Un
gladiador agonizante
Por Benard Henri Lévi .
Nietzsche
emplea una expresión -en La aurora, creo- para definir a Cristo que siempre me
hizo soñar: un gladiador agonizante. He recordado esta expresión desde el
principio hasta el final de la última visita -habría que decir del último
calvario- del Vicario de Cristo, Juan Pablo II, a su país natal, Polonia.
Me parece
que la expresión, fórmula extraña y magnífica, puede aplicarse más que nunca al
hombre de 82 años antes llamado atleta de Dios, y a quien hemos visto,
desgastado por la enfermedad, debilitado, doblado en dos, casi sordo, y
encontrando, sin embargo, fuerzas para llegar hasta el santuario de la Divina
Misericordia, para dirigir una oración ardiente a la Virgen de Kalvaria
Zebrzydowska, hito de la veneración de la Pasión de Cristo adonde iba cuando
era niño, para multiplicar los encuentros con los políticos, para orar ante el
sepulcro de sus padres y hermano, para celebrar una larga misa bajo un sol de
justicia en el parque de Blonia, en Cracovia; total, para llevar a cabo, sin
desfallecer, su misión de evangelizador. Yo soy poco sensible -es lo menos que
pueda decirse al Evangelio- y, además, soy de los que, por múltiples razones
fáciles de adivinar, escucho siempre con ansiedad lo que se dice en el bello
pero inquietante país que sigue siendo Polonia. Pero, al mism! o tiempo, ¿cómo
no quedar impresionado por el mensaje de este hombre que, después de haber
abierto hace veinte años la primera brecha en la ideología granítica del
comunismo, encuentra, al atardecer de su vida, a pesar de las pocas fuerzas que
le quedan, las palabras más exactas para expresar, nada más llegar, al
Presidente Kwasniewski su entera solidaridad con los marginados del orden
neocapitalista mercantil?
¿Cómo no
sentirse en total acuerdo con quien, igual que encontró en Toronto palabras
oportunas para poner en guardia a los jóvenes contra un mundo regido únicamente
por las leyes de dinero, éxito y poder, se pone claramente del lado de los
indios víctimas de una liquidación cultura, y a veces física, en México y
Guatemala, así como en Jerusalén, hace pocos años, sorprendía a los
bienpensantes de toda confesión al expresar la deuda de la Iglesia para con sus
hermanos mayores, los judíos; de la misma manera que el año pasado, en el Kazakhstan
musulmán, se situaba en el polo opuesto a las ideas de moda sobre la guerra de
civilizaciones entre el mundo cristiano y el Islam? ¿Cómo no estar de acuerdo
con este luchador del Derecho y del verdadero universalismo que, en Cracovia,
ante un auditorio de "ex-apparatchiks" comunistas reciclados en el
nacionalismo, vuelve a encontrar los acentos del pasado para poner en guardia a
los europeos contra la tentación de un ensimismamiento patr! iotero?
Más
conmovedor aún: cómo permanecer insensible ante el espectáculo de este
peregrino agotado que, dejando de lado su propia debilidad, casi electrizado
por el amor que le tienen y que su ser entero irradia, contesta a quienes,
incluso en la Curia romana, murmuran que sufre demasiado, que debería pensar en
retirarse: «¿Acaso bajó Cristo de la cruz?; y los apóstoles Pedro y Pablo, ¿no
siguieron al Señor hasta el martirio? No me mantengo aquí sino por la gracia
del Espíritu Santo, y cumpliré, pues, mi misión, por intolerables que sean las
miserias del cuerpo, hasta nú último aliento».
En estas
escenas hay todo el dolor, pero también toda la nobleza del mundo. Hay en su
presencia, en su forma de decir que sólo el descanso eterno puede silenciar una
Palabra cuya autoridad no viene sino del Cielo, una fuerza interior, un ánimo
del cual no veo, en el momento presente, ningún otro ejemplo en este mundo.
Que le sea
permitido al escritor judío que soy, impregnado de cultura judía, pero que no
tiene la menor duda acerca de lo que nuestra época debe, desde hace 20 años, al
largo reinado del gladiador agonizante y de lo que le deberá aún si Dios lo
guarda; sí, que me sea permitido decir, como a los miles de fíeles que lloraban
al despedirle en Varsovia, temiendo no volver" verle: ¡Quédate con
nosotros, Wojtyla!.-(Le Point, recogido por Alfa y Omega).-Selección de
Almudena Ortiz