Igor


IGOR
Por  Kushtar

              El conde Frantz von Br�ch sonri� maliciosamente y se levant� del c�modo sill�n. Ech� una �ltima ojeada a los mapas que descansaban sobre su escritorio y camin� lentamente hacia la ventana con las manos en la espalda. Desde all� contempl� el bello paisaje, un valle profundo que se abr�a cubierto de vegetaci�n entre las desnudas rocas de las monta�as de Sylvania, ba�ado todo en la suave y rojiza luz del atardecer. Inspir� poderosamente, aunque hac�a tiempo que sus pulmones no necesitaban respirar, y solt� el aire poco a poco con absoluta satisfacci�n y asintiendo levemente con la cabeza a sus propios pensamientos. Alarg� uno de sus brazos hacia una mesilla cercana y cogi� la copa de brandy que all� se encontraba. Estaba a punto de saborearla cuando cay� en la cuenta de que �l no se hab�a servido aquella bebida.

            -�Acaso preferir�a alguna otra cosa, se�or? � grazn� una voz a sus espaldas.

            Frantz se dio la vuelta, sobresaltado a pesar de su habitual frialdad, y se encontr� cara a cara con una figura encorvada, un hombre de edad indefinida que luc�a unos mechones blancos y grasientos alrededor de su calva. Su cara intentaba esbozar una sonrisa servil, pero s�lo lograba ense�ar su desdentadas enc�as mientras su cabeza oscilaba extra�amente de un lado a otro delante de su extrema joroba. Vest�a con unos harapos remendados decenas de veces y se calzaba con unas botas por cuyos agujeros sal�an unas u�as marron�ceas. Era Igor, quien hab�a sido el criado de su familia durante incontables generaciones (generaciones vamp�ricas, se sobreentiende) y aunque estaba claro que no hab�a sido mordido en ning�n momento de su vida, los hab�a sobrevivido a  todos ellos.
            Las antorchas de las paredes creaban extra�as sombras sobre su figura, y la luz difusa que se colaba por la ventana no hac�a nada por mejorar el aspecto general. 

            -Igor, te he dicho cientos de veces que llames antes de entrar � coment� el conde arregl�ndose la bata.
           
-�Vino, quiz�s? �Sidra? � Igor continuaba con su est�pido bamboleo de cabeza.
           
-No, no, gracias, no. Eeeeehhhhh. � Frantz dud� un momento mientras parpadeaba repetidamente � Puedes retirarte, Igor.
           
-Claro, se�or.

            El sirviente recul� sin dar la espalda a su amo y sonriendo todo el rato. La puerta se abri� como por arte de magia sin hacer un solo ruido. Igor sali� al pasillo y aquella se volvi� a cerrar lentamente.
           
Von Br�ch se gir� de nuevo para mirar por la ventana. Desde su despacho, en lo alto de la torre del homenaje del castillo familiar, ten�a una estupenda panor�mica de todas sus posesiones. Incluso, si forzaba su vista, pod�a distinguir en el horizonte la tenue silueta de la primera aldea imperial, fronteriza con el reino de Sylvania. Pronto volvi� a sonreir, a pesar de que la inquietante mirada de Igor segu�a clavada en su subconsciente. Un sorbo del excelente brandy de sus bodegas le ayud� a calmarse definitivamente y centrarse de nuevo en sus sue�os de conquista. Y aquella ciudad ser�a su primera presa. Aquella desprotegida e inocente ciudad frente a la cual se mov�a una masa oscura que parec�a un gran ej�rcito en formaci�n de marcha.
           
Empapiz�ndose con el brandy, Frantz apoy� las manos en el alfeizar de la ventana y se inclin� hacia fuera. Entrecerr� los ojos, pero apenas logr� distinguir mucho m�s que la primera vez. Si por lo menos tuviese a mano su...

            -Su catalejo, se�or.

            Frantz dio un bote y se gir� bruscamente con una mueca de espanto en el rostro. All� estaba de nuevo, la sonriente cara arrugada y sin un solo diente de su criado, rebotando idiotamente de un lado a otro de forma hipn�tica, enmarcado todo ello con su irritante joroba. En su mano izquierda esgrim�a el catalejo como si fuese una cachiporra amenazante ante la cara de su amo.

            -Mi... mi... mi...
           
-�Catalejo? � aventur� el criado aumentando su infantil sonrisa.
           
-Exacto, eso, s� � concluy� el conde arrebatando el artefacto de manos de Igor.

            Durante un instante ambos se miraron. Cuando a Igor comenz� a caerle una extra�a babilla amarillenta de la comisura de los labios, Frantz apart� espantado la vista y acercando el catalejo a su rostro lo enfoc� hacia la aldea imperial. Efectivamente, en sus alrededores se estaba congregando un poderoso ej�rcito con sus estandartes al viento, cientos de tropas, caballer�a y m�quinas de guerra acompa�adas de orgullosos h�roes armados y emplumados como pavos reales. Frantz baj� lentamente el catalejo y pens� un momento sobre la situaci�n.
            Bueno, esto adelantaba un poco sus planes originales, pero se sent�a lo suficientemente poderoso para desafiar a este ej�rcito con sus hordas de no muertos. Vencer�a y no s�lo aquella pat�tica aldea estar�a a sus pies, si no tambi�n todos los territorios de alrededor, que quedar�an sin defensas. Se preparar�a inmediatamente para el combate.

-Igor, ensilla mi... � comenz� a decir el conde mientras se giraba hacia su criado.

Nadie.
            Un relincho en el patio llam� su atenci�n. Se asom� por la ventana. Ya era casi completamente de noche, y en el patio solamente oscilaban las luces que sal�an de las puertas abiertas de las cuadras, la herrer�a y otros edificios peque�os adosados a los muros exteriores. Sin embargo, pudo comprobar con creciente preocupaci�n que su criado estaba saliendo de las caballerizas con su montura favorita ensillada y lista. Igor mir� hacia arriba, y cuando sus miradas se cruzaron salud� fren�tica y est�pidamente con su mano. 
            Mientras Frantz intentaba serenarse, agarr�ndose a la piedra del muro como si fuese un aut�ntico salvavidas, Igor desapareci� de nuevo entre unos edificios del patio. Su caballo relinch� de nuevo, y esto pareci� sacar de su sopor al se�or del castillo. Recordando s�bitamente lo que ten�a que hacer, arroj� a un lado el catalejo y se dio la vuelta.
            Y su grito se oy� en todo el valle.
            En medio de la estancia, sobre la alfombra, estaba la mil veces maldita cabeza de Igor, oscilando de un lado a otro bajo su joroba (�Eran imaginaciones suyas, o aquella chepa era cada vez monstruosamente m�s grande?) mientras la sonrisa desdentada del criado le saludaba.

-Su armadura, sire.

Con un amplio movimiento de su brazo, Igor abarc� las piezas de metal colocadas milim�tricamente sobre las sillas y butacones. Sus armas pulidas y en perfecto estado, la coraza que m�s parec�a un espejo, el casco hecho de cr�neo, las botas relucientes por una generosa capa de bet�n...
            Tras dar un paso hacia atr�s por puro reflejo, Frantz se rehizo lo suficiente para asentir con la cabeza.

-Bien, bien, Igor. Estupendo. � ahora el que sonri� tontamente fue el conde.
            -�Le ayudo a vestirse, se�or?
            -�No! � tras tragar saliva, Frantz concluy� � Ret�rate.

Con una leve inclinaci�n, Igor se alej� hacia la puerta.

-�Ah, Igor! Da �rdenes de que los murci�lagos gigantes salgan del castillo para servirme de exploradores y se adelanten al grueso de mi ej�rcito.

-As� se ha hecho.

El conde se gir� para mirar una vez m�s por la ventana, ante la cual vio pasar a una docena de las citadas criaturas, que se alejaron hacia el fondo del valle planeando sobre los c�lidos vientos. Cuando von Br�ch volvi� a mirar hacia la habitaci�n, s�lo vio uno de los ojos de Igor que le miraba penetrantemente antes de que la puerta se cerrase del todo sin un solo ruido.
            Hab�a veces que aquel ser le daba aut�ntico miedo.

                            

                                        (Relato incluido a partir de la gran pagina Club Noega)


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