pareci la deformidad del vencido! Y, sin duda, ella contribuy tambin a un aumento del inters del combate.

13. As son todas las cosas, en mi opinin; pero su comprensin exige una mirada perspicaz. Los poetas estiman los barbarismos y solecismos, prefiriendo, con disfrazados nombres llamarlos figuras y metaplasmos a evitar vicios manifiestos. Quitad a la poesa esas libertades, y echaremos en falta un condimento gratsimo. Prodigadlas con demasa y todo ser acre, podrido, rancio y fastidioso. Trasladadlas a la conversacin libre y forense, y quin no las mandar que se retiren al teatro? El orden, pues, que todo lo modera y enfrena, ni permitir su excesivo empleo donde se puede, ni su uso en cualquier parte. Intercalando un estilo humilde y algo descuidado, se embellecen los pasos y lugares venustos. Pero si predomina en todo el discurso, se desprecia como vil; si falta, no relucen tanto los pasajes bellos ni dominan, por decirlo as, en sus dominios y posesiones; su propio brillo los oscurece y todo es confusin.

CAPTULO V
Cmo se ha de curar el error de los que creen que las cosas no estn regidas con orden

Aqu tambin hemos de mostrarnos muy agradecidos al orden. Pues quin no teme y detesta las conclusiones engaosas o que se deslizan furtivamente con paulatinas adiciones y sustracciones para introducir el error?  Quin no las aborrece? Con todo, en las disputas, debidamente colocadas en sus lugares, tanto pueden que no s cmo por ellas hasta el mismo engao nos resulta agradable. No se alabar tambin aqu el orden?

14. Si pasamos a la msica, a la geometra, a los movimientos de los astros, a las leyes de los nmeros, de tal modo el orden impera en ellos, que si alguien quiere ver, por decirlo as, su fuente y su santuario, o lo descubre en ellos o por ellos, es guiado sin error hasta l. La erudicin adquirida en estas disciplinas, usada moderadamente-pues nada ms temible que lo excesivo-, forma tales discpulos y maestros en la filosofa que por doquier volarn y llegarn, llevndose a muchos consigo, hasta aquel sumo modo, fuera del cual ni se puede ni se debe exigir ms. Y desde all cuando todava vive en medio de las cosas de la vida humana, ha de mirarlas con menosprecio y discernirlas bien, sin dejarse impresionar por cuestiones particulares; como, por ejemplo: por qu uno carece de hijos, cuando desea tenerlos y al otro le aflige tanto la excesiva fecundidad de la esposa; por qu ste anda tan escaso de dinero, siendo tan liberal en sus deseos, y el usurero, macilento y rooso, lo incuba enterrndolo en los fosos de la tierra; por qu la lujuria dilapida y derrocha tan cuantiosos patrimonios, y el mendigo, a fuerza de lgrimas, apenas logra unos ochavos; por, qu es encumbrado a los.honores este indigno; por qu hay ocultas ejemplares costumbres en la multitud annima.

15. Estas y otras parecidas cuestiones que se ventilan en la vida humana impulsan muchas veces a los hombres a creer impamente que 'no estamos gobernados por el orden de la Providencia, mientras otros, piadosos y buenos y dotados de esplndido ingenio, no pudiendo creer que estemos abandonados del sumo Dios, con todo, envueltos en la bruma y en la confusa riolada de tantas cosas, no aciertan a ver ningn orden y quieren que se les descubran las causas ocultsimas, y recurren a la poesa para cantar sus lamentos y errores. Los cuales no hallarn una satisfactoria respuesta ni para esta sencilla cuestin:  por qu los italianos piden siempre inviernos serenos y nuestra miserable Getulia se muere de sed? Quin puede responder a esto? O dnde se pueden descifrar y conjeturar los motivos de semejante disposicin? Pero yo, si algo.valen mis amonestaciones para mis discpulos, creo que deben educarse antes en aquellas artes liberales; de otro modo no puede aspirarse a la luminosa aclaracin de estos problemas. Pero si los detiene la pereza, la preocupacin de los negocios seculares o la falta de capacidad, entonces acjanse al baluarte seguro de la fe, y con vnculos los atraiga a s, librndolos de los males horrendos y oscursimos, Aquel que no permite que se pierda nadie, si cree en l adhirindose a los divinos misterios.

16. Un doble camino, pues, se puede seguir para evitar la obscuridad que nos circuye: la razn o la autoridad. La filosofa promete la razn, pero salva a poqusimos, obligndolos, no a despreciar aquellos misterios, sino a penetrarlos con su inteligencia, segn es posible en esta vida. Ni persigue otro fin la verdadera y autntica filosofa sino ensear el principio sin principio de todas las cosas, y la grandeza de la sabidura que en l resplandece, y los bienes que sin detrimento suyo se han derivado para nuestra salvacin de all. A este Dios nico, omnipotente, tres veces poderoso, Padre, Hijo y Espritu Santo, nos lo dan a conocer los sagrados misterios, cuya fe sincera e inquebrantable salva a los pueblos, evitando la confusin de algunos, y el agravio de otros. Y la sublimidad del misterio de la encarnacin, por la que Dios tom nuestro cuerpo, viviendo entre nosotros, cuanto ms vil parece, tanto mejor ostenta la clemencia divina, y resulta ms remota e inasequible a la soberbia de los hombres de ingenio.

17. Y no os parece que pertenece a un elevado orden el aprender y conocer el origen del alma, su destino en, este mundo, su diferencia de Dios, la porcin propia que alterna con ambas naturalezas, en qu sentido muere y cmo se demuestra su inmortalidad? Temas son stos cuyo estudio reclama un orden grave y cierto, del que hablaremos despus si ha lugar. Yo quiero ahora grabis bien en vuestro nimo lo siguiente: si alguien, temerariamente y sin ordenar bien sus conocimientos de las artes, se atreve a entrar en este campo, es ms bien curioso que estudioso, ms crdulo que docto, ms temerario que precavido. As, pues, me lleno de asombro-pero vome obligado a confesarlo-cmo habis podido responder tan bien y con tanto tino a las cuestiones que os he propuesto. Pero veamos hasta dnde puede progresar vuestra secreta intencin. Ya podemos escuchar tambin las palabras de Licencio, a quien no s qu prolija ocupacin le ha arrebatado de.nuestra presencia y de nuestro discurso, de modo que leer esta parte de nuestro escrito con la misma novedad con que nuestros amigos ausentes. Pero vuelve ya a nosotros, Licencio, y presta toda tu atencin, porque para ti hablo. Diste por buena mi definicin y quisiste ensearme, segn interpreto tus palabras, en qu consiste el estar con Dios, con quien permanece inmutablemente unida la mente del sabio.

CAPTULO VI
Cmo la mente del sabio est inmvil

18. Pero me turba la siguiente dificultad: mientras el sabio se halla en este mundo, no puede negarse que vive en el cuerpo; cmo, pues, movindose corporalmente de una parte a otra, puede permanecer inmvil su mente? De este modo podrase decir tambin que los hombres embarcados en una nave no se mueven con el movimiento de la misma, si bien sabemos que ellos la dirigen y gobiernan. Aunque slo con el pensamiento la dirigiesen, llevndola a donde les plazca, con todo, al moverse ella, no puede menos de afectarles el movimiento a todos los que van dentro.

-No est el alma en el cuerpo de modo que ste mande en aqulla-objet Licencio.

-Ni yo digo eso; pero tampoco el caballero va en el caballo de modo que ste mande en aqul, y, sin embargo, aunque gobierna al animal, no puede menos de moverse con l.

-Puede estar sentado inmvil-replic l.

-As nos vas a obligar a definir el movimiento; y si te atreves, hazlo.

-Quede para ti hacerme ese favor, pues sigue en pie mi ruego, y no me preguntes otra vez si me gusta definir. Cuando lo pueda hacer, ya te lo manifestar.

Dicho esto vino a nosotros corriendo un muchacho de la casa, a quien habamos dado este encargo, dicindonos que era la hora de comer.

Entonces dije yo:

-Este muchacho nos obliga no a definir qu sea el movimiento, sino a verlo con nuestros propios ojos. Vayamos, pues, y de este lugar nos traslademos a otro. Porque no otra cosa es, segn pienso, el moverse.

Se rieron ellos y nos retiramos de all.

DISPUTA SEGUNDA
19. Terminada la comida, porque el cielo se haba cubierto de nubes nos fuimos a sentar en el lugar acostumbrado de los baos. Y yo comenc:

-Concedes, pues, Licencio, que el movimiento es el trnsito de un lugar a otro?

-S.

- Concedes igualmente que nadie puede hallarse en un lugar donde no haba estado antes sin haberse movido?

-No entiendo lo que dices.

-Si una cosa ha estado en un lugar antes y ahora se halla en otro, concedes que se ha movido?

-Ciertamente.

-Luego-le dije yo-, puede un sabio estar aqu corporal-mente presente con nosotros y su nimo ausente?

-Creo que es posible.

-Y podra suceder eso aunque hablase con nosotros y nos comunicase su doctrina?

-Aunque nos comunicase su sabidura, no dira que estaba con nosotros, sino consigo mismo.

-Luego no en su cuerpo?

-No.

-Pues entonces aquel cuerpo que yo he llamado vivo, no sera un cadver?-le objet yo.

-No s cmo explicarme. Porque comprendo que no puede haber un organismo vivo sin su alma, y no puedo decir que el alma del sabio, hllese donde se halle su cuerpo, no est con Dios.

-Yo te ayudar a explicar eso. Tal vez porque Dios est presente en todas partes, adondequiera que vaya el sabio, all encuentra a Dios con quien estar. Y as podemos afirmar que l se mueve localmente y siempre est con Dios.

-Confieso que su cuerpo se ha trasladado de un lugar a otro, pero niego que su mente se mueva, si realmente es sabio.

CAPTULO VII

Cmo haba orden antes de venir el mal

20. -Cedo en esta ocasin-le dije-para que no estorbe nuestra marcha un problema obscursimo que debe tratarse largamente con suma cautela. Mas como ya hemos definido qu es estar con Dios, veamos ahora si podemos saber qu es hallarse sin Dios, aunque la tengo ya por cosa manifiesta. Seguramente dirs que estn sin Dios todos los que no estn con Dios.

-Si yo tuviera tu facundia-respondi Licencio-, te dira tal vez una cosa grata. Pero soporta mi balbuceo infantil y con mente veloz penetra en las mismas cosas. Porque los tales no me parecen que estn con Dios, y, sin embargo, son posedos por l. As no puedo decir que estn sin Dios aquellos a quienes posee Dios. Ni digo que estn con Dios, porque ellos no tienen a Dios. Pues ya definimos en la amensima conversacin de tu natalicio que poseer a Dios equivale a gozarle. Con todo, te confieso que me asustan estas proposiciones contrarias como son el no estar ni separado de Dios ni unido con l.

21. -No te inquiete por ahora eso. Habiendo acuerdo sobre las cosas, no repares en las palabras. Volvamos por fin a la definicin del orden. Orden has dicho que es la regla con que Dios dirige todas las cosas. Pero ninguna cosa hay que no la haga l; por eso, segn crees, nada puede hallarse fuera del orden.

-Sigo firme en mi opinin; pero ya adivino lo que vas a decir: si Dios hace tambin las cosas mal hechas.

-Muy bien-le dije-; has clavado tus ojos en mi pensamiento. Pero como has adivinado mi objecin, adivina tambin mi respuesta.

Y l, moviendo la cabeza y hombros, dijo:

-Estoy agitado.

En aquel momento lleg all la madre. Y l pidi despus de un rato de silencio que le repitiese la pregunta, pues no haba notado que Trigecio haba respondido ya. Yo le dije entonces:

-A qu repetir lo que est dicho? "No hagas lo que est hecho", dice el refrn. Infrmate despus por la lectura d lo que tratamos entonces, si no pudiste ornos. Disimul aquella ausencia de nuestro discurso, aun siendo larga, para no impedirte de lo que hacas por ti mismo, atento a tus ideas, lejos de nosotros, y para proseguir los razonamientos que haban de conservarse por escrito.

22. Ahora te pregunto lo que no hemos discutido minuciosamente hasta aqu. Pues cuando en un principio no s qu orden nos dio ocasin para tratar esto, recuerdo que dijiste que era la justicia de Dios la que separa buenos y malos, dando a cada uno lo suyo. No hay, a mi parecer, ms clara definicin de la justicia. As, pues, te ruego me respondas a esto: te parece que Dios dej de ser justo alguna vez?

-Nunca-respondi.

-Luego si Dios fue siempre justo, siempre coexistieron el bien y el mal.

-Tambin me parece a m legtima la consecuencia-dijo la madre-. No habiendo malos, no poda ejercitarse la justicia de Dios; y si alguna vez no retribuy a buenos y malos segn su merecido, no parece que fuese justo entonces.

-Luego si es verdad esa opinin-dijo Licencio-, tendremos que decir que el mal es eterno?

-No me atrevo a decir eso-respondi ella.

-Pues a qu nos atenemos?-les dije yo-. Si Dios es justo, porque juzga entre buenos y malos, cuando no haba malos, no era justo.

Hubo silencio aqu, y notando que Trigecio quera intervenir, le di permiso.

Y dijo lo siguiente:

-Ciertamente, Dios era justo, porque poda discriminar lo bueno de lo malo en caso de existir, y por esa potestad era ya justo. Pues cuando decimos que Cicern prudentemente descubri la conjuracin de Catilina y que por la templanza se mantuvo insobornable para perdonar a los culpables, condenndolos justamente al ltimo suplicio con la autoridad del Senado, soportando con fortaleza los dardos de los enemigos, y, como dijo l, todo el peso del odio, no significa esto que le hubieran faltado dichas virtudes a no haber maquinado Catilina un plan tan funesto para la repblica. Porque la virtud hay que estimarla en s misma en el hombre, no al trasluz de esta clase de obras; pues,  cunto ms en Dios?, si es que es lcito en el aprieto y penuria de nuestras palabras comparar las cosas divinas con las humanas. Pues para comprender cmo Dios era justo siempre, al comenzar el mal y discriminarlo del bien, sin ninguna demora dio a cada cual lo suyo; no tena necesidad de aprender lo que era la justicia, sino de usar la que siempre tuvo.

23. Habiendo asentido a esto mi madre y Licencio, yo intervine:

-Qu dices a esto, Licencio? Dnde est lo que con tanto ahnco defendas, esto es. que nada se hace fuera del orden? Lo que dio lugar al origen del mal no se hizo por orden de Dios, sino que al nacer el mal fue sometido al orden divino.

Y l, admirndose y molestndose de que se le escapase de las manos una causa tan noble, dijo:

-Absolutamente sostengo que comenz el orden cuando tuvo origen el mal.

-Luego el origen del mal no se debe al orden-dije-, si el orden comenz a existir despus del mal. Pero siempre estaba el orden en Dios; y o siempre existi la nada, que es el mal, o si alguna vez comenz, puesto que el orden o es un bien o procede del bien, nada hubo ni habr jams sin orden. No s qu razn ms adecuada se me ha ofrecido, pero me la arrebat el olvido, lo cual creo ha sucedido por el mrito, la condicin o el orden de mi vida.

-Ignoro cmo se me ha deslizado una sentencia que ahora desecho-insisti l-, porque no deb haber dicho que despus del mal comenz el orden; antes bien, se ha de creer que siempre estuvo en Dios, como ha sostenido Trigecio, la divina justicia y que no vino a aplicarse hasta que hubo males.

-Vuelves a caer en el cepo-le contest yo-, siempre permanece inconcuso lo que no quieres; porque haya estado el orden en Dios o haya comenzado a coexistir con el mal, siempre resulta que el mal naci fuera del orden. Y si concedes esto, debes igualmente confesar que puede hacerse algo contra el orden; y con esto se debilita y cae por tierra tu causa; si no lo concedes, parece que el mal se origina del orden de Dios, y entonces le confiesas autor de los males, lo cual es una impiedad horrible.

Habindose repetido esto tantas veces, porque no lo entenda o simulaba no entenderlo, cerr la boca y guard silencio.

Entonces dijo la madre :

-Yo creo que algo puede hacerse fuera del orden de Dios, porque el mismo mal que se ha originado no ha nacido del orden divino; pero la divina justicia no le ha consentido estar desordenado y lo ha reducido y vinculado al orden conveniente.

24. Viendo yo aqu con qu afn y entusiasmo buscaban todos a Dios, pero sin tener un concepto claro del orden, con que se llega a la inteligencia de su inefable Majestad, les dije:

-Os ruego que, si amis mucho el orden, no permitis en vosotros ninguna precipitacin ni desorden. Pues si bien una secretsima razn nos promete demostrar que nada se hace fuera del orden divino, con todo, si al maestro de escuela visemos empeado en ensear a un nio el silabario antes de darle a conocer las letras, no digo que sera digno de risa y un necio, sino un loco de atar, por no guardar el mtodo de la enseanza. Y cosas de este gnero cometen a granel los ignorantes, que son reprendidos y burlados por los doctos, y los dementes, censurados hasta por los necios; y, sin embargo de que aun todas estas cosas, tenidas como perversas, no se exorbitan de un orden divino, promete evidenciarlo a las almas amantes de Dios y de s mismas una disciplina elevada y remotsima del alcance de la multitud, comunicndoles una certeza superior a la que ofrecen las verdades de la matemtica.

CAPTULO VIII
Se ensean a los jvenes los preceptos de la vida y el orden de la erudicin

25. Esta disciplina es la misma ley de Dios, que, permaneciendo siempre fija e inconcusa en l, en cierto modo se imprime en las almas de los sabios; de modo que tanto mejor saben vivir y con tanta mayor elevacin, cuanto ms perfectamente la contemplan con su inteligencia y la guardan con su vida. Y esa disciplina a los que desean conocerla les prescribe un doble orden, del que una parte se refiere a la vida y otra a la instruccin.

Los jvenes dedicados al estudio de la sabidura se abstengan de todo lo venreo, de los placeres de la mesa, del cuidado excesivo y superfluo ornato de su cuerpo, de la vana aficin a los espectculos, de la pesadez del sueo y la pigricia, de la emulacin, murmuracin, envidia, ambicin de honra y mando, del inmoderado deseo de alabanza. Sepan que el amor al dinero es la ruina cierta de todas sus esperanzas. No sean ni flojos ni audaces para obrar. En las faltas de sus familiares no den lugar a la ira o la refrenen de modo que parezca vencida. A nadie aborrezcan. Anden alerta con las malas inclinaciones. Ni sean excesivos en la vindicacin ni tacaos en perdonar. No castiguen a nadie sino para mejorarlo, ni usen la indulgencia cuando es ocasin de ms ruina. Amen como familiares a todos los que viven bajo su potestad. Sirvan de modo que se avergencen de ejercer dominio; dominen de modo que les deleite servirles. En los pecados ajenos no importunen a los que reciban mal la correccin. Eviten las enemistades con suma cautela, sfranlas con calma, termnenlas lo antes posible. En todo trato y conversacin con los hombres atnganse al proverbio comn: "No hagan a nadie lo que no quieren para s". No busquen los cargos de la administracin del Estado sino los perfectos. Y traten de perfeccionarse antes de llegar a la edad senatorial, o mejor, en la juventud. Y los que se dedican tarde a estas cosas no crean que no les conciernen estos preceptos, porque los guardarn mejor en la edad avanzada. En toda condicin, lugar, tiempo, o tengan amigos o bsquenlos. Muestren deferencia a los dignos, aun cuando no la exijan ellos. Hagan menos caso de los soberbios y de ningn modo lo sean ellos. Vivan con orden y armona; sirvan a Dios; en l piensen; bsquenlo con el apoyo de la fe, esperanza y caridad. Deseen la tranquilidad y el seguro curso de sus estudios y de sus compaeros; y para s y para cuantos puedan, pidan la rectitud del alma y la tranquilidad de la vida.

CAPTULO IX
Dos medios para aprender: la autoridad y la razn

26. Faltan ahora que exponer las normas con que han de instruirse los que ya aprendieron a vivir bien. Dos caminos hay que nos llevan al conocimiento: la autoridad y la razn. La autoridad precede en el orden del tiempo, pero en realidad tiene preferencia la razn. Porque una cosa es lo que se prefiere en el orden ejecutivo y otra lo que se aprecia ms en el orden de la intencin. As, pues, si bien a la multitud ignorante parece ms saludable la autoridad de los buenos, la razn es preferida por los doctos.

Mas como todo hombre sin duda se hace docto de indocto y ningn indocto conoce la disposicin y la docilidad d vida con que debe ponerse bajo la direccin de los maestros, resulta que a todos cuantos desean llegar al conocimiento de las grandes y ocultas cuestiones, la autoridad les abre la puerta. Y una vez que entr sin ninguna hesitacin observa los mejores preceptos morales, y capacitado por ellos, al fin ver cuan razonables son las cosas que abraz sin comprender an; y qu es la razn, a la que sigue con firmeza y seguridad despus de dejar la cuna de la autoridad; y qu el entendimiento, donde estn todas las cosas, o ms bien, l es todas ellas; y cul es el principio de todas las cosas, y cmo es superior al universo. A estos conocimientos llegan pocos en esta vida, y en la otra no puede aspirarse a otros mejores.

Mas a quienes, contentndose slo con la autoridad, se esfuerzan por alcanzar la prctica de una vida buena y morigerada, sea por desdn, sea por dificultad de imbuirse en las disciplinas liberales, no s cmo llamarlos bienaventurados en sta vida; pero creo, sin duda, que al dejar el cuerpo mortal, cuanto mejor o peor vivieron, tanto ms fcil o difcilmente alcanzarn su liberacin,

27. La autoridad puede ser divina y humana; la divina es la verdadera, firme y suprema. Y al buscarla se ha de temer la maravillosa potencia de engaar que tienen los demonios, pues por medio de la adivinacin de cosas relativas a la percepcin sensible y por algunas obras han logrado engaar fcilmente a las almas amigas de sortilegios, ambiciosas de mando o temerosas de milagros vanos.

Aqulla es la verdadera autoridad divina que no slo trasciende con signos sensibles toda humana potestad, sino que, actuando sobre el nombre, le manifiesta cmo se abati por l y le manda librarse de la tirana de los sentidos y aun de los mismos milagros sensibles elevarse a su interpretacin espiritual, demostrndole a la par cunto puede l obrar aqu y por qu puede todo esto y lo poco que lo estima. Ha d descubrir con sus milagros el poder, y con la humildad su clemencia, y su naturaleza con mandatos, cosas todas que se nos ensean ms ntima y seguramente en las verdades sagradas en que estamos inicindonos, pues por ellas la vida de los buenos se purifica muy fcilmente, no con rodeos de disputas, sino con la autoridad de los misterios.

La autoridad humana, en cambio, engaa muchas veces; y en ella aventajan particularmente, segn el aprecio de los ignorantes, los que dan muchos indicios de la verdad de su doctrina, conformando su enseanza con el ejemplo. Y si a esto se agrega que tienen algunos bienes de fortuna, cuyo uso los engrandece y les granjea reverencia, ser muy difcil que quien d crdito a sus preceptos de buen vivir sea digno de censura.

CAPTULO X
Pocos cumplen los preceptos de la vida

28. Aqu dijo Alipio:

-Una grandiosa imagen de la vida, tan completa como breve, acabas de trazar ante nuestros ojos, y aunque aspiremos a ella por tus consejos diarios, hoy nos hemos enardecido, y nos has hecho ms entusiastas. A esta clase de vida deseara que llegsemos no slo nosotros, sino todos los hombres, a ser posible, y que a ella se abrazasen, si, como son tan fciles de entender, lo fueran de practicarse estos consejos. Pues no s cmo-y Dios aparte de nosotros esta desgracia-el espritu humano, al or tales cosas, las proclama celestiales, divinas y absolutamente verdaderas; pero en la prctica sucede otra cosa; de tal modo, que me parece que para cumplir estos preceptos se requieren hombres divinos o que cuenten con un divino auxilio para ello.

Yo le respond:

-Los anteriores preceptos del arte de vivir, que, como siempre, te placen a ti tanto, Alipio, aunque los he expresado yo oportunamente con mis palabras, t sabes muy bien que no son invencin ma. Estn entresacados de los libros de los grandes ingenios y de hombres excelentsimos; hago esta observacin no por ti, sino por los jvenes, para que no los menosprecien, tomndolos por cosa ma. Porque no quiero que ellos me crean a m sino cuando razono y pruebo lo que les digo; y este mismo discurso, que t has intercalado aqu, creo que contribuir a inflamar su entusiasmo en asunto de tanta gravedad. Para ti s que no son difciles de seguir dichos preceptos, pues con tanta avidez los has arrebatado y con tan generoso mpetu has entrado en ellos que, si bien yo soy para ti maestro de las palabras, t eres para m maestro de ejemplo. No hay aqu motivo alguno de adularte, porque no creo que t te hagas ms estudioso con una falsa alabanza, y por otra parte los presentes nos conocen a ambos, y este escrito ir dirigido al que a todos nos conoce.

29. Si me atengo a tus palabras, para ti es ms escaso que para m el nmero de los hombres rectos y sanos y de ptimas costumbres; pero repara en que muchos se hallan ocultos, y en los muchos que no se ocultan, lo ms admirable en ellos est escondido a la vista: se trata de cosas del espritu, el cual es inaccesible directamente a los sentidos, y muchas veces, mezclndose en la conversacin de los hombres viciosos, dice cosas que parece aprobar o desear. Obra igualmente muchas cosas contra su gusto o para evitar el odio de los hombres o para huir de sus majaderas; y al informarnos de esto, formamos juicio diferente del que nos podan sugerir los sentidos. De donde resulta que a muchos no los creemos cuales son para s mismos y sus familiares. Podrs persuadirte de lo dicho por el conocimiento que slo tenemos nosotros de las excelentes cualidades de algunos amigos nuestros. Nace este error de que muchos de improviso se convierten y dedican a una admirable vida, y mientras no se manifiesta por algunos hechos relevantes, no se cambia sobre ellos la antigua reputacin. Para no ir muy lejos, quin, habiendo conocido a estos jvenes, creer fcilmente que con tanto arrojo se han lanzado al estudio de las ms graves cuestiones, renunciando a la vida mundana y placeres? Desterremos, pues, esta opinin de nuestro nimo, pues aquel divino socorro a que antes aludas religiosamente al fin de tu discurso desempea el oficio de su clemencia por todos los pueblos con ms amplitud y generosidad de lo que muchos creen. Y volvamos, si os place, al orden de nuestra discusin, y porque hemos hablado bastante de la autoridad, veamos lo que la razn exige.

CAPTULO XI
Qu es la razn.-Sus vestigios en el mundo sensible. diferencia entre lo racional y lo razonable

30. Razn es el movimiento de la mente capaz de discernir y enlazar lo que conoce; guiarse de su luz para conocer a Dios y el alma que est en nosotros o en todas partes es privilegio concedido a poqusimos hombres; y la causa es porque resulta difcil al que anda desparramado en las impresiones de los sentidos entrar en s mismo. As, pues, como los hombres se esfuerzan por obrar con la razn en todo, aun en las mismas cosas falaces, son raros los que conocen la razn y sus cualidades. Hecho extrao, pero innegable. Bast por ahora con lo dicho, porque si me propusiera dilucidaros, como merece, materia tan excelente, sera tan inepto como arrogante, aunque slo presumiese conocerla. No obstante, segn se ha dignado manifestarse en cosas conocidas por nosotros, indagumosla, si podemos, porque as lo exige el desarrollo de nuestro discurso.

31. Y primero veamos a qu cosas se aplica ordinariamente esta palabra razn. Y nos interesa mucho saber que el hombre fue definido por los antiguos sabios as: el hombre es un animal racional, mortal. Puesto el gnero de animal, le han agregado dos diferencias, con el fin de advertir al hombre, segn yo entiendo, dnde debe refugiarse y de dnde debe huir. Pues as como el alma, extraada de s misma, cay en las cosas mortales, as debe regresar y volver a la intimidad de la razn. Por ser racional, aventaja a las bestias; por ser mortal, se diferencia de las cosas divinas. Si le faltara lo primero, sera un bruto; si no se apartara de lo segundo, no podra deificarse. Pero como hombres doctsimos suelen distinguir aguda y sutilmente la diferencia que hay entre lo racional y lo razonable, quiero tomarla en cuenta, porque viene a nuestro propsito. Racional llamaron a lo que usa o puede usar de razn; razonable, lo que est hecho o dicho conforme a razn. Estos baos podemos llamarlos razonables, y tambin estos nuestros discursos; y racionales son el artfice de los primeros y nosotros que conversamos aqu. As, pues, la razn procede del alma racional, y se aplica a las obras y a los discursos razonables.

32. Dos cosas, pues, veo donde la fuerza y la potencia de la razn puede ofrecerse a los mismos sentidos: las obras humanas, que se ven, y las palabras, que se oyen. En ambas usa la mente de un doble mensajero, indispensable para la vida corporal: el de los ojos y el de los odos. As, cuando vemos una cosa compuesta de partes congruentes entre s, decimos muy bien qu nos parece razonable. Cuando omos tambin una msica bien concertada, decimos que suena razonablemente. Al contrario, sera disparat decir: huele razonablemente, o sabe razonablemente, o es razonablemente blando, a no ser que se aplique esto a cosas que con algn fin han sido procuradas por los hombres para que tuviesen tal perfume, tal sabor, tal grado de calor, etc. Como si alguien, atendiendo a la razn del fin, dice que huele razonablemente un lugar ahumado con fuertes olores para ahuyentar a las serpientes; o que una pcima que propina el mdico es razonablemente amarga o dulce; o si se manda templar un bao para un enfermo, se dice que est razonablemente caliente o tibio. Pero nadie, entrando en un jardn y tomando una rosa, exclama: " Qu razonablemente huele esta rosa! ", aunque el mdico le haya mandado olera. Pues entonces dcese que lo mandado y recetado es razonable, pero no puede llamarse as el olor de la rosa, por ser un olor natural. Cuando un cocinero prepara un manjar, podemos decir que est razonablemente guisado; pero decir que sabe razonablemente no lo consiente la costumbre del lenguaje, porque no hay ninguna cosa extrnseca, sino la satisfaccin de un gusto presente.

Preguntad a un enfermo a quien el mdico ha recetado una pocin por qu debe ser tan dulce, y no os dar como causa el placer que le produce; alegar el motivo de la enfermedad, que no afecta al gusto, sino al estado del cuerpo, que es cosa diversa. Pero si preguntamos a un goloso catador de algn manjar por qu es tan dulce y responde: porque me agrada, porque hallo gusto, nadie dice que es aquello razonablemente dulce, a no ser que su dulzura sea necesaria para otro fin y lo que se toma se ha hecho con este fin.

33. Segn hemos averiguado, pues, hallamos ciertos vestigios de la razn en los sentidos; y con respecto a la vista y el odo, hasta en lo deleitable. En la satisfaccin de los dems sentidos se da este nombre no por causa del placer, sino por otro fin que prevalece con alguna obra realizada intencionadamente por un ser racional. En lo tocante a los ojos, la congruencia razonable de las partes se llama belleza, y en lo relativo a los odos, un concierto agradable o un canto compuesto con debida armona recibe el nombre propio de suavidad. Pero ni en las cosas bellas, cuando nos agrada un color, ni en la suavidad del odo, cuando pulsando una lira suena clara y dulcemente, acostumbramos a decir que aquello es razonable. Para decir que la razn participa del placer de estos sentidos se requiere que haya cierta proporcin y armona.

34. As, pues, cuando observamos bien en este mismo edificio todas sus partes, no puede menos que ofendernos el ver una puerta colocada a un lado, la otra casi en medio, pero no en medio. Porque en las artes humanas, no habiendo necesidad, la desigual dimensin de las partes ofende, en cierto modo, a nuestra vista. En cambio, es cosa evidente, y que no necesita declararse con muchas palabras, cunto nos deleitan las tres ventanas internas debidamente colocadas, a intervalos iguales dos a los lados y una en medio, para dar luz al cuarto de bao. Por lo cual, hasta los mismos arquitectos llaman razn a este modo d disponer las partes; y dicen que las desigualmente colocadas carecen de razn.

Es una forma de hablar muy difundida y que ha pasado a todas las artes y obras humanas. Y en los versos, donde tambin decimos que hay una razn, que pertenece al gusto de los sentidos, quin no sabe que la medida y dimensin es artfice de toda su armona? Pero en los movimientos cadenciosos de una danza, donde toda la mmica obedece a un fin expresivo, aunque cierto movimiento rtmico de los miembros deleita los ojos con su misma dimensin, con todo, se llama razonable aquella danza, porque el espectador inteligente comprende lo que significa y representa. dejando aparte el placer sensual. Si se hace una Venus alada y un Cupido cubierto con un manto, aun dndoles un maravilloso donaire y proporcin de los miembros, no parece que se ofenden los ojos, pero s el nimo, a quien toca la interpretacin de los signos. Los ojos se ofenderan privndolos de la armona de los movimientos. Porque ste pertenecera al sentido, en el que el alma, por hallarse unida al cuerpo, percibe su deleite. Una cosa es, pues, el sentido y otra lo que se percibe por el sentido; al sentido halagan los movimientos rtmicos, y al nimo, al travs del sentido corporal, le place la agradable significacin captada en el movimiento. Lo mismo se advierte ms fcilmente en los odos: lo que suena suavemente agrada al rgano sensitivo; pero los bellos pensamientos, aunque expresados por medio de voces que impresionan al odo, slo ellos entran en la ment. As, pues, cuando omos aquellos versos: " Mustrenme las musas por qu los soles invernales se apresuran tanto a baarse en el ocano y por qu se retardan las noches perezosas del esto", de diverso modo alabamos la armona del verso y la belleza del pensamiento. Ni en el mismo sentido decimos que una armona es bella o que una expresin es razonable.

CAPTULO XII
La razn, inventora de todas las artes.-Ocasin de los vocablos, de las letras, de los nmeros, de la divisin de las letras, slabas y palabras.-Origen de la historia

35. Hay, pues, tres gneros de cosas en que se muestra la obra de la razn: uno, en las acciones relacionadas con un fin; el segundo, en el lenguaje; el tercero, en el deleite. El primero nos amonesta a no hacer nada temerariamente; el segundo, a ensear con verdad; el tercero nos invita a la dichosa contemplacin. El primero se relaciona con las costumbres; el segundo y el tercero, con las artes, de que hablamos aqu. Porque la potencia razonadora que usa, sigue o imita lo que es racional, pues por un vnculo natural est ligado el hombre a vivir en sociedad con los que tienen comn la razn, ni puede unirse firmsimamente a otros, sino por el lenguaje, comunicando y como fundiendo sus pensamientos con los de ellos. Por eso vio la necesidad de poner vocablos a las cosas, esto es, fijar sonidos que tuviesen una significacin, y as, superando la imposibilidad de una comunicacin directa de espritu a espritu, valise de los sentidos como intermediarios para unirse con los otros. Pero vio que no podan orse las palabras de los ausentes, y entonces invent las letras, notando y distinguiendo todos los sonidos formados por l movimiento de la boca y de la lengua. Mas no se poda hablar ni escribir an, en medio de la multitud inmensa de cosas que se extienden a lo infinito, sin ponerles un lmite fijo. Advirti, pues, la grande necesidad del clculo y de la numeracin. De ambas invenciones naci la profesin de los calgrafos y calculadores. Era como una infancia de la gramtica; segn dice Varrn, comprenda los elementos de la lectura, escritura y del clculo. Su nombre griego no recuerdo en este momento.

36. Y siguiendo adelante, la razn not los diversos sonidos que constituyen nuestro lenguaje y dan lugar a nuestra escritura, y unos piden moderada abertura d la boca para que se produzcan limpios y fciles, sin esfuerzo de colisin; otros se emiten con diferentes compresiones de los labios para producir el sonido: las ltimas, finalmente, deben reunirse a las primeras para su formacin. Y as, segn el orden en que se ha expuesto, las llam vocales, semivocales y mudas. Despus combin las slabas, y luego agrup las palabras en ocho clases y formas, distinguiendo con pericia y sutileza sus movimientos, integridad y enlace. Y estudiando la armona y medidas, aplic su atencin a las diversas cantidades de las palabras y slabas; y advirtiendo que en la pronunciacin de unas se requiere doble espacio de tiempo que en otras, clasific las slabas en largas y breves, y organizndolo todo, lo redujo a reglas fijas.

37. Poda darse por terminada la gramtica, pero como su mismo nombre reclama la profesin de las letras-de donde le viene el nombre de literatura en latn-, a ella pertenece perpetuar por escrito todo cuanto hay digno de memoria. Vino, pues, a abrazarse con ella la historia, nombre nico, pero en l se encierran infinidad de cosas de mltiple variedad; y que est ms llena de afanes que de gusto y de verdad y es laboriosa lo mismo para los historiadores que para los gramticos. Porque quien aguantar que se tilde de ignorante a un hombre que no ha odo hablar d Ddalo volando por los aires y no se tache de mentiroso al que ha inventado tal fbula, de insensato al que la cree y de petulante al que promueve cuestiones sobre ella? Y cunto no compadezco a mis familiares, a quienes se les moteja de tontos por no saber responder qu nombre tena la madre de Euralo, y que ellos no se atrevan a tener por vanos, necios y curiosos a los que tales preguntas dirigen!

CAPTULO XIII
Origen de la dialctica y retrica

38. Una vez acabada y organizada la gramtica, la razn pas al estudio de la misma actividad pensante y creadora de las artes, porque no slo las haba reducido a cuerpo orgnico por medio de definiciones, divisiones y sntesis, sino tambin las defendi de todo error. Pues cmo poda pasar a nuevas construcciones sin asegurarse primero de la perfeccin y seguridad de sus instrumentos, distinguindolos, notndolos, clasificndolos y creando de este modo la disciplina de las disciplinas, que es la dialctica? Ella nos da el mtodo para ensear y aprender; en ella se nos declara lo que es la razn, su valor, sus aspiraciones y potencia. Nos da la seguridad y certeza de lo que sabemos.

Pero como muchas veces los hombres, cuando se les persuade de las cosas buenas, tiles y honestas, no siguen el dictamen de la verdad pura, que brilla a los ojos de muy pocos, sino se van en pos del halago de los sentidos y de la propia costumbre, era necesario no slo instruirlos segn su capacidad, mas tambin muchas veces enardecerlos para la prctica. Llam retrica a esta disciplina, confindole la misin, ms necesaria que sencilla, de esparcir y endeliciar al pueblo con variadsimas amenidades, atrayndole a buscar su propio bien y provecho. Mirad hasta dnde se elev por las artes liberales la parte racional aplicada al estudio de la significacin de las palabras.

CAPTULO XIV
La msica y la poesa.-Tres clases de sonidos.-Origen de la palabra "verso".-El ritmo

39. Por estas gradas, la razn quiso elevarse a la contemplacin beatsima de las mismas cosas divinas. Mas para no caer de lo alto busc una escala, abrindose camino al travs de lo que posea y haba ordenado. Deseaba contemplar la hermosura que sola y con una simple mirada puede verse sin los ojos del cuerpo; pero la impedan los sentidos. As, pues, volvi la mirada hacia los mismos sentidos, los cuales, blasonando de poseer la verdad, nos importunan con su tumulto, cuando ms queremos subir arriba. Y primero comenz por los odos, los cuales alegaban que eran cosa de su jurisdiccin las palabras, de que nacieron la gramtica, la dialctica y retrica. Pero con su maravillosa potencia de discernimiento pronto advirti la razn la diferencia que hay entre los sonidos y la idea que expresan y que a la jurisdiccin de los odos slo pertenecen los sonidos, agrupados en tres clases: el formado por la voz animal, el producido por el soplo del aire y el que se obtiene por percusin. Producen el primero los actores trgicos, cmicos y todos los que cantan con voz propia; el segundo, las flautas y dems instrumentos de aire; el tercero, las arpas, liras, tambores y dems instrumentos de percusin.

40. Not tambin que los sonidos son materia deleznable si no se distribuyen con cierta medida de tiempo y combinacin de notas agudas y graves. Y volviendo a la gramtica y examinando los pies y los acentos, reconoci que all estaba el germen de lo que buscaba ahora. Y como en el desarrollo del discurso hay una casi igual distribucin de slabas breves y largas, quiso combinar con cierto orden y variedad aquellos pies y acentos; y siguiendo en esto primero a los sentidos, introdujo unas divisiones, que llam cesura y hemistiquios. Y a fin de que el nmero de los pies no se multiplicase ms de lo que puede abarcar el juicio, estableci un lmite y un trmino para que, llegado all, se volviese, y de aqu el nombre de verso. Design con el nombre de ritmo, que en latn equivale a nmero, lo que se halla distribuido y fluye con un orden racional de pies, aunque no sigue una medida uniforme. De aqu nacieron los poetas, y al considerar en ellos no slo los efectos maravillosos que producen con la armona de los sonidos, sino tambin con la fuerza de las palabras y argumentos, los honr muchsimo, otorgndoles potestad para componer toda clase de ficciones razonables. Y como traan su origen de aquella primera disciplina, permiti a los gramticos ser sus jueces.

41. En este cuarto grado, ora en los ritmos, ora en la misma modulacin, se percat de que reinaban los nmeros y que todo lo hacan ellos; investig, pues, con suma diligencia su naturaleza, y descubri que haba nmeros divinos y eternos, y, sobre todo, que con su ayuda haba organizado todo cuanto precede. Y no poda soportar que su esplendor y pureza se ofuscase en la materia corporal de las voces; y como lo que constituye el objeto de la contemplacin del espritu siempre est presente y se aprueba como inmortal, y tales eran aquellos nmeros; y, al contrario, los sonidos pertenecen a un orden sensible y se desvanecen en el tiempo, dejando su impresin en la memoria, por la licencia que dio la razn a los poetas para forjar mitos, se fingi que las Musas son hijas de Jpiter y de la Memoria. (Gozar tambin de semejante licencia la progenie?) Por eso esta disciplina, sensual e intelectual a la vez, se llam msica.

CAPTULO XV
La geometra y la astronoma

42. De aqu pasando a los dominios de los ojos y recorriendo cielos y tierra, advirti que nada le placa, sino la hermosura, y en la hermosura las figuras, y en las figuras las dimensiones, y en las dimensiones los nmeros; e indag si en lo real estn las lneas y las esferas o cualquier otra forma, y figura, como se contienen en la inteligencia. Y hall la ventaja a favor de sta, sealando la diferencia entre las figuras corporales y las ideales de la mente. Llam geometra a la ciencia que distingue y ordena estos conocimientos. Y le admiraban mucho los movimientos del cielo, y se puso a estudiarlos diligentemente; y hall que igualmente predominaban all las dimensiones y los nmeros en las vicisitudes regulares de los tiempos, en los movimientos fijos y concertados de los astros, en los intervalos moderados de las distancias. Orden con definiciones y divisiones todos los resultados, e invent la astronoma, grandioso espectculo para las almas religiosas, duro trabajo para los curiosos.

43. En todas estas disciplinas, doquiera le salan al encuentro proporciones numricas, que brillaban con ms evidencia y fulgor de verdades absolutas en el propio reino del pensamiento y de la intuicin interior que en el mundo sensible, donde aparecan ms bien como sombra y vestigios de ellas.

Aqu se irgui mucho y cobr grande nimo la razn, atrevindose a probar que era inmortal. Estudi todo diligentemente, y se percat de su fuerza y que todo su poder estaba en la potencia de los nmeros. Y le centelle una maravillosa vislumbre, sospechando que ella misma era el nmero que regulaba todas las cosas, o si no lo era, all estaba l como trmino a donde quera llegar. Lo abraz, pues, con todas sus fuerzas, como revelador de toda la verdad, aquel de que hizo mencin Alipio en la disputa contra los acadmicos, como de un Proteo que estaba en sus manos. Porque las imgenes falaces de las cosas que numeramos, procedentes de aquel principio secreto de toda medida y clculo, se apoderan de nuestro espritu y frecuentemente nos hacen perder al que tenamos asido.

CAPTULO XVI
Las artes liberales elevan el espritu a Dios

44. Quien no se deje seducir de ellas y cuanto halla disperso en las varias disciplinas lo unifica y reduce a un organismo slido y verdadero, merece muy bien el nombre de erudito, dispuesto para consagrarse al estudio de las cosas divinas, no slo para creerlas, sino tambin para contemplarlas, entenderlas y guardarlas. Al contrario, el que vive esclavizado de los apetitos, sediento de las cosas transitorias, o tambin el que se ha libertado ya de ese cautiverio y vive en continencia, pero no sabe lo que es la nada, la materia informe, lo que est formado y no tiene alma, el cuerpo y la forma en el cuerpo, el espacio y el tiempo, la localizacin y la temporalidad; el que ignora qu es el movimiento local y el cambio, el movimiento estable y la inmortalidad; el qu no tiene idea de lo que es trascender todo lugar y todo tiempo y existir siempre, lo que es no hallarse en ninguna parte, siendo inmenso, ni encerrado en ningn lmite de tiempo, siendo eterno; quien no sepa esto y se mete a investigar, no la naturaleza de Dios, a quien se conoce mejor ignorando, sino la naturaleza de la misma alma, caer en toda clase de errores. Y ms fcilmente responder a esta clase de problemas el que tuviere conocimiento de los nmeros abstractos e inteligibles, para cuya comprensin se requiere vigor de ingenio, madurez de edad, ocio, bienestar y vivo entusiasmo para recorrer suficientemente el orden indicado de las disciplinas liberales. Pues como esas artes se ordenan en parte al provecho de la vida, en parte a la contemplacin y conocimiento d las cosas, es dificilsimo adquirir su ejercicio, si no se emplea desde nio mucho ingenio, mucho entusiasmo y perseverancia.

CAPTULO XVII
Los ignorantes no deben dedicarse a problemas arduos

45. Mas viniendo a los conocimientos que hemos menester para proseguir nuestro estudio, no te amedrente, oh madre!, esta selva inmensa de cosas. Porque de todas esas artes se escogern algunas ideas esenciales y genricas, muy pocas en nmero, pero de gran eficacia y difciles de asimilar para muchos, pero no para ti, porque tu ingenio me parece nuevo cada da, y tu espritu, alejadsimo por la edad y templanza de todas las bagatelas y limpio de toda corrupcin corporal, se ha erguido a una maravillosa altura. Para ti sern tan fciles estas cosas como difciles a los muy torpes de ingenio y a los que arrastran una vida miserable. Si te prometo que fcilmente llegars al lenguaje puro de todo vicio, no te dir la verdad, porque aun a m, obligado por mi profesin al estudio de estas cosas, los italianos me reprochan por la defectuosa pronunciacin de muchas palabras. Es verdad que yo, a mi vez, les devuelvo el mismo reproche en cuanto al sonido mismo. Porque una cosa es la certeza adquirida por el conocimiento del arte, otra la seguridad lograda con el uso de la gente. En lo que toca a los llamados solecismos, tal vez quien con atencin analice mis discursos los hallar, pues no ha faltado quien me ha persuadido con mucha pericia de que algunos de stos vicios los ha cometido el mismo Cicern. Y en nuestro tiempo se ha averiguado tal gnero de barbarismos, que parece brbaro hasta el mismo discurso con qu salv a Roma. Pero t, menospreciando todas estas cosas pueriles o no haciendo caso de ellas, conoces de tal modo la fuerza casi divina y la naturaleza de la gramtica, que parece que posees su alma, habiendo dejado su cuerpo para los eruditos.

46. Lo mismo digo de las dems artes, las cuales, si totalmente desestimas, rugote con la confianza propia de un hijo, que conserves firme y prudentemente la fe que has recibido con los sagrados misterios, y permanece firme y cuidadosamente en la vida y costumbres que has profesado.

Hay problemas muy arduos y divinos; por ejemplo, cmo no siendo autor del mal y siendo omnipotente Dios, se cometen tantos males, y con qu fin cre el mundo, no teniendo necesidad de l; si el mal es eterno o comenz con el tiempo; y si es eterno y estuvo sometido a Dios; si tal vez siempre existi el mundo donde el mal fuese dominado por un orden divino; y si el mundo comenz a existir alguna vez, cmo antes de su existencia el mal estaba sofrenado por la potestad de Dios; y qu necesidad haba de fabricar un mundo en que, para tormento de las almas, se incluyese el mal, frenado antes por el divino poder; si se supone un tiempo en que l no estaba bajo el dominio divino, qu ocurri de improviso que no haba acaecido en eternos tiempos anteriores (porque es incalificable necedad, por no decir impiedad, sostener que hubo un cambio de consejo); y si decimos que el mal fue inoportuno y hasta nocivo para Dios, segn piensan algunos, no habr docto que no se burle ni indocto que no se irrite por semejante dislate. Pues qu dao pudo hacer a Dios aquella no s qu naturaleza del mal? Si dicen que no pudo daarle, no habr motivo para fabricar el mundo; si pudo daarle, es imperdonable iniquidad creer a Dios violable, sin otorgarle siquiera la potencia de esquivar el golpe de la violacin. Porque creen tambin que las almas aqu purgan su pena, pues no admiten diferencia entre la substancia de Dios y la de ellas. Si decimos que este mundo no ha sido creado, es una ingratitud e impiedad creerlo, porque la consecuencia ser admitir que Dios no lo ha creado. Todas estas cuestiones y otras semejantes, o hay que estudiarlas con aquel orden de erudicin que hemos expuesto o dejarlas enteramente.

CAPTULO XVIII
Por qu orden el alma es elevada a su propio conocimiento y al de la unidad

47. Y para que nadie piense que he emprendido un tema vastsimo, lo resumo todo ms llana y brevemente. Y digo que al conocimiento de todos estos problemas nadie debe aspirar sin el doble conocimiento de la buena argumentacin y de la potencia de los nmeros. Si aun esto les parece mucho, aprendan bien o la ciencia de los nmeros o el arte de razonar bien. Si todava les acobarda esto, ahonden en el conocimiento de la unidad numrica y de su valor, sin considerarla en la suprema ley y sumo orden de todas las cosas, sino en lo que cotidianamente sentimos y hacemos. Se afana por esta erudicin la misma filosofa, y llega a la unidad, pero de un modo mucho ms elevado y divino. Dos problemas le inquietan: uno concerniente al alma, el otro concerniente a Dios. El primero nos lleva al propio conocimiento, el segundo al conocimiento de nuestro origen. El propio conocimiento nos es ms grato, el de Dios ms caro; aqul nos hace dignos de la vida feliz, ste nos hace felices. El primero es para los aprendices, el segundo para los doctos. He aqu el mtodo de la sabidura con que el hombre se capacita para entender el orden de las cosas, conviene a saber: para conocer los dos mundos y el mismo principio de la universalidad de las cosas, cuya verdadera ciencia consiste en la docta ignorancia.

48. Siguiendo, pues, este orden, el alma consagrada ya a la filosofa, primeramente examnase a s misma, y si est persuadida ya por la erudicin de que la razn es una fuerza propia, o que ella misma es la razn, y que en la razn no hay cosa mejor ni ms poderosa que los nmeros, o que no es ms que un nmero ella misma, tendr consigo este discurso: yo, con un movimiento interior y oculto, puedo separar y unir lo que es objeto de las disciplinas, y esta fuerza se llama razn. Mas qu ha de separarse, sino lo que parece uno y no lo es o no es tan uno como parece? Asimismo, por qu ha de enlazarse una cosa, sino para unificarla cuanto es posible? Luego, lo mismo al analizar que al sintetizar, busco la unidad, amo la unidad; mas cuando analizo, la busco purificada; cuando sintetizo, la quiero ntegra. En aqulla se prescinde de todo elemento extrao; en sta se recoge todo lo que le es propio para lograr una unidad perfecta y total.

La piedra, para ser piedra, tiene todas sus partes y toda su naturaleza coagulada en la unidad. Qu es un rbol? Sera rbol si no fuera uno? Y los miembros y las vsceras de cualquier animal y todas las partes de que se compone, si se desgarran en su unidad, no habr animal. Los que se aman, buscan otra cosa ms que la unin? Y cuanto ms se unen, son ms amigos. El pueblo es un conjunto de ciudadanos para los cuales es peligrosa la disensin. Y qu es disentir ms que no sentir una misma cosa? Con muchos soldados se forma un ejrcito; y no es verdad que la multitud es tanto ms invencible cuanto guarda mejor cohesin entre s? Y esta cohesin en la unidad se llam cua-cuneus-, como couneus, unin reforzada. Qu busca tambin el amor, sino adherirse al que ama y, si es posible, fundirse con l? La grande fuerza del deleite proviene cabalmente d la mucha unin con que se traban entre s los amantes. Y el dolor es pernicioso, porque se empea en desgarrar la unidad. Luego daoso y peligroso es formar unin con lo que puede separarse.

CAPTULO XIX
Superioridad del hombre sobre los animales, cmo puede ver a Dios

49. Con muchos materiales dispersos desordenadamente antes, pero reunidos, construyo una casa. Yo valgo ms que ella, porque soy su causa y ella es mi hechura; tengo ms aventajada naturaleza, porque la fabrico; por eso no puede dudarse de que valgo ms que la casa. Mas mirando a esta luz, no sera mejor que una golondrina o una abejita, pues la primera ingeniosamente construye su nido y la segunda su panal; mas yo aventajo a las dos, porque soy animal racional. Pero si la razn se manifiesta en las medidas bien calculadas, acaso las aves miden con menor exactitud y proporcin el nido que construyen? Ciertamente, es proporcionadsimo. Luego yo soy superior, no por fabricar cosas bien proporcionadas, sino por conocer las proporciones. Y cmo! los pjaros sin conocer los nmeros pueden construir nidos con toda proporcin? Sin duda alguna. Cmo puede explicarse esto? Con el hecho que tambin nosotros adaptamos la lengua con los dientes y el paladar para formar las palabras, sin pensar al hablar en los movimientos que hemos de hacer con la boca. Adems, no hay buenos cantores sin saber msica, porque con el sentido natural observan al cantar el ritmo y la meloda que conservan en la memoria?  Puede darse una cosa mejor proporcionada? El ignorante no sabe esto, pero lo hace con l impulso de la naturaleza. Mas cundo es mejor el hombre y aventaja a los animales? Cuando sabe lo que hace. Luego no hay en m ningn fundamento de superioridad sobre los animales, sino ste: que yo soy un animal racional.

50. Cmo, pues, siendo inmortal la razn, soy definido yo corno un animal racional y mortal? Acaso la razn no es inmortal? Uno es a dos como dos es a cuatro: he aqu razn absolutamente cierta. Tan verdadera era ayer como hoy, como lo ser maana y siempre; y aunque este mundo perezca, no dejar de ser verdadera esa razn. Ella siempre es la misma, mientras el mundo no tuvo ayer ni tendr maana lo que tiene hoy, ni aun en una misma hora ocupa el sol el mismo punto de espacio. Por lo cual, no permaneciendo en el mismo ser, todo est sujeto a mutacin dentro de un breve espacio de tiempo. Luego si es inmortal la razn, y yo, que todo lo discierno y enlazo, soy razn, lo que es mortal no entra en m, no me pertenece. O si el alma no se identifica con la razn, y, sin embargo, uso de razn, y por ella poseo un ttulo de nobleza y superioridad, es necesario huir de lo inferior a lo superior y de lo mortal a lo inmortal.

Estas y otras muchas reflexiones se hace consigo misma el alma bien instruida; pero las omito, no sea que al daros mis lecciones sobre el orden falte a la moderacin, que es el padre del orden. Porque gradualmente se va elevando a una pureza de costumbres y vida perfecta, no slo por la fe, sino tambin por la gua de la razn. Pues al que considera la potencia y la fuerza de los nmeros le parecer grande miseria y cosa lamentable que con su ciencia y pericia suene agradablemente el verso bien escandido y arranque armonas a las cuerdas del arpa, y permite, en cambio, que su vida y su propia alma se deslice por caminos tortuosos y que d un estrpito discordante por dominarle las pasiones carnales y los vicios.

51. Mas cuando el alma se arreglare y embelleciera a s misma, hacindose armnica y bella, osar contemplar a Dios, fuente de todo lo verdadero y Padre de la misma verdad. Oh gran Dios, cmo sern entonces aqullos ojos! Cuan puros y sanos, cuan vigorosos y firmes, cuan serenos y dichosos! Y cul ser el objeto de su contemplacin? Quin es capaz de figurarlo, creerlo, decirlo? Slo disponemos del caudal de las palabras usuales, mancilladas con la significacin de las cosas ms viles. Yo slo dir que se nos promete la visin de una Hermosura por cuyo reflejo son bellas, en cuya comparacin son deformes todas las dems. Quien contemplare esta Hermosura-y la alcanzar el que vive bien, el que ora bien, el que busca bien-ya no le har mella ver que uno desea tener hijos y no le vienen, y otros tienen demasiados y los abandonan; ste los aborrece antes de nacer, aqul los ama ya nacidos. Ver razonable que todo lo futuro est en Dios y necesariamente todo se verifica con orden, y no obstante, la plegaria es conveniente. Finalmente, cmo al hombre justo le van a agitar el nimo las molestias, o los peligros, o los halagos de la fortuna?

En este mundo sensible conviene meditar mucho sobre el tiempo y el espacio, y se ver que lo que deleita en parte, sea de lugar, sea de tiempo, vale mucho menos que el todo de que es parte. Igualmente notar el hombre instruido que lo que ofende en parte es porque no se abraza la totalidad, a que maravillosamente se ajusta aquella parte; en cambio, en el mundo ideal, toda parte, lo mismo que el todo, resplandece de hermosura y perfeccin.

Se explicar esto ms ampliamente si en vuestros estudios os proponis, como espero, observar y guardar con absoluta gravedad y constancia el mencionado orden expuesto aqu u otro ms breve y andadero, pero recto.

CAPTULO XX
Eplogo y exhortacin a la vida honesta

52. Para lograr esto, hay que dedicarse con todas las veras del entusiasmo al ejercicio de una vida virtuosa. Es condicin para que nos oiga Dios, pues a los que viven bien los oye con agrado. Regumosle, pues, no que nos d riquezas y honores y otras cosas caducas y pasajeras, a pesar de toda nuestra oposicin, sino que nos colme de bienes que nos mejoren y hagan dichosos. Para que se cumplan nuestras aspiraciones, a ti sobre todo,  oh madre!, te encomendamos este negocio, pues creo y afirmo sin vacilacin que por tus ruegos me ha dado Dios el deseo d consagrarme a la investigacin de la verdad, sin preferir nada a este ideal, sin desear, ni pensar, ni buscar otra cosa. Y mantengo la confianza de que esta gracia tan grande, cuyo deseo arde en nosotros por tus mritos, la hemos d conseguir igualmente con tus ruegos.

Y qu exhortacin y avisos te puedo dar a ti, Alipio? Pues aqu no cabe exceso ni demasa, porque en amar tales cosas se puede pecar por defecto, pero nunca por exceso.

53. Entonces dijo Alipio:

-Verdaderamente has hecho revivir ante nuestros ojos la memoria de los grandes y doctos varones, que algunas veces nos pareca increble por su elevacin y grandeza; pero aqu, por la observacin de todos los das y por la admiracin que sentimos hacia ti, no slo no nos parece dudosa aquella imagen, sino que estamos dispuestos a jurar por ella. Pues qu? no nos ha introducido, acaso, en la venerable disciplina de Pitgoras, justamente estimada como casi divina? Porque con tanta concisin y plenitud nos has descubierto las normas de la vida, y los caminos y campos, y los mares cristalinos de la ciencia, y todo lo que era objeto de gran veneracin para aquel varn, y dnde estn los santuarios de la verdad, y cules y qu exigen a sus investigadores, y todo con tanto dominio y perfeccin, que, aunque sospechbamos y creemos que todava nos guardas mayores secretos, nos parece una falta de cortesa exigir ms de tu ingenio.

54. Admito lo que dices con gusto, dije yo. Porque no me animan tanto tus palabras, tan exageradas, cuanto tu verdadero espritu y entusiasmo. Y precisamente va dirigido este escrito al que suele excederse tambin demasiado en su benevolencia cuando me juzga. Y si algunos otros lo leyeren, creo que no se irritarn contigo. Porque los errores de los que se aman hay que juzgarlos con suma benevolencia. Pero la mencin que has hecho de Pitgoras creo que por algn oculto orden te ha venido a la memoria. Porque se me haba olvidado de l una sentencia muy buena, si hemos de dar crdito a los libros que hablan de l (y quin no creer a Varrn?); una sentencia que yo admiro y elogio todos los das, conviene a saber: que l reservaba para lo ltimo la enseanza del arte de gobernar la repblica para comunicarlo a los perfectos, a los sabios, a los dichosos. Le pareca tan lleno de escollos dicho arte que no quera confiarlo sino al varn que con un socorro casi divino supiera sortear todos los escollos, y en caso de naufragio, l quedase como una roca para las olas. Porque nicamente del sabio se ha dicho con toda verdad: " Y l, inmvil como una roca marina, se resiste", y lo dems que con tan esplndidos versos se expresa en el mismo lugar para confirmar esta sentencia.

Aqu se termin nuestra disputa, y todos alborozados y con buena esperanza interrumpimos la sesin, despus de haber sido trada la luz para alumbrarnos.
