Santa Inés
A principios del siglo II, el cristianismo soportó una de las más
terribles persecuciones. La sola sospecha de pertenecer a la nueva fe, bastaba
para que fuese condenada a los peores suplicios, de los que no podían escapar
ni los niños.
Por entonces vivía en Roma con sus padres, una niña de nombre
Inés, en quien las noticias de las atrocidades no hacían más que afirmar su Fe.
Inés fue iniciada en la oración y en la celebración eucarística por su madre.
A la edad de 13 años hizo voto de castidad, expresando a sus
padres la firme determinación de ser tan solo esposa de Cristo. Fue poco tiempo
después de hecha esta promesa cuando el joven Procopio,
hijo del prefecto Sinforiano de Roma, quedó admirado
por la belleza de Inés. Ni por un momento pasó por las mentes de ellos que la
proposición de matrimonio pudiera ser rechazada. Inés no le prestó atención
ninguna a esa demanda, se mantuvo firme. Ella era sólo esposa de Cristo.
Sinforiano ordenó que la
desvistieran y pasearan por la ciudad en ese estado para humillarla, pero
apenas la desvistieron le creció el cabello. Procopio,
queriendo poseerla, entró en su celda, pero al entrar cayó muerto. Inés pidió a
Dios que lo perdonara y rezó, hasta que el joven se puso de pie.
Inés fue llevada a la plaza donde la ataron a un poste, alrededor
del cual los guardias amontonaron leña a la que prendieron fuego; pero las
llamas no tocaron a Inés.
Sinforiano la sentencia a muerte. Inés
aparta los cabellos del cuello y el verdugo no falla