La Era del Art Déco

Todavía hoy viven muchas personas para las cuales la época de entreguerras es un vago recuerdo infantil o de una adolescencia problemática que se preparaba par un servicio militar que pudo, o no, acabar con su vida. Otros la identifacarán con las primeras películas de Hollywood, los bailes y el noviazgo con sus respectivos esposos y esposas. Todos ellos formaron parte de un mismo mundo. Encajado entre las dos guerras mundiales, el período comprendido entre 1918 y 1939 tuvo un carácter muy específico, si no contradictorio. Fue al mismo tiempo la época de la depresión económica que afectó a todo el mundo occidental y la era de enfebrecida y juvenil vitalidad que trató de ignorar lo que visto retrospectivamente parece evidente, es decir, la proximidad de otra guerra.

En 1918 las fuerzas aliadas se unieron para formar la Liga de Naciones. Después de la carnicería de la Primera Guerra Mundial, esperaban asegurarse así de que nada tan espantoso podría volver a suceder. Todo eso acabaría de manera muy diferente. Las décadas de los veinte y de los treinta constituyeron, en efecto, un paréntesis. Hay tantos apelativos y descripciones de este período como historiadores lo han tratado. No sólo fue la era del Jazz, del Swing o del Charlestón, la era de la Flapper, de Hollywood, del Adiós a Berlín de Christopher Isherwood y, por supuesto, la era del Art Déco, sino también la era de la Gran Depresión, de la quiebra de Wall Street, la era en la que el dinero enloqueció, la era del Fascismo.

Es quizás un rasgo típico de la naturaleza humana el hecho de que incluso en los períodos de mayor pesimismo y depresión, el espíritu se supera para crear y disfrutar de un poco de belleza. De una forma mínima y muy práctica, las innumerables teteras y tazas, así como platillos, platos y encendedores Art Déco, con sus colores claros y diseños simples, asequibles a casi todo el mundo, proporcionaron un estímulo a los decaídos espíritus. Algo nuevo había traído también el cambio de siglo: la producción en serie.

La industrialización de finales del siglo XIX, responsable de la destrucción de muchas de las antiguas artes y oficios que pasaban de padres a hijos, había engendrado al mismo tiempo un nuevo sistema de mercado que en conjunto era eficiente, pues podía producir grandes cantidades por un precio módico. En Estados Unidos, el catálogo de compra por correo de Sears Roebuck, que alcanzó un enorme éxito, fue un ejemplo de cómo los productos de consumo estaban ahora disponibles incluso para el más perdido habiante de las praderas o de los bosques. En realidad esto significaba que incluso para la persona media resultaba ahora posible estar al día y ser "moderna". Un objeto visto en la Exposición de Artes Decorativas e Industriales de 1925 podía ser copiado, probablemente con pocas alteraciones, y estar listo para la producción en serie en el curso de un año. Estar a la última no era ya exclusivo de los europeos ricos. El estilo francés podía llegar a la Eastbourne (Inglaterra), Munich (Baviera) o Memphis (Tennessee). La era de la Velocidad había conseguido acumular en un todo diversas experiencias. Objetos inusuales de los rincones más alejados del mundo podían disfrutarse en casa. Aunque en teoría todo esto podía servir para promover la extensión de una mayor y más profunda comprensión entre naciones y razas, la realidad era diferente. Fue la era del Automóvil y del elegante transaltántico, pero fue también la era del Imperialismo.

El imperio británico, los imperialismos belga y francés, y los más peligrosos italiano y alemán, controlaban posiciones que aseguraban el aprovisionamiento de mano de obra y materiales baratos. Si las naciones eran poderosas, también lo eran sus líderes. Las décadas de 1920 y 1930 fueron las últimas décadas en las que los palacios particulares, las casas de campo y los yates simbolizaban el derecho absoluto y divino de sus propietarios a las máximas comodidades y al placer que estos bienes ofrecían. A principios de los años veinte, con la Primera Guerra Mundial tras ellos, los ricos pensaban que nada iba a cambiar jamás. Era el tiempo de amasar riqueza y disfrutarla.

Después del Art Nouveau, con sus intrincados y trabajados diseños de flores y de vides entrelazadas y muebles estilo imperio y consulado, la llegada del Art Déco y de la pura y lógica simplicidad de los objetos cotidianos debió de llenar a los usuarios de un sentimiento de alivio y de bienestar limpio y ordenado. Si el diseño Art Déco era audaz, brillante e inocente, la realidad de la época dera mucho más siniestra, mucho menos cómoda y segura.

W. H. Auden, que había emigrado a América en los primeros años treinta para escapar de la amenaza nazi, escribió un poema titulado September 1, 1939, un título tan poco romántico como su argumento. Desde esta situación aventajada escribió desesperanzada y obsesivamente:

Me siento en uno de los antros

de la calle 52

inseguro y asustado

mientras expira la esperanza inteligente

de una década poco deshonesta:

oleadas de cólera y miedo

circulan sobre las brillantes

y oscuras tierras del mundo,

llenando de obsesión nuestras vidas;

el innombrable olor de la muerte

ofende a la noche de septiembre.

La indicación de que no todo iba bien en el mundo, después de las grandes expectativas de los fundadores de la Liga de Naciones, había ocurrido ya en 1926. La inflación arrasó Alemania hasta que finalmente la moneda perdió todo su valor. Los ricos propietarios de yates y los hombres de negocios se arruinaron de la noche a la mañana. Abundan historias como la del matrimonio de edad que sacó sus ahorros de toda la vida y descubrió que sólo podía comprar un puñado de fresas, o la del hombre ue llenó de dinero una carretilla para comprar una barra de pan y, descuidándose unos segundos, encontró a su vuelta el montón de dinero pero no la carretilla. El efecto inmediato de esta situación se limitó casi enteramente a Alemania, pero al cabo de sólo diez años las repercusiones afectaron al resto de Europa y después al mundo entero.

La quiebra de Wall Street en octubre de 1929 fue un acontecimiento de enorme importancia. La Bolsa había alcanzado niveles sin precedentes, gracias primero a los inversores profesionales y luego a cualquiera que pudiera dedicar suficiente dinero a la especulación en un mercado boyante. La capacidad de cambios rápidos en Bolsa es notable; una repentina pérdida de confianza puede alterar radicalmente su situación. Eso fue exactamente lo que sucedió. Una demanda repentina de las acciones favoreció un posterior descenso vertiginoso hasta que fortunas en billetes se convirtieron en papel mojado. Compañías y bancos se hundieron en los pantanos de la bancarrota, y las olas de la quiebra conmovieron la economía mundial. Durante sólo unos meses hubo algunas recuperaciones irregulares, mientras que el desempleo alcanzó niveles de récord en la mayor parte del mundo occidental. Hasta mediados de los años treinta no se recuperó la economía, pero en esa época resultaban más apremiantes otros problemas más serios originados por el fascismo y el nazismo.

Describir los años veinte y treinta como un episodio lamentable de la historia significa quizás expresar la enormidad de la miseria y desesperación que experimentó la mayor parte de la gente. Lo sorprendente es que el Art Déco pudo sobrevivir y convertirse en el estilo de la época cuando sus diseñadores y aplicadores tenían tan escaso apoyo en que basarse. En parte esto se debió a la visión de futuro del gobierno francés como su patrocinador.

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