RITUS
ROMANO ET RITUS MODERNUS



Tomado de Roma Aeterna
Mons. Klaus Gamber, Instituto Liturgico de
Ratisbona
En el articulo
"Cuatrocientos años de Misa Tridentina", publicado en
diversas revistas religiosas, el profesor Rennings se aplico a
presentar el nuevo misal, o sea el Ritus Modernus, como
derivación natural y legitima de la liturgia romana. Según dicho
profesor, no habría existido una Misa San Pío V sino únicamente
por ciento treinta y cuatro años, es decir, de 1570 a 1704, año
en el cual apareció bajo las modificaciones deseadas por el
Romano Pontífice de entonces. Continuando con tal modo de
proceder, Paulo VI, según Rennings, habría a su vez reformado el
Missale romanum para permitir a los fieles entrever algo más
de la inconcebible grandeza del don que en la Eucaristía el Señor
ha hecho a su Iglesia.
En su articulo,
Rennings se hace fuerte sobre un punto débil de los
tradicionalistas: la expresión Misa Tridentina o Missa
sancti Pii V. Propiamente hablando una Misa Tridentina o
de San Pío V no existió nunca, ya que, siguiendo las instancias
del Concilio de Trento, no fue formado un Novus Ordo Missae,
dado que el Missale sancti Pii V no es más que el Misal de
la Curia Romana, que se fue formando en Roma muchos siglos antes,
y difundido especialmente por los franciscanos en numerosas
regiones de Occidente. Las modificaciones efectuadas por San Pío
V son tan pequeñas, que son perceptibles tan sólo por el ojo de
los especialistas.
Ahora, uno de los
expedientes al cual recurre Rennings, consiste en confundir el Ordo
Missae con el Proprium de las misas de los diferentes días
y de las diferentes fiestas. Los Papas, hasta Paulo VI, no
modificaron el Ordo Missae, aun introduciendo nuevos
propios para nuevas fiestas. Lo que no destruye la llamada Misa
Tridentina más de lo que los agregados al Código Civil destruyen
al mismo.
Por lo tanto, dejando
aparte la expresión impropia de Misa Tridentina, hablamos
más bien de un Ritus Romanus. El rito romano remonta en
sus partes más importantes por lo menos al siglo V, y más
precisamente al Papa San Dámaso (366-384). El Canon Missae
aparte de algunos retoques efectuados por San Gregorio I
(590-604), había alcanzado con San Gelasio I (492-496) la forma
que ha conservado hasta ayer. La única cosa sobre la cual los
Romanos Pontífices no cesaron de insistir desde el siglo V en
adelante, fue la importancia para todos de adoptar el Canon
Missae Romanae, dado que dicho canon se remonta nada menos que
al mismo Apóstol Pedro.
Más por lo que
concierne a las otras partes del Ordo, como para el Proprium de
las varias Misas, respetaron el uso de la Iglesias locales.
Hasta San Gregorio
Magno (590-604) no existió un misal oficial con el Proprium de
las varias Misas del año. El Liber Sacramentorum fue
redactado por encargo de San Gregorio al principio de su
pontificado, para servicio y uso de las Stationes que tenían
lugar en Roma, o sea para la liturgia pontifical. San Gregorio no
había tenido ninguna intención de imponer el Proprium de
dicho misal a todas las Iglesias de Occidente. Si posteriormente
dicho misal se convirtió en el armazón mismo del Missale
Romanum de San Pío V, se debió a una serie de factores de
los cuales no podemos tratar ahora.
Es interesante notar
que cuando se interrogó a San Bonifacio (672-754) que se
encontraba en Roma, con respecto a algún detalle litúrgico, como
el uso de las señales de cruz a efectuarse durante el canon, éste
no se refirió sobre el sacramentaris de San Gregorio, sino sobre
aquel que estaba en uso entre los Anglosajones, cuyo canon estaba
en todo conforme a aquel de la Iglesia de Roma...
En el Medioevo, las diócesis
y las iglesias que no habían adoptado espontáneamente el Misal
en uso en Roma, usaban uno propio y por esto ningún Papa manifestó
sorpresa o disgusto...
Mas cuando la defensa
contra el protestantismo hizo necesario un Concilio, el Concilio
de Trento encargo al Papa de publicar un misal corregido y
uniforme para todos. Ahora, pues, con la mejor voluntad del mundo,
yo no llego a encontrar en tal deliberación del Concilio el
ecumenismo que ve Rennings.
¿Qué hizo San Pío
V? Como ya hemos dicho, tomó el misal en uso en Roma y en tantos
otros lugares, y lo retocó, tomó, especialmente reduciendo el número
de las fiestas de los Santos que contenía. ¿Lo hizo tal vez
obligatorio para toda la Iglesia? ¡ En absoluto! Respetó hasta
las tradiciones locales que pudieran jactarse, por lo menos, de
doscientos años de edad. Así propiamente: era suficiente que el
misal estuviera en uso, por lo menos, desde doscientos años, para
que pudiera quedar en uso a la par y en lugar de aquel publicado
por San Pío V. El hecho de que el Missale Romanum se haya
difundido tan rápidamente y espontáneamente adoptado también en
diócesis que tenían el propio más que bicentenario, se debe a
otras causas; no por cierto a presión ejercida sobre ellas por
Roma. Roma no ejerció sobre ellas ninguna presión, y esto en una
época en la cual, a diferencia de cuanto sucede hoy, no se
hablaba de pluralismo, ni de tolerancia.
El primer Papa que osó
innovar el Misal tradicional fue Pío XII, cuando modifico la
liturgia de la Semana Santa. Séanos permitido observar, al
respecto, que nada impedía de restablecer la Misa del Sábado
Santo en el curso de la noche de Pascua, aunque sin modificar el
rito.
Juan XXIII lo siguió
por este camino, retocando las rúbricas. Mas ni el uno ni el
otro, osaron innovar sobre el Ordo Misae, que quedó
invariable. Pero la puerta había sido abierta, y la cruzaron
aquellos que querían una sustitución radical de la liturgia
tradicional y la obtuvieron. Nosotros, que habíamos asistido con
espanto a este resolución, contemplamos ahora a nuestros pies las
ruinas, no tanto de la Misa Tridentina, más bien de la antigua y
tradicional Missa Romana, que había ido perfeccionándose
a través del curso de los siglos hasta alcanzar su madurez. No
era perfecta al punto de no ser ulteriormente perfectible, pero
para adaptarla al hombre de hoy no había necesidad de
sustituirla: bastaban algunos pequeñisimos retoques, quedando a
salvo e inmutable todo el resto.
Viceversa, se la quiso
suprimir y sustituir con una liturgia nueva, preparada con
precipitación y, diremos, artificialmente: con el Ritus
Modernus. ¡ Oh, cómo se ve aparecer en modo siempre más
claro y alarmante el oculto fondo teológico de esta reforma ! Sí
era fácil obtener una más activa participación de los fieles en
los santos misterios, según las disposiciones conciliares, sin
necesidad de transformar el rito tradicional. Pero la meta de los
reformadores no era obtener la mencionada mayor participación
activa de los fieles, sino fabricar un rito que interpretara su
nueva teología, aquella misma que está en la base de los nuevos
catecismo escolares. Ya se ven ahora las consecuencias desastrosas
que no se revelarán plenamente sino en el giro de cincuenta años.
Para llegar a sus
fines, los progresistas han sabido explotar muy hábilmente la
obediencia a las prescripciones romanas de los sacerdotes y de los
fieles más dóciles... La fidelidad y el respeto debido al Padre
de la Cristiandad, no llegan hasta exigir una aceptación
despojada del debido sentido crítico de todas las novedades
introducidas en nombre del Papa.
¡ La fidelidad a la
Fe, ante todo! Ahora, la Fe, me parece que se encuentra en
peligro con la nueva liturgia, aunque no me atrevo a declarar
inválida la Misa celebrada según el Ritus Modernus.
¿ Es posible que
veamos a la Curia Romana y a ciertos Obispos – aquellos mismos
que nos quieren obligar, con sus amenazas, a adoptar el Ritus
Modernus-, descuidar su propio deber especifico de defensores
de la Fe, permitiendo a ciertos profesores de teología a socavar
los dogmas más fundamentales de nuestra Fe y a los discípulos de
los mismos propagar dichas opiniones heréticas en periódicos,
libros y catecismos?
El Ritus Romanus permanece
con la última escollera en medio de la tempestad. Los innovadores
lo saben muy bien. De aquí parte su odio furioso contra el Ritus
Romanus, que combaten bajo el pretexto de combatir una nunca
existida Misa Tridentina. Conservar el Ritus Romanus no
es una cuestión de estética: es, para nuestra Santa Fe, cuestión
de vida o muerte.
Mons. KLAUS GAMBER
Director del Instituto
Litúrgico de Ratisbona
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