Me quiero sumar al camino iniciado por Javier e invitarlos nuevamente a recorrerlo, expresando cada uno cómo vivió su propio estreno, ahora que, con el de Made in Lanús ayer, todos hemos pasado por lo menos una vez nuestras obras.

En mi caso lo viví de una manera muy distinta a la muestra 2002. Esta vez no tenía nervios, lo cual también me preocupaba algo, porque no está bien eso de entrar tan confiado. Pero es que también confiaba en el trabajo realizado, en mi caso, desde hace un año, cuando Carlos me dio la letra de mi personaje. Y confiaba en mis compañeros, en los muchos ensayos, en las muchas observaciones recibidas de todos. En haberlo probado todo con mi personaje, haciéndolo, deshaciéndolo, ejercitando variantes que luego no iba a utilizar, pero que siempre dejaban un resabio que seguro estuvo en lo que se vio el sábado. Sé que fui muy pesado e insistente con mis compañeros durante todo el año, que tuve mis rabietas, que toleraron bastante bien mi carácter a veces difícil, y que también supieron ubicarme (Verónica es una experta en eso). Pero sepan que confiaba en todos mis compañeros porque, como siempre repetía, una obra de teatro es una actividad colectiva, no individual. 

El único que se pierde de ver esta obra, aunque sea parte, soy yo, así que no sé bien cómo se vio el producto final. Sólo pude ver a Vero deambular con la vela, a mi encuentro. Al comenzar a bajar las escaleras sentí alguna exclamación muy próxima, ahogada. Descuento que fue por la visión de esa capa. Fue el primer contacto con público que no fuesen ustedes. Miré a esa persona y, al bajar y ver al resto del público, me dije: "Esto no es un ensayo, esto no puede cortarse, ahora hay que seguir hasta el final." No me gustó mi primer monólogo, puedo mejorarlo. Esperaba algunas risas ahogadas, en algunos momentos, y al no escucharlas, confieso que me preocupé. Movilizarse con toda esa ropa, que parece el velamen de una gran fragata, no es fácil. La capa se me cayó justo cuando debía sacármela, pero creo que no se notó. En algún momento comencé a sentirme dueño de la escena. Fue cuando dediqué algunas palabras de mi monólogo a una chica del público, para mi una desconocida, y ella sonrió, y cuando al repetir lo mismo en la otra bandeja, otra chica bajó la vista. Cuando al aparecer Alejandra y yo retroceder, me tropecé con su marido, en la platea, y además de decirle a ella "Disculpe, ¿qué pretende?", me di vuelta ligeramente y le dije a él también: "Disculpe", entré en un túnel de confianza que no me abandonó, me dejé transportar por el sucesivo cansancio ficticio y real que me hacían padecer esas mujeres y esas luces, en la desesperación del Caballero, en la inexorabilidad y perpetuidad de su castigo. Salir del trance me llevó al menos la mitad de la obra siguiente, "Papa querido", que escuchábamos desde abajo, y aún cuando salimos a saludar y recibir las palabras de nuestros amigos y familia, aún estaba en un sitio que no era justamente la Tierra. Al promediar la pizza, luego, con Rolando, Adriana, Fabián y Gabriela, comencé a caer de nuevo en nuestra realidad.

No pude recoger demasiadas opiniones de los que fueron a verme, porque aún no hable con mi familia, pero mis amigos, en ese momento, preguntaban con insistencia si de verdad TODOS los que actuaban eran abogados. Creo que, eso sólo, ya es halagador. También lo fue ver a los compañeros que fueron a vernos, a ayudar antes, a dar aliento, a saludar después. Y una buena ayuda será decirnos lo que creen que podemos corregir. A quien me lo ha preguntado de sus obras, le he respondido con honestidad y les pido hagan lo mismo con nuestra obra, aunque sea en privado. Nos faltan tres funciones más.

Besos a todos, y a ver quién sigue contando su experiencia en el escenario. DANIEL.

 

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