En nuestra condición de miembros de la comunidad universitaria, encargados además de un seguimiento de la iniciativa de Reforma Universitaria; convencidos de que este contexto es propicio para reanudar el diálogo sobre la universidad en el Perú -sobre su actual situación y perspectivas-, y asumiendo que el proyecto de Reforma sólo podrá prosperar si la comunidad universitaria y, en particular sus fuerzas vivas -movimiento estudiantil y docente, trabajadores organizados, personalidades académicas, etc- participan activamente en el debate sobre los cambios a introducir, queremos aportar a ese debate proponiendo puntos de vista sobre la universidad que para nosotros mismos tienen un carácter hipotético, conjetural, y se hallan por tanto dispuestos a ser revisados y reformulados en contrastación con los otros puntos de vista que el debate haga visibles.

Ante todo queremos propiciar el diálogo. La cultura del diálogo está muy debilitada entre nosotros los peruanos que nos hallamos remontando hábitos muy consolidados de autoritarismo, desconfianza y exclusión. El diálogo supone una apertura hacia el otro como posible portador de verdad y, supone una valoración positiva de la diferencia, vista no como una situación defectiva que conduzca a la descalificación del otro, sino como fuente de enriquecimiento mutuo. No hay debate allí donde se parte de nociones establecidas como verdad canónica, donde la desconfianza y la sospecha son la premisa que desfigura al interlocutor, produciendo el desencuentro, la soledad y la impotencia. Nuestra historia ha estado llena de trágicos desencuentros. En una sociedad en que la herencia colonial de imposición, intolerancia y exclusión permea el conjunto de nuestro comportamiento cotidiano, a la comunidad universitaria le corresponde procesar un debate productivo. En ello se juega su destino. De la universidad esperamos ahora, afirme el valor del diálogo y con él la apuesta por multiplicar los espacios de encuentro, aquellos que nos permitan reencontrar vías de desarrollo. Un debate productivo es aquel que se abre a la posibilidad de que el encuentro con el interlocutor pueda ser fuente de enriquecimiento mutuo, con la convicción de que tanto el saber como el actuar se sostienen en el encuentro con los demás, encuentro que admite las diferencias como un valor a cultivar.

El diálogo solo es posible si los puntos de vista que se cotejan no se asumen a priori como verdad establecida, ni los participantes empiezan descalificando al otro. En la universidad todavía tenemos un gran pasivo de hábitos autoritarios e intolerantes; pero contamos también con tradiciones de pensamiento crítico y mirada universal que abren la posibilidad de revertir el lastre del sectarismo y la intolerancia que debilita toda empresa colectiva, e impulsar aquel proceso inconcluso de democratización de nuestra sociedad, consistente en valorar y cultivar -más que simplemente "tolerar"-, las diferencias que nos enriquecen mutuamente. Tal vez ese sea el eje de la reforma universitaria y del cambio social en el Perú: no lo sabemos, también esto es una conjetura, y una apuesta vital. Conjeturas -hipótesis, pensamientos fragmentarios, provisionales, contrastables, con las cuales orientar la acción- son en general las ideas que proponemos como contribución nuestra en este diálogo franco y abierto, que tu opinión ayudará a enriquecer.
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Hipótesis para un diagnóstico de la Universidad Peruana :

En el plano institucional:

- La autonomía -de cualquier sujeto, individual o colectivo- es una condición que sólo se ejerce en un contexto de relaciones fluidas con los otros y se define por el grado de iniciativa que el sujeto -en este caso una institución- es capaz de desplegar en relación a los demás. En un periodo de la historia marcado por cambios profundos en los patrones y expectativas de vida de la gente, cambios desencadenados por notables mutaciones en la base tecnocientífica, cuyo impacto es de tal magnitud que probablemente afecte la continuidad de los actuales marcos civilizatorios, la universidad peruana ha permanecido ensimismada, incapaz de procesar aquellos cambios con la intensidad y celeridad requerida, a lo cual ciertamente ha contribuido el abandono estatal y el desinterés de los actores sociales por el destino de la universidad, perdiendo de vista su carácter estratégico. En tal sentido, cabe afirmar que la autonomía ha devenido autismo, sumiéndose la universidad en la debilidad e impotencia que corresponde a tal situación.
- En el caso universitario, la autonomía debe entenderse como capacidad de tomar iniciativas y definir políticas en los planos académico, económico y administrativo, con sentido de su responsabilidad social y en el marco de las leyes que rigen a la Nación. En tal sentido el estatuto autónomo de la universidad se halla, además, de hecho severamente restringido en múltiples sentidos, que van desde la asfixiante dependencia que en el terreno de los procedimientos administrativos tiene respecto al MEF y a los patrones de la gestión pública, hasta su dependencia de los vaivenes del Congreso de la República -tan proclive al populismo- que crea nuevas universidades por ley, según su parecer, sin considerar la autonomía sistémica que le corresponde a esta institución ni consultar a la comunidad universitaria.
- La autonomía entendida como distanciamiento institucional del resto del sistema educativo es además una ilusión. La calidad de la educación superior no depende solamente de lo que ocurra en este nivel, sino que remite a un proceso de formación que abarca todos los niveles educativos del país. Pese a que la universidad obtiene de la Educación Básica el mayor caudal de su esencial componente estudiantil, y aunque un sector considerable de sus cuadros se incorpora a los otros niveles y modalidades de la educación, estas relaciones no discurren en una lógica que permita constituir un Sistema Educativo Peruano, coherente y eficiente. Tal cosa no existe y afecta drásticamente a la universidad peruana. La universidad se halla desconectada de los otros niveles y modalidades de la educación en el Perú, o en todo caso interactúa con ellos pero de modo aleatorio, dando lugar a severos desfases y distorsiones en su accionar y el de los otros niveles educativos, a los que no es ajena, así como a un dispendio de los escasos recursos con que cuenta, situación inaceptable en un país empobrecido como el nuestro.
- Paradójicamente, la desconexión con la Educación Básica no impide que la universidad, concebida en términos estrictamente profesionalizantes, siga todavía siendo vista como meta terminal de la educación. Ello genera espectativas que distorsionan la naturaleza del ámbito universitario, como la errónea idea de que una carrera profesional que no tenga status universitario tiene un valor disminuido, por lo cual se han incorporado como carreras universitarias -llegando aún a generar facultades singulares- especialidades que en rigor pertenecen a otros niveles y modalidades de la educación superior y demandarían tiempos más breves de formación.
- Al margen de la inexistencia de un sistema educativo coherente, tampoco existe en rigor un Sistema Universitario. Cada universidad (y a menudo cada facultad) es una isla sino un feudo, con toda la ineficacia que ello supone en el uso de los escasos recursos y el empobrecimiento académico que acarrea en un contexto que exige actuar al interior de comunidades académicas supraregionales y grados crecientes de interdisciplinariedad.
- La inexistencia de instancias nacionales que definan las políticas en la Educación Superior, la coordinen y fiscalicen -indicador inobjetable del desenganche entre el Estado (que no es igual que "gobierno"), la Sociedad Civil y las comunidades universitarias-, ha dado lugar a una oferta incontrolada de grados y títulos, tanto en términos de su pertinencia a las necesidades del país, es decir a las demandas actuales o potenciales, como en relación a los estándares mínimos de calidad académica y de recursos que cautelen los intereses de los usuarios y del país en general. Esa inflación de la oferta está produciendo una acelerada y perversa devaluación de los grados y títulos académicos y profesionales, y por ende un mayor deterioro de la calidad académica.
- El ámbito universitario muestra al menos tres tipos institucionales, no necesariamente articulados: por su estatuto legal pueden ser públicas, particulares o privadas. Las dos primeras se definen como "sin fines de lucro", mientras que las últimas incorporan el lucro como objetivo. Asimismo, las dos últimas manifiestan intereses particulares en su orientación axiológica y curricular, mientras que a las universidades públicas les corresponde manifestar el interés general de la Nación.
- A partir de la promulgación de la ley 882, llamada de inversión en la educación, ha ocurrido una proliferación de universidades "con fines de lucro" -muchas de las cuales no alcanzan estándares mínimos de infraestructura y calidad docente-, las cuales siendo en lo fundamental instituciones profesionalizantes (con frecuencia sin guardar proporción con las necesidades sociales) no tienen mayor interés en desarrollar funciones de investigación y producción de conocimiento, y por tanto de cuadros académicos de calidad, por lo cual se sirven de los recursos humanos (en particular cuadros docentes) que en condiciones precarias produce la universidad pública, la cual las subvenciona de ese modo.
- En las últimas décadas se ha producido una acelerada expansión, tanto en lo que a número de universidades respecta -a lo que habría que sumar el establecimiento incontrolado de "filiales", por lo general de dudosa calidad-, como en lo relativo al número de carreras y especialidades universitarias que componen la oferta profesional. Las carreras más ofertadas son educación, derecho, administración, contabilidad; es decir especialidades de "tiza y saliva" que no requieren mayor equipamiento e infraestructura. Esta expansión no guarda necesariamente coherencia con las necesidades del país y las regiones, y frecuentemente ha obedecido a demandas y tendencias estrictamente coyunturales.

En el plano curricular:

- En un país pluricultural como el nuestro, de gran densidad en lo que a presencia de matrices culturales diversas respecta, y productor de una de las grandes civilizaciones fundantes en la historia, la universidad peruana ha permanecido en lo fundamental de espaldas a sus tradiciones raigales, cuando no reproduciendo una estructura epistémica colonial que ha impedido el rescate y desarrollo del rico bagaje de conocimientos, prácticas y sentidos de vida presentes en nuestras culturas, bloqueando así o distorsionado severamente el desarrollo pertinente de las líneas de investigación y formación profesional universitaria, y de todo el ámbito educativo, al cual provee cuadros y patrones epistémicos.
- El esquema institucional de la universidad traduce en lo fundamental el arraigo epistémico de patrones positivistas como la división dicotómica entre las ciencias naturales y las ciencias sociales; más aún: éstas últimas reproducen criterios metodológicos de las primeras, y con ello un núcleo racionalista que bloquea un efectivo acercamiento y recuperación del rico imaginario y el bagaje de saberes presente en nuestra sociedad multicultural. Asimismo la distinción entre ciencias "puras" o teóricas y ciencias aplicadas, limita -al igual que la anterior- el trabajo académico interdisciplinario y contribuye a la actual dispersión y atomización de facultades, escuelas e institutos de investigación.
- Tomando en cuenta las tendencias estructurales de la base tecnocientífica en el mundo contemporáneo, existen desfases cualitativos en la actividad académica universitaria, relativas no sólo a carencias de infraestructura (base de datos, laboratorios, equipos, etc.), sino también a la orientación -en nuestro caso predominante- a la compartimentación académica y a la creciente distancia entre diversas especialidades a contracorriente de la tendencia global a la interdisciplinariedad. Esto se agrava por la lentitud en la renovación de los currículos que, en algunos casos se mantienen sin mayores cambios por dos décadas o más aún.
- No hay un orden de prioridades en la producción académica que otorgue la importancia debida a las ciencias básicas -muy relegadas en las universidades públicas y prácticamente ausentes en el ámbito privado en virtud a su no rentabilidad de corto plazo-, sin las cuales no es posible dotarse de ciencia y tecnología propias así como de una élite científica que posibilite el desarrollo del país.
- La producción de conocimiento, función esencial de la universidad, se halla absolutamente relegada, particularmente en el área estratégica de las ciencias básicas y las tecnologías apropiadas y de punta. En la medida en que la producción de conocimiento ha devenido fuente decisiva del poder en el mundo contemporáneo, la falencia universitaria en la tarea de producir saber amenaza la viabilidad misma de la comunidad peruana, cada vez más debilitada en un contexto mundial caracterizado por la exclusión y la configuración -moralmente perversa- de países marginales o aun "descartables".
- La universidad ha pasado a ser, en lo fundamental, una institución productora de profesionales o más exactamente de títulos devaluados. Y lo que es más preocupante: aún en su función de productora de profesionales, muestra un alto grado de irracionalidad en cuanto que su oferta profesional no guarda relación con las necesidades - actuales y futuras o estratégicas - del país.
- No hay lineamientos de política de investigación que coordinen la actividad en este terreno para todas las universidades, fijando un orden de prioridades y división de funciones. Cada universidad investiga en áreas que elige por cuenta propia, cuando no obedeciendo a la reproducción interna de cuotas de poder. No hay en la universidad peruana hábitos consolidados de ejercicio de políticas de investigación coherentes, de largo plazo e impacto social, que favorezcan la interdisciplinariedad y la cooperación interuniversitaria tendiente a la articulación de una comunidad científica, académica e intelectual con circuitos de cooperación permanentes.
- El postgrado tampoco está contribuyendo significativamente a la investigación y producción de conocimiento. Muestra en lo fundamental una orientación escolarizada, frecuentemente devaluada aún en esa función. Las maestrías han devenido una instancia profesionalizante, dejando de lado las exigencias de investigación que le competen. En parte por suplir las deficiencias del pregrado, pero también por la comercialización de su oferta, manifiesta en la tendencia a facilitar estudios de tiempo mínimo (fines de semana, no presenciales, etc) y la sustitución de las tesis por la aprobación de un curso ad hoc, generalmente de costo igualmente ad hoc.
- Los mecanismos de acceso a la universidad muestran severas distorsiones en su orientación académica, induciendo a su vez distorsiones en la formación de los estudiantes en el nivel de la Educación Básica, legitimados por los denominados colegios preuniversitarios, y acentuados por el mundo de las academias preuniversitarias y los propios centros preuniversitarios que administra cada universidad en franca transgresión del principio constitucional que proscribe la discriminación en el acceso a la educación por motivos económicos.

En el aspecto financiero:

- La dispersión y autismo institucional en la educación universitaria es también resultado de la indiferencia y abandono al que el Estado -paradójicamente desde el periodo desarrollista- sometió a esta institución, particularmente al sector público, un Estado copado por una clase política carente de proyecto para el país y miradas de largo plazo, que subordinado a poderes mayores, nunca respondió ni representó los intereses de la sociedad en su conjunto. La inversión estatal en la universidad es una de las más bajas de América latina y el mundo, y se destinan en lo fundamental para sostener parcialmente los deprimidos salarios. Tales condiciones bloquean la posibilidad de un impulso sostenido de la investigación y cualificación de cuadros académicos.
- Asimismo, el acceso a la cooperación internacional en este terreno es débil, tanto por trabas legales y administrativas, como por la presencia de hábitos autistas largamente consolidados.
- La universidad pública no cuenta por lo general con recursos financieros propios y estables que se sustraigan al presupuesto reconocido, sin afectar la proporción de fondos públicos que le son asignados.

En lo relativo a la gestión:

- Existe una evidente ausencia de objetivos y metas compartidas entre la comunidad universitaria y las demás instituciones representativas de la sociedad civil y el Estado, lo cual se agudiza por la ausencia de reales instancias de coordinación interuniversitaria.
- La presencia gravitante de las corrientes políticas mesocráticas y populares en el contexto abierto por la Reforma Universitaria después de los años veinte del siglo pasado, en un medio caracterizado por un débil desarrollo de la sociedad civil, convirtió a la universidad en un espacio privilegiado de politización y reproducción de cuadros partidarios. Ello creó una tradición de partidarización de la vida universitaria que ha retroalimentado la cultura corporativa heredada de la colonia, y que aún después de la crisis de los ideologías emancipatorias de pretensión epistémica y de los partidos que la encarnaban, subsiste en el accionar de grupos de poder de estructura clientelar, los cuales han desarrollado complejos mecanismos de control de los resortes de poder en el ámbito universitario que distorsionan la gestión y afectan la cultura democrática.
- Las reglas del juego político universitario, de escaso margen democrático, tienden a dividir a los miembros de la comunidad universitaria -frecuentemente de modo esquizofrénico- entre una comunidad "política" constituída por quienes participan de cuotas de poder y favorecen políticas de clientelaje que garanticen la retención o acrecentamiento de tales cuotas, y la comunidad académica, la cual posee escasa capacidad de decisión pero legitima la institucionalidad universitaria con un sacrificado esfuerzo de producción intelectual. La comunidad "política", más cohesionada y moralmente permisiva que la académica, favorece intereses corporativos de grupo en su lucha por el poder, en detrimento progresivo de la calidad académica.
- En ese contexto, se ha producido un divorcio entre las funciones de la más alta representación -docente y estudiantil- y la competencia académica que debería acompañarla, lo cual produce severas distorsiones de la gestión en un medio en que lo académico debería constituir el eje institucional, marcando el sentido del conjunto de la actividad universitaria.
- En la medida en que no incorporan la elección directa, canales de comunicación regular con los representados o mecanismos de fiscalización y revocatoria efectivos, los actuales patrones de representación asambleísticos favorecen el corporativismo y el clientelaje nocivos para la democratización y eficiencia de la gestión.
- El cogobierno estudiantil ejercido en un esquema institucional donde la elección de autoridades se define de modo indirecto por los miembros de los órganos de gobierno asambleísticos, otorga a los representantes estudiantiles capacidad de dirimir conflictos y decidir correlaciones, en particular en la elección de autoridades, favoreciendo la sooptación de los representantes estudiantiles por las facciones docentes en pugna, creando así un terreno propicio para el mercenarismo y el clientelaje como cultura política nefasta para la democracia universitaria y el movimiento estudiantil.
- La gestión muestra un alto grado de dispersión por la multiplicación y atomización de las facultades. A ello se añade la conducta corporativa de los decisores, elegidos por cuotas facultativas, los cuales privilegian los intereses de su facultad sobre los de la universidad en su conjunto, debilitando el sentido del bien común.
- Persiste una debilidad o carencia de cultura de planificación, estadística y evaluación que bloquea la adopción de estrategias de largo plazo y afectan la optimización de los recursos.
- Hay una gran lentitud en las decisiones como resultado de un asambleísmo inoperante. Los órganos de decisión colegiados -de naturaleza corporativa- se hallan sobredimensionados, deviniendo lentos e inoperantes. Más aún: en la medida en que asumen atribuciones ejecutivas, distorsionan la gestión --académica y administrativa-, replicando atribuciones que en rigor corresponden al Rector y decanos, cuya capacidad ejecutiva se ve mermada.
- Sujeto a los vaivenes y correlaciones de poder de los órganos asambleísticos, al interior de los cuales debe reproducir permanentemente su legitimidad, el ejecutivo -que además muestra por lo general una composición heterogénea, sino antagónica, que refleja la correlación de fuerzas en los órganos colegiados- se halla debilitado y forzado a atender y ceder a los intereses de los grupos de poder representados en los espacios asambleísticos, desatendiendo el bien común.
- Por manejar fondos del Estado, la universidad pública está sujeta a la Ley de adquisiciones y contrataciones por parte del Estado y su Reglamento, las normas sobre planificación, sobre organización administrativa, etc. Todas estas normas, en aras de uniformizar la gestión administrativa estatal y controlar el uso que se da a los recursos públicos, muchas veces imponen lineamientos de gestión con contenido más político que técnico, afectando negativamente el proceso educativo, al restringir considerablemente la capacidad gerencial de la universidad pública. De facto constituyen una verdadera transgresión de la autonomía universitaria -consagrada por la Constitución-, ante la cual, sin embargo, la comunidad universitaria no muestra capacidad de reacción.
- El cruce entre la gestión académica y la administrativa se ha acentuado y afecta tanto la calidad académica como la administrativa, distrayendo cuadros docentes en tareas que requieren competencia gerencial.
- La inestabilidad política en el escenario universitario, y la debilidad de carrera administrativa da como resultado un alto ritmo de rotación de los equipos de planificación que afecta severamente las posibilidades de continuidad de políticas así como la consolidación de competencias en ese sector.
- La carrera docente -incorporación y promoción de cuadros- no se rige por criterios prioritariamente académicos que induzcan procesos de calidad. Los patrones son actualmente en lo fundamental de tipo administrativo, y durante las décadas pasadas primaron intereses corporativos y clientelares de tipo partidario. Como resultado de ello hay toda una generación de docentes en la universidad pública, cuya formación académica es poco sólida; entre los cuales se ha asentado además una "cultura del relajo" que ha favorecido la situación actual en que la obtención de grados y títulos se ha vuelto poco exigente. Ello ha producido distorsiones de la carrera académica como la acumulación inorgánica de docentes en las escalas categoriales superiores, lo cual favorece un sistema gerontocrático que bloquea las posibilidades de renovación.
- La universidad pública padece de una fuerte tendencia a la endogamia, empobrecedora académicamente, manifiesta en un tipo de captación de cuadros docentes qpe privilegia egresados de la propia universidad con mecanismos discriminatorios y excluyentes frente a los "extraños".

La dimensión subjetiva y los actores:

- Una visión autocomplaciente de su desempeño le impide ver a la comunidad universitaria que la suya es una institución con muy débil cultura democrática, y que más bien ha permitido el desarrollo de una compleja técnica de disputa del poder que privilegia el corporativismo, populismo, clientelaje y corrupción, en cuya práctica se "formaron" personajes como el propio Fujimori, hechura de la política Universitaria.
- Se halla fuertemente enraizada entre los actores políticos y gremiales de la universidad una "cultura de los derechos", de tipo corporativo -primero los intereses de mi estamento-, reivindicativo y confrontacional, que carece del necesario sentido del respeto por el derecho de los demás, lo cual además de limitar la posibilidad de logro de los necesarios consensos, adolece de similar conciencia de los deberes y responsabilidades que toda vida en colectividad supone, junto a la necesaria apertura al diálogo, el reconocimiento del otro, y el sentido de comunidad. Ello denuncia el enraizamiento de la cultura criolla de la "viveza", nefasta para las posibilidades de viabilidad de cualquier empresa colectiva.
- Si bien es cierto que, por definición, la universidad pública se diferencia de la privada en que, por contraste con esta última que persigue miras particulares, atiende al bien común a los intereses de la colectividad entera de peruanos -y más allá a los de la humanidad-, ese no es el caso mayoritario en el accionar de los actores en la universidad pública peruana, los cuales atienden prioritariamente a intereses estamentales o de grupo y subordinan los intereses conjuntos a los de su corporación. Tal conducta a la que la politología denomina corporativismo, y que tiene evidentes raíces feudales se halla profundamente consolidada entre nosotros y es una fuente de debilidad.
- El movimiento de la reforma universitaria del siglo pasado consolidó a la universidad como espacio de gestación de proyectos nacionales en el horizonte de la modernización. Aquella función fue declinando progresivamente, y terminó cancelándose cuando la lógica corporativa cerró el espacio propicio para la mirada universal, de amplios horizontes, que no pierde de vista el bien común.
- La comunidad universitaria no se siente responsable del destino de esta institución que, siendo un espacio público está corriendo la suerte de espacios similares: no se percibe como espacio de todos, sino como tierra de nadie. El espacio público -lo común- se halla muy debilitado en la universidad pública -sobre todo en las de provincias- porque, para empezar, arrastramos una cultura de la desconfianza, la sospecha del otro y la confrontación como modo de resolver las diferencias (nadie confía en el que percibe como "otro"). La universidad se sostiene en el ideal del bien común. En ella se requiere una cultura política que genere confianza y capacidad de actuar colectivamente desde las naturales diferencias que nos constituyen. Se requiere, por tanto, una radical refundación de la política que, más allá de los discursos se traduzca en nuevas sensibilidades y prácticas. Ese tal vez sea el mayor aporte que la comunidad universitaria pueda hacer ahora al país.
- Tampoco la sociedad civil parece sentirse responsable del destino de la universidad pública. En particular el empresariado, de tradición rentista e intermediaria del capital extranjero, no tiene mayor interés en demandar producción de conocimiento para innovar tecnología, pues se limita a reproducir procesos y consumir enlatados.
- Se halla consolidada en la tradición universitaria una visión fetichista del poder que, al cruzarse con hábitos corporativos, conduce a su administración como medio para distribuir favores y recompensar lealtades ajenas a la lógica del bien común que fortalece el sentido de comunidad.
- Las características de la actitud estudiantil han cambiado. Persisten grupos radicalizados, con perspectivas economicistas, pero también hay una multiplicidad de "movidas" por afinidad y modos diversos de socialización que pasan por la cultura, el entretenimiento, etc; en ellas se muestra una gran capacidad de iniciativa y potencialidad para gestar servicios, que la universidad no ha explorado sistemáticamente.
- El sector docente se caracteriza por una permanente situación de precariedad económica, por lo cual incluso docentes nominalmente empleados a dedicación exclusiva deben dedicarse a otros empleos, lo cual afecta sus posibilidades de cualificación permanente. En la mayor parte de las universidades privadas prima el régimen de contratos, casi de por vida, y los docentes se hallan sobrecargados en funciones lectivas, haciendo virtualmente imposible la investigación seria. Por otra parte, en la universidad pública, la mayoría de docentes proviene de las últimas tres décadas pasadas en que los criterios de selección se hallaban considerablemente politizados, subordinando consideraciones relativas a la calidad académica.
- En la medida que la carrera docente se ciñe en lo fundamental a los patrones de la carrera pública, criterios como el de los años de servicio o principios como el de la estabilidad laboral, que muy poco tienen que ver con la dimensión académica, fijan las pautas de contratación, nombramiento o categorización, afectando sensiblemente el nivel académico, por cuanto favorecen el conformismo y desalientan la producción académica. En última instancia suponen un retroceso en relación a conquistas como el derecho de tacha, establecidas ya en la primera reforma, en la medida en que una vez nombrado no hay manera de remover a un docente por consideraciones de tipo estrictamente académico.
- En un nivel más hondo, hay una evidente crisis moral que se manifiesta en múltiples aspectos como la corrupción de la gestión, o la venta generalizada de grados y títulos, solapada con eufemismos como el de la llamada "Educación no Presencial", por lo general mal administrada en nuestro medio.
- En la universidad pública existen mecanismos de mistificación que producen "sentidos comunes" adversos, alojando mitos como el de la autonomía -que conduce a su conversión en un submundo ajeno a su entorno-, la gratuidad irrestricta -que, paradójicamente, genera injusticias para los sectores menos favorecidos económicamente-, el acceso masivo e irrrestricto -que produce masificación y pérdida de calidad- como supuesto indicador de democratización, o la vinculación mecánica entre el deterioro académico y las exiguas rentas provenientes de la sociedad, usada como coartada del facilismo y la mediocridad intelectual en un país en que, paradójicamente, parte sustancial de nuestras figuras señeras -Gonzales Prada, Mariátegui, Gamaliel Churata, etc-, que constituyen nuestra mayor reserva moral, fueron autodidactas que remontaron adversas condiciones materiales. Estos mitos merecen una reflexión cuidadosa y una crítica a fondo, pues favorecen el conformismo y la mediocridad, siendo así fuente constante de debilidad.

El marco legal:
- Tanto la actual Ley Universitaria como la Ley General de Educación tienen una significativa antigüedad contrastadas con los vertiginosos cambios socioeconómicos y culturales ocurridos tanto en el Perú como en el mundo en los años que llevan vigentes, lo cual afecta severamente su idoneidad. A esto se añade el desfase temporal entre las dos normas citadas y la Constitución, lo cual genera un desconcierto entre los operadores del derecho al no poder interpretar orgánicamente la función que nuestra Ley de leyes ha asignado a la universidad.
- Las modificaciones legislativas que se han efectuado a las leyes mencionadas, con la finalidad de solucionar situaciones aisladas y coyunturales, ha profundizado el resquebrajamiento de la organicidad que todo cuerpo legal requiere. La Ley de promoción a la inversión en la educación ha tenido similar efecto, pues al haber incorporado cambios fundamentales en el funcionamiento universitario, trastoca la esencia y tradición de dicha institución, sin responder a un análisis previo que concocara a los diversos sectores del paíss a fin de favorecer una modificación legislativa integral.
- La tantas veces postergada renovación de la legislación universitaria revela el desinterés de las instancias gubernamentales por la universidad, perdiendo de vista el rol protagónico que le toca cumplir en el desarrollo del país. Ello también se ve reflejado en la aplicación indiscriminada de normas que rigen la operatividad del sector público a la gestión universitaria, la cual debería contemplar un régimen especial, adecuado a su naturaleza, necesidades y estatuto autónomo, pues esta situación afecta la autonomía que la Constitución le reconoce.
- Contrastando con la situación de extremo control administrativo, la supervisión de la calidad educativa que constituye un encargo constitucional expreso, muestra una absoluta deficiencia en materia legislativa, dando lugar a una total anarquía en materia curricular y de exigencia académica.

OCU, otoño del 2002



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