El 23 de febrero Jorge Salas Dircio era s�lo un colaborador del Ej�rcito Popular Revolucionario. Como chacharero ambulante que recorr�a toda la zona monta�osa de Coyuca, llevaba y tra�a entre su mercanc�a ``recaditos'' para sus ``contactos''. Papelitos cuyo contenido --analfabeta �l-- ni le�a ni le interesaban. Se dec�a: ``No quiero compromiso definitivo. Total que esta lucha es larga. M�s adelante... a ver''.
Esa decisi�n que le reservaba al futuro se le adelant� abruptamente a este n�huatl de La Monta�a, emigrado a la Costa Grande el 23 de febrero. Ese d�a, de madrugada, fue secuestrado, vendado y trasladado por avi�n a un sitio desconocido. Ah� fue torturado y ``persuadido'' de abandonar a la organizaci�n y ayudar a los agentes ``del gobierno de Estados Unidos'' a infiltrar a alguna columna del EPR. El acept� ``por susto y por miedo'' pero una vez libre, el d�a 28, ``mi coraz�n me llev� por otro lado''.
Contact� a la guerrilla, denunci� el hecho y a los 54 a�os de vida con una severa lesi�n en la columna, en la regi�n lumbar, con varios hematomas --todo secuela de los golpes recibidos-- desert� de su compromiso de colaborar con inteligencia militar y pas� a la clandestinidad.
``Ya no hay de otra. El gobierno me oblig�. Ahora estoy pidiendo mi ingreso definitivo'' como combatiente del EPR.
Mientras tanto, dos miembros de la comandancia general de esta organizaci�n, Oscar y Vicente, convocaron el lunes a una peque�a conferencia de prensa para dar a conocer el testimonio del ind�gena Salas Dircio porque, indicaron, ``hay peligro de muerte'' para algunos guerrerenses que figuran en la lista de quienes el desertor deb�a delatar, seg�n las exigencias de los agentes de inteligencia militar que lo hab�an secuestrado. Entre ellos hay viudas de Aguas Blancas, sobrevivientes de esa matanza, comerciantes como �l, campesinos y dirigentes agrarios.
El pa�uelo verde con que don Jorge cubre su cabeza se le pega a la boca, a la nariz. Jala aire con tanta dificultad que al final es autorizado a despojarse de la capucha para que pueda hablar con mayor soltura. Para poder viajar de Guerrero a la ciudad de M�xico le tuvieron que te�ir el pelo blanco en un tono rojizo. A�n est� ``mareado y confundido. Como que ya no cuento con mi cabeza'', dice.
Este es su relato, desde el principio, articulado con dificultad porque dice que su dialecto no es el espa�ol sino el mexicano.
``El domingo 23 de febrero sal� a trabajar. Eran como las 5:50, cuando la gente todav�a no se levantaba. Salgo y veo gente donde est�n los postes de luz. Pienso: son los lectricistas. Me sigo caminando y ellos echan a andar su camioneta. Se arriman a la cuneta y me caen encima.
``--Ya te vas a tu contacto �verdad, hijo de la chingada?
``--No, voy a chambear. S�lo traigo 14 pesos, lo del pasaje.
``Y que me tuercen los brazos para atr�s y me suben a la camioneta. Me tuercen mi cabeza sobre mis patas. Y que me llevan, tapado de mis ojos. Creo que a Chilpancingo. Ah� me pasan a varios transportes hasta que me suben a un lic�ptero, un avi�n, sabr� Dios''.
En el sitio del interrogatorio --gesticula don Jorge para explicar la forma como fue amarrado a una silla, con los ojos vendados-- le dicen: ``Ahora vas a cooperar o si no, te vamos a hacer pedazos. Y no te hagas pendejo''. Cuenta que le dan piquetes en los pies, en los dedos, en el pecho. Que le meten un l�quido a la boca que lo entume. Que �l pide que le den dos balazos y ya, pero que sus captores dicen que lo van a hacer pedazos. A uno le dicen mayor, a otro capit�n. Otros hablan como los gringos que �l ha escuchado en Acapulco ``y ten�an los brazos blancos y gruesos''. Le pegan con algo ``duro como una tabla pero como de hule'' en la nuca. Lo ``remuelen'' hasta que lo dejan ``trasfumado y tembloroso''.
Le preguntan por sus contactos: por Miguel, por An�bal y Ernesto, por el hombre que lo reclut�, Pl�cido, ya difunto.
Le ofrecen dinero, ``ponerle un negocio'' y llevarlo a un estado donde nadie lo conozca, a cambio de que entregue a cualquiera de esos tres. El dice que s�. Hasta escoge estado donde huir: Michoac�n. Lleva tres d�as sin alimentos ni agua. Est� muy golpeado y s�lo quiere morir o salir de �sta. Le dicen que ya tienen ah� a su hija, a su familia. Adem�s escucha otros gritos de dolor de hombres, mujeres y hasta chamacos.
Luego ``empezaron los toques l�ctricos. Y grit� con mi est�mago y mi coraz�n''. Entonces los agentes le empezaron a hablar diferente. Y �l dijo que s� a todo. Que iba a entregar a An�bal, a Miguel. Le llevaron un caf� y una torta, lo dejaron ba�arse con agua caliente. El empez� a decirle ``mi mayor'' al torturador.
Un capit�n le llev� un cat�logo ``gord�simo'' con fotos a color, con las copias de las fotos que est�n en la lista de electores del IFE, con retratos hablados. Y le fueron se�alando uno a uno, a los que quieren que delate: un Gabino, un An�bal, Miguel Castro, de San Francisco del Tibor, seud�nimo Enrique; un Gustavo, un Miguel que dicen que cojea, un Ernesto que dicen que tiene un diente de oro; Ramiro, Andr�s, Sa�l, todos por sus fotos del IFE, una que le dicen La G�era. Y otra, Roberta.
Le dicen que delate a Cleto Pastrana, su esposa y sus dos hijos; a Baldomero Florente y a su esposa, padres de una v�ctima de Aguas Blancas, y a su hermano Juvenal. De ellos tienen fotos. Son de Paso del Real.
Que delate tambi�n al se�or Mingo y a sus padres, a Emiliano, a Roberto y a R�gulo Res�ndiz, de Atoyaquillo. Y a Ferm�n, tambi�n de all�.
Del barrio Pueblo Viejo andan buscando a Pedro Leonardo, hijo de Pl�cido, que trabaja en la Coalici�n de Ejidos de la Costa Grande; a don Cheto, el comisario y a su hijo. Y a Emiliano.
De Yerba Santita a Aristeo Morales y a su hermano, y a la familia Adame. A varios de la cabecera municipal: Nato Huizache, Reina Huizache, Paula, una de las viudas de Aguas Blancas; H�ctor Ponce Radilla, del PRD. A Sof�o Tornez, delegado de la colonia Campamento. Otros del PRD: Jorge Salas y Octavio, y su hermana Silvia. A dos vendedores del mercado, Francisco Honorato y Pablo. Y a la hija de Jorge Salas, Luc�a, a quien amenazaron con matar si �l no colaboraba.
Despu�s de esta �ltima amenaza, Salas Dircio dijo a todo que s�. A cambio ``de mucho dinero'' y hasta de un escolta que lo proteja de los compa�eros que va a traicionar. Le proponen un plan: �l entrega a sus contactos, lleva a un agente infiltrado para que lo acepten en una columna del EPR y les entrega fotocopias de todos los ``recaditos'' que lleve para la guerrilla. Hasta firm� un papel, comprometi�ndose.
Hicieron cita para el pr�ximo mi�rcoles en la terminal Estrella de Oro, de Acapulco. Pero �l lleg� el s�bado a su casa, se tom� unas cervezas como si nada y el domingo se escabull�. Hoy est� en M�xico, con el pelo te�ido, las naves quemadas, sin retorno.
La se�ora y la hija de Salas Dircio ya est�n a salvo. No as� su madre, Rosa Dircio, de 75 a�os. Ella corre peligro de sufrir las represalias; don Jorge pide que no tomen venganza con ella ``que no tiene ninguna culpa''.
Fin de la historia. Los comandantes s�lo aportan unas conclusiones m�s: ``Alertamos contra cualquier situaci�n de
escarmiento o represalia por esta denuncia. Y advertimos que si ocurre vamos a responder''. Dos cosas centrales de esta
denuncia subraya Vicente: ``Que el FBI est� cada vez m�s activo en la contrainsurgencia en Guerrero. Y que las listas del IFE
se est�n utilizando para la represi�n''. Finalmente, los dos miembros de la comandancia general del EPR demandaron que las
comisiones de derechos humanos tomen nota de la tortura ``a los presos de guerra'' de la guerrilla guerrerense y que ``el
Comit� de la Cruz Roja Internacional intervenga para exigir el trato de prisioneros de guerra conforme a la Convenci�n de
Ginebra''.
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Este testimonio fue presentado por Blanche Petrich en el diario La Jornada del 12 de marzo de 1997
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