Argentina : ¿ finalmente una democracia tranquila ?
Isidoro Cheresky
Con el acceso a
la presidencia de la Nación de Fernando De la Rua el pasado 10 de Diciembre la
Argentina parece haber ingresado en un ciclo de estabilidad institucional con
mas posibilidades que en el pasado de asociar el respeto a la ley y la
Constitución con el equilibrio y aún el crecimiento de su economía.
Esta presunción
se instala sobre el fondo de un historia de construcción democrática
accidentada. En 1983 el retiro de los militares a los cuarteles fue forzado por
la derrota marcial en la guerra de Malvinas y seguido de una ola de reverdecimiento
civil movilizada por primera vez por los derechos humanos. La "desaparición de personas" se
constituyó en la referencia imborrable que recordaba que la Argentina no había
padecido una dictadura mas en su larga historia de inestabilidad, sino un régimen,
consentido por una sociedad solo en parte ignorante, que había transgredido las
bases políticas y humanas de la convivencia. Ya con el gobierno constitucional
de Alfonsín el enjuiciamiento de las juntas militares, que culminó con la
condena de los principales gobernantes de facto, constituyó el signo de una
nueva fundación política. La intención de establecer la igualdad ante la ley
adquiría verosimilitud al comparecer los todo poderosos de ayer.
Pero el
presidente Alfonsín debió soportar una cascada de insubordinaciones y
rebeliones de quiénes se negaban a someterse a la ley común escudándose en que
los crímenes imputados estaban disculpados por "el deber de
obediencia" propio a su condición de soldados. Sin embargo, pese a los
vaivenes, en ese entonces se inició un proceso de liquidación de los poderes
corporativos que terminaría extendiéndose en la sociedad.
La erosión del
saliente gobierno radical por su debilidad ante las rebeliones militares, y el
creciente descontento por una economía desequilibrada por el gasto público y la
poca eficacia condujeron a que en 1989 se eligiera presidente a Carlos Menem.
El gobierno peronista asumió precipitadamente antes del término legal por la
pérdida de autoridad de su predecesor acosado por tasas inéditas de hiperinflación.
El ascenso del líder peronista, primero en la puja interna partidaria y luego
en la competencia presidencial, se hizo sobre bases personalistas de confianza
haciendo temer un retorno a un liderazgo movimientista. Por valiéndose de ese
lazo y favorecido por la expectativa de restablecimiento del orden a todo
precio que generó la crisis hiperinflacionaria, el presidente peronista pudo
emprender un programa de reforma de la economía y el Estado que supuso un giro
de ciento ochenta grados respecto a las promesas distributivas que había
enunciado durante la campaña electoral. Las privatización de empresas públicas,
la apertura de la economía y la reducción del gasto público posibilitaron una
ley monetaria de equiparación del peso y el dolar que en poco tiempo confinó al
pasado la inseguridad en los intercambios
abriendo paso a tasas de crecimiento elevadas pero ritmadas por ciclos
recesivos como consecuencia de una alta vulnerabilidad a los desplazamiento del
capital financiero aparejados por una mayor integración, pero dependiente, en
la economía mundial.
La modernización
de la economía, aunque de sesgo conservador por el desentendimiento del Estado
de la creciente distribución desigual de los recursos y de la exclusión
(principalmente un aumento considerable de la desocupación), fue el logro
decisivo que permitió al grupo gobernante permanecer en el poder y pretender
eternizarse en él. La destrucción del tejido social consecuencia de la
hiperinflación permitió que en 1989 al acceder al poder, pudiera hacer uso de
poderes discrecionales. Pero la concentración de poder en el ejecutivo en
desmedro del parlamento y la manipulación de la justicia devinieron un estilo
político caracterizado por el decisionismo presuntamente asociado con la
participación en negocios. El grupo dirigente fue sospechado y aalgunos de sus
miembros enjuiciados por apropiación personal de los fondos públicos y tráfico de influencias, lo que parecía
confirmado por la ostentación de bienes.
La concentración
de poder con poco respeto de las disposiciones constitucionales y legales, es
decir el hegemonismo, se hizo ostensible cuando el 1994 el peronismo promovió
una reforma de la Constitución con el principal propósito de introducir la
reelección presidencial. Al lograrlo, el presidente Menem, desdibujó a la
principal oposición fraccionada ante sus propósitos continuistas, pero también
generó el inicio de una inédita consciencia republicana y de una nueva
oposición.
Los últimos años
del segundo término del gobierno de Menem estuvieron signados por su intento de
forzar una segunda reelección a través de una burla a la propia reforma
constitucional que el había inspirado. En cierto sentido fue una prueba
decisiva de hasta donde podría llegar la tradición populista que pretendía ignorar
las restricciones constitucionales sosteniendo que el pronunciamiento del
pueblo era el único referente admisible.
El presidente
saliente no vaciló en desbaratar a otros aspirantes de su propio partido y en
desdeñar la división que provocaba en su propio partido su proyecto
reeleccionista. Entretanto vieja y nueva oposición constituyeron un Alianza que
ya demostró su capacidad congregadora en las elecciones legislativas de 1997 y
que supo mantenerse unificada en vistas a las recientes elecciones generales.
A diez años de
iniciado el ciclo de reformas inspirado por Menem las reformas que expandieron
el mercado e impusieron criterios de
eficiencia reduciendo el ámbito de intervención económica del Estado y que
consagraron la estabilidad monetaria son una adquisición de todos, pero los
gobernantes que propiciaron ese gran cambio no pudieron acreditar la pretensión
de eternizarse en el poder so pretexto que toda renovación gubernativa
implicaría un regreso a la inestabilidad e ineficiencia del pasado. En vez se
abrió pasó una reacción de hastío hacia el poder decisionista y dispendioso. El
voto del pasado 24 de octubre fue en primer lugar un voto de rechazo hacía ese
estilo de gobierno. El candidato peronista, E. Duhalde bregó penosamente por
alcanzar la candidatura y para ello contrarió los proyectos reeleccionistas y
procuró diferenciarse del líder de su propio partido, pero este intento fue
inútil. El voto por el candidato De la Rua fue un voto personalizado por una
figura que encarnaba una modestia y honorabilidad apta para captar el
heterogéneo voto negativo. Mas que por un programa de gobierno los argentinos
votaron contra un estilo político y en parte contra las consecuencias sociales
de la modernización.
Los
resultados de las elecciones generales : legitimidad presidencial y
fragmentación del poder.
El triunfo de
Fernando De la Rua sobre su adversario peronista fue amplio y previsible. Los
10.5 puntos de diferencia son comparables a los alcanzados por sus predecesores
Alfonsín y Menem[1]F de la Rua con el 48.5 % contra 37.9 %
tiene efectivamente en términos electorales una legitimidad comparable a la de
los presidentes anteriores aunque un poco inferior.. F. De la Rua con el 48.5 %
contra 37.9 % tienen en efecto una legitimidad comparable a la de los
presidentes anteriores del este ciclo democrático, aunque un poco inferior. Ese
triunfo debe atribuirse a la disposición de voto antimenemista que fue de tal
intensidad que hizo que el resultado estuviera adquirido desde antes del inicio
de la campaña electoral. El candidato aliancista una vez instalada su
diferenciación sobre una base mínima referida mas a las metáforas (el fin de la
fiesta de unos pocos, denuncia de los corruptos y de los grandes evasores,
promesa que "el ajuste" lo haría la política) que a promesas precisas,
se consagró a mantener su ventaja. E. Duhalde en cambio realizó una campaña
zizagueante en su búsqueda por reformular en su favor los términos del
antagonismo. En verdad, durante largos meses se vio absorbido en el empeño por
desbaratar los intentos reeleccionistas de su líder partidario lo que
contribuyó durante un tiempo a acreditar su diferencia y su pretensión de ser
una alternativa al gobierno del que formaba parte[2] Pero cuando finalmente el partido
consagró su candidatura menos de tres meses antes de las elecciones su
posicionamiento, pese a todo, fue el de candidato oficialista y en consecuencia
desacreditado ante quienes querían expresar un voto rechazo al poder saliente.
Duhalde fue entonces un challanger que buscó desestabilizar a su adversario por
medio de dos estrategias. Por una parte intentó ampliar su campo político
promoviendo acuerdos con otras fuerzas políticas en vistas a oponer a la
Alianza de De la Rua, una coalición que abarcara desde el electorado popular
hasta los sectores del establishment tanto los que habían beneficiado de la
modernización como los contestatarios. Aunque las principales fuerzas
convocadas se desistieron el candidato ideó una tentativa de movilización y de
acción institucional en torno a una rimbombante y repentina "concertación
social"[3], procurando de este modo congelar la
campaña electoral descartando su objeto natural, la competencia entre
candidatos, el pronunciamiento sobre la acción del gobierno saliente y
eventualmente las promesas, para sustituirlo por una deliberación sobre la
presunta emergencia económica. De este modo, el candidato peronista se proponía
reeditar un recurso que Menem había empleado con éxito a lo largo de su mandato,
la invocación de la emergencia[4] para mantenerse en el poder con el
argumento que los peronistas tenían una capacidad de mando de la que carecían
sus adversarios[5].
Pero en la
medida en que su estrategia de desestabilización de los términos de la
competencia que incluían la apertura y articulación con otras fuerzas políticas
fracasaba, el candidato peronista se replegó sobre un planteo de radicalización
política que aspiraba a reanudar con el peronismo histórico : popular y social.
En un giro extremo de esta otra reubicación Duhalde se presentó como
denunciante de las consecuencias excluyentes de la modernización de la que el
mismo había participado, de las amenazas aparejadas por la globalización y de
los condicionamientos impuestos al país por los organismos internacionales, en
tanto que el candidato de la Alianza era acusado de prepararse a continuar la
política "de ajuste" en curso.
En este marco el
triunfo de De la Rua debe ser entendido como la expresión de una firme
disposición del electorado a establecer un poder mas respetuoso de la ley y de
la Constitución y de gobernantes que no hagan de la función pública una fuente
de provecho personal. Su campaña hizo por supuesto referencia no solo a la
dimensión moral, sino a la política del estilo de gobierno denunciado, es decir
la opresión de los muchos por quienes usufructuaban el poder. Claro que tras su
candidatura se alinearon también sectores mas sensibles a las consecuencias
sociales de la política hasta entonces practicada. Es decir que se trataba de
una candidatura que aunque carecía de promesas precisas o en parte precisamente
por ello, era capaz de atraer el voto de quiénes querían principalmente
castigar a los gobernantes salientes.
Se trató de una
campaña basada mas en recursos de publicidad audiovisual sofisticados que en la
movilización militante. La Alianza entre la UCR y el Frepaso aunque fue mas
allá de un mero acuerdo electoral distó de transformarse en un movimiento de
sociedad aunque consitó grandes esperanzas de renovación.
Pero el portador
del sentido político, el que intentó construir y reconstruir la diferencia,
forzado por su posición desfavorable en la competencia, fue el candidato
peronista. Fue también el que recurrió a una estrategia de representación mas
tradicional, estuvo mas orientado a la movilización callejera inducida por el
aparato estatal y partidario y finalmente quiso dar un contenido social
definido con promesas a su candidatura[6]. Aunque esta estrategia movilizadora,
jugada a fondo en la fase final de la campaña, no podía contrarrestar
completamente el "voto rechazo" antimenemista, parece haber permitido
regresar al redil a una parte del electorado peronista tradicional y reducir la
magnitud de la derrota[7] .
La legitimidad
del poder de De la Rua resultante de las recientes elecciones es indudable,
pero su poder a la diferencia de su predecesor no es extendido[8].
El factor decisivo a tener en cuenta, que dificulta incluso una
evaluación unificada de los resultados del reciente proceso electoral, es la
fragmentación del poder representativo resultante de la novedosa selectividad y
variedad del voto ciudadano. La disociación mas significativa se registra entre
la ola antimenemista a nivel del voto presidencial, y el voto provincial que en
la mayoría de los casos ratificó a los candidatos a gobernador peronistas[9]. Así, De la Rua fue ganador en veintiún
distritos, pero los candidatos de la Alianza solo conquistaron siete
gobernaciones[10]. La ola aliancista a nivel presidencial
era a tal punto perceptible con anticipación que la mayoría de la provincias
adelantaron sus elecciones locales para facilitar el voto diferenciado[11]. Pero la fluctuación del voto ciudadano
se expresó también en el corte de boletas a todos los niveles.
Dentro de este
panorama de diversidad debe tenerse en cuenta el resultado mitigado que obtuvo
la Alianza en la provincia de Buenos Aires, el principal distrito en número de
electores, donde ganó por escaso margen la competencia presidencial pero perdió
en la disputa por la gobernación.
En este distrito
se concentró la mayor expectativa. La candidata de la Alianza, Graciela
Fernández Meijide, pertenecía al sector mas progresista de la coalición, y su
adversario peronista no vaciló en atacarla en temas culturales e identitarios[12]. Sin embargo, lo que parece haber sido
decisivo en el resultado es el éxito del candidato peronista en imponer los
temas de la seguridad y las capacidades de gobierno. C. Ruckauf se dio un
perfil de "mano dura" formulando invocaciones ambiguas en lo que hace
al respeto de la ley y los derechos, en un distrito celebre por tener como
fuente de inseguridad a la delincuencia y ... a las mafias policiales. En este
distrito las preocupaciones republicanas parecen haber sido desplazadas por las
urgencias sociales. De modo que en este ámbito, la Alianza retrocedió
considerablemente respecto a su performance precedente, en las legislativas de
1997. Aunque el triunfo peronista para
la gobernación bonaerense no hubiese sido posible sin los acuerdos que logró
establecer con otras fuerzas políticas[13], el retroceso de la Alianza revela la
persistencia de identificaciones sociales y populares tradicionales que no son
contendidas por el discurso republicano del presidente triunfante y que
continúan siendo canalizadas por el peronismo.
A la
heterogeneidad del resultado de las elecciones generales se le agregan otros
factores que completan el panorama institucional. La Cámara de diputados se
renueva por mitades cada dos años de modo que el grupo parlamentario
presidencial no alcanza la mayoría absoluta, aunque se acerca. En cuanto al
Senado su composición refleja las realidades provinciales favorables al
justicialismo, que se halla en esta Cámara con una mayoría cercana a los dos
tercios y en consecuencia con gran capacidad de bloqueo. A este panorama debe
agregarse la influencia de la nueva oposición en la politizada justicia
federal, en particular en la Corte Suprema.
De modo que el
nuevo presidente goza de una indudable legitimidad y de él se espera una
revitalización institucional y una moralización de la vida pública, al tiempo
que una mantención de los equilibrios económicos y políticas sociales
compensadoras de la desigualdad y en particular la reducción del desempleo.
Pero son
compatibles las expectativas de mejora de la vida institucional y las reformas
sociales ?
Y aún, será
posible gobernar en condiciones de un poder fragmentado ?
Las raíces de
la democracia
La experiencia
democrática iniciada en 1983 es ya la mas prolongada de la historia argentina,
y en el tiempo trascurrido se han expandido sus raíces.
El 10 de
Diciembre pasado un test institucional considerado crucial fue aprobado : por
primera vez un gobierno peronista ha transferido el poder a un partido
adversario. Ello puede ser considerado como un signo decisivo de la
estabilización y secularización del sistema político.
La ampliación de
la democracia argentina hacia fines de la segunda guerra mundial tuvo un
carácter paradójico. El peronismo efectivizó la participación popular y sobre
todo produjo una considerable extensión de los derechos sociales para numerosos
sectores que hasta entonces se hallaban al margen. La voluntad popular se
afirmaba como fuente legítima del poder, una voluntad movilizada contra la
oligarquía y los privilegios. Sin embargo, la invocación democrática era de
naturaleza populista, es decir que la voluntad popular no se constituía
libremente en la deliberación sino que era considerada como un dato, como
consustancial a la existencia del pueblo, y enunciada por la voz del líder. La
voluntad popular así planteada en términos identitarios llevaba a una
concepción antiliberal de la democracia : la de la expresión plebiscitaria del pueblo
como masa. La deliberación, la diversidad de opiniones, la competencia política
eran consideradas amenazas a ese pueblo en lucha contra sus enemigos. Así, el peronismo popular y opresivo
invitaba a la constitución del antiperonismo. Pero este último terminó siendo
un conglomerado heterogéneo de reivindicadores de las libertades públicas, de
víctimas de su carencia y de quiénes resistían a la oleada de derechos sociales
y comportamientos plebeyos que afectaban el orden tradicional.
El antagonismo
peronismo -antiperonismo conllevó la inestabilidad de la vida política
contemporánea. Se trataba de agrupamientos con vocación de constituir regímenes
excluyentes. En el fondo de ese antagonismo se hallaba la disociación entre
voluntad popular y libertades públicas.
La construcción
democrática emprendida en 1983 marcó un hito decisivo en la evolución de los
movimientos políticos en vistas a su transformación en partidos tolerantes
incorporados en un sistema competitivo. En ese entonces la elección de R. Alfonsín
constituyó una sorpresa. Por la primera vez el peronismo era derrotado en
elecciones libres. De ese modo se acreditaba la verosimilitud de un sistema
competitivo y el peronismo se sumía en la saludable crisis de ser una fuerza
política que debía ganar las elecciones pues descubría finalmente no ser
"naturalmente" mayoritaria.
El gobierno de
Carlos Menem que se extendió a lo largo de los noventa hizo revivir las
tradiciones populistas. Para lograr la reforma de la Constitución en vistas a
habilitar sus reelección puso en juego todos los recursos propios al control
del Estado y la concentración de poder dejando como lección que con esos
recursos era posible doblegar a sus
adversarios políticos al lograr la firma del pacto de Olivos.
Sin embargo, cuando
años después quiso repetir la experiencia reeleccionista para permanecer como
presidente se topó con una significativa resistencia en su propio partido y una
desafección muy amplia en la opinión pública. Amenazas plebiscitarias y
elecciones internas lograron finalmente poner fin a la aventura. Una implícita
coincidencia transpartidaria había logrado desbaratar una aventura claramente
anticonstitucional. El republicanismo comenzaba a echar raíces mas
consistentes.
Las recientes
elecciones que llevaron a la alternancia en el poder son la culminación de este
proceso de fortalecimiento institucional.
Otro aspecto de
la evolución democrática ha sido la ampliación de la dinámica ciudadana y la
reformulación del rol de los partidos políticos. Un signo de esa ampliación de
quienes participan mas libremente de la vida pública es la efectividad de las
campañas electorales puesto que en su transcurso deciden su voto un número
creciente de electores. Esta libertad es la contrapartida de un debilitamiento
de las pertenencias tradicionales. De las sindicales por supuesto pero también
de las partidarias. Pero la dirección en que va evolucionar este individualismo
es incierta. El desinterés en los asuntos políticos es creciente y conlleva una
posición pasiva, aunque no de invalidez, de los individuos ante los actores
efectivos de la vida pública.
La actividad
política parece reposar ahora en dos pilares, los partidos organizadores de la
competencia política y los medios de comunicación, especialmente la televisión,
que no solo vehiculizan la información sino que se constituyen en una arena en
donde ella se elabora, se conforman liderazgos y se producen acontecimientos.
Esta nueva arena
así constituida ha acarreado grandes transformaciones. El modelo de democracia
de partidos de masas que ha servido de
paradigma de la institucionalidad democrática no es el formato hacia el que se
orienta la secularización de los tradicionales movimientos políticos
argentinos. Los partidos han dejado de
cumplir una función de reproducción de una pertenencia identitaria - casi de
subculturas- para transformarse en maquinarias al servicio de líderes cuyo
predicamento proviene no de calidades o reconocimientos obtenidos en la carrera
partidaria, sino de su popularidad. Y
ello es así porque la especificidad partidaria se diluye y el reconocimiento
del liderazgo deriva de la capacidad de ganar elecciones. Los partidos
argentinos tienen cada vez menos ámbitos reservados a adherentes y militantes y
han adoptado la fórmula de las elecciones internas abiertas o primarias para
dirimir las candidaturas. La popularidad se logra en parte merced a una acción
institucional pero la conformación de una imagen pública por la comunicación
audio visual es cada vez mas decisiva. Los nuevos líderes de opinión, a
diferencia de los antiguos dirigentes partidarios están aliviados de la presión
de la estructura partidaria y de las estructuras sindicales. Los principales
candidatos en las recientes elecciones han sido por cierto dirigentes
tradicionales de larga data, pero se han reciclado en las nuevas condiciones[14].
La contraparte
de los partidos políticos mas instrumentales que identitarios y de la expansión
del rol de los media y en particular de la televisión es el creciente peso de
la opinión pública. Esta noción evoca a una masa de individuos cuyas
indeterminadas opiniones y actitudes son escrutadas por medio de sondeos. En términos del análisis
político se puede afirmar que el peso
de los "independientes" se ha ampliado en detrimento de quienes
tienen pertenencias adscritas. A lo largo de la década pasada la importancia de
este se sector se ha extendido de los grandes centros urbanos a las ciudades y
pueblos del interior.
La expresión
electoral de esta independencia ha sido la fluctuación del voto entre una
elección y otra, pero también la extrema selectividad que ha llevado a que en
el mismo acto se vote a candidatos de
diferentes filiación según los cargos a proveer (corte de boleta).
La paradoja de
la evolución actual es que la mayor libertad política no conlleva una mayor
participación. La voluntad popular tenía en el pasado un sujeto actuante que
figuraba en el espacio público a través de la manifestación, la organización
política o sindical y esa participación activa
ha sido aún efectiva en los inicios del proceso de democratización
cuando las fuerzas políticas en pugna mostraban su poderío en la concentración
callejera. La ciudadanía independiente en cambio es un no sujeto pero que alude
a la realidad de los comportamientos electorales electivos y las fluctuaciones
en la opinión figuradas por los sondeos.
La arena
política mediática ofrece una red de inserción pasiva a los individuos,
parcialmente sustitutiva de la anterior pertenencia corporativa o vida
asociativa. La reciente campaña electoral ha ilustrado este desplazamiento en
la trasmisión del mensaje político de la red partidaria por los medios de
comunicación. Este desplazamiento conlleva sucesivas transformaciones en el
funcionamiento del medio y en el resultado de la comunicación.
En los años
noventa se había instalado ya la construcción de la imagen política a través de
la presencia televisiva y Menem se
había valido abundantemente para suplir a su partido por momentos inerte. El
surgimiento de una nueva fuerza política en la oposición - el Frepaso - se hizo
esencialmente por la convocatoria discursiva desde los medios. Pero la arena mediática colocaba a los
políticos a merced de los organizadores de la información. La novedad de esta
campaña ha sido el desplazamiento parcial de los programas de opinión
orientados por un columnista, por la publicidad política sofisticada incluyendo
spots con intervención de actores. Esta publicidad ha sido el recurso dominante
en la conformación del mensaje político y de los proyectos de construcción de
imagen. De este modo los líderes
políticos han procurado recuperar la iniciativa y dar coherencia a la
construcción de su imagen[15].
Así concebida la
campaña electoral tenía por "blanco" una ciudadanía audiencia
colocada en la posición de receptora del mensaje político. Esta audiencia era permanentemente
constituida en opinión pública a través de los sondeos. Estos han medido
regularmente la evolución de las intenciones de voto y sus motivaciones e
incluyendo una captación de los efectos de la mencionada publicidad política.
Esos sondeos suministraban regularmente esas dos faces de la opinión : las
presuntas demandas, y los efectos de las imágenes y los discursos que
procuraban adecuarse a ellas.
El circuito
mediático de constitución de la opinión pública ha ocupado el centro de la escena. Y ambos candidatos se hallaron
inmersos en esa dinámica: El candidato triunfante mantuvo una orientación
constante en tanto que el candidato peronista al tiempo que cuestionó la
versomilitud de las encuestas que generalmente lo daban perdedor, cambió de
staff publicitario cuando la cuesta descendente de sus intenciones de voto
parecía indetenible y le confió responsabilidades que excedían la mera conducción
instrumental de la publicidad.
Pero aunque esta
arena mediática sea el cauce dominante de la vida pública, en paralelo se
desarrolló una campaña mas tradicional de actos, caravanas y movilización
militante . Aunque esta acción mas tradicional no esta exenta de la
construcción de imágenes para su vehiculización televisiva y gráfica, una
dimensión de identificación y contención esta presente que saca a los
individuos de su mera posición de audiencia individualista.
Aunque la tónica
de la campaña fue dado por una dinámica que constituye a la ciudadanía en
espectador/opinión, la realización de actividades de participación efectiva
tuvo también su lugar. Esta dinámica generadora de lazos de pertenencia ha
pesado en la recuperación del voto peronista es los sectores populares y
carenciados de la provincia de Buenos Aires[16].
Perspectiva
postelectoral : ¿Reformas políticas y sociales ?
Las recientes
elecciones generales constituyen una vuelta de página sobre el período
menemista. Desde el punto de vista político nuevos actores ocupan la escena :
la Alianza formada por un partido radical hegemónico en torno a un nuevo
liderazgo y un Frepaso que deberá redefenir sus objetivos, y un peronismo en el
que dificilmente Menem recupere el liderazgo al que aspira y que tiene mas
chances de ser ejercido por los gobernadores de los grandes distritos.
Respecto a la
nueva fuerza gobernante la incertidumbre sobre su acción futura se refiere al
grado en que se hallará involucrada en una política reformista y a su capacidad
de gobierno en condiciones de fragmentación de poder.
En concordancia
con el sentido principal de la campaña, la expectativa presente se centra en el
saneamiento de la vida pública cuyo resultado debería ser la transparencia en
el uso de los recursos y la austeridad en los gastos estatales. La sobriedad en
la función pública aparece estrechamente ligada a la imparcialidad del Estado y
a su carácter de Estado de derecho. Una dimensión decisiva de la credibilidad
de las "democracias de la tercer ola"[17] como la argentina es la confiabilidad en
el poder que pueda ser considerado como el poder de todos y ser respetado como
tal y que para ello debe carecer de intereses propios.
Una promesa
formulada esporádicamente fue la de impulsar el enjuiciamiento de los
funcionarios corruptos lo que involucra a altos dignatarios y ministros del
gobierno de Menem y que podrían alcanzar hasta el propio presidente saliente.
Pero ella parece destinada a tener un alcance muy limitado, aunque la
independencia inusual que inviste a algunos jueces federales impide pronosticar
simplemente que los expedientes vayan a ser archivados por obra del equilibrio
de fuerzas a nivel institucional.
La expectativa
de mejora institucional es en verdad mas amplia e incluye una legislación sobre
el financiamiento de los partidos políticos que alivie la propensión al desvío
de los fondos públicos y que regule los aportes privados de modo a evitar el
excesivo condicionamiento de los representantes por parte de los proveedores de
fondos.
Finalmente se
han lanzado iniciativas orientadas a la reforma del sistema electoral en el
sentido de una mayor ingerencia de la ciudadanía en la selección de la oferta
política. Las "listas sábanas" se han transformado en el símbolo del
poder partidario y de la separación entre una sospechada clase política y la
ciudadanía.
En conjunto la
reforma política se propone mejorar las instituciones y afirmar en su sustento
político la idea de una sociedad justa. En Argentina coexisten altos índices de
adhesión al sistema democrático con un rechazo igualmente intenso a las
instituciones representativas y a los dirigentes políticos. De modo que la
prometida reforma tiene efectivamente su origen en un reclamo profundo de la
sociedad y no tan solo en el diagnóstico de los expertos.
El otro gran
tema es el de la política económica y social, en que tienden a coexistir el
consenso y el malestar, y en cuyo ámbito no se esperan grandes cambios. El
gobierno de la Alianza como el precedente confía en absorber el desempleo y
mejorar la situación de los sectores de menores ingresos como resultado del
efecto expansivo del crecimiento económico. La diferencia es que el nuevo
gobierno se propone una administración mas transparente y rigurosa que mejore
la confiabilidad de la economía nacional y favorezca las inversiones.
Secundariamente ha emprendido la mejora de las políticas sociales pero sin que
se avizore una verdadera reconstrucción del Estado[18].
Aunque no se
encara una innovación en el plano de la economía esta ha constituido la gran
preocupación del nuevo gobierno, puesto que la sola mantención del equilibrio
fiscal y la paridad monetaria requiere un esfuerzo excepcional. Para asegurar
el cumplimiento del pacto fiscal en el que se sustenta la credibilidad
internacional ha sido necesario comenzar con un recorte drástico del gasto
público e incrementar los impuestos.
El futuro de enventuales
reformas parece estar trabado por las restricciones impuestas por la
globalización, toda medida innovadora es vista a la luz de las reacciones de
los organismos internacionales de crédito y del capital financiero.
La Argentina sin
embargo ha entrado en un ciclo en que se liberaran probablemente las demandas
sociales hasta ahora contenidas. El gobierno puede encontrarse entonces
tensionado entre la "representación" de las restricciones mundiales y
la "representación " de las demandas internas.
Finalmente debe
tenerse en cuenta que aún los objetivos limitados que podrían estar al alcance
del nuevo gobierno se encuentran frente a límites institucionales, el principal
de los cuales es la mencionada fragmentación del poder. Para la aprobación de leyes
el gobierno debería contar con la colaboración o con la división de la
oposición. Como se ha indicado, en la cámara de diputados la Alianza no tiene
mayoría propia y en Senadores la oposición esta cerca de los dos tercios que
constituye una mayoría de bloqueo. En estas circunstancias el peronismo
dividido podría recuperar su unidad sobretodo en torno a una reactivación de
planteos populistas en continuidad con los formulados en el tramo final de la
campaña electoral.
La fuerza de la
oposición esta incrementada por el hecho que la mayoría de los gobernadores -
aproximadamente los dos tercios incluidas las provincias mas importantes- le
responden.
Para completar
el panorama institucional debe tenerse en cuenta que la concentración del poder
menemista incluía la notoria subordinación de Corte Suprema y algunos jueces
federales y que la independización de la justicia no parece ser un proceso
inminente.
La legitimidad
de la elección presidencial puede incitar a cierta prudencia y hasta
cooperación en el parlamento pero sin duda en la medida en que se procure
innovar la conflictividad política reaparecerá. La amenaza que se puede
presentar es que el gobierno sea llevado a la parálisis por incapacidad en
encontrar vías apropiadas para desbloquear el equilibrio de poder. En verdad la
iniciativa política podría prosperar ya sea por medio de los decretos de
necesidad y urgencia o de la consulta popular. Pero se arriesgara De la Rua al
uso de recursos institucionales decisionistas o plebiscitarios, tan criticados en
el pasado reciente ? Sin embargo, parece decisivo que la democracia y los
proyectos reformistas no aparezcan asociados a la impotencia y la ineficiencia.
Un oportuno decisionismo presidencial puede por el contrario ser un aliciente
para la deliberación política[19]Si se reglamentara la cláusula
constitucional se crearía una Comisión bicameral que al cabo de diez dias
debería girar los decretos para su tratamiento en las Cámaras. En estas condiciones los decretos podrían
ser un instrumento de iniciativa presidencial en vistas a homogeneizar su
propia mayoría en temas controvertidos y obligar a la oposición a pronunciarse
abiertamente sin poder retener las iniciativas en comisiones o privar la
deliberación del quórum necesario. En otros términos, los decretos de necesidad
y urgencia podrían ser un recurso de desbloqueo y politización y en el mismo sentido podrían operar la
consulta y la iniciativa popular, contempladas en la Constitución..
Otro
interrogante sobre la capacidad de gobierno se refiere a la solidez de la
Alianza. Aunque la Alianza generó expectativas moderadas, se va a encontrar sin
duda sometida a presiones que van a poner a prueba su unidad e incluso la
cohesión de los propios partidos que la forman. El riesgo de fracturas es tanto
mayor cuanto que esta coalición de reciente formación no constituyó, contra lo
que algunos esperaban, un movimiento de movilización social.
Las reformas
pendientes serán inevitablemente fuente de conflictos en el campo reformista
pues ellas no podrán ser concebidas como la mera traducción de demandas
emanadas de la sociedad. Cada una de ellas supondrá reacomodamientos y
sacrificios, aún de los beneficiarios y postergación de otras demandas[20]. La mayor dificultad para preveer los
emprendimientos reformistas es precisamente el escaso grado de deliberación de
la sociedad sobre los temas sociales y las pocas raíces de la Alianza en ese
ámbito. Las reformas "desde arriba" elaboradas por expertos que no
hayan generado ecos en la sociedad corren el riesgo de verse frustradas al
coaligarse los partidarios del status quo de diversa proveniencia. Sin embargo,
la política argentina sigue signada por la "lección menemista", la de
una reforma de la economía y el Estado de gran envergadura adoptada por
sorpresa y que logró darse un apoyo social "après coup". El éxito de
ese emprendimiento como ya se indicó fue excepcional porque la sociedad en su
conjunto estaba dispuesta a aceptar cualquier orden sin dar cabida a reclamos
particularistas y porque esa reforma permitió al poder económico de
reconstituirse exitosamente. En las situación presente las reformas progresistas
aunque probablemente requieran una iniciativa gubernamental fuerte no pueden
pretender beneficiar de circunstancias análogas.
Es en este
sentido en que la nueva mayoría se halla ante el desafío de avanzar en su
proyecto. Hasta ahora su unidad estuvo cifrada en la negatividad : el rechazo
del estilo menemista. Procurar nuevas
bases supone expandir las mínimas promesas esbozadas en el reciente proceso
electoral. Pero este camino no podrá recorrerse si no es alentando una cierta
deliberación en la sociedad y en sus propias filas. Por cierto, ello comporta
riesgos para la coalición gobernante, pero se trata en definitiva de una prueba
de madurez democrática el poder desplegar la diversidad de sensibilidades y
enfoques manteniendo la disciplina requerida para gobernar con eficacia.
La estabilidad
de la democracia argentina parece estar cifrada en la reactivación política,
podrá tratarse de una democracia mas institucional, de una democracia mas
deliberativa pero por cierto la democracia tranquila es un régimen político
desconocido ... y probablemente indeseable.
<Texto preparado para su
publicación en la revista Política Exterior- Madrid en el número marzo -abril
del 2000>
[1] El radical R. Alfonsín triunfó sobre su
adversario peronista por 11.5 puntos pero obteniendo un porcentaje de 51.7 %.
En 1989 el peronista Carlos Menem con el 49.5 % de los votos superó a su
adversario radical, E. Angeloz por 12.5 %.
[2] E. Duhalde acompañó a Menem en la fórmula de 1989 como vicepresidente, cargo al que renunció ulteriormente para competir exitosamente por la gobernación de la provincia de Buenos Aires.
[3] El plan consistía esencialmente en una reducción del Impuesto al valor agregado del 21 al 14 % , el compromiso de las empresas a no producir despidos en el lapso de un año a cambio de beneficios impositivos y en facilidades crediticias para las pequeñas y medianas empresas. De este modo Duhalde oponía una estrategia de crecimiento voluntarista a la tradicional política de equilibrio fiscal.
[4] La experiencia menemista de salida de la crisis hiperinflacionaria de 1989 fue exitosa : se crearon las condiciones para la estabilidad de la moneda y se inició un período que en términos generales fue de crecimiento económico. La crisis mexicana en 1994 y su efecto tequila fueron un recurso del que Menem se valió abundantemente para reclamar su reelección so pena de regreso al pasado de inestabilidad. Otras crisis mundiales fueron invocadas con propósitos de continuidad en el poder. La referencia a la emergencia era un recurso probado por el peronismo, que quiso reditarse para desplazar los temas habituales de juicio ciudadano en una campaña electoral.
[5] Duhalde pretendió situarse no como una continuidad del gobierno de Menem sino como una opción del cambio, del "mejor cambio" porque, a diferencia del candidato radical, él se atribuía una capacidad de gobierno de la que carecería su adversario radical.
[6] Amen de las promesas de la concertación social antes mencionada, el candidato hacia el final de la campaña prometió un aumento sustancial de las jubilaciones.
[7] Unas semanas antes de las elecciones las encuestas predecían una derrota del candidato presidencial peronista por una diferencia oscilante entre 20 y 12 puntos. Esa diferencia según las mediciones fue disminuyendo hasta revelarse menor a la hora del escrutinio.
[8] Menem llegó a tener mayoría propia en ambas cámaras y en otros períodos lograba mayoría por medio de alianzas. De todos modos hizo uso abundante y de dudosa constitucionalidad de los decretos de necesidad y urgencia, pero salvaba las formas merced al apoyo incondicional de la Corte Suprema en cuyo seno tenía una mayoría de adeptos desde que en 1991 logró la ampliación del número de sus miembros. Finalmente, el peronismo gobernaba la gran mayoría de las provincias.
[9] Este comportamiento electoral es tanto mas significativo cuanto que en muchos casos se trataba de gobernadores que se presentaban a la reelección.
[10] En la Capital Federal las elecciones para jefe de gobierno de la ciudad se efectuaran en el año 2000.
[11] En verdad aunque las elecciones generales de 1999 tienen una unidad político institucional ellas incluyeron la elección del ejecutivo y los diputados nacionales, los gobernadores y legisladores provinciales y las autoridades municipales. Las primeras elecciones de este ciclo se llevaron a cabo en diciembre de 1998 para elegir gobernador en Córdoba y la últimas serán las de jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires en los primeros meses del 2000.
[12] C. Ruckauf le reprochó insistentemente una posición favorable pero presuntamente vergonzante a favor del aborto y hacia el final de la campaña la acusó de atea y anticristiana.
[13] La candidata Graciela Fernández Meijide obtuvo el 41.4% de los votos en tanto Carlos Ruckauf obtuvo votos provenientes del Partido Justicialista, 37.4; Acción Republicana, 5.8 y Unión del Centro Democrático, 5.0, en total 48.3 %
[14] F. De la Rua ha tenido de siempre un predicamento limitado en la estructura partidaria de radicalismo e incluso resistencias por parte de su ala mas progresista. Pero ha sido popular en el electorado porteño, y ese apoyo se reforzó y le diferenció de otros líderes de su partido cuando se pronunció minoritariamente contra el pacto de Olivos en 1994. Pese a ser un rival histórico de Alfonsín, quizás el único caudillo con predicamento en el conjunto del partido, fue postulado para competir con los socios del Frepaso precisamente por su popularidad. Por cierto en su éxito en las primarias que realizó la Alianza para dirimir la candidatura presidencial pesó también la desproporción entre la estructura partidaria radical y la del Frepaso. En cuanto a Duhalde su liderazgo tiene bases mas organizacionales. Como gobernador de la provincia de Buenos Aires lideró una red partidaria sólida y en ciertas zonas con lazos clientelares con la población y tuvo a su disposición los recursos del aparato de Estado, con frecuencia indeferenciados de los partidarios. Pero la lección que ya habían suministrado las elecciones legislativas del 97 es que las redes organizacionales y el electorado cautivo no garantizan mas los resultados electorales. Teniendo en cuenta esta evolución todo el esfuerzo de construcción de su imagen se orientó a alejar de su entorno los hombres de aparato y adquirir compromisos republicanos. El mas significativos de ellos fue el emprender la reforma de la "maldita policía", tal como se calificaba a la policía de la Provincia de Buenos Aires. Esta reforma procuró purgar sus efectivos alejando a los procesados o sospechosos de delictividad y ello poniendo a la cabeza de la reforma a un reconocido jurista y en acuerdo con la oposición política a nivel provincial.
[15] Aunque la campaña no es muy descifrable en términos de promesas políticas, si lo es en las estrategias de construcción de imagen. La de De la Rua se inició con la explotación de sus presuntas debilidades "dicen que soy aburrido..." en vistas a contraponer su seriedad con los que se divierten en la fiesta de los poderosos. En cuanto a Duhalde su campaña televisiva se orientó al menos en una primera fase a presentarse como la posibilidad del "mejor cambio", sobre la base de instalarse también como una alternativa ( y no una continuidad) con el gobierno saliente.
[16] En las elecciones legislativas de 1997 la Alianza había logrado superar al Partido justicialista en el populoso Gran Buenos Aires por poco mas de 6% de los votos en tanto que en las recientes elecciones para el cargo de Gobernador la Alianza fue superada en esa zona por su adversario por mas de 7%. Esta diferencia a favor del justicialismo alcanzó a veinte puntos en el "segundo cordón" cuya población es la mas humilde. Ver López, Artemio : "Mi mama me mima. Las elecciones del 24 de Octubre de 1999 en la provincia de Buenos Aires", Octubre de 1999, Equis.
[17] Según la expresión de S. Huntington
[18] Las políticas sociales encaradas son
puntuales. No se han formulado proyectos de ciudadanía social que sustituyan la
protección que daban parcialmente las obras sociales sindicales y las instituciones
públicas. Argentina carece de un seguro de desempleo sobre bases mutualistas y
su sistema de salud pública es extremadamente deficitario. Incluso la escuela
pública que fuera tradicionalmente apreciada por su calidad ha decaído y es
desertada por los sectores medios que buscan asegurar el futuro de sus hijos.
[19] Los decretos de necesidad y urgencia
fueron un recurso del que se valió Menem en sus primero años de gobierno
precisamente para proceder con celeridad ante la emergencia económica, pero
también para no poner a prueba a su propia mayoría que podía ser renuente a
aprobar una legislación contraria a la doctrina del movimiento peronista. La
reforma de la Constitución del 94 incluyó los decretos de necesidad y urgencia
como expediente de excepción, pero la ley reglamentaria que obligaba a un
rápido tratamiento de los referidos decretos nunca fue sancionada, de modo que
Menem continuó haciendo un uso descontrolado, aunque menos frecuente, de los
mismos.
[20] Una ilustración característica de un campo reformista problemático es el de la educación. La recuperación de la escuela pública requiere a la vez mejorar sustancialmente los ingresos de los maestros, pero también su reclasificación y reciclaje. Esto último incluye probablemente la derogación de un estatuto que le otorga privilegios en relación a otros funcionarios públicos y que debilitan el ejercicio de sus responsabilidades. A ello se suma la problemática del ejercicio de los derechos de otros afectados por el proceso educativo. Por otra parte, existe una presión en el sentido de la introducción de lógicas de mercado como los vouchers y la escuela charter cuyas consecuencias serían probablemente la anulación de las virtudes igualitarias de la escuela pública..