El presidencialismo argentino de la reelección a la alternancia[1]

 

Marcos Novaro

 

El argentino es un régimen marcadamente presidencialista, y éste no parece ser un rasgo que esté cambiando o vaya a cambiar radicalmente en un futuro próximo. Sin embargo, el contexto político e institucional en que el presidencialismo se desenvuelve sí se ha modificado durante los últimos años, y ello permite albergar expectativas respecto de un lento pero sostenido proceso de reequilibrio en el ejercicio del poder, que involucra tanto a la Presidencia y al Poder Ejecutivo como al sistema político en su conjunto. Más concretamente, observamos un proceso de reordenamiento y aprendizaje institucional y de fortalecimiento de los partidos, que permite contener y en cierta medida revertir fenómenos de personalización y desequilibrio que se habían registrado a comienzos de la década del noventa. Las tendencias con que se cierra esta década se caracterizan por incrementar el alcance de los controles parlamentarios, administrativos y partidarios sobre la discrecionalidad presidencial, fortaleciendo consecuentemente el “rule of law” y la accountability, en detrimento de las modalidades “delegativas”, decisionistas, personalistas o mayoritarias[2].

En este trabajo nos referiremos, en primer lugar, a la reforma constitucional de 1994, que habilitó la reelección del presidente (prohibida hasta entonces por la Carta Magna), gracias a la cual Carlos Menem pudo renovar su mandato en mayo de 1995. Sopesaremos los aspectos de esa reforma que contribuyen a profundizar la concentración del poder en el Ejecutivo así como aquellos dirigidos a moderarla y los que tienen un efecto todavía incierto. Luego se analizarán los cambios en el ejercicio de las funciones presidenciales, tanto en cuanto a sus capacidades de governance como a la accountability horizontal y vertical, en el curso del segundo mandato de Menem (1995-1999), tomando como punto de comparación fundamentalmente su primera gestión presidencial. En este sentido prestaremos atención a dos cuestiones. En primer lugar, a la dinámica de funcionamiento de la Presidencia en relación con su equipo de gobierno, y a la dinámica del conjunto del equipo presidencial en relación con la administración nacional y con el Parlamento. Para ello llevaremos a cabo un análisis detallado de las funciones que ha desempeñado en la segunda mitad de los noventa la Jefatura de Gabinete, institución creada por la reforma de 1994 que posee atribuciones muy relevantes de coordinación y control en esos dos terrenos. En segundo lugar, atenderemos al impacto sobre la gestión de gobierno de las transformaciones registradas en el sistema de partidos durante este período, en particular la institucionalización del peronismo, su rol en tanto partido de gobierno a partir de la reelección de Menem, los cambios en la oposición y la formación de la Alianza en agosto de 1997. Tomaremos en cuenta, como uno de los episodios más elocuentes de los cambios en esta relación entre partidos y gobieno, la frustrada intentona del presidente Menem de habilitar una nueva reelección con vistas a 1999. Concluiremos nuestro análisis, por último, con una reflexión sobre las perspectivas y las tendencias que favorecen la estabilización institucional y la apertura de la competencia política, de las que cabe esperar un efecto regulador y moderador del peso predominante del Ejecutivo, y en particular de la Presidencia, en el régimen político argentino.

 

1. La reforma constitucional de 1994 y la reelección de Menem

 

            Inmediatamente después de triunfar en las elecciones presidenciales de 1989, y antes de asumir el cargo, Menem declaró su intención de buscar la reelección (Página 12, 18-6-89). Puso una vez más en el tapete, de este modo, una aspiración que había obsesionado a los presidentes argentinos en el pasado, incluido su inmediato antecesor, el radical Raúl Alfonsín, pero que sólo Juan D. Perón había logrado concretar, en 1952, gracias a la reforma constitucional de 1949. En la Constitución argentina, antes y después de esa experiencia (la reforma de 1949 fue derogada tras el derrocamiento de Perón en 1955), la prohibición de la reelección inmediata del presidente fue un recurso fundamental para limitar el poder de la primera magistratura, ya suficientemente dimensionado por sus atributos como jefe de gobierno, cabeza de la administración y supremo representante del Estado nacional (véanse Nino, 1991; y Serrafero, 1992). Precisamente atendiendo a esta circunstancia fue que, en el malogrado proyecto de reforma constitucional que Alfonsín impulsó a mediados de los ochenta, se acompañaba la habilitación de la reelección con un cambio mucho más amplio del régimen en dirección al semi-presidencialismo (véase Consejo para la Consolidación de la Democracia, 1988). Sin embargo, cuando Menem reflotó el tema de la reforma y la reelección lo hizo animado por una idea que, desde un principio, tuvo mucho más que ver con la reedición de la tradición peronista de afirmación del liderazgo por sobre los constreñimientos institucionales que con un proyecto de modernización democrática y reequilibrio de los poderes de la República.

En pocas palabras podemos decir que el proyecto de reforma constitucional, que finalmente se consumaría en 1994 fue en sus orígenes un instrumento concebido básicamente para lograr la reelección del presidente y, a través de ello, el recurso para dar continidad y cristalizar el cuadro de fuerte concentración de poder en manos del presidente que había caracterizado al inestable presidencialismo argentino y que Menem había logrado sistematizar y reforzar progresivamente desde 1989 gracias a la progresiva estabilización de las instituciones democráticas y a caballo de la situación de emergencia (hiperinflación incluida) que rodeó el inicio de su primera gestión (Palermo y Novaro, 1996).

El éxito de este proyecto de reforma dependió, como veremos, de la capacidad de su impulsor y beneficiario para poner en juego y sacar un máximo provecho de los componentes “plebiscitarios” de su liderazgo, a saber, su imagen presidencial ante la opinión pública (entre 1991 a 1994 la opinión favorable respecto de la gestión de gobierno y de la imagen del presidente, según todas las encuestas, superó por momentos el 60% y no bajó del 40%), y su rol como caudillo indiscutido y figura unificante del complejo y heterogéneo mundo peronista. La conjunción de ambos elementos le permitiría dejar fuera de carrera a posibles competidores externos e internos para los comicios de 1995 y vencer las resistencias a la reforma y la reelección que, como era de esperarse, surgieron de distintos sectores.

En suma, tanto por las motivaciones que animaban a los reformistas, como por los recursos que se utilizaron para concretarla, podía preveerse que su éxito profundizaría los desequilibrios institucionales preexistentes. Con todo, en el proceso de instrumentación de la reforma se habrían de moderar algunos de estos rasgos iniciales, y finalmente el balance de los resultados es más matizado de lo que en un comienzo cabía esperar.

A princi­pios de 1990 Menem planteó formalmente la intención de hacer la reforma y habilitar para sí un segundo período consecutivo, en el marco de las negociaciones con los gobernadores por el “Pacto Federal” (sistema concertado de distribución de recursos fiscales entre la nación y las provincias), sugiriendo la inclusión de las relaciones entre esos dos niveles de gobierno en un capítulo de la agenda reformista. También incluyó el tema en las negociaciones con los diputados radicales, a los que se invitó a integrar las comisiones del llamado “Pacto Constitu­cional", incluyendo en el temario del mismo los proyectos elaborados durante la presidencia de Alfonsín. Por un tiempo los legisladores de la Unión Cívica Radical participaron de esas comisiones, pero en noviembre de 1990 se retiraron como represalia a lo que consideraron violaciones sistemáticas de la división e independencia de poderes: al envío de naves argenti­nas al golfo Pérsico sin aprobación parlamentaria, la ampliación del número de integrantes de la Corte Suprema y la regla­mentación por decreto del derecho de huelga se sumaban las “desprolijidades” de las primeras privatizaciones, la desig­nación irregular de jueces federales, el desmantelamiento del Tribunal de Cuen­tas y una serie interminable de decretos de necesidad y urgencia[3].

            De todos modos, el presidente no se detuvo, mucho menos después de que accedió a la presidencia del Partido Justicialista, a fines de 1990, y de que el plan de convertibilidad (puesto en marcha a principios de 1991) comenzó a dar sus frutos. Tras la importante victoria que obtuvo en las elecciones de gobernadores y diputados de mediados de 1991 intensificó su estrategia reeleccionista. Siguió manteniendo conversaciones sobre el tema con sectores del radicalismo que no respondían a Alfonsín y con los partidos provinciales más afines, pero sobre todo se abocó a alinear a sus fuerzas detrás de la habilitación de su candidatura para 1995[4]. Estimulados por la firma de un nuevo Pacto Federal en agosto de 1992, los gobernadores y dirigentes del partido oficial (encabezados por Ramón Ortega y Carlos Reutemann, electos el año anterior en las gobernaciones de Tucumán y Santa Fe respectivamente), fueron sumando su apoyo a la reforma y la reelec­ción a lo largo de 1993.

            De este modo le cerró el paso a los posibles competidores internos. Sólo dos figuras relevantes de la dirigencia peronista se atrevieron desde entonces a insinuar una resistencia al plan reeleccionista: José Octavio Bordón (gobernador de Mendoza hasta 1991), quien hizo público su deseo de candida­tear­se a la presi­dencia, y Eduardo Duhalde (vicepresidente entre 1989 y 1991 y gobernador de Buenos Aires desde entonces) que tenía la misma pretensión pero prefirió espe­rar a que se definie­ra más claramente la situación. Con el tiempo, éste se convenció de que sería imposible enfrentar al presidente y buscó su propia reelección en Buenos Aires, postergando su aspiración presidencial hasta 1999, mientras que Bordón se mantuvo en sus trece pero sin mucha suerte en la interna peronista, por lo que terminó abandonando el partido a fines de 1994 (para participar de la fundación del Frepaso).

Una vez ordenado el frente interno, el gobierno se dispuso a encarar las dificultades que se presentaban por el lado de la oposición y de los mecanismos institucionales. Menem necesitaba reunir los dos tercios de ambas Cámaras del Congreso para habili­tar la reforma constitu­cional e introdu­cir en ella la cláusula reeleccionista buscada. Y eso exigía sumar a los legisladores justicia­listas el apoyo de al menos una parte de los radicales y los provin­ciales. Para lograrlo desplegó una estrategia que contem­plaba dos movimientos. Uno institu­cional, que consistió en sumar senadores propios a través de los recambios que varias provincias hicieron en 1992 y 1993, y ganar el favor de senado­res de otras bancadas por medio de premios y presiones, de modo de reunir la mayoría especial requerida en la Cámara Alta, buscando a la vez un triunfo contundente en las eleccio­nes de 1993 para diputados nacionales a fin de debilitar la esperable oposición de la Cámara Baja. Y otro extrainsti­tucional, que implicaba generar un clima de opinión favora­ble, al que se recurriría (a través de un plebiscito, efectivo aunque no tuviera carácter vinculante) para vencer las resistencias de algunos diputados opositores o para legitimar una posible manipulación del reglamento parlamentario en lo referido a las mayorías especiales[5].

            La suerte de la reelección se definió, finalmente, en los comicios de renovación legislativa de octubre de 1993. En ellos el peronismo recibió el 43% de los sufragios contra un 30% de los radicales. Dos hechos favorecieron que se fijara la imagen de un amplio triunfo del gobierno y un aval plebiscitario al presidente: el alto porcentaje obtenido en la provincia de Buenos Aires, donde el PJ prácticamente duplicó a la UCR, y la victoria en la Capital Federal, tradicional bastión radical. A cuatro años de iniciada su gestión, el consenso hacia el gobierno, lejos de debilitar­se, se consolidaba, y Menem se ocupó de hacer pesar esta circunstancia. La misma noche de la elección anunció la intensificación de la campaña reformista y la convocatoria al plebiscito para presionar a los legisladores. Los resultados electorales profundizaron, además, los problemas internos que desde 1989 arrastraba la UCR. Algunos go­bernado­res de esa fuerza (Angeloz, Massaccesi y Maestro, principalmente) hicieron pública su inten­ción de avalar la reforma, mientras Alfonsín extremaba su diatriba en defensa de la Constitución vigente y contra los intentos de sortear la cláusula anti-reelección. Aunque el ex presidente no podía desconocer que se enfrentaba a la posibilidad de una fractura y la dispersión del partido de seguir por ese camino.

            Este fue uno de los motivos por los que se selló, el 14 de noviem­bre de 1993, el “Pacto de Olivos”, por el cual Menem obtuvo su habilitación para 1995, ce­diendo en los puntos que ya los senadores peronis­tas habían incluido como pie­zas de cambio en sus proyectos de reforma, para que Alfonsín pudiera justifi­car ante sus correligionarios el abrupto cambio de actitud. El pacto consistió en el compromiso de darle un marco “consensuado” a la reforma: una serie de puntos se habilita­ban para la delibe­ración de los constituyentes, y sobre otro conjunto de temas se acordaba un contenido preciso que no podría alterarse y se votaría en bloque. Dentro de ese “núcleo de coincidencias básicas”, obviamente, se encontraba la reelección y las cuestio­nes que Alfonsín había obtenido a cambio, a saber: la creación de un Jefe del Gabinete de Ministros que podía ser censurado por el Parlamento, y de un Consejo de la Magistratu­ra para la selección de los jueces, un tercer senador nacional para la minoría por cada distri­to, el establecimiento del ballotage para la elección presiden­cial, la reglamentación de los decretos de necesidad y urgencia, la autonomía de la Capi­tal Federal y la elección directa de sus autoridades, así como el compromiso de que tres de los jueces de la Corte Suprema alineados con el gobierno renunciarían y serían reemplazados por magistrados independientes.

            Alfonsín logró el apoyo al pacto de parte de los gobernadores radicales que se habían mostrado dispuestos a acordar con el gobierno, y el de sus más fieles seguidores, que entendieron que era el mal menor, ante la posibilidad de que el partido se dividiera y de todos modos Menem obtuviera su reelección sin entregar nada a cambio. De este modo el ex presidente lograría, en agosto de 1994, retomar la presidencia del Comité Nacional de la UCR. En la opinión pública, en cambio, no pudo evitar que se reforzara aún más su imagen de debilidad, con el agregado de un fuerte rechazo de parte de los sectores opositores más alarmados por el peligro que representaba el desborde del poder gubernamental. Con el paso del tiempo se iría haciendo visible el rechazo al pacto de una fracción considerable de los votantes radicales, y también de grupos de militantes y dirigentes del partido.

            Menem, en cambio, logró un éxito casi completo tanto frente a sus partidarios como a la opinión pública. No sólo había obtenido la ansiada habilitación, sino que nadie más que él podía reclamar para sí el haber superado todos los escollos. Puede considerarse, al menos hasta ese momento, que este éxito reflejaba la imposición del principio plebiscitario sobre la legitimidad constitucional y republicana. Los límites constitucionales al poder, la división de poderes y el respeto de las normas por sobre toda otra consideración habían sido subyugados por la ambición personal de un líder que, aparentemente, contaba con suficiente respaldo partidario y electoral como para no atender a ningún otro principio de legitimidad que la “voz de la mayoría” en las encuestas y los comicios. Con todo, a medida que el proceso de reforma avance, en parte debido al carácter cada vez más negociado que ella adquirió, veremos que los resultados en términos políticos e institucionales se volverán más ambiguos.

            En abril de 1994 se eligieron en todo el país los convencionales para la Asamblea Constituyente, y los resultados de esos comicios conllevaron una nueva alteración del contexto y del proceso reformista. El PJ obtuvo el 37,7% de los sufragios y el radicalismo el 20%. Aunque reunían una mayoría suficiente en la Asamblea para sostener el pacto, los resultados implicaban una reducción significativa del respaldo de la ciudadanía a los dos partidos mayoritarios, principalmente al radical, con respecto a elecciones anterio­res (entre ambos habían reunido más del 80% de los sufragios durante los años ochenta, y más del 75% en las últimas elecciones legislativas). Fue toda una sorpresa el triunfo del Frente Grande (FG), una novel coalición de centroizquierda, en la Capital Federal y Neuquén, sumando el 12% de los votos a nivel nacional. A partir de entonces la oposición, si bien dividida entre dos fuerzas, adquirió un protagonismo público mayor que el que había alcanzado en los primeros años del gobierno menemista (véase Novaro y Palermo, 1998).

            Al iniciarse las sesiones de la Convención, en mayo, surgieron otras novedades. En parte por la presencia de un inesperado participante, el Frente Grande, y en parte por las diferencias que surgieron en el seno del partido oficial, la Asamblea concitó intensos debates, que dieron lugar a nuevos consensos. Tras aprobarse el “núcleo de coincidencias básicas”, la UCR y el FG tendieron a conciliar posiciones en los temas abiertos al debate: mecanismos de control y de participación ciudadana, reconocimiento de los pactos internacionales y de nuevos derechos. Ello permitió que nuevos institutos como la Defensoría del Pueblo, la Auditoría y el Ministerio público, los referendums y la iniciativa popular, y la protección de derechos del consumidor fueran incorporados. Mientras tanto, surgieron fuertes polémicas en el PJ (en particular entre el gobierno nacional y los gobernadores) en torno al rango constitucional de la coparti­ci­pa­ción federal, la limitación de las intervenciones federales, el condicio­namiento a la descentralización de servicios y la posibilidad de que las provincias accedieran a créditos externos. En varios de estos puntos no hubo acuerdo, y al igual que en los temas anteriores, se dejaron abiertas muchas cuestiones para un posterior tratamiento legislativo. Pero lo más importante es que la labor reformista amplió sus miras más allá de los objetivos presidenciales y generó debates y la búsqueda de acuerdos apuntando, en general, a establecer equilibrios institucionales de largo aliento.

            Finalmente en agosto de 1994 se juró la Constitución reformada. Y fue un dato elocuente del carácter del debate y los consensos encontrados en la Convención el hecho de que incluso los frentistas, que siguieron manifestando su rechazo tajante al “núcleo de coincidencias básicas” y a la reelección, tomaron parte en la jura.

            En suma, ¿qué balance cabe hacer de la reforma, al menos hasta el momento de su promulgación? Lo primero que hay que decir es que el menemismo logró modificar las reglas de juego para adecuarlas a sus necesidades (la reelección) recurriendo a artimañas y amenazas, algunas de ellas de dudosa legitimidad (como el proyectado plebiscito y la intención de manipular los reglamentos parlamentarios, entre otros), extorsionando a la oposición política hasta doblegarla. Para moderar este diagnóstico, sin embargo, cabe destacar que el acuerdo entre los principales líderes de las dos fuerzas tradicionales evitó el daño institucio­nal que se hubiera derivado de que el gobierno continuara con su estrategia de presiones e impusiera su voluntad a como diera lugar. No estaba del todo errado Alfonsín al afirmar que "por primera vez una reforma constitucional expresa a la totalidad de los argenti­nos" (Clarín, 23-8-94). El fantasma de la reforma de 1949, en la que el peronis­mo había impuesto su fuerza mayoritaria, excluido de las deliberacio­nes a la oposi­ción e incluido la doctrina justicialista en el dogma constitu­cional, con lo cual la legitimidad de la Carta resultan­te quedó seriamen­te afectada (tan es así que los golpistas militares y civiles de 1955 no dudaron en abolirla), había ejercido eviden­te­mente un poder ejemplifi­ca­dor sobre ambos contendientes: ninguno de los partidos creyó conveniente reincidir por ese camino.

Pero, ¿eso alcanza para considerar la reforma de 1994 como resultado del consenso y un paso adelante en el afianzamiento de la democracia? Buscando un punto de equilibrio entre distintas perspectivas podemos decir que, aunque de modo directo y en lo inmediato la reforma debilitó el compromiso de los actores políticos con las reglas de juego establecidas, indirecta y prospectivamente puede apuntalar su estabilidad al reforzar el compromiso futuro de los actores con ellas. En adelante podría quedar claramente de lado el conflicto sobre las reglas de acceso al poder que caracterizó la vida política argentina en este siglo, si, más allá de las motivaciones de su principal inspirador y beneficiario, y a diferencia de las reformas frustradas de 1949 y 1957 (esta última realizada con la exclusión del peronismo), la de 1994 cristaliza como "producto del consenso interpartidario y no sólo fruto de la desarticulación del poder de veto del adversario" (Smulovitz, 1995). En ello confían, entre otros, De Riz (1995) y Negretto (1998). Reforzaría esta opinión nuestro argumento de que ese consenso involucró también, en alguna medida, al FG. Sin embrago, no faltan argumentos para afirmar que esta perspectiva exagera el rasgo consensual de la reforma. No debemos olvidar que el Pacto de Olivos fue más un resultado de la extorsión que de la negociación, y que la reforma subsecuente puede legitimar una recurrente aspiración a modificar las reglas de juego cuando no satisfagan las aspiraciones de los gobernantes. Puede justificar afirmaciones del tipo: “si lo hicimos una vez y resultó, ¿por qué no hacerlo de nuevo?”. Para colmo, con la reforma se estableció una suerte de laxitud permanente en la normativa constitucional: no sólo el presidente logró modificar la Constitución bajo cuyas disposiciones había sido electo, sino que en la Carta reformada queda un amplio margen para la reglamentación parlamentaria de los nuevos institutos, como es el caso de la regulación de los decretos, del Consejo de la Magistratura, las funciones del Jefe de Gabinete, etc., por medio de leyes que en algunos casos no requieren mayorías especiales (respecto de este problema, Serrafero, 1997; Cheresky, 1997 y 1999). De este modo se diluye la distinción entre el marco constitucional, que se funda en el acuerdo de todos, debería perdurar en el tiempo y ser en alguna medida intangible para las fuerzas políticas, incluso las mayoritarias, y la legislación ordinaria, sujeta a los vaivenes de las mayorías circunstanciales, aun cuando se trate de mayorías especiales.

            Un segundo punto a considerar es si la reelección y las demás reformas introducidas crean condiciones para una más completa accountability horizontal, entre instituciones y poderes, y vertical, entre el gobierno y la opinión pública (O´Donnell, 1992), o permiten, al contrario, un más agudo desequilibrio de poder a favor del Ejecutivo y de liderazgos plebiscitarios. Como se sabe, las teorías democráticas han sostenido que la reelección de los funcionarios es un recurso que garantiza la responsabilidad de los mismos en el ejercicio de sus funciones, porque los políticos son sensibles a la posibilidad de ser castigados en las urnas por su mal desempeño y harán lo posible por renovar sus mandatos. Este argumento, precisamente, es utilizado por Linz (1997) para criticar a los presidencialismos sin reelección por no crear condiciones para responsabilizar a los gobernantes ante el electorado. Siguiendo el razonamiento, y una vez más a contramano de las intenciones y beneficios circunstanciales que obtuvo Menem, deberíamos concluir que la introducción de una reelección consecutiva, junto al acortamiento del mandato de 6 a 4 años fortalece la responsabilidad vertical del presidente. Sin embargo, también suele darse que quienes ocupan un cargo durante períodos prolongados, sobre todo un cargo ejecutivo de importancia, utilicen los recursos de poder disponibles para crear lealtades de grupo o partido y compromisos facciosos que les permitan eternizarse en él, favoreciendo la identificación del Estado y el poder de turno, corroyendo las bases morales e institucionales de la democracia, la igualdad ante la ley, la transparencia e imparcialidad de los procedimientos, la prioridad del bien común sobre los intereses particulares, y fundamentalmente, la posibilidad efectiva de que la oposición desplace al oficialismo del poder. En nuestro caso debería dilucidarse, entonces, si con la reforma se crearon nuevos mecanismos de accountability, protección de derechos y oportunidades para la oposición, o se reforzaron los que ya existían, o bien se posibilitó la permanencia en el tiempo y la concentración de poder en manos de un líder y un grupo político.

Probablemente sea demasiado pronto para emitir una opinión definitiva a este respecto y el resultado dependa de la intervención de otros factores, sobre todo la evolución de las fuerzas políticas. Aunque podemos decir que la introducción de un sistema de doble vuelta para la elección presidencial, que no exige la mayoría en el primer turno[6], conservando una representación proporcional (moderada por el tamaño de los distritos) para los cargos legislativos facilita la participación en la competencia electoral de terceros partidos y crea incentivos para la colaboración entre las fuerzas políticas en la formación de coaliciones parlamentarias y de gobierno. Esto ciertamente gravitó a favor de la formación de la Alianza en 1997, como veremos.

            Con respecto a la accountability horizonal, es indudable que la reforma consolidó el sistema presidencialista. Por un lado porque, como han señalado Ferreira Rubio y Goretti (1996), la reforma atenuó "algu­nas de las consecuencias o efectos negativos que el sistema presidencial trae aparejados"; es decir, aminoró los peligros que su rigidez supone para el régimen político, por medio de una serie de innovaciones que incrementan su potencial de adaptación a cambios de circunstancias. La figura del Jefe de Gabinete descarga al presidente de las tareas de coordinación y administración en el Ejecutivo, agilizando las relaciones con el Parlamento, y potencialmente crea incentivos para que la cooperación entre partidos eluda situaciones de bloqueo, puede desempeñar un papel de “fusible” evitando que crisis que conmuevan la gestión del Ejecutivo afecten directamente al presidente y puede constituirse en un recurso de recomposición del poder político en caso de erosión temprana de la autoridad gubernamental[7]. También el Consejo de la Magistratura, que sustrae parcialmente la elección y promoción de los jueces de manos del Ejecutivo, la adición de un senador por la minoría en cada provincia y la elección directa de los senadores a partir del 2001 fortalecen a los poderes Legislativo y Judicial y, por lo tanto, el equilibrio entre los poderes.

            Por otro lado, la reforma le ha proporcionado mayor legitimidad a instrumentos de excepción reiteradamente empleados por los ejecutivos, al consagrar figuras como el decreto de necesidad y urgencia y el veto parcial y precisar los alcances de la delegación legislativa[8]. La consagración de los decretos en el nuevo texto constitucional podría considerarse una confirmación de la hipótesis que afirma la cristalización, en regímenes delegativos, de gestiones decisionistas “exitosas”. No obstante, no hay elementos que justifiquen una afirmación terminante en este sentido. Dar por descontado que la presencia de esa figura nos coloca ante un “discrecionalismo institu­cionalizado” supondría identificar sin más presiden­cialismo y democracia delegativa. Esto sería incorrecto al menos por dos razones. En primer lugar, porque si bien es cierto que la nueva Constitución consagra las figuras decisionistas, también lo es que las sujeta a control parlamentario mediante regulaciones explícitas que condicio­nan su empleo y validez y restringen su alcance temático. La indeterminación legal en que se encontraban los instrumentos de excepción era, en este sentido, el peor de los mundos. La legitimación y sujeción a controles establecidas por la nueva Constitución pueden hacerlos, al mismo tiempo, más efectivos y menos peligrosos, al despojarlos de la ambigüe­dad y de la ausencia de límites que facilitaba su aprovechamiento político en beneficio de las inclinaciones delegativas de los líderes[9]. Sobre este punto, sin embargo, cabe el contrargumento ya referido sobre la laxitud de la Constitución reformada. En verdad, la reglamentación de los decretos queda supeditada a una ley del Congreso que no requiere una mayoría especial y que hasta 1999 las Cámaras no han tratado, por lo que el mayor control institucional no es hoy en día efectivo y puede formularse y reformularse de muchas maneras, con lo que su carácter variará significativamente en un sentido u otro[10].

            La segunda razón para evitar un juicio apresurado sobre los rasgos decisionistas y delegativos de la Constitución reformada se funda precisamente en este significativo margen de indeterminación. Las instituciones no son sólo normas, sino también prácticas. Por lo que para captar el significado de la reforma debemos darle una oportunidad a la acción política de los líderes, los partidos y los ciudadanos en general que se apropiarán de las novedades introducidas por la Convención y potenciarán unos rasgos u otros según sus preferencias y oportunidades. Atendiendo a esta situación, es posible imaginar resultados en distintas direcciones: puede darse que las innovaciones contenidas en la reforma se conviertan en letra muerta, pueden ser absorbidas por los patrones vigentes, o bien pueden transformarse en recursos institucionales del equilibrio y la consolidación, dependiendo del uso que los actores hagan de ellas. Hasta tanto no transcurra un lapso de tiempo considerable no podremos afirmar taxativamente que el sistema institucional se ha consolidado, que se ha hecho más flexible, en tanto que en situaciones de crisis los diferentes subsistemas pueden concentrar poder deciso­rio y desconcentrarlo pasada la emergencia, o que se ha consagrado el estilo de emergencia y el decisionismo como forma de gobierno. Es por ello, precisamente, que corresponde volver la atención a la interacción política e institucional efectivamente observada en la gestión de gobierno y la competencia partidaria a partir de 1995.

            Ella nos muestra no sólo que Carlos Menem y el justicialismo lograron mantenerse en el poder y prolongar en el tiempo, hasta cierto punto, el estilo de gestión puesto en práctica desde 1989, sino que efectivamente se registraron cambios en la dinámica de relaciones entre poderes y en la lógica de funcionamiento del Ejecutivo; y que simultáneamente tanto el partido oficial como la oposición ganaron peso en la vida pública y lograron fijar ciertos límites al decisionismo presidencial. Esto se habría de verificar con especial dramatismo en el frustrado intento de habilitar una nueva reelección de Menem, desconociendo los artículos de la carta reformada que expresamente lo inhabilitaban (la cláusula transitoria novena que establecía que el período 1989-1995 era su primer mandato).

            Dentro de los márgenes de incertidumbre que impone el escaso tiempo transcurrido, cabe concluir que si bien la reforma constitucional se inició como parte de una estrategia que tenía todos los componentes necesarios para hacer temer una agudización de los peligros institucionales asociados al hiperpresidencialismo, el decisionismo y el personalismo, que se sumaban a los ya conocidos problemas de corrupción, abuso de poder y manipulación de la justicia que han caracterizado el “estilo” de gobierno de Menem, debido al curso que siguió su instrumentación (cierta cuota de “acuerdo” entre partidos y reordenamiento del campo de competencia política) es posible sostener una hipótesis algo más optimista sobre la evolución futura del presidencialismo argentino. En suma, puede decirse que, a partir de la reforma nos encontramos frente a una institución presidencial más poderosa -en tanto dotada de recursos de gobierno- y, al mismo tiempo, menos expuesta a los peligros que habitualmente se consideran propios del presidencialismo, ya que algunos cambios la tornan más flexible. En ese sentido, la reforma ha reforzado el potencial de gobernabilidad sobre la base de apuntalar el sistema preexistente. Ello se refuerza con el cambio de contexto y perspectivas en cuyo marco las innovaciones de la reforma adquirieron un carácter más preciso y definitivo, a lo largo del segundo gobierno de Menem. Los componentes fundamentales del nuevo contexto político-institucional, en la segunda mitad de los noventa, son los cambios en la agenda y en la dinámica y composición del equipo de gobierno, y la presencia y los roles que desempeñan las fuerzas partidarias. A su análisis nos abocaremos, por lo tanto, en la segunda y tercera parte de este ensayo, respectivamente.

 

2. La Jefatura de Gabinete y sus capacidades de coordinación y control

 

            La Jefatura del Gabinete de Ministros es, como hemos dicho, uno de los resultados de la negociación que radicales y peronistas llevaron a cabo en la reforma de 1994. Con la Jefatura los primeros buscaban morigerar el poder presidencial, y por ello reclamaron la creación de un cargo lo más cercano posible al primer ministro de los regímenes semipresidenciales. Los segundos aceptaron la fórmula del “ministro coordinador”, pero trataron de preservar lo más posible el poder presidencial, por lo que buscaron reducir al mínimo las atribuciones de ese cargo, convirtiéndolo en un mero instrumento de la voluntad presidencial, sin poder político propio. Fue así que, finalmente, en los artículos 100 y 101 de la Constitución reformada se estableció que el Jefe de Gabinete podría ser removido por un voto de censura de la mayoría absoluta de ambas cámaras pero sería designado y reemplazado por el presidente; que tendría a su cargo la administración nacional (cuyo jefe hasta entonces era el presidente), y que la promulgación de leyes y decretos debía contar con su firma, pero no se le atribuyeron recursos de intervención y decisión ni en relación al Parlamento ni al resto del Ejecutivo (Serrafero, 1997).

            Veremos que el saldo de los primeros años de este nuevo instituto ha frustrado sobre todo las expectativas de los radicales. Pero también que él adquirió relevancia en aspectos en los que no se habían depositado grandes expectativas, como ser la coordinación interministerial, en particular en asuntos presupuestarios y administrativos, y la agilización de las relaciones entre el Ejecutivo y el Parlamento, mientras que el resultado ha sido menos satisfactorio en términos de la responsabilización de aquél ante éste, la desconcentración del poder de decisión y el liderazgo político, y la posibilidad de actuar como un filtro o fusible en situaciones de crisis. Ello obedeció a que bajo la segunda presidencia menemista el liderazgo y la toma de decisiones generales no sufrieron grandes cambios respecto del período anterior, pero sí se alteraron y crecieron en importancia los problemas administrativos y de coordinación que el gobierno debió enfrentar, frente a los cuales la Jefatura de Gabinete resultó un instrumento oportuno y adecuado.

            Ello se evidenció en la gestión del ajuste fiscal resultante de la crisis del tequila, en 1995 y 1996, que se prolongó en la llamada Segunda Reforma del Estado entre 1996 y 1997, así como en la intensa puja intersectorial que acompañó la formulación de los presupuestos nacionales a todo lo largo de este período presidencial, todas cuestiones en las que la Jefatura de Gabinete desempeñó un rol fundamental. Al respecto, a diferencia de lo que había sucedido entre 1989 y 1991, cuando la gravedad de la crisis y el escaso tiempo transcurrido desde el ingreso de las autoridades al ejercicio de sus funciones habían facilitado una gestión claramente decisionista de las medidas de ajuste y reforma, en la que predominó la “economía de capacidades institucionales”; esto es, la tendencia a concentrar el diseño y concepción de las políticas, verticalizar la ejecución, reducir el número de actores involucrados y simplificar al máximo los instrumentos y procedimientos utilizados (véase Palermo y Novaro, 1996), ahora la crisis no era percibida como resultado de una situación terminal o de problemas estructurales graves, sino como producto de un desajuste transitorio generado externamente, y además los funcionarios superiores de los ministerios estaban obligados a atender una cantidad de compromisos sectoriales, partidarios, burocráticos o públicos, y contaban con la experiencia y los recursos como para presionar eficazmente al vértice político en procura de esa atención. Ya no era posible realizar un abrupto ajuste de gastos (por los compromisos existentes así como por la disposición de un margen mucho más estrecho en el presupuesto nacional que en el pasado)[11], ni podía financiarse la “fuga hacia delante” de la crisis fiscal con nuevas privatizaciones, sólo le restaba la alternativa del endeudamiento externo (que se practicó, aunque también suponía límites y condicionamientos) y de mejorar la administración de los ingresos y los gastos.

La respuesta del gobierno debió, naturalmente, adecuarse a las peculiaridades de la nueva situación. Igualmente el presidente recurrió a instrumentos que ya había utilizado con provecho en el pasado: en 1995 reclamó la delegación de poderes de emergencia al Parlamento y dictó una serie de decretos de necesidad y urgencia. Pero no podía esperar que ellos bastaran para enfrentar la crisis. De hecho, la delegación legislativa fue muy resistida en Diputados, y finalmente se aprobó con márgenes más estrechos de los que el gobierno deseaba. Y los conflictos interministeriales en torno a la distribución de los costos del ajuste parecieron poner en riesgo la cohesión que el gobierno debía mostrar en esos momentos, obligando a una participación directa del presidente en asuntos menores que perjudicarían su imagen y lo llevarían nuevamente a chocar con su ministro de Economía, Domingo Cavallo. En tales circunstancias, la Jefatura de Gabinete encontró la oportunidad, en el preciso momento en que pasó de ser una idea sólo parcialmente definida en la Constitución a un organismo gubernamental concreto, para desarrollar sus funciones administrativas y de coordinación.

 Al asumir Menem su segundo mandato, en julio de 1995, nombró Jefe de Gabinete a Eduardo Bauzá, quien se había desempeñado durante parte de su primer mandato como secretario general de la Presidencia, un rol eminentemente político, y dictó un decreto reglamentario del funcionamiento de la Jefatura, que puso bajo su órbita la mediación entre el ministerio de Economía y todos los organismos de la administración nacional en las discusiones preparatorias de los presupuestos. Ello implicó que el nuevo organismo cumpliera desde su formación un rol decisivo en la negociación del ajuste al interior del Ejecutivo, y que quedara luego dentro de su órbita la implementación de la Segunda Reforma del Estado, concebida para reducir el número de organismos y dependencias de la administración nacional y llevar adelante políticas tendientes a racionalizar el gasto, evitar la duplicación de funciones y adecuar el diseño institucional de los organismos al cumplimiento de sus roles específicos. En ese decreto fundacional se establecieron, además, los mecanismos regulares de presentación de informes que debían agilizar la relación del Ejecutivo con el Congreso. Para la elaboración de los mismos la Jefatura fue autorizada a recabar toda la información disponible sobre el estado de las políticas y programas del gobierno nacional, tanto en sus organismos centralizados como descentralizados. Posteriormente la Jefatura absorbió también la Secretaría de la Función Pública, con lo cual se constituyó efectivamente en la cabeza de la administración nacional y el ámbito de diseño y control de todas las políticas a ella orientadas, e incorporó la función de control y monitoreo de los créditos internacionales y nuevas tareas de coordinación interministerial (al Gabinete Social se sumarían un Gabinete Científico y Tecnológico y un Sistema Nacional de Emergencias).

            En suma, podemos decir que tanto las particulares circunstancias en que la Jefatura fue constituida y puesta en marcha, como los evidentes déficits de coordinación que afectaban tradicionalmente la gestión del Ejecutivo nacional, y que se volvían críticos en momentos en que se hacía imperiosa la racionalización y modernización del Estado, crearon condiciones favorables para el nuevo organismo, que como veremos a continuación con mayor detalle, desplegó su actividad en cada uno de estos terrenos con las dificultades y limitaciones que imponía el estilo político predominante en esa gestión de gobierno y la ausencia de experiencia previa en la materia, pero con las ventajas que le confería el poder ofrecer bienes escasos y muy demandados en ese contexto, como eran la capacidad de mediar y coordinar, y de obtener y distribuir información. Ella desplegó, además, una función institucional que, luego de las reformas practicadas en la primera gestión menemista tendientes a desmantelar buena parte de las estructuras estatales y de gobierno, adquirió fundamental importancia: recomponer un vínculo funcional entre los burócratas y los políticos que permitiera alcanzar niveles mínimos de previsibilidad, control y eficacia en la gestión de las políticas públicas[12]. 

            Estas capacidades están en relación directa con dos rasgos de la Jefatura que es oportuno destacar: en primer lugar, la flexibilidad de su estructura, basada en un organigrama reducido a unas pocas secretarías y subsecretarías (4 y 10 respectivamente) y una planta móvil de personal estructurada en equipos y programas; y en segundo lugar, el alto grado de profesionalización de sus recursos humanos, compuesto en gran parte por contratados, técnicos en comisión de otras áreas y agentes del cuerpo de administradores gubernamentales (profesionales especializados en el mejoramiento de la gestión pública). De los cerca de 800 empleados de la Jefatura (a mediados de 1999), sólo la mitad son personal de planta, y la mayoría de ellos se desempeña en tareas de apoyo (secretarias, empleados de archivo, de gestión y administración interna, de mantenimiento, etc.). La mayor parte del personal técnico, en cambio, se encuentra en alguna de las tres situaciones recién descritas, y se desempeña en cargos móviles que contemplan el desarrollo de una gama muy amplia de actividades. Ello ha permitido adecuar la estructura y los recursos humanos a los cambios de circunstancias y de prioridades, y alentó un mayor compromiso con los objetivos, así como redujo las mediaciones y trabas burocráticas, lo que resultó ser muy adecuado al tipo de funciones que le tocó cumplir al organismo. Sin embargo, no debemos pasar por alto que la contracara de esta ventaja en términos de flexibilidad y productividad, es una escasa consolidación institucional y un peligro cierto de que la experiencia acumulada, y con ella buena parte de las capacidades del organismo, se pierdan en caso de producirse un éxodo masivo de contratados, técnicos en comisión y aun administradores gubernamentales, todos ellos en alguna medida reemplazables al producirse un cambio de gobierno u otra discontinuidad política.

            De las tareas que ha cumplido la Jefatura en estos años tal vez la más relevante ha sido la de mediación entre el Ministerio de Economía y el conjunto de la administración pública nacional, e incluso las provincias, en la discusión de los presupuestos nacionales. Esta tarea ha tenido una relevancia política de primer orden, pues la intervención del nuevo instituto ha implicado un cambio en los mecanismos de ajuste de las decisiones sobre prioridades en las políticas públicas nacionales, introduciendo principios de concertación y negociación allí donde predominaban presiones sectoriales que carecían de la amplitud de miras necesaria para un reconocimiento de las otras partes involucradas y para asumir una responsabilidad ante necesidades más globales, por un lado, y decisiones técnicas muchas veces inconsultas y con escasa legitimidad interna, por otro. Esta es la situación, recordemos, que se había vivido durante la primera presidencia de Menem, e incluso le cabe una descripción similar a lo sucedido durante la gestión anterior, antes, durante y después de la experiencia del Plan Austral (Palermo, 1995). En tal situación, el presidente debía intervenir muy frecuentemente para destrabar conflictos por recursos entre Economía y otras reparticiones, poniendo en juego su autoridad y pagando en muchos casos costos políticos importantes por dirimir la situación a favor de unos u otros. Gracias a la intervención de la Jefatura, a partir de 1995 se creó una instancia previa de mediación que puede ser aceptada como “terreno neutral” por las partes y que ayuda a descomprimir los conflictos, a crear equilibrios entre intereses sectoriales en competencia y, en última instancia, da un marco institucional más apto para una eventual intervención presidencial.

Ello ha implicado, además, un paso adelante en la capacidad de realizar dentro del Ejecutivo una auténtica coordinación interministerial. Como veremos, la concertación presupuestaria ha ido acompañada de una acumulación de información respecto del estado de las políticas de las distintas áreas, la evaluación del grado de ejecución de los programas, y de la adecuación de los recursos y el diseño institucional de cada organismo a sus objetivos. Si bien lo que se ha avanzado en concreto en este sentido no es mucho, se ha creado una base institucional adecuada para un mayor control de la gestión, haciendo posible el cruce entre el monitoreo de los ingresos y de la distribución de recursos, por un lado, y la evaluación de las políticas, por otro, ambas tareas centralizadas por la Jefatura.

La primera de estas funciones está a cargo de la Secretaría de Equidad Fiscal, que actúa como intermediaria entre la Secretaría de Hacienda del Ministerio de Economía, que lleva adelante el control de ingresos y gastos de los organismos nacionales centralizados y descentralizados, los cuales deben presentarle sus necesidades de financiamiento para cada ejercicio. Además de actuar en la concertación entre las demandas de éstos y el rigor fiscalista de aquélla, debe monitorear el grado y eficiencia de la ejecución presupuestaria. No casualmente este rol fue objeto de una agria disputa dentro del gobierno ya antes de entrar en funcionamiento la Jefatura. De acuerdo con la letra de la Constitución reformada, se podía entender que la Secretaría de Hacienda en su conjunto debía pasar a la órbita del Jefe de Gabinete. Pero Domingo Cavallo se resistió duramente a aceptar esto, ya que implicaba un recorte muy importante de sus atribuciones y la imposibilidad de sostener un mínimo control del gasto. En un primer momento la resolución del conflicto favoreció claramente a Economía, que logró reducir al máximo las atribuciones del área en cuestión. Sin embargo, desde el reemplazo de Cavallo por Roque Fernández al frente de Economía, a mediados de 1996, momento en que, además, se reinició el ciclo de expansión económica y se interrumpió en consecuencia el proceso de ajuste fiscal, las cosas empezaron a cambiar: el manejo del presupuesto se “politizó”, lo que significa que el rigor fiscalista dio paso a un tratamiento más permisivo, en el que se presta mayor atención a los objetivos políticos del gobierno en cada área de la gestión y en relación con las provincias.

Este cambio no ha implicado, sin embargo, un mero retroceso del “ala tecnocrática” frente a los “políticos”. Debemos tener en cuenta que Economía también sacó provecho de la nueva situación, que le provee un “colchón” moderador de las demandas sectoriales y de las críticas de los “políticos” que se siguen de la negativa recurrente a satisfacerlas. Las pérdidas para Economía obedecen, sobre todo, a la creciente dificultad para tomar iniciativas con amplia repercusión en otras áreas de gobierno. Es así, por ejemplo, que proyectos de reforma de gran interés para los funcionarios de ese ministerio, como son la Ley de Coparticipación Federal de Impuestos, la revisión de la reforma previsional, las reformas en el sector salud y el control del endeudamiento externo, son responsabilidad ahora compartida con la Jefatura. Junto a la salida de Cavallo se produjo, además, el reemplazo de Bauzá por Jorge Rodríguez, que posee un perfil más técnico que político-partidario, y la Secretaría de la discordia siguió siendo ocupada por un funcionario afín a las orientaciones generales que predominan en Economía.

Las tareas de monitoreo de la gestión se concentran en la Secretaría de Control Estratégico, de la que dependen los gabinetes sectoriales, la coordinación de la obra pública con financiamiento externo (una tarea que hasta entonces realizaba parcialmente el Ministerio de Economía), y el diseño e implementación de las políticas de reforma del Estado, a través la Unidad de Reforma y Modernización del Estado (URME).

Esta última fue la encargada de la llamada Segunda Reforma del Estado, puesta en marcha a comienzos de 1996, y que implicó un ajuste del personal de la administración nacional y una reducción del número de reparticiones y organismos, en primer lugar, y un reordenamiento de todas las áreas del Ejecutivo, que implicaba que cada organismo debía elaborar un plan de rediseño institucional para que la Jefatura lo aprobara. El resultado de esta reforma ha sido, en general, escaso (véase al respecto Bozzo, López y Zapata, 1999). Aunque debe rescatarse la metodología introducida en la evaluación del rendimiento de los organismos del Estado: el análisis de la estructura interna, posteriormente complementado con la exigencia de un plan estratégico para la modernización y racionalización de cada organismo, aporta una interesante perspectiva, que hasta el momento ha tenido resultados limitados debido, fundamentalmente, a la falta de recursos de personal en la URME para llevar a cabo evaluaciones in situ de al menos parte de los organismos nacionales, a la carencia de atribuciones suficientes para garantizar el cumplimiento de los compromisos que ellos asumen (algo que parcialmente se ha resuelto a partir de que se incorporó en la ley de presupuesto desde 1998 una cláusula que obliga a las reparticiones a tener el plan estratégico aprobado por la Jefatura para poder solicitar aumentos en sus partidas) y, por sobre todas las cosas, a la falta de una voluntad política sostenida para llevar a cabo una auténtica reforma y modernización del sector público. No casualmente, las tareas de la URME decayeron hasta prácticamente extinguirse una vez que el ajuste dio paso a una nueva expansión del gasto, entre fines de 1996 y comienzos de 1997.

Como dijimos, las tareas de coordinación y control se cumplen fundamentalmente a través del cruce de la información que producen los distintos organismos, y la creación de ámbitos de concertación. Ello ha dado lugar a la formación de dos gabinetes sectoriales hasta el momento. El Gabinete Científico-Tecnológico (GACTEC), que ha avanzado en la evaluación de distintos organismos y en la elaboración de planes estratégicos para los mismos, en particular en los casos del Instituto Nacional de Tecnología Industrial y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas; y el Gabinete Social, cuyo desarrollo ha sido hasta ahora bastante más conflictivo. La relevancia política del área es sustancialmente mayor y por lo tanto también han sido mayores los obstáculos para la concreción del principal objetivo planteado en el momento de su formación, evitar la duplicación de esfuerzos y el uso clientelista de los programas sociales y evaluar su rendimiento. Tanto los gobiernos provinciales como los organismos nacionales que desempeñan actividades en el área resistieron eficazmente los intentos de la Jefatura de incrementar el control sobre sus programas.

            Ahora bien. Hasta aquí nos hemos referido a funciones que hacen principalmente al control y la coordinación internas al Ejecutivo. Y que tienen efectos relevantes en términos de governance, pero sólo acotados en cuanto a la accountability horizontal, al menos en los términos en que ella implica la posibilidad de imponer sanciones a determinados funcionarios u organismos por actos u omisiones que supongan el incumplimiento de sus obligaciones o la comisión de ilícitos (O´Donnell, 1998). Esta posibilidad está mucho más claramente presente en las funciones que le caben a la Jefatura en relación con el Parlamento. Y precisamente es en este terreno donde el saldo de su desempeño es más ambiguo. En primer lugar, el Jefe de Gabinete está obligado a asistir mensualmente a las Cámaras para presentar un informe de lo actuado por el Ejecutivo en todas las áreas de gobierno, y a responder los pedidos de informes que le hayan presentado los legisladores, así como las preguntas que en esas sesiones se le planteen. En estas oportunidades, y cuando se tratan asuntos de interés especial para el Ejecutivo (por ejemplo, si desea que se apruebe un proyecto de ley) puede ir acompañado de ministros o secretarios. Estas sesiones son, además, la oportunidad hipotética para que las Cámaras voten una moción de censura, aunque ello hasta ahora no ha sucedido, y difícilmente suceda ya que para su aprobación se requiere la mayoría absoluta de las dos Cámaras, como ya dijimos. En segundo lugar, la Jefatura cuenta con una Secretaría de Relaciones Parlamentarias e Institucionales, con una oficina de situación en el Congreso, a través de la cual se monitorea el estado de los proyectos de ley presentados por el Ejecutivo en las distintas comisiones del Senado y de Diputados, así como los proyectos formulados por los propios legisladores. Esta Secretaría es la encargada operativa de elaborar los informes mensuales y de responder los interrogatorios que envían a la Jefatura los miembros del Congreso.

            Los cambios más relevantes que ha generado la presencia de la Jefatura como mediador entre el Ejecutivo y las Cámaras tienen que ver, al igual que en sus otras funciones, con el flujo de información (se cuadruplicó el volumen de datos al que acceden los legisladores sobre el estado de las políticas y programas de la administración nacional, y se aumentó sensiblemente la velocidad de respuesta) y la concertación de los proyectos de ley. Respecto de esto último, es de destacar que ha mejorado la capacidad del Ejecutivo de preveer las dificultades que pueden presentarse en el tratamiento de sus proyectos, así como su capacidad de influir en el tipo de proyectos que elaboran los propios legisladores, con lo que se evita en muchos casos llegar a la instancia del veto parcial o total de las leyes aprobadas. La Jefatura, además, actúa también en este sentido como un “territorio neutral” donde llevar adelante en forma medianamente regulada e institucionalizada la negociación intersectorial de las medidas de gobierno. Anteriormente los legisladores, sobre todo los de las provincias del interior, debían concurrir a los ministerios, o recibían las visitas de los funcionarios que actuaban como “interlocutores” de cada uno de ellos en las comisiones o bancadas, y las negociaciones en consecuencia poseían un carácter fragmentario y opaco. Además de ser sumamente lentas. La Jefatura ha creado mecanismos más transparentes e institucionalizados para las negociaciones, poniéndolas en correspondencia con perspectivas más amplias y de largo plazo, menos circunstanciales y específicas.

            Volviendo a nuestro argumento principal, sin embargo, este incremento de la capacidad de coordinación y concertación del Ejecutivo en su conjunto en relación con el Parlamento no conlleva necesariamente una mayor responsabilización de aquél ante éste. Puede sin duda tener un cierto efecto en la calidad de la legislación, y en la capacidad del Ejecutivo para planificar y racionalizar la toma de decisiones, evitando en algunos casos el recurso a instrumentos de excepción, como ser los vetos o decretos, pero ello no implica que se esté incrementando la capacidad de control del Legislativo. Incluso éste puede volverse aun más dependiente de la información y de las iniciativas que se producen en el Ejecutivo. El balance en términos de responsabilización es, por lo tanto, en este terreno, no demasiado alentador hasta el momento.

            ¿Puede el desarrollo y expansión de estas funciones de coordinación y control dar lugar en un futuro próximo, y en el marco de una redefinición del estilo de gestión y de la relación de fuerzas entre el Ejecutivo y el Parlamento, a una desconcentración del poder político del presidente? ¿Puede el Jefe de Gabinete convertirse en un primum inter pares con autoridad sobre los ministros y responsabilidad ante las bancadas parlamentarias, asemejándose más a un primer ministro? Hasta este momento no existen razones como para creer que esto sea factible. Efectivamente la Jefatura de Gabinete se ha consolidado en el cumplimiento de importantes funciones de control interministerial y de coordinación dentro del Ejecutivo y entre éste y el Parlamento, pero lo ha hecho en tanto cabeza de la administración, en el desempeño de roles eminentemente técnicos y operativos, que excluyen la toma de decisiones, la responsabilidad política, e incluso la capacidad para acumular un poder propio, autónomo del presidente. Más aun, podemos preveer que mucho de lo avanzado en el terreno de la coordinación y el control administrativo, en la agilización de los flujos de información, incluso en la formación de arenas de concertación, podría extraviarse si la Jefatura fuera ocupada por una figura con poder político propio, que pudiera entrar en tensión con el presidente, con parte del gabinete o con una mayoría parlamentaria. La Jefatura, en este sentido, paga el precio de un pecado tecnocrático de origen: su al menos parcial “despolitización” parece ser una de las condiciones necesarias para el cumplimiento de las funciones en que ha demostrado poder ser más eficaz, la coordinación técnica y administrativa.

Esto no quita, sin embargo, que se puedan presentar situaciones en que se politice su función, de acuerdo con las peculiaridades de futuras coaliciones de gobierno, y sobre todo en función de las características de los líderes y dirigentes que ocupen los cargos de presidente y jefe de gabinete. En caso de que existiera, sin embargo, un jefe de gabinete políticamente “fuerte” bajo un presidente que por sus rasgos como líder político o por las circunstancias electorales fuera relativamente “débil”, o que el jefe de gabinete, por su origen partidario o su rol en la coalición que de sostén al gobierno, se volviera una pieza clave en la toma de decisiones, el ajuste de esta nueva fórmula política de gobierno implicará resolver problemas de rediseño institucional y de reasignación de funciones. En esa eventualidad, debería reforzarse el carácter ejecutivo de los gabinetes sectoriales, concederle más claras y efectivas atribuciones de intervención a la Jefatura sobre los ministerios y demás organismos nacionales, reorientarse la función de sus presentaciones de rendición de cuentas ante el Congreso, entre otras cuestiones. Aun luego de verificarse todos esos pasos, será necesario remontar tradiciones partidarias fuertemente presidencialistas. De darse una situación como la descrita, y optarse por la vía reformista a pesar de todos los riesgos que ello supone, el tratamiento de la Ley de Ministerios sería sin duda una oportunidad única y fundamental para poder reforzar, en la dirección necesaria, las atribuciones de la Jefatura de Gabinete.

 

3. El sistema de partidos, la sucesión y la alternancia

 

            Los partidos argentinos han ido fortaleciendo su rol en la competencia política y el control del poder en los últimos años. Por un lado, el PJ ha ganado terreno en ambos aspectos desde 1995 actuando como mecanismo de selección y promoción de dirigentes, funcionarios y candidatos, y como un factor de cohesión y a la vez contención de la acción del Ejecutivo dentro de ciertos límites y en el marco de cierto equilibrio de poderes, a través de las bancadas parlamentarias y los gobernadores peronistas. Ello fue favorecido por la emergencia de una fuerte corriente interna disidente del menemismo, encabezada por Eduardo Duhalde. El hecho de que haya sido por la dinámica del propio partido gobernante, canalizando tensiones en su seno, que el Parlamento cumplió un rol de control de las decisiones del Ejecutivo puede arrojar dudas sobre la posibilidad de que ese rol se constituya en un rasgo permanente e institucionalizado del sistema político. Con todo, existen al menos dos motivos para reconsiderar esa salvedad. Primero, por su lado también la oposición política cumplió un rol creciente en la competencia política y el debate de los proyectos del Ejecutivo y en la agilización de los controles parlamentarios durante estos años. Y segundo, porque la opinión pública y los actores políticos han aprendido e incorporado paulatinamente el valor de ciertas reglas institucionales que regulan el ejercicio del poder, potenciando su eficacia, sobre la base de experiencias en que el éxito o el fracaso de las iniciativas en conflicto dependió de factores no inmediatamente fundados o motivados en ellas, sino en la invocación de una legitimidad de fines y resultados, cálculos de interés y pujas de poder circunstanciales. Este “aprendizaje institucional” fue particularmente intenso en la lucha contra el nuevo intento reeleccionista de Menem. Ella cerró el ciclo iniciado con la reforma de 1994 (marcado por disensos, presiones y búsquedas de acuerdo sobre reglas de juego) y condicionó fuertemente el comportamiento de los partidos durante la segunda mitad de los noventa.

Hagamos, ante todo, un breve repaso de la evolución de los partidos desde la apertura democrática. Ello nos brindará una buena perspectiva sobre los cambios recientes. A partir de 1983 los partidos experimentaron un acelerado proceso de reactivación, pero también enfrentaron fuertes desafíos y momentos de crisis. A raíz de lo cual ingresaron en un proceso de redefinición organizativa, programática e identitaria que fue especialmente complejo debido a su simultaneidad con la transición democrática. Sus estructuras y bases de apoyo se vieron afectadas por la crisis social y económica de principios de los ochenta y por el desajuste entre los recursos organizativos y de personal que ellas proveían y los que necesitaban las élites partidarias para competir electoralmente y gobernar. Algo semejante sucedió con las tradiciones programáticas y de alianza social: mostraron ser inadecuadas para formar coaliciones sustentables en el tiempo y proveer de orientaciones eficaces a la gestión de gobierno. Por último, estos desajustes repercutieron en la consistencia y solidez de las identidades partidarias heredadas, alentando el desalineamiento de los electores en relación a ellas, y el relajamiento de los vínculos de pertenencia de los militantes, dirigentes e incluso de líderes destacados de esos partidos. Esta situación se agravó con la hiperinflación de 1989 y 1990, la casi extinción de la capacidad fiscal y regulatoria del sector público, y el consecuente descrédito en que cayeron las instituciones, y en particular los partidos, ante la opinión pública. Por último, al inicio del gobierno de Menem el debilitamiento de los partidos pareció llegar al extremo como consecuencia del giro programático e ideológico al que aquél sometió al PJ y del cono de sombra en que ingresó la UCR tras el conflictivo final del gobierno de Alfonsín.

Sin embargo, a lo largo de la gestión menemista maduró un proceso de adaptación de los partidos, que se había iniciado en verdad años antes, y que dio sus frutos primero para el PJ y después para la UCR y la oposición en general (con el surgimiento del Frente Grande). Es así que a la crisis le siguió un proceso de renovación e institucionalización de viejas y nuevas fuerzas políticas, por el cual el sistema de partidos transitó del antagonismo inestable, propio del movimientismo tradicional (Cavarozzi, 1984), a un multipartidismo moderado y crecientemente equilibrado. El afianzamiento de los partidos en el desempeño de roles de gobierno y oposición y la configuración de un juego abierto de competencia y colaboración interpartidista son los resultados más importantes y novedosos de este proceso y datos fundamentales para evaluar la dinámica institucional presente y futura pues constituyen garantías del dinamismo y estabilidad en todo sistema presidencialista.

Esto último se puede constatar con una rápida comparación con experiencias contemporáneas de otros países latinoamericanos: existe una marcada correlación entre situaciones en que el presidencialismo dio lugar en estos años a desbordes decisionistas e incluso autoritarios, y procesos de desinstitucionalización y debilitamiento de los partidos de gobierno y oposición (los ejemplos más demostrativos son Perú y Venezuela), así como también entre los casos en que los presidentes conviven con dispositivos institucionales crecientemente estables y equilibrados y la presencia de partidos y sistemas de partidos que tienden a fortalecerse e institucionalizarse (México, Bolivia, Uruguay, Brasil y Chile, además de Argentina, son los casos más elocuentes de esta correlación, Novaro, 1998).

            Volviendo a nuestro caso, vemos que fue precisamente la capacidad de “adaptación” del PJ lo que le permitió, a principios de los noventa, participar de un gobierno que aplicó un amplio programa de reformas de mercado, reorganizando su tradicional coalición de apoyo sin perder porciones significativas de su base electoral previa, fortaleciendo sus lazos con otros sectores (fundamentalmente los empresarios, pero también las clases medias urbanas). Esa capacidad fue decisiva para los triunfos electorales de 1991, 1993 y 1995, y para garantizar el control y cohesión del gobierno, proveyendo directamente a la viabilidad de las políticas de Menem, e indirectamente al funcionamiento de las instituciones a lo largo de la crisis y la gestión reformista. Esta adaptación, sin embargo, no fue fácil, exigió una gran dosis de innovación política, y produjo resultados diversos, entre los que interesa destacar la formación de corrientes disidentes y liderazgos de recambio y el acotamiento del populismo.

La transformación del PJ que se completó en esta década se había iniciado en la anterior, a partir de la debacle producida por la derrota electoral de 1983. En los años que siguieron el peronismo estuvo sujeto a múltiples fracturas, lo que se traducía en la ausencia de posiciones comunes y precisas en los temas más relevantes de la agenda política y económica. Para recuperar cierta viabilidad electoral, y más aun si pretendía gobernar, se hacía necesario completar la sustitución del movimientismo tradicional por una organización propiamente partidaria y reconstruir un liderazgo capaz de unificar a las fuerzas dispersas detrás de un programa de gobierno mínimamente consistente. La selección de sus autoridades y candidatos en elecciones competitivas y transparentes por primera vez en su historia entre 1986 y 1988, la formación de una conducción nacional única y la subordinación a la misma de las heterogéneas e incluso antagónicas organizaciones de masas, sobre todo los sindicatos (cuya gravitación interna decayó hasta que perdieron su condición de “columna vertebral del movimiento”), la marginación o domesticación de los sectores radicalizados (tanto los restos de Montoneros como la ultraderecha vinculada a militares nacionalistas y "carapintadas"), constituyen los pasos fundamentales en este proceso de institucionalización partidaria. La “renovación peronista”, corriente que impulsó estos cambios a mediados de los ochenta, encontró sin embargo límites difíciles de superar. Institucionalizar el peronismo no era sólo un problema organizativo. Involucraba también la identidad de los peronistas, quienes debían admitir la legitimidad de la forma partidaria y de la competencia entre partidos, y las limitaciones que imponía el contexto al desarrollo de las clásicas políticas populistas, sin que ello implicara la fractura de la antigua coalición y la pérdida consecuente de representatividad social. Recién Menem pudo, tras derrotar a Antonio Cafiero, líder de la “renovación”, en las internas partidarias de 1988, completar estos cambios. Que supo aprovechar a partir de 1989 tanto para legitimar su liderazgo y el giro en dirección a las reformas, disciplinando al partido en su respaldo, como para unificar un equipo de gobierno en el que los “técnicos” tenían más peso que los políticos, y éstos más que los sindicalistas, con lo que se tomaba distancia de la expresión de intereses particulares (v.g. los gremiales) en la toma de decisiones.

            Si bien durante los primeros años las resistencias que surgieron en el partido y el ritmo vertiginoso impreso al programa de reformas provocaron una relativa marginación de aquél respecto de la gestión, a partir de 1991, gracias a que la emergencia iba quedando atrás y se consolidó el liderazgo del presidente dentro y fuera del partido, el PJ se cohesionó como instrumento de gobierno. Adquirió consecuentemente mayores espacios de participación en la gestión: en las cámaras legislativas, debatiendo las medidas de reforma, en la designación de los candidatos y los funcionarios, y en la distribución de los recursos públicos entre las agencias nacionales y las provincias. Conformándose así dos ámbitos de concertación entre el partido y el gobierno: la liga de gobernadores y las bancadas parlamentarias.

La fortaleza de la organización y la identidad del partido tuvo una gran relevancia para la gestión de gobierno y para la competencia electoral: garantizó la alineación de los representantes y funcionarios con las decisiones del líder y ayudó a la formación de consensos en torno a ellas, tanto en los ámbitos institucionales como en la sociedad[13]. En suma, Menem no hubiera logrado garantizar el marco de gobernabilidad necesario para sostener las reformas de no haber sido por el proceso exitoso de institucionalización partidaria y legitimación de su liderazgo que tuvo lugar entre 1987 y 1988, y que lo colocó en el vértice de una fuerza política unificada y dinámica, y de la también exitosa redefinición de la coalición electoral y de gobierno, que implicó un replanteo del pacto populista con los sectores populares, los sindicatos y los empresarios, y una drástica reinterpretación de la historia y las tareas del peronismo, concretados fundamentalmente tras su asunción al poder. Debemos anotar que tanto la capacidad para competir electoralmente en un contexto democrático estable como la asunción de responsabilidades de gobierno en una situación de escasez y la búsqueda de eficacia y eficiencia en su ejercicio representan importantes novedades para la tradición peronista, que permiten hablar de la transformación del PJ, por primera vez en su historia, en un verdadero “partido de gobierno”. Obviamente estas dos novedades se necesitaron mutuamente: los triunfos electorales alentaron el compromiso de los peronistas con el gobierno, y ello a su vez posibilitó que sus políticas tuvieran consistencia, continuidad y, por lo tanto, cierta cuota de racionalidad técnica.

            Ello requirió el férreo control desde arriba de los aparatos partidarios: desde que asumió la presidencia del PJ, a fines de 1990, Menem resolvió con intervenciones federales a los gobiernos provinciales o con el descabezamiento de las autoridades partidarias locales las situaciones de conflicto suscitadas en el peronismo de varios distritos del interior. Además del uso extensivo de premios y castigos en el acceso a cargos, recursos y “negocios” de todo tipo con los que se ganó la lealtad de muchos dirigentes partidarios y sindicales. Es evidente que la adaptación y reconversión partidaria implica, por tanto, un margen acotado de autonomía respecto del gobierno. El PJ está organizado (y financiado, véase Levitsky, 1997; lo que es muy importante, pues el dinero reemplazó a la militancia voluntaria como recurso estratégico en las luchas internas) de arriba hacia abajo, desde los despachos oficiales hasta cada unidad territorial local. Tiene, en este sentido, rasgos semejantes al PRI, que ha sido tradicionalmente un “partido-Estado”, porque su organización y dirección son prácticamente inescindibles de las del Estado y opera, por lo tanto, básicamente como instrumento político-electoral de los gobiernos. Aunque es conveniente destacar que ni en el pasado ni en la actualidad el PJ alcanzó niveles de “estatización” (Colombo, 1991) comparables a los priístas. En parte por sus propias debilidades y fracasos, y en parte también por el mayor desarrollo previo del Estado y del pluralismo político que caracterizan la historia argentina de este siglo, en comparación con la mexicana. Como sea, en ningún caso la dependencia del Estado vuelve al partido una instancia accesoria ni mucho menos irrelevante: en manos del líder es un instrumento fundamental para garantizar la viabilidad de sus políticas de gobierno, actuando en las campañas electorales y en la formación y sostenimiento de mayorías parlamentarias.

Por otro lado, el rol que cumplió el partido en el control de la administración en estos años le permitió a Menem, sino resolver, al menos atender dos problemas que han afectado gravemente a los gobiernos argentinos en las últimas décadas. El primero, la dificultad para hacer efectivas las decisiones dada la ausencia de una burocracia estatal medianamente eficaz, articulada y confiable para el vértice gubernamental. Dicha ausencia ha sido la fuente de una serie de problemas que encontraron los líderes para hacerse de un control efectivo de las agencias gubernamentales bajo su jurisdicción y garantizar la aplicación de sus decisiones. Contar con un aparato partidario con recursos humanos en número y destrezas suficientes para cubrir los cargos críticos del organigrama estatal, y con vínculos estrechos con buena parte del sindicalismo del sector público, más allá de los conflictos que atravesaban ese aparato y este sindicalismo, le proveyó al gobierno menemista un control extenso y efectivo sobre las burocracias y las distintas áreas de la administración, muy superior al que habían alcanzado los presidentes civiles y militares de las tres o cuatro décadas anteriores. Ello adquirió para Menem una importancia suplementaria debido al carácter radical de sus políticas de reforma, y a que muchas de ellas afectaban intereses de la misma burocracia estatal. Cuando Menem debió extender el impacto de sus políticas desde el plano nacional a los otros niveles de gobierno, se encontró con el segundo problema: la dispersión de la autoridad y demás dificultades que enfrenta el Ejecutivo nacional para lograr la aplicación extendida de sus decisiones dado el carácter federal del régimen político. La negociación entre la nación y las provincias es siempre dificultosa, y lo es más aún si los distintos niveles de gobierno están controlados por distintos partidos, o si los líderes nacionales y provinciales del partido gobernante no cuentan con mecanismos de negociación apropiados. El rol del PJ en la resolución de estos problemas durante la gestión de Menem se advierte en la institucionalización de las relaciones entre el PEN y los gobiernos provinciales, la mayor parte de ellos en manos del peronismo, a partir de la firma de los sucesivos Pactos Fiscales.

            Cabe concluir que las dificultades que esta situación supone no obedecen a un supuesto “debilitamiento del partido”, como se sostiene en algunos análisis, sino a su elevada "estatización": ella supone altos costos de transacción para la formación de consensos en torno a políticas, establece una fuerte dependencia de las estructuras partidarias respecto de los recursos públicos y pone en riesgo las instituciones al borrar la diferencia entre partido y Estado. Las dificultades halladas para la consolidación de una dirigencia partidaria autónoma de las autoridades nacionales y provinciales[14], para la construcción de un juego más abierto de competencia y colaboración con otros partidos en el Parlamento y en la arena política en general parecen ser consecuencias negativas de ello. Respecto del costo de transacción cabe decir que un sistema en el que estructuras partidarias permeables por la corrupción y no del todo institucionalizadas cumplen funciones decisivas en la articulación de los niveles de gobierno y para cohesionar y dinamizar la administración pública enfrentará limitaciones para garantizar niveles aceptables de eficiencia y eficacia de la gestión[15].

            Insistamos en que esto no implica que el PJ haya actuado en estos años como un mero instrumento de control desde el vértice. También ha sido un canal de agregación y un mecanismo de regulación de las políticas públicas desde la periferia y la base hacia el centro político. El aparato partidario cumple, así, una función decisiva en la articulación de una coalición electoral heterogénea, que reúne respaldos favorables a las reformas de mercado y la modernización en sectores medios y empresarios, a través de sus líderes más “confiables” para la opinión pública y el establishment, y respaldos más tradicionales y propiamente populistas, en particular en las provincias del interior y entre los sectores populares de la periferia de las grandes ciudades. Allí tiene un papel relevante recogiendo demandas e identificaciones peronistas “clásicas” y articulando redes clientelares locales (Gibson y Calvo, 1997). El PJ, en suma, a través de sus representantes en el Ejecutivo nacional y en el Parlamento y las gobernaciones, armoniza distintas representaciones, proveyendo el equilibrio necesario para conservar compromisos de otro modo contradictorios y conflictivos.

            La diversidad de roles que cumple el PJ en relación con el gobierno se reflejó en la formación y desarrollo de la corriente de oposición interna encabezada por Eduardo Duhalde. Ella actuó, por un lado, como antídoto contra la “estatización”, en la medida que bloqueó una identificación excesiva entre el partido y el gobierno; pero, al mismo tiempo, borró los límites entre el partido y el Estado al transformar las instituciones públicas en territorio de la disputa interna del PJ y pretender conferirle una dinámica populista y movimientista a la competencia política y la gestión de gobierno. ¿Cuál de estos contradictorios efectos predominó?

En los partidos de gobierno la presencia de corrientes de recambio interno es muy importante, pues refuerza la responsabilidad institucional de su dirigencia, garantizando la lealtad con las reglas democráticas cuando las urnas dejan de favorecer a la fuerza y alentando estrategias de largo plazo autónomas de los intereses inmediatos de quienes pueden perder sus cargos. En nuestro caso, para afirmar que la oposición interna al menemismo cumple adecuadamente estas funciones es necesario, primero, dilucidar si la competencia que estableció supuso una dinámica propiamente intrapartidaria de lucha por la conducción y búsqueda de recambio, o si más bien expresó la continuidad del rasgo típicamente movimientista del peronismo que en el pasado le permitió desempeñar a la vez los roles de gobierno y oposición y ocupar la totalidad del campo político (Torre, 1995) con un “abanico populista” que produjo el resultado institucional inverso al recién descrito.

Es cierto que durante los años de Menem, avalados por los contundentes resultados electorales, la persistente representatividad social del “movimiento” y la relativa tolerancia de los principales líderes, muchos peronistas, sobre todo pero no únicamente los reacios a sumarse de modo militante a las políticas del menemismo, siguieron haciendo el juego del “abanico populista”. Nacionalistas de variado pelaje, sindicalistas más o menos afectados por las reformas, militantes barriales e incluso funcionarios nostálgicos de las virtudes del “peronismo histórico” y toda una amplia gama de dirigentes y grupos justificaron en términos del populismo clásico -que aludían a la no menos clásica “amplitud del movimiento”-, su permanencia en el PJ, a la espera de que les llegara la hora para llevar a la práctica la propia interpretación del “ser peronista”. El relativo fracaso de las “opciones de salida” alentó la adopción de esta postura. Tanto los opositores a las reformas que abandonaron el partido entre 1990 y 1991 (y que convergerían en el Frente Grande) como los que siguieron a José Octavio Bordón en 1995 para oponerse a la reelección de Menem, encontraron serías dificultades para producir desprendimientos en la base socio-organizativa y el electorado peronista, al menos de dimensiones comparables a los que había logrado la “renovación peronista” a mediados de los ochenta (si el FG y Bordón lograron cierto impacto electoral fue porque recibieron otros apoyos, y no por representar al “peronismo verdadero”, según la elocuente expresión de Altamirano, 1992; véase Novaro y Palermo, 1998). Paradójicamente, esta contundente evidencia del grado de institucionalización partidaria alcanzado por el peronismo y de los claros límites dentro de los cuales se movía, en un campo político que no lograba abarcar, alentaron en vez de desalentar los comportamientos y el imaginario movimientistas dentro del partido. Además, la oposición interna a Menem recurrió insistentemente a este imaginario y esas actitudes en tanto señas de identidad y banderas del rechazo militante al neoliberalismo y el disciplinamiento impuestos “desde arriba” por el menemismo. Es posible afirmar, por lo tanto, que aunque la oposición interna, especialmente la encabezada por Duhalde, hizo de esta reivindicación del movimiento y de sus tradiciones históricas el fundamento de sus posiciones políticas, ellas no explican su desarrollo, que obedeció fundamentalmente a una lógica de competencia intrapartidaria. Durante la primera gestión de Menem esta discordancia entre condiciones estructurales e imaginario y expectativas permaneció latente, pero el conflicto por la sucesión presidencial que enfrentó a partir de 1995 a los dos líderes la tornó crítica, y generó una evidencia pública e indisimulable de la nueva situación partidaria que contradecía el espíritu de los disidentes. Veamos cómo este conflicto, tanto por su desarrollo como por las opciones frente a las que colocó a sus protagonistas, explicitó, por un lado, el acotamiento político y simbólico a que fue forzado a adecuarse el peronismo tras ser organizado dentro de la forma partido; y por otro, la eficacia de la oposición interpartidaria, especialmente la de centroizquierda, para evitar el desplazamiento competitivo de una de las facciones peronistas en pugna dentro de su espacio político, con lo que se reforzó aun más la lógica partidista de los alineamientos y la competencia.

            A fines de 1995 Duhalde proclamó su intención de ser candidato a presidente por el justicialismo en 1999. En ese momento la imagen de Menem decaía en forma sostenida, porque se había agudizado la crítica percepción colectiva del desempeño gubernamental en dos terrenos: los problemas sociales generados por las reformas de mercado (desocupación, aumento de la pobreza y la exclusión, inseguridad, etc.), y los vinculados al abuso de poder (la corrupción, la connivencia con mafias, el avasallamiento de la ley por los gobernantes). Duhalde debió profundizar en lo sucesivo una estrategia que ya había venido cultivando desde años antes: construir un poder interno en el PJ diferenciándose lo más posible del presidente y sus políticas de gobierno. De este modo buscó reemplazar a la oposición interpartidaria en la crítica a los costos sociales de las políticas neoliberales y en la adhesión fervorosa a políticas redistributivas y desarrollistas. Puede decirse que tuvo un relativo éxito inicial en este cometido, porque mientras Menem recibía apenas un 15 % de adhesión de la opinión pública desde mediados de 1996, el gobernador retuvo entre un 35 y un 50% de respaldo en su provincia y más del 20% de intención de voto a presidente. Además, logró extender su influencia en el partido, apuntando a conformar una nueva mayoría interna: reunió a muchos de los sectores disconformes con el gobierno nacional, consolidó su control del PJ bonaerense, y conformó de este modo un polo predominante en el bloque de diputados nacionales (mayoritario en la Cámara y absolutamente esencial para regular la modificación y aprobación de los proyectos de ley del Ejecutivo) y en el congreso nacional partidario.

            Pero no tardaron en surgir obstáculos a esa diferenciación. En primer lugar, surgieron dificultades por las limitaciones que imponían la situación económica y los compromisos asumidos por el partido en la coalición de gobierno. Contra los deseos del gobernador, no era mucho lo que podía ofrecer en oposición a las orientaciones menemistas sin poner en riesgo o enajenarse la bandera imprescindible para reivindicar la eficacia gubernativa del peronismo, la estabilidad económica. Y algo no muy distinto sucedía en relación con la coalición de apoyo trabajosamente armada por Menem. El establishment empresario no tardó en reclamar a Duhalde definiciones más claras respecto de si estaba a favor o en contra de las reformas y del programa en marcha. En el duhaldismo se especulaba con la posibilidad de conformar una coalición alternativa a la menemista, con una presencia sustancialmente mayor de los sindicatos, los pequeños y medianos empresarios, etc. Pero el gobernador advirtió que ello no estaba libre de los riesgos recién aludidos y tenía pocas probabilidades de madurar. La opción que le quedaba entonces era renegociar los términos en que cada sector participaba de la coalición existente. Mas encontró que para tener éxito en esa tarea necesitaba el aval del partido; es decir, su reconocimiento como candidato oficial. Y Menem creó todos los obstáculos posibles para abortar esa posibilidad: promovió su re-reelección y a otras figuras (Ramón Ortega y Carlos Reutemann) y utilizó el poder y los recursos del gobierno nacional para evitar el alineamiento de los gobernadores, los sindicatos y otros factores de poder interno con su adversario. Al menos hasta mediados de 1998 se había salido con la suya[16].

            En segundo lugar, a pesar del éxito relativo que Duhalde alcanzó en su diferenciación dentro del PJ, ello no le bastó para ocupar el rol de oposición en el escenario político nacional. En este terreno las dificultades fueron aún mayores porque el duhaldismo no fue capaz de crear credibilidad en los aspectos en que era más fuertemente criticado el gobierno nacional y el liderazgo de Menem: la manipulación de la Justicia, la concentración de poder en el Ejecutivo, la corrupción y la vinculación con negocios mafiosos. A raíz de ello, el peronismo no consiguió extraer de su seno la pieza del abanico necesaria para neutralizar a la oposición más dinámica, la de centroizquierda, e incluso perdió la capacidad que había demostrado hasta 1995 para acorralar al radicalismo. Dado que conservaba parte de su reputación populista, podía ser más o menos creíble en el terreno de las compensaciones sociales a las reformas: la promesa de que después de Menem, o incluso en algún momento de su gestión, se abriría la “etapa social” fue un argumento que circuló en forma reiterada, y con cierto éxito, tanto para contener a los descontentos del partido, como para atender la demanda en este sentido del electorado. Pero no sucedía lo mismo con la “cuestión republicana”: las demandas de honestidad, transparencia, control de la arbitrariedad de los funcionarios, seguridad personal y Justicia independiente quedaban fuera del alcance del PJ. Fue esto lo que limitó más claramente su posibilidad de ser gobierno y oposición al mismo tiempo[17].

            La conclusión que cabe extraer de esta situación es que, si bien la coalición y la política populistas siguen teniendo potencialidades para articular la diversidad en el PJ, su transformación en estos años en un “partido de gobierno” ha implicado el acotamiento de esa virtud populista a los marcos de la competencia intra e interpartidaria. Ello implica una mayor rigidez y un menor grado de apertura para expresar corrientes heterogéneas de pensamiento y acción, proporcionales a los mayores compromisos con una orientación de políticas públicas y con los resultados de una gestión, que son difíciles de disimular. En resumidas cuentas, por el mismo motivo que el PJ no puede abarcar todas las ofertas en la competencia con otros partidos, es tributario del éxito y dependiente de los compromisos y deudas contraidas en la gestión de gobierno. Eso no significa que la presencia de una corriente interna en el PJ no tenga relevancia para la dinámica del sistema político, sino que ésta consiste en que fortalece la competencia partidaria y la lealtad con las reglas institucionales, en vez de debilitarlas como sucedía en el movimientismo, al ofrecer una alternativa de recambio. Veremos cómo este rol se verificó en el conflicto por la re-reelección, en 1998 y 1999.

            El desarrollo experimentado por la oposición en los últimos años refleja y refuerza los límites que encuentra el peronismo para abarcar todo el campo político. Éste es, en especial, el caso de la coalición de centroizquierda formada entre 1991 y 1993, el Frente Grande, luego integrado en el Frente del País Solidario (Frepaso). La posibilidad efectiva del desarrollo de una alternativa progresista autónoma del peronismo resulta ser, en este sentido, otra de las secuelas no esperadas de la estrategia de reformas estructurales y de la transformación del peronismo que llevó a cabo Carlos Menem. Digamos en relación a ello, además, que al éxito relativo del proceso de adaptación del peronismo no fue ajena cierta pérdida de la capacidad expresiva y de la lealtad de sus bases electorales, que a mediano plazo comienza a tener efectos relevantes en la competencia interpartidaria. Ya que el proceso de institucionalización partidario y la reorientación programática no elimina pero sí acota los márgenes de acción del populismo peronista, se crean condiciones más favorables para que otras fuerzas políticas interpelen y atraigan a sectores del electorado anteriormente cautivos del justicialismo.

            La oposición también se vio favorecida por cambios estructurales que se verificaron en la política argentina desde principios de esta década. Una vez lograda cierta estabilidad institucional y macroeconómica (superados los conatos de golpe que se sucedieron entre 1987 y 1990 y la hiperinflación de 1989-1990), y relegados los sindicatos a un rol subordinado, mejoraron las condiciones para una sólida y dinámica competencia intra e interpartidaria. Que ya no está sujeta, como antaño, a la alternativa de moderarse para evitar su impugnación por “desestabilizar” el sistema o favorecer a quienes pretenden hacerlo, con lo que se volvía irrelevante (como fue el caso en los primeros años de Alfonsín y de Menem), o bien intentar canalizar luchas corporativas y demandas de imposible satisfacción, con lo que tendía a tornarse antagónica e irresponsable (como sucedió en los últimos tiempos de Alfonsín). La formación de una opinión pública cuyo comportamiento electoral no está predeterminado por identidades y lazos de pertenencia partidarios, rasgo que también se refuerza en los noventa, colabora en este mismo sentido, e incentiva la competencia interpartidaria, pues en ella se definen ahora efectivamente los consensos y la distribución del poder político.

En una perspectiva opuesta a ésta se ha afirmado que, a medida que las instituciones democráticas se consolidan, y más aún a partir de 1991, cuando se logra la estabilidad macroeconómica, las diferencias entre los partidos tienden a disolverse y se impone un "consenso difuso" (Cheresky, 1995) de naturaleza tecnocrática, en la sociedad y en la dirigencia política, que hace que la lucha entre partidos pierda la potencia discriminante de otrora. Aun admitiendo el peligro de despolitización, que afecta en verdad a todas las democracias contemporáneas, no puede ignorarse que en el caso argentino la estabilidad económica e institucional hace posible la competencia entre alternativas políticas que poseen, todas ellas, cierta viabilidad, algo que no sucedía con muchas de las alternativas en pugna en el pasado. En consecuencia, si bien ahora los partidos compiten dentro de un marco de restricciones que limita el menú de cursos de acción posibles; comparten una serie de premisas de política macroeconómica, internacional y de otro tipo; y se ven obligados a suavizar hasta cierto punto sus diferencias para captar un electorado independiente, centrista o moderado que resulta decisivo para imponerse al adversario, la productividad en términos de alternativas de políticas públicas que posee esta competencia electoral puede ser tan o más significativa que la que existió cuando se enfrentaban fuerzas políticas marcadamente antagónicas. Esta posibilidad comienza a hacerse más visible sobre todo en los últimos años, a medida que tiende a desactivarse el discurso tecnocrático que impuso el gobierno de Menem para identificar sus políticas y su gobierno con la preservación del orden social y político en cuanto tal, en el que ciertamente la amenaza de la despolitización era tangible.

            Como ya vimos, la UCR sufrió una fuerte crisis durante la primera presidencia de Menem. Ella estuvo motivada por el descrédito en que cayó Alfonsín hacia el final de su gestión, la responsabilidad que se le atribuyó por la hiperinflación y, sobre todo, las dificultades que encontraron los radicales a partir de 1989 para adoptar una posición unificada y consistente de oposición (Palermo y Novaro, 1996). Menem estaba instrumentando las reformas que había propuesto aplicar Alfonsín en los últimos años de su gobierno y, con más entusiasmo, el candidato radical para sucederlo, Eduardo Angeloz. Aun admitiendo que el menemismo lo hacía con niveles de discrecionalidad, corrupción e indiferencia ante la concentración de la economía bastante más elevados que los esperables de los radicales, eran poco creíbles las críticas furibundas que dirigían los alfonsinistas al plan de gobierno, mientras el sector angelocista y los gobernadores del partido expresaban su beneplácito y negociaban abierta o solapadamente apoyos por recursos con el Ejecutivo nacional. Estas diferencias y las derrotas electorales de 1991 y 1993 provocaron la autonomización de los caudillos locales de la UCR. Los gobernadores de Córdoba, Catamarca, Chubut y Río Negro, y los intendentes municipales (en estos años la UCR retuvo varios cientos de municipios, incluidos los de muchas capitales de provincia) preferían limitarse a la política local y desentenderse de los asuntos nacionales, pues eso les permitía reunir apoyos en sus distritos que no tenían un correlato para el partido a nivel nacional, y a la vez les evitaba enemistarse con el presidente o con los gobernadores peronistas, de quienes requerían sostén financiero.

            Esta situación alcanzó una gravedad extrema cuando los gobernadores y otros líderes locales del radicalismo manifestaron su conformidad con el proyecto oficial de reformar la Constitución para habilitar la reelección de Menem, a fines de 1993. El peligro de una fractura tal vez irreversible que podría resultar de ello fue una de las motivaciones de la decisión de Alfonsín de firmar el Pacto de Olivos en el que se acordó la reelección, decisión que condujo a una más profunda caída electoral y a la fuga de votos y dirigentes hacia el Frente Grande en las elecciones de convencionales constituyentes de abril de 1994 y hacia el Frepaso en las presidenciales del año siguiente. De todos modos, eso no impidió a la UCR continuar con relativo éxito sus estrategias distritales. En 1995 retuvo sus cuatro gobernaciones y sumó la del Chaco, en alianza con el Frepaso, y se impuso en las elecciones para jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires en 1996. Además, a fines de 1995 renovó su conducción nacional y emergieron de su seno dos figuras presidenciables (el nuevo presidente del partido, Rodolfo Terragno, y quien sería jefe del gobierno porteño, Fernando de la Rúa), aventándose el fantasma de la fragmentación. La crisis y las derrotas electorales de principios de los noventa, y la recomposición posterior estimularon la revisión de posiciones y estrategias, como el rechazo a las reformas estructurales de parte de sus sectores más progresistas, y la de negarse a integrar alianzas electorales, sin que se generaran conflictos graves: las rebeldías ante el acuerdo concertado en agosto de 1997 con los frepasistas para formar la “Alianza por el Trabajo, la Justicia y la Educación” fueron pocas y consistieron tan sólo en abstenciones distritales de acompañarla. Abstenciones que con el paso del tiempo se irían revisando.

            En cuanto al frente de centroizquierda, es el resultado, como recién dijimos, de la convergencia de grupos disidentes del peronismo y el radicalismo que abandonaron esos partidos entre 1991 y 1994, la Unidad Socialista y otros grupos menores de izquierda (el Partido Intransigente y sectores del Partido Comunista), la Democracia Cristiana y una amplia gama de dirigentes y militantes provenientes de los sindicatos y del movimiento de derechos humanos. Se trata de una fuerza con escaso desarrollo organizativo y presencia desigual en el territorio[18], que fundó su rápido crecimiento electoral en el prestigio de un puñado de dirigentes (principalmente Carlos “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide) cuya principal virtud es una gran eficacia comunicacional. Tanto en la campaña a convencionales constituyentes de 1994 como en la presidencial de 1995 la receptividad de los medios de comunicación y, a través de ellos, de un sector de la opinión pública, al discurso opositor de esos dirigentes fue decisiva para su éxito en las urnas. A ello colaboró también la fuerte demanda de una oposición progresista y republicana en momentos en que la UCR parecía no estar en condiciones de cumplir con un mínimo de eficacia ese rol.

            La aparición de esta tercera fuerza ha tenido una influencia notable sobre el sistema de partidos y en especial sobre la competencia interpartidaria en los últimos años. En primer lugar ha forzado la renovación de planteles dirigentes y la revisión de políticas y estrategias de las fuerzas tradicionales, en especial del radicalismo. En segundo lugar, ha contribuido a contener los desbordes del oficialismo posibilitando a los ciudadanos un efectivo ejercicio del voto castigo y ejerciendo el control del poder a través del debate en los medios de comunicación, del recurso a la Justicia (los dos canales en que demostró mayor destreza y mejores resultados) y de los mecanismos parlamentarios. También ha favorecido la inclusión en la agenda pública, hasta mediados de los noventa obsesivamente focalizada en el problema de la estabilidad macroeconómica, de temas eminentemente políticos, institucionales y sociales (calidad de las políticas públicas, nuevos problemas de regulación, control republicano del poder, lucha contra la corrupción, independencia de la Justicia, protección de derechos, combate de la desocupación y la marginalidad social, etc.). Por último, abre la puerta a la formación de una amplia coalición opositora y, por tanto, a un juego más abierto de competencia y colaboración entre partidos. Es de destacar que la colaboración parlamentaria entre radicales y frepasistas se inició ya a fines de 1995, motivada tanto por la común oposición a aspectos sustanciales de las políticas económicas y sociales y a las prácticas institucionales del PJ, como por la convicción también compartida de que no podrían separadamente disputarle con éxito la presidencia. Se selló un pacto entre las bancadas de ambas fuerzas que permitió adoptar posiciones comunes en cuestiones relevantes como las políticas de empleo, la emergencia financiera postequila y los presupuestos nacionales, entre otras. La formación de la Alianza consolidó este camino de colaboración y significó, a partir de la victoria sobre el PJ en las parlamentarias de octubre de 1997 por primera vez en diez años, un cambio radical en el escenario político.

            Contra estos “efectos benéficos” se ha argumentado que una tercera fuerza que basó su crecimiento inicial principalmente en disputarle electores al radicalismo, fragmenta la oposición y favorece indirectamente la consolidación del PJ como partido hegemónico (Adrogué, 1995). Pero este argumento no contempla el hecho de que las dificultades que enfrentaba la UCR en 1994 y 1995 no eran resultado sino causa (aunque no la única) de la expansión del Frepaso. E ignora que ya en las elecciones de 1995 el PJ pierde el apoyo de algunos sectores a manos de este frente (véase, al respecto, Gervasoni, 1998).

            Admitamos, de todos modos, que las fuerzas opositoras enfrentan dificultades para disputar el poder al peronismo a nivel nacional. Las del radicalismo provienen de la dimensión del salto que debe dar un líder distrital, incluso el de un distrito importante como lo son Córdoba o la Capital Federal, para transformarse en una figura presidenciable con posibilidades, cuando se carece de un partido dinámico y unificado a nivel nacional. Las que enfrenta el Frepaso obedecen a la distancia existente entre contar con figuras con buena imagen pública y la adquisición de toda otra gama de recursos políticos, técnicos y organizativos, necesarios para ejercer el gobierno. Puede decirse, con todo, que desde la formación de la Alianza y el triunfo en las elecciones de 1997 la oposición está en mejores condiciones para afrontar estas dificultades. En cuanto a la UCR, parece dejar atrás una década de frustración y desánimo. En las internas abiertas realizadas en noviembre de 1998 para dirimir la fórmula presidencial aliancista el candidato radical, de la Rúa, se impuso por un amplio margen sobre la frepasista Fernández Meijide. Y ello le permitió legitimar plebiscitariamente su liderazgo de cara a su partido y al electorado que respalda en todo el país a la coalición, fortaleciendo su carrera presidencial. En lo que respecta al Frepaso, la participación en la Alianza le ha proporcionado un reconocimiento político fundamental para su consolidación. Que se mide en bienes simbólicos para aventar las sospechas de que es un flash party, el “partido de los medios” y una fuerza sin vocación ni posibilidades de gobernar; y en espacios políticos concretos, como son la candidatura a vicepresidente, a la gobernación de tres distritos importantes (ciudad y provincia de Buenos Aires y Neuquén) y numerosas bancas parlamentarias. Algo que debería poder aprovechar para hacerse de todos los recursos que hasta hoy no ha logrado desarrollar.

            La eficacia de esta oposición para ponerle límites al oficialismo se ha verificado recientemente en el proceso de instrumentación de dos de las innovaciones constitucionales de 1994, la autonomía de la ciudad de Buenos Aires y la formación del Consejo de la Magistratura. En ambos casos el oficialismo buscó devaluar el potencial de descentralización y reequilibrio que contenían los artículos reformados, pero no logró su cometido. En el primer caso el gobierno utilizó su mayoría parlamentaria para limitar al máximo las atribuciones del nuevo estado autónomo, pero los magros resultados obtenidos por el PJ en el distrito (en 1996 y 1997 cayó por debajo del 20% en los comicios porteños para convencionales, jefe de gobierno y legisladores), más los consensos alcanzados por la oposición en la Convención Estatuyente redundaron en la parcial frustración de su estrategia. Con respecto al Consejo de la Magistratura, lo que limitó las aspiraciones hegemonistas del oficialismo (pretendía que la mayoría del Senado y el Ejecutivo controlaran el nuevo organismo) fue la formación de un consenso muy amplio en contrario en el que confluyeron la oposición, las colegiaturas de abogados, jueces y fiscales, e incluso algunos sectores del PJ. Si bien el diseño resultante del Consejo no satisface todos los requisitos de autonomía y probidad como debiera, supone límites al intento de sujetarlo a la mayoría gubernamental.

En suma, la oposición ha alcanzado niveles de competitividad muy superiores a los de la primera presidencia de Menem o de otros gobiernos peronistas, cuando efectivamente padeció la fragmentación y el inmovilismo. Las dificultades que enfrenta, que no son pocas, pueden compensarse con las ventajas que ofrece el contexto de estabilidad a una competencia más abierta y a la formación de una coalición alternativa que actúe sobre los cuestionamientos y aproveche los desprendimientos que sufre la oficialista tras 10 años en el poder. Precisamente son estos desprendimientos los que nos hablan de un creciente problema de fragmentación en la coalición forjada por Menem con los sectores conservadores y empresarios: ella ha tendido a debilitarse a partir de que dos de sus ex ministros, Gustavo Béliz primero, en la ciudad de Buenos Aires, y Domingo Cavallo después, a nivel nacional, crearon sus propias fuerzas políticas con las que están logrando atraerse parte del voto de centro-derecha que anteriormente se volcaba hacia el oficialismo.

            En la misma línea que Adrogué, Mark Jones ha dicho que la tendencia al multipartidismo “de continuar, afectará el funcionamiento futuro del sistema democrático de nuestro país”, y que “la mayor amenaza institucional para el adecuado funcionamiento del sistema democrático es la declinación del bipartidismo”[19]. Su argumento es que los presidentes necesitan mayorías legislativas para poder gobernar y de existir más de dos partidos los jefes de Estado tendrán dificultades para obtenerlas. Es obvio que mientras más partidos tengan representación parlamentaria menos diputados tendrá cada partido y será más difícil que uno alcance la mayoría absoluta. Ahora, concluir de ello que el “resultado serán crecientes dificultades en la gobernabilidad y una mayor probabilidad de inestabilidad política y económica” es excesivo. Más que el número de partidos lo que cuenta es su capacidad efectiva de formar y sostener mayorías, y esto depende de su cohesión detrás de líderes y programas y su disposición a entrar en coaliciones. Por cierto una excesiva fragmentación puede ser un problema, pero lo es también un bipartidismo de fuerzas indisciplinadas, irresponsables hacia sus líderes y las instituciones, antagónicas entre sí e incapaces de llegar a acuerdos. Finalmente, es la obtención y conservación de apoyos parlamentarios a sus políticas lo que permite a un presidente gobernar, sea con un partido o con una coalición de partidos[20].

Jones desconoce el hecho de que ya antes de la aparición del Frepaso el así llamado “sistema bipartidista” estaba en dificultades, y que esas dificultades se agudizaron por la profunda crisis de gobernabilidad que puso fin a la gestión de Alfonsín y por la vocación hegemónica demostrada por el gobierno de Menem. Resulta muy difícil sostener el argumento de que habría existido entre 1983 y 1995 un sistema bipartidista eficaz y sólido que entró en crisis por la emergencia de un tercer partido. Incluso sería posible discutir que en algún momento haya funcionado tal “sistema bipartidista”. El tema del bipartidismo tuvo su auge entre 1987 y 1988, en medio del proceso de recuperación del peronismo impulsado por la “renovación”. Se describía en esos términos el sistema de partidos que se estaba conformando en virtud de la polarización de las tendencias electorales y la ausencia de un tercer partido con posibilidades de acceder al poder (Catterberg, 1989). Sin embargo, diez años después podemos decir que, a la luz de las fuertes crisis que experimentaron los dos partidos tradicionales (primero el PJ y después la UCR) desde el inicio de la transición democrática, la ausencia de antecedentes históricos de un juego de competencia y alternancia entre ellos, y el hecho de que ese juego aparentemente tiende a equilibrarse sólo a partir de que surge una tercera fuerza nacional competitiva con ellos, se vuelve necesario revisar aquella caracterización. Entre 1983 y 1995 existió más bien en Argentina un sistema de partidos en tránsito, no consolidado, que tiende justamente a consolidarse, no a debilitarse, en forma simultánea a la emergencia de esa tercera fuerza que los partidos históricos no pueden absorber. Gracias a ella es más probable que se establezca un juego de competencia bipolar entre coaliciones y se verifique la alternancia en el poder, condición básica de todo régimen democrático que, hasta la formación de la Alianza, aparecía bloqueada.

            También en este caso, como vemos, la Alianza da por tierra con el argumento “pesimista”. Queda en evidencia que lo que cuenta es, finalmente, la disposición de los partidos a colaborar y entrar en coaliciones. Es cierto que, en caso de triunfar en las elecciones de octubre de 1999, ella se encontrará con una situación de “gobierno dividido” (el PJ retendrá la mayoría en el Senado al menos hasta el 2001), algo que, en los ochenta, le creó serias dificultades a Alfonsín. Dificultades que Menem no tuvo, o tuvo en menor medida, porque gozó de mayorías o cuasi mayorías en las Cámaras durante sus dos períodos. Sin embargo, los cambios ocurridos en el país desde entonces (en particular la moderación de los antagonismos, la mayor responsabilización de los actores políticos ante la opinión pública, y la consolidación de la lógica de partidos por sobre la de los movimientos) alientan a esperar que operen en el Parlamento y demás ámbitos institucionales cuotas mayores de cohesión y responsabilidad partidarias (mayores incluso a las conocidas durante los noventa, que como vimos estuvieron marcados por las fracturas internas a los partidos), e incentivos para que oficialismo y oposición negocien las leyes y las medidas que el Ejecutivo reclame, así como riesgos, electorales sobre todo, para quien intente practicar una oposición salvaje como la que enfrentó aquel presidente radical. El gobierno dividido supone problemas particulares, sin duda, pero no existen motivos para sostener, a priori, que en nuestro caso ellos serían mayores que los que se observan en otros países de la región (como Uruguay), o incluso en Estados Unidos, donde desde hace décadas que la mayor parte de los presidentes han debido acomodarse a tal situación.

 

4. ¿Moderación del presidencialismo?

 

El régimen político argentino se enfrenta a lo que puede ser un doble test decisivo respecto de su solidez: la posible alternancia en el poder desde el peronismo a un presidente de otro signo y la sucesión en el liderazgo peronista. Si bien el cambio de manos de la presidencia registrado en 1989 implicó un paso significativo hacia la consolidación democrática, más aún considerando que en la historia de este siglo nunca se había producido un hecho comparable, el problema de la alternancia permanece aun en parte irresuelto (Cheresky, 1990). En primer lugar porque la transferencia fue irregular (se adelantó el traspaso del mando a raíz de la crisis hiperinflacionaria) en gran medida, precisamente, por la incertidumbre que generó el mismo cambio de gobierno. En segundo lugar, porque no se satisface aún el test democrático que adeuda el peronismo: su disposición a competir con otros partidos en pie de igualdad, aceptar desde el poder una derrota en una elección presidencial y abandonar el gobierno sin que ello afecte la estabilidad institucional. Y lo mismo cabe decir de la sucesión del liderazgo dentro del propio partido: un líder peronista debe aún demostrar que puede aceptar su reemplazo. Es que jamás hasta ahora un presidente peronista en ejercicio entregó el poder partidario a otro líder o el gobierno a otro presidente elegido democráticamente, peronista o de otra fuerza política (Perón fue reelegido en 1951 y murió estando al frente del partido y del gobierno, y Menem logró su reelección en 1995).

            No es menor, por lo tanto, el desafío que vienen enfrentando las instituciones y los actores políticos argentinos en los últimos dos años: deben procesar los conflictos que supone para el actual presidente (y también para su entorno más inmediato) resignarse a abandonar el poder, tanto en manos de un sucesor peronista, como sería en el caso de que Duhalde se impusiera en las presidenciales de 1999, como en las del de otro partido. Y es natural que una fuerza como el peronismo, vertebrada desde la cúspide del gobierno nacional, que se mantiene unida y activa en buena medida desde el Estado, encuentre que la sucesión de su líder y más aún la alternancia en el poder significan un fuerte desafío. A pesar de ello, desmintiendo una vez más a los pesimistas, está resolviendo este trance en mejores términos que lo esperado. Sin duda ha actuado como un elemento facilitador la experiencia de 1983 a 1989, que probó que el peronismo puede sobrevivir fuera del gobierno, en el marco de un régimen constitucional. Esta experiencia histórica con que cuenta la dirigencia del PJ, que no posee, por caso, el PRI (para el cual la alternancia sería el fin de su condición absolutamente esencial de “partido-Estado”) genera una disposición a procesar sin desesperación y pacíficamente esta prueba. Además debe tenerse en cuenta la institucionalización partidaria del peronismo ocurrida en los últimos años: ella ha sido decisiva para moderar los conflictos internos y frenar desbordes institucionales, al condicionar la lealtad de los dirigentes hacia los líderes en pugna, en función de apuestas estratégicas de largo aliento y cálculos prudenciales de los costos que podrían acarrear una excesiva personalización y el avasallamiento de las reglas compartidas. El desenlace de la puja entre Menem y Duhalde es elocuente en este sentido y merece, por tanto, una consideración detenida. Aunque aclaremos desde ya que él no responde sólo a la lógica partidista que se impone en la vida interna del peronismo y al mayor constreñimiento institucional a ella asociado, sino también al contundente rechazo de la ciudadanía y de la oposición a los arrebatos anticonstitucionales del presidente.

            La derrota sufrida por Duhalde en su distrito a manos de la Alianza en las elecciones de octubre de 1997 alentó al sector menemista del peronismo a lanzarse abiertamente a la búsqueda de una nueva reelección del presidente. Con el argumento de que sólo Menem podía enfrentar a la Alianza y evitar la, de otro modo, segura derrota, se apostaba a que el peronismo se volviera a encolumnar detrás de su jefe para hacer realidad sus sueños. Duhalde, como dijimos, venía consolidando su carrera presidencial en un firme control del PJ bonaerense, que se extendía a la bancada de diputados nacionales, al congreso nacional partidario e incluso a la mesa ejecutiva del PJ. Y aunque Menem usó hábilmente la “liga de gobernadores peronistas” (a través del manejo de los aportes del tesoro nacional a las provincias, entre otros medios) como un arma de contención contra la extensión del poder de Duhalde a todo el país, evitando que se convirtiera, en forma anticipada y autónoma, en su sucesor natural y automático, no había podido frenar su crecimiento ni los acuerdos que alcanzó con varios de sus pares y con una parte importante del sindicalismo peronista. Como sea, Duhalde vio que, en los días que siguieron a la fatídica elección de 1997, el poder interno que había construido pacientemente en los años anteriores se disolvía como arena entre sus dedos cuando sus aliados e incluso algunos de sus más cercanos colaboradores (v.g. Alberto Pierri, presidente de la Cámara Baja, Antonio Cafiero, Fernando Galmarini, etc.), se pasaban con armas y bagajes al bando reeleccionista.

Aunque tampoco éste las tenía todas consigo. Debía remover una expresa prohibición constitucional (establecida por la convención de 1994) a la aspiración de Menem, y las encuestas no alentaban a los peronistas a ser mucho más optimistas con éste como candidato que con Duhalde, o con algún otro[21]. De todos modos, se buscó el aval al proyecto entre los grupos empresarios y en las embajadas, y se incentivó a los dirigentes partidarios y sindicales a manifestar activamente su apoyo. Para remover lo que llamaban los “obstáculos constitucionales”, dado que una nueva reforma era prácticamente imposible, se buscaría que la mayoría oficialista de la Corte Suprema declarara inconstitucional la cláusula transitoria novena (que se refería a la cuestión). Con vistas a lo cual dirigentes menemistas de distintas provincias presentaron recursos judiciales contra “la proscripción del presidente”. Finalmente Menem se propuso recuperar el control de la mesa ejecutiva y del congreso nacional del partido, para lograr que esos órganos lo proclamaran, lo que actuaría como una contundente demostración de fuerza de cara a la resolución judicial del asunto.

            Lo cierto es que en ninguno de estos terrenos el gobierno logró hacer que las cosas se acomodaran a sus deseos, y el rompecabezas se transformó en una acumulación de dificultades y conflictos. La Alianza se pronunció en contra de cualquier intento de manipular la Constitución, respaldada por sondeos de opinión que mostraron, desde el año anterior y a todo lo largo de 1998, más de un 80% de rechazo a la re-reelección y a la candidatura de Menem. Las opiniones empresarias se dividieron entre los apoyos tibios al presidente (“si la Constitución lo permitiera sería un buen candidato”), el silencio y los rechazos más o menos contundentes, mientras en la embajada norteamericana se optó por una reserva que contenía cierta dosis de preocupación. A diferencia de lo sucedido en 1993 y 1994, cuando el temor a una recaída inflacionaria o al retroceso en el plan de reformas jugaron a favor de Menem, ahora la posibilidad de que Duhalde o un candidato de la Alianza llegara al gobierno no generaba alarma. Pero sí en cambio lo hacía la perspectiva de un conflicto de poderes y una aguda crisis institucional generados por el proyecto reeleccionista. En esta situación, los jueces de la Corte, aun algunos cercanos al menemismo, dudaron de tomar cartas en el asunto. La Alianza amenazaba con iniciar un juicio político a quienes avalaran con su voto un planteo que contradecía la letra y el espíritu de la Constitución, los diputados duhaldistas enviaban señales de que acompañarían ese recurso, y finalmente podría suceder que el presidente desistiera de postularse, aun contando con el aval de la Justicia, dada la escasa adhesión a su figura y la amplia ventaja de la oposición en todas las encuestas. Es necesario destacar, además, que había comenzado a cambiar el ánimo con que muchos miembros del Poder Judicial trataban las causas que involucraban intereses del gobierno (por ejemplo, varias investigaciones sobre casos de corrupción fueron imprevistamente activadas) en vistas del posible triunfo de la Alianza en 1999. Finalmente, los jueces menemistas de la Corte prefirieron esperar a que la batalla por la re-reelección se definiera en la interna del PJ. Y allí las cosas no salieron mejor para Menem.

            Él parecía haber logrado, gracias al ocaso de Duhalde, recuperar el terreno perdido en el plano interno desde 1995, volcando nuevamente en su favor a la gran mayoría de los gobernadores y los sindicalistas, acorralando al jefe bonaerense en su distrito. Incluso la avanzada menemista logró meter cuñas en el hasta entonces monolítico peronismo de esa provincia, por la defección de algunos de los aliados del gobernador. Todo anunciaba el desbande de la huestes de quien había osado desafiar al líder supremo. Pero Duhalde ofreció batalla. En primer lugar, convocó un plebiscito provincial para consultar a los ciudadanos su opinión sobre la re-reelección, con el objetivo de debilitar la estrategia de Menem infligiéndole una aplastante derrota en las urnas. En segundo lugar, se negó a participar de la reunión del congreso nacional del partido (convocada en julio de 1998), donde el presidente esperaba obtener un respaldo contundente a su proyecto. Con ello logró que el congreso fracasara parcialmente. A pesar de las triquiñuelas orquestadas en la acreditación de los congresistas, el menemismo no pudo reunir una mayoría holgada, muy pocos representantes de Buenos Aires se hicieron presentes y para colmo se retiraron los de Santa Fe, instruidos por Reutemann, disconforme con el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Reutemann hizo explícitos en ese momento los temores que compartían cada vez más dirigentes del PJ: el partido podía colapsar a raíz de esta disputa y ya no tendría importancia quién resultara vencedor, porque el resultado de las elecciones de 1999 sería desastroso para todos.

Este congreso partidario fue el momento decisivo de la lucha por la candidatura peronista. Pocos días después Menem anunció que abandonaba sus aspiraciones para 1999 (aunque no las de seguir presidiendo el PJ) y las encuestas mostraron que Duhalde volvía a ser entre los peronistas el favorito para sucederlo. Desde entonces la lucha entre ambos siguió siendo intensa, pero se concentró en torno de la conducción del partido; es decir, se hizo más intrapartidaria. A principios de 1999 hubo un último intento reeleccionista, pero tuvo un alcance más acotado y un resultado aún más desfavorable para Menem: Ramón Ortega, hasta entonces candidato sustituto del menemismo, aceptó ocupar el segundo término en la fórmula duhaldista; y la mayor parte de los gobernadores, incluido Reutemann, tomó distancia de la iniciativa de Menem y declaró, con más o menos entusiasmo, su apoyo a esa dupla.

Cabe pensar que el saldo de este enfrentamiento es ambiguo porque, si bien se evitó la violación de las normas constitucionales que limitan el ejercicio del poder y la ruptura de las reglas partidarias, o la fractura del PJ, ello se logró sobre la base de recursos plebiscitarios (en concreto, la amenaza del plebiscito bonaerense) y en la puja interna del propio partido oficial. Si la Alianza hubiera sido más efectiva para movilizar el rechazo de la opinión pública al proyecto presidencial o, sobre todo, si éste se hubiera frustrado por la intervención de los mecanismos y reaseguros institucionales correspondientes, seguramente se podría afirmar sin ninguna duda que el sistema había sorteado airoso la más exigente prueba de su solidez. Ello no fue lo que sucedió, en parte porque los mecanismos institucionales demostraron no ser suficientes, y ni siquiera muy confiables (al menos en lo que toca a la Corte Suprema), y en parte porque el ánimo ciudadano expresó más que una adhesión incondicional a las normas, disponible para ser movilizada en caso de necesidad, el rechazo circunstancial a la figura de Menem. Con todo, puede decirse que esta experiencia significó un importante aprendizaje para los actores involucrados, y puso en el tapete la fuerza de los constreñimientos a los que somete a los líderes la competencia inter e intrapartidaria, en un escenario en cuyo horizonte existe la posibilidad concreta y cercana de la sucesión de los liderazgos en los partidos y de la alternancia de las fuerzas políticas en el poder.

Es cierto también que la oposición interna al presidente recurrió al imaginario populista tradicional (movimientismo antipartidario, concepción mayoritaria y plebiscitaria de la democracia, etc.) y podría interpretarse, por lo tanto, el desenlace del enfrentamiento como una victoria del movimiento sobre el partido, un resurgir de la lógica del “abanico populista” y la validación del principio plebiscitario. Así parece haberlo interpretado el propio Duhalde, que usó su diferenciación de Menem para intentar disputarle el voto opositor a la Alianza. Sin embargo, las posibilidades de que Duhalde pueda “desmenemizar” totalmente al peronismo (aun de llegar a la presidencia) y de que el PJ pueda desdibujar los actuales clivajes y agrupamientos electorales actuando como gobierno y oposición a la vez son escasas. Duhalde recuperó parte del terreno perdido desde 1997, pero no avanzó más allá, y el perfil de sus votantes siguió siendo predominantemente oficialista, no opositor. Una cosa es que la oposición interna que él encabezó haya hecho de la reivindicación de las tradiciones populistas del peronismo y de un programa que se diferencia del plan de reformas menemista el fundamento de su enfrentamiento con el presidente y de su estrategia de campaña, y otra cosa es que ello sea creíble para el electorado, o que esas diferencias expliquen su éxito interno, que obedeció más bien a las orientaciones de la opinión pública y a las condiciones que impuso la lógica de la competencia intrapartidaria y el marco institucional. Cabe decir, por ello, que si bien el resultado del conflicto por el liderazgo peronista favoreció circunstancialmente a los duhaldistas, eso puso en evidencia una situación partidaria e institucional que contradice el espíritu y las expectativas que animan a éstos, y que puede volverse en contra de ellos si los resultados electorales no los favorecen. Pues más que al renacimiento del movimientismo populista asistimos a la consolidación de su forma partidaria, en el marco de un sistema de partidos también crecientemente consolidado.

            En suma, en este trabajo pretendimos mostrar que la vida política e institucional que se abre tras el ciclo menemista, en buena medida gracias a las reformas institucionales y los cambios partidarios que se concretaron en su transcurso, contiene tendencias tanto a la consolidación del presidencialismo como a la moderación del “hiperpresidencialismo”. Ello se evidencia en los límites crecientes a ejercicios decisionistas y personalistas, en un mayor equilibrio y control interinstitucional y en una competencia política más abierta y equilibrada. La perspectiva de la formación de una coalición de gobierno pluripartidista anuncia la posible consolidación de un escenario en que el presidente cumplirá una función central pero no hegemónica. Sea cual sea el resultado de las elecciones presidenciales de octubre de 1999, seguramente el poder político estará más repartido que en los años de Menem. Las fuerzas en el gobierno difícilmente contarán con mayorías amplias en las dos Cámaras, se desdoblarán los liderazgos políticos (las jefaturas partidarias y las principales candidaturas recaen en distintas figuras en las tres principales fuerzas políticas) y el contexto político difícilmente justifique el ejercicio de poderes extraordinarios como sucedió durante los períodos de la transición democrática, en los ochenta, y la emergencia económica, a principios de los noventa. Los líderes “fundacionales” y ejecutivistas darán paso a figuras más asentadas en su capacidad para negociar y para formar y coordinar equipos de gobierno, que basen su legitimidad más en la calidad de la gestión y el trazo fino de las políticas (para lo cual requerirán recursos institucionales adecuados) que en grandes disyuntivas epocales. Es probable, entonces, que el problema principal deje de ser la excesiva personalización y concentración del poder y en su lugar surja con fuerza el desafío de la articulación y la eficacia institucional y la construcción de consensos.

 

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    [1] Versiones preliminares de este trabajo se presentaron a los seminarios “Formas de democracia y tipos de presidencialismo en América Latina”, realizado en Santa Cruz de la Sierra en noviembre de 1998, y “Tipos de presidencialismo y coaliciones políticas en América Latina”, Montevideo, setiembre de 1999, ambos organizados por CLACSO. Agradezco los comentarios de René Antonio Mayorga, Jorge Lanzaro, Alfonso Lujambio y César Tcach.

    [2] Utilizamos la expresión “rule of law” en el sentido que le otorga O´Donnell (1997). No nos referiremos aquí al alcance y eficacia de los controles judiciales, una cuestión que sería de gran importancia para completar el análisis sobre el “rule of law” y los equilibrios entre poderes en el régimen político argentino. Al respecto remitimos a los estudios de Catalina Smulovitz (1995; 1997a; y 1997b).

    [3] Entre su asunción, en julio de 1989 y agosto de 1994, momento en que juró la Constitución reformada, Menem dictó nada menos que 336 decretos de necesidad y urgencia. Comparando esa cifra con los 35 emitidos en todos los gobiernos anteriores se puede tener una idea de la concentración del poder y el desequilibrio institucional que se estaba produciendo. Al respecto véanse Ferreira Rubio y Goretti (1996) y Botana (1995).

    [4] Menem dinamizó al PJ como polea de transmisión de sus instrucciones, distribuyendo premios y castigos entre sus dirigentes de acuerdo con el celo que demostraran en colaborar con sus planes. Agreguemos que en junio de 1993 nada menos que ocho distritos del PJ estaban intervenidos por la conducción nacional del partido: Córdoba, Catamarca, Tucumán, Jujuy, Tierra del Fuego, San Juan, Santiago del Estero y Corrientes.

    [5] Los sondeos de opinión mostraron a lo largo de ese año un 65% de acuerdo con la reforma, y un respaldo algo menor, entre 50 y 60%, a la reelec­ción (Clarín, 30-5-93). Los sectores empresarios, en general favorables a la continuidad de Menem en el poder,  fueron estimulados a pronunciarse en este sentido. La manipulación aludida consistía en aprobar la convocatoria a la reforma con los dos tercios de los legisladores presentes, en vez de los totales, algo que contradecía muy claramente la letra de la Constitución y la práctica legislativa habitual.

    [6] En la reforma de 1994 no se respetó la fórmula canónica del ballotage: en lugar de establecer el piso en el 50% para que el vencedor surja de la primera vuelta, se fijó en 45, o 40 con más de 10% de diferencia con el segundo candidato.

    [7] Cabe reiterar que estos aspectos potencialmente positivos son consecuencia de la necesidad del gobierno de negociar la reforma con la oposición y no estaban entre sus motivaciones iniciales.

    [8]Hasta entonces los decretos y vetos parciales tenían sólo validez consuetudinaria, otorgada por la Corte Suprema sin demasiadas precisiones, y no estaba claro su status constitucional. La reforma los autoriza en determinados asuntos y establece procedimientos parlamentarios para que adquieran valor de ley. De todos modos, estas especificaciones deberían ser más claras. En el artículo 99 se los autoriza únicamente "cuando circunstancias excepcionales hicieran imposible seguir los trámites ordinarios previstos por esta Constitución para la sanción de las leyes, y no se trate de normas que regulen materia penal, tributaria, electoral o el régimen de partidos políticos". En ese marco, los decretos de necesidad y urgencia serán sometidos, dentro de plazos perentorios, a consideración de una Comisión Bicameral Permanente que elevará su despacho a los plenarios de ambas Cámaras. De no ser ratificados los decretos perderían validez automáticamente. En cuanto a la delegación legislativa, en el artículo 76 se prohíbe “salvo en materias determinadas de administración o de emergencia pública, con plazo fijado para su ejercicio y dentro de las bases de la delegación que el Congreso establezca".

    [9] Esta también es una consecuencia no deseada por el gobierno. No pudo impedir que instrumentos profusamente utilizados pero que hasta entonces permanecían en una suerte de limbo extraconstitucional, fueran objeto de tratamiento por los constituyentes. Su ingreso a la esfera de las atribuciones constitucionales del Ejecutivo tiene lugar al precio de aceptar el gobierno ciertas limitaciones que requiere la oposición radical.

    [10] Desde la reforma, como muestran Ferreira Rubio y Goretti (1996), el uso de los decretos decreció notablemente respecto del período inmediato anterior: Menem dictó sólo 12 de estas medidas en 1995 y 1996. Sin embargo, ello no puede atribuirse a un mayor control institucional. De hecho, cuando el presidente resolvió la privatización de los aeropuertos por medio de un decreto, y éste fue objetado judicialmente por la oposición, la Corte Suprema de Justicia emitió una acordada muy cuestionada según la cual “no era atribución de los tribunales opinar sobre la constitucionalidad de actos legiferantes del Ejecutivo”. Dado que el Parlamento aun no los regula, nadie lo hace (véase Cheresky, 1999).

    [11] Tras descentralizar el gasto en educación y salud a las provincias, ordenar los compromisos externos y absorber la mayor parte de la carga previsional, y descontando las partidas de defensa y seguridad, difícilmente ajustables, al Estado Nacional le restaban 5.000 millones de dólares anuales sobre los que hacer un ahorro, con resultados muy acotados.

    [12] Colin Campbell se ha referido extensamente a la importancia que adquirió esta tarea en los países anglosajones para los gobiernos que encararon la “salida” del programa neoliberal de reformas estructurales (Campbell, 1998).

    [13] Sobre la relación entre gobierno y partido en la gestión de las reformas, véase Palermo y Novaro (1996). Sobre este tema, focalizado en la cuestión de las privatizaciones, véase Llanos (1998); sobre la reforma previsional, Alonso (1998); y sobre la reforma laboral, Etchemendy y Palermo (1998).

    [14] Durante estos años las decisiones del PJ se han tomado en las sesiones de una informal pero efectiva “liga de gobernadores peronistas” que Menem convocó más o menos regularmente, en su doble condición de presidente de la nación y del partido, o en el Gabinete Nacional, más que en la mesa ejecutiva, el órgano formal de conducción del Partido Justicialista, cuyo control el menemismo obtuvo en agosto de 1990, pero que se debilitó a partir de 1995 a raíz del enfrentamiento con el sector duhaldista. Volveremos sobre esta cuestión.

    [15] En otras palabras, la elevada estatización del partido de gobierno, junto a la tensión en su seno entre las tendencias a la resistencia y al apoyo a la conducción presidencial, que durante la gestión de Menem se reflejó muy fuertemente en las relaciones entre Ejecutivo nacional, gobernaciones y Parlamento, supone un costo de transacción entre poderes y entre los líderes partidarios, que afecta tanto la transparencia en el manejo de las finanzas públicas (el uso de los cuantiosos fondos reservados y de los Aportes del Tesoro Nacional –ATN- a las provincias son ejemplos de ello), como la consistencia y eficiencia de las políticas de gobierno (por ejemplo, la reforma tributaria y la modernización de la administración pública).

    [16] En esta actitud de Menem podía verse tanto el intento de obtener el apoyo del partido para habilitar una nueva reelección, como el de evitar el vaciamiento prematuro del poder presidencial por la sucesión del liderazgo (síndrome de lame duck).

    [17] El magro resultado de los esfuerzos de Duhalde durante la campaña de 1997 para explotar en su favor la exigencia pública de justicia en el caso del asesinato del periodista José Luis Cabezas es un ejemplo claro de esta dificultad para ocupar el espacio de la oposición: la agitación electoralista del tema implicó un alto costo para el oficialismo en su conjunto, y no le redituó ventajas en su intento de profundizar sus diferencias con el menemismo. También debe anotarse que desde la “expulsión” de Domingo Cavallo del gobierno, las denuncias de corrupción y de complicidades mafiosas se habían generalizado, y el peronismo en su conjunto se encontraba a la defensiva en ese terreno. En suma, desde el PJ se hacía cada vez más difícil intentar abarcar una “oposición republicana” con el abanico populista. Los datos de una encuesta de MORI realizada en la provincia de Buenos Aires en setiembre de 1997 son elocuentes respecto de la dificultad que encontraba Duhalde: su gestión recibía un 54% de apoyo en el terreno de las obras públicas, un 42% en salud y un 37% en asistencia social, pero sólo el 11% en seguridad, prevención del delito y justicia.

    [18] Tanto en 1994 como en 1995 el frente de centroizquierda obtuvo resultados muy desiguales según los distritos: se impuso en Capital Federal, ocupó el segundo lugar en dos provincias importantes como Buenos Aires y Santa Fe, pero quedó relegado a un lejano tercer lugar en la mayor parte de los distritos del interior.

    [19] Va incluso más allá al decir que “el fracaso de la Asamblea Constituyente (de 1994) en adoptar medidas concretas para contrarrestar la actual declinación del sistema bipartidista representa una notable falla en una, por otra parte, positiva reforma” (lamentando que no se estableció el sistema mayoritario u otro tipo de restricciones a los partidos menores). Y concluye que “el sistema puede en el futuro cercano enfrentar una seria crisis en el caso de que un candidato que no sea del PJ gane la presidencia” debido a que no contaría con suficiente respaldo legislativo (Jones, 1997).

    [20] La experiencia internacional en gobiernos de coalición es muy amplia, aunque es mucho mayor en los regímenes parlamentarios que en los presidenciales porque, como se ha dicho (véase Mainwaring y Shugart, 1994), es más difícil en éstos sostener luego de las elecciones los compromisos asumidos al sellarse el acuerdo. Experiencias como las de la Concertación Democrática en Chile y la de Cardoso en Brasil, con todo, aportan importantes aprendizajes en este sentido, por la compleja tarea de construcción de consensos que supusieron. Cabe agregar que el mismo Menem, quien selló acuerdos con fuerzas de centro-derecha (la UCEDE y algunos partidos provinciales) para sostener sus políticas (y eludir así resistencias que le planteaba su propio partido), constituye un interesante antecedente local en la materia.

    [21] Aunque Duhalde caía en las encuestas después de octubre de 1997, el presidente no repuntaba. Seguía clavado en un escaso 15% de imagen positiva, en un clima de opinión que era desfavorable en todos los frentes para su gobierno. Esta situación obligaría luego a Menem a promocionar a otros candidatos más “controlables”, como Reutemann y Ortega.

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