HAY QUE CONSIDERAR LAS CONSECUENCIAS
La
motocicleta era japonesa. Era una joya mecánica que alcanzaba velocidades
increíbles en cuestión de segundos. La carretera de cemento era recta y muy
plana, una verdadera joya de ingeniería. Y el muchacho, que tenía sólo
diecisiete años de edad, era una joya de juventud. Y éste lanzó la motocicleta
por esa carretera a ciento setenta y ocho kilómetros por hora.
Se
libró del accidente porque el policía de tránsito lo detuvo a tiempo. Pero el
juez lo condenó a pasar una semana en la unidad de cuidados intensivos y
traumatología del Centro Médico de la Universidad de Misuri.
En
tales unidades se encuentran los jóvenes destrozados en accidentes
automovilísticos, algunos en forma tan horrible que no parecen seres humanos.
«Usted, joven, debe considerar las consecuencias de un accidente a ciento
setenta y ocho kilómetros por hora», le dijo el juez James Foley al condenarlo.
Esta
medida la tomó un juez norteamericano contra un joven alocado que no consideró las
consecuencias en el manejo de su moto. No le impuso multa ni lo encerró en la
cárcel como correspondía. Lo mandó ver a jóvenes destrozados en accidentes como
el que pudo haber tenido él. Jóvenes sin piernas, sin brazos, sin rostro
reconocible, quemados en un ochenta por ciento de su cuerpo y con medio cerebro
hecho pedazos.
Lo
cierto es que muchos jueces en varias partes del mundo están haciendo lo mismo.
Están obligando a los jóvenes que violan las leyes de tránsito a considerar las
consecuencias de las infracciones de esas leyes. No hay que añadir que la
medida es eficaz.
¿Acaso
no se debiera hacer lo mismo en otros casos similares? Por ejemplo, en el caso
de los hombres que abandonan a su familia, causando desesperación y miseria,
¿no se debiera hacer que sientan, en carne viva, la consecuencia de su egoísmo?
¿Y
qué debiera hacerse con la mujer que abandona a los hijos y el hogar? ¿Cómo es
posible que no pueda ver que algún día aquellos a quienes ella trajo al mundo
la señalarán con su dedo acusador?
Toda
acción, buena o mala, tiene consecuencias. ¿Qué ha pasado con la conciencia y
la inteligencia que Dios nos ha dado, como para que pasemos por alto sus
advertencias? La paz y la seguridad son producto del mandamiento de amar a Dios
sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. No sigamos sembrando
espinas y abrojos. Sembremos integridad y amor. Sólo eso produce paz y armonía.