Seminario internacional

Las instituciones en las nuevas democracias: La cuestión republicana

Contribución a los debates: (BORRADOR, NO CITAR)

Sistema de partidos, representación y consolidación democrática

Renée Fregosi

El estudio comparativo de los procesos de transición a la democracia de los años 70 (Europa del Sur) a los años 80 (América Latina) y 90 (Europa del Este y Africa) reorientó la reflexión sobre el autoritarismo y la democracia de varios modos: por una parte, reafirmó una ruptura fundamental entre dictadura y democracia, y al mismo tiempo constituye un contínuum de eventos, una fluidez entre los dos tipos de realidades políticas e introduce la noción de factores comunes de análisis; por otro lado, basándose en una definición procedual de la democracia, dio evidencia a la polimorfa, a la complejidad de la realidad democrática;  por fin, poniendo énfasis sobre la importancia del papel de los actores, batió en brecha las opciones cerradas culturalistas, deterministas y desarrollistas.

Pero, llevada por “la tercera ola de la democratización” la transitología versó en un optimismo eufórico (por lo demás, en contradicción con sus propias aportaciones teóricas). La consecuencia principal fue el desencanto frente a las dificultades (por lo tanto bien previsibles respecto a esos análisis mismos) de la fase ulterior de consolidación democrática. Ahora bien, la consolidación democrática es por definición progresiva y aleatoria, multidimensional y ambivalente, pues consiste en la implementación integral de las instituciones democráticas y de las condiciones de reproducción de la incertidumbre democrática.

Uno de los factores determinantes de la consolidación democrática consiste entonces, en la organización de un sistema partidario que hace posible la expresión política institucional y le da cuerpo. Un sistema de partidos tiene que permitir, por un lado, la perennización y la estabilización del funcionamiento democrático a través de oportunidades de alternancia. Está constituido por un conjunto de partidos suficientemente identificados  desde un punto de vista programático, para expresar las oposiciones (les clivages) sociales e integrar al máximo posible los diferentes sectores de la vida política nacional.

Los partidos están obligados a formar una suerte de lugar intermedio entre el Estado y la sociedad civil, en la medida que serían el instrumento de la traducción política de realidades sociales, sobre el modo de representación. Los partidos políticos y las relaciones que ellos mantienen entre sí mismos, es decir el sistema de partidos, siguen todavía constituyendo el elemento central de la representación democrática, pese a que, en cada momento y en todos los países, coexistan y se mezclen varias formas de representación política, de relación entre los que gobiernan y los que están “gobernados” (como lo indica Bernard Manin): Parlamentarismo y lazos clientelistas, democracia de partidos y mediatización de la oferta electoral.

El acto político decisivo de una transición consiste entonces, en la apertura de la escena política a partidos constituídos de manera libre, con el objetivo de las primeras elecciones justas y equitativas que puntualizan esa fase de democratización. Pero una pluralidad de partidos no constituye todavía un sistema de partidos, es decir, un modo de funcionamiento estable de la vida democrática. Las jóvenes democracias se ponen de frente con una concentración de diversos problemas propios de la representación política de hoy: necesidad de disminución y estabilización del número de partidos, articulación de intereses peculiares diversos, formalización de proyectos de sociedad, pero también hacerse cargo de las expresiones múltiples de la sociedad civil y de la elevación de la potencia de los fenómenos de mediatización.

De la misma manera que los cambios en unos países del este vean volver a realidades políticas del periodo anterior al régimen comunista (antiguos partidos social-demócratas, viejos partidos nacionalistas o fascistas), la salida de las transiciones latinoamericanas ponen luz sobre actores de la escena política tradicional anterior a la dictadura. Por lo tanto, y de manera contraria a una impresión primera, las dictaduras no fijan las situaciones y a pesar de la pobreza de la expresión política institucional que ellas engendran, evoluciones están vigentes. Respecto a eso, un elemento innovador fundamental radica en la aparición y la afirmación de sociedades civiles. Organizaciones más o menos estructuradas, asociaciones de defensa de derechos humanos (nacidas bajo las dictaduras) y de promoción de derechos cívicos (que tomaron forma en los procesos de liberalización y de transición) desafían hoy el mundo político del periodo post-transición: desafío de renovación ideológica como institucional, a lo cual unos partidos empezaron a contestar, otros demoran para hacerlo.

Las formas de constitución, de movilización y de expresión de estas sociedades civiles emergentes varían según los países. Los tipos de resistencia a las dictaduras y los procesos de transición llevaron a la escena actores diferentes. Mientras que sociedades civiles comenzaron a constituirse bajo las dictaduras, los partidos en general, han tenido que esperar la transición y las fases de post-transición para que pudieran “reconstruir la política” (según la expresión de Manuel Antonio Garretón). Desde ahora,  los partidos políticos comparten de cualquier manera, el campo de la representación con otros actores salidos de la sociedad civil. En la izquierda como en la derecha, tienen que conducir su renovación para contestar a las exigencias democráticas nuevas.

Así por ejemplo, el Paraguay: Después de una larga época de confiscación de lo político por los caciques, luego el tiempo de la negociación de lo político en una concepción globalizante del Estado y de la sociedad y una sobreevaluación de lo militar sobre la civilidad, por fin después de más de treinta años de una dictadura que añadió a todo eso la falsificación del discurso político y su monopolización por el partido Estado asistimos hoy a una laicisación de la política. Pues apoderándose de lo político y combatiendo los varios discursos de la ortodoxia proferidos del lado del oficialismo como de la oposición, la movilización cívica propende a imponer las bases de un verdadero pluralismo político. La etapa siguiente tendrá que consistir en la recomposición de nuevas fuerzas políticas o partidos renovados ofreciendo alternativas reales, opciones para la sociedad o por lo menos,  opciones políticas diferenciadas; los varios avatares de la expresión política de la sociedad civil aparecida de forma paralela a los partidos tradicionales, han subrayado las dificultades de una empresa de representación ( disolución de APT, eclecticismo y personalización excesiva de EN).

Para salir de una dictadura,  las fuerzas de oposición deben saber organizar un frente amplio a favor de la democracia englobando grupos u organizaciones  que apoyaban antes del régimen autoritario; esto constituye un aprendizaje a veces difícil, requiriendo sobrepasar los rencores y el espíritu de venganza y además aceptar una definición mínima de la democracia en un primer paso. Pero a partir de ese consenso democrático, hay que organizar el debate y la competencia democrática. La aceptación de la pacificación del conflicto no significa negar  ni reprimir el conflicto, sino pasar de una concepción antagonística violenta a un torneo agonístico (según los términos de Chantal Mouffe),  es decir, una estilización del conflicto (como lo dice Claude Lefort). Ahora bien, paradójicamente, renunciar a tener un enemigo es quizás más cómodo que transformarlo en adversario político, es decir, transformarlo en socio y a la vez, en competidor. Dos escollos principales amenazan en efecto, la consolidación democrática:  la descomposición, el desmoronamiento del consenso alrededor de la democracia representativa y la falta de partidos representativos. Así en el pasado, por un lado, la incapacidad de los partidos tradicionales en Argentina para organizar una vida política basada sobre el reconocimiento mutuo, alentó el intervencionismo militar que venía regularmente a cuestionar los resultados electorales de cualquier lado que sea el partido ganador; Colombia por otro lado, símbolo de la perennización de una forma limitada de democracia excluyente por parte de la pareja bipartidista, sigue mirando el cuestionamiento del juego democrático por la guerrilla polimorfa y el narco-terrorismo.

Estos dos tipos de situaciones están a veces presentes todavía en América Latina, aunque sea de manera parcial. Pero otros factores juegan acá o allá en mayor o menor modo. La consolidación de la democracia chilena, por ejemplo, reclama por una parte que se confirme la constitución ideológica y política de una o dos fuerzas legalistas de derecha y por otra parte la posibilidad de afilar la confrontación de proyectos  entre los miembros de la Concertación (especialmente entre socialistas y democristianos). La consolidación paraguaya por su parte, llama primero al rechazo definitivo de del recurso de las Fuerzas Armadas y por otro lado, una nueva estructuración general del panorama político a través de la introducción de una oposición izquierda/derecha a fin de salir del esquema tradicional de la oposición entre varios partidos clientelistas y caudillistas. Otros casos: en Argentina como en Brasil, el tema de las coaliciones políticas en la derecha como en la izquierda, entre partidos antiguos o formaciones recientes, representa la mayor apuesta de la consolidación.

La cuestión de las alianzas electorales y de las coaliciones gubernamentales, es sin duda uno de los puntos de vista más interesantes para abordar ese tema del funcionamiento de un sistema de partidos. Para las jóvenes democracias, que salgan de regímenes autoritarios muy estructurados alrededor de un partido Estado o de otros que fueron como paréntesis dramáticos en una larga historia de confiscación de lo político por parte de partidos tradicionales, las dificultades se sitúan siempre respecto a la constitución de mayorías estables y coherentes. Pues el príncipe de la alianza política implica ante todo, que el partido político sea concebido como un instrumento de la representación política y del juego democrático antes de ser instrumento de poder. Por eso es importante la aceptación de la parte de las fuerzas sociales que apoyaron a la dictadura derrocada, construirse como partidos de verdad es decir como actores de pleno derecho del debate democrático y del tornero electoral.

Por lo demás, el buen funcionamiento de una alianza supone por una parte la renuncia tanto a la hegemonía de un partido como al bipartidismo tradicional: la competencia de los pretendientes a la representación tiene que ser libre y los partidos no pueden pretender a la representación unívoca del “pueblo”. Por otro lado, cualquiera alianza radica en negociación y compromiso: la transformación política no puede mas estar concebida bajo el modo revolucionario sino articularse alrededor del tema de la reforma y de la progresividad (lo que es mucho más difícil cuando, sin embargo no se quiere renunciar al cambio). En fin, la implementación concreta de una alianza necesita también evaluaciones electorales del peso de cada componente: únicos elementos objetivos de las relaciones de fuerzas, aunque no se podía usarlas de manera mecanicista.

Pero todas esas evidencias están lejos de estar dadas  por sí al fin de experiencias autoritarias. Porque si la democracia naciente de una transición resulta de una convergencia de intereses y voluntades diversas, ella es también hija de una dictadura con sus practicas, hábitos, incluso su cultura autoritarias. El rechazo de la dictadura no es todavía la aceptación de la democracia en todas sus dimensiones. La organización de la vida política democrática demanda un aprendizaje, hábitos, apetitos y gustos nuevos; y la convivencia de dos diferentes partidos en la conducción de los asuntos de un país no está dada inmediatamente.

Asi en Europa del Este, solo los partidos convertidos a la social democracia se muestran capaces de manera estable de estructurarse alrededor de sí mismos, de coaliciones políticas viables, a menudo con los antiguos partidos socialdemócratas de la pre guerra (Hungría, Rumania, Eslovaquia) y/o con nuevas fuerzas surgidas de la disidencia (Polonia, Hungría). En efecto, en el caso de un antiguo partido hegemónico, este se descompone o se recompone con mayor o menor éxito. Sea como Rusia, donde los nuevos partidos fluctúan más bien según los enfrentamientos de componentes depredadores del viejo régimen utilizando los recursos de la demagogia, del clientelismo, o incluso de la intimidación y el terrorismo,  que en función de un desafío político e ideológico. Sea como Servia, donde el sistema autoritario comunista perdura bajo otras formas: nacionalista y mafiosa. Sea los ex partidos estado se renuevan profundamente, dando nacimiento a poderosos partidos socialistas de tipo socialdemócratas (Polonia, Hungría) o se dividen entre socialdemocráticos, ultraliberales y nacionalistas autoritarios (Rumania, Slovenia, Eslovaquia).

En América Latina, Méjico y Paraguay (colocándolos juntos, en el caso del Paraguay por ciertos elementos de un bipartidismo) presentan diferentes rasgos de situaciones típicas de partido hegemónico, especialmente a partir de separaciones a partir de la matriz única originaria (Méjico), divisiones profundas entre intereses divergentes en el seno del viejo partido estado (Paraguay) que deriva mafiosos (Méjico y Paraguay). En los dos países, las alianzas electorales ser revelan difíciles y decepcionantes: divisiones en el interior del PRD mejicano, e inconsistencias políticas de los acuerdos parciales con el PAN, resistencias e incomprensión militancia frente a la alianza PLRA- PEN en Paraguay, en el momento de las elecciones de 1998 y fragilidad del Acuerdo Nacional para la democracia, establecido entre los partidos después de la deposición del presidente Cubas. Pero la cultura del oficialismo y el populismo nacional revolucionario no es propia solamente de los partidos hegemónicos.

La tradición bipartidista del viejo partido interclasista clientelista pesa en efecto igualmente en contra la realización de alianzas políticas. La alternancia, pacífica o violenta, de dos partidos surgidos de la oligarquía y de las clases dominantes del siglo XIX ha conformado una escena política donde las clases populares no son más que "extras": siervos y peones, soldados de tropa, sicarios o en mejor caso, clientes, manteniéndose como sujetados sin acceder a la ciudadanía; las clases medias no pueden adquirir autonomía, estando obligados a apoyar uno u otro de los únicos actores políticos legítimos. Que el pluralismo de intereses y opiniones debe traducirse por la coexistencia de varios partidos es una noción ajena al sistema político tradicional, la totalidad de la nación está dada en forma inmediata y su encarnación pasa de un partido al otro.

Y siendo que el peso de la historia agrega nuevos frenos a la profundización de la democracia, asi los efectos de la mediatización de los político hoy, complica la consolidación de una democracia de partidos que sin embargo es indispensable. La influencia de los medios de comunicación y especialmente de la televisión es más grande cuando los partidos políticos son débiles y poco implantados en la población; luego, los hombres en el poder como Fujimori o Putín, pueden presionar de manera considerable el voto de un electorado pobre, poco instruido y poco politizado. Reactivando una tradición caudillista, el uso de los medios modernos permite globalizar el fenómeno al nivel nacional y "puentear" la democracia de partidos, asocia ciertos caracteres del viejo parlamentarismo de notables asociados con cierta democracia del público de lo más negativo.

La constitución de un sistema de partidos es entonces confrontado a diferentes tipos de obstáculos: la herencia de una pasado autoritario y /o de experiencias de democracias limitadas mas o menso excluyentes y la ambivalencia de la modernidad y la mundialización. Los partidos deben emanciparse de los viejos sistemas hegemónicos o bipartidistas; de las prácticas clientelistas y de clanes que están ligadas entre sí y también de una concepción nacionalista globalizante de la representación. Deben por otra parte superar el desafío que le lanza la sociedad civil emergente, sus organizaciones y sus reivindicaciones; en fin, sobre la base de un consenso democrático mínimo tienen que concebir un proyecto de sociedad susceptible de alimentar un debate político y de permitir negociaciones entre fuerzas políticas cercanas. En pacificación de los conflictos y riesgos de anestesia del debate político, la vía es estrecha para todos los partidos del mundo y los tropiezos son numerosos.    

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1