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Primera Parte

1. Nostalgia de 30 a�os cruciales del pasado

En esta monograf�a, ofrecer� muy interesantes testimonios, recogidos mediante investigaci�n oral y documental, sobre c�mo se juzg� y se particip� en Pepino de las dos ideolog�as m�s poderosas y pulsantes que tomaron control del proceso pol�tico y econ�mico-social en Puerto Rico durante los albores del siglo XX: el unionismo y el anexionismo. Son dos movimientos de reacci�n a la Ley Foraker (del 2 de abril del 1900).

Esta ley tambi�n conocida como The Organic Act of 1900 hizo de Puerto Rico el primer territorio no incorporado de los Estados Unidos de Am�rica, dio el primer Gobernador civil a la isla despu�s de la invasi�n de 1898 y prepar� a los puertorrique�os (y los pepinianos, por tanto) para que se interesaran en la nueva relaci�n, no siempre grata, con la naci�n que venciera a Espa�a tan f�cilmente en la guerra.

A partir de las respuestas dadas a los retos surgidos de la Ley Foraker y la Ley Jones, fructificar� el Pepino moderno.

El unionismo y el anexionismo profundizaron en la psiquis nacional el escenario y praxis del colonialismo que se viviera y que a�n se vive todav�a. Para sobrevivir con dignidad y pujanza moral en aquellos tiempos, cuando todav�a el campesino, orgulloso de su jibaridad fue la mayor�a, se tendr�a que invocar los valores de su criollez, la fraternidad colectiva, toda la fuerza contenida en su personalidad, su pasado formativo y convicci�n personal, tal como se guardara por nuestra gente como acervo.

Los primeros treinta a�os del nuevo siglo no fueron f�ciles.

Entre otros hechos lastimosos, est�n los siguientes:

* 1899: Comienza la decadencia de la industria cafetalera con el hurac�n San Cir�aco.

* S�lo 14 personas ten�an su educaci�n superior de una poblaci�n de 16,412 personas en San Sebastian; unas 9,556 personas mayores y ni�os mayores de 10 a�os de edad no saben ni leer ni escribir; otros 4,990 ni�os no van a la escuela y de los menores de diez a�os s�lo asisten 101 ni�os.

* 1900: La p�rdida del mercado europeo para el caf� por causa de la imposici�n del sistema tarifario estadounidense.

* 1901-1904: el descr�dito que arropa la alcald�a del Pepino, a�n bajo el dominio estadounidense, por causa de la filiaci�n de Jos� Gonz�lez Hern�ndez con los comevacas y tiznaos y la venta de protecci�n a las v�ctimas para lucro personal, siendo el primer alcalde del siglo.

* Muere en Lares, Aurelio M�ndez Mart�nez, l�der independentista, el primer legislador pepiniano a la Legislatura bajo el nuevo r�gimen por el Distrito de Lares / San Sebasti�n. Durante la Revoluci�n de Lares de 1868, Don Aurelio fue en el Gobierno Provisional de la frustrada Rep�blica el candidato a Ministro de Gobernaci�n.

* Muere uno de los poetas m�s queridos y conocidos del Pepino, Ram�n Mar�a Torres (�Moncho Lira�), nacido en 1868, a quien el p�rroco Dr. Quint�n Octavio Perdomo tom� como su protegido, siendo su mentor y gu�a.

* En 1906: Un incendio destruy� el centro urbano de Pepino. Al menos, 80 casas incendiadas.

* 1912-1921: El presidente dem�crata Woodrow Wilson inicia la pol�tica de intervenci�n en los grandes conflictos internacionales. Los puertorrique�os comienzan a utilizarse militarmente como carne de ca��n.

* 1913: Muere el patriota Rosendo Matienzo Cintr�n, uno de los organizadores del Partido de la Independencia, ex-presidente de la C�mara de Representantes en 1904, 1906 y 1908. En 1912, se separ� del Partido de la Uni�n, por diferencias con Mu�oz Rivera. Consternaci�n en todo Puerto Rico.

* 1914: Muere uno de los m�s eruditos y queridos sacerdotes que laborase en Pepino, el Dr. Quint�n O. Perdomo, Doctor en Teolog�a y Derecho Cat�lico.

* 1917: Ley Jones

* 1918: Terremoto ocasion� da�os a la Iglesia Cat�lica, la Casa Alcald�a y la Escuela Whitter.

* Muerte en La Habana, Cuba, del patriota pepiniano Gerardo Forest V�lez (1859-1918), quien recibi� un t�tulo en Farmacia en 1879, y en la guerra mamb� contra Espa�a obtuvo el rango de Coronel.

* 1922: Muere Avelino M�ndez Mart�nez el 20 de diciembre. Nacido en Moca, patriota de ideas avanzadas, considerado uno de los l�deres intelectuales de las Partidas Sediciosas. Su hijo mayor, Andr�s M�ndez Liciaga, dir�a sobre �l que atend�a el clamor de los necesitados, �escuchaba sus demandas y remediaba en parte sus necesidades�, pues, estuvo guiado por un �coraz�n abierto al bien, a la justicia y la caridad� (Boceto hist�rico del Pepino, 1924). Rehus� la Alcald�a Municipal de Pepino al pedido del Capit�n Brackford el 19 de septiembre de 1898.

* 1928: Hurac�n San Felipe arras� con la industria cafetalera en Pepino

* Muere Narciso Rabell Cabrero, exAlcalde, Director Escolar y paleont�logo pepiniano.

* 1928-29: Per�odo de Turbas Republicanas, El Corral de Electores (para robo del voto) y asesinatos polticos. Reincidencia del caciquismo.

* Efectos de la Depresi�n. Miseria en el pueblo.

�En aquel entonces, las carretas de bueyes son el medio de transportaci�n. Las calles eran caminos vecinales que cuando ca�a un chubasco o aguacero se convert�an en r�os de bajes o, peor a�n, fangales. En aquella �poca, la vida era muy dura� (Testimonio de Horacio Hern�ndez, 1995, desde Altadena, California). [1]

* 1932: Otro hurac�n, San Cipri�n, arrasa con cafetales y fincas de frutos menores.

Con �sto en mente, se puede proceder al an�lisis.

Con la influencia de los EE.UU. llegar� un desaf�o y una tentaci�n, cuya intensidad nunca antes se experimentara: un anhelo / desaf�o por el progreso al que Francisco Alberty Orona defini� po�ticamente al decir que ser� la juventud (la que):

abrir� las puertas
de un ma�ana promisorio
tornando la semilla en sementeras...

(�Mirada ausente�, en: Cantares al Pepino, p. 2)

El progreso se convierte en un ideal muy propio de los j�venes. El ma�ana (�ir-avanzando�) dar� m�s que �lo sido�, ya acontecido. La desigualdad en la distribuci�n de la riqueza, ese viejo fantasma, tiene que ser superada. Estos m�rgenes de libertad de acci�n a la vista son mayores que los que antes hubo con Espa�a y su vulnerable autonom�a. Vendr�n, sobre todo, los j�venes a probarlo.

Es apresurado describir categ�ricamente la idiosincracia del pepiniano, pero dos momentos han cursado en la historia puertorrique�a en las que �sta ha tenido sus pruebas de fuego. Uno fue el movimiento separatista de 1868 y otro fue la presencia norteamericana y lo que, tras aprobarse los estatutos Foraker y Jones, se les planteara.

Dec�a Alberty Orona que el pepiniano, en su fluir de existencia, es a�orador y enso�ador. Es capaz de evocar �tiempos idos� y �quimeras ilusorias�; pero, a la hora de los vendavales y las pruebas intensas de lo real, el pepiniano verifica lo que tiene �poco arraigo� en beneficio de la verdad de su ser. En su texto A�oranzas, a este proceso cognitivo de su a�orar, lo dispuso como un resultado filos�fico: �Trastocar ilusiones en verdades�. [2] Es el poder del trabajo lo que produce esperanzas de vida placentera. Pepino es �progresista y alerta� (Ibid). �Qu� quiso decir con �sto? �Qu� implicaci�n social tiene? �Cu�n alertas ante lo irremisible de las espectativas?

Con �sto se infiere c�mo incidiera una ideolog�a de importaci�n �americana�. Futuro y progreso se han asimilado y la resignaci�n a la miseria no es admisible. Ya nom�s. Obviamente, en la historia social de San Sebasti�n hay mucho dolor. �Fue una parte de ese dolor el �olvido de su grandeza anta�al� (frase de A. Rafael Segu�), que se evoca y a�ora, entre nuestros poetas del pasado y el presente?

Pero el desaf�o cimero es lo dicho por Alberty Orona: Ha llegado la hora de trastocar las ilusiones en verdades. Esto es posible. El pepiniano concibe una herencia sobre la cual fundamentar sus valores; se �ha forjado un prototipo� regional (Eliut Gonz�lez). En lo m�s pobre de sus d�as y arduo de su vida social, es un pueblo trabajador que Luis Fernando Mart�nez evocara con los individuos que mencion� colectivamente en un texto. Ellos son hoy una parte del imaginario social de lo pintoresco, pero, que en su tiempo, fueron la sociolog�a viviente del trabajo.

En su poema A mi pueblo, esos jornaleros o empresarios miseriosos y que representaron la vida cotidiana del Pepino de 1900 hasta final de 1930, son:

El aguador, el lechero,
el revend�n, carbonero
(que) empiezan ya a desfilar
y a la Plaza de Mercado
de su sue�o despertar.

La gente comienza pronto
su diaria actividad y all�,
en la sierra, se oye
al le�ador laborar.

Larrache, el sacrist�n de la iglesia,
las campanas toca ya
y Chalo con su batea
de mallorcas bien repletas
comienza ya a pregonar.

Los garrafones de leche
se escuchan ya vaciar
y Catalina, la Negra,
la cande la va a juntar.

Mulas, caballos y vacas
empiezan a pulular
y el sonido de sus cascos
son notas de actividad.

(Luis Fernando Rodr�guez, en: Cantares al Pepino, ps. 94-96) [3]

El peque�o agricultor, el hatero, el trabajador de la ca�a y el Ingenio azucarero La Plata, revendones, dulceros, carboneros, aguadores, lecheros, criadas, costureras, parteras y maestros, tenderos, carniceros, ventorrilleros etc. tales son los productores de la vida material del Pepino del 1900 a 1930. Estos como personajes tienen su presencia en la incipiente literatura del siglo XX. Como clase y familias privadas, sostuvieron a su prole contra viento y marea, porque muchas veces, como sucedi� en el Siglo XIX, el gran hacendado y el comerciante pr�spero los menospreci� y a�n les neg� sus beneficios econ�micos, sociales y pol�ticos. Este grupo, ciertamente proletarizado, posey� m�s bondad y valores que recursos para vivir. Siempre fueron los m�s sufridos. Si de algo carecieron fue de educaci�n formal o destrezas para adaptarse al nuevo orden que vendr�a, a riesgo de hacer ya innecesarios sus empleos.

Seg�n avanz� el proceso de cambio, la educaci�n que se fue adquiriendo fue ya una que identific� �capitalismo, democracia, progreso tecnol�gico, educaci�n p�blica y obediencia a las leyes� (de los EE.UU.) con el prop�sito de americanizar, asimilar, complet�ndose el desmantelamiento de las �costumbres de ayer�, las �Costumbres del Pepino del siglo pasado�, dir�a Mariana Rivera Alers de Rivera.

Un interesante texto del profesor y poeta Jer�nimo Ram�rez de Arellano, �Del pret�rito�, describe algunos aspectos materiales del escenario pueblerino. Evoc� los a�os del ex-Alcalde Manuel M�ndez Liciaga (1884-1964), vividos en un pueblo de �pret�rito glorioso�, �naturalmente bello�. Ese �viejo Pepino� de los Treintas todav�a conservaba la virtud de la solidaridad.

Si juzgamos que el sentimiento de solidaridad es el factor cohesivo de las ideolog�as, al faltar �sta, la pepinianidad, la puertorrique�idad y las virtudes unitarias del ser que nos dio el sentido de autocton�a e identidad, se tendr�a como riesgo que tal pepinianidad se viniera abajo.

La solidaridad como pepinianos fue el arma secreta, el ancla de salvaci�n, en el proceso de sobrevivir como pueblo, a partir del 1900.

En conversaciones con Marina R. de Rivera y su hijo Alberto Rivera en la d�cada de 1970 (para la preparaci�n de esta monograf�a), ambos coincidieron en dos hechos: los principales problemas que tuvo el Pueblo de Pepino al despertar a los desaf�os del siglo XX y adaptarse al nuevo r�gimen que impuso los EE.UU., fueron la salud p�blica y la educaci�n.

Para Do�a Mariana Rivera Alers, educaci�n y salud �van de la mano y una no sabe qu� debe ser primero; cuando falta la educaci�n, por desconocimiento, se cometen errores que afectar�n la higiene, la salud y la personalidad; cuando no hay salud, sea por el hambre o por el malvivir, la educaci�n no entra al est�mago ni a la cabeza�. [4]

En poema suyo, en el que el deseo es �revivir del pasado cuanto guarda�, a�n del siglo XIX (ella vivi� 18 a�os en tal siglo y fue una de las pocas ni�as con acceso a la educaci�n, pues provino de la pr�spera familia de la �poca, los Alers), se�al� ese problema fundamental: en Pepino faltaba un sistema de instrucci�n, la democratizaci�n y masificaci�n de la educaci�n p�blica. No obstante, a su juicio, Pepino hubiese servido de modelo por la virtud colectiva de su fineza y bondad.

Al envejecer, a la edad 86 a�os, escribe el poema A mi Pepino, con la aflicci�n de c�mo han cambiado las costumbres y la calidad moral del pepiniano:

�Cu�nto tiempo ha transcurrido
que ya llegu� a la vejez!
caus�ndome pena ver
en �Costumbres del Pepino
de fin de siglo pasado',
modelo que fue tomado
de personas que en verdad
no poseyendo instrucci�n
s�lo tuvieron bondad!

(Mariana R. Rivera Alers, escrito en diciembre de 1967,
e inclu�do en: Cantares al Pepino, ps. 83-85)

Si bien es absurdo, in�til y contraproducente, regresar en forma acr�tica al pasado, como fuga de un presente ca�tico, hay que considerar que no se puede perder la fe en la historia sin caer en varios peligros: la p�rdida y el equ�voco. El conocimiento de la historia funciona como motor de cambio cuando no se suscribe a los llamados discursos can�nicos y legitimadores del poder. Eduardo Mill�n, l�cido cr�tico de literatura, ha dicho citando a Leminsky, que la batalla contra lo nuevo es una guerra perdida y lo nuevo debe pasar, necesariamente por una revaloraci�n del pasado, no por un retorno de �l.

La tentaci�n es engordar el olvido. Con olvido, en un sentido hermen�utico-existencial, miento una actitud que M. Heidegger, describi� de este modo: la imposici�n provocante (Ge-stell) de la t�cnica que conduce al hombre a extrav�o, a la autodeterminaci�n fat�dica, al olvido de su esencia. En los riesgos de la manipulaci�n t�cnica del mundo, de sus maquinarias y sus aparatos, se oculta un modo precedente del desocultar y el producir, con el peligro de llevar a la fatalidad, al desarraigo. El hombre eregido como sujeto investigador, interpelado por la Gestell, inquiere su objeto, enceguecido, fuera de la constituci�n misma del ser. [5]

Con la entrada al siglo XX, el l�der puertorrique�o oportunista y burgu�s en general y, en particular, el de cada pueblo de la isla en posici�n de poder, quiso desautorizar el precedente vivido dentro la pol�tica p�blica de Espa�a que mantuvo a Puerto Rico en la ignorancia. �A menor nivel intelectual en las colonias, mayor sumisi�n� (O. Parga, Jr.). Este l�der descrito es quien m�s presto est� al olvido ya que se entusiasmar� con los ingenieros militares norteamericanos que vinieron con la invasi�n a construir �la red de carreteras principales, las comunicaciones telef�nica e inal�mbricas que permitieron la entrada de la Isla al nuevo siglo�. [6]

Seg�n Heidegger, quien me sirve en las interpretaciones que hago de la historia en mis monograf�as, los seres humanos �somos lanzados a una situaci�n hist�rica que no podemos eludir�. (Heidegger, loc. cit). Ante �sta debemos participar con el m�s libre y propio querer, es decir, aceptar la situaci�n, ser en ella, siendo que �ser consiste en ser conscientes�, y el ser es ocultado por lo que existe, con su �constante presencialidad� y cuidado o inquietud torturante (�Sorge�). El querer debe darse en base al ser-los-unos-con-los otros en ejercicio de la solicitud (�F�rsorge") y procuraci�n (�Besorge�). Siempre tenemos la esencialidad misma para una orientaci�n que es, o son los materiales �a la mano�, para que se nos descubra su significado.

El soci�logo E. Durkheim rebautiz� lo que, en 1895, Le Bon llamara la mente colectiva como psique colectivo, reconociendo que el comportamiento colectivo sustituye en ocasiones al comportamiento individual, contagi�ndolo con emociones o acci�n. El progreso es peligroso cuando el hombre individual o colectivamente idolatra, o se apega a una mercanc�a u objeto mercantil y el sujeto deviene en objeto. La aparencia encubre la esencia del fen�meno. El olvido incluye, de este modo, el sentido de actuar sobre conceptos que son la expresi�n sobre el Ser-mismo y la toma de consciencia de la propia existencialidad.

Olvido es un desagradecer al ya no ser endop�ticos, actitud que nos pide el procurar de los dem�s y ayudarles a ser libres en su cuidado (�Sorge�). Olvidar es, pues, lo contrario �al recuerdo que se interna en la historia... como el �nico camino transitable hacia lo inicial�, no como historiogr�fico, o lo meramente pasado, sino como �pensar rememorante que piensa a la vez en el ser que esencia (lo ya sido esenciante) y en la destinada verdad del ser... y c�mo desde esa determinaci�n el ser abre un �mbito de proyecci�n para la explicaci�n del ente... y a un pensamiento para la reinvindicaci�n del ser�. [7]

Recordar� ahora a una gente que transit� por ese camino de la esencialidad para ubicarse en el habla en torno la vida en los primeros treinta a�os del siglo. Quienes participaron en la Tertulia de la Farmacia La Central son individuos muy especiales. Como la Farmacia Rabell, La Central surgi� muy temprana en el siglo y Manuel M�ndez Liciaga (1884-1964), fue su fundador y propietario por cuarenta a�os. Se gradu�, mediante estudios libres, en Farmacia y aprovech� los cursos acelerados de ingl�s y pedagog�a que ofreci� la Universidad de Cornell para aspirantes de maestros, lo que le permiti�, desde 1904, trabajar en escuelas de Utuado, Aguada y Pepino. En la d�cada de 1920, fue director escolar en San Sebasti�n y, como su hermano Andr�s, fue uno de los organizadores y l�deres influyentes del Partido Uni�n de Puerto Rico. Ambos, Manuel y Andr�s, ten�an intereses tan diversos como la pol�tica, la educaci�n, la historia y la literatura. Ambos se educaron con uno de los pocos, aunque m�s conocidos maestros de la �poca espa�ola, Manuel A. Dur�n y Figueroa.

A fin de ubicarse en la situaci�n y la continuidad del esp�ritu patrio, M�ndez Liciaga, Francisco Rosado y Miguel de Jes�s Mart�nez, entre otros, promueven las tertulias nocturnas en la botica, una tradici�n que dur� por much�simos a�os y que como el primer ateneo libre, p�blicamente abierto, para estimular los asuntos c�vicos, creativos y culturales, donde inclusive la a�oranza del pasado tuvo cabida. De �la tertulia� lleg� a participar la juventud que comprendi� la labor educativa desplegada por Manuel M�ndez Liciaga y, desde all�, se comentaba la pol�tica, los discursos de los oradores aspirantes a cargos nacionales. No se tomaba como una mera charla, de �ndole dispersadora y sin fijeza, sino que lo que se conversara sirviera para orientar sobre �lo que est� esclarecido y lo que no�, al decir de Heidegger.

La Tertulia de La Central fue una inyecci�n contra el olvido que aspira a sepultar lo inmanente, �el sentido que depende de la existencia� y por el cual es la libertad (�la libertad que constituye el fundamento del fundamento existencial�. [8] Y el problema fue que este proceso de exorcisar el olvido fue y es m�s dif�cil que lo que se piensa. En ese Pepino de los Veinte comenzaron a moverse intereses de ambici�n desmedida, si bien en la pol�tica el objetivo de la administraci�n municipal fue crear infraestructura, oportunidades educativas y los unionistas locales aseguraban triunfos, alej�ndose de la mentalidad asimilista de algunas antiguas y poderosas familias, a�n resentidas por los golpes que diera la clase liberal y proletaria a sus intereses.

Autonomista, en tiempos de Espa�a, Narciso Rabell Cabrero, [9] fue el segundo alcalde de Pepino bajo el r�gimen norteamericano. Su primera incursi�n pol�tica fue en el Partido Federal y posteriormente en el Partido de la Uni�n.

Nombrado por el Gobernador William H. Hunt, como alcalde tuvo que socorrer el Casco Urbano que se incendi� pavorosamente en 1906. Impuls� una reconstrucci�n planificada del Pueblo, siendo el propulsor del primer acueducto y la primera planta el�ctrica en la zona urbana. De las fincas de su padre, el Dr. Narciso Rabell Ribas, oriundo de Catalu�a, se provey� maderas, sin costo alguno. Rabell Cabrero urgi� la aprobaci�n de ordenanzas municipales para la tarea reconstructora. Padre del Pepino Moderno es uno de los primeros en crear consciencia de que la salud y la educaci�n fueron las primeras prioridades para echar adelante a ese Pepino que tantas veces, en su historia, ha tenido que levantarse del desastre, los ciclones y la desorganizaci�n.

Manuel Rivera Negroni, hacendado pepiniano, uno de los primeros Alcaldes bajo el r�gimen tom� el cargo en 1910. No lo abandonar�a hasta 1924. Durante su per�odo, se construy� la Plaza del Mercado y se instal� por primera vez una planta de servicio municipal de energ�a el�ctrica.

De estos tres hombres (Manuel M�ndez Liciaga, Narciso Rabell y Manuel Rivera Negroni) que son, a mi juicio, la figuras m�s inspiradoras, cr�ticas y ubicadas en la esencialidad del �material a la mano�, no solamente f�ctico, sino trascendente, de la vida pepiniana en esos treinta a�os, reflexionar� en cap�tulos posteriores y les extrapolar� con sus opuestos. Retomar� en el primer cap�tulo el tema de la invenci�n del presente y la revalorizaci�n del pasado a la luz de la cr�tica de las ideolog�as.

___________

Notas bibliogr�ficas

[1] Testimonio de Horacio Hern�ndez, 1995, desde Altadena, California. Pertenece a su libro a�n in�dito, y que obtuve por cortes�a y amistad de su autor. Su t�tulo es Recuerdos: La gente de mi pueblo, Cap�tulo 1; ver tambi�n Andr�s M�ndez Liciaga, Boceto hist�rico del Pepino (1ra, edici�n 1924; segunda edici�n (Ediciones Ateneo Pepiniano, San Sebasti�n, 2004), ps. 88-89, 108, 128-129, 141, 170.

[2] Francisco Alberty Orona, en: Ram�n L. Card� Serrano, Cantares al Pepino (1ra. edici�n, San Sebasti�n, 2003), ps. 1 y 3.

[3] Luis Fernado Rodr�guez, inclu�do en: Ram�n L. Card� Serrano, Cantares al Pepino, ps. 94-96.

[4] Entrevista con Mariana Rivera Alers, viuda de Jos� Rivera Mu�iz. La entrevista fue realizada en mi casa en San Sebasti�n en 1973. Do�a Mariana, nacida en 1882, estudi� sus primeras letras con una maestra privada en Pepino, de origen aristocr�tico, Mar�a de Jes�s Arteaga e hizo estudios superiores, posteriormente, en el Colegio de Isabel Su�rez en A�asco. Public� en 1969 un libro titulado A�oranzas sagradas. Citamos varios poemas suyos en este trabajo, tomados de la antolog�a recopilada por Ram�n L. Card� Serrano, Cantares al Pepino (1ra. edici�n, 2003), p. 83. [5] Martin Heidegger, El ser y el tiempo (Fondo de Cultura Econ�mica, M�xico, 1951), con pr�logo y traducci�n del alem�n de Jos� Gaos, ps. 300 y 310; adem�s, Michael Sauval, El olvido del ser, seg�n Martin Heidegger, en: http://www.sauval.com/articulos/olvidodelser.htm y Carlos Eduardo Pel�ez, Heidegger y algunos textos sobre est�tica, en: http://www.utp.edu.co/~chumanas/revistas/rev28/pelaez.htm; Cf. vid adem�s: Alberto Carrillo Can�n, Poes�a, lenguaje e interpretaci�n en Heidegger, en: http://serbal.pntic.mec.es/cmunoz11/carrillo.html y ] I. M. Bochensky, La filosof�a actual (FCE, Mexico, 1997), p. 16.

[6] Senador Orland Parga, Jr., La Invasi�n americana, en: http://www.orlandoparga.com/publish/aricle_17.shtml [7] Paul Roubiczek, El existencialismo (Editorial Labor, S.A., Barcelona, 1970), ps. 190-91 y Heidegger, M., El recuerdo que se interna en la metaf�sica (Destino, Barcelona, 2000), traducci�n de Juan Luis Vermal. [8] Bochensky, p. 160-61.

[9] Narciso Rabell Cabrero naci� el 27 de septiembre de 1873, hijo de Elvira Cabrero Echeand�a. Estudi� en Maricao en el Colegio, dirigido por Felipe Janer, donde fue condisc�pulo de Luis Llor�ns Torres, Rafael Mart�nez Nadal y otras figuras que echar�an fama y prestigio en Puerto Rico entero. Obtuvo el Bachillerato en Artes y Ciencias y acudi� a Espa�a para obtener su Licenciatura en Farmacia (1895). A su regreso, fund� la Farmacia Rabell (1896). Muri� el 10 de febrero de 1928.

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