Las Juderías — por Carlos López Dzur
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Las Juderías
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Simposio de Tlacuilos
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Para adquirir la novela Simposio de Tlacuilos, 240 páginas, $13.95 / Editorial Nuevo Espacio

Textos 3Textos 1

Heideggerianas

Página del poeta Dulce Amargo

¡Y no se cansó jamás!

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INDICE




kiss your boss goodbyebanner

Capítulo Dos

Si la Sinagoga es el silencio,
¿cuál es la historia qu yo debo entender?


A las sinagogas del mundo las emplaza el juicio de la historia. El único templo real se lleva en forma de algún silencio que no se percibe. Sión se edifica como la experiencia humana más recóndita. No delates tu lugar divino mientras no hayas comprendido tu separación. Antes destroza tu cabeza contra la pared. —Gai shlog dein kup en vant! Mas vale que hayas golpeado tu ser contra la peña antes que te llames gusano de Jacob...

Ante estos miles de detalles, a veces he sido el mismísimo Don Nadie —carambainas, que se confunde y apochinga con los datos. ¡Qué importa -si soy demasiado poco! Es ken gemolt zein. Me imagino la imagen. Un klotz -como decía mi abuelo Benavito al pobrecito de Andrés, su hijo. ¿Por qué tienes que ser tan pendejo? Oye, monina, su triste título se compartió conmigo... Yo y mi tío rompimos generaciones para caer en lo mismo, desprecio.

Mas todavía no imagine usted que leerá la historia del klotz - zaham, etzel, al que me redujeran. No estaré disminuido al contar mi historia. He prestado mucha atención y mi historia es la de un hombre judío, de sangre, más cabrón que bonito y así se la espeto a quien me lea. Er iz a niderrechtiker kerl! Derramaron la mierda y su fastidio en esta parte, pero... Es hot zich oysgelohzen a boydem!

Maldito sea el que viva por los prejuicios que le espetan, sea desde la casa en que ha nacido o el escenario social, que da vecinos y críticos gratuitos, perros de presa.
En rasgos generales, éste es el comienzo, el pedacito que yo quiero y del que contaré que unas historias que tienen sus causas y sus procesos en torno al cómo se han encadenado los eventos con los quiénes —gente que yo he amado y he odiado, en alternancias. Tales gentes, ellos, me han transmitido la parte de la historia que concierne al qué... ¡el centro espiritual del laberinto en que me hallo! Este verdadero qué se los agradezco. Tío Andrés decía:

—Aunque tenga el corazón herido, la jodedera está presente-, er iz shoyn du, es brent mir ahfen hartz! Oye, y por moñas que le pongan, ésto está pelú, Carlitos...

Imposible que pueda escribirse la historia de todos. Lo que contaré no se encuentra en los libros -aunque se parece mucho a lo que es política y biografía de gente, con sus triunfos y sus fracasos. Gente que ha logrado más que yo y cuyas sombras me han seguido, queriendo formar mi vida, en cuanto no hay un Yo sin un Nosotros. Terminaré hablando sobre el amor y todos los accidentes que hacen al mundo la mierda que es. Siempre ocurre así cuando les comprendo. Han sido gente que yo dibujo con palabras, gracias a la ventaja de datos a la mano,y tiempo a mi favor, que ya no sería predicción, sino el pasado conocido.

Ante unas pobres definiciones sobre la historia y la historiografía, quien la aprende, sufriéndola, vive en guerra y turbación contínua. Así pasó con mi padre que no escribió sobre sí. Se alimentó con la angustia y el determinismo ad hoc, al punto que me prohibió hasta los esbozos iniciales de este documento que he escrito tantas veces. Y no sé si lo pueda terminar. En cierto modo, ésta es una enseñanza de mi padre, tal como yo la padezco. La enseñanza de la historia. Pero este no es el fin de mundo. Yo con el fin del mundo me limpio al culo. Farmach dos moyl! ¡Caramba! Emes, ek velt, con lo que digan con el fin de lo histórico, er iz shoyn du, der nudnik, ¡me río, me gozo!

¿Para qué sirve este acopio, arrasante e indeteniblemente futurístico de civilización, si lo interpretamos desde la desilusión cultural del pasado y el aspecto perspectivo de lo amenazador? Lo desafié y dije: —Voy a forjar el retrato de la familia y lo que me digas lo pondré... y ya que eres la persona a la que mejor conozco, después de mi madre, te haré justicia cuando tú no te la hagas y te citaré, tal como recuerdo que hablaste, hayas tenido o no la razón.

Escribo con miedo de perderme. La encrucijada es agónica. Configura lo espiritual del laberinto y no siempre seré justo, porque lo espiritual no se completa jamás, a menos que uno duerma a la carne y se salga por el ombligo y decida ser un animal sin los ojos abiertos. Este riesgo lo tengo atravesado; yo quiero rastrear la animalidad que me toca. Hacerlo antes de morir. ¿Se podrá, de veras, predecir algunas cosas?

Soy el hijo sobreviviente, el segundo de Viktor Abram. Sin vuelta de hoja, pese a las grandes diferencias entre ambos, él me fraguó como hijo de su tristeza, que es la condena de la historia, o la tentación que es por ella, seguidas las definiciones con que pretendió que me instruyera. Condena y tentación son mis caminos. Para él, el Adversario, fuente de todos los males, padre de las desgracias, será por siempre la turbulencia del ser-en-el-mundo, sin admitir la separación. El quiso que una plétora de historia, dicha por hombres con pre-definiciones, en la que soy espantajo y guajana al viento, me sirviera de guía y que yo la bebiera como mi sopa de lentejas. Lo confieso. No le entendería. Y a la sopa, no la he tragado por mi gusto. Este es el por qué escribo esta memoria, cuando ya no me queda ni padre ni madre que prohíba mis palabras. Soy un perfecto desobediente. Quizás repito la historia de alguno de ellos.

Ahora que recuerdo a Viktor Abram, su imagen es la de un hombre afligido y contradictorio. Está lijando unas maderas con la que fabricará el primer tefillin —mi casillero— que colocará en la pared, al lado de la puerta del balcón esquinado, con salida a la Calle Neptuno, que colinda con mi habitación.

Vivimos en La Habana vieja. La casa es enorme, de tres niveles, paredes anchas y fachada colonial. A mi casa la bautizaron como La Bodega de los Suecos. El tefillin no será visible, desde la calle, porque está en la segunda planta, protegido por la curva del pasamanos de la escalera interior o techada... Nadie puede ver mi casillero, sino el que entra a La Bodega por la puerta que nos corresponde y quien, en los pasillos de mi piso, se detiene a saber qué es tal tefillim.

¡Qué importa! El lija la madera con bejucos de carey y me instruye que cuide el tefillin como si fuera mi propio corazón, o mis pupilas. Que sea celoso con los trozos de Shema que pondrá dentro él. Insiste en que, para mí, exclusivamente, él lo fabrica.

En este cajoncito, él representa el gran mandamiento de Deuteronomio 6:5, palabras que claman —oye, Israel — a lo que parece el Infinito Silencio y el traspaso visible de su comunión, como «frontales entre tus ojos», y cuanto yo lea los mensajes del tefillim, con la fidelidad que él espera, veré que en éste se contendrá la herencia que, de sus consejos y palabras, se supone que guardaré:

y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas...

Hoy mi padre está contento. Tal vez porque yo cumplo cinco años. Cierta señora que él llama —seguramente, con ironía— La Becerra vendrá a la casa a enseñarme a leer y a escribir. Me sugiere que la impresione con mi conocimiento sobre el esqueleto humano. Su biblioteca particular (él es médico, con cierta reputación y exclusiva clientela en La Habana) nos dará la privacidad y comodidad que necesitamos. La maestra Becerra tendrá que habituarse a la visión de la calavera. Está colocada al lado de su escritorio sobre un taburete. La Huesuda parece una marioneta, porque un cordel atado al cráneo y conectado al techo la sostiene en pie. Hace dos años, yo perdí el miedo a verla porque él, sentándome en sus rodillas, me enseñó que es el juguete más interesante para los sabios. Y para der Arzt. el que ha de ser médico.

—¿Y ella tendrá miedo si la ve?-, pregunté. Levanté una patica al esqueleto que roza al taburete.

—No creo; pero tú indícale que sabes el nombre de cada hueso.

—Sí-, asentí. Entonces, sospeché que su apacible contento no se debía al plan de celebrar mi cumpleaños, sino a otras llamadas que recibía. Un telefonazo lo interrumpió en su tarea artesanal y él, al responder, se contactó con alguien que no sé quién pudo ser. Platicó en alemán por largo rato. Ese año, el Tratado de Viena restauró la independencia de Austria y tal asunto le interesaría más que lo yo podría imaginar, a la edad que tenía. Con el tiempo, él halló las alegorías necesarias para decirme el por qué. Por lo menos, él querría comunicarme, al yo alcanzar la edad apropiada: que debo aprender a cruzar la raya hacia el bando de la honra y revertir el orden de la dialéctica.

—Un día te diré por qué-, me dijo. Y la verdad es que yo siempre preguntaba:

—¿Cuándo?

El tefillin fue el único regalo que me dió, el primero de septiembre de 1955. No festejamos con otra ceremonia. Con los años, comprendí que Asdrúbal, su primogénito, murió en fecha previa a mi nacimiento, es decir, el mismo día y mes, años antes. Tuvo ésto como señal -yo no sé de qué... Por esta razón, nunca se hizo fiesta en los días en que yo la esperaba y una tristeza impregnaría cada rememoración durante mi onomástico.

Yo nací, precedido de una muerte. Esto es un hecho. Y su luto por Asdrúbal fue más doloroso que la alegría por mi nacimiento. A veces, él se rebelaba —en las fechas de mi cumpleaños— cuando él andaba con el «alma de la historia», y diría que el Señor no detuvo el hacha asesina en el monte Moriah.

¿Tendría yo que pagar los platos rotos?

Mi padre fue un silencioso empedernido. Tenía sus tesoros de ternura y gracia escondidos bajo la piel, aunque su aspecto fue de roca. Le tapiaron la lengua y del alma le dejaron sólo sus ojos fuera. ¡Sí, parece que él no tuvo un tefillim de alegría como frontales entre los ojos! No obstante, fue un hombre eminentemente atractivo, elocuente e inteligente. A duras penas, por hostil conmigo, a ratos le admiraba.

Ni siquiera fue él quien me dijo el significado de los trece de la fama y la raya marcada por Francisco Pizarro. No me habló de la siete lámparas de Leopoldo. En realidad, casi no me hablaría sobre nada, a pesar de lo mucho que tenía que contarme y que prometía que me diría para que yo aprendiera a juzgar a los hechos en la plenitud de su contexto. ¡Tan fácil que habría sido, si me dijera, lo que yo quería saber sin tantas alegorías! Yo estaba ferozmente en espera de estímulos para amarlo y él... a cada paso, presto a colocar mi vida en el tablero para señalar mis faltas.

El supo que el sol tramonta en la campiña y, entonces, con la puesta de sol de los viernes hasta la puesta de sol de los sábados, bajo un árbol de tamarindo, él molía las penumbras en un almírez. Comía, por cierto, una ración de almendras y bebía un buche de agua. Fue frugal y digno. Lo fue. Sus manos fueron hábiles, fuertes y calientes. Su paso fue tan ligero y ágil, que nunca caminamos juntos ni al compás. El marcó los rumbos, empero. Yo, como corderito, a ciegas, lo seguía y repetía cada pisada que él dejara sobre tales senderos que, despreciativamente, han sido llamados judiadas. En el lenguaje de los gentiles, tal vez significaría que nunca dejaremos de ser gusanos, gente de segunda, piojos de la Humanidad, y cada torpeza nuestra sería motivo para burla y escarnio.

Con su ligereza al caminar y yo siempre a la zaga, él me comunicaba que yo tendría que luchar para gozar el triunfo sobre la separación, si yo le amaba. El no me bendeciría sin yo colocarme a su lado. El tendría que ser mi amparo, mi ejemplo, en las tierras ajenas, donde se camina sin Dios. Mas aquel verdadero Abram, de Dios fue amigo y caminó con El.

Viktor no era dios ni Abram. Sólo un hombre que imponía condiciones para darme su amor. Y por ser tan condicional y por saber yo que su contexto configuró una zorra con dos rabos, Göffer und Menschen, el zorro mundo de dioses y hombres, pregunté:

—¿Con quién caminaré yo? ¿Podré ser amigo de mi padre?—, siempre le daba la oportunidad de volcarse en el mundo de los hechos, de reducir a un valor práctico su noción de divinidad y de Juicio Celestial, das Himmelgericht.

El se atrevió a ungirme, a final de cuentas, y me llevó ante Cristina, die Ahnfrau der Schweiz, y ante Andrés, judíos por arte de la tradición, únicos entre aquellos que sobrevieron al Dr. Simón («Benavito») ben Abram Sbarbí, mi abuelo, y al padre de éste, Ruy, el rabino de Ceiba Mocha,1 y al Dr. Moritz Abram Matías y la austríaca María Lecsinka y, sobre todo, a los venerados sardones, el boticario Gregorio que, en 1848, trajo la fe del Shema a Cárdenas y Matanzas.

Leopoldo, el ingeniero, se fue a San Antonio, Texas, y lo dejó con el desafío de cruzar una raya, que él cruzó a su modo, cuando quiso. En mi casillero, con cierto dolor, dijo que Leopoldo, a la postre, fue traidor. El que mandó a sus hijos a la guerra.

En 1963, yo prometí a Cristina, mi abuela, y al tío Andrés que, pese a salir de Cuba, tras la Revolución, de teja arriba, es decir, contando con el Dios silencioso e invisible, guardaría el linaje de mi separación, según había aprendido entre los míos. Nos fuimos a España.

La enseñanza del silencio no es para cualquiera. Hay que nacer con ese sephirot para que, a final de cuentas, sintamos que somos los profetas, herederos de la Ciudad Deseada y del reino de reyes y sacerdotes y, aprender que todo cuanto ofrecerían, con labio de doblez, quienes dijeran querernos y admirarnos... tendría yo que tomarlo por una pose de aparato. Mentira y cordialidad convencionalizada. Alguien se encarnaría, con fuego de prueba, para engañarnos una y otra vez. ¿Será cierto? El Dios de sus rituales, en el fondo de mi corazón, me daba miedo.

2.
Mucho sobre lo que yo supe sobre Viktor Abram durante mi niñez no fue dicho en palabras; no fue escuchado del modo habitual; pero yo lo comprendí, investigándolo concienzudamente. Yo, por mi cuenta, invertí los órdenes dialécticos a los que fiaba mi credulidad y mi padre tuvo razón: yo era un hegeliano, lleno de gesticulaciones, y me costaría ser parte de los Trece de la Fama e inclusive —me costaría enseñar a cantar al pájaro, al Dios de Abram cuando viniera a mí, con sus múltiples formas de sabiduría. ¡Ah, pero lo mejor que yo hice fue enseñar a mi espíritu a cantar, en un sentido lírico, no de ciencia! Dinero no he podido acumular. Soy un muerto de hambre y, lo peor, odio a los 13 de la fama y estoy de cabeza todavía con las crueldades que otras gentes son capaces de hacer por un puño de oro y plata. Me debo parecer a des Soldaten Leopoldín.

No me jacto de haber sido más fiel que mi padre. Tal vez él sí vio Luz de Gloria, yo no sé. He sufrido menos y mis desvíos han sido mayores que los que testifiqué, al aprender de mi padre, con sus obras. En el tefillim, él dejó además de trozos del Shema y las bendiciones diarias del Shemoneh Esrech- las mejores evidencias de su temperamento. ¡Muy oscuro —tanto que cuando se me hablaba de Leopoldo A Oscuras, yo creía que era una alusión sarcástica a mi padre! ¡Mas cuidado ¡Tijeretas han de ser! Se necesitan muchos años para expiarnos en los entresijos de la historia concreta y, muchos más, para morder el silencio de Dios. Por igual, se urgieron muchos años para querer al padre que tuve, sin odiarlo como lo hice por momentos.

Cuando dentro del cajoncito 1del poste tan sagrado que me enseñaron a besar como al mezuzah-, hallé escrita en su letra tan inconfundible -mensajes como los siguientes:

_ Maldita sea la hora en que la conocí...

_ Al carajo con los judíos comuñangas, caterva de cogiocas... _ Has comenzado a comer cabalongas, gusano de Jacob...

... yo, irremisiblemente, lloré. Pensé que se habían cerrado para siempre las puertas de comunicación, que sería el comienzo de mi tarea de transmutar mi admiración por antipatía y decepción. Me lastimaba con sus maldiciones y él lo sabía. Para mí, la maldición suya contra mi madre (creyéndolo hombre justo, profeta al que yo me confiaría), me hería como puñalada y, cuando supe, que ni siquiera vaticinó en mí al gusano del abraxa -sino al perico de los palotes, al chango candongo, al trafalmejo, klotz— me sentí infecto como si comiera zeraim de basurales y cabalongas, junto con los puercos.

—Padre, padre, por qué me abandonas!

3.

Posiblemente, yo me cansé de ver a Viktor Abram como forastero en Gerar. Y la tierra ajena, que puede ser cualquier lugar, siguió siendo mi paisaje. Lo ajeno fue como una barranquera. La huella quedaría fresca, siempre húmeda, sobre ese predio. La arcilla se volvería la memoria permanente del que habría de pasar con pie de prófugo, sin saber que pisaría en la tierra del titingó y los escarnios. El delato estaría bajo los pies del forastero como su condena. Desde entonces, el forastero soy yo. El que huye soy yo. El me enseñó a huir, sin yo quererlo.

Ni había nacido yo cuando mi padre tenía su propia historia del alma («die Geschichte der Seele»). ¿Y qué culpa tuve? No ordené que él naciera; yo no lo parí. Sus pisadas estaban como tinta recargada sobre un papel de arroz. Su historia, bien se haría sin mí... En Cuba, antes del primer cuatrenio de Fulgencio Batista, él trajo a La Habana a una mujer de escándalo, otra judía luminosa. Precisamente, sobre ésta fue quien dijo, maldita sea la hora en que la conocí. Ah, sí... yo estoy hablando sobre Sara de Riga. A la que amé más que a él y me pregunté el por qué dijo así y la maldijo, sin que yo hallara nada que lo justificara.

¡Ay, Sara, cómo te amé! Ella fue como yo... y sí que murió con la boca abierta. Bien cumplida y relamida de vivir. No que haya sido lenguaraz; pero soltó sus palabrotas cuando al alma suya le sobró ápice y canto. Decía al pan pan y al vino, vino. Tenía mucha luz dentro de su alma y le salía por los poros en forma de belleza y en tómate ésta y vuelve por la otra. Una mujer tan hermosa, como la abuela Cristina, o Paquira, la del negro, que hicieron de cada aldea una olla de cohetes. Todos se atagallaban por tenerlas; pero mi madre, en particular, fue como la Fuente de Capadocia, consagrada a Zeus. Para el perjuro que se bañaba en ella, las aguas serían nocivas; para el justo, sus aguas buenas. Así era el amor de Sara, bueno para el que llevara un príncipe en los huesos.

En Viktor Abram halló su príncipe, creyó ella, y, en la tierra de Gerar, tan poblada de trápalas, a nadie más. Sólo se besa la boca de los sapos cuando se está fuera del Seno de Abraham; pero, Sara besó la boca de Victor Abram en vida, ninguna otra, y él fue su príncipe hasta el final de sus días. Y, conste, él besó a otras ranas, menos nobles que ella. El fue débil. Muchas máscaras pudieron más que él... aunque yo no le culpo por éso. Fue mi madre quien me dijo que él cedió a la carne y lo dañador de los espíritus malignos («masick, Ruack Roah») y pecó con fornicación.

—No sufras. Yo lo perdoné—, agregó.

En realidad, él no bailó la titundia en aquella Vieja Habana de carnavales y humo de mabingas. ¡Aunque le faltó el apoyo de Leopoldo de quien él esperaba un empujón! ¡Quiso ver en él un consejero, mas su primo y cuñado se escabulló! Mi padre se quedó solo, sin consejo de los sabios de Sión. Y se debe a que no exprimió de Benavito la riqueza que había en él. Conocimiento que él tenía para su hijo y que, en cambio, había compartido con gente que lo mereció menos; pero que lo adivinaba. Es triste adquirir, por segundas y terceras manos, lo que un padre o un abuelo tiene para su prole de honra. Honra a tu padre y a tu madre para que tus días se alarguen en la tierra -amén. Selah.

Las debilidades de mi padre fueron por excepción. Posiblemente, ante mis ojos, lo desfiguró ser demasiado introspectivo y desconfiado. Lo comprendo. A su manera, Viktor pretendió ser honesto. ¡Por vida mía! ¿Qué de malo hay en preguntar y parecer un idiota y un klotz, si lo que se ha de adquirir es tan inmenso? Muchas veces, él tuvo que recular con su verdad. Total, por no atreverse a escuchar que otros son capaces de confirmaciones... El racionalizaba, por su cuenta, hasta la más subjetiva auto-justificación. Para el pueblo infiel, según me dijo, la realidad se esconde. Esto pudiera ser falso, pero, él insistía: «La gente confunde la acción con el ruido; mira de la realidad sólo en sus superficies, sin observar plenamente, en su infinita red de estructuras y conexiones», me dijo. Los hombres son trapaleros y, de cada tema que a la realidad representa, toman par de greñas y las festejan como cimientos para sus estúpidas creencias. Reducen el todo a segmento. No miran más allá de sus narices. Toman el grano por paja. Ni hay ni habrá, que no sea Dios, quien los saque del error.

Para Viktor, el diablo hizo las superficies. «Los que andamos con Dios», dijo él, «somos iniciadores», hijos de la actividad constante, la Roca que arde para siempre. «Y del fuego de la Voluntad que nos redime depende la solidez de nuestras vidas».

Al finalizar el día sábado, las especies que había molido en el almírez mi padre nos las daba a oler y, al apagar una vela, ungiéndola en una copa de vino, decía que la eternidad había sido separada del tiempo «con las horas», igual que el gozo y la discordia, el descanso y la faena, y con tal havdalah, cada perico a su estaca y cada chango a su mecate. Se dividía al día santo así, con rito de separación, de las otras horas —las que él llamaba horas inmundas de la Historia.

Aún después del sábado, en mi padre sobrevivía el gozo del kiddush —la santificación que hizo del día mediante su ritual. Quizás las horas subsiguientes se antojaban, para mi madre y para mí, las más cordiales, cálidas y alegres, que se podían disfrutar con él. Aún así, Sarita y yo haríamos el tablacho, a riesgo de agitar otros peligros, interrumpiéndole, gritándole o choteándolo cariñosamente. Hecho el desafío, ante su atención, se presentaban las vulgares cosas del diario vivir, nuestras necesidades, miedos, inquietudes y alegrías.

¡No, no, no fue tan mala la separación del kiddush! Al menos, para mí y ella. Volvíamos a ser una familia, común y corriente. ¿Cuánto podría durar el sahumerio, este quemar velas y apagarlas en vino? ¡Ay, que termine, que termine!

4.

Confieso que las horas inmundas de la historia y sus rutinas me fueron más agradables que las divinas. En horas profanas, desaparecía el aire rígido o solemne de escriba o cohen que mi padre tenía tan aprendido. Se parecía en poco, pero en algo al beber, a los trafalmejos que fue el término colectivo que, en privado y metafóricamente, él tenía para la gente bulliciosa y ruin con que entraba en contacto, por causa de su profesión. Yo creo que con el mote de trafalmejo se refería a todo vecino nuestro, haya sido extranjero o cubano, a todo el que no fuera judío, en sangre y en fe. Después de todo, en la Calle Monserrate, una de las más cercanas a nuestra casa, vivían los sastres judíos de La Habana vieja. Sin duda, sí, cuando mi padre vaciaba sus copas de vino hasta el paladar, yo lo quería... Era igual que todos, como yo quería que fuera él. Me gustaba que él bebiera vino y, a sus espaldas, escurrir alguna de sus copas...

El nació, accidentalmente, en Matanzas y, a breve tiempo de nacer, Benavito, su padre, volvió a La Habana. En la misma casa que el abuelo compró para Alicia, hija de Paquira, y que ella no quiso, se fue a vivir. Mi abuelo, murió en 1940, a los 65 años, y mucho antes, con su mujer Alicia planeó mudarse a La Habana. Eran los tiempos de la crisis y la primera Guerra Mundial. Esta mujer que él abandonó, tan fácilmente, tenía la idea de que Santiago de Cuba sería el lugar más importante de la patria cubana —por ahí, entrararían los americanos, los alemanes, los rusos... cualquiera sea el invasor que corresponda al momento. Y ella estaba lista para recibirlos. Estúpidamente, decía que las invasiones traen prosperidad y que le gustaba que ocurrieran. Obviamente, Benavito le callaba:

—¡Boca de curriche, no sabes lo que hablas!

Entonces, mi abuelo, después de unos años en que decidió irse a Baltimore, sin ella, se mudó con los hijos que el Dr. Otilio Matías de Neves trajo de Suiza. Se buscó otra mujer, ya que andaba en palmas y se le quería entre los Israeliten de La Habana. Su suegro, en 1917, se rejodió la jaba como habanero y murió, al año de llegar. Surgió la plaga de influenza. Quizás por eso mi abuelo se huyó brevemente a Matanzas con su recién adquirida mujer. Dicen que le dió un poco de miedo tal muerte y que, a pesar del matrimonio, tuvo una etapa un tanto mística, en la que hizo intensos rezos en hebreo:

Jaschajah Baal hetschna -Eeel kanno Taf... scaddei, scaddei...

La ayuda está en tí, Señor, que eres
mi grande, celoso y benéfico Dios...
¡Dios todopoderoso, Dios todopoderoso!

El primogénito de los hijos de Otilio se llamó Leopoldo. No sé por qué mi padre lo admiraba tanto, contrario a Benavito. Quizás porque su hijo murió en la Segunda Guerra y lo consideró un héroe, como a veces él mismo, veterano también, se consideraba. El primogénito de mi padre murió, a pocos años de nacer en La Habana. Sólo que él nunca se fue de La Habana, como Benavito. Para mi abuelo, el ingeniero Leopoldo -con quien coincidía en las ideas fundamentales- fracasó en su empeño de adoctrinarlo. Repudió su politicismo de izquierda. Usó en su contra el término de moda en el Sur estadounidense, —parlouer pinkos—; pero, todavía añadía de su cosecha, sarcástica y demoledora, que el hijo de Otilio sería un sueco de mierda, cocoliche o tagarino, que podía pasar entre los sureños y los gentiles como uno de los suyos.

Benavito lo excluyó del establecimiento judío por ser demasiado blanco y desconocer el hebreo. Le designaba como khazar de Aarhaus metido a farolero, donde no le llaman y cuando supo que, en New York, en 1924, se formó el Comité Judío para Cuba y que Leopoldo disertó, en apoyo al comité, él se fue al año siguiente, presentándose ante el mismo foro, a dar las conferencias de desquite que no eran otra cosa que respuestas muy cargadas a lo dicho por el ingeniero, con propuestas más ortodoxas y, sobre todo, defensas a Gregorio López y lo que pudiera verse como su filosofía de la historia compartida.

Benavito tuvo más aguante que Otilio, el padre de Leopoldo y su suegro. Vivió más y matrimonió a Cristina, que era la mujer más linda de nuestra calle. El sector que, en la Habana Vieja, él aludía como imperio regido por la hermosura de Cristina cubría no sólo el Paseo del Prado sino aquellas dos calles que iban hacia el Puerto de La Habana, la vía de Monserrate (donde los judíos tenían sus fábricas de costura) y Neptuno, que terminaba en El Malecón. Bueno, ya sabrán... la hermosura entre judíos es una calidad que sólos ellos se competen en definir.

Ella fue llamada La Sueca y, en verdad, se conocieron antecedentes anti-judíos en su familia en Suiza.

Se dijo sobre ésto en La Habana por maldad; pero, en cuanto su comportamiento, hubo que recordarla como la mujer más virtuosa entre las que el abuelo tuvo. Así la nombró él, con mucho orgullo: Einer tugenhafte Frau, la Señora Virtuosa.

Ahora imagino que a su hijo dolería mucho que se dijera que su madre era bastarda. Ni a Leopoldo, su pariente más querido, se lo permitió. A Benavito dolía que se le llamaran La Sueca -porque, con germanías como ésta, se aludía a los que se hacen los desentendidos y los que esquivan responsabilidades. En rigor, Cristina fue suiza y tardó en ser aceptada como una judía de corazón. Fue considerada una goyeh, no judía, en aquel círculo apretado de familias con prejuicios.

Como murió casi al llegar, Otilio no sabría si Benavito cumpliría con lo que había prometido acerca de ella, al líarselo por suegro: Que sea Cristina la mujer más dichosa del Caribe y no quepa duda, al menos, en este asunto, mi abuelo cumplió. Cierto es. Mi padre no conoció a Otilio y, por tal razón, no lo admiró, suficientemente.

Sobre Leopoldo, supo los infundios públicos, las desfiguraciones con que Benavito lo juzgaría y los chismes en torno a una putangona llamada Rosa Belén. Lo que supe, por igual, es que mi padre tampoco admiró a Benavito. Profesionalmente, sí; pero humanamente, no. Eran unos fornicarios que gozaban chotearse. Groisser potz! —era una frase que se cruzaban aludiendo cualquier pretexto.

Yo sí, yo sí estoy fascinado con mi abuelo y me hablaría sobre él. Ni más ni menos que Andrés, el hijo del castigo, el más golpeado por las altanerías del propio Benavito.

Cristina heredó La Bodega y compartió tal casa, en la Calle Neptuno, con su hermanastro viudo, Leopoldo y su sobrino, a quienes se les conocería como los Arjau, o los suecos. Ocupaban la planta baja. Ella, como su hijo, una planta alta de la casona. Allí mismo, creció la panza de Cristina; pero el parto del que nació mi padre, se realizó en Matanzas y, al mes, regresó a La Habana.

En esta casa, se recibió a los fugitivos Leopoldín y Andrés y, más tarde, a mi padre que marchó a estudiar y terminó cautivo en el servicio militar. Rosa Belén decía que era el más jodedor de todos.

Por otra parte, el Dr. Otilio Matías, conservó su enorme casa en Basilea y su hijo Leopoldo, padre, se daba sus viajes para mantenerla como residencia de amigos judíos en diáspora, estudiantes pobres y sindicalistas españoles que, en Suiza, hallaron en Matías de Neves y toda su prole un sólido apoyo. Entre 1933 y 1935, las quemas de libros, boicots y hostilidad antijudía fueron la orden del día en Alemania. Se ejercía una intensa represión anti-socialista y antisionista. En 1936, la guerra civil española le permitió más efectiva generosidad a los Matías de Neves, porque ya las abominaciones de esos gentiles enardecidos en sed de sangre se extendían a España, Italia, Austría y Bélgica. Los alemanes se atrevieron bombardear Guernica, pueblo vasco, en una nación neutral.

El ingeniero sabía que ésto, el cuento de la solidaridad, agradaría a su extinto padre, el Dr. Otilio Matías y, en su memoria, aunque ya radicados en Cuba, doctrinalmente, se avivaban unas ínfulas de militancia y compromiso, entre los más jóvenes que él. Ambos se hicieron sionistas comunistoides y asistieron a los Congresos Sionistas de Basilea. Dieron promesas de colaboración que el mismo Otilio platicó con Max Nordau y Theodor Herzl cuando les conoció. Radicarse en Cuba no iría a cambiar las cosas. Con lo que Otilio no contó fue con su muerte. Con la influenza. Con que habría guerras y persecuciones de magnitud inaudita.

De 1925 a 1930, a pesar del intenso gasto que el Partido Liberal cubano hacía en Obras Públicas, el ingeniero Leopoldo se hallaba sin amigos en La Habana. Benavito separaba a las amistades suyas de los que su cuñado intentaría cultivar. El ingeniero criticaría la «mano dura» de Machado y, por supuesto, para él y su firma de construcción no habría ni mínimas asignaciones de trabajo, aunque, en ocasiones, él hacía sus propuestas de schlepper, labores menores. Cuando se aburría, viajaba a New York, a Charleston, a San Antonio. A escondidas de Benavito, se reunía con judeznos de la Asociación de Jóvenes Hebreos en la Calle Obispo #97.

Benavito se encariñó a tal grado con Leopoldín que desafiaba el estímulo revolucionario con que Leopoldo, su padre, lo arengaba, pasándole la semilla de su activismo de cáscara amarga.

Por otra parte, Andrés deseaba ser más que un botellero (había echado a andar otra vez la fábrica de vidrio soplado que, en Cárdenas, se tenía en ruinas, desde la muerte de Antonio López Abram), mas no se le veía aptitud para los estudios.

Sin embargo, desde niño, Andrés senejaba fuertes sumas de dinero y para él no había depresiones económicas. Había aprendido un alemán judaizado que ni a yiddish llegaba, por causa de su tropicalosa liviandad y sus escasos sesos.

A la muerte de los doctores Moritz Abram y Otilio Matías, como Moritz alguna vez hiciera a motu propio, Benavito se autoproclamó el árbitro de las disputas y el jefe de los clanes. El Moreh Scfatzer —Consejero Mayor y Kibitzer, fiscalizador. Mas, en vano, fue llamar a la obediencia a Leopoldo, porque Benavito y él se llevaban apenas días en la edad. Esto bastaba para que mi abuelo y él porfiaran en cuanto a quien tendría la autoridad de kibitzer en asuntos de fe, educación y familia.

A menudo, mi abuelo utilizaba dos expresiones inglesas para describir las propensiones fornicarias de Leopoldo y su estilo intelectual: —Swede-basher, load of bolshie- y, por el fuerte acento de su inglés, aprendido en Baltimore y con la gringada de Cuba, la última frase que pronunciaba sonaba como «cargado de mierda».

Benavito tuvo planes para sus dos hijos, así como para Leopoldín, que no cuadraban al otro. Desde la muerte de Moritz, ninguno de ellos estudiaba la Torah y pocas veces guardaban el sábado. Al menos, rigurosamente, como se supo que lo hicieron otros de la parentela. Y se decía que Andrés no había sido circuncidado, como pide la Tradición y, peor aún, que se andaba en las cumbachas con los perros del mundo, sin hacer corro aparte y rehuir a los gentiles. Andrés tenía 23 años cuando el llamado Putsch reventó en Alemania. La nación se recuperaba económicamente de la Crisis Económica Europea con que nació la primera década de 1920 y, en pocos años, los Nazis se aglutinaban como partido multitudinario y con plataformas antidemocráticas y antijudías. Se acusaría falsamente a socialistas y judíos de cualquier exceso. Por ejemplo, la quema del antiguo Parlamento alemán en 1933. En julio 1934, los alemanes se purgaban cruentamente en el Partido Nacional-Socialista. Una de las matanzas habidas fue la Noche de los Cuchillos Largos. Ahora sería Leopoldo quien recibiría los informes de aquellos contactos que su padre y él dejaron en Basilea. La sangre lo enardecía.

El reaccionó a estos eventos; sin discursat sobre ellos, sin sufrirlos, decía que estaba falto de alicientes. Tuvo un frustrado amorío con Rosa Belén que le dolió menos. Lo suyo fue la guerra y la política. Entró a la historia por la puerta del crimen, la miseria y el pánico... A la mujer, Rosa Belén que lo entretuvo, ni en ausencia de Andrés ni suya, el Viejo Leopoldo pudo quitárselas, más bien, para él sus idas al Barrio Colón, sector de putas y bares en La Habana, sería su desprestigio ante los ojos vecinos que distinguían a su persona tanto como al doctor Benavito. Quisieron ser honorables aquellos viejos ante los que, con ellos habían vivido. Los hebreos de la Calle Obispo le comenzaron a llamar el sueco. Y quitar mujer al hijo es una suecada puerca. Así le dijeron a Leopoldo.

—¿Sabes cómo te llama la gente?-, le preguntó Benavito a su cuñado.

—¿Y eso importa?

—El sueco, Leopoldo a oscuras... el que manda a sus hijos por leña al monte, porque no tiene luz en sí...— y por esta frase, se enojó y se fue a San Antonio a trabajar. No quiso ver la cara de su acusador.

Antes de tales riñas entre mi abuelo y él, Leopoldín y Andrés viajaron a Suiza, como el ingeniero quiso. Andrés ya no quería su mote de El botellero y, con Benavito en la capital, se sentía más fiscalizado que nunca por el poder religioso de su padre —über religiöse Macht. Leopoldín estaba perdido en su eterno romanticismo trasnochado. De hecho, se parecía a Heinrich Heine, según cotejé con bocetos que Cristina dibujara al pedirle que modelara, como si presintiera el fin de su vida, tan joven.

A final de cuentas, los jóvenes infringieron la prohibición de Benavito y dijeron que iban en aras de glorias y no, como dijera mi abuelo, en espera de la próxima guerra. Recorrieron muchos lugares de Europa.

Andrés prefirió las estadías en Madrid y en Barcelona, aunque siempre siguiendo la pista de Leopoldín que tenía la obsesión de ser soldado, particularmente, cuando conoció a Francisco Masiá y Francisco García Escámez.

Ocasionalmente, sobre Andrés daría noticias un gallego que se embarcó en la empresa de la exportación de telas a las Antillas Holandesas. Y mencionaban al gallego como Lino Novás. Cuando Leopoldín se integró al clandestinaje político, Andrés comenzó a sentirse aislado y regresaría para dar cuentas a su padre. Dijeron que él cosía uniformes militares y que, a veces, no le importaba el bando. En 1928, sin que Andrés lo supiera, Leopoldín se enteró de la muerte de Carmen, la segunda esposa de su abuelo Otilio, y se despedió, sin decirlo con palabras, y se hizo presente en La Habana. En vano, porque le suplicaron que se quedara, ambos, padre e hijo, se fueron juntos a Barcelona, donde se celebraría una Exposición, tipo de actividad de que gustaban.

A diez días cumplidos del entierro de su abuela, en el Cementerio Judío de Guanabacoa, Leopoldín llegó y preguntó por su tumba.

—¿Quieres venir con nosotros?—, le dijo Leopoldo a su cuñado.

Yamish Noraim—, aclaró Leopoldín a Benavito.

—No, ya la lloré... Quien me falta es mi hijo—. Tal fue la única palabra que Benavito tuvo con Leopoldín. Mi abuelo era impecablemente legalista. Preguntó por Andrés.

—Tiene una costurería en Almelo. Quedé en verlo en Barcelona.

—Tráelo y no vuelvas sin él-, y les dió la espalda a los suecos y les menospreció.

Leopoldo contaría a su hijo cómo Benavito había cambiado desde que se fue a combatir el azote de influenza que diezmó a carretadas a la gentes de las provincias y los puertos. Otilio, mi padre —dijo Leopoldo— fue el primero que enfermó. Lo sorprendió una disfagia y no probaría bocado. Y, vistos los síntomas de influenza, Benavito vió que el brote de peste lo tumbaría, irremisiblemente, pese a que lo cuidó con desvelo, y Otilio se iba secando y perdiendo peso, con multitud de vómitos. Benavito lo bendijo, orándole para que Eeel Chad, Jiheje, el que Es y Será, lo recibiera en el Seno de Abram.

5.

En vano, Leopoldo y su hijo, hicieron esfuerzos por aclimatarse en el ambiente de la isla, después de esta primera y segunda muertes. El lema político vigente parecía ser Cuba para los cubanos. Los judíos sefarditas en Cuba miraban con recelo a los blancos, a los muy europeizados, como era Leopoldo y la suecada... Benavito era un poco la excepción... ¡Los Neves o Arjau no pudieron y, en el fondo, no querían ser cubanos! Y, con todos los desvelos anti-nazis, con los que eran consistentes, no hallaron amigos. Los comuñangas -de Blas Roca a Lázaro Peña, de Escalante a Carlos Rafael Rodríguez-, por su parte, recelaban a las democracias, sean al estilo británico o belga, a la francesa o a la americana, y la «neutralidad cubana», que predicó Laredo-Bru, fue el acomodo solapado y escandalizador con falangistas y nazis, que a Leopoldo y Benavito mortificaba. Cuando Leopoldo y su hijo se fueron, dizque a la Expo de Barcelona, Cristina se atrevió a decir:

—Estamos tan solos, Benavito.

—No. Tenemos a Viktor y al tonto de mierda, Andrés-, y sin saber cuán profundo era este cambio de actitud de su esposo, comprendió que, por fin, él se reconciliaba con el hijo del castigo —Andrés, baronshin. Entonces, se oraba por él noche y día, porque Andrés se fue a Europa y, al contacto con Leopoldín y el corro de anarcos europeos, lo meterían en problemas. Cristina se aferraba al amor de Benavito porque, en cierto modo, él transmitía la noción de familia y libertad que habría podido disfrutar al lado de Leopoldo, arrimado con la familia Matías.

En 1931, terminó la vida de bordonero que Andrés se daba. La monarquía regresó a Barcelona. Predciblemente, por la intensa represión, sus negocios allá se vendrían abajo, si él no actuaba astutamente. Lo hizo. Esta es la asombrosa osadía con que se le recuerda entre su parentela. En octubre de 1934, cuando una revuelta sacudió la capital catalana, él ya había tomado precauciones y arrombló con el dinero que tenía invertido, en exportaciones, para no salir mal librado y se regresó a Almelo, Holanda, tras una reunión con Novás Calvo, el socio gallego que había instruído para que comerciara con telas en Cuba, Venezuela y las Antillas Holandesas. Con el éxodo que provocaría la guerra civil española, se embarcó a Cuba de regreso.

Tenía vergüenza de presentarse ante su padre. En Munich, los agentes de Hitler asesinaron a Ernest Rohm, Heines y Schmidt, los más claves colaboradores de aquella célula clandestina que Leopoldín protegía en Basilea para 1934. El hijo de Leopoldo había puesto parte de la fortuna de su padre en la promoción del anarcosindicalismo y la CNT, dirigida por Joaquín Maurín, y nada había conseguido, sino que el Bloque Obrero rechazara los vínculos judíos que colaboraban. ¡Comunistas españoles gritaban abajo el sionismo! El BOC catalán mandó un par de esbirros a matar al internacionalista de marras, «al pobre Leo». Nin y Maurín habían perdido el control del POUM. El último estaba en la cárcel y España, plagada de una guerra civil fratricida.

Debido a estos hechos, regresados a Cuba, Andrés y él se escondieron en el Barrio Colón como dos ratas desesperadas, comidas de remordimientos. El único visitante que se permitían en el escondrijo de tal edificio fue el hombre que la mulatada del lugar llamaban Tu Monina Lino, con lo que aludían a Novás, el socio, y su bien vestida estampa.

—Les tengo noticias. Ya tengo oficinas y vamos al negocio de telas en grande.

—¿Dónde?-, preguntó Andrés.

—En La Bodega.

—¡No, hijodeputa!

—¡Y nos esperan en la Charanga de Bejucal!-, y había traído un fardo de camisas, pantalones y sacos para que se vistieran como lo que eran, sus socios. Andrés le dijo a Leopoldo que él podría recuperar lo que había despilfarrado en ayuda de comunistas malagradecidos. Las cuentas en bancos suizos de la familia Matías de Neves estaban en cero.

Fue este gallego el que les puso sobre sus pies. Volverían a la vida. Después de regresar de El Bejucal —donde se cerraban las calles y se celebraban las navidades con carne de puerco, arroz con pollo y licor-, el plan de Novás fue presentarlos ante sus padres, sin que éstos lo imaginaran. Viajaron en unos camiones que llamaban de La Vívora, pasando por pueblitos como Rancho Boyeros y Bejucal hasta entrar por las callejuelas de Luz, Monserrate y Neptuno. Se detuvieron en pleno Malecón para que Leopoldín echara una vomitada escandalosa y agónica, porque había comido carne de puerco, por primera vez en su vida, y se sentía judezno abominable.

En la tarea de procurar aire y descanso para su primo, que estaba más borracho que la tos de la mabinga, Andrés reparó en una mulata de fuego que lo miraba y que un coche dejó, a cierta distancia de ellos. Ella parecía decidida a acercarse al vehículo de La Vívora.

—¿Qué pasa?—, preguntó la mujer.

—Nishte—, susurró Leopoldín, pero abrió los ojos como pelotas porque la mujer parecía una diosa. Tenía una piel canela, con un delicioso fondongue y dos tetas tan ejemplares que le quitó la tirria y el ahogo.

—Al fin se cantó la gloria—, dijo Novás.

Habían visto a Rosa Belén por primera vez.

6.

Sí. Hubo la reconciliación. Habían llegado los «hijos pródigos». Hubo un connato de acercamiento entre dos hombres que parecían terriblemente separados, el ingeniero Leopoldo y mi abuelo Benavito. El primero regresó de San Antonio, Texas, y perdonó aquella deuda que Leopoldín lamentaba. -Ya no queda dinero-. La alegría de verlo hizo aminorar el monto de lo que el muchacho derrochó. También mi abuelo se sentía complacido y perdonador.

Llegó a ver a Leopoldín (y a su padre) un personaje muy conocido en los círculos políticos. Se presentó con aspavientos de haber sido colaborador, con Leopoldo, en el afán de localizar de su hijo. La publicidad internacional que originó la purga de La Noche de los Cuchillos Largos, en julio de 1934, hizo que la familia Matías y Abram temiera con más intensidad que nunca antes sobre lo que Hitler sería capaz de hacer.

—Con ustedes no tenemos nada que buscar—, dijo Benavito al Dr. Aurelio Fernández, diplomático cubano en la Alemania Nazi, cuando regresó a La Habana. Andrés y Leopoldín, que le desobedecieron, estaban ya salvos. Fernández se alegraba y lamentaba no haber podido ser instrumento útil en la tarea de este regreso de los jóvenes.

Benavito miraba a Fernández con el mismo odio con que miró a Grau San Martín.

—¡Puercos!—, chilló en plural. Tenía en el pensamiento el nombre de Grau.

—Y tú, Leopoldo, ¿por qué discutes con este hombre germanófilo?

Leopoldo no podía creer que Benavito olvidara sus modales con la gente poderosa de La Habana.

—¡Que se vaya! ¡Que me ha dolido no saber qué cadáver me habría de llegar primero!—. Había sido Leopoldo quien le llamó, con súplicas, en aras de consejo.

7.

En aquella década fatídica -cuando la influenza gripal mató a diez millones de personas en el mundo-, como había aprendido de Moritz, la mejor estrategia para ayudar a la gente (que les requería de sus servicios) fue internarse en el laboratorio de Ceiba Mocha para extraer del opio un alcaloide blanco y cristalino, la codeína. Benavito y Moritz tenían una afición poderosa por la química y la farmacología. El segundo fue excelente en la especialidad.

Con este narcótico, Benavito combatía la tos violenta de pacientes que se quejaban de este fastidio por más de una semana. Evitaba, con este remedio, que la tos dañara las cuerdas vocales, bronquios y pulmones, de sus pacientes. Aún las costillas, porque ocurrió que una tos quebró unas costillas al Siño Chubasco, cuyos hijos se prestaron a servir al Dr. Benito en el reparto de gallinas. Siño no se enderezaría porque tenía par de huesos rotos y no lo quiso creer cuando el médico le dijo que la tos rompe las costillas y que, con un torpe estornudo, el aire alcanza velocidades de más de 150 km. por hora. Y las costillas se quiebran.

Siño Chubasco -que llovía sus mocos y babas sobre cualquiera que se le acercara- se comprometió a permitir que sus hijos llevaran recetas, por parcelas y cercanías de Ceiba Mocha, y se sorprendía porque los remedios de Benavito parecían dados por alguna abuela y no tanto por un médico con tantas credenciales. Se envíaba, con los hijos de Siño Chubasco, los recetarios a los bohíos, donde Benavito había sabido sobre decenas enfermos. Y con los consejos, se obsequiaba una gallina que él autorizaba que se sacaran de los corrales de su hacienda. En fin, que a los chiquillos instruyó de tal modo que éstos parecían disco rayado, al repetir de memoria, palabra por palabra, sin equívocos, lo que se instruyera:

_ Mandó a decir el doctor que al que tenga gripe se le proporcione de alimento para que no le suceda como al Otilio de mierda cuando lo tronó su disfalgia.
_ Que se sirva para él un tazón de caldo de pollo y que le manda la gallina de regalo.
_ Que se sirva para él una polla de leche bien caliente porque su vapor es bueno para la (descongestión de) la nariz tapada y que se le añada un trocito de canela.
_ Que nadie se toque la nariz y los ojos si hay gente con gripe en la casa. _ Que se laven las manos todas las veces que puedan porque hay virus en todas partes de la casa cuando hay uno enfermo o con síntomas de dos días.
_ Que si no se alivian en una semana y las fiebres son muy altas, con temblores, sudores y delirios, que avisen otra vez al doctor.

Y, de seguro, fue así. Llegaban por él, hasta en las noches, los pacientes con graves complicaciones, los pobre o tardíamente cuidados, al contraer la gripe. Los que no dejaban de toser, los fatigados por la tos seca, improductiva, que no pegaban con la oreja en la almohada. Los tosientes por causa de enfisemas o cánceres pulmonares, sinusitis, fiebre héctica o paratifoidea y paludismo. El atendería, sin descanso, los casos de neumonías, infecciones del oído y bronquitis. Y la codeína que sacaba del opio era su mejor paliativo para la sinfonía desgarrada de los tosientes, ya que, en sus días, él no conoció el dextrometorfán. Tampoco supo sobre los antihistamínicos hasta que los conoció, leyendo los primeros trabajos farmacológicos de D. Bovet. Ni siquiera supo sobre las famosas aspirinas para el resfríado.

A fin de fluidificar las mucosidades, limpiar a los pulmones de líquidos patógenos, Benavito recetó como el mejor expectorante (de su conocimiento) los jugos de frutas. «Remedios de la abuela», como decía Siño, el bañagente. También mi abuelo prepararía sus mejunjes con chorritos de jerez y diría: «Bébelo que ésto espanta al diablo». En antaño, se creyó que cada vez que se estornudaba el alma salía del cuerpo y el demonio podría invadirlo, a menos que alguien dijera: ¡Jesús! Y siendo judío, Benavito se reía de ésto y añadía, con ironía:

—Bébelo, que es jerez que gusta al alma.

A todos, el abuelo aconsejaba que chupara de las frutas dulces y jugosas, a su antojo. Y, en la puerta de salida de su improvisadas clínicas, los hijos de Siño Chubasco mondaban naranjas para que los pacientes se fueran con una, chupándosela en el camino. En fin, por causa de las razones que él daba, sus pacientes visitaban más las fruterías que las droguerías.

Paquira, prima de Benavito, vivía arrimada con un negro retinto y cujote. Con él, al fin, ella halló paz y se dió a las buenas maneras. Regresó a la decencia del comportamiento, aunque vivía en jodientísima pobreza y aislada de las costumbres que le predicó su padre. Para Moritz, buenas costumbre sería honrar la Torah y el Jüdische Geheimgesetze. Y ésto, no tenía reserva al decirlo, del cambio se enteraron hasta los vianderos por Cárdenas y Santiago de Cuba. Con el pasado de Paquira se entretuvieron los tabaqueros y con los cuentos, pasados de boca en boca, se enteró El Cotorro, viejo que de todo se enteraba y que terminó como lector de La Partagá y Regalías El Cuño.

Paquira se alegró de ver a Benavito. Lo saludaban como al sucesor de los rabinos Ruy y Moritz. Igualita que Rachel se lo comía a besos. Al abuelo dijeron, al fin, que tres de los cinco mojoncitos que había parido se murieron, al puño de la influenza, y el temor a perder los dos restantes y al marido la llevó a la casa que Benavito conservaba en Santiago de Cuba. Después que le buscara infructuosamente y a patas en Ceiba Mocha, por salvar a sus hijos, Paquira acudiría a su hermana. En el fondo, se sentía atada, irrenunciablemente, por fuerza de la sangre, a los Lecsinka y los Abram. Y pobre o rica, ésto no iba a cambiar.

—¡Se me muere el negro!—, decía a llanto partido ante Rachel. Y el reencuentro fue de perdón sentido y auténtico entre las hermanas que, por injustas razones, habían compartido el mismo marido, el pingo de Antonio.

—¿Supíste que Antonio murió?—, preguntó Paquira. Noticia que mi abuelo desconocía y que saberla no le ocasionó ni la mínima pena.

—Me alegro—, dijo Rachel.

Esta dió hospitalidad a su hermana que cubría, con mugriento chal y telas de crudillo, a los niños, flacos como la miseria, criaturas que procreó con negro. Y, por lo que había aprendido de Benavito, Rachel se compadeció de las penas de su hermana. Bueno, Rachel, la hermana rica, tendría que exhibir un poco de compasión.

—Estos niños son currinches. ¡Qué lástima te tengo!

Aún profiriendo sus desprecios, Rachel los cuidó por unos días, alimentándolos como suyos, con esmero. Y les salvó, porque no estaban enfermos, sino desnutridos. Después telegrafió a Alicia, a la que supuso todavía mujer de Benavito. Cierto fue. No supo que Cristina ocupó su lugar. El médico estaba recién casado. Alicia le dijo que mejor le contactara en La Habana porque ya no era su esposo y le dió la dirección de El Malecón. Una casa que él no quiso dar a Rachel porque para nada le serviría a mujer sola.

Sabida la noticia del reciente matrimonio de Benavito con Cristina, entonces, sí Rachel sintió el azote del cuje. Se dolió hasta las entrañas, razón por la que salió del telégrafo, con más lágrimas que una magdalena, como torturada por Weyler, el Carnicero. Por despecho, al otro día, mintió a su hermana y le dijo:

-Quédate aquí. Cuídame la casa. ¡Que voy a buscarlo!— y, cuando salió con una maletilla, con sus cucútues y ropa de cambio para varios días, emprendió viaje a Cárdenas para saber a quién Antonio dió testamento y sus derechos de propiedad sobre la inmensa hacienda que el catalán Gregorio López había dejado para Antonio y Carmen, el edificio de la botica y la inmensa fábrica de botellas.

8.

De hecho, Carmen no estaba enterada de que Antonio murió. Su vida en Europa la había cambiado mucho. Ya no quería saber de la provincia y pospondría ir a ver a su hermano. Temía que su nombre se dijera en La Bodega, porque Benavito, su anfitrión, y Antonio se aborrecían. En llorar a Otilio, como rata en la planta baja, se iba la vida a la mujer. Cristina fue su única compañía y le daba la devoción de la madre que le faltara.

En secretas gestiones, Rachel se entretuvo varios días en Cárdenas, hurgando en los papeles y documentos, y en consulta con el albacea de Antonio. Halló que el cabrón machorro, bruto como fue, tuvo corazón para testar todo en nombre de Andrés, el hermoso niño que él reclamó como suyo, no siéndolo.

—¡Ay, Andrés, ya no serás hijo de la vergüenza!

Y ésto consoló a tal punto a Rachel que regresó a Santiago, por donde vino, pero sonriendo y echando bendiciones al Altísimo. Y, en vano, se empeñó en recordar lo que el buen Moritz solía decir en alemán sobre la justicia convertida en luz de la divinidad, das fliesserde Licht der Gottheit. Y, en vano, se esforzaba en recordar las canciones que había oído de su madre, María Lecsinka.

Cautivada por estos motivos y su alegría, Rachel telegrafió a Benavito otra vez. Y no sabía que él ya estaba en camino a Santiago para ver a los dos pequeñuelos de Paquira, porque, pese a su panteísmo y sus ínfulas de saduceo, al heredar y rescatar para sí la biblioteca del viejo Dr. Moritz, leyó del Zohar Cabalístico que «una de las formas de encontrarse con Dios» es la práctica de la medicina («maasith»). Nadie es más servicial ni compasivo que Benavito. Ella no se equivocó al pensarlo.

A combatir a las miserias del toserío, las maluqueras y el decaimiento de los gentiles, Benavito se entregó por años, sin descanso. No supo que, en su ausencia, al dejar La Habana, se fueron a Europa (y para no regresar en muchos años) aquellos dos tarambanas del carajo -que fueron Andrés y Leopoldín. Le desobedecieron. Y los maldecía, entre lágrimas, asociándolos a todos los sustantivos a los que pudiera añadirse la palabra mierda. Entonces, se le hizo muy claro que los amaba —y que él merecía el cargo de juez y consejero que se había auto-asignado, contra la voluntad de Leopoldo.

Amainada la epidemia de influenza y siempre al pendiente del pequeño Viktor Abram, el doctor Benavito se regresó a La Habana y se recreaba con la dulzura que Cristina había impartido de sus genes al segundo de sus hijos. Desde que Viktor cumplió 4 años, él se esmeró en educarlo. «Yo veo la victoria del Dios invisible, al fin, y te bendigo. Así que camina conmigo y aprende, Viktor». Y, dispuesto a formar a otro servidor del maasith, lo familiariazaba con la anatomía. Día y noche, soñaba con la fecha cuando lo mandaría a Suiza, a Leiden, a la misma Norteamérica a doctorarse. Sería el quinto médico de la prole de los Abram. «Y así servirás, bene mío, en la Inteligencia de Dios», y yo supongo que estos mismos sueños los tuvo mi padre conmigo.

Así fue. Viktor aprendió el alemán y el holandés, en menos tiempo, de lo que su padre esperaba. Pintaba calaveras, células en detalles, coloreándolas con la gracia de un observador concienzudo. A ratos, él se devoraba las revistas científicas que, de las universidades de Berna y Basilea, todavía llegaban para el extinto Dr. Otilio Matías de Neves. Mas, con artimañas, Viktor se interesaba en el idioma inglés, porque halló unas cartas de la gringa Lecsinka a su padre Jerome y libros que el Jinete Mayor, el rudo Dr. Leonard Wood, había hecho traer de New Hampshire, y obsequió al Dr. Moritz. El interés de Viktor por tales viejos textos de medicina agradó al padre.

Los progresos intelectuales de Viktor originaba tan gran delicia que Cristina regañaba a su marido al escucharlo menospreciar al pobre de Andrés, al que sobajaba, para dar más fuerza a los elogios por el pequeño. En el fondo, mal primo (con Leopoldo) y mal ejemplo de roña contra su hijo, creyó mi padre. «Al menos, que escriba y pida algún dinero». Se le tenía en tan poco que, cuando se fue a Europa con Leopoldín, se dijo: «Andrés andará en la faranga y en la ociosidad».

Para alguna tranquilidad de su padre, Leopoldín regresó en 1928; pero no Andrés. Carmen se murió alegremente para una Navidad y él que le había encarecido:

—Amado, no dejes solo a mi hijo.

—No lo haré-, contestó. Se refería a su padre.

Sin embargo, por el deseo de saber sobre Andrés, a quien se le vio en Holanda, Leopoldín acompañó a Viktor Abram, de 20 años, a su primera estancia como estudiante de medicina en la Universidad de Leiden y, con él, se quedó entre 1939 a 1941. Mi padre y Leopoldín se unieron a la resistencia y se armaron en la clandestinidad. Fueron hechos inevitables y hubo muy pocas cartas para explicarlo. Estos fueron los días del infortunio y, de hecho, tal fue la palabra que quedaría vibrante en las paredes de nuestra casa en El Malecón:

—¡Nebekh, nebekh, nebekh!

La desaparición de Leopoldo, el hijo, o más seguramente su cadáver irreconocible tras los bombardeos nazis, afligió mucho al abuelo Benavito, como a su esposa Cristina. En 1939, el germen del silencio se materializó en una ruptura entre las gentes que se habían amado tanto, como ellos. Surgió una gran tirantez todavía mayor, que la primera vez, entre Benavito y Leopoldo, padre, que optó por irse a la construcción de puentes en San Antonio (Texas), en un proyecto que se llamaba Paseo del Río, The Riverwalk. El arquitecto Robert Hugman, pionero de tal sueño, pudo más que la fidelidad y el desespero que los aturdía en La Habana. Y nada se sabía sobre los curriches comuñangas que se fueron a salvar el mundo del fascismo y el monstruo alemán. —¿Llegaron?—, era la pregunta de Leopoldo cuando regresaba de Texas.

—Llegaste—, le decía Benavito.

Mi padre, siendo todavía estudiante en Holanda, había conocido a Sara. La enamoraba y ésto fue un poco de alivio entre la mucha desdicha. Hubo algunas cartas. Según mi abuelo, que ella estudiara medicina, parecía un tanto aberrante; pero, en Alemania, Suiza y los EE.UU., ya era común que ésto ocurriera. Liberación femenina —se decía. Leopoldo defendía el derecho de la mujer a profesionalizarse y a competir con los hombres en el campo de la medicina. Mi abuelo era más conservador y ponía este defecto a una mujer que no conocía -la que llegaría a ser la esposa de su hijo. Ambos se echaban chufas porque, al parecer, Sara habría sido una chiquilla que Leopoldo conoció.

—Tengo la impresión de que es la hija de Joachim...

—¿Y su dirección?

—No sé...

—Bueno ha de ser tal cabrón de mierda que ni pista se le conoce!1, acotó Benavito.

El padre de Sara, revolucionario de armas tomadas, la encomendó a Viktor Abram, porque ya había conocido a Leopoldo y Leopoldín, a los que llamaba camaradas. Serían aquellos los meses, de abril a junio, mencionados en sus cartas como Blitzkrieg, en el año 40. También este asunto se haría parte del contexto que a todos mortificaba. Leopoldo callaba por cierta inseguridad de confirmar si Sara efectivamente era hija de Joachim.

—¡Cállate! Nuncas sabes quién es hijo de quién...

—Tú protejes las putas a tu hijo.

—Tú me desacreditas. Si quieres a la mujer de Andrés, anda y llévatela.

—¡Ya no ando con ella!

—¡Basta, basta!—, salía Cristina.

Allá, muy lejos de las bravatas entre mis parientes, alguien que era el mismo Joachim diría a mi padre:

—Si se aman, Viktor, llévala a Berna y sálvala.

Joachim de Riga le asignó su primera misión. Y ninguna pudo haber sido mejor, porque le pesaba, como blasfemia, verse armado y en prácticas de tiro en la campiña como delincuente y recibía el trato de camarada, cuando él no se consideraba partidario de ninguna idea política... En este asunto, Viktor fue fiel al pacifismo de su padre. Toda guerra es señal de pueblo sin Dios.

Efectivamente, él cumplió con la tarea y con otras instrucciones que se le confiaron en la capital suiza, a las orillas del río Aar. De 1942 a 1944, la Universidad de Berna, seguía abierta, con la meta de originar los médicos de emergencia que, predicha la blitz irremisible, la nación necesitaría. Los bombadeos nazis podrían extenderse a los más remotos y sagrados rincones de los Alpes y a los Países Bajos, se decía entre la cáfila de judíos.

Este lenguaje de conspiraciones y hazañas riesgosas fue muy extraño a mi abuelo que había vivido caricaturizando a Antonio, su primo de Cárdenas, y los odios que éste sentía por la España represora del Carnicero Weyler y, poco después, su rencor por los yankees.

Leopoldo le parecería otra versión de Antonio, sólo que sus odios se concentraban en destacar el rol de las falanges anti-comunistas en Europa. Y creía que Occidente debía, aliarse con los comunistas, y destruir el fascismo y el nazismo.

-¿Cómo es posible que vivas tan despolitizado?-, preguntaba Leopoldo a mi abuelo.

-¿Qué? ¿Qué no recuerdas las vejaciones al pobre Moritz en Santiago por las tropas de Linares Pombo? ¿Sabes qué trajo, con el espíritu hecho garras, a nuestros hijos? ¡La Noche de los Cuchillos y el fascismo en España!

—Te fuíste a Texas con los gringos por un fajo de billetes. Eres la oscuridad de tu casa y y no sabes otra cosa que gapalearte, hijo de puta...

—¡No me hables así, Benavito, que puta es la madre de tu mujer y yo me callo!

—¡Puta es la negra Rosa Belén y envíaste a Leopoldín a la guerra para buscarla a sus espaldas, porque, si el rufo es Andrés, hasta mujer le buscó a ese mariquita de tu hijo!

—¡Basta, basta, par de rijosos!-, y era otra vez Cristina conjurando los espíritus de fornicación, y rezaba contra los Ruack Roah.

Un hombre, que fue llamado «el Cotorro», el lector de los tabaqueros, narró que la primera vez que Leopoldo se personó en La Habana, tras su primer viaje a Texas, se pelearon a golpes frente a La Bodega y sólo la intervención de Cristina (La Sueca) evitó que se mataran, a puros puños, aquellos dos viejos -el médico y el ingeniero. Entonces, porque no faltaron los ganzúas y los testigos de la esquina, que serían los contertulios de la Barbería de Lleó, en la cuadra de la calle Neptuno, se enteraron que Cristina, la hija de Otilio y tercera mujer de Benavito, fue repudiada en Basilea por sus abuelos y que su madre la dejó en un canastillo en las puertas de la casa de Otilio. Se reditó, con protagonista femenino, la historia de Moisés, el que navegó en un cestillo por el río ante los ojos de la hija del faraón.

-¡Sólo que Cristina no provee cuernos porque no hay pendejo que la ofenda!-, le dijo Benavito para iniciar la trifulca. Y con ésto aludía al quod cornuta esset facies sua -que, de seguro, ambos había leído del libro de Habacuc -de una mala traducción latina. Se maltraducía «manos» por «cuernos», por lo que, según decía Benavito, Otilio trajo a Dios de Temán y la señal de su Santo del Monte de Parán «y su gloria cubrió los cielos, y la tierra se llenó de alabanza y el resplandor fue como la luz; rayos brillantes salían de su mano, y allí estaba escondido su poder; delante de su rostro había mortandad y a sus pies salían carbones encendidos. Se levantó y midió la tierra; miró e hizo temblar a las gentes; los montes antiguos fueron desmenuzados. Los collados antiguos se humillaron».

Con esta parábola, Benavito dijo que Otilio, orgullosamente, trajo a Cuba no la Ley de Moisés, sino a Cristina para humillación de los collados antiguos, que serían enterrados en mortandad, en guerra por su desobediencia y ambición. En este reinterpretativo discurso, Cristina sería la cepa nueva y la honra que Otilio había sacado a Temán y Parán para separarla del «viejo mundo», trasladándola a Cuba como semilla de renuevo. Cuba: insel der Hoffnung. Cuba: isla de la esperanza.

—Si no hubo vergüenza para Otilio, que no la haya para tí—, dijo a Leopoldo -¡Qué pocos escrotos, gañín!.

Ahora, a cincuenta o más años de aquellos pleitos, comprendo el por qué el Moisés esculpido de Miguel Angel tiene cuernos. Una mala traducción del Exodo y sobre el momento en que él descendió del Monte Sinaí, con las tablas de piedra en que escribió el nuevo pacto, explica el texto. Benavito vió, con ojos de nueva profecía, que el Altísimo, el que es Luz secreta, traía a una mujer luminosa y, en su experiencia de fe, tan personalísima, sería Cristina, o una mujer como ella, con la piel suave e inefablemente hermosa. Y mi abuelo se quejaba que Miguel Angel —como Leopoldo en su oportunidad— tenían muy pocos timbales para enfrentar a lo que vendría. «Y he aquí la piel (de Moisés) de su rostro era resplandeciente y tuvieron miedo de acercarse a él».

Al llegar a Cuba, Cristina trajo consigo sus libros de arte. De seguro, en alguna ocasión, mi abuelo habría visto la reproducción pictórica que yo miro en este momento. Abrí uno de los libros que pertenecieron a ella. Está el Moisés cornudo en la página —¿y dónde están las gandumbas de este hombre que habló con Dios? Uno que como ella fue dejado en un canastillo y rodó por los ríos de vida, sin saber que habría de ser el judío más luminoso, cubierto de velos, para que pudiera hablar a las gentes en los campamentos de Aarón...

—¡Qué poca pinga!—, pensé. Ahora, sin querer, imagino el tipo de conversaciones que Benavito sostendría con los gentiles que le sacaban indiscresiones, ¡ay, qué abuelo! cuando iba a arreglarse las barbas con el padre de Lleó. Sin duda, dijo al barbero los nombres de todos los herniados de vejiga que había en la cuadra, porque el Cotorro consolaba a mi tío Andrés con una ristra de nombres de víctimas de la vesicocele y la anorquidia y el primer nombre que sacaba de su albarda era el de «Moisés», la pieza de Miguel Angel, al que artista no le puso tamaños, pero sí dos cuernos. ¡Ay, de seguro, que envidiaban a Benavito!

9.

Varias oportunidades hubo para que la pareja (Viktor Abram y Sara) viajaran hacia Norteamérica, u otros países neutrales, previamente. Supongo, antes de la intensificación de los conflictos y de que los EE.UU. entrara en la guerra. Sin embargo, en presencia del propio Conde Folke, quien presidía la Cruz Roja Internacional, ambos dijeron como muchos de los judíos: —Vamos a servir a la Cruz Roja, aunque tengamos que morir.

—Tonto, si no sabes disparar...

—Pero sé morir y puedo curar... —, habría dicho Viktor.

Leopoldín se unió a la resistencia austríaca, porque había conocido a Karl Gruber, quien lo instó a reclutarse, en los días en que llovieron las bombas alemanas sobre Bélgica, Francia y Luxemburgo. Se informó que Leopoldín desapareció. En la tristeza, leyendo periódicos y atento a boletines de radio, en la casa de La Habana, Benavito murió sin haber visto a su hijo de regreso ni a Leopoldín.

Se hizo consoladoramente dulce la mención de la mujer que Viktor escogió por esposa, tan inconsultamente ante sus padres. Había referencias a la valentía de ambos, porque saltaron en paracaídas desde alturas inmensas. Escribieron tan orgullosos de este hecho, que ejecutaron con éxito el brolly-hop, que reprodujeron a mano la carta y la enviaron desde 3 puntos diferentes de Europa, olvidando la mención de su matrimonio.

Este relato apareció en la prensa, por una de las cartas perdidas y recuperadas, que había sido escrita en sobre membretado por la Cruz Roja. Sin mi familia esperarla, un periódico en Amsterdam interceptó el mensaje y elaboró una historia con el contenido de aquella carta de mi padre al Dr. Simon ben Abram. El recortó con satisfacción tal artículo y me lo puso en el tefillim. Le mencionaron como héroes de la Cruz Roja.

En Berna, Suiza, la vida de la pareja sería más tranquila que lo fue años antes -aunque siempre al pie de los blood-wagon -de las ambulancias. Este fue el heroísmo de mis padres -médico y enfermera en los teatros de guerra. Cuando yo le dije que me sentía tan feliz de que nunca tuvieran que matar a nadie, ni en defensa propia, Sarita sorprendió a mi padre que me llenaba de besos, con sus ojos llenos de lágrimas. Nunca olvidaré este momento, el más bello de nuestras vidas, como padre e hijo.

10.
El abuelo Benavito amaba a las mujeres bellas. Y Andrés, que sabía de esta mociña, se la describía como kifer - a good piece of skirt, a good khyfer. La vez que Andrés regresó de Europa, al fin, Benavito estaba poniendo su alma paz con los vivos. Agradecía tanto al tontarrón de Andrés, su hijo del menosprecio, lo que traficaba noticiosamente para el consuelo de Cristina... Parecía que para él las cartas llegaban más rápidamente, más abundantes y significativas en sus detalles; a él, marinos y prostitutas, empleadillos y sinvergüenzas, tenían algo que informarle cuando él echó a correr el aviso de que se urgían noticias sobre Leopoldín y Viktor. Benavito murió sin saber que vistió el uniforme americano y que sí, efectivamente, se había casado y se reclutó en los cuerpos militares.

Andrés consolaría a Benavito. Siempre dio a Viktor un trato de hermano mayor y Cristina agradecía los encuentros y diálogos entre ellos, porque ya se adivinaba un cierto carácter esquivo e introspectivo en su hijo:

—Estas son las últimas noticias...

Andrés llegaba y soltaba la sopa.

Lo que averiguó fue que tuvo planes matrimoniales y de servir en Suiza. Esto fue consolador si se considera que, en violación de la neutralidad declarada por los Países Bajos, las tropas alemanas entraron a Holanda. Establecieron su imperio de terror en Rotterdam en 1940. Los exterminios judíos en Holanda y las bombas alemanas que llovieron sobre el centro de la ciudad de Rotterdam fueron lo que ocasionó la enfermedad de Benavito.

—No, no...que vuelva, que vuelva con la quifa de mierda... — y tristemente, nunca pudo admirarla en vivo. Ni bendecirla como quiso. A veces ni lo creía. No se tuvo se tuvo la certidumbre de que la pareja amada hubiese salido de Leiden, a cuya universidad Viktor fue enviado. Culpaba a su tonto: -Gai avek, foiler. Folg micht! Obedéceme y come de esa mierda en otro lado... gai feifen ahfen yam! - No tenía ojos sino para su sabio hijo, foigel Viktor ¡a quien había mandado a la universidad más antigua de Holanda! Ahora Cristina se arrepentiría del entusiasmo con que habló sobre la Tierra de Rembrandt y de las grandes editoriales, que había allí. Y aún cuando animó que Andrés y su hijo salieran de viaje juntos, se dolía y rezaba. For gezunterhait, André!

En la Barbería de Lleó se escuchaba, por la radio, con el mismo alboroto con que se sintonizban los partidos de Grandes Ligas, los boletines explicativos del discurso de W. F. Churchill, Blood, Toil, Tears, and Sweat.

—Se rindió el ejército holandés—, decía unos.

—Polonia ahora es de Alemania—, decían otros.

—Los rusos se quedaron con Finlandia—, ¿pero qué importaba? Según Benavito, para los trafalmejos todos estos pueblos tan lejanos no significaban la vida espiritual, unicidad, lo único. Serían como entidades abstractas: idea-nación, otredad extranjera y prescindible. Los germanófilos cubanos aplaudían los triunfos nazis alegando que Alemania había sufrido con los tratados humillantes que contra ella se pactaron tras la primera Guerra Mundial. Había que justificar su derecho a la represalia. Que Alemania buscara superioridad naval sobre los británicos, durante los albores del siglo XX, se vio como útil políticamente.

Sin embargo, cuando el Congreso aprobó la Ley del Servicio Selectivo, en Washington, Benavito ni siquiera imaginaba que Viktor sería uno de los voluntarios que se enlistó. En contacto con Joachim de Riga, se había convencido de que la guerra que Alemania libraba contra el mundo era, sobre todo, una guerra contra la más alta visión de la historia -la de Sión como Ciudad Deseada y «linaje escogido, pueblo santo». Y cuando advertía que el jefe de la Gestapo alemana, Adolf Eichmann, había sido asignado a la tarea de destruir a los judíos en toda Europa, Viktor añadió al ministerio de la medicina y la honra de su fe por un salto adicional, las armas. Todavía dudaba; pero la destrucción y la mortandad de judíos en Rotterdam lo convenció.

D. David «Ike» Eisenhower advino como Jefe de Operaciones Militares de los Estados Unidos en Europa, en 1942, y Comandante en el teatro de guerra europeo. Viktor dejó a su mujer en la sede de la Cruz Roja Internacional en Berna y se personó ante los cuarteles de la AEF («Allied Expedicionary Force»).

Para él, Churchill había representado la energía y la visión del mundo europea que a su misticismo había faltado. Dijo que iría a cruzar la raya y que se uniría los ingleses en la resistencia. Combatiría al Tercer Reich. En agosto de 1940, los bombardeos («blitz») nocturnos sobre Londres, procedieron a pactos entre Japón, Italia y Alemania y los estadounidenses, y pese a las reuniones de Churchill con el Presidente F. D. Roosevelt, en Norteamérica se tenía la cómoda actitud de recobrarse de la Recesión de 1938 con la venta de armas y equipo militar que Europa ordenaba. Eisenhower sería el fin del cambio de actitud: la señal que esperaba de Roosevelt.

Viktor no se enteraba que su padre moría. Estuvo clavado en la lectura de los periódicos ingleses que destacaban la tercera reelección del Presidente Roosevelt. Se enterró a mi abuelo. Leopoldo fue llamado de San Antonio otra vez, porque Cristina lo pidió. —Perdónense, desde el Seno de Abram y la vida—. Quedó abuela Cristina para vivir un poco más y Leopoldo ungió una piedra en la cabecera de Benavito. Después se fue y bendijo a Andrés, mi lindo tío, y pudo haberse quedado como el Juez y Anciano Sefatzer, que pedían algunos grupos judíos habaneros entonces: El Centro, Adath Israel y El Patronato, donde Cristina hacía caridades para los pobres. Se reconoció moralmente inapto al fin.

Andrés me contaría las historias que mi padre no me quería contar. Abuelita no tuvo mucho tiempo para hacerlo, porque me consideraba pequeño. Claro está, me dijo sobre la triste anécdota del día en que Leopoldo y el abuelo se pelearon a puños a las puertas de La Bodega. Esto fue bueno porque, a partir de ese día, Cristina dejó de ser goyeh —se admitió como la más virtuosa judía del clan.

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