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Convocatoria a la investigaci�n de la historia municipal
Partidas Sediciosas de 1898: Campesinos Armados en Pepino (Parte 1)
Partidas Sediciosas de 1898: Campesinos Armados en Pepino (Parte 2)
Los Tipos Folcl�ricos Pepinianos
Poetas y Literatos Destacados de San Sebasti�n del Pepino
La poes�a pepiniana y el folclor: Enfoque Heideggeriano
Del Unionismo al Anexionismo
Tijuana: Dolor de Parto / Libro de poemas de Carlos L�pez Dzur
Libro de la Guerra / Presentaci�n
La pintura y las bellas artes en San Sebasti�n del Pepino
Heideggerianas / Libro Completo / Tercera Parte
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El Hombre Extendido / Poemario premiado en el Certamen Literario Chicano de la Universidad de California, Irvine
El Hombre Extendido
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Pr�xedes Mateo Sagasta
San Sebasti�n: Datos hist�ricos y Bibliograf�a
Literatos y Educadores de San Sebasti�n
La literatura Pepiniana / Monograf�a / por Profesor Ram�n Luis Card� Serrano
Enfoque Heideggeriano a la Literatura Pepiniana
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Gente Ilustre de San Sebasti�n
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Comevacas y Tiznaos: Partidas
Campesinas de 1898 en El Pepino
Parte I / por Carlos L�pez Dzur
��Y no se les ti�e de verg�enza siquiera la cara, al decir justicia, moralidad, orden, sin recordar... las hogueras de San Sebasti�n, donde a�n vive Jaunarena se�alando con su zoco brazo a los bandidos realengos en la sociedad, la quema d�a y noche de casas y desharretamiento de vacas de los honrados isle�os de Hatillo y otros hechos infamantes en la negra historia de Puerto Rico, bajo el Imperio de D. Luis I, de Barranquitas!� Respirando por la herida: en: El Regional (N�m. 79, San Sebasti�n, Puerto Rico, 4 de Noviembre de 1914).
Durante el Gobierno de Pr�xedes Mateo Sagasta 1 en Espa�a, hab�a surgido un movimiento armado en la comarca de Jerez de la Frontera. Se dieron much�simos episodios de bandolerismo y agitaci�n social en las campi�as andaluzas. 2 Para sofocar tal movimiento y evitar los robos y asesinatos, el gobierno realiz� m�s de 300 detenciones. Ejecut� a 8 cabecillas de la sociedad secreta La Mano Negra.
El abogado Juan Hern�ndez Arvizu, 3 nativo de una villa puertorrique�a, que a�n hoy es llamada el Pueblo del Pepino (San Sebasti�n), fue Fiscal en los procesos judiciales contra tales anarquistas. 4
En varias ocasiones, al regresar de Espa�a para visitar a sus familiares locales, en este pueblo, Hern�ndez Arvizu fue el orador honorario del Centro Espa�ol Incondicional. Sus conferencias se aplaud�an por la sociedad pepiniana y se comentaban por el pueblo llano, a la ma�ana siguiente. El tema de La Mano Negra ofreci� un material abundante, colorido y rom�ntico, sobre el cual opinar y echar a volar la imaginaci�n revolucionaria o los miedos a los conflictos.
De hecho, una partida de campesinos locales, en fecha de la invasi�n americana de 1898, adopt� el nombre de La Mano Negra, arbitrariamente, para dar ajusticiamientos il�citos a los s�bditos espa�oles que, de uno u otro modo, hab�an sido c�mplices de la tiran�a y el empobrecimiento tan grave que padec�a el campesinado en tal d�cada.
A esta c�fila de insurrectos, seg�n testimonios orales recogidos en El Pepino,5 se la supuso el disuelto S�ptimo Batall�n de Voluntarios que, otrora el coronel Julio Soto Villanueva tuvo bajo su mando, y que �molesto con la cobard�a de ese hombre� (sic.) ech� a rodar su propia agenda de resistencia �contra los gringos y los espa�oles� (cit., Entrevista con el Lcdo. Pedro A. Echeand�a Font, cf. vid. Bibliograf�a, al final de cap�tulo).
Miembros de esta partida ("La Mano Negra") se personaron para darle muerte en la casa de Cirilo Bland�n, donde Soto Villanueva se hab�a refugiado y, entre una de las razones motivantes para hacerlo, se mencion� el nulo apoy� que dio a los voluntarios de ese batall�n durante el Combate de Hormigueros del 10 de agosto, donde entre heridos y muertos cayeron 12 milicianos.
En este ensayo, se propone el an�lisis de los incidencias de violencia, quemas, asesinatos y robos, que produjo el fin del orden espa�ol en uno y m�s pueblos de Puerto Rico. Utilizamos la metodolog�a de Historia Oral Allan Nevins y las t�cnicas de entrevista para formular una microhistoria regional, insertable en el contexto mayor de la historia puertorrique�a, la que a su vez ser�a contextualizable dentro de una macrohistoria general, contribuyente a la historia latinoamericana. Se provee una bibliograf�a comentada, al final de este ensayo.
Precisamos que, aunque la historia de las partidas campesinas armadas, en pos de ideales de Tierra, Libertad y Justicia, es aspecto localmente documentable en el marco de la Guerra Hispanoamericana de 1898, sus especificidades o detalles han sido premeditadamente ignoradas en la historia oficial y los hombres que mejor pudieron referirse al tema, por ser participantes activos, o testigos de los hechos, lo ignoraron (e.g., el Dr. Angel Franco Soto, autor de unas memorias sobre el 1898, el ex-Alcalde Andr�s M�ndez Liciaga, quien recopil� en el Boceto Hist�rico del Pepino (1924) mucha de la historia de municipio. Por desgracia, M�ndez Liciaga obvi� las referencias a lo que, a mi juicio, fue la �poca m�s dram�tica de la historia borincana y que �l mismo viviera en plenitud, ya que su padre (Avelino) fue inspirador intelectual y material de muchas de las incidencias �tiles (hechos hist�ricos) a la consciencia memorante y colectiva, las Partidas Sediciosas, en particular, y el cambio de soberan�a, a m�s del Grito de Lares, que fue hito hist�rico de la identidad nacional puertorrique�a.
A mi juicio, la historiograf�a que se cuaja m�s fielmente y en sus mejores detalles de veracidad, es siempre el devenir presente, irse-resolviendo-avanzando, es decir, la que se alcanza a vivir como testigo, en el fluir del devenir hacia un ah�-del-ser, hist�rico-temporalizado. Sin embargo, estas historias en torno a los comevacas y tiznaos del 1898 y otras que a�n est�n en sombras de olvido, sin nadie que las cuente, fascinaron mi curiosidad desde mi juventud y mis contactos con octogenarios y nonagenarios, o a�n centenarias, como mi propia bisabuela, a quien conoc�, e hizo posible alg�n rescate.
Despu�s de invertir a�os en escuchar, de labios que fueron imprescindibles como sus fuentes memorantes, ofrezco con esta monograf�a algunos detalles nuevos que investigu� en mis continuadas visitas a los hijos y familiares de las v�ctimas, testigos, protagonistas y coet�neos, de tales hechos, en El Pepino y otros pueblos, y que corrobor� en su verdad a trav�s de fuentes escritas, referencias de primera y segunda mano y documentos en los Archivos Militares de la Biblioteca del Congreso, en Washigton, D.C. y en peri�dicos de la �poca. Hago p�blica mi gratitud a las familias del Lcdo. Pedro A. Echeand�a Font, Do�a M. Luisa Rodr�guez Rabell Vda. de Negr�n y Don Pedro Tom�s Labayen Jaunarena, por haber sido tan pacientes con mis visitas y, a este �ltimo, por poner a mi disposici�n su colecci�n, la m�s completa, del peri�dico El Regional de principios de siglo.
Estos eventos que aqu� relatar� ocurrieron durante la invasi�n norteamericana, por lo que, para entender las acciones de las insurrecciones campesinas en San Sebasti�n de las Vegas del Pepino, ser� necesario contextualizar hist�ricamente el comportamiento de Espa�a y los EE.UU. en la isla y dar cuenta sobre las superestructuras ideol�gicas en general. Y despu�s, concretamente, sobre su apercepci�n por los pepinianos de entonces. Recomiendo, por igual, que se consulte la monograf�a sobre la entrada en El Pepino de los norteamericanos, la que presento con el t�tulo La Invasi�n de 1898 en mi Webpage. y en este libro.
Obviamente, concuerdo con la observaci�n del historiador Angel Rivero M�ndez, quien nos recuerda la indignaci�n de los cronistas antes hechos similares �robos, asesinatos y anarqu�a� como los ocurridos en San Sebasti�n y otros puntos de la isla:
... No fue Puerto Rico quien tales desmanes cometiera �escribe Rivero�. Fueron unos pocos hombres, varios centenares tal vez y, sobre ellos, �nicamente debe recaer la condenaci�n de los historiadores.
Sin embargo, tambi�n es tarea historiogr�fica desocultar �y comprender sociol�gicamente� una parte t�cita y dolorosamente reprimida de lo que, como contenidos intras�quicos, se carg� dentro de la consciencia de aquellos sediciosos, quienes se sent�an y expresaban, por primera vez, colectiva y consensivamente, como clase, la rabia que estuvo sepultada por generaciones. El Dr. Frantz Fanon nos advierte, en su libro Los condenados de la Tierra (1961), que:
... La descolonizaci�n es siempre un fen�meno violento... (y que) ante la necesidad de ir... hacia un panorama social modificado en su totalidad, lo que define toda descolonizaci�n en el punto de partida... es que constituye, desde el primer momento, la reinvindicaci�n m�nima del colonizado... La necesidad de ese cambio existe en estado bruto, impetuoso y apremiante, en la consciencia y en la vida de los hombres colonizados. La importancia de ese cambio es que es deseado, reclamado, exigido. Pero la eventualidad de ese cambio es igualmente vivida en la forma de un futuro aterrador en la consciencia de otra 'especie' de hombres y mujeres: los colonos... La descolonizaci�n, como se sabe, es un proceso hist�rico: es decir, que no puede ser comprendida, que no resulta inteligible, trasl�cida a s� misma, sino en la medida exacta en que se discierne el movimiento historizante que le da forma y contenido. La descolonizaci�n es el encuentro de dos fuerzas cong�nitamente antag�nicas que extraen precisamente su originalidad de esa especie de sustanciaci�n que segrega y alimenta la situaci�n colonial. Su primera confrontaci�n se ha desarrollado bajo el signo de la violencia y su cohabitaci�n �m�s precisamente la explotaci�n del colonizado por el colono� se ha realizado con gran despliegue de bayonetas y de ca�ones. 6
En algunas ocasiones, la violencia que se canaliza para desorganizar a la vieja sociedad, se concentra en desaprobar el rol de las iglesias. Romper tales tab�es fue una gesticulazaci�n irrefrenable en el pueblo que estudiamos.
Uno de los incidentes, en el Valle de Toa Baja, lo refiere Rub�n Arrieta tras entrevistar a Francisco L�pez, e ilustrar�a que la violencia descolonizante permear�a todo, �transformando a los expectadores aplastados por la falta de esencia en actores privilegiados, recogidos de manera casi grandiosa por la hoz de la historia... pero esta creaci�n �vuelve a recordarnos Fanon� no recibe su legitimidad de ninguna potencia sobrenatural: la cosa colonizada se convierte en hombre en el proceso mismo por el cual se libera�; por �sto mismo los vej�menes al sacerdote espa�ol del Valle del Toa no son, en realidad, ataque a una persona, en cuanto es ella, individuo particular, sino ataque al s�mbolo de la Iglesia Cat�lica que no materializ� el programa "de hacer a los �ltimos, a los humildes, los primeros", sino que, en su lugar, formul� sus propias tranquillas al progreso de estos humildes de la gleba.
Recu�rdese que en, 1898, a�n no se cumpl�a ni veinte a�os de la abolici�n de la esclavitud, instituci�n practicada y protegida por la Iglesia. Un cura espa�ol en El Pepino el d�a que los esclavos solicitaron un Te Deum para la bendici�n de su fiesta colectiva de libertad, por el decreto de la manumici�n, ech� insultos a la negrada que lo solicitaban y les pidi� que festejaran fuera de los atrios de su parroquia. Este fue el p�rroco Claudio Gonz�lez.
Do�a Dolores Prat-Prat, criolla entrevistada para mi monograf�a, hija de catalanes, otrora una familia de esclavistas, como ella misma confesara, ni siquiera fue registrada ni bautizada como cristiana �porque mi madre fue manchada por un negro y violada por otro bandolero libertario (NOTA DEL AUTOR: Nu�ez, padre de la relatora), de los que se daban aire de dignidad y civilizaci�n y nos quemaron en Mirabales durante la Revoluci�n de Lares� (sic., cf. Entrevista con Do�a Dolores Prat-Prat, en su finca de Mirabales).
Movida por su orgullo, su madre Eulalia Prat-Velez, solicit� de la entrevistada que "cuando vaya al pueblo, no entrara a la iglesia... que aqu� puedes rezar, sin que nadie te diga bastarda ni mala mujer".
Do�a Lola Prat afirm� que recib�a de Espa�a, en tiempos de menos pobreza, muchas revistas y gacetas que le enviaban a su madre y a sus hermanas, "donde se hablaba de Castelar y Moret" y record� que, al debatirse en Espa�a la Constituci�n de 1876, un hombre poderoso de la Iglesia (que el mismo Castelar propuso para Obispo de Salamanca, pero que fue consagrado como Obispo de Madrid-Alcal� en 1874), se opuso al principio de tolerancia religiosa. Se refer�a a Narciso Mart�nez. 7
"Pues, si siendo cat�lico, no toleraba ni pingos, �qu� clase de Dios tiene, qu� clase de amor al pr�jimo?" La anciana termin� diciendo: "Pues, lo mataron, con toda y su sotana. Es que en pol�tica nada se olvida; yo me acuerdo de Lares y no hab�a nacido, imag�nate" (sic.)
Al verificar sus relatos, confirmo que el Obispo Narciso Mart�nez fue asesinado por un presb�tero en el atrio de la Catedral de San Isidro en Madrid, en 1886. Enti�ndase, por lo anterior, el contenido subliminal y probable que se involucrar�a en tal acci�n anticlerical, ejecutada por la partida que atac� a la Iglesia, seg�n este relato de Arrieta y Francisco L�pez:
... Tambi�n hubo ataques en la regi�n del Toa... All� realizaron una agresi�n irreverente contra un sacerdote cat�lico espa�ol, a quien, le raptaron, conduci�ndolo a la plaza, seg�n el testimonio del anciano Pancho L�pez. Una vez all�, le pusieron aparejos y una silla sobre las espaldas, oblig�ndolo a que relinchara como un caballo. Mientras sobre las rodillas y las manos el reverendo padre se arrastraba, los forajidos le golpeaban grit�ndole �arre arre, mi caballito. Otros hacendados del Toa tambi�n sufrieron vejaciones y torturas f�sicas.
La influencia de la guerra independentista en Cuba y que estuvo en pleno vigor antes de la invasi�n, fue un factor influyente en la formaci�n de los movimiento de resistencia al invasor norteamericano en Puerto Rico. Esa guerra daba �nimos: Do�a D. Prat.
El 28 de abril de 1896, Armando Andr� Alvarado, patriota de Cayo Hueso, hizo estallar una bomba en el palacio de Valeriano Weyler, capit�n general de la Ia isla de Cuba y apodado El Carnicero. El muchacho de 24 a�os burl� a las autoridades. Al saberse sobre este episodio localmente, a viejos rebeldes, como Polinesia y Avelino M�ndez Mart�nez, en este pueblito de Pepino renacieron br�os. Ambos estuvieron asociados al movimiento armado de Lares, cuya revoluci�n hermana fue la de Cuba, el Grito de Yara, en 1868.
En un siglo de tard�o romanticismo y tropicalosas bohemias, el asesinato de C�novas del Castillo, presidente del Gobierno de Sagasta, en 1897, y el posterior asesinato de lsabel, Emperatriz de Austria, por otro anarquista italiano en Ginebra, hizo que se especulara que las sociedades de camorra (que aterrorizaban a N�poles) 8 encend�an la violencia dondequiera. Surgi� el temor a las invasiones de anarquistas, as� como de que �stas brotaran como azote para las antillas. As� se hab�a pensado durante los tiempos de los inmigrantes caraque�os y la C�dula de Gracias a la isla de Puerto Rico y otras antillas.
Del conservador C�novas del Castillo, 9 el Pacificador, se critic� duramente el nombramiento que hiciera de Romero Robledo, como Ministro de las Colonias. Este pol�tico, carente de escr�pulos, fue terriblemente repudiado en las posesiones ultramarinas y en la misma Espa�a y provoc� la ca�da de C�novas. Sagasta formar�a el nuevo Gabinete Liberal. De hecho, m�s proclive a dar mayor grado de autonom�a a las Antillas.
Una nueva crisis de gabinete ocurri� en noviembre de 1894. Se perdi� un tiempo valioso, pero, al fin, Buenaventura de Ab�rzuza fue nombrado como Ministro de las Colonias, con la esperanza de que proveyera el curso de la nueva pol�tica hacia Cuba, con la cual Antonio Maura, ex-Ministro de las Colonias, tendr�a sus diferencias con el reci�n nombrado en cuanto al alcance de la autonom�a que se conceder�a.
No logr�ndose amainar la agitaci�n independentista, a pesar de que las medidas liberalizantes fueron muy bien recibidas en La Habana, no as� lo fueron en el interior de la mayor de las antillas (Cuba) que, en 1895, dio indicios de mayor auge revolucionario, como ilustr� el Grito de Baire.
Para el 24 de febrero de 1895, el Gobierno de Sagasta restaba su importancia a la rebeli�n, lo que sum� otro error al panorama. Sin embargo, el Capit�n General y Gobernador de Cuba, Camilo Polavieja, quien hab�a renunciado en protesta por el nombramiento anterior de Robledo como Ministro para asuntos coloniales, hizo advertencias muy distintas y fue deso�do. Raz�n de su renuncia.
Desde 1891, P. M. Sagasta hab�a designado al Almirante Pascual Cervera y Topete como su Ministro de Marina (foto abajo).
La vuelta de C�novas del Castillo crear�a otra grieta para el caos que el �ltimo gabinete liberal, antes de la Guerra con los EE.UU., heredar�a. Desde el 10 de marzo de 1895, Espa�a comenz� a fortalecer su poder�o militar en Cuba, no previ�ndose otra cosa que sofocar a los mambises libertarios. Una fuerza expedicionaria de 6,000 tropas lleg� a La Habana. El General Mart�nez Campos, �sofocador de anarquistas catalanes�, al decir de Dolores Prat, 10 tambi�n fue enviado a Cuba. Las actitudes de �ste contribuyeron a que la propaganda novelera y conservadora motejara como anarquista a muchos liberales. Ni el mismo Dr. R. E. Betances, Luis Mu�oz Rivera y otros patriotas puertorrique�os, se libraron del ep�teto.
Fue la nueva jornada de gobierno conservador de C�novas del Castillo la que enviar�a al general A. Mart�nez Campos a Santiago de Cuba y, con �l y tras s�, una columna de 1,000 soldados espa�oles.
A�adi�ndose a Mart�nez Campos, �sofocador de catalanes, mambises y anarquistas�, lleg� a Cuba el General Valeriano Weyler y Nicolau, el 10 de febrero de 1896. Este impuso una estrategia de aislamiento de la poblaci�n rural, cre�ndose campos de concentraci�n, siendo la primera vez en una guerra moderna que se utilizaran tales formas de cruel hacinamiento y trabajo forzoso. Para finales de 1897, se hab�a relocalizado a m�s de 300,000 cubanos en tales campos. 11
Ser�a la protesta internacional �especialmente, la originada desde los EE.UU.� la que desacreditar�a los m�todos de Weyler, pero �ste fue quien asest� los golpes m�s rudos a los insurrectos cubanos en lucha por independencia.
El mallorqu�n Weyler (por su campos de concentramiento) 12 hizo tanto da�o al prestigio de la causa autonomista y las pol�ticas reformistas de P. M. Sagasta para las colonias espa�olas, como las decisiones err�ticas de C�novas del Castillo y la elecci�n de William Mckinley en noviembre de 1896 como Presidente de Norteam�rica.
El 26 de junio de 1897, la canciller�a norteamericana envi� un despacho a Madrid con el Embajador Dupuy de L�me con cr�ticas a los m�todos de guerra y la inhumanidad de Espa�a en Cuba. Aunque el 6 de noviembre se hab�a concedido una amnist�a para prisioneros pol�ticos cubanos y otro decreto real de sufragio universal para Cuba y Puerto Rico (22 de noviembre), Cuba hab�a sufrido tanto con el encono represivo y la sa�a por parte de los espa�oles que M�ximo G�mez, el dirigente de relevo tras la muerte de Maceo, anunci� que la materializaci�n definitiva de la Rep�blica Libre de Cuba ser�a irreversible, y despreci� el Estatuto Auton�mico del 26 de noviembre y la s�plica con que Blanco Erenas avisaba como soluci�n que los insurgentes de M�ximo G�mez se aliaran a las tropas espa�olas para expeler a los invasores en ciernes, que ser�an los norteamericanos.
En Cuba, se rehus� cualquier alianza de los cubanos con el enemigo peninsular.
�Hasta era preferible �contribuir junto a los yankees para el objetivo de una sonada derrota del r�gimen de Espa�a!
Despu�s de culparse a Espa�a del hundimiento de USS Maine en la Bah�a de La Habana y hacerse una declaraci�n de guerra por parte de los EE.UU., en reuni�n celebrada en Madrid, se discuti� sobre la situaci�n y la capacidad espa�ola para vencer o salir vencida, si se materializara de facto la confrontaci�n armada. Ese 23 de abril de 1898, el Comandante Pascual Cervera predijo la destrucci�n de su escuadra naval, ya que �no hay comparaci�n entre los recursos con que cuenta Espa�a y los que EE.UU. tiene�. Y el vaticinio se cumpli� el 3 de julio de ese a�o.
La flota de Cervera entr� a batalla con los buques de guerra estadounidense. Fue un desastre para Espa�a. Unos 350 marinos espa�oles murieron en el combate. Otras 160 tropas fueron heridas y 1,600 soldados espa�oles, con sus 70 oficiales, fueron tomados presos por las tropas norteamericanas, que s�lo sufrieron una baja y seis heridos.
El 11 de agosto de 1898, el Consejo de Ministros de Espa�a acept� las condiciones de paz, bosquejadas por los EE.UU., casi unilateralmente. En resumen, Espa�a deb�a renunciar a la soberan�a ejercida sobre Cuba, Puerto Rico y otras islas de la Indias Occidentales, traspas�ndolas a los EE.UU., y evacuar a los funcionarios de su r�gimen en cualquiera de sus colonias perdidas.
El mismo Blanco Erenas, quien hab�a ordenado al Almirante Cervera su salida de la Bah�a de Santiago y pelear, se sentir�a insatisfecho; pero, como dijera, ser�a mejor para Espa�a �perder honorablemente en batalla que rendirse�.
Al Duque de Almod�var del R�o, Juan M. S�nchez y Guti�rrez de Castro, a la saz�n Ministro de Relaciones Exteriores de Sagasta, desde mayo de 1898, toc� la triste tarea de enmendar el golpe al orgullo y prestigio espa�ol que fue su exterminio como potencia colonial hegem�nica en el Caribe. El fue uno de los plenipotenciarios que, en Par�s, negociar�a la paz con los EE.UU. y buscar�a mejorar la posici�n diplom�tica de Espa�a. Militarmente, tuvo muy poco espacio para defender los �intereses espa�oles�, sean cual fueren, porque ninguna colonia quiso seguir a la sombra de Espa�a, contrario al mito de la fidelidad puertorrique�a, antilla que en el discurso pol�tico colonial se refer�a como el ep�tome de fidelidad por la despedida que se les ofreci� al �ltimo Gobernador espa�ol.
El 21 de noviembre de 1898, los negociadores estadounidenses presentaron un ultim�tum (de una semana) para que se decidiera sobre la compra de las Filipinas por $20 millones de d�lares. Al mismo tiempo se hacieron, otros reclamos sobre Cuba, Puerto Rico, Guam y la anexaci�n de la isla de Kusaie, en las Carolinas, as� como sobre derechos de cables telegr�ficos y puertos en otras tierras, y de no haber respuesta, el riesgo ser�a el de encarar el reinicio de hostilidades.
El Duque de Almod�var recomend� la firma del tratado porque Espa�a no resistir�a otra confrontaci�n militar y arriesgaba mucho m�s en no hacerlo; pero, por igual, acus� la presi�n alemana por comprar las islas del Pac�fico. �Del �rbol ca�do, todos cortan le�as�, dijo.
En Puerto Rico, muy pocos entre los hombres cr�ticos e insatisfechos del colonialismo espa�ol, creyeron que Espa�a perd�a honorablemente en las batallas. Cada pueblo de la isla tuvo una experiencia particular de informarse sobre los hechos militares, especialmente, en los que se perd�an vidas puertorrique�as y una experiencia tambi�n �nica, pero sicol�gicamente determinada, sobre c�mo educarse en cuanto a la situaci�n que se aven�a, con el enfrentamiento de las potencias. Juzgar las relaciones de poder, en cuanto estructurales, no fue f�cil. Tampoco lo fue evaluar el trato humano, entre contendientes, no ya de los personeros de Espa�a como metr�polis, sino tambi�n el comportamiento de sus civiles en los distintos estamentos de la sociedad.
Los par�metros a la mano funcionar�an como ideolog�as e ideologemas (seg�n el t�rmino, del te�rico Fredric Jameson), quien sigue el lineamiento b�sico del fil�sofo social Antonio Gramsci al decir que "los hombres toman consciencia de su posici�n social en el terreno de las ideolog�as" y toda iniciativa hist�rica o reto ante la realidad cambiante, u opresiva, tiene un cometido que se formula ideol�gicamente y que consiste "en cambiar las fases precedentes, hacer homog�nea la cultura en un nivel superior al precedente". 14
Mi tesis �tras haber estudiado las Partidas Sediciosas como la respuesta m�s espont�nea y genuina del anhelo innovativo de los participantes� es que, en Puerto Rico esta lucha campesina surgi� del af�n, no reaccionario, por romper con el pasado, no de conservarlo. El est�mulo para la violencia fue creado por la polarizaci�n entre ricos y pobres, que fue aguda, y que pese a la legislaci�n liberal que trajo el Estatuto Auton�mico fue insuficiente para distraer la mentalidad de que el poder plutocr�tico quedaba intacto en los pueblos de la isla. La clase privilegiada quiso nuevos marcos de poder; la campesina. una justicia largamente debida.
Por supuesto, Puerto Rico ya ten�a una idiosincracia latinoamericana, caribe�a, que conserva y las ofertas inciales para dar un marco jur�dico a su identidad colectiva se presentaron con los EE.UU., a la postre, su nuevo amo. Esta fue la ilusi�n de muchos, especialmente, la clase obrera urbana y el campesinado. Para algunos importantes l�deres de las partidas campesinas, el salto a la esfera de Barbosa, o el ilusionismo del incipiente Partido Republicano (anexionista, asimilista) fue f�cil. Avelino M�ndez fue el ejemplo. Los republicanos barbosistas utilizaron el prestigio de profesionales de talento, como los pocos que hab�a en El Pepino, para predicar sobre un nuevo sentido de identidad dentro de la esfera mayor de la identidad jur�dica estadounidense; por el contrario, Juan Tom�s Cab�n, en respuesta, dec�a que m�s vale ser cabeza de rat�n que culo de le�n. Lo mismo dir�a Echeand�a Medina. (Font Echeand�a)
El sentido estricto, desde el cual se percibe el ser nacional puertorrique�o, vigente a�n antes del hito externo de la Revoluci�n de Lares, y al que invoco aqu�, proviene de una definici�n de Juan Jos� Hern�ndez Arregu�:
El ser nacional emerge como comunidad escindida, en desarrollo y en discordia, como proceso en movimiento, no como sustancialismo de la idea, sino como una contrastaci�n, velada o abierta, de las clases actuantes dentro de la comunidad nacional, no como nostalgia de los panteones y ornatos de la historia, no como una paz, sino como una guerra. El ser nacional, en �ltima instancia, pugna por cimentarse sobre las oposiciones de las clases sociales que luchan por el poder pol�tico. En s�ntesis, el ser nacional no es uno, sino m�ltiple. �Qu� es el ser nacional?, en: La Consciencia Hist�rica Iberoamericana (Buenos Aires, Editorial Hachea, 1972).
Es evidente que la invasi�n norteamericana de 1898 propici� uno de los momentos m�s cr�ticos en la vida puertorrique�a. A pesar de la miseria que sufr�a el grueso de la poblaci�n, no habr�a un espacio para mentir, o hilar delgado sobre los sentimientos nacionales. Las disyuntivas para elegir, o no, se dieron en el escenario m�s definidor y escindente: O colaboradores de los yanquis o pro espa�oles (a�n el autonomismo con ribetes afectivos, o sentimentalmente pro-espa�olista, el hispanismo culturizado, tendr�a que tronar).
En otro extremo, la opci�n fue: Con los yanquis o los separatistas. O europeos o criollos, donde la esencia de lo americano-criollo se fijar�a por el contraste expl�cito con lo europeo-metropol�tico. En alg�n sentido general, aunque no menos pr�ctico, la disyuntiva fue la Doctrina Monroe, tal como la postul� el sector puertorrique�o inclinado al anexionismo, desde antes de la invasi�n estadounidense, y que repet�a: O pasado o cambio. El pasado ser�a revalidante del colonialismo europeo ante una doctrina que, desde 1823, qued� planteada en el Congreso de Washington y que dispuso que en el continente americano es un deber considerar a cada pa�s fuera del intento de ser colonizado por las potencias europeas. Espa�a deb�a ser considerada como un rival amenazador de Europa.
Estas son las ideolog�as y subproductos (�ideologemas�) que permearon este momento. Las mismas se infieren del discurso opinante y las memorias de las gentes entrevistadas:
1. Ya no hay camino al pasado. Espa�a representa el pasado que se claudica a s� mismo y cede paso al poder�o norteamericano. El Desastre del Guacio y las ambivalencias del Coronel Julio Soto Villanueva, Antonio Os�s y Pedro Arocena y Ozores representaron el derrotismo y al ej�rcito espa�ol desmoralizado. Con Espa�a no habr�a futuro. Los alzados del campo coincidieron con los gringos en plantear que Espa�a fue el rival europeo.
2. Revanchismo y Confrontaci�n.
En Pepino, donde se formaron varias partidas campesinas armadas con machetes, palos y pistolas, las facciones anti-espa�olas colaborabar�an con los estadounidenses; otras meramente defensivas y espont�neas, vi�ndose la desorganizaci�n del comportamiento militar espa�ol. Entre las partidas o guerrillas que se daban un contenido anarco-campesino y socialistoide, hubo infantilismo revolucionario y mucho espontane�smo. Pero la cr�tica a los batallones de voluntarios fue feroz. A�n los miembros supernumerarios de los batallones, si por alguna raz�n conocidos en Pepino, como el m�dico Antonio Guijarro Huesca, o las familias Casta�er,(Antonio Mayol, e.g.,) Pav�a y Prat-Contrich (todas con primeros y segundos tenientes en las fuerzas voluntarias, pro-espa�olas), era vituperadas y amenazadas con componte.
La c�lula llamada La Mano Negra, plagada de resentimiento, improvisaci�n y revanchismo, fue el mejor ejemplo. Al ej�rcito espa�ol, organizado con peninsulares y voluntarios criollos, llamados a defender la parte centro-occidental de la isla, fue mal en el Combate de Hormigueros del 10 de agosto de 1898, y esta batalla perdida desmoraliz� a las tropas del Oeste, d�ndose incidentes casi surrealistas.
La columna militar de Soto Villanueva no se expuso, posiblemente con malicia suya o atroz cobard�a, en auxilio a los combatientes del pueblo de Hormigueros. Se qued� en el Cerro de las Mesas, con pocos �nimos de participar. Se estim� que 12 muertos y heridos y otros tantos prisioneros se produjeron para mayor descr�dito de la conducta militar espa�ola. Tanto a �l, como a su segundo al mando, el coronel Antonio Os�s, se les procesar�a por �cobard�a� en Espa�a.
Confundido por las noticias acerca de acciones armadas planeadas, aunque a�n no cometidas por las guerrillas, el coronel Soto Villanueva �se escondi� con sus hombres en la finca de P�rez D�az� (sic.), 15 a pesar de que �l ten�a a su mando el Batall�n Alfonso XIII, mismo que contaba con 6 compa��as y una guerrilla montada de 60 hombres al mando del capit�n Rodr�guez, es decir, 850 soldados en total.
El segundo al mando, en esta regi�n isle�a del Oeste, fue el Coronel Antonio Os�s y los capitanes de compa��as fueron: Torrecillas, Florencio Huerto, Garc�a Cuyar, Espi�eira, Gonz�lez y Serena. Les colaboraban el Sexto Batall�n de Voluntarios, con 450 hombres, al mando del Coronel Salvador Suau y dos comandantes, Fern�ndez y Salazar; pero, como me dijera en sus entrevistas, la hija del �ltimo Alcalde espa�ol, don Manuel Rodr�guez Cabrero, en San Sebasti�n del Pepino, �de todos esos hombres llamados a sacar la cara por Espa�a no se hac�a uno� (cf. Entrevista con Rodr�guez Rabell Vda. de Negr�n, loc. cit.) Y eran 1,515 hombres, si descontamos el S�ptimo Batall�n de Voluntarios que se disolvi� y los ca�dos en el Combate de Hormigueros.
2.
Generales, pacificadores y tenientes, sedientos de prebendas reales, hab�an sido los gu�as, voceros y representantes del poder de la Corona Espa�ola ante pueblo puertorrique�o, por siglos. La regencia de Romualdo Palacios Gonz�lez, breve como fue (del 23 de marzo al 11 de noviembre de 1887), fue inolvidablemente cruel. Cre� el odio al militarismo espa�ol que se evidenci� por una mayor polarizaci�n ideol�gica y un decenio despu�s por el cruce de bando entre las tropas. Con el respaldo de armas estadounidenses, los voluntarios de Puerto Rico se prestaron a la tarea de ver la derrota del colonialismo espa�ol. Las huestes gringas daban la bienvenida a esta ayuda extra de armas amigas en la isla enemiga.
El campesinado no fue precisamente afecto a Espa�a, al igual que sucediera en Cuba. El campo se pobl� de peonaje, malogrado por la desatenci�n a sus necesidades de salud, educaci�n y respeto por parte de sus patrones latifundistas. Un peonaje dispuesto a dar precio de venganza por cuenta propia, machete en mano, o con ayuda de un imponente ej�rcito que con su sola presencia puso a temblar a muchos espa�oles.
En Pepino, el campesinado blanco, peninsular o criollo, observ� el marasmo pol�tico, en medio del juego de fuerzas hostiles. Y desde el fin de la administraci�n del Gobernador General Sab�s Mar�n, se acostaba y levantaba sin saber qui�n habr�a de ser su gobernador.
El �ltimo de los gobernadores espa�oles, Ricardo de Ortega tuvo tres interinatos el mismo a�o de 1898. Andr�s Gonz�lez Mu�oz muri� a d�as de su nombramiento y el General Manuel Mac�as y Casado dur� de febrero a octubre en el cargo antes de que Ortega lo sucediese como gobernador actuante con la decepcionante y triste tarea de pasar el poder de la Isla al primero de tres pacificadores del intervencionismo extranjero, quienes se turnaron como gobernadores militares ese mismo a�o de 1898: Nelson A. Miles, John R. Brooke y Guy Vernor Henry.
Los campesinos de origen peninsular, con an�cd�ticas nostalgias, comparaban los sucesos locales y aquellos vividos o recordados en las provincias de Espa�a, donde surg�a su ancestro familiar. Algunos de ellos ya hab�an comprendido las reformas auton�micas que represent� el r�gimen de Manuel Mac�as y Casado. Y eran apasionados autonomistas, a�n liberales. Empero, el domicilio en Puerto Rico no cambi� la condici�n social del inmigrante peninsular pobre. Hab�a rezago econ�mico en Espa�a lo mismo que en la isla. Por lo menos, en la isla siempre se presupuso que habr�a mayor paz. As� pensaron. Con cierta frontalidad, c�nsona a su opini�n pol�tica, para algunos inmigrantes espa�oles la raz�n de su domicilio en la isla se ciment� en el descontento con las guerras internas en Espa�a. 16
Curiosamente, al finalizar la Guerra Hispanoamericana, fueron las clases criollas m�s cultas, medianos y grandes propietarios, las que se identificaron m�s cr�dulamente con las promesas norteamericanas. Si bien la Proclama Miles no fue garant�a de nada, la disyuntiva hist�rica, por el nuevo cambio de soberan�a, apel� de modo conclusivo y rotundo, para sustituir la piedra que ya no destila (a Espa�a), seg�n Carmelo Cruz, y habr�a que comenzar destituyendo a las botellas, el bel�n o el g�ame de los viejos funcionarios espa�oles, o incondicionales, por un nuevo liderazgo criollo. Los sediciosos del '98 creyeron que la innovaci�n cuajar�a dentro del espacio de la Gran Proclama: la caballerosidad del invasor.
Entre los arrimados hab�a el sue�o de poseer sus peque�as parcelas o agenciarse sus empleos seguros. Total, los peninsulares incondicionales abandonaban sus tierras o se mudaban a Espa�a u otros pueblos, porque, a�n antes de la rebeli�n de Lares, Pepino ten�a fama de hostil (D. Prat). 17.
Afiliado a las partidas campesinas, Carmelo Cruz verbaliz� la conveniencia de utilizar el espacio que brindaba la Proclama Miles de modo diferente que los colaboracionistas que se organizaron como los primeros federalistas republicanos (movimiento al que el Dr. Jorge Celso Barbosa dio unidad partidarista a�os despu�s). Cruz no crey� que la anexi�n a los Estados Unidos de Nortem�rica fuese una alternativa jur�dica viable ni inmediata para la identidad puertorrique�a. De todos modos, como j�baro sencillo, se sent�a satisfecho con saber que ten�a un modo de ser, distinto al del peninsular, pero inasimilable, al modo del ingl�s. Norteam�rica, para �l, fue el modelo del progreso, no necesariamente de la libertad. Mas, al fin y a la postre, todo colaboracionismo e ideolog�a de desarrollo sucumbieron al pitiyankismo en la pr�ctica y por desilusi�n.
Este es el por qu� los sectores m�s prominentes de la poblaci�n de Utuado, al ver llegar al General Roy Stone del Cuerpo de Ingenieros de las tropas norteamericanas, salieron a pon�rsele bajo sus �rdenes y, entre ellos, el mismo Olivencia y los que fueron llamados los perdidos (B. Mayol, Mora, J. L. Casalduc, los Casellas y otros). El progreso, como el camino de la libertad, se hicieron sobre el cad�ver del honor empobrecido. O� a mi padre decirlo (Do�a Bisa). 18
La mayor parte de los informes sobre la ubicaci�n de las fuerzas espa�olas y norteamericanas que circularon durante tan cr�ticos d�as, como fueron del 11 al 15 de agosto de 1898, tendieron a ser falsos, o rumores malintencionados. En Utuado, otrora basti�n de haciendas cafetaleras y uno de los m�s pr�speros, por su infraestructura, durante el gobierno espa�ol, las defensas militares s�lo pudieron reclutar a unos 20 guardias civiles para proteger al pueblo. El comandante de la guarnici�n, el Teniente Ulpiano de la Hoz, orden� la hu�da de sus tropas a los primeros informes sobre el desembarco de tropas estadounidenses en Gu�nica. Utuado se utiliz� para echar miedo. Si las tropas invasoras entraron al centro de la isla, se las mover�a para cualquier punto para hacer jaque en pueblitos y quitar a los alcaldes, o hacer matanza de sediciosos (Font Echeand�a).
Una de las t�cticas de las partidas campesinas (para mantener a ambos ej�rcitos fuera de los puntos en que se har�an ataques) fue �sa, confundir a los enemigos. �Entretenerlos en el juego del gato y el rat�n� (Font Echeand�a). Ocupado Utuado por 75 tropas de la Compa��a de Voluntarios de Wisconsin, por regimientos de infanter�a de Illinois y Massachussett y casi el centenar de voluntarios piertorrique�os, anti-espa�oles, que respaldaban al General Stone, las partidas �se comunicaban con los gringos para dar raz�n de operativos espa�oles; los quer�an enfrentar, pero, �que va! nadie quer�a verse las caras, o pelear en medio de lluvias y matorrales�. (Font Echeand�a)
Una guerrilla de 50 hombres o voluntarios a pie que, contrario a muchos espa�oles, conoc�a bien la rural�a, estuvo infiltrada entre las tropas de Soto Villanueva. Al mando de esos 50 guerrilleros estuvo un l�der campesino, Juancho Bascar�n, que ni quiso cuenta con los gringos ni con los peninsulares, y que ten�a contactos con las fuerzas del cambio entre el campesinado del interior, entre ellos, Ferm�n Montalvo, Adolfo Babilonia y Flores Cachaco. 19
Soto Villanueva recibi� por v�a de un telegrama unas �rdenes estrictas del Gobernador Manuel Mac�as y Casado de que llevara consigo todo el equipo posible para contribuir a la defensa de Arecibo. La inminencia de la Toma de Arecibo por tropas invasoras urg�a m�s que cualquier hecho y se pidi� que el equipo de campa�a y cuarteles confiados a �l llegaran a Arecibo en el menos tiempo posible.
A Soto Villanueva, el fatulo defensor del Oeste puertorrique�o, Mac�as le dijo que avanzara con los encargo por tren, en hito de mayor premura. Alegando, con anticipado temor, que podr�a ser "ca�oneado por el mar" (sic), Soto Villanueva parti� a Las Mar�as, pueblo que no tendr�a m�s importancia estrat�gica que Arecibo, si la prioridad se se�al� como apoyar eficientemente a la capital, seg�n un plan agresivo de Espa�a contra el invasor. �Las Mar�as era como boca de lobo, callej�n sin salida; �rea mala para esconderse si lo que se quiso fue huir. Esta plaza fue buena para hacerse rendir�. (Echeand�a Font)
Quiz�s, en aras de tal salida, Soto Villanueva dispers�, por igual, una parte de sus hombres por Maricao. �En este juego del gato y el rat�n, �sobre que l�gica se justificar�a meterse en Maricao, perder el tiempo all�? La capital fue lo que estuvo siempre en juego� (ibid.) En la bifurcaci�n de Los Consumos, camino que corr�a por la derecha hacia Maricao y, por la izquierda, hacia Las Mar�as, la columna espa�ola de Soto Villanueva hizo alto en la finca de cafetales de la familia Nieva y cuando el administrador de la hacienda le inform� sobre cierto monte y camino por el que llegar�an los norteamericanos, si es que vendr�an, �l apresur� fingidamente su salida, antes urdiendo su conveniente accidente:, con el que se excus� para librarse de responsabilidades, seg�n testimonios Montalvo y Echeand�a Font. S�, al cruzar sobre un puente, camino al almac�n de caf� donde pensaba esconderse, se cay� por accidente. "Y se hizo el gallo bobo para que lo cargaran" (Font Echeand�a).
... Soto se escond�a de la acci�n con descaro. El capit�n de voluntarios, Arocena lo dijo por muchos a�os y fue por lo que se hizo republicano, pro-yankee, "Cava un hoyo y enti�rrate". Tambi�n Bascar�n cuando lo miraba con miedo, se lo dec�a. Lo choteaba... Con Arocena, lo que pas� no fue que era cobarde, sino que aqu� ya andaban quemando y, como era vecino de Do�a Lola, de Mirabales, y de los Elizaldi, dijo que primero salvaba a los suyos y despu�s a Espa�a. Entonces no le retiraron el respeto: sic., Entrevista con Delf�n Bernal Toledo. Notas. 20
El entrevistado Miguel A. Montalvo, cuyo abuelo Ferm�n Montalvo Valent�n encabez� una partida muy temida en el barrio Pozas, provey� las coplas que citar� y de las que M. Gonz�lez Cubero, Do�a Lola Prat, Delf�n Bernal y el Lcdo. P. A. Echeand�a, completaron y refrasearon algunas l�neas. Seg�n contar�a Montalvo, Ferm�n oy� tales coplas en bocas de voluntarios del Batall�n disuelto (guerrilleros a pie) y que dejaron la lucha porque: �... sus familias estaban pasando hambre�.
Al darse la derrota espa�ola en Hormigueros, frente a las narices de Soto Villanueva y vi�ndose que �l no baj� a reforzar la resistencia, la gente del barrio Pozas que se hab�a reclutado para pelear volvi� a sus hogares y algunos formaron una partida, �por si los americanos llegaran Pozas, matarlos a palos�. 21
Por otra parte, el Lcdo. Echeand�a Font explic� que el guerrillero Bascar�n pertenec�a, posiblemente, al batall�n disuelto y fue testigo de cierto incidente que el Capit�n Rivero M�ndez describi� en su libro sobre la Guerra Hispanoamericana: la discusi�n entre el Coronel Antonio Os�s y Soto Villanueva, en que el primero lo llam� cobarde. Insinu� que sus presuntas costillas rotas eran �machucones de miedo� (Montalvo).
Al principio, considerada la ca�da de Soto, desde una altura no mayor de diez pies, en la hacienda de Nieva, el Teniente Os�s crey� que no fue tal un hecho fingido, pero detalles percibidos terminaron desenga��ndolo. Lo sucedido no fue grave.
Esta sospecha suya se confirm� por otros incidentes en la casa del Alcalde Olivencia y de Bland�n.
Soto Villanueva permanec�a en la casa de Cirilo Bland�n cuando Os�s decidi� que se avanzar�a hacia Guacio, busc�ndose ya, para entonces por recomendaci�n del coronel Salvador Suau, un paso transitable (el Vado de Zapata), que se hallaba donde el r�o Mayag�ecillo se un�a al Guasio. En fila india, Antonio Os�s cruz� casi toda la columna de sus hombres, sin conocer con cu�nta prontitud hab�a avanzado el enemigo Gilbreath y Burke con sus tropas.
Ya, a estas alturas, entre los dirigentes mayores de las milicias en El Pepino, comienza �el miedo a las balas�, la deshonra de Espa�a, �ah� se acab� todo y lo que se hizo fue echarse en cara todos por qu� no peleaban, beber ron y matar el hambre� (Gonz�lez Cubero).
S�, se oy� fusiler�a y ca�onazos en Pepino y fue en la Loma de La Maravilla. S�lo Olea permaneci� en la Loma, pero sin recibir �rdenes de contestar el fuego a los gringos. Os�s y el segundo teniente Lucas Hern�ndez (que no hab�an cruzado todav�a el r�o Guacio) reunieron a unos 60 hombres rezagados que contestaron el fuego durante 15 minutos.
La compa��a del capit�n Gonz�lez, la guerrilla montada y la gente al mando de Salvador Suau, huyeron en estampidas, ocult�ndose entre los �rboles. Cada quien se escondi� donde pudo sin un plan de acci�n, durante ese medio d�a de verg�enza militar espa�ola.
Fue el 13 de agosto que, hist�ricamente, es conocido como el Desastre del Guacio
El p�nico de la hu�da ante la agresiva fusiler�a de los invasores fue tal que las tropas espa�oles dejaron el campo, a ambas orillas del r�o Guacio, regado con pertrechos, armas, mochilas, capacetes y equipo militar. El mismo Bascar�n fue forzado a escapar y lo har�a rumbo a Lares. Desde temprano en la ma�ana, ese mismo d�a, 13 de agosto, miembros de una partida sediciosa, al tiempo que iban invoc�ndose unas coplas de Carmelo Cruz o de J. Barreiro, avanz� hacia la casa de Bland�n, para ajusticiar a Soto Villanueva. Se gritaba �Viva Pueto Rico Libre! Soto sac� su pistola para defender su vida; pero Cirilo Bland�n lo detuvo de disparar e hizo una elocuente defensa de la necesidad del estado de orden y civilidad, condici�n que ser�a necesaria para ganar el respeto de los invasores norteamericanos �y todas aquellas reformas que estaban en la mente de los alzados contra Espa�a�. (Echeand�a Font)
Por eso, Bland�n convenci� a la dirigencia de la partida de marcharse y salv� la vida a Soto Villanueca, quien habr�a sido linchado por la turba. Muchos de los que se personaron (y atestiguaron el incidente) proven�an de Las Mar�as, donde entraron y robaron �pollos y gallinas� a Los Velez (hacienda abandonada, por las que se hab�an peleado muchos descendientes de la familia Prat-Velez y Hermida).
En af�n colaboracionista y como int�rprete para una brigada de exploradores estadounidenses, estuvo, por igual, el Dr. Vicente Lugo Vi�as. El acompa�aba a la caballer�a de Valentine, a la que segu�a el paso, de cerca, como reefuerzo y retaguardia, la brigada de infanter�a de Theodore Schwan. Por un camino de herradura, llegaron al Valle del R�o Guacio, centro de combates.
Poco antes, por caminos del barrio Calabazas, los m�dicos de la Cruz Roja de San Sebasti�n, Dr. Jos� A. Franco Soto y Dr. M. Rodr�guez Cancio avanzaron a caballo y llegaron al Vado de Zapata, en las cercan�as de Guacio. Hab�an o�do disparos de fusil y ca�onazos, hac�a pocas horas.
En esta ocasi�n, Os�s alegar�a, como antes hizo Soto Villanueva, hallarse enfermo para cruzar el r�o y ponerse a salvo de las tropas americanas, con quienes mantuvieron fuego de retirada. El segundo hombre al mando de la defensa del Oeste pidi� al Dr. Rodr�guez Cancio que se comunicara con los estadounidenses para rendirse. Aqu� se completar�a el Desastre de Guacio.
Como m�dicos de la Cruz Roja, por el car�cter neutral del cargo, la solicitud de Os�s de rendirse junto a su soldadesca (y que fuesen ellos emisarios del mensaje), fue tarea que se les vedaba cumplir. Los m�dicos informaron que hab�an visto tropas estadounidenses rumbo a la casa-hacienda de Bland�n. En el camino, por Calabazas, atendieron a un artillero herido y que muri� finalmente. Tambi�m presenciaron la rendici�n de un grupo de espa�oles, entre ellos, un sargento del Batall�n Alfonso XIII. Le informaron, adem�s, que junto con Lugo Vi�as hab�an visitado el cuartel que Schwan instal� en los predios de Vegas de Bland�n, es decir, su hacienda.
No hubo necesidad de que ni Rodr�guez Cancio ni Franco se dieran a la tarea del choteo, m�xime cuando ellos dos, simpatizantes de la autonom�a bajo Espa�a, habr�an favorecido que no fuesen Os�s y su gente capturadas y, a�n, les ofrecieron un caballo para que �l no caminara, sin tan enfermo se sent�a. Se trataba del dirigente y responsable de toda una tropa. A pocas horas, Os�s mismo se entreg�, yendo con este fin a la casa de Gerardo Gonz�lez; quien orden� que se preparara un arroz con pollo para el enfermo. Fue en este hogar donde Lugo Vi�as y una tropel�a prestada por Teodoro Schwan arrestar�an a Os�s, al teniente segundo Lucas Hern�ndez y sus hombres, para un total de 56 prisioneros de los yankees en la sola tarde, el 13 de agosto. Adicionalmente, en Guacio, las tropas invasoras incautaron 53 fusiles Mauser, 44 fusiles Remington, 10,000 cartuchos de bala, un botiqu�n, 8 mulas, el caballo de Soto Villanueva y una gran cantidad de mochilas.
De regreso a San Sebasti�n, como a las 5:00 de la tarde, los doctores de la Cruz Roja se reencontraron con Os�s, hall�ndolo en la casa de Gerardo Gonz�lez. Se extra�aron de �verlo tan buen dispuesto�. El respondi� que ya se encontraba mejor. S�lo el stress de la guerra y el hambre lo tuvo enfermo.
Echeand�a Font adujo que, en conversaciones con el Dr. Franco, �ste buscaba en vano recordar lo que Carmelo Cruz y el gallego Barreiro hab�an escrito sobre Soto Villanueva para los apuntes de un libro que escribir�a (la novela hist�rica Juan recuerda su pasado), pero que olvidaba las coplas porque �trat�ndose de cobardes todo se olvida�.
Cuando finalmente expliqu� a Font Echeand�a que yo conoc�a tales coplas y a quienes las recordaban a�n y que yo las incluir�a en esta monograf�a, mi entrevistado se emocion� mucho al yo le�rselas, me pidi� unas copias y se lament�, visiblemente mortificado, que el doctor Franco no viviera a�n para escucharlas.
Font Echeand�a ten�a raz�n al aludir como autor de las coplas a Joaqu�n Barreiro, gallego independentista, que ten�a una revista humor�stica, El Carnaval, en calidad de editor y director de la misma, donde Carmelo Cruz, Epifanio M�ndez y el fino poeta Ram�n Mar�a Torres, hicieron travesuras literarias an�nimas y atacaban el r�gimen, por lo menos, en los albores de la historia literaria de San Sebasti�n.
Barreiro fue acusado ante las tropas espa�oles de instigar sus ideas anarco-sindicalistas, colaborar con las Partidas Sediciosas y sabotear los telegramas de la Oficina Local de Tel�grafos a su cargo. Los informes dicen que Barreiro, telegrafista oficial de Pepino, se pas� a las l�neas americanas y evit� as� el arresto.
Las coplas que se le adjudicaron a Barreiro dicen:
Bascar�n se est� riendo
de que Soto se cay�,
pero el golpe verdadero
ni Espa�a lo perdon�;
Rodr�guez mand� la Cruz * (Roja)
cuando el Guacio se creci�
y ante las aguas crecidas
el cobarde se juy�.
Espa�a se fue de bruces
en el Vado de Zapata...
( ...incompleta...)
En la casa de Cirilo,
lo mismo que de Olivencia,
Os�s a Soto le dijo:
-s�is cobarde, sinverg�enza,
y verte quisiera yo
como al gringo de la jeta...
Por lo que estos versos son importantes es por confirmar que Juancho Bascar�n fue testigo de varios incidentes de extra�a conducta entre la oficialidad militar que, posiblemente, motivar�an su retiro de la alianza colaboradora con los espa�oles. El resbal�n sobre el puente (que fracturara huesos a Soto Villanueva) se hizo s�mbolo de la burla colectiva a la ca�da del r�gimen (�Espa�a se (ir�a) de bruces�), tal como Soto. Los versos captaron la memoria hist�rica de las gentes, lugares de combates y desencantos an�micos. Se aludi� a Olivencia, el alcalde ex officio de Utuado, que hosped� a Soto cuando sufri� la ca�da.
En una ocasi�n, por ejemplo, cuando Os�s planificaba la retirada en casa de Olivencia y habi�ndosele ya concedido el mando, al Soto Villanueva solicitar que "se le permitiera seguir en una camilla a la cabeza de la columna para no caer en manos enemigas", el Teniente Olea, en gesto m�s audaz y leal a la lucha contra los invasores, dijo que: "M�s que en la retirada, debemos pensar en enfrentar al enemigo y dar lucha en Las Mar�as, donde la gente est� intranquila".
Se refer�a a que hab�a o�do ya sobre las quemas y robos. Durante el calor de la discusi�n, Antonio Os�s habl� despectivamente de Soto, acus�ndole de mentir sobre sus heridas y amenaz�ndole de dejarlo. La madre del alcalde, que escuchaba en otra habitaci�n, tom� valor e intervino al oir las alegaciones de cobard�a que se echaban unos y otros: "Cobard�a es que abandonen al jefe herido y que, para peor deshonra, lo hallen escondido en la casa del Alcalde".
El Teniente Olea accedi� a que se le llevara, pero que no fuese la tropa la que se distrajese "en los menesteres de cargarlo".
Olivencia pidi� que dejaran algunos hombres con su madre porque tem�a a las acciones de las partidas y Bartolom� Mayol y a Jos� Lorenzo Casellas, funcionarios municipales, en propiedad-, �no se les halla por ninguna parte�. La raz�n: "se hab�an pasado al bando gringo" (Echeand�a Font).
Al arreciar unas lluvias al siguiente d�a, Soto Villanueva se aloj� con la familia Bland�n y no quiso salir m�s, sino a rendirse.
Varios guerrilleros murieron en la crecida del r�o Guacio y le dijeron a Soto: "�Cruzas o te quedas?" y �l no se hizo de rogar, cuando ofrecieron llevarle al lugar seguro.
Sobrevivir a la guerra provoc� una actitud esnobista. Ser�a un suicidio enfrentarse al estadounidense que, con sus hechos, probaba que abatir�a muy f�cilmente a naciones mayores que la isla. Las declaraciones de Pascual Cervera para la prensa espa�ola, alegando sus pocas �esperanzas de superar con nuestras escuadras� las mismas proezas de Dewey en Manila bastaba, es decir, al medirse equitativamente la capacidad t�cnica del poder�o naval norteamericano con la naval espa�ola, ya se tendr�an se�ales del comportamiento que, por sentido com�n, tendr�an los paisanos en la isla. No es cobard�a que los espa�oles lo comprendieran, mucho menos que, en sus niveles locales, en las colonias pobres y aisladas, los milicianos lo apalabraban con actitudes confirmativas.
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