Vampiros by Javi Yohn Wilburn Effemberg atraves� la oscura sala con el Libro de Sigmar en la mano y rezando una plegaria a su amado Se�or. Ol�a a cuerpos en descomposicion, a una org�a de carne y sangre en la que los se�ores de la noche se hab�an regocijado alimentando sus corruptos cuerpos. Llevaba a�os tras los Carissi. A�os de entrenamientos, de meditaciones y tambi�n de bosques oscuros, de tenebrosas mansiones, de lucha interior por superar gracias a la fe los mas terribles encuentros, las mas terribles visiones que hubiesen enloquecido a cualquier otra alma que no confiase plenamente en el todopoderoso Sigmar. Ahora por fin sus esfuerzos hab�an tenido recompensa, por fin podr�a descargar Su ira de sobre los imp�os y tres veces malditos vampiros. Prepar� una estaca y su martillo sin dejar de rezar. Casi no pod�a ver a su alrededor pero su fe lo guiaba a traves de los innumerables pasillos del enorme castillo que anta�o hab�a pertenecido a una de las mas nobles familias del Imperio. Como tantas otras hab�an sucumbido ante la sed. Ahora la purificar�a, librar�a a esos desgraciados de la corrupci�n y la maldad para que reencontrasen el camino hacia Sigmar. De repente, la sala se ilumin�. Estaba ricamente adornada con todo tipo de ornamentos de oro y plata. Las paredes estaban hechas de m�rmol y en ella numerosas gemas centelleaban alegremente al ritmo que las llamas de las velas marcaban; los candelabros, esculpidos por los mas grandes artesanos enanos, iluminaban la gran sala con una llama sobrenatural. Una gran mesa del mejor roble ocupaba el centro de la estancia. A su alrededor numerosas sillas, hechas de un tejido rojo -como la sangre que ba�aba la mesa- y bordadas por un pur�simo y fin�simo hilo de oro, se agrupaban desde hac�a a�os recordando a los que una vez se hab�an sentado all� pero que ahora, sin saberse por que oscura raz�n, se ausentaban. Copas de sangre aun caliente y platos de carne humana la llenaban en un desorden que reflejaba la atroz org�a que en ella se hab�a cometido. Presidi�ndola se hallaba un majestuoso e impasible arist�crata de la noche. Su cabello estaba perfectamente recogido hacia atr�s cayendo sobre sus anchos hombros. Su fr�a mirada recorri� de arriba abajo al cazador de brujas; su nariz, aguile�a, como esculpida en blanco marfil, escrut� el aire como para cerciorarse de que el ser que ten�a ante si estaba vivo y, por ello repleto de sangre fresca; su boca describi� una amplia sonrisa ense�ando unos dientes perfectamente ordenados entre los que sobresal�a los afilados colmillos que todav�a goteaban sangre. Su voz son� clara y con autoridad: - Por fin nos encontramos, d�bil humano - dijo fr�amente. Mientras hablaba se levant� de la silla y camin� �gilmente y con seguridad hacia el cazador de brujas. No se dio prisa pues quer�a prolongar el momento de agon�a de aquel maldito ser que hab�a osado molestarle. La visi�n era terrible. No era comparable a nada que hubiese visto antes. Una sensaci�n de terror�fica repugnancia le invadi�. Su figura era imponente y a la vez aborrecible pues se pod�a percibir la corrupci�n que llenaba su alma. El vampiro recogi� su espada envainada, �nico signo de su anterior condici�n de caballero, y sin dejar de andar, esbozando una sonrisa ir�nica dijo: - Me has estado siguiendo desde los confines del Imperio y por fin me tienes ante ti. Que pena que todo sea en vano pues poco te va durar la gloria de haberme encontrado. Y no desperdicies los �ltimos momentos de tu vida para rezarle a ese falso dios tuyo, porque no te escuchara; aunque aun as� no te servir�a de nada ya que las almas de los que aqu� mueren quedan encadenadas al mundo de los vivos, condenadas a vagar por �l durante toda la eternidad. Lanz� una carcajada y su voz reson� por toda la sala, fr�a y severa: - Ahora prep�rate mortal, porque voy a disfrutar mat�ndote. Dicho esto desenvain� su magnifica espada, adornada con runas y gemas, y se lanzo con rapidez hacia el sorprendido cazador de brujas. Wilburn hab�a estado entren�ndose para este momento toda su vida pero ahora era incapaz de reaccionar. Su martillo le pesaba demasiado y sus movimientos eran lentos y torpes. S�lo su instinto de supervivencia le hizo apartarse lo suficiente como para evitar, tan solo por unos cent�metros, la mort�fera estocada que le lanz� el vampiro. Rod� por el suelo y busco un lugar para apoyarse. A duras penas consigui� ponerse de pie. Hizo un esfuerzo por dominar el terror que atenazaba sus m�sculos, impidi�ndole respirar, y describi� un amplio arco con el martillo prepar�ndose para atacar al vampiro. �ste, maldiciendo a los oscuros dioses a los que adoraba por haber fallado el primer golpe, atac� con renovada furia. Wilburn interpuso el martillo en la mortal trayectoria que describia la espada del vampiro luchando por aguantar el fuerte choque. La sucesi�n de estocadas que le asest� el vampiro le hizo perder el equilibrio al intentar esquivar los golpes. Uno de ellos le hab�a atravesado el hombro. El vampiro se abalanzo hacia delante, viendo como la victoria estaba cerca, y justo en el momento en el que iba a asestar el fatal golpe, Wilburn, como ultimo recurso, sac� un medall�n con el simbolo de su orden y de Sigmar entrelazados en una vor�gine de oro y gemas. Por un momento vio la sorpresa en los ojos del vampiro, e incluso miedo -aunque no pudo asegurarlo-, y �ste detuvo el golpe a escasos centimetros de �l. Cuando se hubo repuesto lanz� una carcajada llena de odio: - �Estupido mortal! �Crees que eso puede detenerme? Esas supercher�as que practicas no sirven de nada. No me asusta ese d�bil dios tuyo, ese al que llam�is Sigmar. Los hombres no sois mas que unas marionetas. �Qu� os ha dado ese aspirante a dios? Nada. Vuestro imperio est� en decadencia. Eso a lo que tu llamas fe no es mas que un enga�abobos que mantiene tranquilos a los tuyos y que alg�n d�a caer�. En realidad deber�as darme las gracias por librarte de esta vida sin sentido. Wilburn, aprovechando la confianza que ten�a el vampiro en matarle, se hab�a puesto en pie y sacando lentamente una estaca, recogi� el martillo del suelo y se abalanz� contra el vampiro descargando toda su ira y su odio por las sacr�legas palabras que hab�a o�do. El martillo chisporroteo saturado de magia contenida en las runas que lo decoraban. Wilburn lo golpeo en la cara, haciendo que cayese hacia atr�s. Pensando que le hab�a vencido se dispuso a acabar con el de una vez por todas atraves�ndole con la estaca, pero, en el momento en el que se acercaba, el vampiro golpeo con el dorso de la mano al cazador de brujas envi�ndole contra una pared. El rostro del vampiro estaba desfigurado. Hab�a perdido un ojo y de la herida manaba sangre a borbotones. Adem�s la marca del martillo se pod�a ver en la carne, que desprend�a un olor a quemado debido al efecto de las runas del martillo. Despreciando el dolor, el vampiro recogi� su espada pensando que el juego ya hab�a durado demasiado. Wilburn, sorprendido, decidi� ju g�rselo todo a una carta aunque muriese en el intento. Los dos en�migos se lanzaron el uno contra el otro a la vez. Wilburn levant� su arma r�nica mientras el vampiro describi� un arco con su espada. El martillo del cazador de brujas volvi� a impactar en la cabeza del vampiro, oy�ndose el sonido de huesos rotos; la espada del vampiro atraves� ropa y carne hiriendo a Wilburn en el costado. Como pudo se arrastr� hasta llegar al cuerpo del vampiro. Rezando, levant� el martillo y puso la estaca sobre el pecho del vampiro. Con toda su furia y sacando unas fuerzas de su interior que nunca hab�a pensado que ten�a descarg� el golpe que de una vez por todas deb�a terminar con la no vida del vampiro. Un alarido de rabia y furia escap� por �ltima vez de sus labios, mientras su cuerpo se desvanec�a convirti�ndose en polvo. Entonces la sala se oscureci�. La magia del vampiro era lo �nico que hab�a mantenido aun en pie al castillo. �ste empez� a derrumbarse. Wilburn se hallaba en el suelo intentando contener la sangre que manaba de la herida. No quer�a irse de all�. S�lo quer�a descansar. Ten�a sue�o, mucho sue�o y le ped�a a Sigmar que aquello fuera una pesadilla. Ahora despertar�a y se encontrar�a de nuevo en su ciudad natal, con sus padres, sus amigos. Poco a poco una suave modorra se fue apoderando de �l y su cuerpo cay� vencido por el sue�o. Sin embargo, una voz en su interior le susurraba que no se rindiera, que si hab�a llegado hasta all� podr�a salir vivo, que ahora no pod�a dejarlo todo y morir sepultado en aquel castillo. Wilburn se vio a si mismo unos a�os atr�s, cuando hizo el juramento de no descansar nunca hasta erradicar la corrupci�n del viejo mundo, se vio a si mismo ante la tumba de su padre jurarle que remover�a cielo y tierra hasta encontrar y acabar con el causante de su muerte, y entonces, poco a poco, lentamente, se arrastr� hasta llegar a la puerta y salir, justo en el momento en que un enorme bloque de piedra sepultaba tras de si la entrada del castillo cerrando para siempre el camino a ese nido de corrupci�n y horror en el que se hab�a convertido.