DOMINUS
IESUS Y LOS ELEMENTOS DE LA IGLESIA.




IMPORTANTE: La inclusión de este texto no
indica nuestra adscripción al sedevacantismo y mucho menos sus
criticas a la Fraternidad Sacerdotal San Pio X.
En la declaración de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, “Dominus
Iesus”, del 6 de agosto de 2000 se lee lo siguiente:
“Con la expresión
«subsitit in» el Concilio Vaticano II quiere ligar dos
afirmaciones doctrinales: por un lado que la Iglesia de Cristo, no
obstante las divisiones entre los cristianos, sigue existiendo
plenamente sólo en la Iglesia católica, y por otro lado, que «fuera
de su estructura visible pueden encontrarse muchos elementos de
santificación y de verdad», ya sea en las Iglesias como en las
Comunidaes eclesiales separadas de la Iglesia católica (56)”.
El texto hace
referencia a una nota (56) que es como sigue:
“Es, por lo
tanto, contraria al significado auténtico del texto conciliar la
interpretación de quienes
deducen de la fórmula subsistit in la tesis según la cual la única
Iglesia de Cristo podría también subsistir en otras iglesias
cristianas. El Concilio había escogido la palabra «subsistit»
precisamente para aclarar que existe una sola «subsistencia» de
la verdadera Iglesia, mientras que fuera de su estructura visible
existen sólo «elementa Ecclesiæ», los cuales —siendo
elementos de la misma Iglesia— tienden y conducen a la Iglesia
católica” (Cong. para la Doct. de la Fe, Notificación sobre el
volumen “Iglesia: carisma y poder” del Padre Leonardo Boff, 11
de marzo de1985: AAS 77[1985] 756-762).
Estos textos no
constituyen una enseñanza nueva. Es el núcleo mismo de la herejía
conciliar sobre el ecumenismo.
En las comunidades
cristianas separadas de la Iglesia Católica existen vestigios de
la Iglesia Católica: por ejemplo, los protestantes conservan la
Sagrada Escritura (con frecuencia más o menos
alterada), los cismáticos orientales (falsamente llamados
“ortodoxos”) conservaron los sacramentos, etc.
La primera operación
de la “nueva teología” consistió en cambiar el vocabulario.
El término "vestigios”, tradicionalmente utilizado para
designar estas realidades pero reputado demasiado negativo porque
conducía a pensar en “ruinas”, fue reemplazado por
“elementos de la Iglesia”.
Este cambio de
palabras no es inocente. La palabra “vestigio” expresaba una
verdad impor-
tante, a saber, que la realidad robada a la Iglesia Católica por
la comunidad cristiana cesa de ser
una realidad viviente y se transforma en una “ruina”.
Es verdad que la
Sagrada Escritura santifica, si es leída en el sentido indicado
por la Iglesia Católica; es verdad que los sacramentos recibidos
en comunión con la Iglesia Católica nos justifican, pero no
sucede lo mismo cuando estas realidades están contenidas en una
falsa religión. Por ejemplo, el bautismo recibido de un ministro
protestante, suponiendo que sea válido, es de suyo un signo de
que se acepta la herejía protestante. La participación activa a
cualquier ceremonia de una comunidad herética o cismática es de
suyo un distintivo de pertenencia a la herejía o al cisma: “La
asistencia activa en las acciones litúrgicas comporta de suyo una
cierta profesión de fe”. La herejía conciliar no es en su
fondo sino una forma de materialismo contemporáneo. Considera a
la Iglesia como un emplasto de bloques, “de elementos”, como
una especie de “artefacto” o de automóvil. Evidentemente, en
semejante concepción los elementos son intercambiables y se podría
construir una media-Iglesia tomando la mitad de los
“elementos” de la Iglesia Católica, y el valor santificante
de esta media-Iglesia sería la mitad menos que el de la Iglesia
Católica. Cuando se dice que “el todo es la suma de sus
partes” no se repara más que en el aspecto material de las
cosas. En realidad, el todo es más que la suma de partes: tiene
la forma (llamada alma en un ser vivo) que no se encuentra en las
partes. Por eso el hombre es más que la suma de sus miembros y de
sus órganos.
Los elementos, al
ser incluidos en el todo, son “informados” por esta forma (o
alma) y reciben de ella una ordenación, una “especificación”
que cambia completamente su naturaleza. En un veneno y en un
alimento existen los mismos componentes (carbón, oxígeno, hidrógeno,
etc.) pero no tienen el mismo efecto en aquel que los consume.
La Iglesia es más
que la suma de una cierta cantidad de elementos. Es una realidad
viva, tiene alma (el Espíritu Santo), que depende de una cabeza
que le comunica esta alma y esta vida. Fuera de la Iglesia estos
“elementos” ni están vivos ni vivifican, e incluso pueden
matar. San Beda el Venerable, en su “Comentario sobre la 1ª
Carta de San Pedro”, expresa esta verdad de modo lapidario.
Partiendo de la analogía hecha por San Pedro entre diluvio y
bautismo, explica que las aguas bautismales no salvan a los que
están fuera de la Iglesia sino, más bien, los condenan:
“El hecho que el
agua del diluvio no salve sino mate a los que están fuera del
arca prefigura sin duda alguna que todo hereje, aunque posea el
sacramento del bautismo, no se hunde en el infierno por otras
aguas sino precisamente por aquellas que elevaron el arca hacia
los cielos”.
También se puede
decir que un sistema que conserva más elementos de verdad es más
peligroso que otro que tiene menos. Una silla con tres patas, apta
para sostener, es más peligrosa que una silla de dos patas, sobre
la cual a nadie le viene en mente sentarse46. Un billete muy bien
imitado es más peligroso que uno que sea falso, fácilmente
reconocible.
Con razón se ha
escrito que “el Islam es la religión que, habiendo conocido a
Cristo, se niega a reconocerlo como Dios. Si es verdad que la peor
forma de la mentira es aquella que, en apariencia, contradice
menos la verdad, la mentira consistente en decir de Cristo lo más
hermoso posible, salvo que es Dios, es la más execrable de
todas”. Por tanto, es falso pretender que el bautismo de suyo
incorpora a Cristo y confiere una cierta comunión imperfecta con
la Iglesia. Es falso afirmar que el bautismo recibido en la herejía
o en el cisma tiende a la adquisición de la plenitud de la vida
de Cristo, y de modo general, que los “elementos de Iglesia”
que se encuentren tienden y conducen a la Iglesia Católica. Y
también es falso decir que estas iglesias y comunidades separadas
tienen un significado y un valor en el misterio de la salvación,
y que el Espíritu de Cristo se sirve de ellas como medios de
salvación".
Sin duda que los
vestigios de la Iglesia pueden santificar (por ejemplo, los
sacramentos recibidos por un ortodoxo en ignorancia invencible) e
incluso favorecer la incorporación a Cristo (por ejemplo, un
bautismo válido recibido en el cisma o en la herejía por un niño,
el cual pertenece a la Iglesia Católica hasta que no haga un acto
personal de adhesión al cisma o a la herejía). Sin embargo, ello
es accidental. Los actos religiosos practicados en la herejía o
en el cisma suponen de suyo una participación en la herejía o en
el cisma, salvo impedimento accidental por parte del sujeto (en
los casos citados: ignorancia invencible o la tierna edad). Lo
accidental puede acontecer con frecuencia: por ejemplo, es posible
que en ciertas regiones muchos ortodoxos estén en ignorancia
invencible. Pero no es menos cierto que no debe confundirse lo que
es accidental con lo que se produce de suyo. De esta suerte, “la
herejía conciliar” afirmada en los textos del Concilio es
reafirmada treinta y cinco años después por el documento
“Dominus Iesus”. La Iglesia conciliar ha conservado algunos
“vestigios” de la Iglesia Católica, pero le falta lo
esencial: la “forma” católica, el alma, “el Espíritu de
verdad” (San Juan 15, 26), que le haría enseñar la fe católica
sin ambigüedad y, por ende, condenar los errores que ella enseña
actualmente. Pero para recibir este Espíritu de verdad, en lugar
de perseguirla, debería volver a la Tradición.
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