"Ahora pega algunos faltazos injustificados, sonríe mucho más a menudo de lo mucho que sonreía y no aborrece los días de lluvia. En uno de copioso aguacero, rayos y centellas, conoció a apuesto joven que le habló durante toda una jornada, con su respectiva noche, del romanticismo del agua de lluvia golpeando contra una ventana al son de los truenos. Nadie cantó ese día la canción de Credence: "¿Who stops de rain?" ni buscó goteras escoba en mano. Hasta entonó, con el dominicano Guerra: "Ojalá que llueva café en el campo..." Ironías del más apreciado de los sentimientos humanos, ahora ruega por las diarias lluvias de besos... ¡Qué lindo que la gente se quiera!"